Autora: Siento que el capítulo de hoy está algo corto. Aunque es trascendental de una u otra forma. O tal vez no. Si me lo pienso está en el margen de palabras. Parece que no les gustó mi otra actualización ¿Qué sucedió con "Envuelto bajo la piel de Picas"? ¿Muy aburrido? Qué lástima, tenía la esperanza que les gustara. Bueno aquí va la otra actualización.
Disclaimer: Himaruya que no me quiere y es un tacaño.
Advertencia: ¿Pasado? Malas palabras. FRANCIA.
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Viejo de mierda…
Recoge las pelotas que están esparcidas en el piso con molestia. Las toma y las apila en sus brazos descubiertos. La camiseta del colegio arremangada sobre los hombros y marcando los músculos de sus brazos. Se yergue con cuidado y cruza la cancha de futbol vacía hasta llegar a la bodega de pelotas.
El sol pega fuerte pero el viento es frío. Avisa la llegada del otoño.
Algo que el odia pues es decadente, no teniendo nada que ver con la fuerza del verano.
Verano. Verano de fiestas, peleas, videojuegos y comida chatarra después de la piscina.
La puerta está abierta. Tira los balones sin mucho amor dentro.
¿Castigarlo por no llegar tarde? ¿Desde cuando se castigaban a los alumnos por eso? Lo que sucedía realmente es que no le perdonaba lo de la excursión, eso es lo que sucedía.
A su derecha estaban la entrada exterior de los baños del gimnasio. Se encaminó hacia esa dirección a los momentos que se quitaba la camiseta azul índigo con el logo del colegio.
Ya casi no hay nadie. Y los que están lo miran de reojo, aterrados.
Que miren, nena. La cicatriz es una marca que lleva victorioso. Sonríe pensando en la linda preciosura que está en escondida en el estacionamiento de profesores.
Toma el bolso que le robó a su hermano y fue hasta las duchas, desvistiéndose en el camino.
Al fin y al cabo, la mayoría se estaba yendo ¿Qué les va a importar lo que él haga?
Claro, no se percato de la lujuriosa presencia que entraba al lugar tras que los dos últimos chicos salieran.
Se baña con rapidez y alejando lo más posible el agua de la herida. No quiere que Arthur le grite histérico por mojar la venda como la otra vez que casi lo deja sordo. Sale de las duchas con el pelo estilando y toma la toalla. Está todo en silencio.
Un peligroso silencio antes de la tormenta.
Silba alguna canción que ha escuchado en la radio, de espaldas a su acompañante. Toma sus bóxers negros, se suelta la toalla.
— ¡Oh la la! ¿Me deleitarás con la belleza de tu sugerente cuerpo? — Voltea aterrado y se amarra de nuevo la toalla. Francis lo mira con diversión— Oh, ¡pero si tu traserito es tan agradable a la vista!
— ¿Qué haces acá, pervertido?
¿Pervertido? Francis arruga la nariz, no le gusta ese término. Prefiere el término amoroso universal.
Es más lindo, más adecuado para él.
— ¿Y esa herida? — Se acerca y la señala, Alfred se separa con recelo.
— No te importa— Le suelta con irritación. El raro le da miedo. No quiere tenerlo cerca, le causa escalofríos.
Francis "el raro" ignora la amarga respuesta y lo sigue observando.
— Tienes buen cuerpo. Tu pecho hace que me enloquezca— Su lengua juega juguetonamente con su labio inferior, hambriento. Se acuerda de algo. Se ríe a un chiste ajeno a Alfred. Un chiste amargo, duro, sin humor. Alfred lo observa desconfiado— Tú tan libre mostrando tu cuerpo sin vergüenza y el estúpido cejitas ni siquiera quitándose la polera para bañarse en los camarines por culpa de ella.
¿Vergüenza?
— ¿Vergüenza? — Y Francis sonríe al ver como pica al nombre de Arthur. Pero como él es malo, lo dejará con la duda.
De todos modos Arthur no le perdonaría si es que le dijese al Adonis que es su pseudo protegido el por qué de eso.
— ¿No lo sabes? Arthur no es capaz de mostrar su abdomen en público. Yo sé porqué— Finaliza acentuando y lamiendo cada palabra con malicia. Se acerca y con lentitud. Coloca una mano en la cadera del americano y juega delicadamente con el nudo de la toalla— De todos modos, no vengo a hablar de Arthur sino contigo… aunque podríamos hacer algo más…
Un puñetazo en los casilleros deformando el material.
La frase quedó inconclusa.
— Aléjate— Muerde cada sílaba amenazadoramente. Francis le obedece y se aleja con cierto miedo que no va a reconocer.
Pero algo le pica.
— Tienes una fuerza descomunal, querido ¿Cómo te ves en una pelea? ¿Ganarías de una forma decente? — Le sonríe condescendiente. Tal como es. A Alfred le hierve la sangre. ¿Sólo decentemente?
— Pues dame una persona viejo y verás como lo destrozo. —Se cruza de brazos y sonríe bobaliconamente.
Francis sonríe cuando una oscura idea revolotea en su mente. Como una mariposa negra que va volando y causa la tormenta. Una tormento peligrosa y que causará el caos.
— Hecho.
Se quedan de pie esperando. Francis alza una ceja.
— ¿Y entonces?
— Pues ándate, no me vestiré contigo cerca— Alza una dorada ceja recalcando lo obvio. Francis hace una mueca de disgusto. Suspira y sale maldiciendo lo egoístas que son algunos.
Alfred en cambio se viste lo más rápido que puede mientras tiene un ojo pegado a la puerta. No será que el raro aparezca de repente y lo intente violar.
Tras vestirse se encuentra con que Francis está en su celular escribiendo a la velocidad del rayo. Cuando lo ve a su lado termina la más pronto posible y envía a un número que Alfred no alcanza a ver.
Francis sonríe.
— ¿Vamos?
— Te tragarás tus palabras— Sentencia seguro el americano. Francis alza una ceja, interesado.
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Y bien que se ha tragado sus palabras. Gilbert yace en el piso inconsciente y con el rostro sangrando profusamente.
Alfred voltea a verlo con satisfacción.
— ¿Decías?
Francis se queda en silencio. La pelea no ha durado más de dos minutos. Tras tres puñetazos consecutivos al estómago y uno al rostro ha dejado a Gilbert, el más fuerte del grupo, noqueado.
Alfred se limpia la desagradable sangre que salió de la nariz del chico albino. Va a tener que esconder esto o Arthur se va a enojar cuando vaya Matthew a acusarle.
Demonios, es que sus regaños son horrorosos. Es peor que su madre. Maldito Matthew, se ha transformado en el hermanito acusete que no te deja hacer nada sin que la mami Arthur se entere.
Y aunque Matthew le diga que lo hace porque está preocupado le hierve la sangre que no lo deje en paz.
¡No es un maldito crío, por la mierda!
— Ven— Pronuncia Francis.
Alfred voltea a verlo con una ceja alzada.
— ¿Qué dijiste?
Francis sonríe aterradoramente.
— Te ofrezco un puesto en el Este ¿Qué dices?
¿En el Este?
Alfred lo observa atónito ¿El raro es líder del Este? ¿De la pandilla más peligrosa en ese distrito?
Francis se cruza de brazos, esperándole.
Nada de esto tiene mucho sentido.
Ve la postura desgarbada y recelosa al exterior del francés, su rostro con unos moretones a medio cubrir, la tirita adhesiva en su mejilla.
Si lo ve bien, todo tiene sentido.
¿Cómo no se ha dado cuenta antes?
Luego observa al chico que dejó en el piso. El tipo se le hace conocido, lo ha visto alguna vez.
En el instituto, abrazando los hombros de Francis y de un moreno que no recuerda el nombre.
Es otro de la pandilla.
Mierda, de nuevo se está metiendo en líos. Arthur lo va a matar.
El rostro de Arthur cuando se metió a defenderlo en la pelea con Soren le vino de golpe a la cabeza.
— No.
Francis abre los ojos pasmado a tal respuesta. Se ha negado. Deja de estar de brazos cruzados y lo señala confundido.
— Hay chicos que mataría a su madre por estar aquí y tú te niegas ¿Por qué?
Alfred se rasca la nuca, incómodo. Mira hacia otro lado.
Cuando lo levanta del suelo y lo sujeta. Suspirando y pagando la deuda que tenía con aquel imbécil aunque él no tuviera nada que ver.
— No quiero estar metido en esto.
Francis se altera al rechazo.
— ¿Estás negándote a mi? Sabes que cuando mi Gilbo despierte, tú serás su próxima presa y esta vez no irá solo cuando busque una revancha.
— Voy a poder con ellos— Responde serio. Va poder, siempre puede.
Francis suspira angustiado. No. No.
Él es perfecto. Lo necesita para ir contra Iván. Tiene una fuerza monstruosa como el ruso.
Es perfecto para ir contra él.
— Hagamos algo, sólo una prueba. Puedes salirte cuando quieras, te lo prometo. Sin cláusulas ni letras chiquitas. — Sabe que no se va a negar si le dice eso.
Alfred se queda en silencio, pensándoselo. Podrá salir cuando quiera. Es solo una prueba. El rostro de Arthur tan cerca de él cuando le cura una herida de la mejilla tras la pelea con el oriental. Los ojos verdes brillando peligrosamente en una mezcla de ira y preocupación. No. No puede hacerle esto al amargado de Arthur. Francis ya sospechando a que dirección iba su respuesta y antes de que se niegue se apura a seguir.
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En su dormitorio, Arthur tiene un mal presentimiento. Marca un número que ya se sabe de memoria.
"Nuestro usuario está fuera de cobertura o mantiene su teléfono apagado. Llame más tarde" Le responde la voz grabada de la empresa telefónica.
Corta. Estira los labios en una mueca de desagrado. Estúpido Alfred. Tiene un mal presentimiento sobre él.
Y él nunca se equivoca con su intuición.
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— Antes de que te niegues por culpa de Arthur te puedo decir que ha sido mi amigo hace muchos más años de lo que puedes imaginar— Los ojos azules brillan misteriosos. Alfred se sobresalta— No se va a molestar si yo soy quien es tu líder.
El francés extiende una mano hacia él.
— Está bien. — Y con cierto asco le toma la mano extendida marcando el contrato.
¿Por qué puede salirse cuando quiera, no?
No hay porqué preocuparse, se dice.
Francis sonríe con satisfacción.
Gilbert se despierta y se sienta en el pavimento mareado. No se percata de que Alfred sigue ahí.
— Hijo de la gran puta, Francis ¿Cómo se te ocurre traerme ese mastodonte que ha masacrado vilmente la presencia del asombroso yo? — Se aprieta la nariz para que deje de sangrar y el francés se ríe y se agacha. Toma su rostro y le comienza a limpiar la sangre.
— Gilbo, amigo mío. Ese mastodonte, como tú dices está detrás de ti y es el nuevo en la pandilla— Le responde con diversión. Los ojos rojos de Gilbert se abren sorprendidos.
— ¿El nuevo? ¡Mein Gott, Francis! ¡Con él estamos asegurados cuando pelee…! ¡Auch! — El francés le toca una herida de la boca, amenazándolo a que se calle. Alfred alza una ceja con curiosidad.
— Lo siento, tenía sangre seca y no te veías nada lindo.
— ¡Yo soy lindo aún cuando tenga una tonelada de mierda encima!
— Como digas, Gilbo vida mía. — Se ríe . Lo levanta y señala a Alfred— ¿Por qué no celebramos al nuevo con unas cervezas?
Gilbert al cual la pelea parece que se le ido de la cabeza, desordena el pelo del francés felicitándole.
— ¡Estupenda idea! Como se nota que eres mi amigo ¡Ey tú, niño! — Alfred lo mira extrañado cuando se dirige a él— ¡Más te vale que te guste la cerveza alemana o sino yo y mis padres te daremos unas patadas que te harán llegar a la China!
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Se sorprende cuando entra en un bar a todas luces alemán con gente rosada y rubia riendo y hablando en un estrajen guzen trujen que él no entiende ni mierda. Gilbert, se acerca a la barra donde hay un hombre musculoso y serio quien lo regaña por estar en esas pintas. El albino se ríe y el viejo se va al barril de cerveza negando con la cabeza.
Los llama para que se sienten junto a él en la barra.
— ¿Quién es él? —Le pregunta Alfred con su manía de meter las narices que ha tenido desde niño. Parece que al albino no le molesta en lo absoluto y le responde.
— ¿Pues que no lo ves? ¡Es el padre del grandioso yo! ¿De donde creías que vengo?, soy asombrosa y esplendorosamente alemán ¡El mejor país del mundo porque nací allí! — Llegan las tres cervezas y hacen un salud a nombre de Alfred quien se ríe divertido.
Toma un largo trago a exigencia de Gilbert y no para de pensar en el rostro de Arthur si es que se entera.
Porque podrá salir, ¿no es así?
Se toman unas cuantas cervezas y luego se van a un parque a molestar a unos pendejos que iban por allí. Alfred se sorprende el cómo los demás huyen de los tres, como si fuera una legión tras de ellos.
"Se llama tener poder" le había dicho el raro.
Observa su reloj en el móvil, son las siete y media.
— Me voy.
— ¿Tan temprano? ¿Acaso tu mami te va a retar? — Se ríe socarronamente Gilbert. Alfred rueda los ojos.
— Ya quisieras.
— ¿Por qué tan temprano, mi Adonis personal? — Le pregunta el raro con una sonrisa maliciosa. Alfred frunce el ceño y le eleva el dedo medio.
Será su superior en esta pandilla, pero no le tendrá respeto alguno. NUNCA.
— Me das asco— Se da media vuelta y se va tranquilamente. Francis sonríe a la libertad que tiene su nueva arma. Gilbert alza una ceja.
— ¿No le vas a decir nada?
No puede. No le conviene alejarlo.
— No. ¿Para qué? Tito Francis ya lo castigará por portarse mal— Lame sus labios pervertidamente. Gilbert se ríe acostumbrado.
— Joder Francis, si te lo hubiera dicho otra persona ya hubiera estado en el piso con la nariz rota.
— Ya ves como son las cosas, mi lindo Gilbert— Luego voltea y le toma del rostro. Un pálido y de hermosas facciones rostros, según el galo— Ya que estamos solitos, ¿Hacemos cositas malas?
Gilbert empalidece al rostro depravado de su amigo.
— ¡Mi viejo me ha llamado, me voy!
Y como buen cobarde huye a la velocidad del rayo. Francis suspira y hace un puchero.
Que aburridos.
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Abre la cerradura de la puerta.
— Ya llegué…— Responde desganado. Camina hasta el salón de estar donde se encuentra con el morado reprochador de Matthew. Estira la boca en fastidio.
— ¿Dónde estabas?
— ¡Hola hermano de Matthew! — Le saluda un chico con un rizo raro. A su lado está una mujer que le sonríe con una mueca rara, como la que pone el depravado cuando ve a alguien en pelotas.
— Somos Elizabeta y Feliciano, amigos de Matt— Responde con una sonrisa la chica castaña. Alfred alza una ceja.
— Ya.
Matthew frunce el ceño fijo en él.
Alfred odia cuando lo ve así.
— ¿Qué miras tanto?
— ¿Por qué tienes un nuevo moretón en el rostro? — Mierda. El puñetazo que le dio Gilbert cuando no fue capaz de esquivarlo.
El único puñetazo.
Se toca la zona donde está morado.
— ¿Te importa?
— ¡Alfred! — Le grita suavemente mientras posa sus manos en la mesa donde están los cuadernos y libros de estudio. El aludido lo ignora y se va a su cuarto.
Los tres en el salón de estar cierras los ojos en acto reflejo al portazo descomunal.
— ¿Siempre es así? — Le pregunta Elizabeta. Matthew suspira y asiente con cansancio— ¿Tus padres no dicen nada?
Matthew la observa con seriedad. Se ve cabreado. Primera vez desde que lo conoce ha visto esa expresión tan dura en el dulce y tranquilo Matthew. Elizabeta se retuerce incómoda. Es raro ver esa expresión en aquel chico tan tranquilo.
— No vivimos con nuestros padres. Nos pasaron este departamento— No va a dar las razones de eso. No se siente bien hablándolo.
Y la cara depravada hace que a los dos muchachos les corra un escalofrío.
— Los dos… Juntos… solitos… amor de hermano— Susurra tratando de contener la hemorragia nasal por las imágenes.
— ¡E-Elizabeta! ¡Que mi hermano no te oiga o te tira por el balcón! — Le responde el chico de ojos amatistas, sorprendido. No puede comprender hasta que límite es la perversión de Elizabeta.
¡Si son hermanos!
— De todos modos, Mattie ¿Por qué se ven tan distanciados? — Pregunta Feliciano rompiendo el extraño ambiente. Matthew se sobresalta y luego mira al piso— Con mi hermanito, por muy poco que lo vea somos muy unidos, ve…
— Antes no era así— Observa a la ventana. Ya ha oscurecido. Se apronta a cerrarlas— La gente cambia Feliciano, pero…
Los dos le observan curiosos.
— ¿Pero? — Le insta a continuar el italiano. Matthew cierra los ojos y se voltea sonriente.
— Pero tal vez exista alguien capaz de volverlo a como era antes.
La imagen de Arthur entrando desesperado en busca de Alfred para ver la herida.
La sonrisa y la caricia en el hombro cuando trató de calmarlo. Sus ojos verdes brillando con seguridad.
"Se va a reponer"
Cuando toma a su hermano de la oreja y le obliga a estudiar. Explicándole con suma paciencia al cabeza de alcornoque.
Y lo más importante. La sonrisa de Alfred que le da de vuelta.
Porque Arthur era su única esperanza.
Y tenía la seguridad de que no le iba a fallar.
Elizabeta alza sus cejas y arruga la frente.
— ¿Quién es ese alguien especial que podría cambiarlo? — Matthew se alza de hombros.
— Tal vez no lo conozcas, Eli— La mujer se ofende. ¿Ella? ¿La metenarices profesional siendo subestimada?
— A ver, pruébame— Le sonríe.
— Arthur Kirkland.
La húngara abre los ojos sorprendida. ¿El presidente estudiantil?
¿El mismo Arthur Kirkland que ella conoce?
¿Cómo el mundo da vueltas de esa forma?
Feliciano no tiene ni idea de quien es.
— Ve…
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Alfred y Arthur estudian en el cuarto de Alfred. En verdad Arthur le trata de enseñar de nueva cuenta Literatura Universal.
Lo trata, en serio.
— ¿Cómo confundes a Cervantes con Shakespeare, pedazo de idiota? — Le cuestiona aterrado ¿Qué tan inculto es?
Alfred se enoja y aprieta los mofletes infantilmente.
— ¡Es que no me importan! ¿Para qué quiero saber esto? — Arthur le da un librazo en la cabeza, no se preocupa por las neuronas. Alfred no tiene.
— ¡Cultura general, ignorante! ¡Dañas mi vena patriótica confundiendo a un dramático tan importante como Shakespeare con ese español de cuarta!
¡Era inglés por la mierda! ¡Cómo mezclar ingleses con españoles!
— ¡A la mierda esto, no quiero estudiar más! — Estira sus brazos como un gato. No puede ejercer mucha fuerza con su abdomen, la herida le duele horrorosamente si lo hace.
Arthur abre sus ojos verdes sorprendido.
— ¿Qué estás diciendo? — Con una mano en el libro señala todo lo poco que han estudiado de esa materia.
Dos miserables páginas.
Alfred le observa despreocupado.
— Lo que oíste.
— Estúpido mocoso… ¿Sabes…?— Y es un continuo bla que no tiene ganas de escuchar.
Alfred observa unos segundos el torso de Arthur cubierto por la camisa.
"Tú tan libre mostrando tu cuerpo sin vergüenza y el estúpido cejitas ni siquiera quitándose la polera para bañarse en los camarines por culpa de ella." La voz del depravado haciendo eco en su mente. Arthur lo observa molesto al verse ignorado.
— ¿Qué me miras tanto?
Sonríe cuando una idea cruza por su cabeza.
— ¡Bañémonos! — Suelta emocionado. Arthur aterrado chilla rojo como una cereza.
— ¿Qué estás diciendo mocoso? — Alfred le señala preguntándose si es idiota.
— En el edificio hay una piscina en el último piso ¿No te acuerdas que te hablé de ella?
No. No la recuerda. Se retuerce en la incomodidad.
Que vergüenza.
Alfred en cambio le mira con un brillo pícaro.
— ¡Oh, viejo! — Se acerca con diversión al chico que está en la otra silla quien horrorizado se tira para atrás. Lo abraza y coloca sus manos tras la espalda del británico que chilla aterrado. Acerca sus rostros y le guiña un ojo, travieso— Haberlo dicho antes… ¿Nos bañamos en mi ducha juntos?
La respuesta es un librazo en plena cabeza.
Alfred se larga a reír a carcajadas mientras que el pobre de Arthur está en su silla, a punto de morirse.
— ¡Deja de decir estupideces, macaco yankee!
— ¡Vamos a bañarnos en la piscina entonces!
— ¡Qué no! — No puede, no quiere. No lo va a hacer. No va a mostrarle a Alfred nada de lo que ha intentado guardar por años.
Las marcas que no sanan.
— No seas aburrido viejo— Se cruza de brazos y lo fulmina con la mirada— ¿Por qué insistes en no bañarte, acaso le tienes miedo al agua? ¿Te crees un hombre gato acaso? Debo decirte que eres bastante tonto como para creer eso…
— ¿Por qué entonces, debo preguntar, insistes tanto en joderme la existencia con tu deseo de bañarte? — Tan correcto como siempre al hablar. Alfred se estaba desesperando.
Era impaciente y no le gustaban las negativas.
Sigue insistiendo hasta que Arthur lograr desesperarse.
— Vamos, viejo no seas aburrido… Vamos, vamos, vamos, vamos…— Le tironea como por undécima vez la camisa. Arthur esta rojo de la ira.
— ¡Por la mierda Alfred, ya, ya, ya! ¡Vamos a tu porquería de piscina!
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Observa con terror el agua ondeando con tranquilidad a unos metros más allá. Se sujeta su camisa.
No quiere sacársela por nada del mundo.
Alfred en cambio se quita su camiseta sin problemas y salta a la piscina con un torpe piquero.
— ¡Me cago en todos, mi herida! — Chilla adolorido y Arthur corre a verlo.
— ¡Muéstramela ahora! — Se acerca a la orilla de la piscina y busca asustado cualquier rastro de sangre en el agua. Alfred sonríe con un brillo malicioso y lo avienta al agua— ¡Por la mierda, Alfred!
— Sólo fue una broma, quítate la camisa, amigo— Le sonríe quitándole peso a la situación. Arthur le fulmina con la mirada, sus ojos brillando peligrosamente.
— No.
Se acerca a la escalinata y sube. Dicho y hecho. Se queda sentado en las sillas reclinables que hay en el lugar.
Alfred lo mira con molestia.
— ¿Vas a quedarte con la camisa mojada? ¡No seas estúpido! — Le señala. El británico se encoge de hombros.
— Juega como un niñito de cinco años, mira allí hay unos juegos inflables. O si quieres ahógate, no importa.
Alfred se queda descolocado.
— ¿Hablas en serio? — Arthur alza una ceja ¿Parece hablar en broma?
— ¿Te parezco bromear?
Recuerda la conversación con Francis.
— ¿Por qué el raro dijo que nunca te quitas la camisa? ¿Qué sucede Arthur, estás gordito? — Y como siempre su boca habría que coserla. Pero no puede evitar preguntar con sincera curiosidad. Y un poco de morbo.
Arthur en cambio se altera de golpe. Se alza en la silla y lo observa fijamente.
— ¿Qué has dicho? — Era imposible. Imposible. Había escuchado mal.
— Lo que te dije. Francis me contó que no puedes quitarte la polera sin sentir vergüenza ¿Vergüenza a qué?
Matará a la estúpida rana francesa cuando lo vea. Le destrozará la cara a patadas. Lo promete.
— No es nada que te importe, Alfred— Sentencia y esconde su abdomen mojado tras sus piernas replegadas. El americano se molesta a la defensiva tomada por Arthur.
— Sí me importa.
El corazón de Arthur late acelerado al escuchar eso.
— ¿Qué te importa eso a ti, tonto?
Alfred se alza de hombros.
— Quiero saber— Y se sale de la piscina para acercarse donde Arthur quien se levanta de golpe y se aleja. Cuida que en todo movimiento la camisa no se le pegue demasiado al cuerpo. Maldice que la camisa sea blanca casi traslúcida.
Maldito Alfred. Que se aleje, por Dios.
Pero Dios no lo escucha y se tiene que alejar con agilidad del chico que lo sigue, atosigándole.
— ¡Te he dicho que no te incumbe, mocoso!
— ¡No seas imbécil y déjame saber!
— ¡Que no!
— ¡Arthur, no seas niñita!
Y en el momento de una curva no puede acelerar más y Alfred lo abraza y lo tira de nuevo a la piscina.
El agua escurriéndole por el pálido rostro que poco a poco comienza a enrojecerse. Pero de ira nuevamente. Alfred le va a crear una úlcera.
Suelta un grito de frustración y golpea el agua, impulsando múltiples gotitas sobre él.
— ¿Realmente quieres saber? — Está que echa chispas por los ojos. Estúpido Alfred que lo logra sacar de quicio.
— Si— Le asiente seguro
— Pues lo vas a saber, mocoso idiota metiche— Sentencia decidido. Se dirige hasta la orilla y de un impulso salta hasta el suelo firme. Alfred lo observa con los ojos brillantes.
Suspira angustiado.
¿Por qué?
Ya se está arrepintiendo de mostrarle finalmente lo que esconde.
¡Maldita sea Francis, todo es su culpa!
Desea ver al estúpido quién juró ser su más fiel amigo hace unos años atrás muerto, destrozado, empalado, atropellado, quemándose, llorando, pidiendo de rodillas disculpas.
Disculpas que no le dará por tal traición.
Comienza a desabotonarse lentamente.
Estúpido Alfred.
Estúpido pasado.
Los maldice. A todos.
Sus manos a cada límite de la camisa. Aprieta los puños y baja la cabeza.
Cierra sus ojos, impidiendo ver el verde profundo de ellos.
¿Por qué?
¿Por qué todo le seguía hasta ahora? Porque no podía fingir ser un chico normal. Se lo habían dicho una vez. No saldrás nunca y si sales te marcará de por vida.
Alfred abre los ojos aterrorizado cuando Arthur finalmente se quita la camisa.
— No…
Los marcados músculos de su abdomen pasando a segundo plano. El pecho, el abdomen, las costillas…
Todo está lleno de horrorosas cicatrices.
Una línea de puñaladas en el costado derecho.
¿Cómo diablos se la hicieron? ¿Quién se la hizo? ¿Por qué?
— ¿Feliz? — Le pregunta agrio. Una amarga sonrisa se posa en los delgados labios.
Quemaduras, que él puede reconocer, son de cigarrillos marcan toda la costilla izquierda justo abajo del pezón.
Arthur.
¿Qué le han hecho?
El británico siente una punzada dolorosa cuando ve los ojos azules en una mueca de horror.
Por una parte de las costillas derechas pareciera que le hubieran desgarrado piel contra algo como…
Se lo puede imaginar. Estampando su pecho desnudo contra el pavimento, arrastrándolo por la vereda.
¿Cómo hacerle eso?
¿A Arthur? Pero si él no es más que un chico tranquilo y aburrido, el dirigente estudiantil. Uno de los mejores alumnos de su curso.
— Arthur— Salió de su ensimismamiento. Sus ojos chocaron con la turbiedad de emociones del verde. Verde triste. Verde enojado. Verde aterrado. Lo señaló con el corazón latiéndole en un galope del terror— ¿Qué te han hecho?
Muchas cosas. Le han hecho muchas cosas. Y él también las ha hecho de vuelta. Y peor.
Los ojos azules brillando con preocupación le derriten como le angustian. Exige una respuesta.
Y las cosas no pueden ser más fáciles para Arthur. Lo ve, siempre le han dicho que la verdad es siempre lo más fácil, que el mentir se vuelve complicado y el omitir a veces no sirve.
Hoy no puede ninguna de las dos opciones.
Se abotona la camisa y se sienta en la silla más cercana. No se atreve a acercarse más a Alfred.
— ¿Has sospechado alguna vez por qué el Director me ha puesto a mí como tutor tuyo?
No. No se la imaginado nunca.
— ¿Por la pelea? — Se aventura a decir en un susurro. El inglés lo niega.
— No, Alfred. No seas iluso. De todas formas me hubieran ordenado que estuviera a tu cargo— El americano comenzó a marearse con la confusión. Arthur abre y cierra la boca como un pez antes de aventurarse a proseguir. Ya no importa, ya ha comenzado y no puede echarse para atrás— Fui como tú Alfred. Puedo aventurar a decir que fui peor.
Arthur. El tranquilo y divertido Arthur. El chico intento de Mozart. El mismo tipo quien se ofrece para ayudarle en sus calificaciones, el que habla de una forma perfecta.
El mismo chico que le dijo que podía salirse de toda esta mierda.
¿Un delincuente juvenil?
— ¿Esas cicatrices? — Señala el cuerpo torturado. Arthur suspira y se levanta, acercándose a la piscina y sentándose en la orilla. Alfred se mueve hasta donde él. Arthur acerca su rostro y quedan a pocos centímetros.
— Fui torturado en mi iniciación— Sonríe son tristeza. Señala las quemaduras. Luego las puñaladas— Me metí en tantas peleas como día tiene el año.
— ¿Tú? — El otro asiente.
El reflejo del agua dibuja luces en sus rostros.
— Por eso te digo que puedes salir de eso. Nunca es tarde, Alfred. — Luego su cara cambia de gesto ya hora lo observa amenazante— Ahora me dirás que hacías con Francis.
Por que puede salir ¿No es cierto? Francis le dijo que puede salir cuando quiera.
— Eeh…
— Es un orden, mocoso— Le dice amenazadoramente.
La sangre le baja del rostro y sus ojos azules se abren con nerviosismo.
Mierda. Esta en problemas.
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Remueve el guiso burbujeante y prueba un poco. Lame un poco de la sopa que corrió por la comisura de su labio. Sonríe con dulzura. Es casi idéntico al plato de ella.
A su primo le va a gustar.
Tocan la puerta y Tino se quita el delantal para abrir. Deben ser ellos.
Sus ojos violáceos se abren desmesuradamente.
— ¡Pero que les ha pasado! — Grita asustado cuando ve a los dos peleadores sangrando de los brazos. Berwald se sostiene la herida en silencio, en cambio Soren mueve el brazo de un lado para otro manchando con sangre todo el piso. Alexander observa la escena sangrienta con tranquilidad.
— Hola.
Tan emotivo como siempre. Tino suspira y los deja pasar. Los chicos van de camino a la cocina y él se dirige a su cuarto en busca del botiquín que tiene para esos casos.
Llega a la cocina y observa a Soren robando del guiso.
— ¡Te ha quedado genial! ¿Puedo comer? — Le sonríe de una forma brillante. El finlandés suspira. Soren es peor que un niño.
— Cuando te cures ¿Está bien?
— ¡Entendido! ¡Pásame las vendas!
Tino abre la cajita blanca y saca algodón y un líquido desinfectante. Observa a Soren y a Berwald, no sabe a quien curar primero, gira a ver a su primo quien se ve sin ninguna herida. Como siempre.
— Alexander ¿Me puedes ayudar con uno por favor? — Le sonríe con amabilidad. El noruego suspira y asiente.
— ¡Cúrame a mí, cúrame a mi Noru! — Soren salta emocionado sin ver la sangre que desparrama a su alrededor. Alexander lo observa con sus ojos profundos y sin vida.
— No— Y se va donde Berwald quien como un perro obediente extiende su brazo. Hubiera querido que lo curara Tino pero no se va a quejar. Entiende a su jefe, nadie quisiera curar al idiota de Soren. O por lo menos él no lo haría ni muerto.
Soren hace un puchero, triste por el rechazo pero se recompone al ver la mueca de dolor del estúpido de Berwald por las gotitas de alcohol que han entrado dentro de la herida limpia.
— ¡Te pasa por idiota, sueco de mierda! — Y la risa se queda hasta ahí pues Alexander se acerca y le sopla con cuidado el nervudo brazo.
— Lo siento— Se escucha susurrar en su voz monótona.
— N' 'mporta— Le responde el hombre. Tino le pide que deje de moverse o sino se hará imposible curarle ¡Pero es que no puede! ¡Por qué su lindo Alexander le está soplando la herida a ese idiota mientras que a él le vertería la botella de alcohol a propósito!
— Eres cruel, Alex… — Se sorbetea los mocos con tristeza. Luego se vuelve alegrar esperando que a la próxima herida su lindo jefecito le cure.
Como Soren no hay personaje más positivo.
Tino le cura sonriendo levemente. Le sorprende su fuerte de voluntad y su alegría incandescente.
Contrastando de una forma completa con su gélido y tranquilo primo. Se pregunta si algún día notará los obvios sentimientos de Soren a él. Por que Alexander es observador en muchas cosas, tiene una capacidad deductiva insuperable pero eso se elimina de una forma horrorosa cuando son cosas sobre él mismo.
Terminan de curar a los chicos y se prepara para servirles la comida porque siempre, no importa lo que suceda siempre van a cenar donde él. Es casi como un rito diario. Han sido contadas las veces que su casa se ha encontrado vacía y sin los gritos y las bataholas características del grupo.
— Gr'cias por la cena— Pronuncia Berwald sonrojado cuando le sirve el palto humeante. Tino le sonríe en respuesta.
— De nada.
— Uy, Berwald estás como una cerecita ¿Por qué será? — Se mofa Soren con su humor infantil. Se queja cuando recibe una patada en la pierna del sueco. Se pondrían a pelear sino fuera que Alexander está al medio tratando de controlarles.
Comen en un tranquilo silencio que no va a durar mucho, solo hasta que Soren termine la sopa.
Esta vez la sopa es terminada primero por Alexander que tras dejar la cuchara encima del plato hondo observa a su pariente.
— Gracias por la cena— Alexander con su chaqueta de cuero y su ropa de niño adinerado contrasta de lleno con el humilde pero cálido apartamento. Tino le sonríe con dulzura.
— Es la receta de tía Kathya.
Los ojos opacos se sombrean aún más.
— Es una lástima que muriera— Y el finlandés se preocupa de haber dicho algo de más. Quería que Alexander se alegrara, no se entristeciera. Tal vez el recordarle a su antigua tutora habrá sido algo desagradable.
— Sí. Lo siento ¿Dije algo que no tenía que decir? — Se aventura a decir con precaución— Si es así te pido perdón, primo.
El noruego niega con tranquilidad.
— No has dicho nada. No te preocupes.
Y esas van a ser las últimas palabras que pronuncie.
— Destrocé a un baboso porque estaba mirando como la mierda— Le comenta Soren en un cambio radical de tema y pareciera que moviera una colita de perro— El problema fue que no sabía que sus amigotes andaban con cortaplumas y se vinieron en contra nuestra ¡Eso fue injusto, nosotros no teníamos cortaplumas!
Y Berwald asiente por primera vez dándole la razón a Soren en algo. Menos mal que el danés no lo notó.
— ¿Cortaplumas? — Tino se alarma preocupado. ¿Por qué siempre andan metidos en cosas tan peligrosas?
— Si pero entonces vino Alex y nos ayudó con los otros dos— Sonrió babosamente mientras miraba al noruego quien tomaba tranquilamente de su vaso de soda. ¡Es que su jefecito era tan genial! — Pero no fue necesario, yo hubiera podido con todos.
— ¿A sí? Entonces te programaré una pelea con eso dos— Sentencia Alexander mirándolo con fastidio.
— ¡Pero Alex, mira como estoy! ¿No puede ser cuando me cure?
— Va a ser mañana.
— Qué cruel…
Tino sonrió con cariño. Aunque fueran delincuentes juveniles eran como su familia. Mamá trabajaba gasta tarde así que siempre se encontraba solo y ellos eran los únicos que le acompañaban y le trataban como uno más.
— Iba a ver una película por el cable ¿Quieren verla conmigo? — Ofrece con amabilidad— Les haré bocadillos si quieren.
Berwald está a punto de aceptar pero Alexander se levantó y se dirigió hasta la puerta.
— No tengo tiempo, me debo ir a solucionar unos problemas y de paso programarle la pelea al idiota.
— ¡Qué cruel! — Lloriquea deprimido el danés pero lo acompaña. Berwald hace lo mismo. Tino suspiró.
— Entonces espérenme, los acompañaré— Ya todos estás fuera, aguardando por él en el pasillo.
Deja una nota a su madre y cierra la puerta antes de irse.
