CAPÍTULO 08
CASTILLO de Andrewhouse, cincuenta millas al oeste del castillo de Chestergrand
Era una noche cerrada. La luna se mantenía oculta tras gruesos nubarrones que auguraban una inminente tormenta, y más allá de la desierta explanada que delimitaba el perímetro exterior del foso, donde el fuerte viento había levantado una densa polvareda, las ramas de los árboles de un bosque cercano se agitaban con extrema violencia. En la barbacana de entrada, los guardias encargados de vigilar la zona se cubrían los rostros con sus capas mientras hablaban entre ellos, ajenos a todo lo que no fuera otra cosa que no fuera la conversación que estaban manteniendo. Al parecer, confiaban en que en una noche como aquélla, tan desagradable, nadie se atrevería a salir a la intemperie. De cualquier modo, eran conscientes de que el enclave de la fortaleza, construida al pie de un enorme desfiladero, hacía de ésta un bastión inexpugnable.
Pero nada es inexpugnable.
Algo parecido al ulular de un búho resonó con fuerza en la oscuridad y de entre los arbustos surgieron seis hombres que atravesaron a la carrera la extensa planicie que los separaba de la garita exterior. El intenso sonido del viento amortiguó el de sus pasos y llegaron sin ser vistos, amparados por la nube de polvo. Todos a un tiempo se abalanzaron sobre los guardias y les rebanaron la garganta antes de que pudiesen dar la voz de alarma.
Los intrusos se lanzaron al agua y se dispersaron en dos grupos; como el puente levadizo estaba subido, no les quedó más remedio que nadar en busca de otro posible acceso, cada grupo en una dirección distinta.
Los que tomaron el rumbo izquierdo fueron los primeros en salir del foso. Tras un rápido vistazo descubrieron una pequeña poterna, oculta entre unas rocas de considerable tamaño. Treparon por los peñascos hasta llegar a ella y, tras comprobar que no contaba con ningún tipo de protección, la tiraron abajo. Después entraron en fila a la búsqueda de una salida al otro lado de los muros.
Mientras tanto, los que tomaron el camino de la derecha llegaron a la muralla y allí, con sigilo, comenzaron a escalarla. Una vez hubieron alcanzado la cumbre, observaron que en el palenque había una guardia de tres hombres, cada uno estratégicamente situado en un extremo. El grupo se dividió de inmediato. Un sonido chirriante, similar al graznido de una gaviota, fue el aviso para atacar a un tiempo, y los tres saltaron sobre los centinelas. Los golpearon con saña en la cabeza y después los remataron, ocultando sus cuerpos de la vista de todos.
El grupo que había entrado por la puerta secundaria apareció por un lateral del patio, muy cerca de la garita interior, que estaba custodiada por un único hombre. Éste los vio llegar, pero cayó abatido al instante, tras ser alcanzado por una daga que se clavó en su costado. Los asaltantes corrieron hacia el puente levadizo con la intención de abrir otra vía de acceso y comenzaron a subir el rastrillo. El ruido que provocaron los engranajes fue suficiente para que los guardias que estaban en las almenas se percataran de que algo iba mal y avisasen del peligro, aunque no llegaron a tiempo. El puente ya había sido bajado y un destacamento de veinte hombres a caballo, varios de ellos con armas de fuego, se introducía a pleno galope en la fortificación.
Entonces se desató una encarnizada lucha. Las balas volaban de un lado para otro, y el continuo sonido de los cuerpos al desplomarse de las almenas indicaba que el asalto estaba teniendo éxito. Las luces se encendieron en diferentes estancias y los gritos de los guardianes movilizaron a sus ocupantes. Los sirvientes corrieron a proveerse de cualquier tipo de arma que les fuera útil, ya fuesen las lanzas colgadas en el gran salón o los rústicos atizadores de las chimeneas. En cualquier caso no les sirvió de mucho; el factor sorpresa del ataque, en un principio tan silencioso, y el posterior uso de las armas de fuego tras haber rebasado los muros, los situó en una clara posición de desventaja con respecto a sus atacantes.
En la torre del homenaje, una pareja se despertó a causa de los fogonazos. Al asomarse a una de las troneras, fueron testigos de la carnicería que estaba teniendo lugar en el exterior. El hombre no se lo pensó dos veces: se vistió rápidamente y se ciñó una daga al cinto. Después tomó posesión de su espada y corrió hacia la puerta, pero la mujer se interpuso en su camino.
—Pauna, quédate quieta y no se te ocurra salir de la habitación.
—No puedes dejarme aquí sola. Por favor, Willian, déjame ir contigo...
—Están invadiendo mi castillo, maldita sea, y no pienso quedarme aquí sin hacer nada mientras todos mis hombres mueren. Pauna, si vinieras conmigo no serías más que un estorbo. Por favor, mi amor, hazme caso y no bajes por ningún motivo. En cuanto yo salga, atranca la puerta con lo que encuentres.
Pauna hizo lo que su esposo le ordenó. Nada más salir de los aposentos, su mujer cerró con llave, colocó un madero atravesando la puerta y se dispuso a desplazar hasta allí un enorme baúl que descansaba a los pies del lecho. Fue incapaz de moverlo, hasta que un atisbo de lucidez se abrió paso a través del profundo terror que sentía por lo que pudiera sucederles a todos. Cuando cayó en la cuenta de que estaba lleno, lo vació a toda prisa, esparciendo su contenido por el suelo. Después lo arrastró hasta la entrada del dormitorio y lo colocó a modo de barrera. En ese instante oyó pasos precipitados y unas voces desconocidas en el pasillo.
Los intrusos se estaban acercando.
Volvió a llenar el baúl con las prendas desperdigadas y con todos los objetos pesados que encontró. Acababa de cerrar la tapa cuando unos fuertes porrazos al otro lado de la puerta la sobresaltaron.
—¡Alguien se ha encerrado aquí dentro! —gritó una voz.
—¡Pues tira la puerta abajo, patán! —contestó otra voz gangosa y desagradable.
—¡La han bloqueado con algo y no puedo abrirla!
—¿Es que nunca llegarás a utilizar eso que tienes sobre los hombros? ¡Coge tu hacha y empieza a derribarla!
Pauna temblaba de pánico. Y ahora, ¿qué haría? Oyó unos golpes certeros a su espalda, hasta que poco a poco la sólida puerta de roble fue haciéndose añicos. Cuando los dos hombres traspusieron el hueco, se encontraron con una mujer menuda que intentaba por todos los medios agazaparse en un rincón de la habitación.
—Mira lo que tenemos aquí... —escupió el hombre de voz nasal. Era de constitución obesa, con un rostro mofletudo y pequeños ojos lascivos—. ¡Si es una linda damisela! ¿Por qué no vienes conmigo, amorcito? —Se acercó a la mujer y, con sus rollizas y mugrientas manos, comenzó a toquetearla.
—¡Quitadme vuestras sucias manos de encima! —De un manotazo y con cara de repugnancia, Pauna apartó de su cuerpo los brazos del hombre. Éste se rió y, como única contestación, la levantó del suelo al igual que si fuera una pluma—. ¡He dicho que no os acerquéis a mí! —volvió a gritar al tiempo que le clavaba las uñas en la mejilla, repleta de marcas de viruela.
—¡Ahhh! Así que ésas tenemos, pequeña perra. Te voy a enseñar lo que es un verdadero hombre, zorra —masculló, llevándose una mano a su repulsivo rostro. Cuando vio que sangraba, le propinó una brutal bofetada—. Así aprenderás que no debes levantarle la mano al tío Jack.
—¡Soltadme! —forcejeó ella—. ¡No me toquéis!
—Cuando acabe contigo, putita, desearás que te siga tocando.
Mientras tanto, en el piso de abajo, Willian luchaba denodadamente, en una pelea desigual, contra tres espadachines. Aunque estos no conseguían desarmarlo, Willian no contó con la cobardía y falta de honor de sus atacantes. Un cuarto hombre se acercó por su espalda y le propinó un fuerte golpe en la cabeza con la empuñadura de su estoque, haciéndole perder el conocimiento. Nada más desplomarse en el suelo, se arrojaron sobre él. Lo ataron de pies y manos y, antes de meterlo en un saco de cargar grano, se cercioraron de que estuviera desarmado. Uno de ellos encontró la daga y sus ojos brillaron codiciosos al ser consciente del valor de la pieza. La guardó con rapidez en su bota y después se echó al hombro el cuerpo inconsciente de Willian.
Los malhechores robaron, destrozaron y quemaron todo lo que encontraron a su paso. Las mujeres que se cruzaron en su camino fueron atrozmente violadas, mientras los sirvientes, retenidos a punta de espada, fueron mudos testigos de semejante tropelía. Un caballero ya entrado en años se sublevó contra ellos a fin de defenderlas de tal ultraje, pero terminó pasando a mejor vida. El resto de los presentes se cuidó mucho de representar otro acto de valentía, ya que de ello dependía su propia integridad física.
Los asaltantes estuvieron saqueando el castillo hasta bien entrada la madrugada. Cuando las primeras luces del alba despuntaron en el horizonte, pusieron fin a su asalto y se marcharon por donde habían venido.
Tuvieron que pasar varias horas de arduo trabajo hasta que los criados consiguieron apagar los diversos fuegos que había diseminados en múltiples estancias. El incendio que más les costó controlar fue el provocado en el ala norte. Cuando ya sólo quedaban los rescoldos de las brasas y un penetrante olor a humo, entraron en las habitaciones ubicadas en esa zona y descubrieron cuatro cuerpos calcinados. Aunque los cadáveres estaban irreconocibles, un profundo sentimiento de tristeza los embargó al comprobar que uno de ellos se encontraba en los aposentos de lady Elroy, la anciana tia abuela del lord. La sabiduría y bondad de aquella mujer era por todos conocida, así que los allí presentes se miraron entre ellos, anticipándose al intenso dolor que embargaría a su sobrino y a su mujer cuando les notificaran la tragedia.
Entonces cayeron en la cuenta de que, durante todo ese tiempo, no habían visto por ningún lado a sus señores. Aquello era un mal augurio. Corrieron hacia la torre del homenaje y se encontraron la puerta de acceso totalmente destrozada. Tras unos momentos de incertidumbre, el jefe de los sirvientes se armó de valor y atravesó el enorme orificio. En un principio y tras un rápido reconocimiento, no advirtió señales de movimiento dentro de la habitación. Ya estaba volviendo sobre sus pasos y se disponía a salir cuando un ligero quejido lo obligó a detenerse. Aguzó el oído para detectar el origen del ruido. Debajo de la cama, hecha un ovillo y con las vestiduras destrozadas, estaba su señora. El sirviente se agachó para ayudarla, pero al rozarle el hombro desnudo con suavidad, la mujer lo rechazó salvajemente, como si su contacto la hubiese quemado.
Cuando el hombre volvió a tocarla, escondió la cabeza en su regazo.
—Lady Pauna, soy yo, Gavin. Mi señora, no os preocupéis, estáis a salvo.
Ella no le contestó. De su boca surgía un desgarrador lamento mientras su cuerpo se agitaba de forma compulsiva.
—Mi señora, los asaltantes han abandonado el castillo. No tenéis nada que temer.
El mayordomo intentó hacerla reaccionar, insuflándole palabras cargadas de ánimo. Cuando ya pensaba que su esfuerzo sería en vano, Pauna dejó de temblar y murmuró en un leve susurro:
—¿Dónde está mi esposo?
Gavin no supo qué contestarle. Ella volvió a repetir:
—¿Dónde está lord Willian?
—Mi señora, yo... no sabemos nada de él. Hemos buscado por todo el castillo pero no lo hemos encontrado. Ha desaparecido.
Cuando Pauna levantó la cabeza, el sirviente se quedó mudo de horror al apreciar el estado en el que se encontraba el rostro de su señora. Tenía la cara completamente hinchada, con unos oscuros moratones en el lado izquierdo. La sangre reseca cubría un feo corte en su ceja derecha, y su labio inferior estaba partido e inflamado.
—Milady, ¿os encontráis bien? —preguntó el sirviente, asustado.
—Mi esposo... ¿desaparecido? —fue toda su respuesta— Lord Willian bajó al salón para luchar contra los intrusos. ¿No está allí?
—Mi señora, hemos recorrido el castillo de arriba abajo, pero no hay rastro de él.
—¿Cómo es posible? Tengo... —La mujer intentó levantarse, pero se hubiera desplomado en el suelo si Gavin no hubiese estado allí para impedirlo—. Tengo que ir a buscarlo.
—Milady, no estáis en condiciones de hacer ningún tipo de esfuerzo. ¿No veis que estáis malherida?
El preocupado sirviente, al sujetarla para que no cayera, vio que toda su ropa estaba ensangrentada y hecha jirones. Al fijarse un poco más, descubrió unas leves marcas de dedos y un fino reguero de sangre que manchaba los inmaculados muslos de su señora. Además, estaban cubiertos de un líquido blanquecino. Se abstuvo de realizar cualquier tipo de comentario, pero no le cupo duda de que esas alimañas se habían ensañado con lady Pauna. ¡Que Dios los cogiera confesados, porque cuando lord Willian se enterase de semejante monstruosidad, no pararía hasta acabar con ellos de la forma más dolorosa y brutal!
Con mucha delicadeza, tomó a lady Pauna entre sus brazos y la depositó sobre la cama. La sintió temblar de nuevo, así que de inmediato cubrió su cuerpo con una manta y agachó la cabeza, incapaz de verla en un estado tan precario.
—Yo... yo me encuentro bien. Debo ir a buscar a mi esposo.
—Mi señora, os repito que lo hemos buscado por todos lados, incluso entre los muertos, pero no hemos logrado localizarlo. Lord Willian no se encuentra dentro de estos muros. Tengo la impresión de que los asaltantes lo han tomado preso y se lo han llevado lejos de aquí.
Pauna sólo se quedó con las primeras palabras que habían salido de boca del sirviente. Un profundo gesto de abatimiento se cernió sobre su magullado rostro al comprender lo que acababa de decir.
—¿Muertos? —preguntó con voz queda.
—Milady, la lucha por defender el castillo fue encarnizada.
—¿Cuántos han muerto exactamente? —musitó casi sin voz.
No quería saberlo, pero afrontar los hechos era su obligación como señora del castillo.
—Aún no tenemos la cifra exacta. Hay muchos malheridos y no sabemos si sobrevivirán.
—¿Cuántos, Gavin? —repitió.
—Mi señora, entre hombres y mujeres rondan unos treinta y dos.
El rostro de Pauna se contrajo por la incredulidad.
—¿Mujeres? ¿También han asesinado a mujeres?
—Milady, yo... no sé cómo decíroslo. Esos desgraciados prendieron fuego a diversas estancias del castillo, entre ellas los aposentos de lady Elroy. Cuando conseguimos sofocar ese incendio, encontramos un cadáver calcinado en su interior. Estaba irreconocible, aunque mucho me temo que ese cuerpo pertenece al de nuestra anciana ama.
—¿Lady Elroy? —Pauna se llevó una mano a la boca para sofocar un sollozo—. ¡Oh, Dios mío, es horroroso!
Lágrimas de impotencia brotaron de los ojos del mayordomo. Pauna no pudo verlas porque ella misma, al oír sus palabras, cerró con fuerza los párpados, negándose a creer que aquello estuviera sucediendo en realidad. Cuando al fin consiguió calmarse, se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y, haciendo acopio de una gran fuerza interior, decidió hacerse cargo de la situación. Hasta que su esposo apareciera, ella era la responsable de toda aquella gente. No podía defraudarlos.
—Gavin, ¿hemos tenido muchos daños materiales?
—Hay algunas zonas muy afectadas por el fuego, como el ala norte, pero aparte del destrozo de los muebles y el robo de todas las piezas valiosas que encontraron a su paso, el resto del castillo se encuentra relativamente bien.
Pauna sopesó durante unos instantes las palabras del sirviente. Después volvió a hablar, pero esta vez lo hizo en un tono autoritario y perentorio, muy distinto al que había utilizado momentos antes.
—Lo primero que tenemos que hacer es atender convenientemente a los heridos. Además, hay que enterrar a nuestros muertos con el respeto que se merecen. Más tarde comenzaremos a trabajar para volver a convertir este castillo en un lugar habitable. Todos aquellos hombres y mujeres que se encuentren en condiciones de trabajar, deberán ponerse manos a la obra de inmediato. Hay que cavar tumbas, curar heridos, limpiarlo todo... ¡qué sé yo! Sólo agradezco que el joven Andres no estuviese aquí. Cualquiera sabe qué suerte habría corrido ese muchacho si el destino no hubiera querido que su hermano lo reclamase durante unos días. Por cierto, Gavin —Pauna tuvo una repentina idea—, ¿aún nos queda algún caballo en los establos?
—Mi señora, los forajidos robaron nuestros mejores ejemplares. Los que no pudieron llevarse, murieron quemados, ya que incendiaron los establos con ellos en su interior. Sin embargo...
—¿Qué, Gavin? Habla ya, ahora no es momento para indecisiones. Debemos mantener la cabeza fría. —La determinación que el sirviente vio en los ojos de su señora lo hizo sentirse henchido de orgullo. Para él, ahora más que nunca, servirla constituía un inmenso honor.
—En la zona más alejada del palenque hemos encontrado pastando a dos yeguas que, aunque no son de pura raza, aún pueden sernos útiles. Milady, no pensaréis montar en vuestro estado, ¿verdad? —preguntó con preocupación.
—No, Gavin, pero hay que buscar a alguien joven y sano que sepa cabalgar. Tendrá que hacer un viaje de dos días en uno, sin pararse siquiera a descansar, sólo el tiempo imprescindible para cambiar de caballo. Necesito enviar un mensaje hoy mismo a fin de que llegue a su destino cuanto antes. Es imprescindible que consigamos ayuda con urgencia, no sólo para reconstruir el castillo, sino también para encontrar a mi esposo. ¡Quién sabe en qué condiciones se encontrará o...! —La voz de Pauna se quebró—. Dios no quiera que sea demasiado tarde. Espero que esos maleantes lo hayan mantenido con vida y únicamente nos pidan un rescate por él.
—Mi señora, ¿y a quién deseáis enviarle un mensaje?
—A lord Albert.
Continuara...
