Hola niñas... Ahora sí... capítulo 10 en el lugar que corresponde =P
Gracias a todas por estar aquí.
Agradecimientos infinitos y especiales a mi sexy beta Gaby Madriz, a quien por cierto dedico este capitulo.
Que lo disfruten y espero sus comentarios!
Besos a todas.
(Pueden encontrarme como Cata_lina_lina en twitter y Catalina Lina en Facebook)
10. Traición
"Traición, no es otro cuerpo a tu lado.
Traición es haberte burlado del amor"
~En Paralelo~
—Diablos Edward, sigues cocinando como la mierda —dijo James, el abogado y rubio amigo de Edward, mientras soltaba el tenedor estrepitosamente sobre el plato, pues según su percepción, el arroz que Edward intentó preparar estaba realmente incomible.
Edward desvió su vista del plato y miró a su amigo entornando sus ojos, mientras a su vez Garrett miraba a Benjamín alzando sus cejas y en silencio.
Y es que lo que James exclamó fue nada más que la verdad, y eso incluso Edward debía reconocerlo. Una de las cosas en las que él era nulo era en el arte culinaria, pues ni siquiera un simple plato de arroz lograba que le quedara decentemente preparado.
—Pediré una pizza —indicó Benjamín, levantándose para agarrar su teléfono y solucionar el asunto del almuerzo, mientras los tres amigos restantes, incluido el frustrado cocinero asentía, comenzando a levantar los platos de la mesa.
—Al menos el vino es bueno… —agarrando su copa de vino, Garrett se hizo hacia atrás en su silla, saboreando la bebida.
—Ustedes son las más desconsideradas visitas que me ha tocado recibir —gruñó Edward desde la cocina, botando el contenido de los platos al bote de la basura.
—¡Y tú eres el peor cocinero que he conocido en mi vida! —gritó James desde la mesa, haciendo que sus amigos rieran, incluidos Edward.
No podía negarlo. Esos tres locos amigos suyos habían sido un soporte importante en esos meses que llevaba en Chicago. Y siempre en verdad, desde que los conoció en la universidad. Aquel sábado esos tres personajes habían insistido tanto para rememorar sus otrora famosos sábados masculinos en la época de su primer año en la universidad, en donde hacían nada más que cosas sólo de hombres: futbol, cerveza, una que otra película porno o algunos caños de marihuana. Pero esta vez no hubo nada de eso. Esta vez almorzarían algo y hablarían de la vida. Quizás más entrada la noche podrían ver algún partido de futbol en la tv y beber cerveza importada, pero lo importante de esa reunión era más bien conversar.
Aunque Edward sabía que lo estaban haciendo por él. Para ayudarlo a él y eso se los agradecía.
—¡Maldita sea, Edward, trae al menos unas galletas, que muero de hambre! —gritó de nuevo James en dirección a Edward. Este se asomó por la puerta de la cocina y le extendió un plato de arroz.
—Aún queda arroz…
—¡Puedes meterte los granos de arroz por el mismísimo…!
—Ya viene la pizza, cálmate James —interrumpió Benjamín, ubicándose en la mesa. Sacó un cigarro de su cajetilla con la calma que lo caracterizaba y lo encendió, mientras bebía una copa de vino. Edward llegó de regreso a la mesa y acompañó a Benjamín con un cigarro también.
—Bueno James, ¿nos dirás que cosa te tiene con ese geniecito tan volátil? —inquirió Edward, alzando una vez sus cejas en dirección al aludido, quien le devolvió una irritante mirada.
—Fuera de tu arroz Edward, es Victoria que me tiene agarrado de las pelotas…
—Salud por Victoria —interrumpió Benjamín, alzando su copa de vino.
James entornó la vista en dirección a su chistoso amigo, ignorando su brindis —Me di el trabajo de preparar una romántica cena, con todo y velas, como se supone les gusta a las mujeres, todo porque al fin me decidí a proponerle matrimonio…
—¡¿Le propusiste matrimonio?! —incrédulo Garrett preguntó a James, mientras Edward rodaba los ojos y Benjamín terminaba de una bocanada el contenido de su copa.
—Pues sí… —respondió James con pesadumbre, afirmando su cabeza entre sus manos— Y me dijo que no.
—Esa colorina está bien loca… —comentó Benjamín refiriéndose a Victoria, mientras soltaba el humo del cigarro. James levantó la cabeza a su amigo, con deseos de golpearlo por ese comentario.
—¿Y qué excusa te dio? —preguntó Edward con calma.
—Que no estaba preparada para el matrimonio, pero yo intuyo otra cosa…
—¿Qué te pone los cuernos?
—Sí.
—¿Pero por qué crees que te engaña? Se supone que uno se percata cuando la mujer anda rara y sale con un amante…
—No siempre —intervino Edward— Lauren me fue infiel y yo ni cuenta me di.
Los tres amigos se olvidaron de la historia de James y se enfocaron en Edward y lo que acababa de decir. Ellos sabían de la aventura de Edward con la italiana, pero jamás supieron, ni siquiera se les pasó por la cabeza que Lauren también hubiese engañado a Edward, por tanto la noticia les cayó como balde a agua fría.
—Pero… pero… ¿cómo lo supiste? —preguntó un sorprendido James, quien incluso olvidó su malograda petición de matrimonio.
—Ella me lo dijo. Cuando me planteó lo del divorcio, me dijo que sabía que le había sido infiel, y que ella también lo fue…
—¿Piensas que por eso te pidió el divorcio? —preguntó uno de sus amigos.
—No —negó firmemente. Aplastó la colilla de su cigarro en el improvisado cenicero que su amigo Benjamín dispuso y agregó con calma— Sus razones van mucho más allá de una simple aventura, y sé que es así… incluso la comprendo.
—¿A qué te refieres?
—Después de lo de Elizabeth, ella simplemente no tenía más ánimo de sobrellevar una relación de pareja que era prácticamente inexistente. Sólo tiene cabeza para amar a Grace, no quiere más que eso, dedicarse a ella…
—¿Sabes que haber perdido a una hija, no les anula el derecho de volver a enamorarse alguna vez de nuevo, verdad?
—No tengo cabeza para eso ahora, Garrett. Y quizás no lo tendré en mucho tiempo más. "Quizás nunca más…"
Los amigos de Edward guardaron silencio por unos segundos después de oírlo decir eso. Fuera de Garrett, ninguno de ellos era padre, por lo que les resultaba muy difícil ponerse en sus zapatos, con semejante dolor que él y Lauren vivieron con la muerte de Elizabeth, y la pena con la que viven aún.
—Uhm… pero volviendo a lo del engaño de Lauren —dijo James, rompiendo el silencio— ¿Sabes con quien fue?
Edward frunció el ceño y miró a James —No, ¿para qué querría saberlo?
—¡Porque eres hombre, maldita sea! Se trata de una cuestión intrínseca. En mi caso, si es verdad lo que sospecho de Victoria, averiguare quién es el desgraciado y le voy a moler la cara a golpes. ¡Es una cuestión de orgullo! —Exclamó, golpeando la mesa. Benjamín rascó su negra cabellera y Garrett negó con la cabeza, rodando los ojos hacia el exaltado James.
— La verdad, —intervino este último— yo no sé si quisiera saber con quién me engaña Tatianne, si ese fuera el caso. Preferiría dejarlo pasar y…
—¡Oh, eres un mentiroso, Garrett! —Le inquirió James, forjándose ahí una discusión sobre si era bueno saber o no, la identidad de los amantes de tu mujer.
Edward se quedó pensado, y es que ni siquiera suponía con quien Lauren podía haber tenido ese affaire. ¿Tan poco la conocía, que nunca lo intuyó si quiera?
Al día siguiente, después de pasar el día con sus amigotes, Edward se dirigió al medio día a casa de Lauren para recoger a Grace, que iría a almorzar con sus padres a un restaurante infantil. Los abuelos querían pasar tiempo con su nieta y ni Edward ni Lauren pusieron objeción a ello, mucho menos la niña.
Cuando Edward la dejó con ellos, regresó con Lauren, quien le solicitó ayuda con unos documentos de un litigio que estaba siguiendo.
—¿Ya almorzaste, Edward?
—Sí, gracias Lauren.
—Sigues estando más delgado que de costumbre, y con eso de que insistes en vivir solo, apostaría que apenas te alimentas bien…
—Estás comportándote como mi madre, Lauren. Estoy bien, no te preocupes —aseguró, abriendo la carpeta que Lauren le entregó para que revisara. Comenzó a leer sin poner mucha atención en verdad a lo que ahí decía; por el contrario, la conversación del día anterior con sus amigos quedó dando vueltas en su cabeza.
¿Será que era buen momento para sacar el tema a colación?
Rascó su cabeza y suspiró fuertemente, mientras mantenía sus ojos sobre el documento. Lauren lo observaba y sabía que algo en su cabeza lo distraía.
—¿Qué es lo que sucede, Edward?
—Uhm… déjame acabar de leerlo y…
—No hablo del papel, hablo de lo que te preocupa.
—¿Por qué lo dices?
—Te conozco, Edward —asintió suavemente, ladeando su cabeza. Él torció su boca en una sonrisa y negó con su cabeza, apartando sus ojos un poco avergonzado.
¿Debía preguntárselo? Ese era su debate mental en aquellos segundos, después que ella abrió la opción para que él soltara lo que lo distraía. Soltó el aire y miró a su ex mujer:
—Bien… he estado pensando y tratando de recordar alguna señal… alguna señal que me dijera cuándo es que tú y yo comenzamos a distanciarnos.
—Fue una suma de factores, Edward. No pienses en culparte por haber o no hecho algo que detonara eso, como lo hago yo cuando supe que me eras infiel —afirmó con naturalidad.
—Lo entiendo —respondió tranquilamente. Tragó saliva y continuó ahora hacia donde quería llegar— pero nunca recibí una señal tuya de que me estuvieras engañando… no como tú si lo supiste.
Lauren frunció sus cejas y bajó la cabeza. "Dios, que no vaya hacia allá…"
Edward continuó hablando —Estoy seguro de que tú sabes desde cuándo y con quien te fui infiel, ¿o me equivoco?
Lauren soltó el aire de sus pulmones antes de responder, pero sin alzar su cabeza —No, no te equivocas. Giuliana era bastante obvia la verdad
—¡Dios! —Edward cerró los ojos y pasó varias veces su mano por su cabello, despeinándolo— ¿Y por qué nunca me lo reprochaste, por qué nunca me encaraste?
—No lo sé…—susurró la mujer, aun escondiendo su vista de Edward— Descuidé nuestro matrimonio Edward, y eso me pesa, me pesa mucho.
—Lauren, no estoy teniendo esta conversación contigo para reprocharte algo que está zanjado ya entre nosotros. Sólo estoy tratando de entender cuándo pasó.
—El ambiente nuevo en Venecia, nuestro entorno nos absorbió tiempo, o al menos a mí —habló, mirando los dedos de sus manos sobre su regazo— El doctorado, el trabajo en la firma, las niñas… en pretendo justificarme, pero sabes que eso arruinó lo nuestro, aunque muy probablemente las cosas venían mal desde antes de irnos a Venecia.
—No para mí, Lauren. Antes de irnos, yo estaba seguro como el infierno que te amaba y que jamás te sería infiel…
Ella levantó centímetros su cara para mirar a Edward —Pues no me amabas tanto, a la final lo hiciste, me fuiste infiel —las palabras de Lauren sonaron como un duro reproche, no queriendo que así fuera. Cerró los ojos y volvió a agachar su cabeza— ¿Por qué estamos hablando de esto justo ahora, Edward?
—Porque lo necesito, Lauren.
—¿Para qué?
—Para sanar, para cerrar ciclos, ¡qué sé yo!
Ambos quedaron unos minutos en silencio. Lauren insistía en esconder su mirada de Edward, sintiendo vergüenza y rogando en silencio que Edward no preguntara nada más sobre eso.
Pero él no lo hizo y a continuación, mientras suspiraba fuertemente, restregaba sus ojos y pasaba sus uñas por su barba color cobre oscuro —que crecía con rapidez— preguntó lo que Lauren tenía tanto miedo de responder.
—¿Quién fue, Lauren?
Ella apretó sus parpados al igual que sus manos sobre su regazo, negando despacio con su cabeza —Deja eso ya, Edward, te lo suplico —susurró.
—¿Por qué tienes tanto miedo de decírmelo? ¿Qué daño puede causar ahora?
—Quisiera que no causara daño alguno, pero…
—¡Dios, esto es peor de lo que imaginé! —se cubrió la cara con ambas manos y la restregó con estas, para luego llevarlas hasta su cabeza donde las dejó por unos segundos. Miró a Lauren, encorvada en la mesa frente a él, como si se intentara hacer pequeña para finalmente desaparecer. Eso le dio un indicio de que la respuesta a su pregunta sí le haría algún tipo de daño no menor.
—Lauren —agregó en voz baja— las ideas en mi cabeza están corriendo rápido y hacia un feo lugar. Si no me dices quien fue, yo…
—Emmett — susurró antes de que pudiera arrepentirse, dejando caer su cara entre las manos para a continuación soltar el llanto de vergüenza.
Edward arrugó su frente y sacudió su cabeza, creyendo que había oído mal. "¿Dijo Emmett?"
Se levantó estrepitosamente y caminó de un lado a otro como león hambriento y enjaulado alrededor de la mesa ovalada.
Por su cabeza, la imagen de su hermano reprochándole su engaño hacia Lauren atropellaba sus pensamientos, comenzando a sentir como su ira crecía dentro de él. Sus recriminaciones y su últimamente extraña aversión hacia él que detonó en su último encuentro no tenían un por qué para Edward, sino hasta ese momento. Sus varios viajes a Venecia, dejando a Rosalie sola incluso con sus hijas recién nacidas para ver a Elizabeth, y seguro estar con Lauren…
Se acercó hasta la mesa y dejó caer ambos puños sobre esta, sobresaltando a Lauren con el seco sonido de los puños de Edward. Alzó su vista nebulosa por las lágrimas y vio la furia en los ojos de su ex marido.
—¡Por un demonio, Lauren, cómo fuiste capaz! —con su mandíbula apretando sus dientes le recriminó.
—Perdóname Edward… —intentó disculparse ella con apenas un hilo de voz.
—¡Es mi hermano! —gritó enderezándose de nuevo y dándole la espalda, pasando una y otra vez sus manos en su pelo, jalándolos de la pura indignación.
Bufó sonoramente una y otra vez, paseándose de un lado hacia otro, hasta que decidió lo que haría. Sin más caminó hasta la puerta para salir con una clara misión. Lauren, sobresaltada, lo siguió alcanzando a tomar su brazo para detenerlo.
—¡¿A dónde vas?! ¡¿Qué vas a hacer?!
—¡Tú qué crees! —Le gritó, jalando su brazo y soltándose del agarre de la mujer— El hecho de que me hayas engañado lo entiendo y no puedo reprocharlo, pero… pero con mi hermano…
Con mucho esfuerzo logró decir —Dios, Edward, eso quedó atrás…
—¡¿Cuándo?! ¿Desde cuándo, cuando lo dejaron? —exigió saber, ahora agarrando él el brazo de Lauren con fuerza.
—Yo… comenzó antes que nos fuéramos a Venecia…
Edward cerró los ojos de golpe, precisamente como si la admisión de Lauren hubiese sido un golpe duro justo en el estómago —¡Por Dios!
— Y se acabó antes de que Lizzie…
—¿Habías dejado de amarme hace mucho, verdad? Yo te amé, Lauren, lo hice. Lo hice incluso estando con otra… —su voz denotaba decepción y dolor— Tus interminables horas en la universidad y el trabajo, eran una excusa para estar lejos de mí, ¿verdad?
—Edward, no digas eso…
—Abandonaste nuestro matrimonio mucho antes, por eso no me recriminaste cuando supiste que te era infiel… —antes de seguir lanzando palabras sin pensar, decidió que era mejor callar y salir de allí— Dile a Grace que mañana voy por ella a la escuela —añadió secamente y sin más, dejó el brazo de Lauren que estuvo agarrando todo ese rato, caminó rápido hasta su auto, y a toda velocidad corrió por las calles, alejándose de Lauren, quien lloraba inclinada sobre el marco de la puerta de entrada.
/E.P/
Los estruendosos golpes en la puerta, sacaron a Emmett de su estado de concentración en el juego de futbol europeo que pasaban en ese momento por televisión.
—¿Quién demonios golpea así? —preguntó extrañado mientras caminaba a la puerta preparando para la reprimenda que le daría a esa persona, cuestión que no alcanzó a hacer, porque en cuanto abrió, de lo único que se percató fue del puño que aterrizó en su nariz con tanta fuerza que lo hizo tambalearse hacia atrás.
Cubriéndosela y sintiendo un hilo de sangre nacer de esta, miró con indignación a quien le propinó dicho golpe con el deseo de devolverle el gesto, pero se detuvo cuando vio a Edward con su rostro reflejando una mezcla de sentimientos, sobre todo mucha rabia.
—¡Eres un maldito hipócrita! —gritó Edward con furia, dando un paso adelante con la intención de golpear de nuevo a su hermano. Emmett abrió los ojos con desmesura y con la disposición de increparlo de regreso, pero Edward no le dejó— ¡¿Cuánto tiempo hacía que te acostabas con mi mujer, maldito desgraciado?!
—Yo no…
—¡No te atrevas a negarlo! —Volvió a gritar, con su respiración agitada, dando uno, dos pasos hacia él para entrar a la casa— Todo este tiempo te regodeabas encarándome lo mal hombre que era por tener una amante, y tú no eras mejor que yo. ¡Te estabas acostando con mi mujer, con la esposa de tú hermano!
—Cálmate Edward…
—¡¿Qué me calme?! ¿O acaso no quieres que Rosalie se entere? —Preguntó con ironía, sintiendo como su pecho subía y bajaba con fuerza, queriendo restregarle en la cara a su hermano más que palabras. La verdad es que quería molerlo a golpes, pese a que él no era un hombre violento ni acostumbraba a decir con malas palabras.
Emmett se vio atrapado entre la ira y las palabras de recriminación de su hermano, sin poder formular una excusa coherente. Lo único que agradeció en silencio, es que estuviera solo y que Rosalie no fuera testigo de ello. Esa sería su perdición.
—¡¿No tienes nada que decir, maldito cobarde?!
—Yo no… yo no sé qué decirte. Ella simplemente se acercó a mí y las cosas se dieron…
—Ese es un pretexto barato. Si sabías que algo andaba mal con Lauren, lo más sensato, lo que un hermano de verdad hubiera hecho, sería acercarse hasta mí y hablarlo con claridad, pero tú decidiste buscar otro maldito camino para eso ¡Tú decidiste meterte en la cama con ella! —Gritó Edward con las palabras saliéndole por su tensa mandíbula y sus puños cerrados a sus costados con fuerza como listos para atacar el rostro de Emmett una vez más si sentía el impulso de hacerlo.
Dio un par de pasos más hacia adentro de la casa pasando por el lado de su hermano. Emmett dejó que entrara, cerró la puerta tras él siguiéndolo hacia la sala —Dime en verdad por qué lo hiciste, ¿tanto me odias? —preguntó Edward con voz contenida.
—Edward, por favor, no estaba pensando con claridad, era un momento complicado en mi vida. Además ella buscaba refugio en mí, se sentía sola, después vino lo de Elizabeth…
—Me engañaron desde antes que nos fuéramos del país, mucho antes de enterarnos de la enfermedad de Elizabeth —interrumpió, no queriendo oír al hombre que tenía frente a él, intentando explicarse. Bajó la cabeza y negó con esta, hablando ronco y lentamente, como si estuviese cansado— Siempre he tratado de explicarme cuál era tu problema conmigo y ahora puedo vislumbrarlo: querías tener a mi mujer, porque pensabas que tú eras mejor hombre para ella que yo. Querías tener a mis hijas porque pensabas que podías ser mejor padre para ellas que yo… incluso me culpaste de la muerte de Elizabeth…
—Es una estupidez lo que dices, Edward. Nunca he tenido aversión hacia ti, no podría —decía Emmett, con voz algo temblorosa, como intentando disculparse— Y lo que dije sobre Elizabeth… lo dije sin pensar.
—No te creo —sentenció Edward, pasando la palma de su mano derecha una y otra vez por sobre su frente aun con los ojos cerrados. Con voz oscura y ronca reafirmó— Ahora no creo nada de lo que dices…
—Hay cosas que no sabes, no estás hablando con sensatez…
Edward abrió los ojos de golpe y acortó la distancia de su hermano, levantando una de sus manos, y con la palma abierta junto con toda la fuerza de la rabia que llevaba dentro, abofeteó en un golpe secó a su hermano, quien otra vez, no alcanzó a reaccionar.
Además, y después de todo, él sabía que se merecía que Edward, si gustaba, lo moliera a golpes.
—Esto fue lo más bajo que pudiste haber hecho, y tus excusas ahora no valen nada. Tengo tanta rabia en tu contra, siento tanto rencor hacia ti ahora, que ni si quiera puedo mirarte a la cara sin tener deseos de golpearte hasta dejarte tirado en el piso —Edward guardó silencio por unos segundos, buscando más palabras con las que increpar a su hermano, quien en verdad ahora era como un extraño para él, pero sólo logró agregar— Que Lauren y tú me hayan engañado es algo que no olvidaré ni perdonaré nunca, Emmett…
—¿Qué cosa? —La figura de Rosalie en la entrada de la sala, dejó en shock a Emmett quien la observó con ojos desmesuradamente abiertos. Edward giró su vista a la rubia mujer que entraba a la casa con un coche doble, donde venían dormidas sus dos hijas. Ella tenía su vista de incredulidad sobre Emmett, esperando que este aclarara las palabras de Edward que ella alcanzó a oír, pero no lo hizo.
El abogado supo que era momento de largarse. No tenía nada más que hacer ahí, y la verdad no se sentía culpable de que Rosalie lo hubiese escuchado, aunque él no tenía la intención de que eso pasara. Ni siquiera miró a Emmett, simplemente caminó hasta la salida, pasando por el lado de Rosalie, y salió de la casa, sin preocuparse de la tormenta, que seguro se desataría allí mismo.
Subió a su coche y lo puso en marcha hacia algún bar donde pudiese beber algún trago fuerte y fumarse varios cigarros relajadamente y pensar un poco.
~En Paralelo~
El día del cumpleaños de Bella caía a mediados de semana, por lo que la fiesta de celebración que sus amigas prepararon para ella —haciendo por supuesto partícipe a la familia— quedó postergada hasta el siguiente fin de semana. Por lo tanto, ese día ella cenaría con su marido algo ligero, después claro, de compartir con sus alumnos un trozo de pastel que estos llevarían de sorpresa para la maestra y regalos que habían comprado en grupo y algunos personalmente para ella. Sería un día relajado y feliz para ella.
O se suponía que fuera así.
Mientras la cumpleañera tomaba su ducha matutina antes de ir a su trabajo, Jasper se paseaba por el cuarto como león enjaulado. Desde el día que Alice había llegado, no había tenido oportunidad alguna para verla. Ella se escabullía muy bien de él y eso lo enervaba.
Mientras maquinaba, qué podía hacer para atraerla hacia él, su vista dio con el celular de Bella que reposaba sobre su mesita de noche y entrecerró los ojos hasta el aparato, caminando derecho hacia él a la vez que una idea no descabellada nacía en su cabeza. Desbloqueó el aparato y seleccionó la opción para enviar textos. Escribió rápidamente un mensaje que pareciese convincente y lo envió a su destinatario esperando que esta lo recibiera y leyera, y sobre todo hiciera exactamente lo que éste decía.
—Muy bien, Jasper, muy bien… —se felicitó internamente y suspirando fuertemente con satisfacción salió del cuarto rumbo al dormitorio de su hija, para que ambos pudieran desayunar con mamá en su cumpleaños.
/E.P/
Para Bella, la voz de los niños que en ese momento le estaban entonando el "Cumpleaños feliz" era —para ella— más hermoso y seguro muy similar a lo que sería un coro de ángeles en el cielo. Cuando la canción acabó, todos estallaron en un aplauso y fue motivo de una profunda emoción y un entrañable agradecimiento a esos pequeños que recién hacía meses atrás la acaban de conocer, pero que la querían y la apreciaban muchísimo.
Enseguida se abalanzaron a ella y entregaron los regalos que le habían llevado, además de disfrutar con ellos y algunos de sus padres, de un trozo de pastel y un refresco. Allí se quedó con los niños hasta cerca de las tres de la tarde, para después compartir con un grupo de maestros que también celebraría con ella.
—¿Y qué más celebraciones te esperan para hoy, eh? —preguntó su amigo Sam sentado junto a ella.
—No mucho. Una cena con mi marido por la noche, quizás vayan mis padres y mi hermana a casa a saludarme, pero nada más. Es día de trabajo y soy mala trasnochando, sobre todo cuando al día siguiente debo madrugar —reconoció ella.
—Pues podríamos aprovechar de salir por ahí a por un trago al menos, ¿no? —se inmiscuyó Jacob que estaba sentado frente a Bella en la mesa que habían preparado para ella.
—¡Oh, no! Lo lamento, pero después debo preparar unas cosas para la clase de mañana y estoy comprometida con mi marido. Vendrá por mí a eso de las siete.
—Es una lástima… —susurró Jacob mirándola intensamente y haciendo que la cumpleañera se sonrojara. Él siempre decía o hacías cosas que a Bella, más que nada la inquietaban, no sintiéndose cómoda con eso. Jacob siempre la abordaba con algo más de familiaridad y eso no le gustaba.
—¿Pero de verdad no habrá celebraciones? —preguntó otra de las maestras que se encontraba allí. Ella les explicó que sus amigas y su hermana haría una especie de fiesta ese fin de semana y que estaría encantada de que todos fueran, les dijo extendiéndoles la invitación a los ocho colegas que estaban celebrando con ella.
—¿Qué sabes de Rosalie? No se ha visto desde el lunes… —le preguntó ella luego a su compañero de mesa. Sam la miró y suspiró.
—Está con licencia médica.
—¿Está enferma? —Preguntó algo preocupada; su amigo negó con la cabeza.
—No es eso, ha tenido problemas en su casa, con su marido… ya sabes… —dijo, alzándose de hombros.
—¡Oh, qué mal! —se lamentó Bella, entendiendo lo que Sam quería decirle. Ella pensaba que definitivamente una mujer como Rosalie no merecía pasar por sufrimientos como la infidelidad. En verdad lo que Bella pensaba, es que ninguna mujer merecía pasar por eso y fugazmente pensó en su suerte, en la suerte de tener un marido que la amara.
Con ese sentimiento de tranquilidad continuó hablando animadamente con sus colegas para momentos más tarde enfrascarse junto a su ayudante en los trabajos para la clase del día siguiente, hasta el momento en que su marido fuera por ella.
Cuestión que no llegó a ocurrir.
Jasper se excusó en su trabajo para poder tener la tarde libre y hacer lo que tenía planeado. Su reencuentro con Alice y la celebración del cumpleaños con su mujer. Ambas cosas lo tenían impaciente, sobre todo la primera.
Miraba el reloj con impaciencia, esperando que Alice siguiera las instrucciones que él le envió a su celular, haciéndose pasar por Bella. Era la única manera que ella llegaría a él.
"Alice, esta tarde estaré sola, ¿por qué no vienes a las cuatro y compartimos un tiempo a solas? Y no está permitido decir que no, así que te espero. Es mi cumpleaños, así que ven a celebrarlo conmigo. Te espero…"
Alice, tan confiada como era, cuando leyó el mensaje esa mañana el que se supone era de su hermana, sonrió y ni siquiera envió una respuesta al celular de Bella, sólo se propuso hacer lo que le pedía, o lo que suponía su hermana le pedía, por lo que a las cuatro de la tarde, llegó a casa de Bella. Se sintió tranquila cuando no vio el auto de Jasper aparcado afuera, así que pensó que en verdad tendría tiempo a solas con ella.
Cuando tocó el timbre, Irina que cuidaba a la niña abrió enseguida, sorprendida de que ella estuviera allí.
—¿Y Bella?
— ¡Oh! Ella no ha llegado aún, pero…
En ese momento, Jasper apareció con su sonrisa socarrona y triunfadora en sus labios, haciendo que el cuerpo de Alice se estremeciera para luego helarse por completo.
—¡Cuñadita! Qué bueno que hayas venido —exclamó, acercándose a ella y abrazándola, aunque ella no respondió a su abrazo. Irina, que estaba allí como espectadora, le pareció extraño la reacción y el comportamiento de Alice, a quien a penas y conocía por fotos que Bella le mostró hacía unos días.
—Irina, puedes retirarte, Alice y yo nos encargaremos de Beth y esperaremos a Bella, ¿verdad cuñadita? —preguntó, sujetándola con fuerza por los hombros. Alice miraba fijo y ni siquiera confirmó lo dicho por Jasper— Hasta mañana entonces, Irina —sentenció Jasper, dejando a la joven allí parada y arrastrando a Alice por un brazo hacia el segundo piso.
Irina no se quedó tranquila y sospechó enseguida de aquella escena, haciendo lo que su instinto le ordenó hacer. Quedarse.
Sigilosamente siguió los pasos del hombre y la mujer, que hace un rato desaparecieron y se dispuso a estar atenta a lo que pasara, aunque pareciera que estuviera chismoseando. La niña estaba dormida en su cunita, por lo que podría despreocuparse por un rato de ella.
—¡Dios, Alice, había anhelado tanto volver a verte! —exclamó Jasper, arrastrando a Alice hasta su cuarto matrimonial, cerrando la puerta con su pie, mientras la abrazaba con fuerza el cuerpo de de la chica, que estaba tenso hasta el dolor.
—Jasper, déjame ir… Bella…
—No, ella no estará aquí hasta las siete, así que tenemos tiempo a solas para nuestros asuntos…
Ella reaccionó por fin y se removió para apartarse de los brazos de Jasper —¡Yo no tengo asuntos contigo, así que déjame en paz!
—¡No me mientas, Alice! Tus ojos te delatan, te delataron cuando me viste entrar en la sala. Estabas tan ansiosa de verme como yo a ti…
—¡Eso no es cierto!
Jasper miró con intensidad a los oscuros ojos de Alice, tomó su pálido rostro entre sus fuertes manos y la obligó a que la mirara —Dime que no deseabas verme, por muy malo y retorcida que esa idea te parezca. Dime que no me extrañaste estando lejos, que no pensabas en mí, que no te afectaba mi recuerdo… dímelo mirándome a los ojos y juro que te dejo en paz. Te lo juro… — susurró eso último, haciéndola temblar.
Y es que por mucho que se odiara, Alice no podía negar que él tenía razón. A veces, muy seguido, pensaba en Jasper añorándolo y teniéndolo ahí tan cerca de ella; su cuerpo se estremeció, su boca se secó, sentía que sus piernas dejarían de sostenerla en cualquier momento…
Los pecaminosos deseos de acariciar su rostro, pasar sus dedos por la rubia cabellera de él, besarlo mucho aunque sea una vez, una maldita vez, dejarse llevar por sus insanos sentimientos y deseos comenzaron a nublar su razón.
Y eso fue lo que Jasper logró percibir, así que sin perder más tiempo, atrapó su boca con la suya y la besó con propiedad, sintiendo el triunfo y la euforia recorrerle las venas pues ella se estaba dejando llevar, respondiendo a su beso como él deseó que lo hiciera. Se sintió en el mismísimo cielo cuando ella arrastró sus manos por su cuello y su nuca, arañándolo allí con sus dedos, excitándolo con ese toque como nadie.
Alice ya estaba perdida en el estallido que en su interior detonó cuando este, la besaba y la tocaba de esa forma tan pecaminosa. Cuando apretaba su cuerpo fornido y duro al de ella. Cuando su lengua exploraba y luchaba con la suya.
Él, sin perder más tiempo, caminó a tientas hasta su cama matrimonial y se dejó caer con ella allí, no dejando nunca su boca ni su toque, para evitar que protestara e intentara alejarse. Así mismo, bajando sus labios por su níveo cuello, desabotonó su chaqueta y su blanca blusa, dejando entrever su hermoso sujetador blanco de encaje.
—¡Dios, he deseado tanto verte así, rendida a mi…! —Susurró sobre su piel, mientras sus manos apartaban la copa de su sujetador y los acaparaba con su boca, haciendo que ella arqueara su cuerpo y gimiera con fuerza. Poco a poco una de las manos de Jasper se deslizó hasta el broche del pantalón negro que ella traía y lo soltó sin dificultas, hurgando enseguida con su mano hasta el empapado centro de su feminidad, masajeándolo con ímpetu.
Alice sentía su sangre caliente deslizarse a toda velocidad por sus venas, percibía un zumbido en sus oídos que se hacía más potente a la vez que Jasper hacía vibrar su cuerpo con sus caricias y sus besos tan perfectos para ella. Estaba obnubilada por la pasión que ese hombre que hace años deseaba, que no pensó en lo que hacía, en lo fácil que había caído ante él, en lo que sería de ella y su conciencia en el futuro. Nada ocupaba su mente en ese momento fuera de Jasper.
Ni siquiera supo cuando quitó el pantalón y sus bragas, ni menos cuando él deslizó los suyos hasta los tobillos, arremetiendo dentro de ella sin previo aviso. Alice soltó un grito ronco y gimió como una loca, mientras Jasper con destreza la elevaba poco a poco, jadeando en su cuello, mordiendo, besando sus labios, estrujándola por la cintura, mientras ella se sujetaba a sus hombros con vehemencia.
Fuera de la habitación, Irina escuchaba impactada e incrédula lo que adentro se estaba gestando. No era necesario para ella abrir la puerta y mirar.
—Piensa Irina, piensa…
La mujer que ayudaba a Bella con los quehaceres de la pequeña Mary Elizabeth, mientras oía los sonidos propios de un encuentro sexual, meditaba en si debía hacer oídos sordos o no.
La decisión la tomó en milésimas de segundos.
No.
No debía hacer oídos sordos, y por muy bizarro y cruel que fuera, debía hacer que la mismísima Bella fuera testigo de lo que su amado esposo era capaz de hacer. Después de pasar ella misma por la infidelidad de su pareja, su madre y su hermana, el destapar a los desgraciados que engañaban a sus mujeres, se había convertido en una especie de cruzada para ella, terminando de convencerse.
Caminó rápidamente hasta el cuarto de la niña y sacó su móvil del bolsillo trasero de sus jeans. Buscó el número de Bella y lo marcó sin titubear. Cuatro tonos tuvo que esperar para que respondiera:
—¿Irina?¿Está todo bien en casa? —preguntó Bella de inmediato con premura. Se supone que Irina sólo la llamaría a su celular por emergencia o cuestiones importantes.
—Bella, debe venir cuanto antes a casa…
—¡¿Le pasó algo a la niña?! ¡Dime mujer por Dios!
—La niña está dormida, ella está bien. Sólo venga ahora, se lo ruego…
—¿Sucede algo con Jasper? —preguntó con su voz llena de ansias por saber.
"Oh, Dios…" —Algo así… algo así. Coja un taxi enseguida y vengase cuanto antes, por favor….
—Voy para allá —respondió, y colgó.
Comenzó a recoger sus cosas de la mesa de trabajo, dispuesta a salir corriendo rumbo a su casa, la idea de que a Jasper le haya pasado algo malo la ponía nerviosa. "Quizás tuvo un accidente o algo así…" pensaba, corriendo hacia la salida de la escuela, en donde se cruzó con Sam.
—¡Oye, oye, qué tienes, a dónde vas con tanto apuro!
—Necesito un taxi para llegar a casa cuanto antes, al parecer algo le pasó a Jasper…
—Aquí no conseguirás nunca un taxi, mujer. Vamos, yo te llevo
Ella no dudó en acceder a su ofrecimiento —Gracias Sam.
De camino a casa le marcó al móvil de su esposo infinidad de veces, pero este sonaba apagado. Apretó el aparato en su pecho y rogó que nada malo le hubiese pasado a su amor.
Por suerte para ella, Sam se hizo el desentendido con varias señales de tránsito como signos "Pare" y llegó en quince minutos a su destino.
—Avísame más tarde cómo va todo, Bella
—Gracias —agradeció sin más y se bajó del coche, corriendo hacia su casa. Abrió con un incontrolable temblor la puerta, sintiendo un extraño dolor, un presentimiento inquietante incomodándole en el pecho, como confirmando que algo malo pasaba.
Cuando entró, se encontró con Irina en el recibidor esperando por ella.
—¡¿Dónde está?!
— Bella, escúcheme por favor… esto lo hice por su bien…
—¿Irina?
—Su esposo está en su recamara.
—¡Dios! —Corrió escalera arriba y caminó con rapidez por el pequeño pasillo hasta el dormitorio matrimonial, pero un grito ahogado detuvo sus pasos. Llevó una mano hasta su pecho cuando oyó claramente los gemidos femeninos mezclarse con unos que ella conocía muy bien, los gemidos de Jasper.
Con el llanto a flor de piel, lentamente retomó la caminata hasta que estuvo frente a la puerta de su dormitorio; llevó su mano temblorosa hasta el pomo de la puerta y cerró los ojos rezando en silencio para que todo eso que oía, fuese producto de su imaginación. Cuando finalmente abrió la puerta y entró, presencio la imagen más grotesca y desgarradora frente a ella.
Como dos conejos follando, encontró a su marido montado sobre su hermana Alice, empujando dentro de su cuerpo con vigor, ambos semidesnudos, tendidos sobre su cama.
Un temblor recorrió su cuerpo y sintió que se helaba de la cabeza hasta la punta de los pies, para enseguida dar paso a la más potente de la rabia, como nunca antes la sintió. Sin dejar de mirar la escena, extendió a tientas su mano derecha hasta la mesita que reposaba a su lado, sobre la cual había una caja de madera y un retrato familiar. Agarró la caja y sin miramiento, la lanzó sobre los dos personajes frente a ella, en tanto soltaba un grito venido directamente desde el dolor de su pecho.
La caja cayó sobre la espalda de Jasper con un golpe doloroso para él. Pero el dolor que él sintió, no se comparaba al dolor con el que Bella los observaba, respirando pesado y derramando lagrimas que quemaban sus mejillas.
—¡Fuera de aquí, asquerosos de mierda! ¡Largo, fuera! —gritó, agarrando ahora el marco de fotografía, que dio en la cien de Alice, quien en segundos volvió a pisar tierra firme. Miró a su hermana con vergüenza y enseguida su llanto brotó de su pecho, mientras Jasper salía de su cuerpo, incorporándose, subiéndose su ropa y caminando hacia su mujer.
—Bella… esto… esto no es lo que parece…
—¡¿Crees que soy estúpida?! —gritó, roja de la ira.
Hizo ademán de caminar hacia ella —Bella…
—¡No te me acerques! —Inquirió amenazante, alzando una mano hacia él— Me das asco…. Ambos me dan asco…
Alice se levantó y cubrió las partes de su cuerpo que estaban expuestas para explicarse —Bella —susurró. La aludida la miró con odio, como jamás antes lo había hecho, y eso desmoronó a Alice, quien comenzó a sollozar con fuerza y descontrol.
—Ahora entiendo todo —su voz era ronca y peligrosamente calmada— ahora entiendo la aprehensión de Jasper porque Alice se quedara en Suecia con otro… claro, no podría follar con ella… —agregó eso último con un toque de fría ironía.
—Nunca antes… —iba a comenzar a disculparse Alice, pero Bella ni siquiera dio tiempo para terminar la frase.
—Por eso estabas tan ansiosa de regresar, ¿verdad, Alice?
—Déjame explicarte, Bella —lloriqueó Alice un ruego, que de nuevo Bella ignoro. Se secó las lágrimas con violencia, enderezó su columna y los miró a ambos, alternadamente.
—Entraré al cuarto de mi hija, y cuando salga no los quiero ver aquí, a ninguno de los dos. Nunca más…
—¡Pero Bella, tenemos que hablar! —exclamó Jasper, peinando con desespero su cabellera rubia hacia atrás una y otra vez.
—¡Se largan a follar a un motel, lejos de aquí! Yo no los volveré a interrumpir… —dio media vuelta y salió del cuarto con el corazón roto en mil pedazos.
Entró al pacífico cuarto de su hija, quien ajena a todo dormía dulcemente. Cerrando la puerta con cerrojo, dejó caer su bolso y caminó hasta la blanca cunita de Beth, a quien miró por segundos y al instante otra vez su llanto detonó. Se apartó, cubriendo su boca para acallar sus gimoteos y se dejó caer de rodillas sobre la gruesa alfombra del dormitorio.
Nunca, ni en el peor, ni más cruel de sus sueños, ella siquiera imaginó vivir algo así. Mucho menos en el día de su cumpleaños. Sentía tanta rabia, dolor, decepción, fundiéndose en una maraña de sentimientos, quemándole el pecho hasta el sufrimiento. ¿Cómo era posible que fuese tan estúpida y ciega? ¿Cómo no se percató antes? En fracción de segundos recordó la pasada conversación de su madre, cuando le advirtió aquello, haciendo ella oídos sordos a las insensatas palabras de ella.
Gateó hasta donde había caído su bolso y rebuscó adentro su teléfono móvil. Pulsó el botón de llamado cuando dio con el contacto que buscaba y esperó a que respondiera.
—¡¿Bella?!
—Mamá… —lloró ella, sin sostener sus gemidos de dolor.
—¡¿Hija, nena?! ¡Dios, Bella, qué va mal!
—Ven mamá… te necesito… —susurró, no pudiendo decir nada más. Renée no esperó más y corrió hasta el coche para ir rumbo al socorro de su hija.
Mientras tanto, Bella lloraba sin poder detenerse, agarrándose el cabello, arrugando en su pecho la blusa de seda verde que irónicamente su hermana le había traído de regalo.
Allí se quedó llorando y lamentando su suerte, hasta que no supo cuánto tiempo después la manilla de la puerta hizo ademán de girar. Tres golpes suaves la hicieron alzar la vista con alerta, hasta que oyó la voz de su madre, llena de preocupación al otro lado de la puerta. Se levantó y corrió a abrirle, para al instante que la vio, echarse a llorar sobre sus brazos.
—Ya hija, ya mi niña; mamá está aquí… —susurró en su oído, mientras acariciaba su cabello con suavidad. Ni siquiera preguntó qué había ocurrido, dio con los hechos cuando vio a Alice llorando afuera de la casa y a Jasper increpándole algo. Ambos la miraron y ella, sin decir palabra, entró a la casa, siendo recibida por Irina, quien no quiso marcharse sino hasta estar segura que Bella estaría en buenas manos.
—Me lo dijiste, mamá… soy tan estúpida… tan estúpida…
—Ya hija, no te atormentes más… llora, desahógate, que yo estoy aquí para sostenerte. Siempre estaré a tu lado, hijita —dijo, acercándola hasta un sofá de dos cuerpos que allí había donde se sentó aun con ella llorando entre sus brazos, por un largo, largo rato.
