Llegamos a la casa de Altaïr, que estaba dos casas a la derecha del edificio dónde me había despertado esa misma mañana. Estaba más que chocada de que tuviese casa, ya que creía que todos los asesinos vivían en la fortaleza de Masyaf, pero si te parabas a pensarlo era una idea bastante estúpida.
La casa era simple. Una habitación principal que constaba de una mesa de madera con taburetes, una chimenea, que supongo también servía para cocinar y alumbrar a parte de para calentar la casa, algunos muebles, y unas escaleras que llevaban al piso superior, que me moría por ver.
¿Me pregunto si Altaïr sabía cocinar? Me acordé de mi padre, y de la que solía armar para freír un huevo. Luego una sucesión de imágenes se pasó por mi cabeza: Altaïr con delantal, Altaïr llorando con una cebolla y Altaïr metiéndole la mano en el culo a un pavo muerto. No sabía con cual de ellas quedarme. Y como no lo sabía, decidí preguntárselo.
-Altaïr –le llamé. Ni me respondió, simplemente me miró.
-¿Tú cocinas? Quiero decir, ¿comes aquí?
-No –respondió.
-¿Dónde comes?
-En la fortaleza –respondió secamente.
Entonces a los asesinos les daban de comer en el castillo de Masyaf. Y también les daban mujeres, y el lugar más bonito y maravilloso que yo nunca había visto. ¿Cómo se iban a querer ir de allí? El "viejo de la montaña" era realmente listo. Les daba a los hombres lo poco que necesitaban para vivir. Sí, eso es un ataque directo. Me reí ante mis pensamientos.
Me giré hacia Altaïr, que sacó de su túnica tres monedas de plata. Las colocó sobre mi mano.
-Voy a salir. Con esto podrás comprar lo que necesites. Quizás no vuelva hasta esta noche. Déjalo todo como está. Adiós.
-Dios mío, pareces Robocóp. Vale, vale, tu vete tranquilo.
Altaïr hizo un gesto inclinando ligeramente la cabeza hacia delante para despedirse, y después se largó. No perdí tiempo para comenzar a explorar la casa. Subí al piso de arriba, y me encontré con una bohardilla. En medio de la pequeña habitación había una cama, bien hecha y ordenada. No me esperaba menos de Altaïr. Don limpio, pensé, divertidamente.
Había dos ventanas a los lados que hacían entrar algo de luz a la lúgubre estancia. La casa era en general un poco tétrica, sin color ni luz, pero supongo que era así como eran todas las casas de la época. Hasta el propio castillo de Masyaf parecía realmente lúgubre por dentro.
Llevaba desde que me desperté en Jerusálén sin comer nada, sin contar la mañana que ahora parecía tan lejana en la que desayuné, todavía en mi casa. Me pregunté sin en Masyaf venderían algo para comer. Pregunta tonta, me respondí a mí misma. ¿De qué iba a vivir toda esta gente si no? También había mujeres y niños, y comprendía que Altaïr, al estar siempre sólo, fuese a Masyaf a comer, pero los demás asesinos tendrían familias. Me sentí apenada por Altaïr en ese aspecto, pero él se lo buscaba. Una mujer no cabría en esa pequeña casa entre él y su ego.
Compré dos barras de pan y naranjas, y un jarrón para el agua.
Y con lo poco que me sobraba compré aceite de jazmín, porque me había encantado su olor, ya tan familiar desde mi llegada a ese mundo.
Había hecho bien en comprar todo eso porque él no tenía absolutamente nada. Después cogí agua del pozo con el jarrón, y la llevé a la casa, donde me lavé y me limpié la herida.
Me puse otra vez la ropa que las chicas me habían dado, ya que no tenía más. Comí algo de pan y dos naranjas, y cuando terminé subí a la habitación y me unté aceite de jazmín. Olía realmente bien. Para cuando hube terminado de hacerlo todo, ya era casi de noche, y el cielo estaba entre rosa, y naranja.
Era posible que Altaïr estubiese en alguna ciudad matando a un hombre importante. Me paré a pensar, ¿no eran tan importantes la vida de esos hombres que la de el probre mendigo del que había contemplado ese cruel asesinato? ¿No tenían el mismo derecho a vivir?
Sólo de pensar en los abiertos y angustiados ojos del hombre sentí una pena horrible, y se me hizo un nudo en el estómago. Si intentase evitar la muerte de esos hombres, ¿alteraría la historia de alguna manera? ¿O sólo ocurriría en mi cabeza?
Miles de preguntas me asaltaron. El tiempo debió de pasarse rápido, porque ni siquiera noté la llegada de Altaïr, ya que yo estaba de espaldas a la puerta. Simplemente, seguí sumida en mis pensamientos.
Lo primero que noté al entrar era el perfume. Olía a jazmín. Adoraba ese olor. Luego ví a la niña de espaldas a la puerta, sentada en un taburete, con un brazo apoyado en la mesa y la cabeza sobre él. Y otra vez el silencio que por alguna extraña razón, me incómodaba y me desconcertaba a la vez.
Encima de la mesa había una cesta con pan y naranjas. Sin mediar palabra, me senté delante de la cría. Entonces fue cuando ella debió percatarse de mi presencia, porque se sobresaltó.
-Me has asustado –dijo, sonriéndo. No comprendía que motivos tenía para estar contenta, pero por la expresión de sus ojos, supuse que ni ella misma lo comprendía. Cogí una barra de pan y empecé a comer. Ella se limitó a mantener la postura que tenía antes de que yo hiciera acto de presencia. Otra vez sentía el vacío de que algo faltaba, y la necesidad de que ella hablase.
Aunque fuera sólo para decir palabras que yo no alcanzaba a entender.
-Altaïr –la miré, expectante. Sentí algo parecido a alivio cuando la escuché hablar –he estado pensando en lo que me dijiste ayer. Aquello de Malik, y el karma. ¿De verdad era lo que pensabas? ¿Es eso lo que sientes respecto a lo que le pasó?
No, por supuesto que no era eso lo que sentía. Pero no podía contárselo a ella. ¿Cómo me vería entonces? ¿Cómo me verían los demás? Como un fracasado. ¿Pero acaso no había fracasado? No, si Malik no me hubiese detenido…pero él no me hubiese detenido si yo…
Yo no era un necio. Pero tampoco era un crío como para no admitir lo orgulloso que podía llegar a ser. Era el mejor asesino, el mejor de toda la hermandad. No podía permitirme dudar, fallar. Atribuia mi necesidad de ser perfecto a mi orgullo.
Cuando en el fondo sabía que lo único que había sido era infantil. Y que comenzaba a dudar de mí mismo tanto como comenzaba a dudar de mi maestro Al-Mualim. Ya sólo quedaba un templario que asesinar, mi mayor enemigo, el verdugo de Kadar y la segunda causa de la pérdida del brazo de Malik.
Porque la primera causa soy yo.
Y recuperaría mi rango, recuperaría mi honor, la confianza de mi maestro…pero jamás recuperaría la amistad de Malik. Y Malik jamás recuperaría a su hermano. Era todo un círculo vicioso. Aún así, debía matar a su ejecutor para hallar la paz conmigo mismo. Debía hacer justicia, aunque esa justicia no fuera justa para otro más que para mí. Egoísmo.
-¿Por qué estás tan empeñada en hablar de este tema? –pregunté, molesto.
-Porque no me creo que seas así –respondió.
-Tú no me conoces.
-Es verdad. No te conozco. Y me alegro de no hacerlo –con esto la niña se levantó de la mesa y subió las escaleras.
No tienes ni idea de cuánto te alegrarías en realidad. Comí la barra de pan entera y una naranja, y subí a la habitación. La cría estaba sentada en mi cama.
-Mañana partiré a Jerusalén comencé –podrías venirte…si lo deseas.
La cara de la niña se iluminó. –¡Claro que iré! –respondió, más que eufórica. Se tumbó de espaldas en la cama.
No sé de donde sacaba la confianza para llevar a cabo tales actos, pero supongo que tenía demasiado en la cabeza como para que me importase. Las oscuridad había caído sobre Masyaf, y las velas de la casa se habían consumido poco a poco.
Me tumbé bocarriba a su lado, y me dediqué a meditar.
-Altaïr –me interrumpió.
-Blanca –respondí secamente.
-¿Te gusta estar solo? –y se hizo el silencio.
-Me gusta estar solo –respondí, al cabo del rato –la paz es el silencio para mí. Ya te lo dije.
-¿Y quieres estar solo durante el resto de tu vida? Se te va a pasar el arroz –dijo ella.
-¿Qué quieres decir? –¿qué tenía que ver el arroz?
-Quiero decir que cuando te dés cuenta serás mayor y habrás pasado tu vida en silencio. Serás viejo y sabio, pero estarás solo. Como el viejo de la montaña –me susurró al oído, por miedo a que Al-Mualim pudiera oírnos.
Giré mi cabeza y me encontré con mi rostro a centímetros del suyo. No notaba su respiración, pero es ese momento no me importó. ¿Era eso lo que ella pensaba? ¿Qué moriría sólo?
-Yo nací para estar solo –respondí –no hay nadie que pueda cambiar eso. Tener una familia sería una distracción para mí, un mero entretenimiento que me desviaría de mi trabajo, y nadie puede cambiar eso. Significaría cambiar lo que soy.
Para ese entonces la niña ya tenía los ojos cerrados. La dí unos ligeros golpecitos en el hombro, pero no despertaba. La tomé el pulso, y estaba todo completamente normal. ¿Pero qué la pasaba?
La verdad es que no pude escuchar lo último que Altaïr dijo, y por mucho que lo hubiese intentado, no hubiera podido. Lo único que recuerdo es la cara de Altaïr a centímetros de la mía, y todo lo que pasé a pensar a partir de ese momento era:
Demasiado cerca, demasiado cerca, demasiado cerca…
Y entonces perdí la consciencia.
