Los personajes de Kishimoto no me pertenecen. Si me pertenecieran, Pakkun saldría cada dos capítulos, es un crack de perro…
Alerta Lemon Ino-Chôji. Por fin…
10. Batalla
― Entra en casa.
― Demo…
Hinata se aferraba al portón, demasiado asustada como para hablar.
― Vamos, Hinata-chan, no puedo retrasarme más…
Naruto observó aquellos ojos que dudaban. Neji lo esperaba, balanceándose sobre los pies, en la esquina de la mansión. Hinata quería luchar, de eso estaba seguro. Temía por su vida, de eso se había dado cuenta ahora. Pero él no se la podía llevar consigo, debía quedarse y acatar sus deberes como heredera del clan.
― Hinata…
Se acercó a ella, con los ojos brillantes. Quería decirle que no temiera por él, que no se preocupase, y que pronto volverían a verse. Pero no era hábil con las palabras, y mucho menos en aquellos momentos de tensión. Pasó las manos por el cuello de la kunoichi, y sólo entonces Hinata vio relumbrar el colgante en su cuello.
― Volveré a buscarlo.
El cabello negro se le alborotó cuando Naruto salió disparado como un huracán. Apretó los dientes. Si su hermana llegaba en menos de cinco minutos, estaba segura de que nadie la detendría de ir al frente escapándose de casa, mientras llevase el uniforme de ANBU.
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― Humo, alambre, botiquín, shuriken…
Sakura recontaba los pequeños paquetes que llevaba adosados al cuerpo en orden descendente. Tragó una píldora energética para espantarse el cansancio de todo un día de entrenamiento. Lee rebuscaba en uno de los aparadores de la sala.
― Kunai, agujas, puñal, guantes de repuesto…
Se ajustó los que ya llevaba con un crujido. No estaba segura de aquello. Hacía demasiado tiempo que ningún enemigo siquiera se acercaba a los límites de la aldea, y de repente se los encontraban prácticamente a las puertas… desde la batalla del Tercero, nadie hostil había puesto el pie en Konoha.
― Sakura…
Lee le alargaba una cajita transparente en la que brillaban tres píldoras blancas. Sakura la tomó y sintió que al ninja le temblaban las manos. A ella también, cuando la introdujo en el bolsillo. Esperaba no tener que tomarlas, el dolor posterior era terrible.
― Espero que no las tomes ― susurró Lee, acuclillándose para cerrarle la mochila. Sakura apretó los labios. No sería sólo su producción de leche materna lo que cortarían aquellas píldoras. Significaría también que la batalla habría durado más de dos días…
― Quiero ir contigo.
― Lee, no…
― Lo sé. Pero quería decirlo.
Ella se acuclilló a su lado. Los ojos de Lee no sólo nadaban en pena. Ahora estaban llenos de algo más fuerte, algo que los oscurecía aún más. Estaban repletos de ira. '¿Ira contra qué?' se preguntó Sakura '¿Contra los que nos atacan? ¿Contra el mandato que nos separa? ¿Contra sí mismo por no poder acompañarme?'
Aquello último no lo consentiría jamás. Abrazó a su esposo por un instante, arrodillándose para abarcarlo con fuerza.
― Lee, déjalo…
― Juré que te protegería ― susurró él ―, aunque sé que eres capaz de hacerlo tú misma. Pero tienes que entenderme…
― Te entiendo.
― No podría soportar que nada te ocurriese ― las manos de Lee se cerraron en la espalda de la kunoichi, repletas de impotencia ―… juré que te protegería…
― Ya no soy la única persona que debes proteger ― respondió Sakura, deshaciéndose del abrazo. Lee la miró fijamente, mientras el entendimiento se abría paso en él. Cuando la verdad lo acarició con sus cabellos de brisa, sonrió.
― Gracias, Sakura.
― Está todo preparado. Si suenan las sirenas…
El aullido de las sirenas preñó el aire frío de la noche. Ambos se miraron, alarmados. Estaban en las puertas del bosque circundante.
― ¡Coge la mochila del armario de emergencia, y mete también la bolsa helada de la cocina! ― gritó Sakura, poniéndose en pie y corriendo escaleras arriba. Lee se apresuró a abrocharse el chaleco de chuunin, y a recoger lo que Sakura le había mandado. Al volver a la sala, el pequeño lloraba alarmado en los brazos de su madre.
Ella misma lo ató con fuerza al cuerpo de Lee, donde se quedó gimiendo asustado. Sakura lo cubrió en besos, mientras los apremiaba hacia la puerta.
Al separarse en la entrada, ninguno de los dos se dirigió la palabra. No había nada que decir. Lee echó a correr lo más rápido que le permitieron sus cansadas piernas hacia los refugios, tratando de calmar al bebé con suaves caricias. Su misión de proteger a su familia ya no volvería a incluir solamente a su esposa. Sakura corría con igual presteza, en dirección a las arengas. No habría pensado jamás que tres simples píldoras pudieran pesarle tanto en el bolsillo del pecho, cerca del corazón.
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― Genial...
Los colmillos de Kiba brillaron en la oscuridad. Su olfato le decía que cerca había enemigos que batir, a algo más de doscientos metros. Se apartó el flequillo mojado del rostro, y se topó con las gafas, molesto.
― No te las quites.
Shino lo había detenido con su mano fuerte. Kiba resopló, pero obedeciendo. Akamaru se acercó a su dueño y le lamió la mano. Los suaves sonidos de sus fauces recibieron un asentimiento de Kiba como respuesta.
― Cinco. A unos trescientos metros.
― Son seis.
Shino guardó el pequeño kikai en la manga, satisfecho. Kiba frunció el ceño.
― Akamaru nunca se equivoca. Su olfato...
― Uno de ellos lleva activada una cápsula inodora.
Kiba abrió la boca, dispuesto a responder, pero no encontró qué decir. Los insectos de Shino no sólo se guiaban por el olor, sino por la presencia de chakra. Y si aún así el enemigo lo ocultaba, les quedaba la detección por calor. De todos modos, Kiba no podía evitar sentirse fastidiado. Un solo enemigo con protección inodora y les había tocado precisamente a ellos.
― Pero... ¿cómo?...
― Kiba... ― Shino se echó las gafas oscuras hacia atrás, con gesto misterioso ― ¿Es que creías que fuera de nuestras fronteras no temen a la Muerte Carmesí de Konoha?
Se quedó callado. Seguro que Shino decía aquello sólo para agradarlo. Pero Shino no acostumbraba a mentir. Y si lo hacía, aquello había sido un cumplido de los mejores.
― Puedo con los cuatro, esos bastardos han sudado la gota gorda para llegar aquí. Hasta un ciego podría alcanzarlos con el Gatsuuga usando el olfato.
― Déjame el quinto.
Shino se alzó aún más el cuello del abrigo. Cuando el primero de los atacantes puso el pie en el claro bajo su árbol, Kiba y Akamaru se abalanzaron aullando como bestias sobre el grupo. Shino se dio un poco más de tiempo, admirando el brillo de las garras aceradas de Kiba, mientras sus insectos le daban la situación exacta del quinto.
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Calmo, quedo, despacio. Chôji patrullaba a las afueras del pabellón rojo del señor feudal. No corría allí ni una chispa de aire, y las ramas del almendro, pulcramente podadas, se mecían con la tibieza de la noche. Estaba preocupado por sus amigos, por su familia, por los habitantes de la aldea... pero estaba seguro de que se defenderían bien. El mensaje les habría llegado a tiempo, seguro.
El guarda ya no estaba en la puerta. Se habían crispado con la llegada de Shikamaru, y ahora lo tenían vigilando al enfermo. A Shikamaru no le hacía demasiada gracia, y había bromeado muchas veces con aplicarle su técnica para que bailase como un gorila ante los sirvientes. Chôji lo había disuadido de hacerlo, divertido, pero de todos modos Shikamaru se pasaba la mayor parte del día durmiendo, luchando contra la infección. La fiebre le había bajado un poco esa noche.
Jugueteaba con un cordel de sus manguitos mientras recorría los corredores desiertos. Esperaría a que Ino disolviese la marioneta para acompañarla de vuelta a sus habitaciones. Al salir de Konoha llevaba encima una ominosa carga de oscuridad, pero ahora todo parecía haberse disuelto. El deber ya no lo ahogaba, aunque lo mantenía en alerta, porque hasta que no restaurasen al legítimo heredero no podrían volver a su aldea. Chôji ni siquiera albergaba la más mínima desesperanza respecto a la seguridad de Konoha.
― Chôji...
Ino lo llamaba desde una de las ventanas, apartando la persiana con una mano blanca. Tenía las mejillas encendidas, y un olor a mirra y canela se escapaba por el vano.
― Ino, ¿deseas volver?
― Aún no he terminado. Pero entra, por favor. La puerta está abierta.
Intrigado, Chôji pasó entre la madera y los abalorios, inundándose del calor y olor de la estancia encarnada.
― Chôji...
Ino estaba reclinada, indolente, en un diván de seda escarlata. El aire cargado la hacía suspirar apoyada en una mano, mientras con la otra hojeaba un grueso volumen. El señor feudal estaba tumbado, bocarriba, en uno de los sillones del recibidor. Parecía aletargado, no se movía, y de vez en cuando gemía débilmente.
― Está drogado ― susurró Ino, alzando los ojos brillantes hacia Chôji, e indicándole con un ademán suave que se sentase cerca de ella en el diván ―, no sé si hoy simplemente lo dejaré dormir.
Al sentarse, Chôji vio la marioneta tumbada en el suelo, del mismo modo despreocupado y seductor que Ino, que pasaba las hojas de un libro inexistente.
― ¿Tú qué crees, Chôji-kun? Se me están acabando las ideas.
Señaló uno de los dibujos del libro. Al inclinarse para verlo, Chôji pudo oler el aroma del vino dulce en los labios pintados. En la ilustración un hombre, tendido, y una mujer que...
― ¡Ino! ¡Por los dioses del cielo!
El ninja apartó los ojos y cruzó los brazos con fuerza, indignado. Ino rió, vivificada por el rubor intenso de Chôji. Cerró el pesado libro, y al abandonarlo en el suelo se dejó caer, completamente tumbada, en el diván. Visto desde abajo, el rostro ancho y ceñudo de Chôji parecía una máscara terrible. Pero Ino jamás había sentido miedo.
Acarició aquel rostro, algo atontada por la bebida, pero lo suficientemente lúcida para sentir el cosquilleo del deseo que llevaba escondido enroscándose en su estómago.
― No te enfades, Chôji-kun...
― No me enfado, Ino.
Aquel olor lo estaba volviendo loco. Aquel calor lo sacaba de sus casillas. Y las caricias suaves de la mano en su rostro le crispaban y calmaban a la vez. Muchas veces había sentido lo incontrolable abrasarlo las venas, haciéndolo letal. Al invocar el poder de su cuerpo, percibía las fibras de voluntad y violencia trenzarse en sus nervios, convirtiéndolo en una máquina de destrucción. Al mirar a Ino, allí tendida, con los ojos brillantes y completamente libre, relajó la postura.
Ino invocaba el mismo poder, le provocaba un deseo irrefrenable. Se inclinó y la besó con arrebato. Ella respondió sorprendida pero, entrelazando sus brazos con el cuello robusto, concedió con abandono.
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Una fuerte inspiración y recobró la postura erguida. Había unos cuantos enemigos más en los árboles de alrededor, pero tras ver al letal torbellino del kaiten destrozar a sus compañeros aún no se atrevían a acercarse. Neji contó doce, y dos más en las copas más altas. Otra nueva inspiración, y sus ojos dignos reposaron en la espesura.
― ¿Alguien más que intente traspasar las barreras de este bosque?
Un silencio frío respondió a sus palabras severas. Aprovechó la ocasión para enviar unas ráfagas de chakra a través de la tierra, de nuevo sin fruto. La piedra granítica siempre le impedía rastrear el suelo. Esperaba que ninguno hubiese descubierto su punto débil.
― ¡¿Alguien más! ― bramó con severidad. Apartó casi sin moverse un kunai arrojado hacia él, que le pareció una burla a sus habilidades. Aquellos ninja eran bastante inútiles ―. Volved por donde habéis venido y quizá os dejemos vivir, escoria...
Dos de los más cercanos se lanzaron hacia él, blandiendo cadenas. Mientras tanto, una lluvia de nuevos kunai silbó en su dirección. 'Idiotas', pensó, 'nadie inteligente ataca dos veces del mismo modo cuando ha sido derrotado la primera vez'.
Sus ojos se activaron de inmediato. Percibía cada filo, cada forma, cada brillo en la superficie cortante. Era un juego de niños para él, apartaba las armas como si de plumas se tratasen. Con dos que atrapó al vuelo rechazó las cadenas, y su prodigiosa puntería acabó con los dos atacantes en sendas cuchilladas que perforaron las frentes, entre los ojos.
Al llevar las manos atrás, hastiado de aquellos cobardes y alcanzando sus shuriken para acabar rápido, se sorprendió al sentir una cuerda que las inmovilizó.
'¡Maldición!'
Pateó hacia atrás al ninja que surgía de la piedra, rompiéndole el cuello al instante y lanzándolo hacia la espesura. El resto de atacantes bajaban reptando de los troncos. Tiró de las manos, pero aquel bastardo se las había atado muy bien. Y nada más sentir la cuerda en la piel, había sabido que su corriente de chakra estaba intervenida.
Se esforzó para activar el byakugan, y el cerebro le envió un latigazo de electricidad. Notó cómo la sangre le golpeaba la boca. Abrió las piernas asentándose con firmeza, mientras contaba los enemigos resistiendo el dolor.
Siete. Si había más más lejos no podía verlos, al menos con el radio limitado de byakugan que podía producir sin desmayarse. Desactivó sus ojos y se relajó, cerrándolos. Aspiró el miedo, olió el instinto asesino, escuchó las pisadas demasiado confiadas de los atacantes.
Al primero le quebró la nuca de una patada. El siguiente pudo probar su rodilla en los dientes, y se echó al suelo vomitando sangre y aullando de dolor, con la mandíbula quebrada por la mitad. ¿Acaso aquellos ninja pensaban que los shinobi de Konoha sólo poseían una técnica? Recordó las famosas 'tres fintas' de su maestro Gai, aquel mes que les enseñó lucha restrictiva atándoles las manos, y después las piernas. Ahogó en el hueco de su rodilla a otro de los atacantes mientras controlaba la duración de su stamina.
Uno de los ninja que permanecían ocultos multiplicó su cuerpo. Ahora eran más de treinta los shinobi contra los que se enfrentaba.
'Kami-sama...'
Neji se lanzó a la desesperada hacia la masa de ninjas que se abalanzaban sobre él. Sabía que quizá no podría con todos con las manos atadas, y maldijo no llevar el comunicador puesto. Logró golpear a tres de una potente patada, que se deshicieron en una nube de humo, pero un cuarto lo agarró del cabello y le hundió la rodilla en la espalda, mientras otra copia le pateaba la boca del estómago. Logró zafarse, sin resuello, con una descarga de chakra que los disolvió, y le hizo tambalearse de dolor. Las náuseas le escalaron por la garganta, no sabía si sería capaz de aguantar en pie contra tantas copias. Ahora todas blandían kunai.
Sonrió con amargura. Era hora del acto final, de la descarga de patadas imbuídas en chakra que daría con todos en tierra. Le daba igual acabar destrozado, o muerto. No debían pasar de aquel claro.
Veía las formas nebulosas de los enemigos al lanzarse contra ellos. Sus ojos ya casi no lo respondían, atontados con el dolor. Gritó al llegar a las filas enemigas. Que todos escuchasen el alarido de los Hyuuga de Konoha...
Lo rodeó el humo. Una a una, y en menos de cinco segundos, las copias estallaron en nubes de vapor antes de que llegara siquiera a tocarlas. Escuchó tras la pared nubosa horribles alaridos, gritos ahogados, y gorgoteos de sangre.
Cayó de rodillas, jadeando agotado. La voz de Tenten y el tintineo de sus cuerdas portakunai le trajeron el rostro femenino ante la vista borrosa. La kunoichi se inclinó, examinándolo, mientras alguien le desataba la cuerda a la espalda.
― Pero mira que eres bruto, Neji...
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― ¡!
BUM
Nadie podía ver nada a cien metros a la redonda. La llanura se había convertido en una quebrada polvareda.
― Vaya, Sakura... ― sonrió Naruto, relajando la postura con uno de sus shuriken gigantes en la mano ― no has dejado ni uno para mí.
Ella sonrió, alzando los dedos en señal de victoria. Por la puerta oeste del bosque parecía que no llegaban más. Era la entrada más evidente, ya que delante de la verja no había más que unos pocos matorrales y árboles, casi todo estaba cubierto por pastos, y era más difícil llegar sin ser vistos. Por eso, Tsunade había decidido reforzarla con cinco efectivos nada más, y mandar a Neji a la espesura del noroeste. Dos de aquellos luchadores eran Naruto y Sakura.
― Dos al flanco derecho, y tú ― dijo Naruto, acercándose al más joven de los shinobi que los acompañaba ―, necesitamos saber si los refuerzos han llegado ya por la posición de Neji-sama. Rápido, pero sin dejar huellas, ¿de acuerdo?
― Hai, Naruto-sama ― murmuró antes de desaparecer. Naruto se ajustó la casaca, y guardó los pergaminos. Su gigantesco shuriken estaba clavado en el suelo, así que se sentó junto a él, usándolo como respaldo.
Distraído, se tentó los labios.
― ¿Pensando en algo en particular? ― susurró Sakura, sobresaltándolo. Parecía mentira que en otros lugares del bosque estuviese librándose una batalla, tan calmo y en silencio estaba todo. Naruto se sonrojó, sin contestar. La visión de Hinata entre sus brazos, su calor, su voz pequeña, le daban escalofríos.
― ¿Crees que todos estarán bien? ― preguntó el ninja. Ella se quedó en silencio, escuchando los rumores de la llanura agrietada. Le asaltaba el olor tibio e inocente del pequeño, el peso de su cuerpo flexible y cálido, la fuerza de las manos protectoras de su marido, sus labios en el hombro, el candor de su respiración dormida en la nuca. Se asió los costados, abrazándose el pecho. Esos pensamientos harían que le subiera la leche, y le dolería, así que respiró hondo y puso en guardia los sentidos.
― Seguro que sí, Naruto. Seguro que sí.
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No había nada como la suavidad de aquella serpiente de oro, de aquel río de luz, a los lados de su rostro. Deseaba no abandonar jamás la tibia caricia de los labios suaves, de la piel aterciopelada, de los aromas y aceites de la piel femenina. Ella se alzó en toda su resplandeciente gloria, echando la cabeza hacia atrás y permitiéndolo recrearse en las formas perfectas de su cuello, sus pechos, su cintura, sus muslos, su piel nacarada…
Asió con manos fuertes las caderas, sin dejarla escapar. Los contoneos de su cuerpo le estaban llevado a la demencia.
― Chôji…
Ella posó las manos sobre las de él, serpeando de placer. Chôji se quedó quieto, ella se lo había pedido así. Se permitió arquear levemente la espalda de su cuerpo tendido, azotado por el deseo de tomar el control. Ino siseó, ahora el cabello le cubría el rostro, completamente fruncido por el goce.
― Ino…
Ella no pudo detenerlo cuando abarcó sus pechos con las manos, pero sí lo mantuvo firmemente tendido contra el suelo al inclinarse levemente sobre él. Chôji la veía cerca, lamiéndose los labios, estremeciéndose con cada latigazo de su propio cuerpo, hundiendo cruelmente el deseo del ninja con cada movimiento.
Chôji intentaba evitarlo, pero era demasiado. Cerró los ojos, buscando el temple, el control. Pero tras sus párpados también estaba ella, la Ino de hacía unos minutos, deslizando las sedas lejos de su cuerpo esbelto y hermoso, desatando los nudos de la armadura rojiza, tendiéndolo para encaramarse en él, para usarlo mientras el mundo se hacía de tres y de dos.
El ninja ladeó el rostro, tratando de respirar fuera del olor embriagante de la kunoichi. Más allá de aquella alfombra, por sobre el escabel y la descalzadora, estaba la entrada de la habitación, cerrada con puertas de papel de arroz. Y tras ellas danzaba la marioneta, entregada a los mismos juegos con el tercero de los dos, que estaba tan drogado que no podía levantarse. Y la misma furia, el mismo enojo, la misma fiereza que al principio le subieron a los ojos.
Ya no fue un solo movimiento el que acompasaba los gemidos. Arrastró a su boca los labios cálidos y los ojos sorprendidos de la kunoichi.
― Chôji, no…
Pero no pudo seguir. Se suponía que él no debía haberse movido, que tenía que ser el recipiente vivo del teatro de muñecas. Pero Ino sintió su fuerza, su hambre, sus movimientos firmes y duros, y no pudo más que sucumbir gimiendo a la lujuria del ninja. Aun estando encaramada había perdido el control.
― Szzz... ¡aahhhhhh!
Vio la marioneta caer mientras cargaba a Ino hacia la cama con dosel. Vio la luz de la entrada apagarse, y desapareció la vista de aquel vicioso, vencido y aturdido bastardo.
Al tenderla suavemente en la cama, Chôji vio prendido en sus ojos un brillo remoto, en sus jadeos un algo inexplicable, que la turbaba y agitaba.
― Chôji… pero…
― Sólo será para nosotros, esta vez, como debería haber sido siempre…
Quieta, estremecida, sorprendida, comprendió.
Alargó los brazos y abarcó el cuello de Chôji, del mismo modo en que ahora lo recibía su cuerpo, anhelando el dominio que él la ofrecía, deseando su piel, su cuerpo, su fuerza, que la enterrase en placer…
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― Gracias…
Lee entró en la pequeña habitación, al final del pasillo, y se sentó con cuidado entre las mujeres acurrucadas en el suelo. Destapó la cabecita del pequeño del paño con el que la había cubierto, temeroso de que el polvo se le clavase a la velocidad en que corría. Aún lloraba.
― Tranquilo… shhh…
Lo acunó con suavidad, intentando calmarlo, pero él se debatía incómodo, inquieto, asustado.
― Tiene hambre.
Una de las mujeres había alzado la vista hacia él. Su bebé dormía sobre unas gasas en el suelo, y ella le acarciaba las piernecitas. Sonrió con calidez hacia Lee.
― Esos lloros son de hambre.
― H-hai…
Con cuidado desabrochó el soporte separándolo de su pecho, y se lo colocó en las rodillas. El chasquido de la burbuja de gas al quebrarse y liberar el calor hacia el recipiente alteró aún más el llanto del bebé, que amenazaba con incomodar a los otros niños, calmados o dormidos.
Dándose toda la prisa que pudo, lo colocó en sus brazos y le ofreció el biberón de leche materna. En un segundo, los lloros habían cesado. Aunque aún se revolvía en los brazos del ninja, al menos se alimentaba en silencio.
― Arigatō ― susurró Lee, en direción a aquella que le había dado el consejo. Ella tan sólo sonrió, y algunas madres agradecieron con resoplidos que el bebé al fin se hubiera callado.
Lee se sonrojó, inundado de vergüenza. Mirando alrededor, se dio cuenta de que era el único hombre en el refugio de bebés. Normal… el pensamiento le voló inevitablemente hacia Sakura. ¿Qué estaría haciendo en aquel momento? ¿Estaría bien? Aquello le parecía tan injusto que tenía ganas de salir corriendo.
Contó los cuerpos, los nudos de mantas… veinte, quizá más, se refugiaban en aquel agujero en penumbra con sus bebés de corta edad. Había pasado por las salas de los niños pequeños en el pasillo del refugio, niños que estaban en su jardín de infancia cuando sonaron las alarmas. Aunque los profesores trataban de distraerlos, las miradas perdidas y llorosas, las manitas mordidas en las bocas diminutas, los puños cerrados en las prendas de colores, se sucedían en cada uno de aquellos chiquillos. Eran el tesoro de Konoha, el futuro, por lo que estaban custodiados por ninja de primer orden.
Iruka lo había sonreído, con los alumnos de primero de la academia pulcramente formados tras él. Les hacía responsables de todo aquel que fuese menor que ellos, así se mantenían ocupados. Pero entre ellos no dejaban de cuchichear, y aquellos que tenían padres en el combate mostraban una mirada de orgullo y miedo a partes iguales.
― Está dormido.
Lee se despertó del adormecimiento en que le tenían hundido sus negras cavilaciones.
― ¿Na… nani?
― Se ha quedado dormido.
Le dio miedo retirar la mano. Mientras su hijo tomaba, había agarrado complacido uno de sus dedos con una mano diminuta. Ahora estaba quieto en sus brazos, tranquilo, compartiendo su leve calor con el del ninja sumergido en un sueño de paz. Se lo quedó mirando, conmovido y melancólico, recordando cómo esas manos se contraían en el pecho de Sakura cuando lo alimentaba.
La mujer que tenía al lado le retiró el biberón de las manos, y lo guardó en la bolsa con una sonrisa. Lee no pudo darle las gracias. Estaba paralizado por el suave toque de aquellos dedos pequeños en su mano vendada, por el calor del aliento infantil en su pecho abatido. Acarició los labios suavemente con el pulgar, aún perlados en leche materna.
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― Oeste. Dos millas, busca los hilos dorados para no caer en las trampas.
― Gracias, Shino-kun...
Con una fuerte patada se elevó del suelo hasta encaramarse de una rama. Shino siguió sus movimientos con preocupación hasta que se perdió de vista. Lo último que vieron sus ojos atentos fue el extremo de la larguísima trenza.
― Sabe lo que hace, Shino.
Kiba sujetaba con los dientes un extremo de la venda mientras con la otra mano aseguraba la presión en la muñeca derecha. Akamaru gemía débilmente, cansado pero no herido. Shino dio unos cuantos pasos vacilantes hacia la dirección en que había desaparecido Zangiku.
― Déjala, caray... ― refunfuñó Kiba, enjugándose el sudor de la frente y poniéndose en pie ― Es más fuerte de lo que la gente piensa. Y ahora déjame ver tus heridas.
― No estoy herido.
― Shino, si crees que después de tanto tiempo no sé cómo huele tu sangre, también me estás subestimando a mí ― gruñó el ninja, perdiendo la mirada en la misma dirección que su compañero ―. Tenemos que movernos hacia el este. Parece que han llegado los refuerzos.
Una enorme hoja de humo verde y brillante se elevaba sobre las copas de los árboles. Empezaba a amanecer.
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― Kuso...
Naruto se enjugó el sudor. Le quedaban, según sus cálculos, unas siete copias. El entrenamiento con Jiraiya las hacía resistentes, al menos aguantaban un nivel de golpes superior a las de los demás ninja de Konoha.
Conformó un pequeño rasengan en la mano izquierda.
― ¡Tuyo!
Lo lanzó en dirección a Sakura, que concentraba chakra en la palma derecha. Cerró el puño al verlo venir, y el impacto sonó como el tañer de un gigantesco gong.
Al caer, no tuvo tiempo de mirar si el misil de la kunoichi había dado en el blanco, pero sí olió el polvo que había provocado su estela. Se quitó de encima como pudo los enemigos que se abalanzaban contra él, ayudado por uno de los compañeros de escuadrón.
Entre el fragor de los metales y los alaridos pudo oír el jadeo alarmado de Sakura.
Apartó a empellones a cualquiera que se interpusiera en su camino hacia la kunoichi. Empujó incluso a un miembro de su escuadra. 'Ya me disculparé después'
Encontró a Sakura encogida, oculta tras los matorrales, cubierta por un genjutsu. Se liberó de él con rapidez, para poder acercarse sin reservas. Escuchó al último enemigo caer con un gemido de dolor, después las risas amortiguadas de los vencedores.
Se inclinó junto a la kunoichi, que se abrazaba el cuerpo, temblando.
― ¿Estás herida?
Sakura no respondió, y clavó más las rodillas contra sí. Naruto le apartó los mechones del rostro inclinado, y la descubrió sudorosa y temblando sin control.
― Sakura... ¿estás herida? ― posó la mano en su frente ― Estás... ardiendo...
Se volvió para avisar a los compañeros para que la retirasen de allí y se la llevaran a la aldea, ya que ella era la única ninja médico del escuadrón. Pero ella lo retuvo, agarrándolo de una mano con dedos de hierro.
― Estoy bien ― gruñó, mientras una gota de sudor le daba la contraria sien abajo hacia la barbilla ― Ya estamos terminando...
La hoja de humo verde, visible desde los cuatro flancos de Konoha, casi se había disuelto con la brisa del amanecer. Naruto frunció los labios, disgustado, pero volvió a comprobar la temperatura de la frente de Sakura. Parecía a punto de entrar en ebullición.
Se quitó el abrigo y se lo puso por encima a la kunoichi.
― No quiero que te descubras del genjutsu, Sakura ― susurró Naruto, angustiado ―, es tan bueno que sólo he podido localizarte por el olfato.
― Pero eso es porque eres un torpe, Naruto.
― Sakura... ― había sonreído, por un segundo, pero el temblor incesante de la kunoichi le había devuelto el miedo ― No entras más en batalla hasta que esto se haya acabado del todo, ¿entendido?
― No puedes darme órdenes ― susurró ella, con una firmeza que se disolvía en las punzadas de dolor ―, yo soy tu superior.
― Pero puedo atarte a un saco de dormir en lo más alto de este mismo árbol si no obedeces, Sakura.
Ambos se miraron en silencio. Escucharon las patrullas que susurraban el el límite del bosque con aquella extensa llanura. Ambos sabían que ahora eran el flanco más vulnerable. Neji, si es que estaba bien, confiaba demasiado en ellos como para mandar los refuerzos hacia su zona. Además eran el último reducto de oscuridad, al mirar hacia el oeste, con lo que recibirían los ataques de los equipos de élite que aún quedasen en acción.
Naruto se puso en pie, decidido a conformar una atadura en su amiga si se ponía a luchar. Sakura no podía pensar con claridad, pero sabía que sería capaz de plantar cara durante un buen rato.
― Sakura...
― Aún no, Naruto. Voy a esperar un poco más.
― Tenía que decirlo.
― Lo sé, Naruto. Si la batalla se pone fea las tomaré. Pero si no, puedo aguantar el dolor y la fiebre.
― Espero que no las tomes.
Sakura lo miró de frente. Sería un buen esposo algún día.
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Lee estornudó, en la cálida oscuridad del refugio.
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― Tenemos que irnos.
― Espera...
― Ino...
― Espera...
No movió los brazos de las caderas de Ino, donde los tenía posados con indolencia. Ella tampoco movió un ápice el cuerpo acurrucado contra Chôji, aunque se moría de calor. Alzó el rostro hacia el ninja, posando la barbilla en los huesos de su clavícula.
― Chôji...
― Dime, Ino.
Pero ella no respondió, hundida en sus pensamientos. Chôji deslizó la sábana de seda un poco más abajo, jugueteando con los dedos en el nacarado nacimiento de la espalda de Ino. Sabía que le hacía cosquillas, pero no podía soportar la mirada triste de aquellos ojos azules.
― Ino... ¿Qué te ocurre?
Ella cerró los ojos, deleitándose en el contacto de la piel del ninja, de las cosquillas de sus yemas, del rumor de su respiración.
― Chôji... ¿si te pidiera que regresaras a Konoha, lo harías?
El ninja paró de respirar por un segundo. Cuando le retornó el aliento, procuró que no se le notase la velocidad en la sangre.
― Sabes que no puedo, Ino.
― ¿Porque te lo ordena Tsunade Godaime-sama?
La voz de Ino era pequeña, como la cadencia de su aliento, enterrado en el pecho de Chôji.
― También.
― Puedo pedirle que te ordene lo contrario.
― No puedes obligarme a algo que va en contra de mi naturaleza, Ino. Además, me estás poniendo nervioso...
Los azules ojos de Ino eran temblor, duda, miedo.
― Vienen las tropas, Chôji. Ayer me llegó el mensaje ― trató de no desprenderse demasiado de la piel de Chôji al sentirlo inhalar con fuerza y exhalar con calma ―. No quiero que estés aquí.
― Mi cometido es protegerte...
― Tu tarea ha terminado. Mañana todo se habrá acabado. Eres libre, Chôji-kun.
― Mi tarea no acabará hasta que yo lo decida.
― Pero las órdenes...
― No desobedezco si me preocupo por ti. No quiero que cuestiones mi trabajo como ninja, Ino.
El silencio cayó sobre ellos. Para Chôji fue un bálsamo, para Ino un puñal.
― Prométeme que te mantendrás alejado de todo, que dejarás a los equipos de élite actuar ― le temblaba la voz, pero no quería que el ninja lo notase. Enterró el rostro en el cuello del ninja, inhalando el perfume salvaje de su melena ―. Por favor, Chôji...
― Acataré las órdenes, Ino. Por mucho que desee a ese bastardo bajo tierra, no me entrometeré ― recordó a la Ino que no podía desarrollar sus técnicas, la Ino que se arriesgaba a ser golpeada y vejada por culpa de su incompetencia. No volvería a ocurrir.
Se volvió de lado, descubriendo a la kunoichi de la sábana asfixiante para emborracharse con el brillo opalino de su piel. Ella sonrió con calidez, y lo besó con entrega. Frunciendo el ceño ante el dominio de Chôji sobre su cuerpo, deslizando sus largas piernas alrededor de la figura de su amante, se decidió a guardar en la memoria aquellos instantes de éxtasis para los tiempos oscuros que estaban a punto de llegar.
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― Vamos... venga...
Naruto murmuraba mientras corría sin descanso hacia el este, alejando a la tropa asaltante cuanto pudo de la posición en que se escondía Sakura. Confiaba en que los tres atacantes rezagados fueran pan comido para su escuadra. Naruto era un bocado demasiado apetecible para aquellos enemigos, deseosos de ser quien matara a un ninja tan legendario, así que casi todos se habían lanzado a su caza cuando lo vieron alejarse.
Miraba con ansia los lugares donde sabía estaban ocultos los hilos de las trampas, pero aquellos malditos eran astutos y cuidadosos. Uno de ellos le lanzó una baliza adhesiva, pero el ninja se agachó a tiempo.
― ¡No hace falta que me marquéis, bastardos! ― gritó, envalentonado por la distancia que había conseguido respecto a la posición de la kunoichi. Se paró en una rama alta, ofreciendo su aspecto más fiero y ocultando el severo agotamiento ― ¡Aquí estoy para quien me quiera!
Tres saltaron hacia él, blandiendo armas afiladas. Se zafó del primero con facilidad, dejándolo colgando de una rama. El segundo le costó algo más, pero terminó en el suelo sin respiración. Al tercero no pudo detenerlo.
― Vamos... ¿es todo lo que sabéis hacer?
Se llevó la mano al hombro derecho. Estaba sangrando tanto que la sangre le escurría hasta el pie. Sentía la espalda abierta y palpitante, pero se negó al dolor.
Con la mano derecha como recipiente, conformó un rasengan especialmente grande. Los tallos de chakra concentrado restallaban fuera de la bola, como látigos de muerte. Se abalanzó sobre los atacantes, exhausto y con el brazo casi dormido.
― ¡Rasengan!
Sentía la sangre golpearle el rostro cada vez que un cuerpo extraño chocaba con la bola de energía asesina. No oía los gritos, ni el sonido de la carne. Tuvo que sujetarse el brazo derecho con el izquierdo para hacerlo empujar contra torsos y rostros, porque ya no controlaba la presión de sus dedos sobre la técnica. La mano derecha no le respondía.
Con un estruendo ensordecedor, el rasengan fue liberado contra una pared de bosque, que pareció inhalar antes de estallar en una lluvia de astillas y hojas destrozadas.
― Ngh... wah...
Naruto se dobló sobre sí mismo, asiéndose la mano ensangrentada. El rasengan se la había descarnado cuando perdió el control. Al inclinarse violentamente hacia delante, un alarido inhumano le brotó de las fauces, enderezándolo al instante. Había desgarrado aún más la terrible herida de la espalda.
― Ku... Kusooooo...
― Jaque mate.
El atacante alzó su guadaña, que goteaba en sangre. Era el mismo que le había desgarrado la espalda, salvado del rasengan al esconderse tras el golpe. Naruto pensó, con una sonrisa desdeñosa, que iba a morir en manos de un maldito cobarde…
Pero mientras reunía fuerzas para ponerse en pie aquel enemigo se desplomó, como en desmayo, a sus pies.
― ¿Estás bien?
El ninja se venció, exhausto y dolorido como el infierno, cayendo de rodillas hacia delante. El sufrimiento lo mareó, y una terrible sensación de aturdimiento le nubló la vista.
― Has perdido mucha sangre. Será mejor que te tumbes.
Obedeció en silencio a aquella voz susurrante, sintiendo que no sería capaz de levantarse. Tendido de costado, sintió cómo su auxiliador rasgaba la casaca y la camiseta para descubrir la herida.
― Pero...
― No hables, Naruto. Llegaron los refuerzos, la batalla ha terminado.
― Sa... Sakura...
― Seguro que está bien. Tranquilo, voy a coserte esta herida para que deje de sangrar y podamos moverte.
― Ugh...
La sensación del hilo al deslizarse por la carne era repugnante. La zona estaba tan destrozada que ya ni dolía, pero los bordes de la herida estaban tan hinchados que aquel sedal resultaba nauseabundo al correr bajo la carne.
― Pero... no... Sakura... no la encontraréis. Está... escondida...
― ¿Escondida?
― Genjutsu... Por favor...
Escuchó rumores tras su espalda, mientras quien lo curaba había parado de coser para discutir en susurros con los compañeros.
― De acuerdo... número diez, por favor, termina mi trabajo. Cuida de que el músculo no se desplace ― aquella voz dulce daba órdenes muy firmes, y Naruto se sintió seguro ―. Número seis, informa a la aldea de nuestra posición. Cadete, venga conmigo. Los demás, seguid los planes acordados.
Naruto sintió a sus espaldas la suave corriente de aire de dos cuerpos al elevarse en impulso. Alguien retomó la aguja, continuando el cosido con cuidado.
― ¡Comunicáos con la base! ― ordenó la misma voz autoritariamente suave a lo lejos.
― ¡Hai, Zangiku-sama!
Hubiera vuelto la cabeza, pero se sentía demasiado mareado. Zangiku...
Algo brillante llamó su atención, hundido en la hojarasca frente a su rostro. Mientras las puntadas de sedal lo balanceaban, y sentía la sangre escurrirse hacia el costado, alargó la mano izquierda para asirlo.
Era su colgante, con el cordón de cuero rasgado.
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― Ya decía yo que olía mucho a sangre en aquella dirección...
Kiba saludó con entusiasmo a las figuras que se acercaban entre la espesura. Kankurô lo respondió jovial, levantando la mano que no sostenía las cuerdas de chakra de Kuroari. La marioneta avanzaba pesadamente caminando tras su maestro, y por las junturas goteaba lentamente sangre oscurecida.
― El alma de la fiesta ― susurró Kiba a Shino, y este respondió con una risa que pareció un breve gruñido.
― Kiba, tú siempre tan mordaz ― respondió Kankurô, tendiéndole la misma mano libre. Shino lo saludó con una inclinación de cabeza, sintiendo ahora el aroma de la sangre en la marioneta.
Con un gesto del cuello la señaló, mientras Kuroari se aposentaba con un ruido seco.
― Ah, dos prisioneros. No os preocupéis, son capaces de hablar... todavía ― la sonrisa de Kankurô se acentuó aún más mientras sacudía levemente las yemas de los dedos y unos alaridos amortiguados hacían temblar las paredes de Kuroari.
― Déjame adivinar... ― Kiba frunció el ceño, ante el placer morboso del ninja de la arena ― ¿Se han metido con tus juguetitos?
― Los llamaron 'muñecas' ― gruñó Kankurô, haciendo a la marioneta levantarse de nuevo, y provocando nuevos alaridos. Kiba se rió con fiereza.
― Bueno... creo que Tsunade-sama estará contenta de veros de vuelta. Y puede que hasta nos deje beber esta noche.
― Genial...
La marioneta los siguió cuando se alejaron a través de los árboles. Parecía que a Kankurô no le importaba demasiado si tropezaba con los troncos caídos o las piedras del camino, aunque los aullidos del interior ante cada empellón eran terribles.
La escuadra de Shino y Kiba se decidió a caminar, completamente aterrados por la escena, cuando tuvieron al ninja de la arena a una distancia prudencial.
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― De dos en dos, con cuidado de no tropezar. Procurad acostumbrar pronto los ojos a la luz, al menos antes de llegar a la escalera que sube. No queremos que os caigáis y dañéis vuestro valioso botín...
Las mujeres se rieron, aliviadas después de que Iruka les dijese que la batalla había acabado. Las nuevas del frente también eran esperanzadoras: no había ninguna baja del frente de Konoha aunque sí había heridos graves que ya estaban siendo tratados; y todos los enemigos y emisarios habían sido apresados o eliminados, con lo que la situación de la aldea oculta estaba a salvo.
Fueron saliendo, deseando saber cómo estaban sus allegados. La sala se vació de risas, de balbuceos infantiles, de suspiros de alivio. Iruka tomó la puerta.
― Lee...
El ninja aún estaba sentado en el suelo, con la espalda recostada contra la pared y las rodillas dobladas hacia arriba. Apoyado en su pecho reposaba el pequeño, con los enormes ojos negros abiertos de par en par, y balbuceando tranquilo. Las manos vendadas del ninja acariciaban la pequeña espalda, mientras el olor de la criatura lo invadía con sosiego. Pero el rostro estaba sombrío, y el brillo de sus ojos de azabache, devotos de los movimientos de su hijo, estaba apagado.
― No sé si quiero salir de la sala.
― Vamos, Lee... no pasa nada...
Se oyeron pisadas que corrían por el pasillo. Iruka miró hacia el extremo del corredor, y se apartó para dejar paso.
― ¡Lee!
El ninja alzó la cabeza lentamente, llevando la confusa mirada hacia la puerta iluminada.
― Gai-sensei...
El profesor alzó uno de sus pulgares, sonriendo con dientes blanquísimos en el rostro sucio de polvo y barro.
― Lee, se ha acabado todo. Vamos, tienes que salir de aquí.
Lee se levantó con pereza, con una pregunta ansiosa martilleándole en el cerebro. Las piernas se le habían dormido. Asió con fuerza al bebé, sin el valor suficiente para hablar. Del mismo modo en que se había negado a aceptar que el peligro había pasado hasta que alguien del frente se lo hubiera confirmado, se negaba a pensar que Sakura estaba bien hasta que alguien se lo asegurase sin dudas. Pero tenía demasiado miedo para preguntarlo.
Su maestro lo conocía casi mejor que cualquiera. Lo asió de un hombro, mientras Iruka recogía los bultos.
― Han llevado a Sakura al hospital, Lee.
― Entonces tengo que ir con ella ― susurró el ninja, alarmado, asiendo aún con más fuerza su preciada carga.
― Me ha dicho que la esperes en casa. Y que quiere futomaki para cenar.
La esperanza le iluminó el rostro. Ahora todas las palabras sobraban. Se concedió una amplia y brillante sonrisa mientras el bebé, ajeno a todo aquello, chupaba indolentemente los cuernos del ciervito de madera.
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He vuelto, ¡kyaaaaaaah!. Este capi me ha parecido muy difícil de escribir, y me disculpo si no ha alcanzado la calidad que se esperaba. Tengo que arañarle tiempo al curro para escribir, porque cuando llego a casa estoy rendida.
Creo que algunos de vosotros esperábais más ación bélica. Nunca he sido buena en ese aspecto. Pero aún queda una batalla por librar, e intentaré describir mejor los combates (gomen nassai…)
Creo que esta vez no hay términos de japonés que explicar ;)
Besos, y espero que os guste lo suficiente como para dejarme un review, aunque sea cortito.
Hatsune.
