Advertencias: Alguna vez les ha pasado que tienen muchas ganas de comer algo rico, lo anhelan, está en su cabeza durante todo el día, van a su cocina, abren la puerta del refrigerador y ahí está. Y es lo mejor que les ha pasado en la semana, no hay cosa que supere ese pequeño momento de felicidad. Bueno más o menos por ahí va este capítulo. Asique si por x motivo no les gusta el hard pueden saltarse este capitulo y seguir con el próximo, no hay problema. Para los que sí… uf.
La letra en cursiva representa los recuerdos.
La pasión de un alfa
Plenitud.
Una sensación tan intensa que podía contar con los dedos los efímeros momentos en que tal emoción le embargó. El primero vino cuando Rin le dijo que le amaba, pero como todo principiante luego de la satisfacción inicial no supo que cara hacer aparte de una mueca horrorosa de la que Rin se burlaba de vez en cuando, el segundo fue en una competencia a nivel nacional ganando su primera carrera contra todo un grupo de alfas. O la más importante e íntima fue cuando borró todos los limites autoimpuestos que le aprisionaban y sólo nadó para sí mismo, dejándose llevar y liberando toda la impotencia de su diario vivir. Una sensación curiosa sin duda alguna pero extremadamente pasajera. Como una vecina conocida pero poco cercana a la que sólo saludaba con la cabeza, esa para él era la señora plenitud.
Por eso, es que al abrir sus profundos ojos azules y contemplar el pulcro techo estucado de la habitación de Makoto sintió una suerte de congoja y felicidad al darse cuenta de la plenitud que le embargaba. Lo extraño, era el que durara tanto, su sentir nunca duraba más de insustanciales segundos, pero allí retozando contra las suaves sábanas del futón la duda de porqué duraba tanto era apenas una alerta pequeñísima y lejana dentro de su cerebro.
Se sentía bien, mejor que en toda su vida, diría él, algo sensible ante el tacto, de tan sólo deslizar la yema de los dedos por la tela ya sentía una hormigueante flama despertando su instinto sexual. Varios suspiros abandonaron sus labios en cuánto de la somnolencia pasó al reconocer sobre su piel la esencia de su alfa, el olor que desprendía toda la habitación en sí, ya era algo maravilloso. Olía a placer, a chocolate siendo derretido y mezclado por cientos de fragancias para darle un mejor sabor. Si un olor pudiera describir la plenitud ese sería el que inundaba el lugar.
Gimió quedo al tratar de voltearse, pese al dolor físico, la sed y el hambre el rastro de deseo impregnado en su cuerpo le obligaba a moverse en busca de más. Sabía que ya era mucho más que suficiente, pero después de tener una probada el vicio resultaba fatal.
Sus manos temblorosas descendieron muy lento para gusto suyo, y apenas lograban aplacar el calor.
Las manos del alfa son mejores o su boca o su todo… Reclamaba el omega en su interior.
Ya no podía gemir, sentía la garganta herida y lo único que abandonaban sus labios eran leves hipidos o gruñidos como de animal agonizante. Por cosas del destino o que Makoto le haya escuchado despertar, entró como un tifón dejándole en blanco deteniendo sus calurosos actos por sólo mirarle.
No sabía si era idea suya, o porque por primera le veía con tan poca reserva, pero lucía extremadamente maduro, atractivo y alfa. No había rastro de dudas de lo que era y eso en vez de horrorizarle enviaba un latigazo de deseo que le estremecía por completo. Makoto debió comprender sus intenciones porque negó de inmediato con la cabeza mientras rodeaba el futón hasta el ventanal y lo abría de golpe.
Rechazado. Lloriqueó su omega dolido, forzándole el rostro en una mueca tristona.
Al instante una oleada de confort y cariño barrió su pesar. Sabía que entre parejas alfa-omega era común esa habilidad que tenían los alfas de trasmitirles sentimientos de calma y amor para relajarles, pero de saberlo a sentirlo en carne propia había una línea bastante larga que los separaba.
—¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?
Sus palabras eran suaves, aún más sus movimientos parecidos a los de una fiera acechando a su presa, con un cuidado y sigilo digno de admiración. Se sentó sobre sus rodillas y con mucha más lentitud colocó una mano sobre sus mejillas para luego posarla en la frente buscando cualquier indicio de fiebre. Haru suspiró ante el tacto, era lo único que necesitaba. Incluso había olvidado las preguntas iniciales.
—¿Puedes hablar? — el omega lo intentó dando lastimeros ruiditos —Supongo que tres días son demasiado. Estoy pidiendo mucho ¿No crees, Haru-chan?
Para su horror Makoto se levantó con la clara intención de abandonar la habitación. Haru de tan sólo verlo alejarse sentía que el pecho se le partía en dos.
—Tranquilo, ya regreso.
Haru para su sorpresa lloró e hipó en sentimientos tan trasparentes que de no ser necesario Makoto habría regresado a su lado, tampoco tardó demasiado en ir y venir. A su regreso una especie de papilla para bebés y una taza con liquido desconocido hacía su aparición en una bandeja de porcelana. Haru en cualquier otro momento se habría negado furiosamente ante la idea de nutrirse de tales cosas, mucho menos que fuera Makoto quien le alimentara, pero sus brazos de goma, la sed y el rugir de su estómago no le dejaron más opción.
Su lado más orgulloso lo único que deseaba era hundirlo en un hoyo y no ser visto nunca más, pero para su pesar lo que dominaba su cabeza era el letargo, el deseo y sus instintos primarios. Hasta admitiría que disfrutaba que Makoto le diera de comer en la boca como a un niño pequeño. Había algo íntimo y cálido en cada uno de sus gestos y el omega en su interior estaba gustoso de tales afectos.
Poniendo memoria si mal no recordaba Yamazaki quien resultaba ser el alfa más serio y poco hablador que había conocido, durante su unión con Rin se había demostrado excesivamente afectivo y preocupado por el bienestar de su omega. Ahora que pasaba por lo mismo podía hacerse una idea de lo que implicaba un acto como aquel.
—¿Te arrepientes?
¿Estás de chiste? Pensó expresándole con su rostro el desgrado ante tal idea. Makoto sonrió abiertamente dejando la bandeja con recipientes vacíos para acomodarse del otro lado del futón. Con un esfuerzo titánico Haru se acomodó de lado para verse frente a frente.
Makoto le dedicó una larga mirada acariciando desde su mejilla hasta su cuello por donde delineó con los dedos la gruesa gasa que cubría una herida que hacía mucho había desaparecido. Que volviera allí eran tan natural que Haru creyó nunca haberla perdido.
—Estará inflamado por algún tiempo. Fui una bestia, dejé marcas incluso alrededor… yo de verdad lo siento. Debe de dolerte mucho.
Haru se le quedó mirando largamente. Nunca fue muy hablador, ni siquiera expresivo, pero esperaba que eso de la unión alfa-omega fuera suficiente para hacerle entender lo muy poco que el dolor le importaba cuando era esa marca todo por lo que había temido y anhelado. Si no lo logró que le tomara por la mandíbula y deslizara un profundo beso contra sus labios esperaba que le hiciera entrar en razón. Makoto lo devolvió con la misma intensidad, pero evitando ir más lejos.
Estuvieron varios minutos así, mirándose, tanteando reacciones y reconociendo cada parte del otro. Haru habría deseado quedarse así por siempre.
—…Cuando el trastorno pasó y fui capaz de recuperarme, volver a ser yo mismo, todo el tiempo sentía las miradas de lástima de nuestros amigos, conocidos, mis propios padres inclusive. No deseaba una vida en que todo mundo me compadeciera (no habría podido soportarlo) asique simplemente me obligue a pensar que anhelarte era un error. Tu estarías lejos de mi por siempre y cualquier deseo que sintiera por ti era incorrecto y fuera de lugar. Me inventé una mentira que me explotó en la cara. No quería admitir que todo lo que hacía era para sobrevivir. Quería que pensaras que soy una buena persona y no el típico alfa. Quería ser algo que no tuvieras que temer.
Haru suspiró derrotado acomodándose contra el fuerte pecho del castaño.
—Lo sé.
Susurró con una voz gutural y herida. Makoto asintió contra su cabello y Haru estaba seguro de que lloraba.
II.
Tras un par de horas de sano descanso, Makoto lo cargó hasta la tina ya preparada. Más que dolor, lo que el omega sentía era una vergüenza que le enrojecía las mejillas, se sentía tan vulnerable y sensible que estaba seguro de que si alguien más lo viera jamás sería capaz de darle la cara a esa persona.
Antes de salir de la habitación Haru se dio cuenta de dos cosas, la primera, que todo el lugar estaba hecho un desastre como si dos animales salvajes hubiesen estado luchando por semanas en ese espacio tan reducido (muy parecido a la realidad) y que la razón por la que estaba acostado en el futón y no en la cama de Makoto era porque la habían roto. Así como sonaba, rota en dos partes, formando una V perfecta por donde suponía debían ir las tablas que detenían el peso del colchón y todo lo demás.
Ante su expresión horrorizada Makoto sólo se encogió de hombros y le llevó hasta la tina donde lo depositó suavemente mientras él regresaba a limpiar el desastre y calcular las pérdidas por su intensa sesión.
Mientras jugueteaba con el agua Haru luchaba por hacerle frente a sus recuerdos que cada vez eran más lúcidos y específicos, aunque la duda de cómo habían llegado hasta la habitación del alfa era todo un misterio. Tenía nociones, o al menos se hacía una idea, pero en cuanto algo de sentido regresaba a su cuerpo, los profundos ojos de su alfa se lo arrebataban y se apoderaban de su atención por completo. Dominándole, tomándole, robando cada grado de lucidez en su siempre alerta mente.
—Haru, vamos a la cama—había dicho.
No hubo oportunidad para quejas, como si tratara de una marioneta, el alfa acomodó el cuerpo de Haru con la clara intención de que se aferrara a él mientras lo levantaba como a un crío. Una estremecedora sensación lo devolvió al mundo mortal al recordar el nudo en su interior y cómo presionaba por salir ante tan inesperado movimiento. El placer almizclado por el dolor y un insistente deseo de dominio lo arrastraban en un vaivén de locura y sopor.
—Shht.
Susurró el alfa calmando su incipiente sollozo. Deslizando sus dedos por su espalda baja en caricias suaves y meditadas. De tan sólo recordarlo Haru podría morir de vergüenza, pero por aquel momento en que su mente estaba sumida en sus instintos más primitivos, el que su alfa cuidara tan bien de él era sin duda un signo de profundo amor y respeto. No cualquier alfa mantenía un control tan grande como Makoto.
La gran mayoría de ellos resultaban agresivos, mucho más en un acto sexual y sin experiencia previa. En cambio, Makoto. Cielo santo. No sabía que decir, parecía tan experimentado y acostumbrado a auto limitarse que bien cualquiera lo consideraría un alfa de nivel superior, uno más frio, calculador y funcional de lo que eran los de su estirpe.
Tal vez, pensaba el omega hundiendo la cabeza contra el agua, Makoto era tan bueno fingiendo que el alfa en su interior había sido doblegado y moldeado a su propio carácter. Makoto se auto exigía control que sólo a su lado podía perder. Y eso en cierto sentido era más que satisfactorio.
Recordó lo que siguió a ello. A trompicones y gemidos que se volvían gritos de placer, llegaron hasta una de las tantas paredes de la casa. Si alguien le preguntaba cuál, el pelinegro no sabría cómo responder.
Empotrado contra la pared y aferrado a sus anchos hombros Haru se sentía perder la razón. Lo único que estaba en su cabeza era la sensación de poder, y satisfacción de que su alfa lo tomara cómo correspondía. Estaba lleno, inclusive cuando el nudo daba tregua y las embestidas resultaban más agiles y placenteras.
—Porfavorporfavorporfavorporfavorporfavor…
Gemía en un mantra que o llegaba a un estado de iluminación o caía derecho al infierno por tanto goce. Fuera como fuese alguna de las dos pasaría. Makoto sonreía contra su boca, en sus besos y caricias. En su mirada para nada amable. En cada movimiento contra su interior respondiendo a su llamado desesperado.
—¿Qué me has hecho, Haru?
Gruñía el mayor, apresándole con aún más violencia, golpeteando contra la fina pared en un sonido obsceno. Por supuesto Haru se olvidó por completo de que Makoto vivía en un pequeño complejo de apartamentos para universitarios y que el sonido de sus gemidos podía llegar hasta el siguiente edificio.
Poniendo memoria era posible que hubiesen golpeado a su puerta un par de veces para que se callaran. Y era aún más posible que un furioso Makoto en modo alfa le hubiera abandonado unos minutos en la cama por ir a encarar a sus vecinos betas. Desnudo, a gritos y expeliendo feromonas que espantarían a cualquiera les haya mandado a volar y que dieran aviso al vecindario de que estaría unos tres días follándose a su omega destinado. Que, si tenían algún maldito problema, exigieran la multa por ruidos molestos y la policía.
No recordaba si la policía hizo acto de presencia o no, esperaba que no. Aunque las autoridades mucho no podían hacer cuando un omega era exigido. Los alfa eran extremadamente territoriales, y no dejarían que su lecho fuera ultrajado por otros. Menos por policías que en la mayoría eran alfas iguales o más territoriales que él mismo.
Haru recordaba la locura con que era tomado, había ira, impotencia, culpa, amor, cariño, ansiedad. Un huracán de sensaciones que le llevaron tantas veces al orgasmo que hasta podría dibujar el nirvana si se lo pedían. Cuando un brillo de lucidez conectó en su mente, sintió como un nuevo nudo hacía presencia en su interior. El tiempo se detenía ante sus ojos y todo lo que veía era el rostro del único hombre al que necesitaba en su vida. Lo admiró con adoración, la misma que el alfa le profesaba.
Tantos años intentando olvidar aquel trabado sentimiento que se clavaba en su pecho, como una cicatriz que jamás sanaría, una preciosa cicatriz que moldearía, anhelante en su interior. Una cicatriz que volvía a doler cuando en noches de navidad se hallaba en la compañía de sus amigos, pero se sentía tan terriblemente sólo. Como si hubiese perdido un brazo o una pierna, miembros que necesitaba en su día a día. Tan solo, tan roto.
Y lo besó, Makoto le besó como si supiera de todas las complejas emociones que se contradecían en su pecho. Haru sentía que el vacío en su interior por fin desaparecía.
—No me dejes.
Rogó esparciendo besos por sus mejillas trigueñas mientras Makoto le sonreía dulcemente.
—Nunca.
II.
Makoto con una sonrisa amable que ocultaba una coquetería innata, se acercó hasta la tina deslizando sus dedos por el agua.
—Se ha enfriado ¿Quieres que la cambie?
Haru no negó ni afirmó a su pregunta, pasando sus brazos por su cuello para acercarle en un beso lento y satisfactorio, como quien después de una buena comida, disfruta de un postre. Dulce, suave, exquisito.
Algo muy profundo había cambiado en ambos, ninguno ponía resistencia. Ya no había razón para resistirse a lo que fuera que quisiera hacer el otro. Además, el mayor miedo de Makoto había resultado una tontería, pues Haru temblaba frente a su alfa, temblaba sí, pero de deseo. Su omega ronroneaba cada vez que sentía su mirada felina y anhelante.
Le gustaba como le acunaba con profunda devoción mientras se lo cogía como una bestia. Era de seguro una mezcla perfecta.
—Mi alfa— susurraba Haru, deslizando la nariz por su frente en una caricia suave.
—Sí, tuyo, Haru.
Un par de horas más tarde, Haru acomodado en el sillón, con una nueva manta que había convertido en su nuevo nido, seguía con la mirada cada movimiento de su alfa, quien, mientras mantenía la olla a fuego medio en la cocina, se dedicaba a limpiar cada rincón que hubiesen podido "ensuciar". Rin le había contado de aquello también, esa extraña manía que les nacía a los alfas por atender en todo a sus parejas, desde alimentarles hasta mantener el "territorio" limpio y seguro. Le gustaba eso, lo consentido que le tenía Makoto.
Pensaba en lo diferente que podía ser el mayor al comportarse como alfa. Estaba seguro de que si iba caminando por la calle y veía a una viejecita la ayudaría a cruzar inclusive hasta ofrecerse a cargar sus cosas y acompañarla a su casa. Demasiado bueno para sus impuros ojos, pero en cuanto pensaba en lo que llevaba sucediendo desde hacía tres días atrás. Uf. Makoto de seguro tenía una boca sucia. Haru estaba empezando a sopesar la posibilidad de que el joven tuviera personalidades múltiples, porque era imposible que alguien tan bueno como el pan fuera esa bestia que rompió una cama y mandó a la mierda a todos sus vecinos del edificio.
—Haru— Su nombre en sus labios sonaba como un obsceno gemido y el nadador sólo podía hacer eso, jadear de puro placer mientras se sentía morir sobre la mesa del comedor. Segundos antes, cuando Makoto se había decidido a follarlo por cada rincón de la casa, había arrasado frente a sus ojos de una brazada todo lo que estuviera sobre la mesa, mientras con la otra mano le afirmaba contra sí. Estaba seguro de haber oído platos y vidrio quebrarse, pero estaba demasiado caliente como para preocuparse por algo sin importancia como eso.
—Te sentarás como niño bueno aquí ¿sí?
Haru no recordaba ni como hablar, asique lloroso y perdido en el último orgasmo solo había asentido eufóricamente apretando los nudillos contra el borde de la mesa.
—Ábrete para mí, Haru-chan. Vamos, muéstrame—exigía de cuclillas, viendo como un cínico espectador las temblorosas maniobras que intentaba llevar a cabo Haru. No estaba ni un poco de lúcido para darse cuenta de que Makoto acaba de usar la voz para ordenarle realizar la pose más obscena que hubiera pasado siquiera por su cabeza. Irónico, la mayoría de los alfas usaban la voz para amedrentar a sus omegas o crías, obligarles a la sumisión total y robarles su propia voluntad. Makoto lo usaba para el sexo. Bendito sea, pensaba rojo hasta las orejas.
Su semilla se había derramado desde su interior, frente a sus ojos de un oscurecido verde y pese a la intensa vergüenza que le hacía apretar con mas fuerza sus rodillas, el sentir tan cerca el rostro de ese hombre le encendía como nunca. Makoto besó y mordió desde la punta de sus dedos hasta sus turgentes muslos, tensos por el esfuerzo de mantenerse quieto sobre la mesa.
Con violencia, sintió los gruesos dedos de su alfa penetrarle sin previo aviso, había sido rudo, pero tan placentero que había soltado sus piernas para afirmarse de su hombro con tal de no caerse.
—No sabes cuanto tiempo he fantaseado con tenerte así. Abierto para mí—susurraba acercando peligrosamente su boca húmeda contra su necesitado miembro —Estos últimos días han sido un infierno, no sabes cuantas veces estuve a punto de tomarte, de besarte, hacerte mío, incluso cuando pensaba que estaba mal seguía escuchándote gemir. Me enloqueces Haru ¿Sabes siquiera el poder que tienes sobre mí?
Haru sollozó ante el calor de sus palabras contra su glande, pero antes de saber que decir, un intenso gritito escapó de sus labios. Sintiendo su boca recorriéndole con destreza y ferocidad, el joven lloriqueaba enloquecido por la profundidad con que su garganta era capaz de tomarlo. Afuera, en la puerta, escuchaba el sonido de golpes exigiendo que se callaran de una vez, pero Makoto parecía decidido a lo contrario, engulléndolo con mayor rapidez, mientras sus dedos presionaban con saña aquel punto que le llevaba al cielo. Haru que siempre fue en extremo callado gritaba de goce en palabras inconexas y sin sentido. Corriéndose copiosamente y cayendo lánguido contra la mesa, Makoto le sonreía y acariciaba a modo de premio.
—Lo has hecho tan bien, mi omega— susurraba contra su oído, atrayéndolo hacía sí. Haru demasiado laxo dejó caer su mentón sobre su hombro, aspirando con placer su perfume varonil mezclado por las feromonas que expelían ambos cuerpos como locos. Se sentía tan en paz. Como si hubiese estado luchando contra la corriente, ahora que se dejaba llevar su viaje resultaba confortable y correcto.
—Te extrañé tanto, Makoto. No tienes idea.
—Cuéntame entonces— murmuró Tachibana, deslizando sus dedos húmedos por los músculos de su espalda en caricias suaves, mientras comenzaba contra su pelvis un lento vaivén.
—Cada navidad, año nuevo, diecisiete de noviembre o mi propio cumpleaños. No estabas, yo no quería nada más que a ti. Quería volver, pero tenía tanto miedo.
Makoto le besó intensamente, largo rato acomodándose entre las piernas de Haru para suavemente entrar en lo más profundo de su cuerpo y alma. Adentrándose en un movimiento celestial en cada cicatriz o miedo. Su alfa sanaría todas sus heridas. Haru se abrazó a él, seguro de que así sería.
—Aquí estoy.
Haru asintió sintiéndose desfallecer por lo lento y torturante de ese ritmo, sentía como con cada estocada estaba por tocar el cielo, pero era detenido a medio camino. Le encantaba y lo odiaba.
—Los alfas me daban miedo. No me gustan.
Makoto se detuvo mirándole con cariño.
—Yo soy un alfa, Haru-chan.
—Eso es diferente, ah…
Jadeaba ante el comienzo de una más frecuente tanda de estocadas.
—¿En qué es diferente?
—En que tú me gustas.
Esta vez fue Haru quien empezó el beso, suave pero profundo de la misma manera que Makoto se lo hacía. Se descubrió gimiendo de nueva cuenta unos segundos más tarde cuando la intensidad escalaba de nivel y todo lo que importaba era sentirse lleno por su alfa.
—Ah, si… Makoto, por favor.
Rogaba con fuerza. Sintiendo como los gruñidos del alfa se volvían cada vez más sonoros al igual que sus propios gemidos, amaba la sensación de darle tal placer. Sentía como el calor en vez de bajar, seguía ascendiendo, no había nada más en el mundo que ellos dos y la ferocidad de sus embestidas. La mesa chirriaba ante la dura faena que realizaban sobre ella y las quejas de los vecinos iban en aumento, pero eso para sorpresa suya parecía alegrar al alfa. Haru era suyo y todo mundo lo sabría, leía en su sonrisa antes de descender a su cuello donde dedicaba ligeras mordidas.
—Tu olor es maravilloso.
—Makoto, Makoto…
—Sí, así omega. Di mi nombre— ronroneaba contra su oído, empotrándolo con una rudeza que le hacía tanto daño como bien. Gritando su nombre a los cuatro vientos Haru, se dejó ir por enésima vez, apretándole espasmódicamente en su interior. Poco después con un gruñido gutural, su alfa caía rendido, llenándole con un nudo y su propia semilla.
III.
Haru comía todo con extrema lentitud, mientras Makoto por el contrario parecía haber estado días sin comer y necesitaba urgente todas esas calorías que atiborraban su plato. Lo cierto, es que al igual que el mayor también estaba hambriento, pero le resultaba difícil tragar (incluso esa papilla para bebés que Makoto insistía en qué comiera) tenía la garganta demasiado herida por tanto gemir, tampoco es que tuviera derecho a quejarse.
—¿Lo recuerdas? ¿Todo?— Haru negó con entusiasmo maldiciendo su obligado mutismo —¿Dónde quedaste?
El omega señaló la mesa en que actualmente estaban comiendo, un furioso rojo adornó las mejillas de ambos al recordar los eventos que dieron lugar justo allí, pero ninguno emitió comentarios al respecto.
—Ah, ya veo. Yo… después de eso, te llevé a la cama. Estábamos exhaustos y por el momento nuestros vecinos habían dejado de quejarse. Aún no nos… separábamos. Asique nos quedamos dormitando un rato. Olías increíble, tanto que la cabeza me daba vueltas y no podía pensar con claridad. Comenzaste a llamarme y quejarte. Me pedías que te tocara, que me necesitabas y lo mucho que me echabas de menos y me… querías. Fue bastante lindo…
Haru quería enterrarse vivo o morirse ahí mismo, sobre todo porque Makoto parecía a punto de ponerse a saltar de la emoción o avergonzarse cual colegiala. Y de los dos debía haber alguno lúcido que no se muriera de la vergüenza como lo estaban haciendo.
—…Pero luego noté que estabas muy caliente, quiero decir… eso sonó mal. Me refiero a tu piel—decía por una octava de su voz real —Asique presté más atención y sí, efectivamente parecías afiebrado, temblabas y no parecías tú… eras, ya sabes.
"¿Qué cosa?" exigía mentalmente con una mirada asesina.
—Muy honesto con lo que querías.
Honesto, ¿qué tan honesto? Se preguntaba Haru intentando pasarse un poco de papilla, la garganta le ardía, jodido bárbaro ¿en serio tenía que hacérselo como si no hubiera mañana?, gruñía internamente un tanto apenado.
—Asique no pasó ni un minuto cuando pude comprender lo que estaba pasando. Era lo más lógico, después de todo habíamos estado intentando contenerlo todo este tiempo. Habíamos inducido tu celo.
Sí, eso sí podía recordarlo claramente. La intensa sensación con que Makoto se lo cogía, cómo se sentía ardiendo y lo único que pensaba era en lo mucho que le gustaba como su alfa se lo hacía. A su omega le encantaba como el alfa se dejaba montar y al mismo tiempo cuando le parecía correcto cambiaba y le empotraba con todas sus fuerzas robándole hasta los pensamientos.
Haru se había perdido en el espacio-tiempo, tocando el cielo con las manos mientras su alfa arremetía con soltura y entereza. Le encantaba la sensación de libertad que experimentaba, la de dejarse ir sin importar nada más.
Por supuesto, después de horas de intensa faena y una habitación calurosa y repleta de feromonas, Makoto parecía demasiado paciente para su necesidad.
El alfa se está conteniendo, escuchaba Haru a su instinto. Con la poca conciencia que le quedaba sabía que había barreras que necesitaban ser cruzadas de una vez por todas.
—Makoto, mírame— había exigido bajo él, aferrando su rostro. El brillo de sus ojos verdes había desaparecido empañado por el calor y sus mejillas se tornaban de un furioso rosa. —No me romperé.
—Haru…
—No te contengas. Quiero conocer todo de ti. Hazme todo lo que has deseado hacer durante todos estos años, porque yo haré lo mismo. Te necesito alfa.
Tachibana le dedicó una larga mirada analizando cada una de sus palabras antes de asentir comenzando un ritmo por sobre la rudeza acostumbrada, arremetiendo con tanta fuerza y agilidad que Haru olvidó su nombre, donde estaba o quien era. Gimió, lloriqueó y rogó hasta que su voz resultaba desgastada. Iba más allá del límite de la conciencia.
—¡Makoto!¡Makoto! Sí, sí, sí.
Chillaba aferrado al respaldo de la cama que crujía con cada vez más intensidad. Por mucho que hiciera memoria no podía recordar nada más que su propia voz y los gruñidos pasionales que deslizaba su alfa cerca de su cuello por su nariz y los labios.
Nunca había pasado un celo con un alfa, ni siquiera había descubierto el sexo con ellos asique no había forma de que supiera cómo se sentiría todo aquello. No pensaba ser discreto (siendo sincero consigo mismo) en ningún momento pasó ese pensamiento por su mente desde que Makoto admitió ser incapaz de dejarle ir.
Por supuesto, los vecinos no resistirían tantas horas de intenso sexo en sus narices, sobre todo cuando Makoto parecía comprometido a la labor de que absolutamente todo mundo supiera que ahora Haru yacía en sus brazos. Asique para su viciada mente, en lo que le parecieron minutos desde su encuentro en la cama comenzaron de nueva cuenta las exigencias de que se callaran de una vez.
Ambos habrían podido seguir tranquilamente en lo suyo e ignorarlos de no ser por el profundo vinculo que estaban formando. Vinculo sagrado que no podía ser roto por leves distracciones. Ahora consciente e intentando digerir la papilla recordaba que Makoto vivía en un edificio rodeado de betas, en un vecindario beta y que sus reglas alfa-omega no eran válidas para ellos por lo que sería evidente que ninguno tenía ni la más mínima idea de que de meterse en territorio alfa era muy posible que le rompiera el cráneo a cada uno de ellos de pillarle de mal humor.
Makoto gruñó furioso, dedicándole unos segundos de mimos y besos antes de abandonar el lecho con una furia a flor de piel. Su omega afiebrado y en el punto más alto del calor en vez de atemorizarse como sucedería en una situación corriente, se excitó de sobremanera. Un Makoto furioso era un evento que no sucedía a menudo, como un cometa o parecido. Humedecido y enloquecido por la exudación de poder del otro, sollozaba en busca de su atención meciéndose sin pudor contra la cama.
Desde su punto de vista, el alfa le dedicó una mirada hambrienta y depravada antes de voltear y tornar el ambiente en uno pesado y atemorizante.
—¿Puedo saber cuál es el problema señores? —Su voz sonaba amortiguada por las paredes, pero seguía sonando aterciopelada y sobre todo feroz. Un profundo silencio hizo eco en el apartamento.
—¿U-un a-alfa? No-nosotros, quiero decir…
—Makoto, regresa—lloriqueaba como un niño —Te necesito.
—Díganme, soy todo oídos.
Haru escuchó lo que pareció el azote de algo pesado contra la puerta. Para luego lamentables quejidos.
—Díganme, por favor. Me encantaría saber por qué no estoy tomando a mi omega y le he tenido que dejar por escucharlos lloriquear.
—E-el ruido no nos deja dormir.
—Oh, claro. Los betas y sus limitaciones. Tan… penosos. Vaya problema ¿tal vez alguno quiere que le haga dormir al igual que su amigo a mis pies?
—N-no.
—¡Entonces desaparezcan de mi vista! Ah, y si se atreven siquiera a pensar en tocar a mi puerta una sola vez más les aseguro que no me contendré. ¿Saben lo que pasa cuando alguien toca el nido de un alfa? ¿No? Deberían buscarlo en internet, es realmente grotesco.
Haru tembló ansioso ante el sopor del ambiente y sus aterradoras palabras.
—Alfa. Te necesito.
—Pe-pero.
—¡Fuera!
Alucinando por el calor y la lejanía de su alfa, esa era parte de una de las tantas lagunas que tenía en la cabeza, pero sabía que Makoto se había convertido del vecino más adorable y amable de todos a una bestia dispuesta a ir por sus almas y beber la sangre de sus enemigos.
Haruka suspiró cual colegiala.
—Estás recordando que me comporté como un loco psicótico. Y eso… te gusta—masculló incrédulo.
Para nada, pensó Haru desviando la mirada.
Y vuelve el perro arrepentido... No tengo excusas sólo si han llegado hasta aquí y aún les gusta el fic, muchas pero muchas gracias.
