Capitulo 10
"La sangre llama"
Llevaba algunas horas leyendo sus antiguos escritos, recopilando algo de información que creía haber olvidado, con esa remembranza poco a poco su mente inmortal comenzó a recordar algunos detalles de su vida. Detalles que hubiese preferido borrar volvieron con más fuerza que nunca. Era frustrante recordar, por eso evitaba pensar en su vida mortal.
No quería volver a enfrentar eso, pero hoy después de siglos nuevamente la tragedia volvía a apuñalarlo con más fuerza que el puñal de Abraham Van Hellsing alguna vez lo hizo.
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El retumbar de sus pasos en la roca hacía eco en el pasillo, volvía recién de una exitosa campaña contra los cerdos otomanos y ansiaba ver a su hermana y a su esposa. Dios, como las extrañaba, y con el ánimo alegre prácticamente trotaba por los pasillos con dirección al salón celeste donde acostumbraban estar sus mujeres entretenidas en la lectura o en la gran lista de actividades en las que eran instruidas desde la niñez. Con ese pensamiento en mente avanzó más rápido alentado por la anticipación del calor del hogar.
Al doblar una intersección escucho una voz ofuscada y unos ligeros susurros contenidos, que lo hicieron detenerse y frunció el ceño, eso gritos no podían ser otros que los de Carmilla, y supo de inmediato que estaba maltratando a Alexandra. Entrecerró los ojos con ira. – Se atreve esta perra a gritarle a mi hermana otra vez. – musitó por lo bajo lívido.
Sin nada más en mente se acercó con cautela hasta la puerta entre abierta. Tenía que ser cauteloso, Alexandra jamás le había dicho la razón de porque esa arpía la maltrataba, siempre que tocaba el tema ella solo palidecía y salía del lugar, y ni hablar de preguntarle a esa bruja que seguro inventaba cualquier disparate. Jamás le perdonaría haberla rechazado y haberse casado con Ioana.
Ahora tendría la oportunidad de enterarse y cortarle el juego macabro con su hermana, según le informó su propia esposa en una de sus cartas Alexandra se encontraba cada vez más deprimida, y que poco a poco se estaba aislando, y eso era algo que le preocupaba más cuando ella era un cálido rayo de sol desde que era una niña. No por nada el idiota de su primo daba su alma por su pequeña hermanita.
Cuidadoso se ubicó justo en la entrada para oír que decían.
-¡Te quemarás en el infierno maldita santurrona! – escupió con crueldad. – Si quieres que te mantenga en secreto esa asquerosa mancha, más te vale hacer lo que te digo.
-Carmilla… yo –yo… no puedo hacer eso. – dijo entrecortadamente, llorando angustiada sentada en el suelo. Vlad en su lugar tuvo que hacer un esfuerzo para no salir y abofetear a esa bruja.
-¿Ah, no? – dijo tranquilamente alzando las cejas, se agachó hasta estar a su altura. – Entonces yo no podre guardar tu asqueroso secreto. – En su lugar Vlad apretó los puños impotente.
-Por favor no digas nada. – lloraba desesperada, mirando el suelo.
Tomó con brusquedad el mentón de Alexandra. – Que diría tú amado hermano si se enterara de tú secreto. – En su lugar la muchacha solo sollozó más fuerte. – Aún él siendo el libertino que es, se espantaría que su pura y aniñada hermanita alberga esa clase de sentimientos. – sentenció con una voz algo más baja y venenosa.
-¡No lo digas, por favor Carmilla no lo digas!
Sonrió pérfidamente llena de burla. – Quieres que guarde tú secreto más escondido. – acercó un poco más su rostro, alzando el mentón de la chica para mirarla directo a los ojos. – No quieres que le cuente a Vlad que lo amas. – rió cruelmente.
-No lo repitas. – se tapo los oídos con las manos al borde del colapso.
-Que diría el temible Rey de Valaquia si se enterara que su adorada Alexandra lo ama como a un hombre y no como un hermano… - concluyó.
Ambas mujeres inmersas en su conversación se sobresaltaron al escuchar la pesada puerta de madera estrellarse contra la muralla de piedra, resquebrajándose un poco en el acto por el fuerte golpe. – ¿Qué es lo que haz dicho Carmilla…? – cuestionó Vlad con los ojos abiertos por el coraje y la incredulidad. No podía ser cierto lo que estaba diciendo está perra. ¡Le arrancaría la lengua, y los ojos por todo esto!
Alexandra lanzó un grito ahogado lleno de desesperación. Él lo había oído todo. Carmilla por su lado apretó los labios estudiando la situación en busca de una salida ventajosa para ella. Debía actuar con cautela, su primo estaba verdaderamente furioso, al punto que los ojos grises se oscurecieron hasta quedar casi de un color negro oscuro. Las aletas de la nariz estaban tensas, y su postura crispada evaluando la mejor forma de asesinarla. Él dio un par de pasos en el interior haciendo retrocedes ligeramente a la pelirroja, mientras que su hermana se hacía un ovillo con sus brazos. – En necesario que repita la pregunta, para obtener una respuesta. – sentencio imperioso, con un tono bajo y letal.
Altiva como solía ser, se cuadro acomodando su melena. – Eso deberías preguntárselo a tú hermana… Ella puede darte la respuesta que buscas.
-No juegues conmigo, puta. – soltó reprimiendo sus ganas de rebanarle el cuello. – Espero que te retractes de toda esta infamia contra mi hermana, o me encargare de hacer que el resto de tú vida sea un infierno…
-No puedo retractarme de la verdad. Alexandra te ama como a un hombre. – le escupió llena de ponzoña, olvidando momentáneamente su desventajosa situación.
-¡Mientes! – rugió absolutamente fuera de si. – Ahora te enseñare una lección que jamás olvidaras. – terminó con una cólera fría y despiadada. Y sin esperar más en dos zancadas estaba frente a ella, y la tomó por el cuello y apretó la punta de una daga que llevaba en su cinto en la garganta, con la fuerza suficiente para hacer fluir solo un hilillo de sangre. – Retráctate.
-No miento. – dijo ahogadamente con voz temblorosa.
-Ya verás… - musitó, implacable.
-¡Basta, Vlad! – hizo su aparición Argus en el lugar y corrió hasta estar a solo unos metros de su hermana y su primo. Vio a Alexandra que temblaba como una hoja apunto de colapsar, se acercó a ella y con delicadeza la sostuvo contra él pero sin dejar de mirar a su primo, pensando en una forma de ayudar a su hermana y calmar el furibundo estado de su primo. ¿Qué demonios le había dicho la necia hermana que tenía? Para que Vlad estuviera como un desquiciado. – ¿Por qué tienes a Carmilla así?
-Argus ayúdame hermano. – se quejó lastimosamente.
-Debería arrancarte la lengua de una buena vez para que dejes de esparcir ponzoña a tu alrededor. – escupió conteniéndose.
-Ya te dije que no miento.
-Te matare. – fue todo lo que dijo antes de comenzar a apretarle el cuello.
Alexandra como pudo se apartó de Argus y gritó desesperada. – No lo hagas Vlad. – corrió hasta su hermano y tomó su brazo, con tal agilidad que Argus no alcanzó a moverse de su lugar sorprendido.
No soltó el agarre, mientras Carmilla se removió desesperada. – Está vez ha ido demasiado lejos.
-¡No la mates! – gritó desgarradoramente, tirando de uno de sus brazos. – ¡No la mates por decir la verdad…!
En su lugar Argus la miró preocupado, mientras que Vlad se giró completamente hacía ella dejando caer violentamente a Carmilla en el acto. Está comenzó a toser y a respirar grandes bocanadas de aire. Nadie le prestó atención.
-No digas tonterías, Alexandra. – dijo incrédulo observándola inseguro.
-Es la verdad. – confirmó alejándose un par de pasos, pero sin bajar la mirada decidida. Era el momento de decir la verdad, y dejar que esa horrible realidad salir de su corazón. Sabía que Vlad enloquecería de rabia, pero si iba a morir sería libre de esa carga.
-Esto no puede ser cierto. – negó impotente. – Tú eres mi hermana, sangre de mi sangre. – afirmó con fuerza, mirándola con desesperación.
Ella cerró los ojos dolorosamente, pero no flaqueó en su postura. – Te amo, pese a todo lo que haz dicho. Aún cuando me merezco el infierno por sentir todo esto, mis sentimientos están ahí.
-Alexandra. – llamó Argus sin entender nada, y sintiendo que su corazón se congelaba adolorido. Pero con esa gota de certeza de que todo era verdad, haciéndolo aún más crudo. Debía ser una pesadilla.
Vlad totalmente fuera de si rugió furioso, tomó su espada y la enterró un gran oso disecado junto a la puerta, clavándose en el corazón del animal, y rozando la cabeza de su hermana. Ella se dejó caer al suelo y comenzó a sollozar. No podía soportar la mirada asqueada en los ojos de Vlad.
Argus quiso acercarse a Alexandra para ayudar a levantarla, pero fue detenido por su primo. – No la toques, ni te acerques a ella. – fue su fría orden. Él aludido al ver la expresión que tenía en el rostro se inquietó, era la misma que llevaba cuando luchaba y se transformaba en una bestia sanguinaria.
-¿Que dices? Vlad… es…es Alexandra. – tartamudeó aún con su mente en una nebulosa de desesperación, miedo y dolor.
-La quiero fuera de mi vista. – Alexandra sollozó con más fuerza. – ¡Guardias! – llamó imperioso. Estos estuvieron en unos momentos ahí. – Quiero que lleven a esta mujer. – señala a la rubia. – Y la encierren en la torre norte. Nadie puede verla, nadie puede hablarle. Y será así hasta que decida cual será su castigo. ¡Sáquenla!
Ambos hombres la tomaron de los brazos y la sacaron rápidamente, Argus quiso intervenir fue detenido por el furioso bramido de Vlad. – ¡Ni se te ocurra desafiar mi orden Argus! Sino compartirás su suerte, y matare a tú maldita hermana y a tú madre.
Se detuvo al instante, impotente por no poder hacer nada. Se volteó hacía su primo y quiso razonar. – Vlad estás siendo irracional. – afirmó rudamente. – No te precipites con ella.
Lo taladró con la mirada, pero Argus no se amedrentó. – No te metas. – Se volvió hacía Carmilla que aún estaba en el suelo. – Y tú quedas desterrada de mi corte. Vuelve y te mandare a ejecutar.
Y sin nada más salió de la habitación.
Alucard cerró los ojos ante esa memoria especialmente amarga. Después de eso, empezó a perder la razón y se volvió cada vez más sádico y cruel, cada vez era menos humano y más un monstruo. Su relación con su primo se cortó ese día, hasta prácticamente el día de la muerte de este. Argus dejó su titulo, su lugar en su corte, en su ejército y se volvió al alcohol y a las peleas de tabernas. Al poco tiempo encontraron a Alexandra desangrada sobre su cama, había cortado sus venas con un trozo de roca afilada. Pero el destino ensañado con él, le hizo recibir el golpe final cuando su esposa, se quita la vida saltando por la ventana de la torre más alta, embarazada de su tercer hijo, en circunstancias que nunca pudo esclarecer, pero una de las cosas que pudo juntar entre la nebulosa del dolor supo que encontró una carta que dejó Alexandra al suicidarse, enterándose de esa espantosa verdad; a raíz de eso y el cambio radical en la personalidad del propio Vlad, que ya en su último tiempo, era agresivo y violento con ella, al punto de golpearla en sus peores arranques. Todo esto terminó de vencerla y consumida por la depresión y la angustia se quitó la vida.
Cuando sostuvo el cuerpo sin vida de Ioana, su humanidad terminó de morir, convirtiéndose en un monstruo. Ahí comenzó su desenfreno por el dolor ajeno y el propio, sus castigos se volvieron implacables y crueles al punto de la blasfemia, creo formas de lucha que no habían sido visto nunca hasta esa fecha; como envenenar el agua de sus enemigos o mandar cuerpos enfermos a los campamentos, además de tomar gusto por el empalamiento al nivel de tener un bosque de ellos, y deleitarse en sus quejidos, como si fuera música.
Unos años más tarde su corazón dejo de latir y se volvió completamente a la oscuridad renegando de todo aquellos que amó y luchó durante sus mejores tiempos. Se volvió un maldito. Un paria. Pero eso era mejor que el dolor y las voces que buscaba acallar en su mente. Solo dio el paso más lógico en ese estado de autodestrucción. Cerró los ojos, todo era tan vivido. Se podía ver así mismo tomando la peor decisión de su vida, que fue desprenderse de su humanidad. De la que alguna vez fue su alma, en un pacto sin retorno sellado con sangre. Sus sentidos le alertaron que alguien se acercaba, no pudo menos que sonreír al reconocer la presencia de su primo acercándose por el pasillo.
No se molestó en abrir los ojos. – Sabía que no te resistirías a venir. – molestó al recién llegado.
-¿Qué opción me quedaba? – fue su irónica respuesta. – Tenemos problemas.
Alucard bufó. – Tenemos solo un problema. – aseveró con dureza. – Y es una arpía con piel de cordero. Debí deshacerme de ella hace siglos.
-Entiendo tú sentir. Y con todo lo que ha pasado no podría estar más de acuerdo. – terminó por concordar tristemente.
El conde alzó las cejas sorprendido. – No me haz dicho nada por llamarla arpía, y me haz encontrado la razón. – hizo una pausa. – Deben ser noticias realmente malas las que vas a darme. – masajeó el puente de la nariz con frustración. – Creo que realmente perderé el genio.
-Grey se presentó en mi casa ayer. – solo recibió una seco asentimiento dando a entender que lo escuchaba. – Carmilla reunió al antiguo consejo, y los ha convencido de ir contra ti.
-Quieren destronarme. – aseveró sin perder la expresión. – Era algo que se veía venir. Solo me preguntaba cuando lo harían. – hizo una pausa. – Ahora dirás lo que me sacara de mis casillas ¿no?…
- Tan agudo como siempre. – señaló con un gesto cansado. Una vida envuelta en la tragedia, y una inmortalidad aún peor. A veces sentía lastima por sus existencias malditas. Su sangre estaba maldita. La de él y la de toda su estirpe, con ese pensamiento en mente continuo con su seguidilla de malas noticias. – Y sí, está la parte que menos te gustara y la más preocupante de todo este infierno.
Alucard afiló la mirada. – Solo dilo Argus.
-El consejo va tras de Hellsing y Carmilla, tras tú amo. – terminó de aclarar sombrío. – Ah, y claro, conquistar el mundo sacándonos de las sombras y volver a los humanos animales de corral.
Sus labios se tensaron, y oscureció la mirada. – Esa maldita ramera, quiere emboscarme por la espalda. Y destruir el orden natural, que es superior nosotros mismos, aún más enorme que quien nos dio está naturaleza. Su arrogancia será su tumba.– Escupió con desprecio. – Lo peor de todo es que se me adelantó, maldijo a Integra.
-¿Así que ya empezó? – su rostro hizo una mueca. – ¿Ya descubriste que tipo de maldición usó?
-Magía babilónica, un complejo rito de intercambios de almas, que terminan en la destrucción de ambas. Esta usando el alma de Ioana, ni de muerta la deja en paz.
Lentamente Argus metió sus manos en los bolsillos de su largo abrigo oscuro. – Tenemos que empezar a movernos entonces. Hay que reunirlos, Alucard.
-Contáctalos. Pero comienza con Lucien, necesitare ayuda para deshacer esta maldición, la magia babilónica no es mi especialidad. – torció el gesto pensativo, recuperando la frialdad.
-Como quieras. Pronto tendrás noticias mías.
Y sin esperar respuesta salió por la puerta, sabía que Alucard no diría nada más ahora, se sumergiría en conjeturas y maquinaciones para contrarrestar todo lo que se les venía encima. Seguro inventaría algo con que sacarlos del lío, porque si algo poseía Vlad era un genio maquiavélicamente brillante. De espaldas no pudo percibir la sonrisa torcida de su primo que le observaba suspicaz desde su trono, no pasó por alto el hecho que Argus no se desapareció como siempre lo hacía, sino que salió por la puerta como nunca acostumbraba hacer. Se recostó en un de sus codos, y afirmó el mentón. – Una excusa bastante pobre para poder verla. Crees que podrás despistarme con todo este despliegue. Eres un niño tímido aún Argus.
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Los planes de Carmilla era más que ambiciosos, estos estaban al borde de la demencia, se dijo así mismo ligeramente distraído. Sabía que era una estupidez lo que hacía, no debería ni siquiera buscarla. Más cuando sabía que Alucard no se tragaría la excusa con que justifico su aparición, después de todo él ante todo era un antisocial, y era el conde quien hacía las visitas de rigor, no al revés.
Pero el condenado sabía lo que pasaría con él cuando envió a esa pequeña y dulce joven, con el rostro angelical de su amada Alexandra hasta su casa. Era como ver la luz después de años de en la más profunda oscuridad. Necesitaba verla, aunque fuera de lejos con esa se conformaría. Solo poder mirarla como quien ve una aparición.
Bajando lentamente las escaleras que daban al sótano, Victoria iba distraída a contarle las buenas nuevas de Sir Hellsing, seguro estaría muy complacido con lo que tenía que contarle. Nunca espero que de camino por el pasillo, chocaría de frente con el señor Argus. Su estomago dio un vuelco al verlo, y no sabía definirlo si era un sentimiento bueno o malo. Él levaba un largo abrigo negro de corte clásico, abrochado solo en dos botones del centro dejando a la vista la camisa blanca que llevaba debajo. Su cabello castaño tan llamativo, y ese bigote cuidado, todo en él la ponía nerviosa.
-Señor Argus, que sorpresa verlo aquí. – dijo con su usual amabilidad. – Vino a visitar al amo.
-Solo pase a saludar a ese libertino. – respondió con humor. – Es reconfortante después de algunas décadas visitar a la familia.
- Me alegra eso. – comentó con sinceridad. Bajó la voz ligeramente. – últimamente ha estado de muy mal humor. Aunque él no lo diga creo que la condición de Sir Integra lo inquieta…
-Sí. Lo pude constatar. – sonrió de medio lado, y Victoria por primera vez pudo apreciar el parecido entre ambos. Así que de verdad eran parientes después de todo, solo en ese instante fue consiente de que ambos tenían la misma sonrisa. – No hagas caso de sus arranques, pese a los siglos aún conserva mucho de ese temperamento visceral que lo enceguece de vez en cuando. Es prácticamente lo único que conserva de humanidad.
-¿El mal carácter?
-Así es. Aunque sería deshonesto achacarle el cinismo a su condición de vampiro, eso ya lo traía de antes también. – señaló agudamente, sin perder la sonrisa. Serás rió divertida, que para el viejo Argus fue como un soplo de aire en su soledad. Era como caminar con libertad bajo el calor del sol, como volver a ser el mortal que fue. – Creo que le he quitado mucho tiempo, dama Victoria. – hizo una elegante venía, gesto que lo sorprendió hasta a él. Ya era muchos siglos que dejó de lado las absurdas muestras protocolares de la fría y estúpida nobleza. Pero con ella fue absolutamente natural, como lo era con Alexandra.– Me retiro. – finalmente en un impulso tomó con gracia su mano y la beso.
Victoria se ruborizó hasta la punta del cabello, y respondió a tanta galantería con una torpeza que a Argus se le antojó adorable. – Oh, esper-ro que vuelva pronto a visitarnos. – contestó azorada, no muy segura de que hacer.
Argus le sonrió una última vez, y desapareció del pasillo tal cual como lo hacía su Amo. La joven Victoria soltó lentamente la respiración que contuvo en esos últimos momentos, se afirmó en la muralla, y puso su mano sobre su mejilla intentando recomponerse. No sabía que le pasaba, pero sintió que lo mejor era olvidarlo por el bien de su seguridad mental.
Así que nuevamente respiró profundo, se enderezó y caminó con una seguridad infantil hasta la habitación de su amo. Cuando estuvo fuera de la puerta respiró profundamente antes de golpear. La puerta se abrió por si sola, como siempre se sintió ligeramente amedrentada, avanzó lentamente y se encontró con su amo sentado en su trono en el centro de la habitación, sentado con la elegancia de noble, con las piernas cruzadas de forma varonil descansando el mentón en su mano sonriendo maliciosamente, y sin quitar la vista de ella.
-Amo… - dijo queriendo hablarle rápidamente para luego salir por donde vino.
Él no la dejó continuar, ignorando lo que iba a decirle, y sin perder la expresión habló. – Así que chica policía, ¿Qué opinas de mi primo?
Ella abrió los ojos, y no pudo evitar sonrojarse. – ¿A-a que se refiere? – repitió sin comprender.
Rió suavemente con maligno humor. Sería divertido presionar a su discípula, más aún cuando está sonrojada hasta las orejas. Extraña reacción para un vampiro. – Nada en particular, solo quiero una percepción personal.
-Emph… - no sabía muy bien que decir, pero si no pasó por alto que su amo otra vez se estaba divirtiendo a costa suya. –….pues es un caballero muy amable, y agradable.
Alucard rió otra vez entre dientes. – Oh, se sentirá muy animado cuando se entere la buena opinión que tienes de él.
-¡¿Le dirá? – exclamó más avergonzada.
-Tranquila chica policía, no seas tímida. Después de todo somos una familia. – dijo sin perder el rictus loco y burlón. – Una familia de sangre.
-Pero… - quiso replicar débilmente, pensando en lo bochornoso que sería enfrentar al señor Argus si su amo se burlaba de ella de esa manera.
-En fin, niña, ¿tenías alguna noticia que darme? – dijo tranquilamente, mirándola con interés.
-¿Eh? ¿Noticia?…¡Ah! Si, amo traje una excelente noticias. – comenzó animada. – Sir Integra acaba de despertar hace unos minutos.
-Vaya, esas si son excelente noticias. – aseveró con calma. – Siempre me sorprende. – murmuró para sí mismo. Se levantó de su trono, y se dirigió a Victoria. – Chica policía, necesito un favor. – ella solo asintió obediente. – Quiero que distraigas a Walter, mientras estoy con mi Amo. Necesito una hora, ¿puedes hacerlo? – la miró por sobre los cristales de sus gafas.
-Claro, Amo. – hizo una ligera reverencia. – Haré como usted me pida.
-No esperaba menos de ti. – y con estás últimas palabras desapareció de la vista de la joven pensativa. ¿Para que querría el amo que distrajera a Walter? Suspiró desalentada y con algo de dolor.
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Integra se movió lentamente buscando retomar la movilidad de sus dedos, que los sentía sin fuerza. No veía bien, porque sus gafas estaban en el velador junto a su cama. No era capaz de despegar la cabeza de la almohada porque todo le daba vueltas. Cerró los ojos cansada. Tenía tantas cosas que arreglar, pero esas horribles nauseas no remitían, frunció el ceño. Mataría a Alucard cuando pudiera empuñar su arma. Ese endemoniado vampiro tenía muchas cosas que explicarle, partiendo por los recuerdos de su esposa muerta en su memoria.
-¡Alucard! aparece maldito vampiro. – gritó en su mente, sabiendo que él estaba cerca acechándola.
Dos segundos más tarde la oscura presencia del vampiro se hizo sentir dentro de la habitación. – Me alegra ser el primero en su mente cuando despierta, amo. – le dijo riendo entre dientes, con burla.
-No tengo tiempo para tus estúpidos juego. – dijo en voz baja, y algo ronca por la falta de uso. – ¿Me podrías explicar que demonios es lo que me está pasando? – lo taladró con la mirada.
Alucard se puso serio ante la pregunta. Sabía que era esta su oportunidad de convencer a su amo de que cooperara con él. Lo más saludable para todos sería tenerla a su lado en todo esto, más cuando ella era la que más riesgo corría con todo esa situación absurda. Por lo tanto debía ser cuidadoso con lo que dijera, si quería vivir –metafóricamente hablando- relativamente tranquilo mientras se deshacía de Carmilla. – Amo. – dijo, atrayendo su atención, lo observó con suspicacia y no pudo evitar inquietarse. Debía ser algo realmente serio, si el conde guardaba esa expresión. – Antes que todo, necesito que me escuches hasta el final y requeriré toda tú cooperación, porque como mi expresión te lo debe haber avisado estamos en serios problemas.
-Habla de una vez.
-Los vampiros se han amotinado contra mi reinado, azuzados por una escaladora. – informó, sin expresión. – Quieren romper el orden natural.
-Ósea en términos simple… – empezó, sintiéndose más exhausta y enojada.
-Estamos en guerra amo. – terminó por ella, mirándola intensamente por sobre sus cristales.
-Demonios. – terminó maldiciendo la horrorosa pandemonio que se les venía encima.
Alucard tuvo que reprimir el impulso de sonreír locamente. Había ganado su colaboración, lo sabía porque su mente ya había decidido. Solo esperaba que fuera igual de razonable cuando se enterara del resto de la verdad. Pero como era hábil en las maquinaciones, se lo diría todo una vez que ya no tuviera oportunidad de retractarse.
Lo sé, demasiado tiempo me tomé para actualizar, pero lo hice y planeó seguir actualizando así que tranquilos que lento pero seguro estaré de vuelta. En fin, ya ven como están las cosas, Carmilla, está francamente loca. Y sus planes son inmensamente ambicioso, y ¿que tal? Veremos si va a realizarlos, lo único que puedo adelantarles es que va a ser un dolor de cabeza para el conde… y para Integra, tampoco le será nada fácil tratar con ella. Ya verán la tirria que se tendrá. Argus, bueno ya habrán notado el tipo de historia familiar que arrastra con Alucard, nada sano. Ni nada fácil Ya pronto le daré algunos detalles sobre su vida. No se imaginan la de planes que tengo, y las cosas que pasara, así que solo les digo sigan leyendo y téngame paciencia, por favor.
Los amo a todos.
Atte.
Brisa Black.
