Las puertas automáticas se abrieron en cuanto el sensor detectó mis movimientos. Es indescriptible y muy característico el olor que se va colando por mis fosas nasales, de la misma manera, el frío por el aire acondicionado también hizo su aparición inmediata.
Ah~, dulce hospital.
— ¡Sara! —Saludé a la recepcionista, ella hizo una leve inclinación y yo le golpeé en la cabeza ligeramente— ¡Eres una boba!
—¡Eso ha dolido, Dr. Taisho! —Articuló sobándose la coronilla, donde le había golpeado— ¿Por qué me golpea esta vez?
—¿No sabe cuántas veces he llamado? —Pregunté alzando el mentón, ella arqueó una ceja y negó— Un montón de veces, joven.
Ella farfulló algo que no logré entender mientras me alejaba de su lugar en la recepción.
—¡El príncipe ha hecho bien su trabajo! —vociferó cuando ya estaba bastante alejado de ella. ¿Príncipe? Debe tratarse de Jaken— Incluso domó a la bestia.
Paré en seco. Sentí como la furia empezaba a recorrerme a través de las venas, mi cabeza se contraía al igual que las palabras trataban de halar mi lengua hasta mi garganta para que no hablara. Solté la maleta que tenía en mi mano derecha, giré sobre mis talones y con pisadas fuertes llegué hasta su cubículo. Alcé la mano y le abofeteé en la mejilla derecha con rabia. La punta de sus cabellos oscuros se movieron en la misma dirección que su rostro.
—Escúchame —susurré, mas no se atrevió a mirarme a los ojos. Sara se tocó la mejilla colorada y unas lagrimas se deslizaban por sus mejillas—, ¡que me escuches, maldita sea!
—S-sí —dignó a titubear mientras alzaba la mirada.
—Que sea la última vez que te refieras acerca de Rin de esa manera —mascullé, tratando de calmarme— Estoy cansado de que todos aquí traten mal a Rin sólo porque no puede entender las cosas como la adulta que es. ¿Cuándo entenderán que sólo es una niña?
Ella aguardó silencio. Todos aquí se olvidan de que Rin no es una joven de 23 años, es un niña de diez atrapada en el cuerpo de una adulta. En especial ella, siempre mirándola desde arriba, menospreciándola e insultándola en lugar de decir su nombre como si estuviera cansada de tratar con ella. Seguí caminando por el interminable pasillo, logré divisar una castaña cabellera meneándose de lado a lado mientras corría hacia el otro lado de la puerta, la cual llevaba hasta el jardín.
Una sonrisa se formó en mis labios al ver la mochila de Rin moverse de un lado para otro mientras corría a través del jardín, miraba hacia todos lados, excepto hacia atrás, como si le estuvieran persiguiendo. No había tal persona siguiéndole, por eso decidí serlo y empecé a correr tras ella.
—¡NOOO! —gritó, en cuanto la atrapé entre mis brazos empezó a moverse como serpiente para evitar mi agarre.
—Es imposible, no puedes contra mí —susurré contra su cuello y sorpresivamente se detuvo— Eres mía, preciosa.
Rin giró un poco el cuello para ver a su perseguidor y yo sonreí en cuanto sus ojos conectaron con los míos. Una gran sonrisa se formó en sus labios.
—¡Señor Sesshomaru! —gritó. Rin saltó entre mis brazos y colocó ambas piernas alrededor de mis caderas.
Podía sentir su corazonsito latir con fuerza contra mi pecho, no me sorprendió después de tal carrera que habíamos echado. Acaricié levemente su espalda tratando de calmar su llanto, se estaba moviendo a causa de los hipidos y yo no puedo estar más conmovido.
—Ya, ya... —Le consolé mientras ahora acariciaba sus cabellos y con la otra mano hacia equilibrio para no dejarlo caer— Todo está bien ahora.
Rin asintió contra mi hombro y recostó allí su cabeza para llorar con calma.
—¡Estás perfecta! —comenté, estaba emocionado al notar que las ropas que le compré a Rin le habían quedado a la perfección.
—¿Seguro? —dijo con timidez, yo asentí ladeando con emoción la cabeza.
No sabía que más decirle para que dejara de llorar cuando le ofrecí ir a tomarnos un jugo o algo por el estilo, ella se bajó de mis brazos y sonrió emocionada pese a tener los ojos rojos e hinchados, sin contar que su rostro seguía húmedo por las lágrimas.
En pocos minutos empezamos a desempacar su maleta, la cual dejé en el pasillo para perseguir a mi pequeña gigante. Ella miraba emocionado todas las ropas que le había traído desde China, pero se alegró más al notar que le había comprado un pequeño avión de juguete.
—Ya, vayámonos —comenté tratando de llamar su atención del pequeño avión de juguete. No lo lograba— ¡Rin!
—Déjame jugar un poco más con él, por favor —infló sus mofletes y arrugó los labios. Suspiré ante tanta ternura y le dejé jugar.
Luego, cuando su estomago rugió, nos dirigimos a la cafetería que se encuentra a tres cuadras. Rin caminaba emocionada con su vestido de verano azul marino, un poco más oscuro en el área del pecho y más claro en el resto, también traía un sombrero con estampado y unos zapatos del mismo color. Ambos pedimos al camarero, quien nos atendió con una sonrisa:
—Yo quiero una malteada de fresa, por favor —el chico anotó mi orden.
—¿Y usted? —preguntó refiriéndose esta vez a Rin.
—Algo rojo —murmuró Rin.
—Para ella un batido de frutas rojas, por favor.
El chico asintió y desapareció entre las mesas internas del local.
—¿Te has portado bien en mi ausencia? —asintió sin pensarlo, de pronto apareció un gesto de fastidio en su rostro.
—El señor de pelo extraño hace muchas preguntas —comentó, incómoda al parecer.
—¿Cómo cuales? —pregunté curioso, sentía como el ceño se me había fruncido.
—Qué tan cercana soy a usted, si lo estimo mucho, qué tanto tiempo pasamos juntos...
—De acuerdo, entendí —interrumpí—. No debes preocuparte, Jaken sólo quería saber nuestro nivel de confianza. Es normal puesto a que soy tu doctor y él era mi reemplazo.
Nuestras órdenes llegaron y junto a ellas un par de panecillos de canela. Olía realmente delicioso. Comimos entre historias de cómo había sido nuestro tiempo separados, sus vacaciones con el gruñón de Jaken fueron unas pesadillas en ocasiones para ella y el resto, bueno, Jaken ni le puso asunto en el resto del tiempo.
Le conté una des aventuras en China: Había ido al Zoológico con Kagura, estábamos en frente de los orangutanes cuando su teléfono de trabajo sonó. Empecé a hacerle muecas divertidas a un grupo de simios cuando uno de ellos se acercó demasiado y empezó a tironear de mi cabello.
A pesar de que el personal intentaba con todas sus fuerzas, ellas, porque eran hembras, eran más y también más fuertes. Cuando por fin me soltaron, el personal empezó a descojonarse diciendo que ellas me encontraban atractivo entre su especie.
Rin escupió su bebida sobre mí, riendo de manera estridente mientras aplaudía y yo simplemente tomé una servilleta para limpiarme con falsa indignación. En el momento me pareció patético y hasta insultante que las orangutanes pensaran que yo era uno de los machos, pero ahora que veo que esa historia ha causado tanta alegría en Rin, creo que ha valido la vergüenza que pasé allí.
Empecé a reírme fuerte también, a Rin le bajaba jugo por la comisura de los labios. Tomé una servilleta antes de que el líquido bajara a su barbilla y pudiera manchar su vestido. Dejó de reír en cuanto la servilleta en mis dedos tocaron sus labios. Sus labios levemente rojos, al igual que sus mejillas de tanto reírse, pero yo seguía limpiándole el rostro con una sonrisa ganadora. Rin se había reído a pulmón abierto y era motivo suficiente para sentirme al fin conforme, completo, lleno.
Ese día descubrí que la risa de Rin era melodiosa y al mismo tiempo muy ruidosa, natural y muy contagiosa. También descubrí que sus labios eran suaves al tacto a pesar de siempre lucir resecos.
