Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, créditos respectivamente a sus creadores.


X. Keep on tryna hide it but your friends know.

Él está recostado en uno de los casilleros del instituto cuando la mano del otro palmea su hombro.

—Eh…— le llama en un tenue susurro, el silencio expandiéndose por el ambiente. Banner está jugueteando con un caramelo en su boca mientras Strange recarga su frente sobre aquella fría superficie metálica. Sus manos se alejan del más bajo, dejándolas caer como un peso muerto a cada costado.

Ninguno habla por lo que son unos largos y extenuantes cinco minutos.

La ausencia de Tony es notoria.

Tan, pero tan notoria.

—Con lo de hoy… nos equivocamos. — empieza él, girando su rostro hacia la salida del instituto, mientras cruza sus brazos sobre su pecho. Aún puede sentir las cosquillas del tacto de su mejor amigo sobre su piel y Banner sabe que a pesar de su cansancio y su enojo, ha errado. Aunque no haya podido evitarlo; el remordimiento cala dentro de él porque la verdad es que no quiere ni puede dejar a Tony Stark solo.

Lo conoce tan bien que sabe que puede perderlo.

Y eso es lo que más carga le trae sobre sus ya agotados hombros y lo que más miedo le da. La vida es difícil y hacerse cargo de otra es aún peor, sobre todo cuando una de las personas que más le importa en la vida no quiere recibir ayuda, cuando no quiere confiar; cuando no quiere que le dañen. Y eso es algo que le hiere. Que Tony sea lo bastante cerrado consigo mismo que piense que todos le harían daño, cuando todo lo que quieren Strange, Pepper, Rhodey y Banner es cuidarlo y hacerle saber que están ahí para él porque lo quieren como el infierno.

Y es tan difícil querer.

—Puede que sí… pero nosotros también necesitamos un tiempo. — escucha a Strange y él no responde. —No podemos hacernos cargo de él como si fuera un infante. Este no es nuestro trabajo. Él es dueño de su propia vida y nosotros podemos ayudarlo hasta el punto en que él no los permita, si nos rechaza, si no nos dice qué le pasa, si nos aleja… — Stephen suspira, destrozado. —No podemos obligarlo. Tony no es un santo ni tampoco un niño pequeño, Bruce. Lo quiero tanto como tú, igual que Rhodey y Pepper, pero… no está siendo justo con él mismo ni con nosotros, también tenemos el derecho de enojarnos; de sentir. — existe una pausa antes de que él continúe: —No porque Tony esté jodido significa que nosotros no lo estemos tampoco… — el tono de voz de su amigo desciende y puede sentir la misma pena en él y sabe que, por un poco, puede que Strange tenga razón.

Bruce pasea su temblorosa diestra por su rostro, retirando sus anteojos y restregando sus dedos contra sus húmedos ojos. Intenta retener lo que es un suspiro lastimero, pero no puede. Y Banner no quiere esto. No quiere sentirse de esta forma tan vulnerable y en que parece un inútil del que todos se podrían burlar en mitad de una escuela que vale una mierda. —Oh, no, no, no, Bruce. — escucha por parte de Stephen, siendo rodeado por el calor de los brazos de él. Bruce se deja hacer porque en serio necesita apoyo en estos minutos dónde el cúmulo de problemas parecen sobrepasarlo en tan poco tiempo.

—Cuando no lo vi llegar esta mañana, casi muero, ¿sabes? No pude evitar recordar aquella vez de tantas, cuando lo encontré en su habitación y él estaba todo… —un quejido sale de su boca y él intenta ahogarlo. —Ensangrentado y él, yo… yo no puedo, no puedo ahora, no puedo. No quiero dejarlo solo, pero me duele tanto que no entienda lo que nos sucede y cuánto nos preocupamos, me duele tanto que no entienda que lo quiero, joder… después de lo que pasó la semana pasada, lo débil que se ve, lo mentiroso que es. Y yo no entiendo, ¿por qué tiene que hacerlo? ¿Por qué me tiene que mentir a mí y a ustedes de esta manera? ¿Por qué no puede confiar en mí?

Strange no le responde. Sus palabras tampoco buscan alguna respuesta. Banner llora largo y tendido sobre sus propias manos que ocultan su rostro mientras los brazos de su amigo lo rodean.

—Además este mes no ha habido mucho dinero en casa y mi madre está estresada y cansada y yo no la quiero ver más así… necesitan que yo consiga esa beca para la universidad y no les puedo fallar. La presión es insoportable, dios… además de que mi padre está tan enfermo que… yo… yo no puedo, no puedo. — su voz se pierde entre sus entrecortados sollozos. El más alto otra vez no comenta nada ante sus balbuceos, y eso lo agradece porque lo único que necesita en estos momentos es descargar toda la mierda que no ha podido desechar desde el primer momento, para no afectar a Tony. Porque no quiere hostigarlo en problemas que no son los suyos y que no valen nada comparado a la vida que Tony ha tenido. Que los de él son menores e insignificantes y que él no podría simplemente decírselo porque quiere verlo feliz y sin aflicciones, lejos de lo que pueden ser preocupaciones e inconvenientes que no valen la pena.

Y Banner sabe, muy a su pesar, que quizás no es tan diferente a Tony en ese sentido.

Y es eso lo que le duele más.


Cuando Tony escucha sus palabras, algo se remueve dentro de él.

—¿Por qué me estás diciendo esto? — pregunta él, observando directamente los ojos de James. El cuerpo de Tony tiembla porque esa simple palabra; esa simple frase le produce impotencia. Quiere creer en ellas, pero las ha oído tantas veces en son de burla hacia él que sabe que no pueden ser sinceras, menos si éstas provienen de Barnes.

Hay algo egoísta que no le permite creer en él, ni en lo que dice, ni en cómo lo está viendo. Y es ese mismo sentimiento el que lo tiene esperando por un insulto, un golpe sorpresa, alguna humillación que parece no llegar. Está esperando las risas que continúan a esas palabras, a la mentira y a la lástima que la gente suele esconder por falta de valor. Las conoce muy bien porque es lo que más le han dicho estos dos últimos años. A través de gritos y cartas de felicitación al final del día y a través de un falso remordimiento. "Perdónanos por no estar esta navidad. Felices fiestas" "Joder, Stark, ¿Quieres una maldita disculpa? ¡Pues perdón, puto marica!"

"Tony… perdóname"

Esas palabras no valen nada para él.

—Escúch-

—¿Cuál es la trampa, eh? — le interrumpe el castaño, golpeando con su puño la mesa. Tony siente miedo y furia, ambos sentimientos entremezclándose dentro de él. Está aterrado, porque ha provocado este tipo de situaciones un centenar de veces y sabe cuál es el resultado y porque James le da escalofríos. Por su mirada, por su apariencia, por sus secretos y por muchas más razones que nunca se ha detenido a pensar hasta este preciso momento en que espera lo peor. Puede imaginarse, incluso, el peso del puño de él contra su rostro, el sabor metálico de la sangre y la hinchazón en uno de sus pómulos.

Tony está forzándose a no desviar su mirada de la del mayor por simples sentimentalismos. Además, no sabe qué interpretar al ver esos dos fríos ojos. No sabe si esto es una broma u otra cosa. Y si es pena lo que reflejan, tampoco lo quiere. No quiere la lástima de nadie.

Ya ha decepcionado a tantos en este día que no quiere compasión, mucho menos si ésta viene de Barnes. Él no sabe una mierda de Tony y de lo que ha pasado para lo que vea de esta manera, como si en verdad lo hiciera.

—No hay ninguna. — responde tan seguro y firme que Tony no quiere seguir escuchándolo. No quiere este tipo de mierda, porque no son amigos ni nada y porque ha decidido no involucrarse. No lo soporta. Ni la situación en la que están, ni sus intenciones ni a él con sus misterios que parecen querer revolverle el mundo. Es por eso que se rinde y desvía su mirada hasta un punto desenfocado de la biblioteca. James se relame los labios con ansiedad sin saber con qué continuar. Aún se le hace difícil hablar, expresar o explicar cosas que vienen de su interior y que no se exteriorizan. Pero no puede, y todo lo que James quiere en estos segundos, es pedirle perdón por todo lo que ha pasado, quiere decirle que todo es su culpa y que quiere redimirse por lo que ha hecho y por lo que no.

Que lo ha juzgado antes de tiempo y que no se lo merecía.

—No quiero tu lástima, Barnes. — dice Tony. Hay recelo en su tono de voz. —Déjame terminar con la tutoría para largarme de una maldita vez.

—No es lástima, no es un chiste, no es nada de lo que te puedas imaginar. Stark y-

—¿Entonces qué mierda es? — replica amargamente, mientras sigue sin hacer contacto visual. —En serio, ¿esperas a que yo mismo te arranque las palabras de la boca? No sé qué esperas con decirme estas cosas porque no me importan. No necesito tus disculpas, menos si ni tú mismo sabes por qué lo haces. Joder… —una sonrisa sarcástica cincela su rostro. —Si lo que quieres es burlarte de mí porque me detestas tienes que parar ahora. Ve y pídele a Fury que te cambie de tutor, Barnes. No necesito esto. — masculla y suena más duro de lo que hubiera pensado. Entonces, sin esperar a que el otro responda, toma sus audífonos y sus cosas, dando media vuelta.

James es más rápido, sin embargo. Le toma fuertemente de la muñeca, obligándolo a mantenerse inmóvil. Tony no regresa su mirada ni tampoco forcejea con él.

—Te juzgué mal, demonios. — gruñe James, con el coraje y la desesperación de su contraparte animal fluyendo en sus palabras: —Me equivoqué en muchas cosas de las que pensaba de ti y lo siento. — puede sentir como el menor tensa sus hombros. James intenta aflojar su agarre, pero sabe que Tony escapará. —No desconfío de ti porque piense que los rumores que hay sean verdaderos y crea en ellos. Sí, tenía esa mala imagen tuya, es verdad, ¿lo pude evitar? No, porque ni tú… mismo lo haces y lo siento, lo siento Stark.

Cuando Tony se atreve a verle, sus extremidades tiemblan y su rostro se gira lentamente. James ha rodeado la mesa, el libro que leía ha quedado olvidado en un algún lugar del suelo. Permite que sus ojos deambulen por el rostro del mayor, repasando sus facciones; y puede ver sus ojeras, su incipiente barba y los mechones que caen desordenados sobre sus pómulos, adornando su pálido e intimidante rostro.

Su agarre es como una tenaza.

Y aunque son muy diferentes, tanto física como psicológicamente; Tony no puede evitar evocar su recuerdo. No porque quiera hacerlo, en realidad. Es lo que menos desea cada vez que algo le recuerda a Steve. Tony finge una mueca socarrona, porque ha escuchado esas mismas palabras que ha dicho Barnes por parte de Rogers. Y no puede creerlas cuando la persona que solía llamar 'amigo' lo abandonó y alejó tan fríamente, aunque éstas sean las más sinceras y honestas disculpas que alguien le ha dicho.

Steve aquella vez sostenía sus hombros y lo observaba de la misma forma en que lo está haciendo James ahora. Con una emoción que puede reconocer, pero prefiere ignorar. Tony esa vez no quiso creer en las palabras del rubio, ni tampoco lo quiere hacer en estos minutos con las de Barnes. Y eso es porque la verdad y las buenas intenciones le duelen como un puñal en el estómago y en la garganta.

No es bueno con estas cosas.

—Lo siento.

Quiere escapar de lo que significa y del hecho de que quién le está diciendo estas cosas no es nadie más ni nadie menos que James el delincuente Barnes, quiere salir corriendo de este lugar y olvidarse de la desazón que le produce escucharle. Pero no lo hace. Tony está petrificado en el sitio que ha quedado, con la muñeca palpitándole del dolor. Un quejido es expulsado de sus labios y James parece darse cuenta de ello, porque poco a poco comienza a soltarle la mano. La oportunidad de salir de ahí sin mirar atrás se asoma frente a sus narices.

Pero Tony se queda con él, acariciando el sector enrojecido de su extremidad. El particular silencio de la biblioteca inunda el momento. Debe irse, piensa él mientras el mayor sigue sus movimientos, porque no tiene nada que lo fuerce a quedarse, en realidad; la tutoría no es una más que una excusa que ambos pueden eludir fácilmente. Y él no lo ha perdonado porque en serio, esas palabras no valen para nada él.

Tony desconoce por qué no se ha movido.

Y no, no es porque toda la basura que dijo el maldito de Barnes le ha afectado. Definitivamente no es eso. Ni tampoco tiene el interés de saberlo, muchas gracias.

James, por su parte, repasa la marca que han dejado sus dedos en la piel acanelada del menor. Está resistiendo el impulso, que tiene por culpa de su otra mitad, de lamer aquel sector enrojecido y restregarse en su forma animal contra él. Son tontos arranques que tiene que reprimir a cada instante, evitando la eventual transformación y el cometer una estupidez que no quiere hacer. Nunca.

Cuando siente el cosquilleo en sus extremidades, James se aleja rápidamente, dejando caer su peso en la silla en la que antes estaba sentado. Tony carraspea mientras ve al otro hundir su rostro contra sus manos y enarca una ceja. —No es como si te hubiera perdonado, Barnes. Estas cosas no tienen algún tipo de valor para mí. — se sincera, sus manos jugueteando con el cable de sus audífonos. —Así que… no sé qué es lo que esperabas.

—Yo tampoco. — contesta él, restregando el dorso de su mano contra su nariz.

—Bueno, al menos ahora sé que no me odias. — comenta despreocupadamente, lanzando sus pertenencias a la mesa de estudio. Ya no sabe ni lo que hace, la verdad, y es que nunca lo ha sabido. El rostro le está quemando como si estuviera en llamas, pero Tony se hace el desentendido. —No podría decir lo mismo de mi parte.

—No, pero me pareces irritante. — escucha por parte de James, mientras él analiza atentamente sus movimientos. Una tenue e imperceptible sonrisa adorna el rostro de Tony. De pronto, el peso y la intranquilidad que sentía se ha disipado con su comentario. Tony es consciente de que no tiene una pizca de gracia y que no le arranca carcajadas, -porque vamos, ni siquiera es un chiste-, pero no lo puede evitar. La mueca se ha instalado en su cara silenciosamente y sin avisar, pese a lo que había ocurrido minutos atrás. Es una estupidez, según Tony, pero son cosas que suceden. Relame sus labios, mientras observa el imperturbable rostro del mayor. —Estamos avanzando. — comenta vagamente, mientras camina por el espacio en el que están y se dirige hacia la estantería llena de libros que se encuentra tras el de cabellos largos.

—Bien.

—Bien. — replica, sus manos alcanzando un libro del que no tiene idea de cuál se trata; ni tampoco le interesa. Sólo es una distracción. Una duda se ha instalado hace tan sólo unos segundos e invade su cabeza. La curiosidad, -que sobrepasa sus decisiones de no involucrarse más en el asunto-, emerge nuevamente frente a las acciones de James. Y, aunque sepa que se trata de un capricho, no es capaz de eludirlo. No sería Tony Stark si lo hiciera.

Se gira rápidamente sobre sus talones, dispuesto a pellizcar con sus dedos un costado del cuerpo de Barnes, cuando su mano es paralizada, nuevamente, por la de Barnes. —¿Nada? — pregunta Tony, sorprendiéndose ligeramente por la intercepción.

—¿Qué estabas esperando? — pregunta James. Existe un tono distinto en su áspera voz, más cercano y más débil. A Tony le confunde ese tono.

—Lo tienes controlado. — dice, deshaciéndose de la mano de James y recargando su cuerpo en la mesa, frente a él. —Ahora, dado que tenemos bastante tiempo como para darnos un respiro de Química, ¿Qué opinas de contarme de qué rayos va toda esta mierda del complejo animal que tienes?


La tarde cae, con aquellas tonalidades naranjas y rojizas que tiñen las nubes y cubren el cielo del pueblo, mientras él se encuentra amarrando las agujetas de sus zapatillas deportivas. A su lado, aquella vieja croquera de dibujo reposando en la pared junto a su mochila. Tiene los dedos sucios de la tinta negra del lápiz de carboncillo con el que ha estado pasando el rato esperando el inicio del taller de arte.

Aún quedan aproximadamente quince minutos para que empiece. Y como cada lunes a las 17:00 de la tarde, el instituto está sumido en un desolado silencio.

Steve está sentado en el primer escalón que da a la planta baja; en dónde existe ese espacio entre la escalera del segundo piso conectando con la del primero. Sus ojos azules observan y escrutan el exterior a través de los ventanales, tanto como su ubicación y posición se lo permiten. Afuera, los de primero están practicando baloncesto, corriendo por toda la extensión del campo. El cansancio en sus confusos rostros se le hace bastante notorio. Steve no conoce a ninguno de los estudiantes que están entrenando allá afuera, pero no puede evitar que la nostalgia lo envuelva repentinamente.

Puede recordar perfectamente cuando ellos, con su curso, estaban en primero. A Steve le sorprende, muy poco, que no haya cambios en el horario de cada curso; pero no es tan importante que no indaga mucho en ello. Una sonrisa surca sus labios, rememorando ese pasado, e imaginándose en el campo junto a los demás a esta misma hora, en el año 2002, cuando apenas tenía cerca de quince o dieciséis años. Todos eran unos niños por aquel entonces. Los rostros eran más infantiles de lo que son hoy en día, y las voces de la mayoría de los hombres sufrían aquellos cambios repentinos de tono de voz que era más agudo.

Para Steve, aquel año es el mejor que ha tenido en toda su vida escolar.

En aquella época no existían tantos problemas, ninguno se llevaba tan mal con el otro y estaban iniciando la High School como un grupo, una aglomeración; una posible familia. Cada mañana y cada día se hacía más ameno y agradable cuando aquel pensamiento atravesaba su joven cabeza. Esa idea, esa ilusión, era reparadora cada vez que llegaba a su casa y ya no podía encontrarse cara a cara con su padre. En su lugar lo recibía una foto de ellos tres reposando en un marco de madera en uno de los muebles mientras él preparaba la cena para cuando su madre terminara su turno en el trabajo.

Sus amigos, los profesores y las tardes de instituto era lo que más esperaba, aparte de esos ojos miel y sus comentarios mordaces y vanidosos.

Sin embargo, las cosas cambian. Y con ello, el tiempo pasa tan deprisa que aunque se quiera detener; no se puede.

La sonrisa se borra de su rostro, mientras Steve concentra su atención en un alumno, que está corriendo y atravesando el campo, boteando el balón hasta que encesta. Y él es incapaz de rehuir del recuerdo que le produce ver a ese desconocido moverse con la misma gracia y dominio del balón que tenía Tony en el 2002, cuando estaban en gimnasia y practicaban, y el de catorce años se acercaba sonriéndole y musitándole un: "Eh, fortachón" mientras él le correspondía la sonrisa.

Aquella sencilla frase hace eco en su interior, y él daría todo por volver a escucharla en estos momentos.

Lo peor, es que ya no puede y todo es por su propia culpa. Por él y por su cobardía.

—Steve. — escucha y él se sobresalta, girando su rostro bruscamente hacia quién lo está observando. Es Natasha. Él está por contestarle, sin darse cuenta que una de sus manos está cubriendo su boca. —Hola, Nat. — responde, boqueando y enfocándose nuevamente en su alrededor. No tiene idea en qué minuto ha dejado su anterior posición, porque ahora su cuerpo está pegado a los ventanales. La pelirroja está mirándolo con el ceño fruncido, mientras Steve, distraído, se levanta de donde se encontraba sentado. Ella deja caer la capucha que cubre su cabellera roja y entorna los ojos. —¿Qué hora es?

—Las 17:10 pm, ¿No tienes clases en el taller de arte? — inquiere ella, inspeccionando el rostro del rubio. Él asiente. —Creo que vas llegando tarde.

—No, sólo faltan cinco minutos. La sala está justo ahí, en el segundo piso. — murmura con la voz ronca y un tono bajo, tomando su mochila y croquera del suelo, acercándose a la fémina. Steve pasa sus dedos detrás de una de las orejas de Natasha, acomodando las cortas hebras rojizas y acariciando el sector que se encuentra detrás de ésta, en una vieja y tradicional caricia para los de su especie. Inmediatamente puede sentir como ella se destensa y él, poco a poco, también comienza a tranquilizarse. —¿No tienes también un taller? — pregunta, dejando caer su extremidad al costado de su cuerpo.

—Me dirijo hacia allá. — contesta Natasha, examinando al rubio con aquellos despiadados ojos verdes que posee. Steve sabe que lo ha descubierto. Puede que mucho antes de que lo haya encontrado. Tal vez es esa la razón del por qué lo ha buscado, y eso, sinceramente, le incomoda. Nunca terminará por acostumbrarse por completo a esos dos. Él suspira, comenzando a caminar hacia los escalones que dan al segundo piso, esperando a que ella lo siga. El sonido de las pisadas de ambos contra la cerámica se lo confirman.

No pasa demasiado para que la voz de ella resuene en el lugar.

—¿Qué pasa? — y él niega pausadamente, mientras ella sigue hablando: —Además de lo que estabas haciendo recién, me refiero a todo. ¿Qué les pasa?

—Son cosas que suceden, Nat. — Steve se detiene, girándose levemente para observar a la muchacha cara a cara. — A veces uno sólo recuerda cosas y se siente melancólico y ya. Nada más. — se pasa una mano por su cabellera rubia y se encoge de hombros frente a su escueta respuesta. Y puede ver como la pelirroja frunce sus labios y se cruza de brazos como cada vez que hace cuando no está conforme con algo. Él tensa su mandíbula y acomoda su mochila, mientras espera a que ella conteste, eludiendo su semblante severo.

—Ustedes dos son un caso perdido. — rezonga, avanzando un par de pasos hacia el rubio, completamente fastidiada. —Además de ser un par de idiotas, discuten por estupideces, como siempre. ¿Qué fue ahora, Steve? ¿Qué es lo que los tiene a ti y a James así?

—Nat. — dice, con su voz autoritaria. Ella se dedica a escuchar y Steve continúa: —Mira, todo esto… es confuso y agotador. Buck lo sabe. Tú entiendes, todo lo que ha pasado y lo que yo siento. Además de que nunca he juzgado o cuestionado lo que ustedes son, su mundo, sus costumbres, sus impulsos, sus acciones. Siempre los he conocido a ambos y sé por lo que han atravesado e intento comprender lo que sienten. Pero esto… —Steve traga saliva. Natasha, al verlo y oírlo, sabe que se relaciona con Stark. —Esto no. Esto no es algo que pueda aceptar. Bucky lo sabe todo de mí, todo. Y aun así él me dijo que su "otra mitad"…

Oh.

—Lo sabes. — interrumpe ella, con un deje de incredulidad en su voz. —Sabes lo que ha estado experimentando James con Tony. Sabes también que Tony lo ha visto y que es consciente de nuestra raza. — dice atropelladamente, su cejo frunciéndose aún más de lo que ya estaba. La impresión traspasando su interior y dejándola anonadada. No se esperaba esto, sinceramente. Y le sorprende el hecho de que Steve se encuentre tan sereno cuando, –lo más probable, juzgando por su personalidad-, estaría buscando a Tony o a James para solucionar el asunto y llevar las riendas de la situación.

—Sí. — contesta el rubio. —Me enteré la semana pasada, en la madrugada, cuando llegó a mi habitación como es usual. No me lo dijo directamente, ni tampoco me lo explicó detalladamente, pero sí. Me pidió perdón, pero más allá de que Tony lo había visto y que se sentía extraño respecto a él; no me dijo nada más. Ni siquiera mencionó el por qué Tony se le había acercado, ni tampoco me dijo por qué han estado hablando. — él frunce su ceño, apretando sus manos en puños. —Sé que ya no es muy comunicativo como lo era antes, Nat. Pero yo, a pesar de todo lo que sucedió el año pasado, lo conozco, ¿cómo es posible que me haga esto? No lo culpo, dijo que fue un error, pero todo lo demás… no lo entiendo.

—Steve. — murmura la pelirroja. El sonido del timbre interrumpiendo el momento. —Tienes que dejar el tema. James nos lo dirá con el debido tiempo y sin presión. Esto es algo complicado que va más allá del hecho de que Tony lo sepa y que tú también lo hagas, y eso empeora nuestra situación. Nosotros tenemos que manejar lo que está pasando, pero no intentes entro-

—Ese no es el problema, ni lo que intento decirte. —le corta Steve, entrecerrando sus ojos. —No puedo dejar el tema cuando esto me concierne más de lo que ustedes piensan.

—Mierda, ¿Cuál es su maldita obsesión con Tony Stark? — gruñe con un repentino e injustificado enojo, forzando a Steve callarse al instante con aquel tono. Su respiración elevándose vehemente. Natasha entierra sus dientes en su labio inferior, intentando apaciguar el calor que está comenzando a experimentar. El sabor metálico de su propia sangre es desagradable y es lo que más puede calmarla en estos segundos. —¡Por un demonio!

—Eh. — susurra, con un mal sabor de boca y la incomodidad que siente cuando sus amigos usan aquella voz que lo obliga a obedecerles. Steve sabe que ellos no la usan a propósito, pero aun así, no puede evitar sentirse molesto ante ello. Es idiota, lo sabe, pero el sentimiento está ahí. De leve traición, molestia, y por supuesto; azoramiento. —Tranquila.

—Ya. — contesta la pelirroja, sobando su rostro con las palmas de sus manos. El sudor perla su amplia frente. —Lo estaré, sólo… dame un minuto.

—Está bien. — murmura, distrayéndose con la croquera que sostenía su izquierda. Después de unos segundos, puede escuchar a Natasha decir: —Steve, no creo que debas entrometerte mucho más. No es seguro para ti.

Él suspira: —Mira, sé que probablemente no lo entiendas, Nat. Sé que es peligroso estar con ustedes, sobre todo por lo de Bucky. Y ahora que Tony lo hace también, es peor. — Steve conecta su mirada con la de ella. Un mar de sentimientos se expanden por su pecho, ascienden por su garganta y se vuelcan en sus palabras: —Tony ha sufrido por mi culpa y ha salido dañado gracias a que yo no hice nada por él, gracias a que fui un cobarde. No quiero que se vuelva a repetir, ¿entiendes? Y estoy dispuesto a hacer lo imposible para impedir que pueda verse afectado de alguna u otra manera. Sé que es cosa de su mundo, pero él y yo somos diferentes a ustedes. — ella suelta un jadeo. —No lo estoy viendo como una oportunidad para redimirme, ¿sabes?, porque sé que no tengo perdón.

Natasha se mantiene en silencio. No tiene nada que decir, la verdad, y eso se debe a la gravedad y a los sentimientos que envuelven esas sílabas, esas palabras. Esas frases. Este humano. No comprende, a grandes rasgos, como es que Steve puede sentir esto. Los humanos para ella y su raza, son abrumadores. Son tan intensos y frágiles a la vez, piensa Natasha, que lo hacen una de las más grandes maravillas de la naturaleza. Y eso es agobiante. Porque están en un mundo con diferentes especies y razas que piensan que los humanos no son nada, cuando lo son todo. Todo.

—Pero no me puedes apartar si es que esto lo expone a él. No lo voy a permitir.

Y Natasha quiere responder algo, pero no es posible. Atrás de ella se alza una voz que no se lo posibilita.

—Vamos a clases, señor Rogers. — dice el profesor de Artes cuando pasa al lado de ambos adolescentes. Steve asiente y le responde en seguida con una afirmación, despidiéndose de ella, -recordándole que debe cuidar su lenguaje-, y dándose media vuelta, siguiendo al mayor mientras comienzan a hablar de las últimas pinturas del rubio y lo que necesitan para la exposición que hará el taller la próxima semana, junto a los otros talleres en una feria improvisada que hace cada mes el instituto sobre un tópico en particular. Que el tema ya lo ha entregado dirección y que se lo expondrá ahora a la clase y a los demás estudiantes.

A Natasha se le dificulta respirar cuando se da cuenta del cambio repentino en el ambiente y en sus pensamientos. Se siente fuera de lugar, sin saber muy bien la razón, gracias a la conversación de aquel profesor, porque Natasha no es una humana y todo lo que pasó hace unos cuatro segundos atrás fue algo tan normal y cotidiano que a ella, como werewolf, no la incluyen. No pertenece a aquí, piensa, porque no es en su totalidad una persona normal y corriente. Tiene secretos, como todos, pero los suyos son mucho peor. Es una criatura diferente en un pueblo dónde hay más humanos que otras razas. Y Natasha, joder, que sí; sabe que pensar en estas cosas no la llevarán a nada, pues además que, la hacen entrar en pánico porque siempre ha sido el motivo de la mayoría de sus crisis existenciales; no hay otra respuesta.

Y que la triste verdad es que está fuera de lugar.

Aunque los de su familia, los del clan Romanoff, le dijeran desde que se inició todo a los ocho años, que es normal sentirse así; que aunque sean diferentes; no está mal, pues para ellos también hay un lugar en el mundo porque por algo existen; ella no puede evitar sentir que está mal que lo hagan. Que es insólito, si lo piensas del lado de los humanos, que es fantasioso. Que no es posible y que no está bien. Suelta un nuevo jadeo, mientras pasea ansiosamente su diestra contra su cálido vientre, restregando su palma contra ese lugar donde se encuentra impregnada la tinta negra que forma el escudo de su clan: una araña bordando su propia tela en un escudo en forma de rombo. No está bien que esté aquí. Natasha siente los ojos escocer por los malditos pensamientos que está teniendo y en serio, necesita que se detengan.

—¿Natasha? — escucha. Es una voz masculina. Ha estado tan distraída y ensimismada que no ha podido prevenir la llegada de él. El olor a limón se cuela por entre sus fosas nasales. No pertenece a este lugar. —El taller ya empezó, ¿Sucede algo? — vuelve a preguntar Clint, avanzando lenta y firmemente hacia la adolescente. Natasha inhala y exhala una y otra vez, tratando de recuperar su serenidad y compostura.

—Estoy bien. Sólo… —relame sus labios, de pronto sedienta y buscando una excusa que pueda salvarla de cualquier interrogatorio que no necesita en estos minutos. No porque sea Clint, precisamente, aunque sea el idiota más grande del pueblo, él a pesar de todo lo ocurrido a través de los años, sigue siendo uno de los pocos mejores amigos que tiene. Sin embargo, su orgullo no permite que alguien sepa de su estado o el por qué ha llegado a él. No puede permitírselo, simplemente.

—¿Tasha? — pregunta Clint, inclinando su cabeza hacia un lado y posando afectuosamente su diestra en la espalda femenina. Él la observa atentamente, mientras la rodea para sostenerla por los hombros con sus manos. Puede ver que sus ojos están un poco rojos y brillosos, quizás porque ha estado llorando; lo pálida que se ve y el sudor que cubre su piel, es todo menos "encontrarse bien" y Clint lo sabe. De todos modos, se muerde la lengua para no hablar porque la conoce bastante como para saber que Natasha no soporta este tipo de atenciones y se sobrepasa, se irá.

Se quedan en silencio por un minuto mientras Barton se limita a frotar los brazos femeninos en un gesto tranquilizador y familiar. Después la pelirroja se incorpora con lentitud y carraspea para llamar su atención.

—Ya acabó. — dice intentando sonar lo más serena posible. Ella está todo menos calmada, sin embargo. Los malos pensamientos aun haciendo estragos en su cabeza. —Sólo son efectos secundarios de la mens-

—Oh. ¡wow! Ya. — le interrumpe Clint, alzando sus dos manos en un acto de rendición que provoca en ella enarcar una de sus definidas cejas al verlo. —Me encantaría ayudarte en esto, pero… no sé cómo hacerlo. Amh… eh… uh… — él pasa sus dedos contra su desnuda nuca, incómodo, al parecer, y nervioso.

—Tranquilo, Robin Hood. — contesta. Barton está a punto de replicar con alguna tontería, –como siempre-, pero ella se adelanta: —Ya pasará. Es normal. Así que… ¿Nos vamos?

Él asiente un poco dudoso e intranquilo, pero no insiste mucho más. Se dedica a relatarle a su amiga lo que ha pasado durante todo el día y la cantidad de deberes y otras cosas que tiene que hacer por el castigo que le han asignado. Él se queja y se queja, sabiendo que está siendo atentamente escuchado por ella, con el objetivo de distraerla de sus dolores. Natasha, por su parte, sólo asiente un par de veces en respuesta a la historia. Es consciente de lo que está haciendo Clint, mientras caminan hacia los casilleros del primer piso porque al idiota se le ha olvidado un libro, y se lo agradece profundamente.

Aunque, de todos modos, sus esfuerzos no sean efectivos.


N/A: Hey, qué tal. Sé que a muchos no les agrada las notas al final de un episodio, pero no puedo evitarlo. Lo siento. (?)

Bueno, les quería contar que no he podido actualizar como se debe -puesto que usualmente los hago los Martes y creo que Jueves o Viernes-, porque me enfermé. Y como me gusta exagerar, siento que estoy muriendo con la fiebre. Y aún sigo con este suplicio, pero debía actualizar. Intenté no hacer tan mierda el capítulo, pero si estuvo un poco flojo, me disculpo. De todos modos, espero y les agrade un poco. ¿Qué más? Ah, sí, no sé si vuelva a actualizar dentro de dos semanas más. Ando con el resfrío que me está matando -porque soy un pollo, me enfermo muy fácil y me duran como un mes estas mierdas-, y me voy de viaje. En Chile se celebrará el 18 de Septiembre y bueno; tiki-tiki-tiki tí. Vamos a celebrar y weás.

En fin, cuídense, les quiero y perdonen los errores. Chao lo vimoh.

-Lyrock.