Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajme Isayama. El Soldadito de Plomo le pertenece al maestro Hans Christian Andersen.


Capítulo 10. Alma: Camaradas.

«Las estrellas no brillan más

Somos estrellas e iluminaremos nuestra ciudad

Vimos la mismísima luz

Canta con fe y el miedo se irá»*

—So ist es immer, Hiroyuki Sawano. 進撃の巨人 OST


Hablar de mi vida no tiene ningún sentido. Todos los que una vez me amaron ya no están para recordarla. Cuando mi vida acabe no habrá nadie que piense en mi nombre, ni nadie que se acuerde de mí. Tal vez hasta yo mismo olvide quien soy. Tal vez hasta olvide mi propio nombre.

Lo irónico, si es que se le puede llamar así, es que ni yo mismo lo sabía. Tuvieron que pasar 34 años para finalmente saberlo, cuando al bastardo de Kenny al fin le dio la gana de decírmelo.

Kenny fue quien me crió. Quién diría que ese viejo matón terminaría de niñera cuidando de un mocoso con quien no parecía tener lazo alguno. Por muchos años me pregunté lo mismo, por qué alguien como Kenny, sólo interesado en el dinero y en sí mismo, se encargaría de mí. No lo supe hasta muy tarde.

Kenny me mantuvo con él por unos tres años, luego me abandonó con sólo un cuchillo y el conocimiento de toda una vida criminal. Me entrenó, me enseñó muchas cosas, me hizo alguien fuerte, capaz de defenderse en aquel lugar. Si me hizo un favor o un daño, no lo sé ni me importa. Lo único que sé, es que con lo que aprendí de él fui capaz de mantenerme con vida todos estos años.

La vida con Kenny era peculiar, casi divertida. Dejando de lado las golpizas ocasionales que me daba, mi niñez con él fue hasta entrañable. Me llevaba ocasionalmente a su "trabajo" y de vez en cuando me permitía participar. Iba con él a los bares y a los burdeles, donde por algún motivo las mujeres siempre se encariñaban conmigo y me daban unas pocas monedas para comprar comida. Incluso había un cantinero que siempre me guardaba algo de lo que su mujer cocinaba. Kenny era una especie de personaje famoso, el tipo del sombrero que era conocido a cualquier lugar a donde iba. Debo admitir que con él me sentía seguro. Todos temían a Kenny, todos lo respetaban, todos lo admiraban.

Kenny me enseñó a leer y a escribir, y ya que él era bueno con los números, a sacar cuentas también. Me instruyó cómo ser un buen carterista y no ser atrapado. También cómo pelear y defenderme, en cuáles puntos golpear para causar el mayor daño, y cómo bloquear ataques letales. Aprendí toda clase de movimientos de combate y ataques con armas blancas. Incluso los pasos básicos para usar un equipo de maniobras tridimensionales, para lo cual trajo uno. Cuando le pregunté de dónde lo consiguió se echó a reír y me ignoró, ocupándose en su lugar de ajustar sobre su cuerpo las correas y sistema de gas. Entonces entendí que se lo había robado.

El viejo Kenny fue mi maestro, incluso empecé a verlo como una figura paterna, aquella que nunca tuve. Fue durante esa época que empecé a sospechar de su relación con mi madre, y casi llegué a desear que fuera él mi padre. Así, no estaría solo en el mundo. Y, pese a las noches sin dormir, las duras lecciones y los escarmientos, le empecé a tomar aprecio. Entonces el muy maldito me abandonó y le odié como a nada en el mundo.

Simplemente se marchó, sin decir nada, justo como había llegado. No pidió permiso para entrar en mi vida, ni tampoco para salir de ella. Así era él. Por muchos años me rompí la cabeza pensando en su partida, intentando encontrar una respuesta. Durante lo que quedó de mi niñez me culpé a mí mismo, hasta que crecí y me di cuenta que Kenny simplemente se fue porque quiso, y que yo no tuve nada qué ver con ello. Ahora, más de veinte años después de eso, finalmente entendí que lo hizo para protegerme. Yo me estaba apegando demasiado a él, y alguien como Kenny Ackerman, con tantos enemigos encima no puede permitirse el lujo de que nadie se le acerque demasiado o terminará lastimado. Eso es algo que aprendí también de mí mismo con el paso de los años. Levi Ackerman no debe ser amado.

Cómo sucedió no podré olvidarlo. Aquel día que marcaría mi vida para siempre, cuando supe que debía vivir por mi cuenta. Acababa de ganar una pelea, usando tácticas que él mismo me enseñó. Todavía era un niño ingenuo, uno que creyó que su mentor le felicitaría por el logro y luego le llevaría a comer algo. En lugar de ello sólo vi su espalda alejarse entre la multitud y nunca más le volví a ver. Lo único que quedó de él fue un cuchillo y el dolor de un nuevo abandono.

Pero no me rendí. Peleé y sobreviví. Usé cada conocimiento que tenía y luché con todas mis fuerzas para sobrevivir a ese agujero. Me convertí en otro Kenny más, pero uno con la fuerza de la juventud y la experiencia de toda una vida criminal. Era el mejor en cada cosa que hacía, el mejor carterista, el mejor luchador, el mejor asesino.

Nadie se metía conmigo, y aunque no estuviera amedrentando a la gente por placer era temido y respetado. A cambio de protección obtenía suministros de algunos de los comerciantes, y hasta conseguí un techo propio. Fue una época mejor que la que viví de niño, cuando tenía que robar y pelear por un pedazo de pan y un cartón para dormir. Era como un Kenny más, nadie se atrevía a desafiarme.

Hasta que llegó Farlan. Él era el líder de su propia banda, no sé en qué estaba pensando pero me desafió a una pelea. Lo vencí, y en lugar de ganarme su odio gané su lealtad. Farlan dejó la banda que tenía a cargo de alguien más y se volvió algo así como un compañero. Desde ese entonces, Farlan y yo comenzamos a trabajar juntos, mayormente en robos. Al chico no se le daba muy bien el matar, así que esa parte, cuando tocaba hacerla, me correspondía a mí. No sé cuántas vidas quité, ni tampoco quiero pensar en eso. Sólo sé que fue la vida que me tocó y escapar de ella tuvo un precio muy alto.

Farlan era más joven que yo, pero sabía trabajar bien. Aprendió por su cuenta, y tuvo la suficiente suerte de seguir ganando experiencia y esquivar la horca al mismo tiempo. Entre los dos compramos una casa de techo bajo, con apenas dos habitaciones y una sala que también usábamos como comedor. La cocina y el cuarto de baño eran pequeños, pero nos la apañábamos bien. Era un lugar modesto, pero acogedor. Luego llegó Isabel.

Isabel tenía el cabello más rojo que jamás hubiera visto. Lo llevaba muy corto, siempre decía que odiaba que se le enredara. Isabel era muy joven, casi una niña, y Farlan y yo terminamos encariñándonos con ella. Tenía una personalidad muy vivaz, feliz, como si la miseria no existiera y nuestras vidas fueran mejores de lo que en realidad eran. Isabel supo cómo entrar rápidamente en el corazón de cada uno y ganarse un lugar allí, en especial en el de Farlan.

La casa se hizo pequeña para los tres. Isabel tenía una habitación para ella, Farlan y yo compartíamos la otra. Hablamos de buscar una más grande, pero esos planes nunca llegaron a cumplirse. Isabel era nueva y le costó adaptarse, sobre todo a mis exigencias con la limpieza y el orden. Pero sin importar que protestara por ello, que la comida fuera escasa a veces, o lo pequeña que era la casa, los tres vivimos felices allí, en un lugar pequeño pero acogedor. Por primera vez tuve un hogar.

Fue una buena época. Empecé a enseñarle lo que sabía, desde ser sigilosa hasta como robar bolsas de dinero de las ropas de las personas. Esto último se le daba muy bien a Isabel, que con la inocencia tan cálida que poseía podía acercarse a la gente sin levantar sospecha y arrebatarles sus objetos de valor. A Farlan le iba mejor con la lucha cuerpo a cuerpo, aunque nunca pudo superarme. Ambos se complementaban muy bien, eran un equipo perfecto. Juntos los tres fuimos imparables.

Llegué a querer a Isabel como una hermana pequeña. Nunca tuve hermanos, fui hijo único, pero estaba seguro de que el cariño que le tenía era uno protector, sin malicia. Farlan era como un hermano también, aunque nunca supe cómo expresarlo. Llegué a tomarles más aprecio del que imaginé, y ellos también a mí. Isabel me llamaba su hermano mayor, aunque en realidad nunca admití que la veía como una hermana pequeña. Siempre fui alguien de pocas palabras, y con mis nuevos compañeros eso no cambió. Isabel era todo lo contrario, le encantaba hablar, y a veces hablaba a demasiado. En cuanto a Farlan, él era como un término medio entre ambos.

Juntos pasamos muchas cosas, hicimos el mejor equipo, nos enseñamos el uno al otro. Isabel nos enseñó preparar menor cantidad de comida con unas hierbas que daban sensación de llenura, yo le enseñé a ella a leer y escribir y Farlan le enseñó a contar y esas cosas. También Farlan y yo le enseñamos cómo usar un equipo de maniobras tridimensionales, y aunque al principio le costaba mantener el equilibrio sin quedar de cabeza, aprendió rápido. Pero aparte de todo eso, de las habilidades físicas y hasta culinarias, ellos me enseñaron la bondad y la misericordia. Como cuando Isabel adoptó esa ave que la metió en problemas, o las ayudas monetarias que Farlan le daba a un chico demasiado enfermo para trabajar y mantener a sus hermanos. Ambos eran así, incapaces de abrigar egoísmo, demasiado buenos para haber vivido en un mundo tan oscuro toda su vida.

Creo que nunca lo comprendí. No entendía su capacidad para perdonar, ni la valentía y el desinterés combinados para salvar la vida de alguien que les ofendió, como aquellas que demostraron en el mundo exterior.

El mundo exterior… La fantasía de todo ser que tuviera algo de curiosidad. A mucha gente no le importaba en realidad. El reino hizo bien su trabajo de suprimir cualquier interés en el mundo exterior mediante el miedo y el silencio, y hasta el usarnos a nosotros, los soldados, como ejemplo. Pero Isabel y Farlan no entraban en esa categoría, ambos solían pensar con frecuencia en lo que había allí fuera, sobre todo desde que obtuvimos aquellos equipos tridimensionales nuevos.

Lobov los consiguió para nosotros. Era un hombre muy importante en la superficie, pero para su desgracia estaba en problemas con las autoridades. Normalmente prefería evitar a los de su calaña, pero involucrarnos con el objetivo que él deseaba liquidar era inevitable de todos modos.

Acepté sólo por la oportunidad de finalmente salir de la ciudad subterránea y conseguir una nueva vida para los tres, además de que con nuestra colaboración aquel chico enfermo tendría la oportunidad de ser atendido en un hospital de la superficie. Finalmente podríamos vivir dignamente, libres, en paz. Ser aceptados.

Aquel encargo se convirtió en la última misión para los tres. Las indicaciones eran simples.

Dejarnos atrapar por la Legión de Reconocimiento.

Hurtar los documentos incriminatorios.

Y matar a Erwin Smith.


La traducción es mía.

Quisiera aprovechar el espacio para agradecerle a Teniente Jaz Mignonette y SilentSpaniard quienes han sido de inspiración para esta etapa de la historia.

—Fanfiction, 18 de noviembre de 2015.

PD: Las actualizaciones serán ahora cada quince días.