Nota previa: Cursilada de final para Arthur. Este fluff es la cosa más azucarada de todo este tragediòn, así que por eso es un extra, anexo al epílogo y todo.

Extra: We found love in a hopeless place

Shine a light through an open door/ Una luz brilla através de una puerta abierta
Love and life I will divide / Amor y vida dividiré

Turn away cause I need you more / Márchate porque cada vez te necesito más

Feel the heartbeat in my mind/ Siento el latido en mi cabeza

It's the way I'm feeling I just can't deny / Así es cómo me siento, no puedo negarlo
But I've gotta let it go / Pero tengo que dejarlo ir...
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Cuando arribó a Boston fue recibido por un frío arrollador, como el que había sentido en Londres durante los primeros veinte años de su vida, antes de llegar a Barcelona, al sol de España y a las sonrisas de Antonio que- aunque nunca le pertenecieron del todo – le ayudaban a sobrellevar su soledad.

Arhur encendió un cigarrillo, ahora no estaba el bobo de Tony para decirle que le hacía mal, así que nada, se haría pedazos los pulmones. Nuevamente había caído en el patetismo de ir a meterse a un barrio de los malos, en una casa de esas, empujado por la soledad. Lo único que podía decir a su favor es que era un hombre, que tenía necesidades y que si seguía encerrado en su casa escuchando a esa tal Barbra Streisand que tanto sonaba en la radio con sus canciones deprimentes, iba a terminar lanzándose al Charles River.

Era la segunda vez en su vida que venía a un lugar de estos a buscar chiquillos de mala vida, no estaba exactamente viejo a sus 34 años, pero no era un jovencito tampoco, no se justificaba su nerviosismo antes de entrar al bar "Basta, eres un hombre grande, con necesidades..." se repitió, aunque se sentía mal porque solo habían pasado unos días desde que se instaló a trabajar en la Universidad de Cambrige. Consiguió un pequeño departamento en Summerville de un solo cuarto que le dificultaba mucho sentirse en un hogar, en especial porque años antes la palabra "hogar" había estado asociada a fruteros, manteles, paneras y ese tipo de cosas que uno pone en la mesa cuando se cenas en compañía; también estaban discusiones por el turno de uso del baño, una cama amplia y cálida. Todas esos eventos cotidianos que ya no formarían más parte de su rutina.

Se sentó en un banquillo frente a la barra a pedir un ron solo, vigilando a su alrededor. Cerca suyo un chiquillo que parece veinteañero parece estar tomándose una de esas horrendas cervezas americanas que parecen agua o pis. Está solo como él, tiene una melena lisa y rubia con un remolino de pelo en la frente, usa gafas y tiene la expresión más aniñada que le ha visto a un tipo de su complexión y estatura. Se le figuró una presa ingenua y fácil así que intentando hacerse el caballero simpático le saludó.

-Buenas noches – dijo con la mayor compostura. El muchacho le observó, grandes ojos azules y una sonrisa de oreja a oreja.

-Hola, amigo ¿Què hay?

Ese fue el primer choque cultural. Arthur juntó toda su paciencia para no espantarse por semejante uso del lenguaje y restauró su sonrisa conquistadora.

-Bien, gracias ¿Con quien tengo el honor?

-Alfred Jones, el héroe.

Entonces el británico soltó una risa espontánea, porque le pareció ridículo, jovial e inesperado que un desconocido le dijera algo así. Se controló lo más pronto posible para no ofender a su interlocutor.

-Lo siento... Arthur – dijo presentándose.

-¿Arthur a secas?

-Solo Arthur – recalcó sentándose en la butaca de más al lado.

-¿Y què hace el misterioso Arthur en el estado de Massachussets? Porque veo que eres inglés...

-Bueno ahora me estoy tomando una copa contigo.

El americano puso un gesto de chiquillo curioso y le dio un sorbo a su cerveza.

-¿Y cuando no te tomas una copa conmigo que es lo que haces?

-Eso depende, puedo leer un libro o fumar un cigarrillo, tal vez ambas.

-¿Y sobre qué lees? - preguntó entonces interesado – a mi me gusta leer, pero sobre las estrellas, el universo, el origen de los planetas.

-Mira tú que casualidad, también me gusta leer sobre las estrellas y entonces comenzó con una de aquellas estrofas con las que siempre lograma impresionar a la gente.

-Not from the stars do I my judgment pluck, / No de las estrellas es que establezco un juicio
And yet methinks I have astronomy;/ y sin embargo parece que tengo la astronomìa
But not to tell of good or evil luck,/ pero no para contar la buena o mala suerte
Of plagues, of dearths, or seasons' quality; / plagas, muertes o la calidad de las estaciones

-¡Wow! - se asombró Alfred - eso fue genial ¿Lo has inventado tú?

Arthur comenzó a reír por segunda vez desde que había conocido al muchacho.

-Qué más quisiera, pero no... es de Shakespeare, el soneto catorce.

-No he leído mucho de él, aparte de lo que me dijeron en el colegio, pero suena genial cuando lo recitas ¿Sabes mucho de èl?

-Digamos que es mi trabajo saberlo – contestó el inglés siendo críptico nuevamente. Alfred quiso volver a preguntar, pero Arthur le incitó a hacer un salud y entonces hablaron de otras cosas, más que nada de las estrellas y aunque Alfred parecía ser un chico inteligente el inglés no quería involucrarse más allá de esto: la adrenalina de seducir a un desconocido en una noche. Arthur lleva mucho tiempo deprivado de un cuerpo caliente, ya no está para preámbulos pueriles, cuando termina su segundo vaso, sin aviso le agarra la cabeza al muchacho para tomar sus labios; Alfred responde entusiasmado por unos minutos, acercándolo con un agarre en la cintura, no obstante, cuando Arthur le toca la entrepierna, reacciona con un sobresalto y lo aparta.

- ¿No crees que vamos muy rápido? - Establece queriendo volver a ese agradable punto en que estaban minutos antes.

-Vamos la noche no es tan larga – Arthur reparte besos en su cuello intentando persuadirle - y tengo asuntos que atender.

-Creo que me malentiendes, yo no busco un polvo nada más- el americano lucía serio y hasta suplicante.

-Entonces no estás buscando nada conmigo – el británico se levanta abrúptamente y se retira sin que el americano lo pueda convencer de darle su número de teléfono.

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Alfred no había podido parar de pensar en él por el resto de la semana, era su primer beso con un hombre, era la primera vez que tenía contacto físico con alguien que le gustara y encima de eso era un hombre mayor, misterioso, inteligente que hablaba como si supiera de todo: era en resumen atractivo, y Alfred, siendo experto en física, sabía que cuando la gravedad actuaba no se podía luchar con ella. Tenía que buscarle, y supuso que un hombre que sabía tanto de literatura y de Shakespeare solo podía encontrarse en bibliotecas, librerías o en alguna universidad.

Estuvo dos semanas corriendo entre las tareas del doctorado en Astrofísica que cursaba en el MIT, su casa y buscando en sus tiempos libres en bibliotecas pùblicas de Cambridge. Sus ansias iban aumentando al no tener noticias y de alguna manera la nostalgia de escuchar la voz del desconocido lo hizo buscar en una tienda de libros usados, un volumen de los sonetos de Shakespeare. Recordó esa nueva forma de aproximarse a las estrellas desde la belleza de las palabras; buscó el soneto catorce e, imaginando la voz profunda del inglés leyó en silencio.

But from thine eyes my knowledge I derive,/ pero de vuestros ojos derivo mis conocimientos
And, constant stars, in them I read such art/y, estrellas constantes, en ellos leí como arte
As truth and beauty shall together thrive/ Tanta belleza y verdad en ellos prosperan
If from thyself to store thou wouldst convert:/que si en ellos mismos conservar tu quisieras
Or else of thee this I prognosticate,/ o de ellos yo pudiera vaticinaros
Thy end is truth's and beauty's doom and date. / vuestro destino final es eterna verdad y belleza

Fue interrumpido por unos una pareja de estudiantes que parecían ser más jóvenes y más entusiasmados que él.

-La clase del profesor Kirkland fue alucinante

-Pero es un poco serio ¿no crees? Da miedo...

-Solo se ve a así por sus cejas ridículas

Ante la mención de cejas ridículas Alfred cerró el libro de un golpe, y los asaltó con la pregunta, agitado, atemorizando un poco a los chicos con su ímpetu.

-Disculpen, este profesor Kirkland, ¿se llama Arthur?

-Sí – contestó la muchacha.

-¿Es ingles? ¿Rubio, como de éste porte? - indicó con sus manos señalando unos centímetros bajo su propia cabeza.

-¿Sí?- la chica ya estaba intrigada.

-¿Dónde hace clases? ¿Dónde lo puedo encontrar?

-En el departamento de literatura inglesa... si quieres puedes apuntar la dirección.

No hubo que decirlo dos veces. El astrofísico anotó las intrucciones agradeciendo mil veces antes de tomar un taxi, en espera que no fuese demasiado tarde. No había ya nadie, pero peguntando al secretario académico se enteró de las clases que dictaba el inglés, así, dispuesto a todo, se aventuró a volver preparado al día siguiente, golpeó la puerta en horario de oficina y su pecho dio un salto al escuchar la voz y el acento europeo.

-Adelante.

Tomando aire antes de su presentación el científico comenzó.

-Thou fair hair'd angel of the evening,/ Tu bello cabello de ángel de la noche
Now, while the sun rests on the mountains light,/ ahora que el sol se apoya con su luz en las montañas
Thy bright torch of love; Thy radiant crown/ Vuestra brillante antorcha del amor, vuestra radiante corona
Put on, and smile upon our evening bed! / Póntela, y sonríe sobre nuestro lecho nocturno

-¿William Blacke? ¿En serio? - preguntó incrédulo de escuchar una de las vacas sagradas de la poesía inglesa en la boca de un astrónomo americano. Pero luego su sorpresa mudó en cierta descortesía al interrogar - ¿Qué haces acá, niño?

-Encontrarte finalmente – contestó triunfante sentándose en frente del escritorio del académico - Ese día no me dijiste nada de ti, solo hablamos de tus viajes de Shakespeare y cosas así… y necesito saber todo sobre ti si vas a ser mi futuro marido.

-¿Qué? – era definitivo, era un imán de imbéciles. Primero Antonio con su idiotez y ahora este americano insoportable con su cara de niño de párvulos y sus sonrisa que màs que un gesto amable parecía un arma.

-Tengo mucho que hacer, no puedo perder tiempo con esto- Estableció como una indirecta grosería que esperaba fuera comprendida por su interlocutor, mas Alfred seguía allí esperando la respuesta que él quería oír.

-Vamos, no te entiendo, vas a un bar de esos, me hablas, me invitas a un trago, conversamos por horas, luego me robas un beso – ante esto el profesor comenzó a chillar histérico que se callara – y ahora ¿quieres que pretenda que no pasa nada? A mí me gustó mucho conocerte Arthur, así que te pido humildemente que por favor salgas conmigo a almorzar.

El inglés entonces se estaba agarrando el entrecejo adivinando que podría atacarlo una jaqueca en cualquier momento. El jovencito no tenía intenciones de irse y así, de mala gana, se levantó de su escritorio, agarró su saco y anunció.

-Yo almuerzo ahora, si quieres vienes – el astrofísico se le levantó entusiasmado tras él. Entonces Arthur se enteró que Alfred tenía veinticinco años, casi diez años menor que él, que era nacido en Nebraska, críado en Nueva York y que ahora soñaba con descubrir los misterios del universo. Hablaba de Súperman con la misma facinación con la que hablaba de la nebulosa de Orión y cuando Arthur le iba a decir que no le interesaba tanta ciencia ficción era neutralizado por una sonrisa de dientes blancos. Al otro día volvieron al almorzar, y al siguiente, y al siguiente. Alfred seguía materializándose en su oficina; Arthur hubiera querido entonces poder saber algo de física y construir un láser que solo fuera capaz de desintegrar los átomos de ese cretino, porque toda la situación le era familiar: Los nervios, el encanto, esa involuntaria sensación de estarse encariñando con alguien a quien definitivamente no quería en su vida.

Sin embargo el tiempo pasaba y más se veían, y más lo necesitaba. Aunque no era capaz de darle un número de teléfono o la dirección de su casa, Alfred siempre sabía donde encontrarle y a qué hora; maldijo por eso sus hábitos, rutinas y horarios. Tuvieron que pasar unos seis meses para que Arthur terminara proponiéndose cenar en la casa del chico, y de cena nada. Hubo un beso más y un seco "Esto no es algo de una noche chiquillo, así que no te tienes que poner escandaloso". Eso a Alfred le bastó para ser receptivo y llevarle a su habitación.

Arthur envolvió su cuello, cerrando a distancia, el latido constante y en aumento del estadounidense era lo único en lo que se concentró por ese momento. Alfred le devolvía el beso con una lentitud que parecía impropia de su energética personalidad; el literato asumió que estaba tratando de adaptarse a su modo de hacer las cosas y eso le gustaba. Hacía mucho que alguien no hacía algo para darle en el gusto o que alguien no se preocupaba por él lo suficiente como para ello. Pasaba el tiempo y Alfred demostraba que quería hacerlo sentir bien, lamía sus labios, los succionaba, abría la palma de su mano en la espalda del inglés teniendo cuidado en masajear su columna.

-Mi pelo – ordenó entonces Arthur – me gusta que me jalen un poco el cabello – el jovencito no se hizo esperar y obedeció a esa y a todas las peticiones que el inglés le hizo: se recostó sobre la cama, se dejó desvestir, abrió las piernas, lo llamó por su nombre para dejarle en claro que quería estar con él y no con otra persona del pasado.

-Te deseo -sale de la boca del inglés. A Alfred eso no le basta, él no solo lo desea, no es solo su cuerpo lo que le interesa, pero en semejante posición y estado mental no protesta porque Arthur pasa sus colmillos por su clavícula de un modo juguetón, lo único que sale es una débil queja, el nombre del inglés que repitió en varias de las noches de aquellas dos semanas en que lo estuvo buscando luego de ese primer encuentro en el bar. Arthur lo agarra con firmeza con una de sus manos para distraerlo de lo que está haciendo con sus dedos no muy lejos de su sexo. El estadounidense ahoga toda protesta posible, el mayor se da cuenta de su incomodidad y lo besa en los labios para tratar de hacerlo un poco más placentero. Las sensaciones explotan en cada pulgada del primerizo cuerpo del menor que ha perdido todo auto control y suelta una especie de gruñido.

Fue entonces cuando el inglés se dio cuenta de que no tenía que ponerse rudo con el chico, que esta vez no tenía que hacer nada para marcar su propiedad sobre él porque Alfred ya se había declarado como suyo mucho antes de llegar a esta instancia. La ultima vez que estuvo con un hombre fue cuando le hizo el amor a Antonio en Barcelona. Había sido un momento agridulce en que se concentró en atesorar cada una de las expresiones de ese rostro gitano, porque lo había amado con dedicación y aunque se alegraba de que fuese suyo siempre estuvo la duda, la sombra terrible que le susurraba que el sentimiento no era mutuo y entonces venìa esa puñalada traicionera, la impotencia de no saber qué hacer para que Tony dejara de pensar en ese italiano.

Ahora estaba con un jovencito diez años menor que él y nuevamente, en contra de sus deseos iniciales, había sucumbido ante sus sentimientos, con la diferencia de que ahora ese antiguo pánico no estaba allí; no había manera que Alfred se tomara todas esas molestias de forma gratuita si no tuviera un real interés en él, aunque sinceramente no podía entender por qué. Por muchos años Arthur siguió teniendo problemas en comprender por qué alguien podría llegar a quererlo. Era una suerte que Alfred fuese tan paciente.

Debió esperar cinco meses más para que el inglés lo invitara a su hogar y entonces, abruptamente al despertar abrazados Alfred declara "Quiero despertar contigo así todos los días" a lo que el británico contestó con desdén "Como quieras". La alegría de Alfred es como un sol en pleno enero y Arthur piensa – muy contra de su voluntad - que ha encontrado un tesoro justo en el lugar menos pensado, cuando había perdido todas sus esperanzas.

-Ahora que estoy contigo, Artie, lo único que me falta es que podamos casarnos – le dijo una mañana cualquiera el astrofísico.

El britànico ignoró el molesto apodo llevado por la estupefacción que le produjo la confesión de su eternamente ingenua pareja. Quiso decirle que era ridículo, que eso era aún más imposible que todas sus novelas de ciencia ficción y que se bajara de su nube ahora antes de que comenzara a sufrir por su exceso de idealismo, pero simplemente se mordió el labio para no reír. Alfred conocía de sobra ese gestito, se acurrucó contra él para refutarle.

-No te creas, algún día acá en Massachussets el matrimonio entre personas del mismo sexo será legal, entonces tú y yo caminaremos al altar con smoking y te besaré orgullosamente frente a todo el mundo.

-No seas absurdo – había dicho finalmente el inglés, con un deje de molestia y de diversión en la voz.

Un día de Diciembre del año 2004, Alfred se dio el gusto de cerrarle la boca al testarudo profesor de literatura. Luego de treinta años juntos y ambos rodeando los setenta años (por encima y por debajo) se dieron el gusto de besarse en smoking mientras sus amigos los aplaudían por su recién contraído matrimonio.

Arthur Kirkland solo había ido dos veces a un pub de mala muerte a buscar un desconocido para pasar la noche e irónicamente esas dos veces lo único que había encontrado eran hombres sonrientes y desesperantes que en vez de entregarle un polvo se robaban su corazón. Solo que esta vez no se lo devolverían.

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(1) Parte de la canción "We found love" de Rihana. Normalmente no me gusta mucho esa chiquilla, pero esta canción me mata.

Dedicatoria: Esto va más para July y Lady Orochi, hasta me siento mal por haberme cambiado de religión.

A Alega solo le puedo decir que pensé en la posibilidad de un fruk, pero Francis es amigo de Antonio y si hubiera sido con él, Arthur hubiera seguido teniendo noticias de Tonio y no le hubiera olvidado jamás, con lo masoquista que es. Eso y que se hubiera enterado de que Lovino se fue a vivir con él y seguro le da un ataque de espanto. Así que nada... al menos es un ukus y no un usuk.