Disclaimer: La serie 'Merlín' pertenece por entero a la BBC. Sus personajes no me pertenecen. ¡Sólo los tomo prestados para un bien mayor... Merthur!
[8b]
'Trébol de cuatro hojas'
—Parte 2
Final
.
Del mismo lado.
Bueno, fue una hazaña memorable no llegar a una discusión en cinco horas.
Para Gaius, ya acostumbrado a los comentarios estúpidos y manotazos por debajo de la mesa, lo fue.
Incluso se preocupó de verlos en la cocina, sin la tensión helada. Con Merlín siendo más paciente de lo normal, explicando cómo se cocían las papas y con Arturo, sin abrir su boca para lanzar algún comentario ridículo.
¿Será esto la madurez? pensó el médico, mientras se ocupaba de poner la mesa.
—¡Dije que media cuchara, idiota! ¡Le has metido medio bote de sal!
—¡Dijiste una medida proporcional, hay cinco kilos de papas en esa olla!
—¡¿Es qué quieres matar a Gaius?! ¡Trato de cuidar su colesterol!
—Oh, por favor. Le vi engullir un par de panecillos de chocolate esta mañana.
—¿De qué…? ¡Gaius!
Claro. Ahora agárrense con el pobre anciano.
Como el hombre adulto, profesional y serio que Gaius era, el muy listo, fingió sordera, escabulléndose hacia su consultorio, en la parte de adelante de la casa.
Bien, podrían volver a sus peleas infantiles, si con eso dejaban de meterse con su dieta. Que era doctor, por todos los cielos, sabía que hacía.
Quizás.
Si alguien preguntara, fue como encontrar un punto divertido de paz y cotidianeidad en medio de las tardes soleadas. Porque si bien, Merlín seguía siendo el mismo tonto, con sus manías raras—torturando a Gaius, sobre su salud— luchando con su propia torpeza y llevando el sarcasmo, a un nivel ridículo, nadie podría negar, que había algo más en todo eso que parecía brillar. Como chispas, algo ligero cuando reía por la falta completa de práctica de Arturo con los quehaceres domésticos, algo suave cada vez que Pendragon se ocupaba de los entrenamientos de los caballos y comenzaba a explicar, sin tonos maliciosos y con verdadera pasión, sobre todo lo que debía saber para ocuparse correctamente de los animales.
Estaba allí, esa sonrisa un poco torcida, cada vez que Merlín pasaba tiempo con Arturo.
Y Gaius, no fue el único en notarla.
La reputación del rubio, ante la mayoría de los amigos de Merlín, debió someterse a un par de semanas más de evaluación. Gwen, especialmente, necesitaba asegurarse de que las disculpas estaban siendo honestas, que el chico bonito no era el completo cretino que Will o Gwaine estarían dispuestos a derribar si se atrevía a molestar de nuevo a Merlin.
Cuatro días, llenos de viajes en bicicleta hasta el pueblo —Porque, no Arturo, ¿Quién necesita un auto, aquí? Anda, tus piernas de pollo lo necesitan— mandados con medicamentos, listas de compras y paradas en la modesta panadería, para que Percival sea el primero en sonreírle al nuevo rostro de Pendragon. No engañaba a nadie, con esas escusas sobre tomar aire, cuando medio pueblo sabía perfectamente que Merlin era el chico de las entregas y que la única explicación lógica al cambio, era que Arturo tomó su responsabilidad.
Lo mínimo para disculparse por esa mala pierna del muchacho.
Una semana y dos días, para que demostrara que no era tan imbécil como los rumores—cortesía de Gwaine, obviamente— decían. Leer poesía, no era tan mal visto allí. Arturo se sorprendió hasta enrojecer, mientras Merlin le alentaba a comprar esa vieja edición de Whitman, una mañana en que recogían los encargos de Gaius en la librería. Las muletas olvidadas, con su recuperación en alza.
Tal vez, nadie más que Gwen fue consciente lo mucho que aquello significó.
El chico de oro, no necesitaba lugares elegantes y alabanzas, para brillar. Sólo, un par de comentarios llenos de extraño afecto de aquel desgarbado muchacho pelinegro. Un poco de ojos en blanco, por tener vergüenza de ir hasta la caja, donde Guinevere esperaba, un poco de bromas a su costa sin que ninguna le molestara en absoluto… un poco de venganza, poniendo al idiota en la bicicleta, para llevarlo como el bebé que en verdad era.
Un poco de Merlín, para que Arturo sonriera, brillando sin siquiera notarlo.
Y claro, que se necesitó una noche en el pub, cinco cervezas a cuenta del 'niño rico' para que Gwaine, considerara que era mejor que lo que dejó la primera impresión.
Al final de la noche, pasó de ser el 'mimado' a 'princesa'. Y definitivamente, un compañero fiel mientras, el castaño devolvía hasta el último de sus pecados en el baño de servicio.
Pronto el verano, término por asentarse mientras el mundo se olvidaba que Pendragon tenía un hijo en algún lado y se concentraba en ver como Cenred, acaparaba el nuevo foco publico ante las recientes demandas de trabajadores irregulares.
Arturo se encontraba concentrado en hacer que Kilgharrah, obedeciera aunque sea una bendita vez, sus comandos para saltar las vallas sin frenar de golpe, que no notó el sonido del teléfono dentro de la casa.
Fue hasta la hora de cenar, cuando Merlín se ocupaba de su turno de lavar los platos, que Gaius le llamó con seriedad a su estudio.
—Tu padre vendrá en un par de días, si todo va bien, probablemente esté aquí el viernes. Quiere hablar contigo sobre la compañía, me pidió que te alistaras para recibirlo con la carpeta que te encomendó.
Una sensación de vértigo, evitó que Arturo saliera corriendo al momento de oír a Gaius. Su padre. Casi había olvidado lo que se sentía. El temblor en su piel, recordando los papeles que guardaba en el cajón de la mesa de luz. Las acciones que permitirían que su apellido no cayera hasta el fondo, no si mantenían un par de propiedades a nombre suyo.
Incluso si él ni siquiera había pisado nunca esos lugares.
Quizás, ahora con la calma creciente, Uther pensaba comenzar de nuevo. Otro imperio, y lo quería allí, bajo su mirada para que dirigiera el nuevo rumbo.
Merlín fue lo suficientemente listo, para saber que las buenas cosas que alejaban todo esa basura de aura de cretino, no se habían perdido. Arturo continuaba trabajando, llamándolo torpe y sonriendo con todos los dientes a Will, que se negaba a aceptarlo aún. Era listo, para ver, cuando el rubio creía que estaba lejos de ojos extraños, como su semblante decaía y sus ojos se negaban a abandonar el nivel del suelo.
Por todo eso, el mejor remedio fue improvisar. No podría ir en contra de su estilo.
Y mientras el calor se filtraba por las ventanas de la sala, Merlin medio sucio después de una extensa búsqueda, colocó la vieja radio sobre el sofá de tela.
—Por favor, funciona.
Gaius podía fingir muchas cosas, como que no escuchaba conversaciones ajenas y que no consumía una reprochable cantidad de dulces a su edad. Pero que fue un tipo divertido, en algún momento de locura juvenil… nunca. No si contaba con la encantadora Señora Alice, de la herboristería y con álbumes de fotografías que su madre le enseñó.
Junto a la radio, la caja de zapatos—Botas texanas, por los dioses. Mamá necesita oír ese chisme sobre Gaius— contenía una veintena de casetes, con diversos mixs.
Oh, esto se iba a poner bueno.
Y cuando los Rollings Stones comenzaron a sonar, Merlín ahogó las carcajadas para, con cuidado, adelantar la canción. La proxima melodía, cambió completamente el ambiente.
You're just too good to be true
Can't take my eyes off of you
You'd be like heaven to touch
I wanna hold you so much
Era un comienzo demasiado bueno.
—¿Qué estás haciendo?
Arturo estaba en el marco de la puerta de la cocina, con esa mueca divertida, dejando que la luz le cayera en el cabello, haciéndolo ver casi como una aparición. Por supuesto que Merlin, ignoró esa línea de pensamiento. Por su propio bien. No dedicaría ni un segundo a ver como la remera oscura, estaba manchada con sudor, tierra y probablemente heno. Ni que llevaba los pantalones como ningún maldito mortal podría.
At long last love has arrived
And I thank God I'm alive
You're just too good to be true
Can't take my eyes off of you(*)
Era imposible. Era Arturo Pendragon, y él sabía eso.
—Gaius tenía un secreto oculto.—Sabia que la curiosidad era un punto débil en el chico, así que se ocupó de revisar la caja, mientras escuchaba los pasos en su dirección— Debió tener mucho tiempo libre.
—O un par de chicas que impresionar.
Arturo tomó un casete, con un par de garabatos escritos y lo que, aparentemente, era un corazón flechado. Alzó una ceja, encarando a Merlin.
—Ya sabes, lo cursi es bueno. Casi tanto como la poesía.
Ah, fue encantador ver como esa cara se tornaba roja.
—Cállate, Merlín.
No importó, porque el propósito estaba allí. Una sonrisa, lejos de sombras sospechosas.
Quizás no tenían tiempo. Quizás todas esas razones para que Arturo escapara de Londres, pronto lo alcanzarían. Porque Merlín no era tonto, comprendía mejor ahora quien estaba de pie a su lado, tarareando algo que sonaba como la versión original, antes que la tomara Gloria Gaynor.
Lo mejor que podían hacer, hasta entonces era permanecer uno junto al otro.
—¿Quiere bailar, su alteza real?
Fue divertido, el rojo pintando los rasgos masculinos de Pendragon. Su boca ligeramente abierta, y ese pequeño paso hacia atrás por reflejo.
Era increíble que en medio de esa sala con aroma a hierbas mentadas y lavanda, Merlin descubriera que a pesar de lo que podría venir, este se convertiría en uno de los recuerdos más valiosos de su vida.
Un corazón no podía latir de esa manera, según Arturo. No así, ni por mirar como el ridículo Merlin Emrys, movía su cabeza al compás de una canción anticuada. No así, sintiendo que algo estaba siendo abierto en su pecho, dejándolo vulnerable. Tan desnudo, que sólo quería huir…
Pero esa voz, esa voz que durmió durante tanto tiempo en su mente, se negaba a todo acto de cobardía.
Ya no más. No más.
Había una línea que ambos acabaron por borrar, mientras sonaba The Beatles y Merlin se disculpaba por pisar los pies de Arturo. Esa línea que dejaba paso, a más miradas largas que las que ya compartían, a bromas que terminaban con sonrisas mucho más intimas... a roces en espacios abiertos, con excusas de que el otro no sabía cómo hacer la tarea del día.
Fue un sueño hermoso, susurrante de fantasías que ninguno pudo nombrar.
Fue un verano amado.
Lo fue, hasta que Uther Pendragon llegó con casi dos semanas de retraso.
Y el mundo real, rompió la burbuja de esas tardes en la sala.
—Con el procesamiento de Cenred, podemos recobrar fuerzas. Debemos volver al campo, antes de que Morgause encuentre algún amparo ridículo y quiera arrastrarnos al lodo, con ellos.
—Las propiedades, están-
—No, Arturo. Te necesito en Londres lo antes posible. Tengo una pequeña comisión, que nos apoya. Recobraremos parte de las acciones.
—¿Cómo eso es siquiera posible? Pensé que...—El rubio se paseaba, de pared a pared, en el estudio que Gaius les cedió— ¿De dónde salieron estas alianzas? ¿Dónde estaban cuando estábamos a punto de ser ejecutados?
Uther apretó con disgusto el cristal del vaso, el whisky realmente no estaba calmando su mente. Menos aún, la imagen de su hijo. Si es que era su hijo.
—Siempre hemos sido el líder en el mercado, las firmas de constructores están inquietas desde nuestra salida.
—No escuche de ninguno de ellos, cuando estas a punto de tener un infarto con las cámaras apuntándote. — Su voz se elevó, sorprendiendo a Uther y dejando que algo nuevo creciera allí— ¿Crees que es un simple borrar y comienzo de nuevo? Papá, estamos marcados. Esto puede pasar de moda en las noticias, pero las personas no olvidan. Nuestros clientes no lo olvidarían.
—¿Y qué se supone que hagamos? ¿Continuar escondidos, esperando que el apellido se hunda en causas judiciales? ¡No crié un cobarde, Arturo! Vas a retornar, seguiremos adelante y-
—¡Se acabó, entiéndelo! Todo lo que teníamos, el prestigio, los clientes, ¡Todo se termino! El imperio cayó papá, no voy a tomar un lugar en ruinas y fingir que nada paso.
La mirada atónita de Uther, era peor que su silencio. Dejó a un lado el whiskey, parándose frente al muchacho. Su mandíbula tensa, casi reflejando la tormenta que se desataría en la habitación.
—¿Crees que tienes una opción? ¿Qué esto se soluciona con moral? ¡No te lo estoy preguntando, maldición! ¡Es tu deber!
Durante años, ese rugido había formado parte de los mayores miedos de Arturo. Era un combo devastador, oír y ver, como todo pequeño rastro de afecto se vaporaba cuando se ponía en juego los negocios. Así había sido siempre. No era un hijo.
—No. No es mi deber. Nunca lo fue— Quemaba, el pecho de Arturo quemaba lentamente, mientras dejaba salir a esa voz que creció demasiado para obviarla.
No más.
—No voy a volver. No voy a seguir con nada de esto. Puedes quedarte con todas las propiedades, incluso con todas las maniobras para ponerme como tu maldito testaferro.— Caminó hasta el escritorio, tomando la carpeta de la tapa roja y lanzándosela sin reparos a su padre. Sus ojos centellando con acero— El apellido Pendragon, merece más que esto. Merece más que una salida fácil y alguien que deja todo lo que de verdad importa, por un poco de dinero.
Merlín encontró cerca del anochecer, el silencio embotado en la habitación de Arturo. Junto a ese mudo dolor, a un muchacho exhausto. Con los ojos rojos, un labio partido y sin apellido.
—¿No te dije que era un gran error?
—¿Y tú jamás escuchas, cuando te digo que de verdad lo tuyo no es pensar? Déjame decidir a mí, las conclusiones sobre tu nivel de tontera.
Esa vez, en medio de una penumbra, nubes violetas y un par de estrellas como testigos, Arturo besó a Merlin. Con dulzura. Con respuestas y aceptación.
Con magia.
Quizás no requería más hogar, que ese pequeño y malvado chico de orejas ridículas.
Para comienzos de Septiembre, el cielo de Escocia estaba despejado, un azul limpio y puro. Merlin trataba de meter en los bolsos la ropa y los libros adecuados. Gaius estaba cocinando algo para que disfrutara en su viaje de regreso a la universidad.
—¿Entonces, eres el futuro de las nuevas generaciones?
Arturo seguía siendo un arrogante cretino, con brazos bronceados y voz candente. Pero al menos, dejaba de verse tan omnipotente ante la despedida temporal.
—Admite que estas celoso. ¿Quién no me desearía como el profesor de sus hijos?
Uther había dejado sin herencia a su único hijo varón. La prensa enloqueció y porque nadie realmente sabía dónde estaba el antiguo chico dorado, Arturo decidió que planearía con cuidado sus próximos pasos.
Como el de matricularse en una universidad pública, mientras el proyecto con los caballos y la guía para nuevos jinetes daba signos de ser un recurso apreciado. Gwen se ocupó de entregarle más material. Gwaine y Percival, parecían cómodos ayudando en el mantenimiento, aunque el primero de ellos debía también volver a sus aburridas cátedras de leyes.
—¿Vas a extrañarme?
Podía ser un momento fugaz, ambos se lo habían planteado. Un flechazo que duraba lo que el sol tardaba en volverse tibio y lleno de hojas secas. Podrían ser sólo una coincidencia. Un recuerdo bonito.
—Dios, eres tan insoportable, Merlin.
En verdad, Arturo se sonrojaba. Y la sonrisa del pelinegro, iluminaba una ciudad entera.
—Cómo digas, mi madre quiere conocerte.
—¿Hunith? Creí que ella estaba en Irlanda, ya sabes con tu padre.
No que alguien estuviera teniendo un pequeño ataque de pánico, ante la posibilidad de conocer a sus suegros.
—Papá jamás se queda mucho allí. Ya sabes, escoses e irlandeses… eso no acaba bien. Excepto si te enamoras primero.
—Suena muy familiar para mí.
No eran una coincidencia. Jamás podrían ser menos que esa calidez, llena de querer y lealtad.
—No te preocupes. Mamá ya está encantada contigo… Papá, bueno es irlandés.
—Me haces sentir mejor, en serio. — Y para expresarlo, le revolvió el cabello hasta que el otro lo empujó a un lado. Sería extraño pasar las tardes sin música, sin insultos poco velados y ahora más aún, cuando descubría los ángulos indicados, en el cuerpo pálido de Merlin.
Gaius le llamó desde la planta baja, con la cena preparada.
—¿No vas a ponerte a llorar, cierto?
Quizás Merlin jamás lo supiera, nunca por boca de Arturo, pero a veces cuando la habitación estaba en penumbras, con tibia luz del pasillo… se producía un centellante dorado en medio del azul de sus ojos.
Como gotas de oro, chispas en una sonrisa abierta.
—Calla, cretino. Que estoy seguro que apenas ponga un pie fuera de aquí, vas a llorar como magdalena ¿Cómo te las vas a arreglar para no incendiar la casa? ¡Qué mala suerte para Gaius!
—Eso puede arreglarse, chico irlandés.
Y ese beso, significó muchas cosas: una despedida, un comienzo, un nosotros, un mañana.
Pero sobretodo, un 'te llevo conmigo, Merlin'.
Las líneas por fin, habían encontrado el punto donde se cruzaban.
[ Fin ]
(*) Canción Can't take my eyes off of you De Franki Valli
¡Hola Pollitos! ¿Sorpresa? :'v No, no abandone. Lamento la demora, pero ya saben cuanto más cerca de fin de año, peor se pone todo (estrés, estrés everywhere) ¡Fin, para Treból de cuatro hojas, yas! Espero que les haya gustado. ¿Se nota que me entusiasme con la segunda parte? XD Siento si no quedo muy coherente, pero les juro que saque casi una hoja de delirios que me atacaron. En fin, voy a ir cerrando esta serie así que quizas unos cuatro capitulos y debere despedirme.
¡Contestando a Annimo 14!: ¡Muchas gracia por leer! :3 Me alegra que te hayan gustado y... ;^; Comparto el sentimiento Malditos escritores de la BBC ¡Lo que desperdiciaron si tan sólo Arthur hubiera descubierto la magia de Merlin antes! Es una herida que jamás cerrara del todo. Espero que esta actualizacion te guste. ¡Un beso !
Estare trabajando para darle un cierre a los capitulos que nos quedan ;)
¡Gracias por leer!
Buenas vibras a todxs (ノ*ヮ*)ノ:・゚
