Capítulo 9:
— ¡Papá!
Al ver a su padre saliendo de su vehículo de gama de lujo frente a la casa, Kagome gritó su nombre y corrió hacia el vestíbulo para marcharse. Cogió unas bailarinas color lila del armario de los zapatos y se las colocó a la pata coja mientras caminaba hacia la puerta. Apenas se despidió de su familia con un grito de despedida antes de salir de la casa. Estaba demasiada contenta por ver a su padre después de tanto tiempo separados. Aunque acostumbraba a verlo poco más que en una ocasión al mes, lo echaba en falta. Se negaba a tomar por costumbre el hablar únicamente por teléfono.
El día era soleado para su suerte. En el parque de atracciones se lo pasarían de maravilla con tan buen clima. Le encantaban los parques de atracciones, más aún en tan buena compañía. Takeo Higurashi ejercía poco de padre, pero lo hacía maravillosamente cuando le tocaba. Con ella al menos siempre acertaba. Parques de atracciones, partidos de béisbol oficiales, la NBA, practicar deportes de riesgo. Él le aportaba todo aquello que no podía darle su madre, y le encantaba.
Se lanzó sobre su cuello en cuanto lo tuvo a su alcance para abrazarlo. Hasta que su padre la abrazó ese día, no fue verdaderamente consciente de lo mucho que necesitaba que alguien la abrazara tiernamente, con cariño. Por un momento, creyó falsamente tener exactamente eso con Inuyasha. Ya no era tan tonta. Había aprendido la lección por las malas.
— Buenos días, princesa. — le dio un beso en la frente — ¿Cómo te encuentras hoy?
— Mucho mejor. — sonrió — ¿Vamos ya?
— Sí.
Kagome se subió en el asiento del copiloto del BMW negro de su padre de un rápido movimiento. No recordaba que ese fuera su coche la última vez que se vieron. ¿Era nuevo? El otro no parecía viejo. Sí que le iba bien a su padre, lo que enfurecería a su madre. La pensión… el tema de la pensión era un tema muy delicado a decir verdad. No quería intervenir, no quería pedir nada, ni decir nada, mas no lograba entender que un hombre con tanto dinero no mandara dinero a su madre para mantener a sus hijas.
Esperó a que su padre montara con la impaciencia de una niña. Estaba deseando llegar al parque, aunque su deseo provenía, sobre todo, de la necesidad imperiosa de alejarse que sentía su corazón desde que Kikio dio la "gran" noticia de su matrimonio. Echó un último vistazo a la casa para descubrir que Kikio e Inuyasha también montaban en el coche. ¿A dónde irían?
— ¡En marcha!
Dio un brinco en el asiento al escuchar a su padre exclamar aquello tan de repente. Se giró, ignorando por completo a Inuyasha, y miró a su padre de reojo mientras conducía. Para su edad, seguía teniendo muy buen porte. Alto, musculoso, sano, piel bronceada, ojos verdes, cabello azabache. No le extrañaba que su madre perdiera por completo la cabeza por él en el pasado. La verdad era que hacían una pareja maravillosa. En las fotografías parecían tan felices que cualquiera se preguntaría cómo un matrimonio así terminó en divorcio.
Se reclinó en el asiento, tratando de relajar la espalda, e involuntariamente desvió la mirada hacia el retrovisor. Juraría que su hermana e Inuyasha les estaban siguiendo.
Efectivamente. Media hora después, descubrió que, tal y como había imaginado, su hermana los estaba siguiendo hasta el parque de atracciones. ¿Cómo podía ser tan mala pécora? La estúpida Kikio le había pedido a su prometido que la llevara al parque de atracciones con el único propósito de fastidiarle el día con su padre. La conocía demasiado bien como para tragarse el cuento de que se les ocurrió a ellos solos. Además, su hermana odiaba a los niños, y ese lugar estaba infectado de ellos.
Enfadada y a punto de explotar, se apoyó contra el muro de la entrada mientras esperaba a que Kikio dejara de darle la murga a su padre para poder entrar. Una vez más, tan aburrida como furiosa, se llevó un dedo a los labios con la intención de morder la uña. Por suerte, pudo refrenarse a tiempo de no recuperar esa manía tan odiosa. Para colmo, hacía un calor infernal en aquel lugar, el sol le daba de pleno.
— Kagome…
Levantó la vista lentamente para pasar de ver unas playeras blancas de nike con modernos adornos azul marino, a un pantalón de Adidas negro, una camiseta de tirantes roja que no podía cubrir la perfección de la poderosa musculatura de Inuyasha que ella tan bien conocía, y, finalmente, el rostro del hombre causante de todos sus males.
— ¿Qué quieres, Inayasha?
Dejaría bien claros los términos desde el principio. Volvían a ser enemigos.
— Kagome, no empecemos otra vez con eso, por favor. — le suplicó — Pensé que habíamos enterrado el hacha de guerra…
— Tú lo has dicho, habíamos, en pasado… — le miró con rencor — Después de lo que me has hecho, no pienso perdonarte.
Estaba decidida a ser impasible con él. Odiaba cómo había jugado con ella, y se lo demostraría.
— Kagome, yo no pretendía…
— ¿El qué? — le replicó — ¿Montártelo con la hermana de tu novia? ¿Hacerme ilusiones con algo que no iba a ocurrir nunca? ¿Prometerte con ella?
— Las cosas no son así — prometió — Si me escucharas… tu hermana…
No podía decirle que Kikio le había amenazado con suicidarse, ¿o sí? Estaba hecho un lío. El lunes por la mañana tenía muy claro lo que tenía que hacer. De repente, con la amenaza de Kikio, todo se volvió un absoluto caos del que no sabía cómo escapar. No podía casarse con ella por pena o por miedo. Tampoco podía perder así a Kagome. Sabía que había algo por lo que merecía la pena luchar entre ellos. Quizás, si le explicaba la situación, lo entendería y se mostraría permisiva. Al fin y al cabo, a pesar de llevarse mal, eran hermanas; no creía que le deseara ningún mal a la otra.
Suspiró resignado por la encrucijada en la que se encontraba, dispuesto al diálogo para amistarse. Kagome, por el contrario, le dejó muy claro lo poco dispuesta que estaba para el diálogo al ignorarlo abiertamente para correr hacia su padre en busca de su atención paterna.
— Papá, ¿cuándo vamos a entrar? — le agarró el brazo — Aquí hace mucho calor.
— Tienes razón. — admitió — Kikio, nosotros nos vamos ya.
Kikio se quedó callada durante unos segundos sin saber qué contestar cuando su padre no la incluyó. Después, frunció el ceño, y le agarró su otro brazo libre con una falsa sonrisa.
— Pero no hace falta que nos separemos, ¿no? Podemos ir todos juntos.
— ¡No! — exclamaron Inuyasha y Kagome al unísono.
Sorprendidos por haber llamado tanto la atención en la única ocasión que se mostraron de acuerdo, ambos se sonrojaron, y miraron hacia otro lado tratando de ignorar las miradas que les enviaba Kikio. No lo dejaría pasar. Tenía que hacer algo antes de que su padre cayera también en sus garras. ¡Aquel era su día!
— ¡Papá, me prometiste que iríamos tú yo solos! — le reprochó.
— Tienes razón…
— ¿Y qué pasa conmigo, papá? — le peguntó Kikio.
Inuyasha se golpeó en la frente, sabiendo que Kikio ya había ganado, y le dirigió una mirada lastimosa al padre de Kagome. El pobre hombre se encontraba en una auténtica encrucijada entre sus dos hijas, quienes admitían abiertamente que no se soportaban, y exigían su atención al mismo tiempo. Solo tenía una opción que enfadaría y contentaría a ambas en igual medida.
El día estaba resultando más que horrible, o, al menos, a su parecer así era. Kikio eclipsaba toda la atención de su padre, y la de Inuyasha. Si no se tropezaba, quería que le comparan algo, si no le daba miedo montarse en una atracción o se sentía intimidada por supuestas miradas lujuriosas de algunos hombres. Le había estropeado su gran día para desconectar y olvidarse de la pesadilla de esa semana, y encontraría la manera de devolvérselo cuando llegaran a casa costara lo que costase. Estaba harta de que todo el mundo la ninguneara.
Dio una patada a una piedra que había en el suelo, y siguió su trayectoria hasta que chocó con el muro de un stand. Se acercó al lugar para curiosear. Todo estaba lleno de preciosos peluches para que el cliente escogiera. Solo había que pagar el ticket, probar suerte y obtener el puntaje para llevarse uno de esos muñecos. Lo intentaría de no ser porque no llevaba apenas dinero. Además, aunque jamás lo diría en voz alta, ese tipo de juegos con escopeta de aire comprimido se le daban fatal. Una lanzadora magnífica, pero una pistolera pésima.
Alguien escogió ese momento para aparecer por detrás. Saltó al sentir la presencia y casi gritó del susto. Era Inuyasha.
— Tranquila, soy yo.
— ¿Qué quieres, idiota?
— No te pongas así… — sacó la cartera — ¿Quieres que te consiga algún muñeco?
La mera imagen en su cabeza de Inuyasha derribando con una escopeta todos los patos para conseguirle el mejor peluche le calentó el pecho. Era algo tan romántico, tan de película. Desearía ser una de esas tontas chicas por un momento. ¿Y luego qué? ¿Olvidarse por completo de lo que Inuyasha le había hecho? ¿Perdonarlo? ¿Permitir que se casara con su hermana mientras se acostaba con ella? ¡Se negaba a ser la amante! ¡Se negaba a interpretar el papel de estúpida en esa historia!
— ¡Ja! — se mofó — Seguro que no podrías conseguirlo. Mejor ni te molestes.
Al ver el fuego en la mirada de Inuyasha, supo que había logrado desafiarlo. No pretendía que pusiera a prueba su hombría, pero… Parecía algo interesante de ver.
— ¿Cuál quieres? — bramó.
— ¡Ese!
Señaló a lo alto del stand un peluche enorme con forma de conejo blanco, muy mono. Ese conejo era el peluche que más valía puesto que había que derribar en una ronda quince patos. Lo escogió a propósito para verlo sufrir.
— Está bien. — aceptó el reto — Pero, si lo consigo, — sonrió — me das un buen beso.
— ¿Qué? — exclamó sorprendida — ¡Ni lo sueñes!
— Entonces, sabes que lo voy a conseguir, ¿no?
Apretó los puños en los costados y lo miró, desafiante. Inuyasha, entendiendo el silencioso mensaje, sonrió y pidió una escopeta. Kagome vio anonadada cómo se inclinaba apoyando la escopeta sobre su hombro en un movimiento que parecía más que experto, preparándose para disparar. Ese la puso en guardia. El primer y el segundo disparo los acertó, por lo que le atribuyó la suerte del principiante. Cuando ya había acertado doce tiros, y le quedaban cuatro cartuchos, con el margen de un fallo, supo que estaba perdida. Para conseguir ese peluche, solo se permitía un fallo que él aún no había cometido.
— Oye, Inuyasha… — intentó dialogar — No es necesario que te molestes en…
— Tarde, Kagome. — apuntó al siguiente pato — Quiero mi beso.
Se llevó una mano al pecho, sintiendo que el corazón le latía desbocadamente contra el pecho y vio cómo Inuyasha acertaba al siguiente plato. Cada vez estaba más cerca de la victoria, y ella tendría que recompensarle, tal y como le había prometido. Se escuchó otro disparo por el que cayó un pato más. Ya solo faltaba un pato por derribar con un fallo de margen. Inuyasha cerró un ojo, concentrándose con el otro en su objetivo y apretó el gatillo.
Instantes después, el impresionado vendedor le daba a Inuyasha el peluche.
— Toma.
Kagome se quedó asombrada mirando el enorme conejo que Inuyasha le ofrecía. Lo tomó entre sus varazos y lo abrazó amorosamente, disfrutando de su textura suave y su cuerpo esponjoso. A continuación, consciente de las consecuencias de su apuesta, levantó la vista con los ojos entreabiertos dispuesta a cumplir su parte. Entonces, descubrió consternada que él ya no estaba allí. Sin entender, dio vueltas sobre sí misma hasta que al fin lo encontró junto a su padre y a Kiko, quienes habían presenciado a lo lejos el espectáculo y elogiaban su buena puntería. Aunque comprendía la situación, no podía dejar de pensar en su apuesta. ¿No iba a cobrarse el beso?
Regresaron a media tarde tras un día que curiosamente no terminó ni tan bien ni tan mal como predijo inicialmente. Otras predicciones, sin embargo, sí que se cumplieron. Por ejemplo, tal y como había imaginado, su madre fue incapaz de completar una sola frase al ver el enorme peluche. En vista de que no hubo rechazo debido a la impresión, aprovechó para llevarlo a su dormitorio encantada.
Sonrió triunfante cuando lo dejó sobre la cama y lo miró. ¿Por qué Inuyasha aún no se había cobrado la apuesta? Tuvo varias ocasiones a lo largo del día y, por más que odiara admitirlo, ella no le habría puesto ninguna traba.
— Idiota… — musitó decepcionada.
Permitiendo que una lágrima resbalara sobre su mejilla, se dirigió hacia el armario y abrió las puertas. Se desnudó exceptuando la ropa interior. Después, agarró un top verde y lo colocó sobre una estantería mientras se quitaba el sujetador. Acababa de desabrochar el broche del sujetador cuando le pareció escuchar un sonido extraño que le hizo detenerse durante un instante. Sería el viento. Dejó el sujetador sobre una balda bien doblado, y estaba a punto de coger el top para ponérselo cuando otro ruido la distrajo.
Estaba demasiado cerca de ella. ¡Eso no era el viento! Lentamente, giró la cabeza hacia la ventana de su dormitorio. Sintió pavor de pensar que alguien se estuviera colando en su dormitorio, que pretendiera… Todos esos aterradores pensamientos desaparecieron al ver a Inuyasha, de cuya presencia, en vista de sus antecedentes, debería haber sospechado en primer lugar en vez de divagar sobre violadores o ladrones.
El miedo se convirtió en rabia.
— Se puede saber, ¿qué demonios haces?
Se llevó las manos al pecho en un vano intento por cubrirse los senos y retrocedió hasta que su espalda chocó contra la puerta al ver que Inuyasha se dirigía directamente hacia ella. Inuyasha, sin emitir una sola palabra, le agarró los hombros y la estampó contra su duro pecho en lo que fue un sorprendentemente tierno abrazo. Al principio, llevada por la tensión que le provocaban sus problemas, le costó relajarse, pero, cuando él comenzó a acariciarle la espalda de forma circular, cayó rendida en sus brazos.
Inuyasha agarró su mentón en cuanto percibió que ella se relajaba y le hizo levantar la cabeza. La miraba tan tiernamente que le hizo derretirse. Feliz y entregada, deslizó sus manos sobre su tórax hasta alcanzar su cuello en un estrecho abrazo. Cerró los ojos, preparada, y disfrutó al sentir la respiración de Inuyasha tan cerca. Segundos después se fundieron en un apasionado beso que podría haber abrasado incluso el mismísimo infierno. En mitad del beso, se apretó más contra él aplastando totalmente sus pechos desnudos contra su torso, y gimiendo por el placer que le brindaba saber que eso a él le gustaba.
De repente, Inuyasha rompió el beso y la magia. Le apartó las manos que mantenía alrededor de su cuello y se apartó. No lo entendía. ¿Por qué? Se suponía que todo marchaba bien.
— Ya he cobrado mi recompensa.
Con esas palabras, dio media vuelta y salió por donde había entrado sin volver la vista atrás.
— La apuesta…
Kagome se dejó caer de rodillas en el suelo y se llevó las manos a la cara para cubrirse mientras aún sollozaba. Él solo la había besado por esa ridícula apuesta. Se sentía tan humillada. Mentiría si dijera que no había deseado que se cobrase su beso desde que le regaló el peluche, pero le hacía sentir tan insignificante que resultase de esa forma. Supuso que era lo que sucedía cuando se jugaba con fuego. Bien, se había quemado. A la mañana siguiente, él se abrasaría.
A las siete de la mañana del domingo sonó el despertador, tal y como ella organizó previamente. Aun así, lo apagó de un manotazo y se levantó de mala gana, refunfuñando por lo bajo. Tendría que estar prohibido madrugar en domingo. En su caso, lo hacía voluntariamente para cumplir su misión de venganza. Inuyasha lamentaría haberla menospreciado de aquella forma. De solo recordarlo… ¿Cómo se atrevía a hacerle algo semejante?
Se dejó caer en la silla de su escritorio y agudizó el oído al escuchar a Kikio salir de la habitación. Todos los domingos, Kikio salía de casa a esas horas de la mañana para correr por la ciudad, así que tendría vía libre. Si no se equivocaba, Inuyasha estaría aún durmiendo. Le iba a dar la sorpresa de su vida.
Sacó de su armario un picardías que le había obligado a comprar Yuka y se vistió. Lo compró obligada por su amiga, convencida de que nunca llegaría a usarlo. Ojalá la ocasión mereciera que se saltara de esa forma sus propios principios. Se acercó al tocador que se encontraba entre la ventana y el escritorio, y sacó el maquillaje y un cepillo. A continuación, se recogió el cabello en una coleta alta, dejando algunos mechones rizados sueltos alrededor de su rostro, y se maquilló como nunca lo había hecho: sombra de ojos color teja, rímel, colorete y pintalabios rojo ruso.
— Solo falta el toque final…
Sacó del cajón la caja negra de terciopelo que contenía el conjunto de Swarovsky que Inuyasha le regaló y la abrió. Sonriendo triunfante, se colocó entero el conjunto y salió de puntillas de su habitación hacia la de Kikio. El corredor estaba a oscuras, silencioso. La puerta del dormitorio de su madre entre abierta. Podía ver su silueta tumbada sobre la cama, dormitando. Cuando su madre silbaba, estaba bien dormida. Lentamente, giró el plomo de la puerta para que no chirriara. Entró en el dormitorio a oscuras y volvió a cerrar a su espalda. Tal y como había imaginado, Inuyasha estaba metido en la cama, roncando.
Avanzó hasta llegar a la cama aún de puntillas. No quería que él se despertara antes de tiempo. Se subió con mucho sumo cuidado sobre el colchón y se metió en el hueco que había entre la pared y él. Probablemente, Kikio había dormido junto al borde de la cama. Tenía toda la pinta a juzgar por el espacio tan grande que quedaba. La sola imagen de ellos dos durmiendo juntos la enfermó. Todos los hombres eran iguales: perros traidores. Lamentaría dormir tan apaciblemente con la mujer con la que iba a casarse mientras se veía a escondidas con su hermana pequeña.
Según se iba adaptando la vista al espacio poco iluminado en el que apenas entraban unos rayos de sol a través de las rendijas de la persiana, el rostro de Inuyasha se le antojó más nítido.
— ¡Qué guapo está! — lo acarició inconscientemente — ¿Acaso nunca se ve mal?
En seguida notó que Inuyasha tan solo llevaba un bóxer cuando se acurrucó a su lado bajo las mantas. Se sonrojó, pero por la furia de pensar que él dormía con Kikio de esa guisa. Debería ponerse algo menos indecoroso para dormir con esa zorra. Se lo tomó como algo personal. Aún furiosa, se abrazó contra su cuerpo y comenzó a frotarse sensualmente contra él, induciéndolo de esa manera a despertarse.
— Mmm… Kagome… — murmuró entre sueños.
— ¿Sueña conmigo?
Kikio le partiría la cara si dijera eso en sueños mientras dormían juntos. Quizás, fuera una solución mucho más rápida que la libraría a ella de mancharse las manos. No obstante, otro tipo de pensamientos pugnaban contra su raciocinio. Al fin y al cabo, él pensaba en ella, y eso le hacía muy feliz. Contenta consigo misma y, aguantando una risita femenina, comenzó a frotarse con más ímpetu hasta que Inuyasha abrió los ojos. La miró en la oscuridad durante unos instantes. A continuación, saltó de la cama como si hubiera visto un fantasma.
— ¿Qué haces aquí?
Inuyasha corrió hacia interruptor de la luz y lo accionó para asegurarse de que Kagome realmente estaba allí, de que no era otro sueño más. No se lo había imaginado: Kagome estaba en su cama.
— No deberías estar aquí, Kikio…
— Kikio se acaba de ir a correr.
Kagome tiró las mantas a la parte inferior de la cama, dejando al descubierto su cuerpo favorecido por la elegancia y la sensualidad del picardías. Disfrutó increíblemente de la expresión de Inuyasha al verla. Comérsela con la mirada era poco para expresar lo que él le transmitía.
— ¿No te gusta mi atuendo? — estiró un tirante y lo volvió a soltar para que golpeara contra la piel — Pensé que sería de tu agrado…
Inuyasha se quedó embelesado ante la diosa que lo recompensaba a pesar de su falta de ética. Deseaba tanto hablar con ella y aclararle lo que había sucedido. Sin embargo, ella tan solo llevaba unas bragas rojas de encaje diminutas y un diáfano camisón de tirantes hasta la mitad del muslo de color granate con escote pronunciado que se abría justo debajo de los pechos dejando a la vista la suavidad de su cremosa piel. ¿Quién podría hablar bajo esas circunstancias?
— A decir verdad… — decidió dejarse seducir — sí que me agrada…
Estiró el brazo hacia el interruptor y volvió a apagar la luz. Ella era suya, nadie se la podía negar, nadie podía quitársela, y él no renunciaría a su dulzura. ¡Era toda suya!
Caminó hacia la cama con aparente calma aunque estaba impaciente. No quería asustarla. A pesar de lo valiente que se mostraba Kagome al aparecer allí, sabía que por dentro debía sentirse de lo más insegura. No era tan atrevida por naturaleza. Tomó sus hombros temblorosos con delicadeza y la empujó suavemente para que se tumbara sobre la cama. No tenía nada que temer. Él jamás le haría daño.
— ¿Inuyasha?
No permitiría que lo temiera.
— ¿De dónde has sacado ese conjunto tan bonito?
— Una amiga me llevó a ese tipo de tienda… — musitó — Dijo que nunca estaba de más tener uno…
— ¿Y pretendes seducirme con él?
— Interprétalo como quieras…
El orgullo de Kagome era tan grande como el mismísimo Everest. Jamás admitiría que trataba de seducirlo, mucho menos después de como él la trató el día anterior. Era obvio que lo quería utilizar para seducirlo, no necesitaba que ella se lo confirmara para saberlo. Así que decidió no hacerle sufrir más con ese diálogo totalmente innecesario. Ese momento era de los dos, no lo desaprovecharían.
Media hora después, Kagome se puso en pie para colocarse las bragas. Agarró el picardías del suelo, se sentó en la cama y se lo puso. Mientras ataba lo lazos entre sus pechos para cubrirse, Inuyasha izó la persiana. La luz del sol le dio directamente en los ojos. Tuvo que darse la vuelta para continuar atándoselo sin quedarse ciega. Se sentía un poco incómoda. Inuyasha la abrazó al igual que en la otra ocasión después del coito, pero instantes después se levantó de la cama bruscamente sin dirigirle la palabra. Captó el mensaje cuando se puso la ropa interior. Su momento ya había terminado. No sería como aquella vez en su casa.
Inuyasha se apoyó en el marco de la ventana para contemplar el barrio. Respiró hondo, y meditó sobre lo que acababa de suceder. Lo que sentía por Kagome era muy fuerte, más que nada que hubiera sentido antes por ninguna otra mujer. ¿Qué iba a hacer? Todavía no sabía cómo abordar a Kikio, mucho menos a la impulsiva hermana menor. ¿Por qué todo tenía que ser tan complicada? Romper el compromiso con una mujer para cambiarla por su hermana menor estaba feo. Hacerlo bajo la amenaza de un suicidio, más todavía.
Bostezó ruidosamente mientras estiraba los brazos sobre su cabeza. Justo entonces, escuchó el ruido de una puerta al cerrarse, como si alguien acabara de llegar a la casa.
— ¿No será…?
— ¿Hug?
¿Por qué Inuyasha estaba tan nervioso de repente? Se había puesto tenso, y miraba la puerta del dormitorio con horror.
— ¡Vuelve de prisa a tu habitación!
— ¿Por qué? — siguió sin moverse.
— Ha llegado Kikio.
Inuyasha no le dio tiempo ni de asimilar sus palabras. La cogió y la empujó hacia la puerta para echarla. No obstante, al abrirla dispuesto a echarla, vieron a Kikio llegando al final de las escaleras. No le daba tiempo a regresar a su dormitorio sin ser vista así vestida.
— ¡Mierda!
De un rápido tirón, la volvió a meter en la habitación y echó el cerrojo de la puerta.
— Tienes que ir por el balcón.
— ¿Te has vuelto loco? — exclamó — ¿Y si me caigo?
— Lo he hecho antes, ¿recuerdas? No es nada difícil. — la animó — Yo te ayudaré…
— Pero los vecinos me verán así…
Kagome tenía razón. No podía saltar de un balcón al otro en bragas, a la vista de todo el barrio. Cualquiera podría verla desde otra casa o desde la calle, incluso fotografiarla o grabarla.
— Ponte esto. — le lanzó una sudadera.
— ¡Sí!
De repente, comenzó a girar el plomo de la puerta. Ambos dirigieron la mirada hacia allí, aterrorizados. Por un momento, habían olvidado que echaron el cerrojo un instante antes para evitar la entrada de la otra.
— ¡Inuyasha! — se escuchó la voz de Kikio — ¿Estás ahí?
— ¡Rápido!
Salieron juntos al balcón. Con la ayuda de Inuyasha, Kagome se subió sobre la barandilla, y se preparó para saltar al otro balcón bajo la firme sujeción del hombre.
— ¿Por qué has cerrado?
— Dile algo… — le murmuró Kagome — Echará la puerta abajo si no respondes.
— ¡Estoy desnudo!
— Inuyasha, no hay nada que yo no haya visto.
La respuesta de Kikio sirvió para reavivar el fuego en el corazón de Kagome, la rabia. Sí, lo había visto desnudo, había hecho el amor con él, dormían juntos. Kikio lo tenía todo cuando ni siquiera lo amaba realmente. Le envió una mirada cargada de rencor a Inuyasha, quien perdió la firmeza en su sujeción sin entender qué le sucedía. Bien, si no la entendía, ella le daría todas las pistas que necesitaba. Apartó de un manotazo sus manos, y saltó hacia el otro balcón sin ninguna ayuda antes de que él pudiera protestar.
Inuyasha no se movió del balcón contiguo hasta asegurarse de que Kagome llegaba sana y salva al suyo. Entonces, corrió hacia la puerta del dormitorio para abrir. Kikio lo miró de arriba abajo sin entender. Luego, gruñó.
— ¿Tanto rollo para ponerte unos calzoncillos?
— Lo siento…
Kikio suspiró con fastidio y se dirigió hacia su armario para coger una toalla y ropa limpia. Mientras la estudiaba, Inuyasha se percató de que había demasiadas evidencias sobre lo que había ocurrido en esa habitación. Corrió hacia la cama y cubrió con el edredón las sábanas arrugadas. Gracias a que habían abierto la ventana, el aroma del sexo se iba evaporando.
— ¿Te pasa algo? — le preguntó Kikio — Estás raro…
— Estoy bien. — rió — Anda, ve a ducharte.
Si dudaba de él, no se lo dijo. Se limitó a lanzarle una mirada suspicaz y se dirigió hacia el cuarto de baño. Un instante después, Kagome cruzó el pasillo vestida con un chándal que favorecía su figura. Le tiró la sudadera a la cara, dejando patente su enfado por cómo la había tratado previamente.
— ¡Tu sudadera!
En vez de guardársela, se la devolvió a la chica. A ella le quedaba tan bien que ya no sería capaz de volver a ponérsela.
— Quédatela, tengo muchas.
Al principio estaba enfadada, tenía la intención de cantarle las cuarenta, pero ese gesto la conmovió. Inuyasha le había regalado su sudadera favorita. Apretó la sudadera fuertemente contra su pecho, y, sin decir una palabra más, dio media vuelta para regresar a su propia habitación. Acababa de volver a encerrarse en su dormitorio cuando se percató de que no había cumplido su propósito. Inuyasha logró desestabilizarla por completo con una mísera sudadera.
— ¡Seré tonta!
Continuará…
