Capitulo 9

Me encontraba sentada en el avión en una de las pistas del aeropuerto privado de Los Ángeles esperando a que este despegase rumbo a algún lugar del planeta.

-¿No me vas a decir a donde vamos verdad?- pregunte a Edward mientras este se sentaba en el asiento de al lado y me abrazaba por la espalda haciendo que me apoyase en el.

-Sabes que no-. Las fechas navideñas se acercaban y eran las únicas donde Edward no tenia trabajo, es mas, al no tener todavía un representante formal nadie podía molestarle. Llevábamos medio de año de relación casi, y de alguna forma nadie, a excepción de los que nosotros quisimos, era consciente de nuestra relación. Solo un par de veces se había encendido la alarma cuando un par de medios sensacionalistas, incluido mi periódico, se habían echo eco de unas fotos publicadas de las piernas de una chica saliendo del camerino de Edward en su nueva película y de un pelo castaño entrando a su casa en el asiento de copiloto. A partir de aquello, no volví al set y me ponía gorras que cubriesen mi pelo cada vez que montaba en su coche para cualquier cosa. Habían sido seis meses completamente mágicos, de locos, pero mágicos. Edward me trataba como una verdadera princesa, algo sumamente frágil que merecía todo tipo de cuidados y me lo demostraba constantemente. Lógicamente, después de tanto tiempo ya habíamos estado juntos, y se había encargado de que aquello fuera la experiencia más increíble y perfecta de mi vida. Y hoy había decidido que pasaríamos el fin de semana en algún lugar al cual nos llevaba su avión privado. Había dicho que haría frío asíque tuve que comprarme unas cuantas cosas, ya que en LA ese clima no es el mas habitual, ni aunque fuese invierno y las navidades estuviesen al caer, como era el caso. Yo tenia libre esos días y mi padre me había asegurado en todos los idiomas posibles que un par de días no eran nada y podía apañárselas perfectamente, y aunque yo también lo sabia, siempre quedaba ese miedo en mi.

-¿Pero estas seguro de que me va a gustar verdad?-.

-Se que te va a encantar, de otra forma, no iríamos. Es pronto, duerme, tienes tiempo hasta que lleguemos- dijo mientras notaba como dejaba un beso en la parte alta de mi cabeza y yo me dejaba llevar por el sueño sobre su pecho.

-Bella- susurraba alguien en mi oído mientras me daba pequeños mordisquitos entre risas. –Dormilona, hemos llegado. Despierta- dijo repitiendo la acción anterior. Recordé como termine en aquella postura y me incorpore frotándome los ojos.

-¿Me vas a decir ya donde estamos?- pregunte viendo como mi pregunta volvía tener la misma respuesta que veces anteriores. -¡Oh venga, si ya hemos llegado!-dije poniéndome de pie y cogiendo mi abrigo viendo por la ventilla que el panorama era fresco.

-Eres muy impaciente. Pronto te enteraras. Bajemos- dijo cediéndome el paso por las escalerillas. La vista apenas me llegaba mas allá de 2 metros por la densa niebla que se concentraba en el lugar, pero pude distinguir a un señor al lado de un coche negro que se acercaba a nosotros.

-Señor Cullen, esta todo dispuesto- dijo dándole la mano y pasándole las llaves de lo que supuse que era el coche.

-Os vemos aquí en dos días. Gracias por todo- dijo cogiendome por la espalda y arrastrándome al coche mientras el mismo señor subía al avión y descargaba nuestras maletas metiéndolas en el interior del coche, y una vez echo salimos de allí. Por las ventanillas tintadas podía descubrirse un paisaje vegetal y nevado, todo parecía frío y estaba lleno de nieve, cuya visión era nueva para mi.

-¿Qué miras que parece que se te van a salir los ojos?-me pregunto Edward viendo como pegaba casi mi nariz al cristal viendo sorprendida la cantidad de nieve que se reunía por metro cuadrado.

-Jamás he visto la nieve- dije ilusionada como si fuese un niño de 4 años que la ve por primera vez.

-Te hartaras de verla de aquí a dos días- dijo sonriéndome mientras seguía conduciendo y yo no quitaba mi vista de la ventana. Unos minutos después dejamos atrás los interminables metros de bosque para adentrarnos en lo que parecía un pequeño pueblo de algún lugar escondido de los Estados Unidos. El cartel de la entrada termino de decirme donde nos encontrábamos.

-¿Forks?- grite gratamente sorprendida mientras la sonrisa de Edward aumentaba por momentos. -¿Estamos en Forks? ¡No me lo puedo creer!- grite saltando en mi asiento convencida de que si no fuera por el cinturón de seguridad mi cabeza ya habría dado con el techo del coche.

-Me imagine que te gustaría verlo en invierno y pasar unos días aquí. Además estoy cumpliendo uno de nuestros deseos, he tardado en caer pero lo he hecho-.

-¿Qué deseo? Yo solo quería ver el lugar donde creciste, y estamos en el. ¿Qué mas puedo esperar de este lugar?- dije mirando por todas las ventanas del coche empapándome de los lugares.

-Este es el único sitio donde he estado donde la gente apenas me reconoce cuando voy por la calle. Apenas se dan cuenta de quien soy, y cuando lo hacen es solo para darme la mano y saludarme para dar recuerdos a mis padres. Somos pocos por aquí y todos nos conocemos. Nadie nos dirá nada-.

-¿Hablas en serio?- pregunte casi con lagrimas en los ojos. Vivir nuestro amor sin esconderme, sonaba mejor que las puertas del paraíso. Estaba segura.

-Estos días solo nosotros dos pequeña. Nadie más- dijo alargando una mano para acariciar mi mejilla y cogiendosela para darle un beso. –Podemos ir a comer al bar del pueblo. La cocinera hace los mejores filetes del estado, y se de un lugar donde habrá mas nieve que toda la que hayas visto en el camino. Y por supuesto mi sitio favorito- dijo guiñándome el ojo.

-Ese quiero verlo, si, definitivamente me gustara ese lugar- dije sin parar de sonreír. El sitio de Edward. Me había imaginado mil veces aquel lugar cada vez que el me hablaba de su infancia en Forks. En algún lugar de su jardín y cuando apenas tenia 10 años, se coló por un hueco en los muros de enredadera que rodeaban parte de la casa y termino en un pequeño campo, el cual según sus palabras, nada hasta ahora podría superar y donde un lugar donde se escondían todos sus pensamientos, pues era ahí donde el iba a reflexionar con los constantes cambiaos que sufrió su vida.

-Bienvenida a casa- dijo mirando hacia al frente con un brillo de nostalgia en sus ojos. Dirigí mi mirada en dirección hacia donde iba la suya. La sorpresa no fue mayor que las anteriores, que viendo las dimensiones del su hogar en LA este debería de ser similar, y efectivamente era así. Aunque esta tenía un toque mucho más hogareño, aquella casa respiraba familia con solo verla. Baje antes de que el llagase a abrirme la puerta de pura impaciencia. La primero que llamaba la atención era el tamaño que tenían las ventanas, eran enormes, luego pensé que siendo un pueblo donde la luz solar es escasa, se necesitarían ventanas más grandes para tener una buena luminosidad en el interior. El exterior era de un marrón claro, el cual solo verlo, daba una sensación de acogimiento extraordinaria. Me gire para ver, como tal y como me había contado Edward, la casa estaba rodeada por muros de enredaderas bastante bien cuidadas, lo que significaba que la casa no estaba ni mucho menos olvidada. Empecé a notar como mis dientes castañeaban a causa del frío, ya que por mucha emoción que tuviese, la temperatura de Forks no invitaba ni mucho menos a quedarse a observar la casa desde fuera, y menos, si una venia de pasar toda su vida en un clima completamente opuesto a aquel. –Entremos dentro, te vas a congelar-. Con un paso acelerado entramos dentro a casa y el dejo nuestras maletas en la puerta.

El interior tenia una temperatura tremendamente agradable gracias a algún dispositivo carísimo que lograba encenderse desde la distancia con un teléfono móvil me explico Edward. El interior tenia el sello puesto en todas las paredes de "Decoración by Esme Cullen", pero si se volvía a distinguir en algo a las otra era que todo parecía tener algún momento vivido en el donde la felicidad de una familia había sido la protagonista. Aunque realmente era mas pequeña de lo que parecía por el exterior, era sin dudas la que mas me gustaba, por todo. Mi mirada viajo a todos los rincones viendo como los recuerdos familiares no faltaban en ninguna pared ni estantería. Fotos de un Edward bebe, hasta un Edward recogiendo algún premio recientemente o con sus padres sonriendo o con Emmet en algún punto de su adolescencia. Pasee por toda la estancia recorriendo en poco tiempo toda una vida, la cocina, el pequeño piano donde seguramente el aprendió a tocar, la planta de arriba, todo, absolutamente todo me enamoro de inmediato.

-Veo que te gusta- dijo cuando baje de nuevo a la primera planta con cara de felicidad. El todavía se encontraba en las escaleras de la puerta que bajaban al salón.

-Esta casa es preciosa Edward. Es la casa perfecta-.

-Es el significado que es para mi una casa perfecta- dijo bajando los escalones y llegando hasta mi posición. –No hay sitio donde haya sido más feliz en mi vida. Solo tu pudiste cambiar ese sentimiento- dijo besándome la punta de la nariz y separándose mientras cogia nuestras maletas.

-¿Dónde vamos a dormir?- dije preguntándole mientras subíamos a la planta de arriba. De ahí solo había visto el enorme pasillo y las puertas ya que no me había atrevido a abrirlas por miedo a husmear donde no debía, como por ejemplo, la habitación de Carlisle y Esme.

-Supongo que en la habitación de invitados. La de mis Anders queda descartada- dijo haciendo caras de asco mientras negaba con la cabeza y yo movía mi boca imitando a un gran "No", -y la cama de mi cuarto puede que sea muy pequeña para que durmamos los dos-.

-¿Cuál es tu cuarto?- aquella estancia, era sin duda, la que mas ganas tenia de ver.

-La puerta que tienes a tu izquierda- dijo sonriendo. –Entra, ahora voy yo-. Gire mi cuerpo entrando con determinación al cuarto. La persiana estaba subida asíque mi vista no tuvo que hacer mayor esfuerzo para acomodarse a la luz. Era de aquellas habitaciones donde se podía notar a primera vista, que había pertenecido a un niño desde su más tierna infancia hasta su adolescencia. La cama, algo más grande que la media, pero quizá un poco pequeña para dos adultos, solo tenia una manta y una sabana encima de ella, pero un par de peluches evidenciaban mi teoría. Las paredes de azul oscuro tenían el mismo brillo como si hiciese dos días que la había pintado. Diversos diplomas y medallas colgaban de las paredes dando meritos de algún tipo de concurso de poesía o deportes que había ganado en su juventud. La foto del ultimo año de instituto, donde ya aparecía un Edward con los mismo rasgos de la actualidad pero no tan definidos todavía, y otras dos donde aparecía siendo aun un bebe con sus padres y otra foto con Emmet y Rosalie. Su escritorio, al igual que en la casa de Esme y Carlisle, todavía tenia libros y apuntes varios de su época de adolescente y algún dibujo en la semana fruto del aburrimiento, que yo también había experimentado en algún momento de mi vida académica. Aquella era el alma del hombre del que me encontraba enamorada. Aquel era el verdadero yo de Edward.

-Reconocería este olor aun sin olerlo en años- dijo inspirando profundamente entrando por la puerta. -¿Qué? ¿Le das el visto bueno?-.

-Es muy… tu, si, esa es la palabra- dije volviendo a ver la habitación con una mirada rápida y confirmando mi apreciación.

-Y lo de la cama, ¿Qué, como lo ves?-.

-Quizá un poco pequeña, pero vamos, que tampoco veo yo mucho problema-.

-¿Qué no ves problema?- me preguntaba mientras se acercaba y tornaba su gesto en uno mucho más provocativo. Pero aquel juego estaba hecho para dos.

-No. Hace mucho frío y dormir abrazados no supone mucho esfuerzo. Por mi parte, claro-dije imitando su gesto que se estaba convirtiendo en uno divertido y tremendamente sexy.

-¿Y cual prefieres entonces?- dijo ya casi pegado a mi cuerpo y susurrándome al oído, un gesto que me hacia perder completamente el hilo de mis pensamientos.

-Podemos probar las dos, ¿no? Hay tiempo- dije pasándole las manos por los hombros y dejando caer su chaqueta.

-Es lo mas inteligente que se nos puede ocurrir en el día- dijo metiendo sus manos dentro de mi jersey y sacándomelo de un solo tiron pero sin llegar a ser brusco.

-Eso dilo por ti. Yo doy mas de si que esa frase triste- dije acercando mi boca a la suya mientras jugaba con le hebilla de su cinturón.

-¿La niña quiere jugar a quien es mas listo?- dijo sonriendo contra mi boca mientras yo imitaba su gesto. –Veamos si puedes superar esto. Te amo- dijo cogiendome repentinamente y alzándome mientras yo enroscaba mis piernas en torno a su cintura notando en mi sexo como el suyo empezaba a reclamar atención. Note como una de sus manos empezaba a subir por mi abdomen hasta mis pechos y empezaba a jugar con ellos.

-Es es…-dije jadeando por el placer que me provocaba solo su toque, -sincero, no inteligente- dije pasando mis manos por su pelo y estirándolo de puro placer. Viendo el gesto que hacia su cara ante eso, nuestros sentimientos debían de parecerse mucho.

-¿Algo es algo viniendo de mi, no?- dijo sacándome la camiseta con las dos manos mientras yo seguía aprisionada entre la pared y su cuerpo. Logre desabrochar la hebilla de su cinturón, mientras quitaba el botón y sus pantalones caían.

-¿De ti? Tú puedes con todo- dije besándole fuerte en el cuello y dejándole una mas que probable marca.

-Me vuelves loco- dijo entre dientes mientras dejaba de notar la pared en mi espalda y sentía en su lugar el colchón y su cuerpo encima del mío de nuevo viendo como se sacaba la camiseta de un tiron y con su boca me desabrochaba a mi los pantalones y me los quitaba acariciándome las piernas a su paso y subía dejando un camino de besos que realmente me empezaban a volver a mi loca también. Cogi su cabeza con ansia para elevarla a mi altura y besarle haciéndole saber que mi cuerpo no pedía un anticipo de lo que se venia, quería todo, lo quería a el y lo necesitaba ya.

-¿Y si dejamos el juego para otro momento?- dije mordiéndole el lóbulo de la oreja y bajando mi mano con su torneado torso y colaba mi mano dentro de sus calzoncillos cogiendo su miembro y empezaba a masajearlo de arriba abajo. Note como pasaba su mano detrás de mi espalda y desabrochaba los brochotes del sujetador que fue a parar a alguna parte del cuarto y se recreaba con mis pechos.

-Bella, voy… voy ah- dijo cayendo sobre mi sin apenas fuerza en sus brazos mientras notaba como empezaban los espasmos que precedían al orgasmo mientras notaba como mi ropa interior se ponía mas y mas húmeda por momentos. Segundo después note como descargaba en mi mano con gemido desde lo mas profundo de sus pulmones. Saque mi mano y con la otra le baje su ropa interior que el mismo termino de quitársela todavía sin poder poner mas fuerza. Fui yo misma intentando solventar lo antes posible el fuego que crecía en mi interior, quien se puso encima de el a horcajadas, y quitándome yo misma mi ropa interior empecé a repartir besos por todo su torso.

-Te necesito- le dije en un susurro en su oído.

-Ven aquí-dijo acercándome totalmente a su cuerpo mientras yo me elevaba y dejaba mi entrada en la punta de su sexo, dándome cuenta que en algún momento el preservativo ya se encontraba en su sitio. -¿Quieres una verdad aun mayor? Eres jodidamente perfecta Bella- dijo mientras me dejaba caer sobre el y me embestía de una sola vez. Ahogue mi gemido mordiendo su hombro mientras que sus manos volaban a mis caderas y yo sujetándome a sus hombros me ayudaba a subir y bajar sin menos dificultad.

-Edward, yo… yo…yo…-.

-Ahora amor, ahora- dijo viniéndose a la misma vez que lo hacia yo y dejaba descansar mi cabeza en su hombro. Nos quedamos así un rato intentando acompasar nuestras agitadas respiraciones. –Jamás volveré a ver esta habitación con los mismo ojos- dijo mientras le abrazaba aun encima de el y el me besaba la cabeza. –Acabas de desvirgar la habitación de mi infancia-.

-¿Acabo? Disculpa pero creo que el niño tuvo parte de culpa-.

-Y no puede estar más satisfecho en estos momentos-.

-Me alegro entonces-.

-Deja que vaya a por algo de ropa antes de que nos quedemos congelados. Yo soporto esto algo mejor que tu creo- dijo mientras yo quitaba mis brazos de el a regañadientes. Hasta que el no lo menciono, el frío no formaba parte de la historia. Salio del cuarto poniéndose los vaqueros mientras yo me levantaba y cogia su jersey para ponérmelo y meterme dentro de la cama y taparme hasta las cejas. 20 minutos después empecé a asustarme temiendo que algo insonoro le hubiese pasado, porque todavía no había aparecido por la habitación, cuando empecé a incorporarme apareció vestido con un pijama cargando una bandeja donde se podía apreciar algún tipo de liquido humeante, caliente. Justo lo que más necesitaba aparte de su compañía.

-Mmmmmm- dije viendo aquel manjar mientras empezaba a salivar como si fuese un perro que oliese la carne que mas deseaba.

-Pensé que tendrías hambre, y frío- dijo mientras señalaba en su hombro mis pantalones largos de pijama, los cuales no había visto hasta que no los señalo. –Pero veo que te las apañas bastante bien con la mía- dijo dejando la bandeja encia de la cama mientras yo malamente me ponía los pantalones y el se metía dentro de la cama logrando no tirar la bandeja.

-¿Has hecho tu todo esto?- pregunte señalando las dos tazas humeantes de consomé y otras dos tortillas francesas acompañadas de ambas frutas.

-El consomé estaba ya en la nevera. Lo otro si- dijo orgulloso súper orgulloso el. Por ser hoy le dejaría seguir siendo feliz con tan simple logro dándole un beso en la mejilla y cogiendo mi taza con cuidado. –Y bueno, ¿Qué quieres hacer hoy? Yo me quedaría aquí toda la tarde pero supongo que tu querrás ver esto-.

-No creas- dije riendo mientras inclinaba la cabeza, -pero no se, tu eres quien conoce mejor esto, tu dirás-.

-Podemos ir esta tarde a dar una vuelta por el pueblo, y mañana podemos pasar el día en Port Ángeles, y el domingo antes de irnos vamos al prado. ¿Te parece?-.

-Me encanta- dije bebiéndome el consomé.

-¿El que?- me pregunto riéndose viendo como contestaba lo mismo a dos posibles cosas.

-Las dos- dije siguiéndole la gracia.

-¿Preparada?- me pregunto con la mano en el pomo de la puerta mirándome con una expresión divertida. Volví a mirar por la ventana comprobando si el temporal había amainado un poco, viendo que lamentablemente no era así. –Bella, solo es nieve, en serio, estas vestida como si fueses al polo y solo estamos en Forks-.

-Pero es que fuera debe de estar como a menos muchos grados-. Quizá el tenia razón y estaba pasándome un poco. Unas botas gruesas, dos pares de calcetines, unas cuatro camisetas mas mi jersey y el abrigo, una bufanda que fácilmente podría dar la vuelta a la casa, mis guantes y un gorro era la indumentaria con la que me pensaba enfrentar a tamaño temporal, frente al simple abrigo que llevaba Edward con otro par de guantes. –Por algo nunca me gusto el frío- dije arrastrando mis pies a la entrada y mirando como intentaba aguantarse la risa. –Puedes reírte-.

-Prefiero no hacerlo- dijo abriendo la puerta. Salí a la entrada notando como los revoltosos copos se estrellaban contra mi cara y me dejaban una sensación completamente nueva para mí. El viento azotaba el pelo que no estaba cubierto por mi gorro y el frío parecía ser menos de lo que yo esperaba. Al final Edward tenía razón, terminaría disfrutando de todo esto. Abría los brazos en forma de cruz respirando aquel nuevo sentimiento que al final termino con enamorarme y sonreí a la vida, simplemente por el hecho de estar donde estaba y estar con quien estaba. –Te dije que terminaría gustándote- dijo besando mi mejilla y cogiendome de la cintura para salir de allí y comenzar nuestro paseo.

No fueron ni una, ni dos las veces que Edward tuvo que afianzar su agarre en mi cintura para no tener que comerme el suelo a causa del hielo, pero aquel, sin dudas, fue la mejor visita de mi vida. Visitamos el pequeño pueblo entrando a todos aquellos sitios que recordasen a Edward algún momento de su infancia, desde la pequeña tienda del pueblo, donde una amable señora nos deseo toda la felicidad del mundo y un saludo para los señores Cullen hasta un encuentro con su director del colegio, el cual parecía recordar todas las anécdotas donde el nombre Edward Cullen estuviese presente. La anécdota del paseo la protagonizo un cartel del tamaño de un folio en una de las entradas del pueblo donde se anunciaba que en aquel lugar había nacido el actor Edward Cullen. La cara que se le quedo fue de portada, pero se lo supo tomar con humor.

-Hora de cenar- dijo parándose en un bar de la calle principal del pueblo y abriéndome la puerta. Después de 4 horas hablando y caminando mi estomago reclamaba atenciones. Nos sentamos en la mesa más apartada esperando a que trajesen la comida. El recinto era un pequeño local de madera muy acogedor e iluminado por varias lámparas, con una larga barra y varias mesas repartidas por todo el lugar con cuatro sillas cada una. El menú se componía de cosas sencillas y de fácil preparación pero igual de deliciosas.

-Bienvenidos señores. ¿Qué desean…? ¡Cariño!- dijo de repente la señora cuando Edward levanto la vista y la sonrío. Ambos se fundieron en un gran abrazo que me emociono hasta a mi.

-Hola Matilde- dijo Edward volviéndose a sentar pero con su mano entre las de la señora todavía. -¿Cómo estas?-.

-Feliz hijo, feliz. Hace mucho tiempo que no nos hacías una visita. Te preguntaría como va todo, pero ya veo que bien-.

-Todo va estupendamente. No puedo venir aquí mucho por trabajo, ya lo sabes, pero había prometido una visita, y aquí estamos- la señora desvío su mirada hacia mi sin perder la sonrisa.

-Hola bonita. ¿Y tu eres…?-.

-Bella Swan. Mucho gusto- dije extendiéndole la mano que acepto dulcemente.

-Matilde Hopp, igualmente. ¿Una amiga?-.

-Una novia- contesto Edward. –Bueno, mi novia-.

-¿Cómo que tu novia? ¿Nadie sabe nada? ¿Por qué no me lo habías dicho?- dijo poniendo sus brazos en forma de jarrón y dando insistentemente con la punta de su zapato en el suelo.

-Llevamos unos 6 meses juntos. Poca gente lo sabe y queremos que poca gente siga sabiéndolo-.

-Me alegro por vosotros. Sois jóvenes y merecéis disfruta de la vida. ¿Lo de siempre?- dijo mientras Edward asentía con la cabeza.

-Te gustara. No te preocupes- dijo una vez se hubo ido a pedir el pedido.

-¿Tienes alguna mujer importante escondida mas? Lucy, Matilde… ¿Alguien mas de la cual debiese de saber su existencia y no sorprenderme?- dije riéndome.

-No, creo que ella es la última-.

-¿Tienes mucha confianza con ella-.

-Fue la niñera de mi madre, y durante una temporada, mía también. Además su hijo y yo fuimos amigos-.

-¿Fuimos?-.

-Si fuimos-.

-¿Algo que contar?- dije estirando mi mano y acariciando la suya. El dio un fuerte suspiro de resignación y se dispuso a contarme el relato.

-Matilde estaba casada con un señor llamado Billy Black, y tuvieron un hijo en común, Jacob. Ellos eran muy amigos de mis padres y por eso el y yo terminamos siendo buenos amigos. Cuando nosotros teníamos más o menos 15 años sus padres se divorciaron, y fue una separación difícil. Matilde le pidió el divorcio porque estaba harta de el, la tenia casi esclavizada en su propia casa. Por supuesto mi familia la ofreció todo el apoyo del mundo y todas las ayudas, una cosa que Billy se tomo como una traición. Le metió toda clase de cosas a Jaco en la cabeza, desde que éramos unas malas personas que habían echo que su familia se separara, que éramos tan ratas que le habíamos pedido cantidades inmensas de dinero que nunca le devolvimos, que yo iba detrás de su novia desde los 13 años… una clase de mentiras que un adolescente en crecimiento y que viene de su padre, se creería, y que lamentablemente, el se creyó. Incluso su padre le puso en contra de su madre. Matilde estuvo varios años en tratamiento psicológico por el daño que le causo. Finalmente consiguió el divorcio y Billy mensualmente le manda una cantidad, ridícula he de decir, de dinero. Pero Jacob ni con los años se dio cuenta de las mentiras en las que creció y sigue con esos pensamientos casi 10 años después. Ella ha estado con nosotros varias veces en LA de visita, y siempre que venimos aquí la visita es obligada. Es una buena mujer, y muy agradecida que esta rehaciendo su vida con un buen hombre que la merece-.

-Me suena mucho el nombre de ese chico-.

-Lógico- dijo riéndose con un claro tono de ironía, - juega en la primera división de la liga de béisbol, y su equipo va en cabeza. Ha dado varios escándalos sonados-.

-Vale, ya se quien es. ¿Y por que esta historia nunca ha salido? Quiero decir, si tanto odio os tiene…-.

-Porque no le interesa ni a el ni a mi. Su representante le habrá aconsejado no decir nada, ya que viéndolo desde fuera queda claro quien es el malo de la historia. Y mintiendo no se consigue nada, la verdad siempre sale a flote-.

-Es una lastima, pero me alegro que Matilde sea ahora feliz. Parece una buena mujer-.

-Lo es- dijo mirándome y desviando su mirada hacia el pasillo. Me gire viendo como Matilde se acercaba hasta nosotros y ponía en nuestros lugares unos enormes filetes rodeados de patatas y dos refrescos gigantes.

-Esto es enorme- dije a Edward regañándole con la mirada. Odiaba dejar comida en el plato, pero esta vez lo veía como algo necesario si no quería reventar.

-Come lo que puedas querida. Aquí el niño tiene un buche que parece un saco sin fondo- dijo frotándome la espalda.

-Tiene una pinta deliciosa en serio, pero es que se sale del plato, y el plato es más grande que mi cabeza- dije riéndome sin poder evitarlo.

-Te aseguro que te lo acabaras. Esta buenísimo- dijo metiéndose el primer trozo de filete en la boca y haciendo que las últimas letras se volvieran ininteligibles.

-Cuanto acabéis os traigo el postre-. "Postre", pensé, después de esto ni aire iba a entrar en mis pulmones.

Una vez más, Edward iba por el camino correcto. Un plato tan básico como ese, tenía en Matilde la mejor cocinera posible. Y lo más asombroso aun, podía con un postre.

-Vaya hija, al final pudiste- dijo acercándose a nuestra mesa recogiendo las cosas.

-Es usted la mejor cocinera de filetes del mundo. Estoy segura-.

-No es para tanto cariño. Un poco de dedicación- ¿Podéis con el postre?-.

-Asombrosamente si- dije bajito haciendo que ambos me mirasen y se riesen.

-Tienes una joya a tu lado pequeño- dijo alejándose y guiñándonos un ojo.

-Ya lo sabia- dijo Edward mirándome a los ojos mientras me cogia una mano y la besaba.

Poco después, el mega vaso que contenía en su interior un batido de fresa y nata estaba prácticamente vacío. Un bostezo involuntario se escapo de mis labios mientras Edward me miraba con dulzura.

-Estas agotada, ¿verdad?- pregunto mientras asentía con la cabeza. –Pego y nos vamos- dijo levantando la mano para llamar la atención de Matilde que se acerco con paso apresurado.

-Dime cuanto te debo. Estamos agotados- dijo Edward sacando su cartera cuando Matilde le puso la mano encima haciendo que retrocediera sus movimientos.

-Sabes que quedáis invitados, hay algo un poco más importante. Dos chicas están en la puerta diciendo que han visto a Edward Cullen aquí dentro y que si no me importara dejarlas pasar para hacerse una foto contigo. He dicho que estas con una amiga y que te lo preguntaría-. Edward me miro. Gire mi vista para ver a dos chicas de unos 16 años muertas de frío en la calle con una cámara entre las manos, y hasta en aquella distancia, se podía percibir la ilusión de sus rostros. Si no habían intentado nada, ni chillado seria porque no podían hacer mucho más. No seria yo quien tirase aquello por los suelos.

-Por mi no hay problema-.

-Hazlas pasar- dijo Edward mirándome y escrutando mi rostro intentando averiguar algún signo de nerviosismo. Buscaba en vano.

-Allí le tenéis- se escucho la voz de Matilde y unos pasos nerviosos acercándose hacia nosotros.

-Disculpad- dijo una sueva voz a la cual de le notaba nerviosa haciendo que ambos nos girásemos. No podía ocultar mi emoción ante aquella imagen. Eran el vivo retrato del cariño. –Eres Edward Cullen, ¿cierto?-.

-Así me llaman- dijo regalándoles una sonrisa sincera.

-Perdón por las molestias, pero es que nos asomamos al local para buscar a mi padre y creímos verte, y antes de entrar aquí para quisimos preguntarle a la señora para ver si asi no te molestábamos- dijo la otra chica igual de ilusionada que ella.

-Nunca sois una molestia- volvió a responder Edward.

-¿Podríamos hacernos una foto, por favor?-.

-Claro- dijo Edward levantándose y poniéndose en medio de cada una de las chicas.

-¿Podrías…?- dijo la que llevaba la cámara mostrándomela de manera vergonzosa.

-Por supuesto- dije levantándome y cogiendola. Una vez salio el flash cada una le mostró un papel y lápiz por si odian fírmale, a lo que el acepto encantado.

-Muchas gracias por dejarnos acercarnos-.

-Y por atendernos- dijo la otra muchacha mientras yo me sentaba y ambas daban dos besos a Edward que las devolvía un abrazo.

-A vosotras chicas-.

-Adiós- gire mi cabeza como una de ellas estaba a mi lado con una sonrisa y tenía su mano estirada hacia mí. Un poco dudosa la cogi y la sonreí e hice lo mismo con la otra chica.

-Hasta pronto chicas- las dije despidiéndolas mientras ellas salían del local y empezaban a saltar fuera como si nadie las pudiese ver. –Son encantadoras- dije poniéndome mi abrigo.

-Ojala todas fueran como esas muchachas. ¿Vamos?- dijo estirando su mano mientras yo la cogia.

-Matilde- dijo alzando un poco la voz para que la señora, que debía de estar dentro de la cocina saliese. Con paso rápido y secándose las manos en el delantal llego hasta nosotros. –Nos vamos ya- dijo esperando a que saliese de la barra para darla un abrazo. –Volveremos pronto-.

-Mas te vale hijo. Bella, ha sido un placer conocerte- dijo abrazándome a mi también.

-Lo mismo digo Matilde. Espero verla pronto de nuevo-.

-Cuidaos mucho y acordaos de mí-.

-Sabes que siempre. Por cierto, se me olvidaba. Toma- dijo dándole en la mano un billete de alto valor antes de salir corriendo de allí.

-¡Será posible!- grito cuando vio el billete y nosotros ya salíamos por la puerta de la calle, el riéndose a carcajadas.

-Siempre cae- dijo pasándome su brazo por los hombros. -¿Qué tal el día?-.

-Quiero volver aquí pronto- dije sinceramente. –Hasta el frío me da igual. Esto es encantador-.

-Vendremos siempre que quieras-.

El día siguiente comenzó alrededor del mediodía, se estaba demasiado bien dentro de casa como para salir, aunque sinceramente me apetecía seguir viendo pueblo, Edward siempre seria mucho mas interesante que el resto. La tarde la pasamos en Port Ángeles, la zona más cercana a Forks y comercial. Allí Edward tuvo que camuflarse un poco mas con gorra, pero teniendo en cuanta que todos llevaban gorros o algún tipo de complemento en la cabeza para protegerse el frío, paso totalmente desapercibido. Estábamos en un café apartados de todo el ajetreo cuando sonó su móvil.

-¿Diga? Si… ¿Qué? No, hasta el lunes por la mañana imposible. No estoy en la ciudad… Bueno pues no puedo… ¿Cómo? ¡Joder!... No se, supongo que lo puedo intentar… Te llamo con lo que sea… Vale. Adiós- dijo colgando y dejando el teléfono en la maesa sin quitarle el ojo de encima.

-¿Pasa algo?- no parecía haber sido una conversación muy agradable.

-Era la compañía- me dijo levantando su mirada con un gesto de angustia en la mirada. –Acaban de encontrar un posible representante para mí, y necesitan que vaya urgentemente a la ciudad para verle y contratarle. Lo necesitan ya-.

-Bueno, pues vamos entonces, ¿no?-.

-Bella, te prometí que estos días serian para nosotros, solo para los dos. Nada de trabajo, y ahora sale esto…-.

-Ey- dije levantando y sentándome en sus piernas. –Si a mi me hubiese pasado algo similar estoy segura de que no estarías así. Son cosas del trabajo que no podemos evitar. Estos días han sido fantásticos y han sido gracias a ti, no te atormentes porque no hay ningún problema por mi- terminé dándole un pequeño beso en los labios. Debo una, bueno, unas cuentas. Gracias. Eres fantástica. Deja que llame para que preparen todo mientras vamos a Forks- dijo cogiendo su móvil pero sin quitarme de sus piernas aun. –Te prometo que algún día sacare tiempo para escaparnos. Y pienso dejar el móvil en casa- me dijo pasándoselo a la oreja esperando que lo cogiesen.

En menos de una hora ya estábamos metiendo el equipaje en el maletero del coche después de recoger a prisa la casa.

-Edward- dije mirando por la ventanilla comprobando el paisaje. –No vinimos por aquí el otro día-.

-No- se limito a decir mientras sonreía.

-Tienes un avión esperando para salir. ¿Qué haces?-.

-No te vas de aquí sin ver lo más importante. Lo demás puede esperar-.

-El prado- dije contagiándome de su sonrisa.

-Te prometo que estaremos poco tiempo y no haremos esperar a nadie. Vamos en coche aunque tardemos más-. Apenas 15 minutos después aparco entre unos árboles. Daba la sensación de que cualquiera podía perderse en aquel lugar con solo dar una vuelta a si mismo. Era exactamente todo igual. Pero a el solo le hizo falta apartar una rama para que delante de mí apareciese un espeso manto de blanca e impoluta nieve, donde pequeñísimos rayos de sol se reflejaban y hacían el lugar totalmente mágico. Roseado por árboles, el prado se antojaba un lugar donde la paz se respiraba en cada molécula de aire.

-En primavera todo esto esta iluminado y lleno de flores de todos los colores imaginables. Las hojas de los árboles brillan como si les pusiesen purpurina y si te quedas en silencio hasta puedes escuchar el ruido del arroyo que esta a unos cuantos metros. Volveremos aquí-.

-Claro que volveremos. Es… es precioso Edward-.

-Amor- dijo cogiendome de la cintura mientras hacia que me diese la vuelta para mirarle, -promete que da igual el tiempo que pase, pero que volveremos. Porque eso significara que seguiremos juntos, que yo seguiré siendo tan feliz como lo soy en este momento, será que yo te seguiré teniendo a mi lado pase lo que pase. Bella, júrame que siempre estarás a mi lado-.

-Te amo Edward, y nos queda tanto por vivir que seguramente no nos de la vida. Pero siempre estaré a tu lado, para lo que quieras y necesites. Al fin y al cabo he decidido esto-.

-Te amo preciosa. Te amo- dijo terminando las distancias y besándome con una urgencia innecesaria, al fin de cuentas, nos quedaba toda la vida para disfrutar uno del otro.