Muchas gracias a Bells Masen Cullen por betear el capítulo.
Capítulo 10
Después de mi rutina mañanera salí de casa para encontrarme con Masen. La puerta trasera del coche ya estaba abierta para mí.
- Buenos días, Srta. Swan.
- Edward – saludé. Tuve que luchar para que una pequeña sonrisa no se reflejara en mis labios.
Llevaba varios días saludándolo de la misma manera. El plan de seducción seguía en pie, aunque Masen no daba su brazo a torcer. Desde la noche de la cena con mamá, él pareció alejarse un poco más de mí; no es que antes estuviera muy pegado pero sí que le notaba más distante.
¡Y me encantaba que lo hiciera!
Los retos difíciles me ponían a cien y esto prácticamente se trataba de eso. Iba a hacer todo lo posible para sacar algo de ello.
Me senté en la parte trasera del coche y esperé a que él tomara su lugar.
- No vayas a la oficina – le pedí.
- ¿A dónde la llevo? – También seguía con sus formalidades a pesar de que yo le trataba de tú.
- A donde el Sr. Biers. – No hacía falta que le diera más detalles.
- De acuerdo.
…
No tardaron mucho en depilarme todo. También me hice la manicura y la pedicura y, ya puestas, arreglaron mi cabello. Llegué a la oficina dos horas más tarde de lo normal; en cuanto la Srta. Weber me vio se levantó de su silla y, tras coger una carpeta de su mesa, se acercó a mí.
- Son los informes de la obra de Nueva York. – Asentí con la cabeza. Caminó a mi lado hasta el despacho, con Masen detrás de nosotras. – El Sr. Cullen ha llamado a primera hora – dijo cuando llegué a mi escritorio. – Dejó un mensaje.
- ¿Y bien? – Me senté en el sillón.
- Dijo que le llamara en cuanto viniera, quiere comer con usted.
- De acuerdo – suspiré.
- El Sr. Black también ha llamado.
- Dile que venga a mi despacho. – Cogí la carpeta y la abrí.
- No está en el edificio.
- ¿Dónde está? – pregunté con curiosidad.
No era propio de Jacob faltar al trabajo.
- Pidió que le llamara.
- De acuerdo. – Volví a suspirar, esta vez irritada. - ¿Algún mensaje más?
- El Sr. Whitlock ha pedido un traslado.
Fruncí el ceño. – ¿Cómo? – pregunté.
- También pidió que le llamara.
Miré detrás de Weber y vi como Masen sonreía disimuladamente. ¿Esto le parecía gracioso? No tenía ni puta gracia. Iba a estar colgada del teléfono toda la maldita mañana.
- ¿Algo más? – pregunté asqueada.
- No. Eso es todo.
- Bien, tráeme un café muy cargado.
- Ahora mismo, Srta. Swan.
Weber desapareció por la puerta dejándonos a Masen y a mí a solas en el despacho. Como era habitual, él estaba esperando que le diera alguna orden.
- Siéntate – le ordené amablemente.
Aparté los ojos de él y me centré en la carpeta abierta. Todo era un puto desastre, la obra no iba según lo previsto: los trabajadores amenazaban con una huelga si no se les ponía las cosas claras; la empresa que nos suministraba los materiales que en la mía no teníamos, estaba declarando una guerra ya que no nos quería vender. Todo estaba resultando ser una auténtica mierda.
Dejé de mirar la carpeta y cogí el teléfono. Primero llamaría a Jacob.
- Black – contestó al segundo tono.
- ¿Dónde coño estás?
- Trabajando.
- No en la empresa.
- Estoy haciendo trabajo de campo. Sam esta indispuesto y he venido a ocupar su lugar – explicó.
- ¿Qué estás haciendo?
- Sigo la pista de Aro.
- Vale, no interrumpo más. Cuando tengas algo házmelo saber.
- Lo sé. Hasta luego, Srta. Swan.
- Black – murmuré. – Ten cuidado.
- Siempre lo tengo. – Y con eso, colgó.
Primera llamada hecha, ahora vamos a por la segunda. Marqué el numero de memoria sin dejar de mirar a Masen, no hacía más que penetrarme con esos ojos verdes tan intensos que tenía.
Mmm…
- Whitlock – contestaron al otro lado de la línea.
- ¿Por qué quieres un traslado?
- ¿Srta. Swan? – preguntó extrañado.
- Sí. Responde.
- Sólo quiero instalarme en el mismo piso que su oficina. Creo que nos facilitaría el trabajo y estaríamos en contacto mejor que con tanta llamada de teléfono.
- ¿Has descubierto algo?
Masen frunció el ceño en cuanto hice la pregunta. Le ignoré.
- No, pero hay algunos pequeños detalles que podríamos explotar y quería comentarlos con usted.
- Haz el traslado esta semana y la que viene nos reuniremos. ¿De acuerdo?
- Como mande. – Colgué.
Le pegué un sorbo al café que me había traído Weber y descansé para la siguiente llamada. Necesitaba recolocar mis ideas antes de telefonear a Cullen. ¿Qué querría?
Miré las acciones en el ordenador y me centré en buscar un nuevo suministrador para evitar en un futuro problemas como los de Nueva York. Cerca de la hora de comer decidí hacer la llamada y acabar con la curiosidad que me carcomía desde hacía un rato.
- Vete al restaurante que hay al otro lado de la calle y trae la comida – le pedí a Masen. – Por favor, Edward – añadí. Me encantaba como sonaba su nombre cuando lo pronunciaba.
- ¿Algo en especial? – Se levantó de la silla.
- No.
- En unos minutos vuelvo. – Asentí con la cabeza.
Las cosas en la oficina últimamente habían sido así. Él se quedaba en el despacho conmigo, a no ser que yo le dijera que se fuera e iba a comprar nuestra comida todos los días. La primera vez que se lo pedí, se quejó diciendo que ese no era su trabajo pero, después de comportarme como una zorra con él el resto del día, le quedó claro quién mandaba allí.
Aproveché su ausencia para llamar al Sr. Cullen.
- Oficina del Sr. Cullen – contestó su secretaria.
- Soy Isabella Swan. – No tenía que decir más, estaba segura de ello.
- Un minuto, Srta. Swan.
Cogí de nuevo los papeles de la obra de Nueva York y los ojeé. Iba a tener que ir personalmente a arreglar eso… Sólo de pensarlo me ponía furiosa. Tenía mucha gente trabajando para mí y todos eran unos incompetentes; nadie sabía hacer su trabajo en condiciones.
- Cullen. – La voz de Carlisle me sacó de mis pensamientos.
Eché los documentos a un lado y hablé.
- ¿Qué quieres?
- Buenas tardes a ti también, Isabella.
- No me sobra el tiempo como para perderlo contigo. ¿Qué quieres? – repetí.
- Comer contigo y hablar de un proyecto que tengo entre manos.
- No tengo tiempo para comer con nadie, Cullen. Estoy ocupada y dentro de unas horas voy a coger un avión.
- Deberías de reunirte conmigo. El proyecto te va a convencer – insistió.
- Te lo repito. No tengo tiempo.
- Cuando vuelvas del tu viaje, llámame – pidió. – Te aseguro que lo que voy que proponerte te va a gustar.
Si insistía tanto es que tenía que ser algo realmente bueno. Además, Carlisle no era de los que ofrecía alguno de sus proyectos en persona; para eso tenía a gente que contactaba con mis empleados y después yo lo analizaba y decidía si hacíamos o no el trabajo.
Pasé la mano por mi cabello repetidas veces, pensando qué hacer. No sabía si fiarme de Cullen, después de todo él también trabajaba con Aro.
- ¿Isabella?
- Cuando vuelva te lo haré saber – contesté.
- Bien. Hasta entonces.
- Adiós – me despedí.
Intenté regresar al trabajo pero el asunto de Cullen me tenía ansiosa y curiosa. ¿Qué podía ser ese proyecto? ¿Tan importante era como para que él mismo quisiera… negociar?
Masen volvió minutos más tarde con un par de bolsas repletas de comida. Aparté el informe de Nueva York y dejé el espacio suficiente para que ambos comiéramos sobre el escritorio.
Comencé de nuevo con el juego de seducción.
Rosalie me había dicho cómo seducir a un hombre con una copa; esta vez iba a tener que hacer uso del vaso que tenía delante de mí pero para el caso, era lo mismo. Eché un poco de agua – no se le había ocurrido traer vino – y cogí el vaso. Masen parecía estar ajeno a mis movimientos pero, en cuanto me removí un poco en el sillón, sus ojos se clavaron en mí. Sin apartar la mirada de él saqué la lengua y me mojé los labios antes de llevarme el vaso a la boca y beber un corto sorbo. Cómo si se tratase del mejor agua que mis labios habían probado, cerré los ojos, gemí y pasé la lengua por mi labio superior, limpiando los restos de agua que habían quedado ahí.
Masen apartó la mirada de mí con su rostro indiferente y se centró en su comida.
¿Qué coño pasaba con este hombre?
¿Tan difíciles me iba a poner las cosas?
Dejé el vaso de mala gana sobre la mesa y pensé en mi siguiente movimiento. Me deshice de mis zapatos y me acerqué más al escritorio. Palpé el suelo con el pie derecho en busca de sus zapatos; cuando di con ellos me alegré de que sus piernas estuvieran bien abiertas.
Apoyé el pie directamente en su rodilla y, antes de que tuviera tiempo de alejarse, lo acerqué hasta su entrepierna. Su rostro se alzó y sus ojos me miraron con sorpresa. Sonreí débilmente y presioné más con el pie ahí... Dejó el tenedor y el cuchillo sobre su plato y escondió las manos debajo del escritorio.
La esquina derecha de su boca se estiró hacia arriba mostrando una encantadora sonrisa; no pude evitar devolvérsela.
Me sobresalté cuando sus manos atraparon el pie que se encontraba sobre sus piernas. Gemí de placer cuando sus dedos apretaron la planta de mi pie. Sus manos trabajaron rápidas sobre mi piel, apretando en los lugares indicados, provocando que mi sexo se mojara.
Me deslicé hacia abajo en el sillón y, tras echar la cabeza hacia atrás, cerré los ojos.
Eso era completamente relajante y excitante.
No sé exactamente cuánto tiempo pasó pero cuando acabó de masajearme el pie derecho, comenzó con el izquierdo. Estaba tan relajada y metida en mi mundo que no me di cuenta de que la puerta se abrió y Masen dejó de masajearme el pie.
- Bella. – Mi padre detuvo sus pasos en cuanto abrí los ojos. - ¿Qué…?
- Hola, papá – le interrumpí antes de que dijese nada inapropiado.
- Sr. Swan – saludó Masen levantándose de la silla.
- ¿Interrumpo? – inquirió mi padre, mirándome con una ceja alzada.
- No. – Me senté mejor en el sillón. – Ya hemos acabado de comer. Edward, por favor recoge esto.
- Sí, Srta. Swan.
Tardó pocos minutos en limpiar lo de la comida; lo metió todo en el par de bolsas que había traído y salió del despacho, dejándonos a mi padre y a mí a solas.
- ¿Qué quieres, papá? – pregunté con tono cansado.
- Hablar contigo.
…
Eran las siete de la tarde cuando llegamos al aeropuerto de Seattle y cogíamos – Masen, Jared y yo – el jet privado de la empresa para viajar a Nueva York. Era necesario llevar dos guardaespaldas a una ciudad tan poblada como era esa. Despegamos media hora después.
Tarde, llegamos muy tarde al aeropuerto JFK. Y aun más tarde llegamos al maldito apartamento que tenía en el centro del caos de esa ciudad. El día parecía acompañar a mi estado de ánimo, no paraba de llover.
- Mierda de día – murmuré de mala gana dentro del ascensor.
- ¿Se encuentra bien, Srta. Swan? – inquirió Jared.
Los tres nos quedaríamos en el apartamento; siempre lo hacíamos cuando viajábamos a esa ciudad.
- Sí.
El ascensor llegó a lo más alto del edificio y se detuvo. Salimos los tres de allí, Jared delante de mí y Masen detrás. El primero abrió la puerta y se aseguró de que todo estaba en orden.
- Esto es ridículo – me quejé entrando en mi casa.
- Es por su seguridad – contestó Masen andando detrás de mí.
- Todo es por mi seguridad.
- Para eso estamos aquí.
Entramos en la cocina después de dejar las maletas al pie de las escaleras. Me serví una botella de agua y les di otras a ellos. Jared se sorprendió por mi acción, sus ojos estaban tan abiertos que parecía que se le iban a salir de sus cuencas. Ignoré como me taladraba con su mirada y salí rumbo al salón; me dejé caer en el sofá de cuatro plazas y suspiré cansada.
- Srta. Swan. ¿Puedo ausentarme para ir a mi habitación? – preguntó Jared.
- Sí – le contesté sin mirarlo.
Jared era, junto a Jake, uno de los que siempre me acompañaba cuando tenía que salir de viaje, al menos antes. Habíamos venido muchas veces a Nueva York, tantas que cada uno de ellos tenía su propia habitación.
Masen se sentó a mi lado y me dio unos minutos de silencio y tranquilidad. Sólo unos minutos.
- ¿Dónde dormiré yo?
En mi cama.
- En la habitación al lado de la mía. Antes la ocupaba Jacob – expliqué.
- De acuerdo – suspiró.
- ¿Estás cansado? – Giré la cabeza y le miré.
- Un poco. – Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.
- Vete a dormir. Mañana tengo una reunión a primera hora. – Alargué la mano y acaricié su cabello; se sentía tan bien entre mis dedos…
Lejos de separarse, inclinó la cabeza hacia mi mano y suspiró. Era muy tentador inclinarme un poco más y posar mis labios sobre su frente.
- No sé cuál es mi habitación. – Abrió los ojos y me dejó atrapada en su mirada.
Me aparté rápidamente de él, sintiéndome extrañamente tímida y nerviosa.
- Será mejor que ambos nos acostemos, Srta. Swan. – Se levantó del sofá y alargó la mano para ayudarme a hacer lo mismo.
- Tengo trabajo que hacer.
- Debería descansar, ha sido un viaje muy largo y… - Se interrumpió cuando lo miré con una ceja alzada. Apartó la mano extendida. – No sé cuál es la habitación - repitió.
- De acuerdo – dije, volvió a alargar la mano y me ayudó a levantarme. – Te enseñaré donde dormirás. – No quería enseñarle mucho más, aun no me fiaba de él.
Cogimos las maletas y subimos por las escaleras al piso de arriba. Había cuatro puertas, tras ellas todo eran habitaciones.
- Ésta es la mía. – Le indiqué una puerta. – Ésta es la tuya. – Asintió con la cabeza. – Y en ésta está Jared.
- Vale – musitó. – Hasta mañana, Srta. Swan.
- Hasta mañana, Edward. – Agarré su brazo antes de que comenzara a andar hacia la habitación y, tras alzarme en la punta de mis pies, besé la comisura de sus labios.
¡Hola!
Un capítulo más ^^, espero que os haya gustado.
Gracias por los reviews, alertas, favoritos y por leer. Bienvenidas a las nuevas.
Un abrazooo
