Escuchó las campanas de la puerta principal sonar porque esta se había abierto. Sacó sus navajas y la crema de afeitar y lo preparó todo con sumo cuidado sobre la cómoda tras la silla de barbero, esperando a su cliente.

—Sr. Todd —escuchó tras él—. B. me ha pedido que le traiga esto —le dijo acercándose y dejando una nota a su lado.

El Sr. Todd echó un rápido vistazo a la hoja, sin abrirla. Tenía una pequeña marca en la esquina del papel, por fuera. No significaba nada en especial ni tenía por qué tener una forma concreta, pero él sabía lo que quería decir. La leería más tarde; lo primero era lo primero.

—Siéntese —disimuló una sonrisa sádica.

—Debería irme, Sr. Todd —trató de sonar determinado.

—Déjeme afeitarle... paga la casa —se dio la vuelta, exhibiendo la mejor de sus sonrisas falsas—. Es mi forma de agradecerle.

—Si insiste...

—El más apurado que jamás pueda tener —insistió, de hecho, haciendo que se sentara.

Tan apurado que queriendo coger todo el vello de la cara le arrancó la piel del cuello.

Un jadeó llenó sus oídos, pero cuando se dio la vuelta no había nadie. Frunció el ceño.

Se dirigió a la trastienda, limpiándose la sangre de la cara con un pañuelo que la Sra. Lovett había bordado. Acordarse de ese pequeño hecho hizo que todos los pensamientos que había querido alejar los últimos días volvieran a su cabeza, retorciéndole el estómago en un movimiento involuntario. Apretó la mandíbula, incómodo, y trató de olvidarse otra vez de ella. Era demasiado doloroso saber que le había abandonado, que jamás volvería a verla. Tenía que dejarla marchar.

Abrió el papelito para poder apartar su mente de aquellos turbios recuerdos. Sonrió al ver que Bermont cumplía con su palabra; el Juez había partido en un viaje al campo, donde se realizaría su boda. Su futura mujer, sin embargo, se había quedado atrás, cuidando de su pupila, la hija del Sr. Todd. Incluso había apuntado el día de llegada.

Bien, tendría que esquematizar un plan para poder acceder a la vivienda, coger a su pequeña Johanna, matar a la prometida del Sr. Turpin y escapar sin ser visto. Difícil, pero lo sabría con el tiempo. Mientras tanto, se dedicaría a limpiar. Eso le ayudaría a canalizar su creatividad.

En unos pocos minutos en su barbería reinaba la misma tranquilidad de antes, como si nada hubiera pasado. Ahora tenía que rematar al hombre. Bajó a buscar el cadáver. Lo saqueó. Bermont tenía razón; no era más que un traidor. Había hecho bien matándole.

Se desnudó con pasividad y dejó su ropa bien doblada y segura en un sitio donde no iba a mancharse antes de ponerse el delantal de trabajo y proceder a trocear el cuerpo. Eso solía reservárselo a la Sra. Lovett, pero ya que no estaba alguien tendría que hacerlo.

Le pareció ver a alguien en la escalera, pero desechó la idea. Nadie podía bajar al sótano sin él saberlo. Siempre cerraba la puerta. Siempre.

Estaba muy seguro de eso cuando escuchó que se cerraba. Se quedó helado, a medio atravesar el hueso del brazo derecho. Sin ni siquiera vestirse salió corriendo escaleras arriba y abrió la puerta, pero allí no había nadie. No había nada. Nada había cambiado ni se escuchaban gritos en las calles. Todo estaba normal.

¿Me lo habré imaginado?

Temblando, bajó las escaleras, metió el cuerpo en una bolsa y lo cargó hasta el sótano de la Sra. Lovett. Una vez allí se quitó el delantal y lo tiró al fuego siempre encendido de su horno industrial, en el sótano inferior y abandonado donde procedían sus macabras actividades.

Tenía que quitar toda evidencia por si acudía la policía a su establecimiento. Tenía que limpiarlo todo. Nadie visitaría el sótano de la Sra. Lovett, pero si había habido alguien en su propia casa ya podría estar de camino a las autoridades. Tenía que asegurarse.

—Lo voy a dejar limpio como una patena —masculló al tiempo que fregaba el suelo con nerviosismo.

El sótano estaba lleno de grilletes, sangre y objetos inútiles. Baúles, mesas y cajas se agolpaban unos encima de otros, escondiendo dinero, relojes y collares de oro que nadie iba a volver a utilizar, a la espera de que Sweeney Todd los revendiera o comprara con ellos a alguien. Otros cajones contenían herramientas de tortura y carcnicería, limpios y afilados, listos para ser utilizados contra cualquier indeseable del tipo que fuera. La sangre se pegaba a las piedras del suelo y se repartía por las paredes, creando un siniestro moscaido en las paredes del lugar. Más allá, en la esquina junto a la entrada de las alcantarillas, se erigía un gran montón de ropa, la cual la Sra. Lovett solía donar a los pobres de vez en cuando.

Era su pequeño mundo; y ahora tenía que desaparecer.

Utilizó aquella noche para trasladar la ropa, las joyas y los instrumentos al sótano de la Sra. Lovett. Escondió las joyas en una piedra falsa tras el horno industrial. Quemaba, pero dentro estaba frío. Tendría que romper la pared si quería sacarlo.

No sabía que eso estaba ahí...

Un susurro hizo eco en las alcantarillas. Una sombra junto al horno lo había proferido antes de desaparecer. Queriendo mostrarse fuerte, apretó los dientes y trató de contener sus temblores nerviosos, en vano.

Volvió corriendo a su sótano y trasladó la ropa al fuego del horno, casi apagándolo por completo en su ataque de paranoia.

¡Eso es para los pobres! —la voz, indistinguible, volvió a cruzar los tenebrosos pasillos de las alcantarillas londinenses.

—¡Cállate! —le gritó a la nada, y no recibió respuesta.

Cuando por fin salió del submundo, tras haber dejado el sótano como si fuera una simple bodega, eran las siete de la mañana. No contento con su trabajo, decidió que era mejor guardarse las espaldas. En la cocina tenía guardadas múltiples campanillas para la puerta, que solían romperse con frecuencia dada a las intempestivas acometidas de la Sra. Lovett contra la puerta. Apretó los párpados al acordarse de ella, sudoroso y cansado. Tenía que empezar a deshacerse de sus memorias.

Colocó una campana en cada puerta de la casa, de forma que al abrirse sonaran y fuera posible quitarlas con facilidad si él quería. Nadie se movería por aquel lugar sin su conocimiento.

Satisfecho por fin con su trabajo, se arrastró escaleras arriba con la intención de acostarse y recibir así un largo y merecido descanso. Abrió las limpias y blancas sábanas de su cama, las cuáles no recordaba así pero ahí estaban. Se quitó los zapatos y la ropa, la cuál se había puesto tras salir del sótano, y se metió en la cama. Respiró hondo, derrotado, y cerró los ojos para dormirse. Su habitación, por extraño que pareciera, le resultaba el lugar más acogedor de la casa y del mundo entero. Empezaba a relajarse cuando, de repente, el sonido de una de las campanillas llegó a sus oídos.

No había sido en la cocina ni en el pasillo, ni en el salón ni en ninguna de las habitaciones inferiores. Tampoco había sido en el sótano.

Abrió los ojos con lentitud, acobardado y perdido, perseguido por sus propios fantasmas, temeroso de lo que sospechaba estaba a punto de presenciar.

—Descansa, tesoro —la voz de su mujer, en el cuerpo de su mujer. Su esbelta figura resaltaba a contraluz en el umbral de la puerta—. Nos vemos cuando despiertes...

Su voz se difuminó junto con toda la sala al tiempo que perdía la consciencia. La imagen de su difunta esposa había podido con la fuerza mental del barbero.