Disclaimer: No soy Meyer. Creo que ya sabéis lo que eso quiere decir.

Viñeta 10: Recaída

Alice es ternura bordada con el hilo de la inocencia que aún conserva una mujer de diecinueve años mortales. Su mirada desprende un amor que nunca ha visto en nadie, que nunca sintió hasta el día en el que se dio cuenta de que le amaba, y esa mirada cargada de ternura e inocencia le perfora el alma de lado a lado, haciéndole sentir tan bien que no concibe palabras en el universo para explicar lo que podría llegar a hacer por ella.

Por eso cuando entra en la mansión con un revoltijo de sangre, hojas y tierra a su alrededor, lo que más le duele, lo que más le importa, no es lo que dirán Edward o los demás si lo ven, sino la expresión triste y abatida de Alice, que a pesar de haberlo visto todo y de advertirle, no le hizo caso y salió de caza con Emmett y Rosalie.

Y es como si no hubiera nadie más en el universo, en la mansión, porque en un abrir y cerrar de ojos, en lo que dura la caída de él de rodillas en el suelo, Alice avanza con sus andares desgarbados ahora torpes por la emoción, temblequeando al verlo destrozado y se arrodilla a su lado poniéndole una mano con suavidad sobre la espalda, que no deja de convulsionar por la rabia y por la decepción hacia sí mismo, por haber caído una vez más.

Se odia.

Sí, se odia a sí mismo, porque no cumple sus promesas, porque la hace infeliz. Porque ella no ríe si él no está contento, porque depende tanto de él como él de ella, porque siente que le hace daño y se mataría a sí mismo si algún día viera a Alice llorar por su culpa.

Sus brazos son delgados y lo abrazan contra su pecho de una forma tan tierna y tan protectora, que se le antoja irreal, porque siempre es él el que quiere protegerla a de todo lo que le vaya a hacer daño.

Porque empezaron recorriendo un camino incierto los dos juntos y ahora que han llegado casi al final, él vuelve a decepcionarla.

Alice sabe que es duro. Que es dolorosamente duro para él porque lucha contra un instinto asesino que fue entrenado durante siglos por un aquelarre que lo usó para beneficio propio convirtiéndolo en una máquina de matar. Que teme, que teme el rechazo de la familia si se dan cuenta de que hace un esfuerzo sobrehumano en continuar con la dieta, porque hay veces que decae, que no llega a las dos semanas. Teme ver la decepción y la repulsión tatuadas en las pupilas doradas de Alice, un dorado límpido como el caramelo, muy distinto al de él, ya los ojos de Jasper son de un dorado más oscuro con matices ocres y una aún línea roja alrededor del iris.

Una línea roja que quizás nunca se borre, porque sigue ansiando la sangre humana de una forma dolorosamente agonizante y humillante.

Siempre intenta ser fuerte. Siempre espera a que Edward, el que más aguanta luego de Carlisle y Alice, proponga salir de caza. Jasper Withlock, ahora Hale, fue comandante en la guerra, y debería estar acostumbrad a las carnicerías, a la sangre.

Esta noche hubo sangre, demasiada sangre humana, y no pudo resistir. Y ahora no es más que un niño desolado, cansado de luchar contra lo que es, porque no ve luz al final de su tortura y quisiera llorar pero las lágrimas no salen, no existen para él, y eso sólo le recuerda que no es humano, que es un monstruo, un monstruo que intenta ser de los buenos pero que tarde o temprano acabará cayendo, como hoy.

Se aferra a Alice como clavo ardiente y gime en su hombro, mientras su pecho sube y baja y se agarra en su camisa, manchada de sangre por su culpa. Los brazos delgados de ella lo abrazan y lo acunan, sin importarle la sangre, la tierra, las hojas caídas de los árboles. Deja que se deshaga en amargos sollozos sobre su pecho de niña mujer y le susurra que todo está bien, que nadie se enterará, que lo intentarán una y otra vez porque el paraíso también existe para ellos dos.

Porque ella es fuerte por los dos.

Y cada vez que uno de los dos caiga, el otro se tirará para evitarlo.

Y siempre, siempre serán la enana morena de pelo de punta, negro como la tinta, que buscó incansablemente al atroz vampiro que asesinaba porque era eso lo que le habían enseñado.

La bailarina que bailó al filo de un amor que nunca entendió de desprecios y de palabras malsonantes ante sus caricias y sus tímidas preguntas. Y no importaba si estaba bien o estaba mal, porque era como su tabla en el mar. El soldado que quería que la bailarina se acercase para decirle que a lo mejor, si no se daba cuenta de su amor, este no le esperaría siempre. El vampiro de ojos borgoña que gruñía cuando la bailarina no acusaba el golpe detrás de sus palabras irónicas e hirientes, y que moderó los gruñidos por ella.

El hombre que había detrás de la inmortalidad maldita, que le pedía a la mujer que le acompañara y que no dijera que no pensaba en ella, porque él no hacía otra cosa más que pensar en que necesitaba que se acercase un poco más, más de lo que ya lo hacía.

Y si esta noche él ha fallado, ella lo ayudará a levantarse. Y no importa que falle mil noches más, porque Alice siempre estará allí. Y si él pierde a Alice, hará que todo el mundo se hinque de rodillas ante el dolor de la pérdida, y la luna llorará sangre cuando el monstruo salga a cazar, porque la única luz de su túnel, la única luz que lo hace ver, es ella.

Para siempre, por siempre.