My Biggest Mistake, My Greatest Salvation

By: LyricalKris

Traducción: Pulpi Mortensen

Beta: Yanina Barboza

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Capítulo 10: Noche de chicos fuera, noche de chicas dentro.

—¿Bueno? ¿Qué piensas?

Edward hizo a un lado los planos que estaba estudiando y sonrió.

Su primer instinto fue decirle que se veía adorable, la cual se veía. Su cabello estaba atado en una cola de caballo. Vestía un chaleco naranja brillante que nombraba a su nuevo empleador —Home Depot— en grandes letras sobre sus jeans y su camisa verde. Después de dos semanas de búsqueda y otras dos semanas de entrenamiento, si Edward había aprendido algo era que Bella estaba orgullosa de su nuevo trabajo. Adorable sería recibido con el ceño fruncido.

—Hmm —murmuró él—, me provocas este impulso tan varonil.

Bella alzó una ceja.

—¿Impulso varonil?

—Sí —dijo gravemente—, tengo la necesidad de construir algo con mis propias manos —explicó él, demostrándolo al sostener sus manos frente a él—. Necesito un proyecto. Necesito trabajar en el garaje para hacer un banco de madera.

Sus ojos danzaron con diversión mientras lo observaban con atención.

—Me doy cuenta. Bueno, señor, creo que debería empezar con una casita para pájaros.

—¡Una casita para pájaros! —protestó.

—Sí —dijo ella, asintiendo con la cabeza solemnemente—. Y si no te lastimas con la casita, entonces puedes pensar en otros proyectos.

—Las casitas para pájaros son para maricas y chicos de secundaria en su primera clase de carpintería. —Pretendió hacer un puchero.

—Bueno, haz primero la casita, y después tenemos unas bonitas etiquetas que puedes ponerle a los lados. Quizás alguna con calaveras.

Él se rio.

—Las calaveras son siempre tan varoniles.

Se sonrieron mutuamente por un momento antes de que Edward dejara de hacerlo.

—Bella, ¿estás segura de que esto es lo que quieres? No es demasiado tarde.

Ella arqueó una ceja, cruzando sus brazos sobre su pecho.

—Voy a llegar tarde al trabajo si no nos vamos pronto —afirmó en vez de responder directamente.

—Por favor no te enojes conmigo —pidió él suavemente—. Sólo estoy preocupado. Es un trabajo agotador, y tú tienes que llevar a Frijolito —murmuró, acercándose a ella y dejando su mano sobre su vientre. Imaginó cómo se vería en unos pocos meses, cómo el chaleco naranja brillante se ajustaría a su cuerpo a medida que crezca. Su espalda dolía de sólo pensarlo—. Puede que sea pequeño ahora, pero luego…

—Estaré bien —insistió ella e intentó darle una pequeña sonrisa—. No soy una princesa, Edward. La gente trabaja durante sus embarazos todo el tiempo. ¿Por qué sería diferente conmigo?

«Porque eres mi esposa» pensó, pero era lo suficientemente sabio para no decirlo. Su instinto era hacerle las cosas más fáciles.

Pero, como siempre, Bella nunca hacía que ese punto fuese simple para él.

—Creo que fácilmente podrías encontrar un trabajo de escritorio —empezó sin poder contenerse.

Hizo una mueca que paró sus palabras en seco.

—Me gusta este trabajo. No es como el que tenía con los Newton. Se necesita de un poco de creatividad.

Y él tuvo que sonreír.

—Y tú estás mucho más interesada en azulejos de baño que botas de escalar —concluyó él en su lugar.

—Bueno, sí.

Él suspiró.

—Entonces, si no puedo convencerte, mejor te acerco allí a tiempo.

Condujeron en un cómodo silencio por un tiempo, Edward estaba sumido en sus pensamientos. Cuando volteó, Bella estaba mirando por la ventanilla, sus manos cubriendo el pequeño bulto de su estómago.

Le había tomado un tiempo hacerse a la idea del embarazo. Todavía no estaba segura sobre cómo se sentía con el hecho de ser madre. La idea de tener un bebé la aterraba. Hasta ese momento había vivido en piloto automático. Su necesidad por proteger al bebé era instintiva. Fuera de eso, hacía lo que los médicos le pedían, concentrándose más en poner su vida en orden en vez de pensar en la nueva vida creciendo en su vientre.

Cuando él la escuchó sacudirse dormida, llorando despacio por sus pesadillas, e invadió la privacidad de su cuarto para despertarla, ella finalmente confesó que a veces sentía que el bebé estaba corrompido. Era el bebé de él, él la había lastimado, la heriría aún más si alguna vez pusiera sus manos sobre ella de nuevo.

Después de eso, Edward trató lo mejor que pudo para mantenerla en tierra, para ayudarla a que se diera cuenta de que no estaba sola en el embarazo. Sabía que ella leía todos los libros que él le había comprado para satisfacer su curiosidad. Sabía que leería todo sobre el desarrollo del bebé, sabía cuánto pesaba, qué se formaba semana a semana, cómo crecía. Por eso, en momentos calmos, él pondría sus brazos alrededor de ella, descansaría su mano en su vientre, y le pediría que le cuente más sobre el bebé de ella. Trataba de ayudarla a concentrarse en todas las maravillas que su cuerpo estaba haciendo, creando esta vida, en vez de dejarla pensar en cómo esta vida fue concebida.

Maravillarse con ella no era una opción. Edward siempre había encontrado la idea de crear vida como algo milagroso y fascinante. Él sólo había visto a su madre raras veces cuando tenía ocho y diez —cuando estaba embarazada de Emmett y Jasper— pero esas veces cuando estaba con el vientre abultado y ella le dejaba apoyar la mano sobre donde el bebé se estaba moviendo dentro de ella, se habían quedado en su memoria. De joven, él pensaba que era raro y a la vez genial, pero nunca se había olvidado. Como un adulto, era asombroso.

Lentamente, Bella estaba empezando a ver más allá de sus miedos. Se empezó a unir al bebé, o al menos, así es como Edward lo tomaba cuando ella apoyaba su mano en el pequeño bulto en su abdomen. A veces —como ahora— él hasta vio su sonrisa privada, y le pareció que ella tenía ese brillo de embarazada del que la gente hablaba.

Incluso aceptó el sobrenombre que él le había dado al pequeño extraterrestre: Frijolito. Frijolito, porque era lo que ambos pensaron que parecía en la primera imagen, y Frijolito era un nombre noble, demandó Edward. Ella le había sonreído de vuelta, dicho que en realidad le gustaba Frijolito más que Ender, y guiñó a su sonrisa satisfecha como diciendo que entendió la referencia.

Mirándola por el rabillo del ojo mientras manejaba, Edward tuvo un impulso que era como una picazón bajo la piel para alcanzar más allá de la consola y colocar su mano sobre la de ella que reposaba en su vientre. A veces era demasiado fácil olvidarse que no era realmente suyo, disminuir la extraña sensación de orgullo que brotaba en él cuando miraba a esta mujer que no era su esposa en ningún lado más que en papel.

En vez de enfocarse en eso o dejar que sus impulsos sacaran lo mejor de él, se aclaró la garganta llamando su atención.

—Entonces Alice te buscará hoy, ¿recuerdas?

Su expresión serena se fue a la vez que sus labios se torcían hacia abajo.

—Sí, por supuesto que recuerdo —dijo ella irritada, con los brazos cruzados sobre el pecho otra vez.

Edward se mordió el interior de su labio para no sonreír.

—Intenta contener tu entusiasmo —bromeó.

Eso le ganó una mirada penetrante de parte de ella.

—No me gusta tener niñera. Lo sabes.

—Todavía no entiendo cómo puedes considerarlo tener niñera —contraatacó, no por primera vez—. Pensé que tú y Alice se estaban haciendo buenas amigas.

—¡Es cierto! Quiero a Alice y a tu madre —dijo Bella con un suspiro—. Me gusta pasar tiempo con ellas, pero no me gusta la idea de que las invites sólo para que no esté sola. No necesito que me cuiden todo el tiempo.

—No estoy sugiriendo que lo hagas —dijo gentilmente—. Honestamente, Bella, pretendían quedarse incluso antes de que tú vinieras. Sabes… un fin de semana de chicos trae un fin de semana de chicas, y mi casa es lo suficientemente grande para acomodarlos a todos confortablemente. Aparte, desearía que no te tomaras como insulto que alguno de nosotros hagamos ciertas concesiones porque estés embarazada. Viene con el territorio, creo.

Le lanzó una mirada fulminante y él se rio.

—¡En serio! En la antigüedad, todos los de la tribu tomaban las necesidades de la mujer en cuenta. Incluso en la era de caballeros y reyes, las embarazadas tenían asegurado un buen corte de carne aun en los meses de crudo inverno cuando todos los demás estaban medio muertos de hambre.

Con eso bufó.

—Se llama progreso —bromeó, pero parecía mucho más tranquila después de su explicación.

Para entonces habían llegado a Home Depot. Edward se bajó, sintiendo que debía darle un adiós como correspondía. Tanto como quería pasar tiempo con su padre y hermanos, estaba ansioso por dejarla atrás. Raramente no estaban juntos cuando no estaban trabajando en las seis semanas desde que se conocieron, y Edward descubrió que una gran parte de él no quería estar separado de ella.

Hubo un incómodo momento donde él vaciló, inseguro de cuál era el protocolo aquí.

Ella le resolvió el problema, acercándose y envolviendo sus brazos en su cintura mientras descansaba su cabeza en el pecho de él.

—Sin cacería de osos, ¿de acuerdo? Si ves un oso, corres para el otro lado.

Él rio por lo bajo, acariciándole la espalda.

—El protocolo en caso de que un oso ataque es, de hecho, no correr.

—Sólo no intentes luchar con uno.

—No lo haré. Aunque no puedo hacer promesas por Emmett. —Cerró los ojos por un momento, apretándola fuerte mientras se animó, disfrutando tenerla en sus brazos.

Finalmente, besó delicadamente su frente y la soltó.

—Mantente a salvo —murmuró.

Ella se rio.

—No voy rumbo a lo salvaje —le recordó.

—De todas formas —dijo, brevemente tocando con su mano el vientre—. Cuida a Frijolito.

—Bueno, le tengo mucho más cariño desde que no me hace devolver hasta lo que no tengo. Así que supongo que voy a echarle un vistazo… Asegurarme de que no salga tarde, que no se meta en todo tipo de travesuras. —Sonrió y después suspiró—. Tengo que entrar. Diviértete, ¿sí?

Se separó de ella con reticencia.

—Lo haré.

...

Aunque saldrían a la tarde, Edward se tomó el día libre para empacar y prepararse.

Pero cuando llegó a casa después de dejar a Bella, encontró su nueva mochila esperándolo en la entrada. Mirando dentro, la encontró llena hasta el borde con todo lo que podría necesitar fuera en lo salvaje.

—Leah —llamó, hallando al ama de llaves en su habitación, doblando ropa—. ¿Empacaste mi mochila?

Ella resopló.

—Sí, claro. Eso no está en mis tareas, jefe. —Lo miró sin detener su tarea.

—Si tú no lo hiciste… —Dejó la frase inconclusa, haciendo la conexión obvia.

—Ella intenta lo mejor que puede de cuidarte, eso es lo más que te contaré —dijo Leah con un gruñido—. ¿Puedo hacer una observación?

—¿Desde cuándo preguntas?

Leah rio.

—Tienes razón. —Su tono fue casi gentil cuando volvió a hablar, algo no muy Leah—. Últimamente eres feliz.

—¿Lo soy? —preguntó Edward despreocupadamente—. Es lindo tener a alguien más en la casa.

Ella le dio una mirada.

—Sí —dijo, poniendo los ojos en blanco—, es eso, totalmente.

...

No era tan terrible como Bella temía que sería. Alice era la misma parlanchina que de costumbre mientras conducían a casa.

Alice chasqueó la lengua en simpatía mientras veía a Bella masajearse el cuello.

—Apuesto a que tus pies duelen el doble.

—No está tan mal —murmuró. Era mentira, pero podría ser peor—. Edward me compró estos ridículos zapatos. Fueron… demasiado, pero son muy cómodos.

—Edward está intentando cuidarte —la reprendió Alice.

—Lo sé —dijo Bella en voz baja—. Es muy bueno en ello.

—¿Acaso existe eso? —Rio Alice—. Suéltale un poco las riendas, Bella. Ama cuidarte.

Bella miró a su amiga. Nunca lo pensó de esa manera, pero tenía un punto. Edward tenía esa expresión de satisfacción cuando le dejaba hacer cosas por ella.

—Le dejé comprarme los zapatos —destacó.

—Oh, bueno. Entonces ya está —bromeó Alice.

Esme y Rosalie llegaron poco después que Bella y Alice. Esme había traído un banquete de un restaurante italiano local que dijo estaba para morirse.

Estaban sentándose a comer cuando el celular de Bella tocó el ringtone de Edward.

—¿Hola?

Oye… —La voz de Edward puso automáticamente una sonrisa en su cara.

—¡Hola! ¿Cómo es que tienes señal en lo salvaje?

Es por eso que estoy llamando ahora. Estamos por salirnos del área de servicio. —Hizo una pausa—. ¿Qué van a hacer ustedes, chicas?

Antes de que ella pudiese contestar, Alice agarró el teléfono.

—Oye, Edward. Necesito que te vayas. Estamos por entrar al club de strippers ahora, y…

—Dame eso —jadeó Bella, arrebatándole el teléfono de la mano—. Perdón —le dijo a Edward.

Está bien. ¿Qué están haciendo realmente? —preguntó, sonando divertido.

—Sentándonos para una cena gourmet de todas tus comidas italianas favoritas —dijo burlonamente.

Sabes cómo lastimarme, ¿no? —gruñó él—. Creo que tendremos carne y frutos secos para cenar esta noche.

Si no sacas tu culo del teléfono para poder irnos, no vas a tener nada —dijo Jasper desde atrás.

¡Sí, vas a tener que cazar una ardilla o algo! —anunció Emmett.

—Parece que se están divirtiendo —dijo Bella sonriendo.

Sí. ¿Tú también?

—Mayormente. Alice está amenazando con pintarme las uñas de los pies.

Ritual de tortura —dijo él con una risa.

Edward, por amor a Cristo. No te vas a morir sin tu esposa, lo prometo —gruñó Emmett.

Y ustedes no se van a morir en unos minutos. Denle a su hermano un poco de espacio —los reprendió Carlisle.

Mejor me voy yendo —dijo Edward con un pequeño suspiro.

—Diviértete. Ten cuidado.

Bella apartó el teléfono, bastante fuera de sí hasta que escuchó una suave risa. Levantó la cabeza, ruborizándose cuando se dio cuenta que el resto de la mesa la estaba mirando. Rosalie estaba masticando un grisín, aparentaba estar aburrida, pero Alice y Esme se veían felices y divertidas.

De hecho, Esme estaba realmente radiante.

—Son repugnantes —dijo Alice alegremente, pasándole un plato lleno a Bella.

—No es broma —murmuró Rosalie por lo bajo, pero suficientemente alto para que sólo Bella escuchara. Si las otras mujeres la escucharon, no le siguieron la corriente.

—Oh, déjalos en paz, Alice —la regañó Esme con una risita—. Después de todo, todavía son recién casados.

—Apuesto a que todavía está siendo todo lindo —continuó Alice, descansando su cabeza momentáneamente sobre sus manos—. Jasper puede ser bastante romántico cuando quiere, pero siempre tuve la sensación que Edward lo sería aún más.

—Oh, sí, Bella, normalmente diría que no es de mi incumbencia, y puedes decirme si no lo es, pero… —Esme sonrió avergonzada—. Bueno, me perdí todas las primeras novias, sacar miles de fotos en el baile… todo eso.

—Edward dijo que no fue al baile.

—Exacto —interrumpió Alice—. Entonces, ¿es de cena y películas? ¿O es más creativo?

Bella resistió el impulso de retorcerse, concentrándose en cambio en deslizar su grisín por la espesa salsa roja.

—Nosotros… Quiero decir, realmente nunca tuvimos citas. —Sintió sus mejillas calentarse, escuchando cómo sonaban las palabras—. Es sólo que no tuvimos muchas oportunidades.

—Oh, ¿en serio? —preguntó Rosalie, alzando una ceja, mirando a Bella seriamente mientras tomaba un largo trago de agua—. Supongo que no hay mucho para hacer en Las Vegas.

—Nada en lo que Edward esté realmente interesado —le devolvió tranquila. Ella y Edward ya habían tenido esta conversación, él lamentando que había otras miles de ciudades para reunirse con los accionistas—. Los actos de salón se tornan aburridos, y él no es de clubes.

—De todas formas, hay mucho para hacer aquí, mucho para ver —animó Esme gentilmente.

—Estoy segura que Edward ha visto todo lo que quería ver aquí —alegó Bella.

Esme y Alice intercambiaron una mirada.

—Todo es mejor cuando es compartido con quien amas —afirmó Alice—. Dijiste que eras nueva en la ciudad, ¿cierto?

—Hemos estado ocupados —dijo Bella, otra vez tratando de desviar la conversación—. Con trabajo, y todo eso.

—He estado queriéndote preguntar sobre eso —dijo Alice, su ceja frunciéndose—. Entiendo completamente que quieras trabajar, pero, honestamente, me tomaría el tiempo para ir a la escuela. ¿Pero por qué Home Depot? Creo que si sólo estás buscando cualquier trabajo, incluso un trabajo de archivo sería mejor. Home Depot suena agotador, especialmente cuando tienes un pequeño pasajero que llevar.

—Es agotador —admitió Bella—. Pero de verdad me gusta mi trabajo. Administrar una base de datos está bien, pero estaría aburrida, y realmente no voy bien con las oficinas. Me gusta poder usar jeans, y ciertamente me gusta el aspecto creativo.

—¿Tiene un aspecto creativo? —preguntó Alice.

—Oh, sí —contestó Esme—. A veces, los asociados a Home Depot, Lowes, todos esos lugares, pueden hacer una gran diferencia.

Bella asintió, alegrándose considerablemente.

—Hoy fue mi primer día sola en el piso. Estuve en el área de baños. Esta pareja estaba discutiendo sobre los azulejos que les gustaban, y sugerí un diseño usando ambos.

—Carlisle y yo tuvimos muchas peleas en medio de la tienda. —Rio Esme—. Una perspectiva fresca y profesional puede ser lo que se necesite en cualquier proyecto.

—Aparte, me gusta ayudar directamente a la gente —agregó Bella—. Es más gratificante, incluso si mis pies duelen.

—Bueno, si hay algo en que los maridos son buenos, es en masajear pies —dijo Esme con un guiño.

...

Cuando las otras mujeres empezaron a bostezar, haciendo ruido sobre dar por terminada la tarde, Bella las siguió arriba. Casi se olvida, yendo a su propia habitación hasta dar media vuelta, en cambio, salió disparada por el pasillo a la recámara principal.

Estuvo preocupada por un momento, preguntándose si alguna de las otras elegiría esa habitación para dormir y vería su ropa en el closet, su libro en la mesita de noche. Pero mientras veía la habitación de Edward, sonrió, dándose cuenta de que él estaba un paso delante. Su libro descansaba sobre la mesita y un vistazo al armario le mostró que algunas de las prendas de Edward las habían movido para hacerle lugar a las suyas.

Por unos momentos se sentó al borde de la enorme cama, pensando sobre la imagen que proyectaba el cuarto. La portátil de Edward estaba en el borde de su mesita de noche. Para un intruso, a simple vista, se vería como si fueran una pareja de verdad.

Bella ya había descubierto cuánto le gustaba verlo trabajar. Cuando estaba enfocado en un proyecto, tendría la expresión más intensa en su cara mientras miraba su computadora, sus dedos trabajando hábilmente a la vez que calculaba restricciones de espacio y todo lo que iba con diseñar un edificio entero. Una cosa que Edward había dicho que disfrutaba de trabajar para su primo era que a Felix le gustaba que sus nuevos edificios fueran finamente diseñados y construidos. No escatimaba en gastos, dándole a Edward mucho con lo que trabajar.

Una vez, sólo una vez, ella empezó en la otra punta del sillón mientras él trabajaba. Se fue acercando y acercando, curiosa por lo que parecían líneas al azar convirtiéndose en paredes y habitaciones. Observó, totalmente fascinada hasta que él paró, y de repente se dio cuenta de que estaba inclinada sobre él, la cabeza descansando sobre su hombro.

Él parecía divertido en vez de irritado, por lo que realizó unas preguntas que se le ocurrieron, escuchando y mirando intensamente mientras él jugaba con la disposición de las ventanas en el pasillo de entrada.

En su mente, Bella movió esa escena a la gran cama donde se encontraba. Casi podía escuchar el sonido de sus dedos volando sobre los controles. Podía imaginarse hojeando su libro, ocasionalmente mirando qué era lo que estaba creando que quizá se convertiría en un edificio algún día.

Bella sintió sus mejillas calentarse y resopló. Se estaba volviendo buena en hilar pequeñas fantasías de felicidad conyugal. ¿Pero quién podría culparla? ¿Quién no querría un hombre como Edward de marido, como padre para su bebé?

Frunciendo el ceño, Bella coló una mano por debajo del borde de su camisa, sosteniendo la dura, redondeada protuberancia que había empezado a crecer. Rozó con las puntas de sus dedos en pequeños círculos sobre el bulto.

Su padre siempre le advirtió que la vida se complicaba enseguida, pero esto era ridículo. Bella nunca fue de las que piensan constantemente en relaciones y su vida amorosa, pero no estaba hastiada, o no lo había estado. No había estado buscando amor, pero pensaba que tendría una mente abierta por si alguna vez lo encontraba.

Lo que sentía por Edward era una emoción que a veces era confortante y cálida, como un chocolate caliente frente a un llameante fuego en invierno, y otras como electricidad y ese momento de regocijo en la punta de la montaña rusa. Había jugado con la idea de estar enamorándose de él, pero tenía que preguntarse qué era real.

¿Eran sus sentimientos sólo una cuestión de circunstancias? ¿Cómo podría no sentirse encariñada con él después de todo lo que había hecho por ella, después de todo el duro trabajo por el que pasó para hacer su vida un poco más fácil?

Bella se deshizo de ese pensamiento, recordándose que tenía deberes como anfitriona. Puso los ojos en blanco, dándose cuenta que probablemente ellas sabían mejor que ella dónde las toallas sin usar y las cosas estaban.

Mientras caminaba por el pasillo, Bella se detuvo en seco cuando escuchó su nombre.

—¿Cuál es tu problema con Bella de todas formas? Es… dulce.

Rosalie bufó en respuesta al comentario de Alice.

—Dios, lo que sea. Sólo estoy enferma de escuchar de ella. Odio cómo todos corren a protegerla.

—Ella no te ha hecho nada a ti.

—No, supongo que no —suspiró dramáticamente—. Sabes qué, Alice, es sólo agobiante, ¿bien? ¿Te acuerdas qué se suponía que iba a ser este fin de semana?

—¿De qué estás hablando?

—Exacto —dijo Rosalie cortantemente—. Antes, cuando los chicos planearon este pequeño escape, ¿te acuerdas qué habíamos dicho que íbamos a hacer?

Hubo una larga e incómoda pausa. Luego Alice suspiró suavemente.

—Oh, Rose.

—Sí. Hay mucho de eso dando vueltas. Te olvidaste que debíamos probar pasteles para la boda. Carlisle y Esme están tan ocupados celebrando el casamiento de Edward que por poco no se han olvidado que Emmett se está por casar. Apesta —escupió—. Podría ganar el Premio Nobel y sus padres estarían celebrando cualquier logro menor que Edward haya hecho esta semana. Quizás haya logrado atarse bien los zapatos.

Su tono rebosaba sarcasmo, haciendo que las manos de Bella se hicieran puños a sus costados. Estaba frustrada. Lo que quería era discutir, pero entendía que estuviera sesgada. No conocía la situación del todo bien, no conocía la dinámica familiar. Todavía era una recién llegada, una intrusa.

—Eso no es justo, Rosalie —dijo Alice gentilmente—. Sabes que…

—Ugh. Dios. Sí, lo sé. He oído la triste historia completa. Y no me malentiendas. Sabes que no tengo ningún problema con Edward —la interrumpió Rosalie—. Pero en serio, ¿de qué bien sirvió?, ¿perder a su hijo la primera vez, si nunca lo superaron lo suficientemente rápido para prestarles atención a sus otros chicos?

Presionando su mano contra los labios, Bella se dio la vuelta, determinada a caminar lejos de ahí antes de escuchar otra cosa. Jadeó cuando se topó con Esme, quien estaba parada ni a treinta centímetros detrás de ella.

—Oh, Dios. Esme, lo siento tanto —susurró.

La sonrisa de la otra mujer fue acuosa, y respiró profundo antes de contestar.

—No hay nada por lo que tengas que disculparte, querida —dijo en voz baja.