Hola… emmmm no soy nikachan, soy un amigo suyo. Nikachan está de vacaciones y me ha enviado esto por email para que yo lo publique y así no tengais que esperar tanto. Dice que espera que os guste y os agradece vuestra paciencia. Promete que en el próximo capitulo pondra una lista de las personas que le han dejado mensajes y que seguramente cuando venga de vacaciones suba otro capítulo para recompensar el que hayais esperado tanto tiempo que subiera actualización.

Hasta pronto. Javi.

Capítulo 6. Felicidad

Kagome vertió más masa para tortitas en la sartén. Lo que había ocurrido la tarde anterior había sido… extraño… No sabía si había sido real o ficción, lo único que sabía es que aún creía poder saborear los labios de Inuyasha sobre los suyos, sentir su respiración cerca, notar sus manos apresándola suave y firmemente por las caderas… Pero esas cosas habían ocurrido tantas veces en sus sueños desde que tenía uso de razón que no podía estar segura de si había pasado de verdad o sólo había sido un sueño más.

Los pasos entrando en la cocina hicieron que mirase hacia la puerta, con la espátula en la mano y el cabello recogido de forma desordenada, dejando algunos mechones cayendo sobre la frente y las mejillas, enmarcando su rostro, un rostro que se tornó rojo al ver que era Inuyasha el primero que se había levantado aquella mañana.

Por unos segundos se quedó quieta sin saber qué hacer o decir. Después pensó en que no debía de parecer demasiado atractiva vestida con aquellos pantalones holgados y de cadera baja junto con la camiseta de tirantes blanca, corta, que dejaba ver parte de su tripa delineada y plana. Descalza, para más mortificación de ella.

-Buenos días… -se limitó a decir.

Inuyasha pareció despertar de su ensoñación cuando escuchó la voz de ella. ¿Cómo había podido esperar tanto tiempo a besarla cuando era más que evidente lo que ella provocaba en él? Incluso vestido con sus habituales pantalones vaqueros y aquella camiseta negra, se sentía mal vestido junto a ella, que parecía un ángel inocente. Una duda asaltó su mente. ¿La había besado?

La miró y notó las mejillas rosadas de ella mientras Kagome le sonreía dulcemente. Él le correspondió la sonrisa. Sí, la había besado, no había ninguna duda.

-Buenos días –contestó él.

Atravesó la cocina sin perder aquella sonrisa, una sonrisa que sólo existía para ella, algo de lo que ambos eran conscientes y antes de que Kagome pudiera decirle que se sentara a desayunar porque Kouga y Miroku deberían estar a punto de bajar, las manos de Inuyasha la habían rodeado por la cintura y sus labios habían capturado los de ella, dejando lo que fuera a decir en una protesta silenciosa.

Kagome se dejó besar sin poner demasiada resistencia, aunque su cabeza le indicaba que no parecía ser una buena idea con sus otros tres hermanos a punto de entrar en la casa. Estaba a punto de separarse de Inuyasha cuando él pareció haber pensado lo mismo que ella y la soltó, dejándola respirar y sonriéndole con la misma ternura que demostraba siempre que estaba con ella desde que eran pequeños.

-Estaba deseando poder volver a hacer esto… -confesó Inuyasha separándose de ella unos centímetros-… sabes a chocolate.

-Rosquillas –se limitó a decir ella con una tonta sonrisa en el rostro.

Inuyasha sintió como ella le miraba.

-¿Qué? –preguntó.

Kagome negó con la cabeza y se giró hacia las tortitas de nuevo mientras susurraba un suave "nada".

Las manos de él se enroscaron en su cintura con facilidad, como si siempre hubieran pertenecido a allí. Sintió su aliento cerca de su oído y se estremeció de puro placer al sentirlo tan cerca de ella.

-¿Qué? –volvió a preguntar él besándole la nuca.

-Creí… creí que lo de ayer había sido un sueño… -dijo Kagome sacando las tortitas de la sartén-. Ya sabes, cuando tú…

-¡Chocolate! –se escuchó la exclamación de Kouga entrando en la cocina.

Inuyasha y Kagome se separaron y mientras ella tomaba el plato para acercarlo a la mesa con manos temblorosas, Inuyasha simuló alcanzar un par de tazas de la estantería alta.

-Buenos días –dijo alegremente Miroku entrando en la cocina-. Inuyasha, ¿despierto tan temprano? –el mayor se limitó a encogerse de hombros-. ¿Se ha caído un santo o algo así? –le preguntó con burla mirando a Kouga que también rió después de haberle dado un beso a su hermana mientras se sentaba en la mesa.

-Yo siempre me despierto temprano, lo único que ocurre es que lo primero que hago no es ponerme a comer como dos desesperados que conozco –comentó irónico y con tono de burla mirando a sus dos hermanos.

Miroku se llevó una mano al corazón y fingió estar dolido. Kouga se limitó a encogerse de hombros indicándole que no le importaba en absoluto aquello y se llevó a la boca uno de los panecillos recién hechos.

-Buenos días –apareció Sesshomaru con el periódico en la mano y un montoncito de cartas que fue repartiendo-. Kouga… Miroku… para ti… -le tendió varios sobres color crema a Inuyasha que frunció el ceño-, y para ti, preciosa.

Kagome se limpió las manos en la servilleta y recogió dos cartas mirando el remitente con una sonrisa tonta, más debida al beso de Inuyasha que a otra cosa.

-Tengo que ir a hacer unas gestiones a la ciudad –comunicó Sesshomaru-, así que no me esperéis a comer.

-Tranquilo, será difícil, pero intentaremos sobrevivir sin tu presencia –le contestó burlón Kouga.

-Sólo intenta no meterte en problemas –le contestó Sesshomaru con su habitual tono serio pero un tinte divertido en su mirada mientras le golpeaba suavemente en la cabeza con los sobres.

-Estaremos bien –aseguró Inuyasha-. No somos unos críos Sesshomaru.

-Hace mucho que dejamos de serlo –corroboró Kouga -¡Eh, esa rosquilla era mía! –reclamó a su hermano al ver que Miroku había tomado la última rosquilla con chocolate.

-Al menos unos más que otros –añadió Kagome al comentario de Inuyasha-. Basta los dos o no habrá postre.

-Por cierto, se me olvidaba decíroslo… -añadió el mayor de los Taisho cuando ya estaba saliendo por la puerta-… no hagáis planes para mañana, Rin y yo hemos decidido casarnos mañana. Que tengáis un buen día.

-¿QUÉ?

Sesshomaru rió al escuchar el grito de sus hermanos. Había sido divertido darles la noticia de aquel modo; tendría que recordar darle las gracias a Rin; después de todo, la idea había sido de ella.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Kikyo soltó el humo del cigarrillo mientras miraba a través de la ventana. El piso décimo sexto del edificio. El más alto. Aquello le ofrecía poder, le daba poder. Lo sabía. Era una mujer decidida, que siempre buscaba lo mejor y que siempre conseguía lo que deseaba obtener.

Apagó el cigarrillo en el cenicero y volvió a mirar hacia fuera cruzándose de brazos.

Siempre conseguía lo que deseaba obtener… nunca se le había resistido nada. Había nacido en una humilde familia, siempre careciente de lujos y caprichos, siempre resignada a ver como los demás niños de su edad aparecían con nuevos juguetes, ropa, vestidos y demás cosas con las que ella ni siquiera se atreví a soñar porque siempre le habían dicho que jamás las tendría. Había crecido y se había propuesto salir de todo aquello.

Por ese motivo había empezado a trabajar todos los días, después de clase, en cuanto empezó el instituto; el suelo no era demasiado, pero ella había aprendido a ahorrar y era algo que, francamente, se le daba realmente bien.

En cuanto había podido, había accedido a la Universidad, trabajando a media jornada como cajera de un supermercado, alejado de los lugares que sabía que sus compañeros frecuentaban.

Lo había conseguido todo. Había conseguido graduarse, había conseguido llegar hasta lo más alto de su carrera de derecho; había salido de la pobreza en la que se había criado y lejos habían quedado ya aquellos días en los que miraba con envidia las cosas que los demás tenían y que ella no podía alcanzar.

Lo tenía todo… todo salvo a él.

Inuyasha Taisho.

Lo había conocido en la Universidad y en el mismo momento en que lo había visto había decidido que tenía que ser suyo. Inuyasha Taisho tenía todo lo que le gustaba a Kikyo en un hombre. Tenía aquel porte elegante y aquella estatura apta para hacer que alguien se sintiera seguro si le abrazaba; tenía aquel cabello negro impecablemente salvaje y aquellos ojos dorados que podías sentir traspasar tu alma.

Y era inteligente, terriblemente inteligente, una inteligencia mezclada con ese humor tan frío y característico en él. Con ese rostro siempre severo, siempre serio, tomando responsabilidades que no eran de su competencia casi nunca y que aún así él las hacía suyas.

Era perfecto para ella y juntos podrían llegar más lejos aún si es que eso era posible, de donde habían llegado por separado. Pero él no era para ella… había estado a punto de serlo… lo sabía… pero aquella noche cuando vio a Kagome, la hermana de los Taisho, cuando vio como la miraba Inuyasha, como estaba pendiente de ella y sobretodo como le sonreía de aquella forma que no tenía nada que ver con la sonrisa superficial y sin sentimientos que le dedicaba a ella, que le dedicaba a todo el mundo. Kagome era especial para Inuyasha y pese a todo lo que ella hiciera o dijera o intentara hacer, nunca podría cambiar aquello.

Después, cuando Inuyasha le contó entre café y café que Kagome se había ido a la Universidad, Kikyo tuvo la oportunidad de hacer algo, de atraerle de alguna manera. Le conocía, sabia que Inuyasha se haría responsable de lo que fuera que hiciera…había tenido la sensación de que podría hacer algo… incluso había tenido la idea de hacerle creer que habían pasado una noche de sexo salvaje y que ella había quedado embarazada producto de esa noche… tan pronto como la idea había venido a su cabeza la había desechado. Inuyasha no era idiota y quizá podría haberle engañado un par de meses, pero no más….

Giró en redondo y se sentó en la silla giratoria blanca, observando la fotografía que tenía de Inuyasha sobre su escritorio. Sonrió con cierta tristeza y la acarició antes de ponerla boca abajo sobre la superficie de la mesa.

Inuyasha Taisho no era suyo. Nunca iba a ser suyo. No importaba lo que hiciera, lo que planeara o lo que hubiera pretendido hacer para atraerlo a su lado. Desde el mismo momento en que había visto como miraba a Kagome, se había dado cuenta de que había perdido una guerra en la que nunca había llegado a participar.

Podía tenerlo todo… todo lo que siempre había soñado, pero sabía que nunca tendría lo que de verdad quería: a Inuyasha.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

-¿Y qué te parece esta tela para mi vestido? –preguntó Sango enseñándole un muestrario de un suave tejido en un tono amarillo pálido.

-Creía que ibas a casarte de blanco –apuntó Kagome mirando la tela.

Sango se limitó a encogerse de hombros.

-Cambié de parecer.

-¿Cuándo?

-Cuando Miroku me dijo que el amarillo era mi color –admitió Sango un poco sonrojada por aquello. Kagome le sonrió comprensiva-. Y por cierto, ¿dónde está Miroku? No lo he visto por ahí fuera.

Kagome se levantó cuando la tetera hirvió y se dispuso a servirlo en dos tazas de té que ya tenía dispuesta sobre la mesa de la cocina.

-Estará con Inuyasha y Kouga planeando sólo Dios sabe qué… supongo que te ha dicho que Sesshomaru nos ha soltado la bomba en el desayuno –Sango asintió-. Así que estarán preparando algo para vengarse de que se lo digan con tan poco tiempo.

-A ti no parece haberte importado demasiado… -le contestó Sango.

-No me importa –sonrió ella-, Sesshomaru ha esperado cuatro años hasta que regresara de la ciudad para casarse… Creo que merece ser feliz.

-¿Y qué hay de ti?

-¿Qué hay de mí? –preguntó la joven mientras se colocaba la coleta que llevaba hecha aquella mañana sobre el hombro y juzgaba que necesitaba cortarse las puntas.

-¿Eres feliz?

Kagome miró a Sango. Se conocían lo suficiente para hablar sin tener que utilizar palabras. No era aquella la pregunta que la morena le estaba haciendo. Era otra distinta y al mismo tiempo parecida.

-Sango, vas a casarte con Miroku… ¿sabes las conversaciones que vas a ahorrarme sobre cómo huele tu pelo o lo bonita que te pones cuando te enfadas? –la otra rió suavemente-. De verdad Sango. Estoy feliz por ti y por Miroku, estoy feliz por Maru y Rin y por Inuyasha… y también por Kouga… aunque espero que él también siente pronto la cabeza…

-Pero no te he preguntado eso Kagome –insistió la chica. Kagome enarcó una ceja-. Bueno, de acuerdo, no te he preguntado eso directamente –Kagome rió-. En serio, ¿eres feliz?

-¿Podría pedir algo más?

-Sí, podrías –la contradijo Sango-. Estás enamorada de Inuyasha y siempre has soñado con un final de cuento de hadas para ti –le recordó como si fuera una ofensa que fingiera no recordar haber dicho nunca tal cosa-. Kagome, eres una de las pocas personas buenas que conozco que merecen que sólo les ocurra cosas buenas… Deberías de poder pedir todo lo que deseas y todo se te debería cumplir.

-Sango, en serio… soy feliz si los que quiero lo son –le contestó.

-¿Eso significa que Inuyasha es feliz? –inquirió su amiga con cierto tono pícaro que no pasó por alto a Kagome qu se ruborizó ligeramente.

Kagome abrió la boca para decir algo, pero se vio interrumpida cuando Inuyasha entró con una media sonrisa, vestido solo con los pantalones vaqueros y el cuello, hombros y parte del torso cubierto únicamente por una delgada capa de lo que parecía ser harina. Sango le miró y Kagome sólo enarcó una ceja.

-Eh… perdón… no quería interrumpir –se disculpó el hombre-… pero Kouga y Miroku han liado una de las suyas –admitió señalándose a sí mismo sin aguantar la risa-. Necesitamos más harina –sentenció mirando a Kagome.

-¿Vais a rebozaros? –preguntó Kgome aunque se levantó de la silla y se dirigió a la despensa-. Lo digo por daros también los huevos y el pan rallado y así te ahorras dos viajes más –añadió sonriente mientras se estiraba sin llegar a alcanzar el paquete de harina.

Inuyasha observó como Sango miraba su revista de vestidos y recortes y sonrió de forma traviesa, una sonrisa muy semejante a la de Miroku cuando planeaba alguna de las suyas que casi siempre incluía acercarse demasiado a Sango cuando aún esta le daba calabazas.

-Maldita sea… -escuchó murmurar a Kagome que no conseguía llegar a la balda superior-. Ya puedes bajar ese estante completo porque si no, no llegaré para hacer ningún tipo de dul….

La mano de Inuyasha se alzó por encima de la suya y sin ninguna dificultad alcanzó el paquete él mismo. Kagome se giró para reprenderle por hacerle buscar la harina cuando él sabía perfectamente donde estaba pero se vio incapaz de decir nada cundo los ojos dorados de él la miraron con una mezcla de ternura, cariño y promesa silenciosa. Tragó saliva con cierta dificultad y sus mejillas se sonrojaron.

-…dulce… -terminó él la palabra de ella.-. No… creo que con un poco más de harina será suficiente… -le contestó él con una media sonrisa y a media voz haciendo que ella se estremeciese-. Gracias, pequeña…

Con el paquete de harina entre los dos, Inuyasha se permitió relajarse para mirarla. ¿Cómo diablos podía ser tan hermosa y no haber querido darse cuenta antes? Le acarició la mejilla sonriendo cuando ella cerró los ojos para sentir más aún esa delicada y suave caricia.

-Vais a limpiar… -empezó a decir ella-.. ahí arriba…-la mano de él se deslizó por su sien para apartarle un mechón-… vosotros tres…

-De acuerdo… -susurró él temiendo romper el momento de intimidad que se había creado entre los dos.

La mujer sentada en la mesa sonrió al verles de aquel modo. No sabía que había ocurrido entre los dos, pero estaba claro que algo había pasado. Sonrió internamente al darse cuenta de que posiblemente su amiga sí fuera feliz después de todo. Sango tuvo la delicadeza de carraspear y ambos se giraron hacia la mujer morena que simulaba estar hojeando el muestrario de telas, aunque los dos sabían perfectamente que les había estado mirando.

Kagome pareció despertar de su ensoñación porque dio un paso atrás alejándose de Inuyasha que sujetó el paquete de harina sin perder la sonrisa que despertaba en él el darse cuenta de lo que podía despertar en ella.

-Harina –dijo simplemente Kagome-. No hagáis mucho destrozo por ahí arriba, ¿quieres?

-Lo intentaré, princesa –le guiñó un ojo con complicidad.

Kagome vio como atravesaba la cocina como si no hubiera pasado nada, parándose un momento junto a Sango y diciendo por casualidad:

-Bonito color, ¿cuál es?

-Azul turquesa –contestó Sango-. ¿Por qué? No me digas que pretendes ir así a mi boda…

Él le sonrió.

-No, pero es el color que mejor le sienta a Kagome-. Miró a la aludida-. Deberías pensar en ir de ese color-. Hasta luego chicas…

Kagome carraspeó levemente bajo la mirada atenta de Sango, salió de la despensa, cerró la puerta, se sentó en la silla y tomó un sorbo de su té rojo; todo bajo la atenta mirada de Sango que la observaba con una ceja enarcada, recostada en la silla y los brazos cruzados. Exasperada la miró y sonrió nerviosa al ver que Sango la miraba de forma significativa.

-¿Qué? –preguntó ligeramente alterada.

-Eso me gustaría saber a mí… ¿qué diablos ha pasado aquí? –preguntó sonriendo.

-No sé a qué te refieres…

-¿No? Vamos, Kagome, mientes fatal, siempre has mentido mal.

-Eso no es cierto –se defendió la chica.

-¿Ah no? Si no fuera por mis mentiras, en el colegio te hubieran castigado más de cien veces –Kagome sabía que no podía negar aquello así que se limitó a callarse-. Vamos, cuéntame qué ha pasado…

-Nada, en serio… -Kagome alargó el brazo y tomó las muestras de tejido-. ¿Amarillo dices? –señaló otro color parecido- ¿Y qué te parece un color crema apagado? Yo creo que es más…

-Olvídate de eso, sólo es un vestido –Kagome la miró.

-Es tu vestido de novia, Sango.

-Sí, sí, ya… Cuéntame lo que ha pasado y me vestiré de lila si quieres –le aseguró.

Kagome sonrió. Su amiga estaba tan loca que estaba segura de que lo haría.

-Me ha besado… -dijo Kagome.

-¿Qué? –preguntó Sango-¿Cuándo, dónde, cómo…

-Espera, espera… para un segundo ¿quieres? Empiezo a recordar por qué me dabas a veces dolor de cabeza –se burló de ella-. Ayer… encontró una carta que le escribí antes de irme a la Universidad y que nunca le entregué…No sé cómo pasó pero… me besó… y le besé… -sonrió-… y fue mágico y especial Sango… fue… fue de verdad… no un sueño como los que siempre tengo… fue de verdad… me besó realmente…

Sango nunca había visto a Kagome tan feliz en toda su vida. Le sonrió y estiró un brazo por encima de la mesa para tomar la mano de la mujer que tenía enfrente.

-Me alegro por ti, cielo, de verdad –le confió sinceramente-. Mereces ser feliz…

Kagome le sonrió en muestra de gratitud.

-¿Y habéis hablado? –preguntó Sango.

Kagome negó suavemente.

-No… no sé qué significó ese beso para él ni tampoco el de esta mañana cuando…

-¿Te ha vuelto a besar esta mañana?

Kagome asintió sonrojada y divertida al ver la expresión de su amiga.

-Mientras hacía el desayuno –confesó avergonzada-. Dijo que sabía a chocolate –añadió con una sonrisita definitivamente de enamorada.

-De acuerdo, definitivamente necesitas hablar con él –le dijo Sango.

-Lo sé –contestó ella visiblemente nerviosa.

-No te preocupes, cielo; si la forma en que te ha mirado era sincera, te aseguro que Inuyasha está tan enamorado de ti como lo estás tú de él –sentenció Sango.

-¡Sango! –le reprendió ella.

-Y ya era hora…-añadió ignorando el reproche de Kagome-, bueno, ahora veamos –retomó sus recortes de tejido-. ¿Crema o amarillo?

Kagome rodó los ojos.

-Espera, ¿puedo utilizar tu teléfono? –preguntó aunque ya se había levantado y descolgado el auricular del teléfono que colgaba de la pared de la casa.

-Claro, ¿qué vas a… -Sango le hizo un gesto para que se mantuviera callada.

-Hola Nanako, soy Sango. Verás, ¿recuerdas el vestido de la dama de honor? Ese mismo… cambia el color. Lo quiero en azul turquesa –vio divertida como Kagome abría los ojos-. Eso mismo. Tengo el presentimiento de que le quedará mejor. Sí, gracias. Hasta luego. –se giró hacia su amiga-. Asunto concluido, bien, ahora… -se sentó frente a ella de nuevo-. ¿crema o amarillo?

Esta vez rió divertida cuando Kagome apoyó su cabeza sobre la mesa mientras decía algo que se asemejaba a "no puedo contigo".

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Miroku le dio un suave codazo a su hermano, que se giró para protestar y se encontró con Miroku señalándole la puerta por donde acababa de entrar Inuyasha, con una estúpida sonrisa en la cara. Enarcó las cejas.

-O hay veinte chicas en bikini en la cocina o a ti te pasa algo y no nos lo quieres decir –le dijo directo.

Inuyasha les miró burlón, les tiró el paquete de harina que Kouga atrapó con sus excelentes reflejos y se tumbó en la cama manchando de harina parte del edredón veraniego color negro de Sesshomaru.

-Se enfadará si le dejas eso así –señaló Miroku.

-Y tú lo sabes por experiencia, ¿verdad? –le replicó Inuyasha con una sonrisa maliciosa.

-No cambies de tema, ¿qué te pasa?

Inuyasha les miró con su gesto de indiferencia.

-No sé a qué os referís. No me ocurre nada. Estoy exactamente igual que cuando he bajado, cubierto de harina –se encogió de hombros.

Miroku y Kouga se miraron y asintieron al mismo tiempo, segundos antes de sentarse cada uno a un lado de Inuyasha, que cerró los ojos pacientemente contando hasta quince antes de escuchar a sus dos hermanos hablar al mismo tiempo.

-¿Qué te ocurre? No actúas como tú.

Inuyasha miró a Miroku con una ceja enarcada.

-¿Y cómo actúo yo, según tú? –le preguntó de forma calmada y paciente, demasiado calmada.

Claro que, Miroku, cuando quería saber algo y su curiosidad necesitaba ser saciada no solía interceptar la advertencia en la voz de su hermano, no así como Kouga que, desde detrás de Inuyasha negaba con la cabeza fervientemente en un desesperado intento por decirle a su hermano que no contestara a esa pregunta si no quería comprobar que saltar desde la ventana del cuarto de Sesshomaru no era realmente imposible como Miroku insistía en decir.

-Distante, frío, malhumorado… -empezó a enumerar Miroku. Se encogió de hombros-. Actúas como Inuyasha… pero hoy estás… -frunció el ceño-…. Raro –sentenció a falta de encontrar una palabra mejor.

-¿En serio? –preguntó Inuyasha.

Kouga movió más aún la cabeza consiguiendo únicamente una mirada extraña por parte de su hermano Miroku que le ignoró y continuó hablando con Inuyasha.

-Sí… estás como… como… como Sesshomaru –dijo finalmente.

La mirada de Inuyasha se ensombreció ligeramente y sus músculos se tensaron. Para alguien como Kouga, acostumbrado a entrenar sus golpes de karate con Inuyasha desde que eran unos críos, ese cambio en sus músculos fue algo completamente visible y perceptible, para alguien como Miroku no; por eso mismo, Kouga decidió que era hora de intervenir antes de que Inuyasha hiciera o dijera algo de lo que pudiera arrepentirse más tarde.

-Estás distraído –dijo quitándole importancia. Inuyasha le miró y entrecerró los ojos como si intentara descubrir si su hermano hablaba en serio o sólo hablaba porque se había dado cuenta de que se había tensado ante la conversación con Miroku-. En serio, no me mires así, ¿algún problema con el trabajo?

-No, todo como siempre –se limitó a decir Inuyasha.

-Bien, si tú lo dices… -comentó casualmente Kouga sin creerse aquello.

Inuyasha se levantó de la cama de un salto ágil.

-Voy a llevar a Colmillo hasta el lago, necesita correr un poco.

-Pero… aún no hemos terminado con la sorpresa de… -Inuyasha cerró la puerta dejando a Miroku con la palabra en la boca-… Sesshomaru –miró a Kouga-, ¿qué diablos le pasa?

-No estoy seguro, pero si no me equivoco seguro que hay faldas de por medio.

Miroku reprimió un escalofrío.

-Por su bien espero que no sean las faldas de Kikyo… Esa mujer me resulta muy fría.

Kouga sonrió y palmeó el hombro de su hermano mayor.

-Por el bien de TODOS yo espero que no sean las faldas de Kikyo –remarcó Kouga.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Naraku apuró su vaso de vodka mientras miraba por la ventana lo que todo el mundo conocía como Lirios Salvajes. Siempre había odiado la suerte que los Taisho habían tenido con todo. Incluso con el bastardo del padre de los que ahora eran sus vecinos. Había sido un hombre brusco y acaparador, la suerte, era que había muerto.

Los rumores siempre habían circulado a que no había caído dentro del pozo él solo, sino que uno de sus hijos, le había empujado. Inuyasha Taisho, desde entonces le habían apodado "el demonio" y ciertamente lo parecía cuando era capaz de mirar con el mismo desprecio con que siempre había mirado su padre.

Le odiaba. Odiaba a Inuyasha Taisho como jamás podría odiar a nadie más, con toda su alma, con toda su voluntad y era algo que todo el mundo sabía, algo mutuo y que ninguno de los dos escondía a nadie.

Odiaba la suerte que tenía para todo, que todo le saliera bien, que siempre tuviera una salida, una escapatoria, una mano que le brindase ayuda. Odiaba que tuviera la sensatez de Sesshomaru a su lado, el carácter divertido de Miroku y la capacidad de Kouga por ponerle siempre a prueba para que se superase a sí mismo. Y sobretodo, odiaba que tuviera siempre la dulzura y la sonrisa de aquella niña que había visto crecer, de Kagome. Ni siquiera era su hermana pero bastaba que alguien la mirara mal para que Inuyasha la colocara detrás de él, protegiéndola incluso del mismo aire.

Kagome…. Incluso su nombre era dulce. ¿Por qué tenía que vivir con los Taisho? Era algo que se preguntaba una y otra vez.

Esa chica le gustaba desde el primer día que la había visto. Su porte era exquisito, su dulzura envidiable y su carácter… tenía un carácter endemoniado, seguramente por haber pasado tanto tiempo con Inuyasha. No le importa. Le gustaba así. Por ese motivo, cuando su amigo Bankotsu le había comentado quién era, él no había dudado en mover papeles, hilos e influencias para lograr que Kagome fuera separada de los Taisho y regresara con su familia. Sonrió. Había salido más perfecto de lo que en un principio había creído… el mismo Inuyasha había resultado ser el abogado… claro que… nadie sabía que él lo sabía. Simplemente perfecto.

Ahora, lo único que podía desear y esperar en silencio era que si Kagome Higurashi no iba a ser para él, tampoco fuera para nadie, mucho menos para Inuyasha Taisho. Y pondría todos los medios que le fueran necesarios para ello.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Permanecía sentada en el regazo de él, las piernas colgando por un brazo del sofá y su cuerpo pegado al de Inuyasha mientras una de las manos del hombre la mantenía sujeta por la cintura y la otra le acariciaba el cabello de forma suave, dulce, tranquila.

Podía sentir el corazón de él palpitar ligeramente. Sonrió. Le gustaba escuchar aquel sonido, siempre la había tranquilizado… era como volver a ser pequeña, cuando aquellas noches de tormenta la asustaban y él aparecía en su cuarto y se tumbaba junto a ella, abrazándola y diciéndole que no le iba a pasar nada nunca siempre que él pudiera impedirlo.

Le tranquilizaba escuchar el latido del corazón de Inuyasha… era como un bálsamo de tranquilidad para su propio corazón y su propio espíritu. Sonrió y sin darse cuenta de lo que hacía, realmente, dejó un beso en el pecho de él, sonriendo cuando le sintió suspirar y sonreír al mismo tiempo. Por fin, por fin estaban solos y aunque aún no habían hablado, ninguno de los dos parecía tener demasiada prisa por romper aquel momento de tranquilidad y soledad que tanto les había costado encontrar en el día.

(flashback)

Ni un minuto. No habían tenido ni un minuto a solas en todo el día. Kagome empezaba a pensar que había un comploto una conjura para que ella e Inuyasha no pudieran estar a solas para hablar… ¿es que todo tenía que ser tan complicado?

Primero él había salido con Colmillo, más tarde, ella había sido, literalmente, secuestrada por Rin que no sabía qué peinado escoger para el día de su boda, durante la comida, Kouga y Miroku parecían haber decidido no dejarles tranquilos ¡ni siquiera habían podido sentarse en sus sitios habituales y estar al menos así, un poco más cerca el uno del otro! Después, a media tarde, cuando creían que podrían estar solos, Sango había tenido un ataque repentino de dudas y había sido trabajo de Kagome tranquilizarla y decirle que todo saldría bien y que Miroku la quería de verdad; más tarde había sido Inuyasha quien había sido requerido por sus dos hermanos para tranquilizar al siempre tranquilo Sesshomaru que parecía haber entrado en crisis al ver nerviosa a la hermana de su amigo. Esto había hecho a Inuyasha y Kagome pensar si sus hermanos y amigos se habían puesto de acuerdo para no dejarles solos.

Pero finalmente, parecía que todo se había tranquilizado con la llegada de la noche. Sesshomaru estaba en aquellos momentos fingiendo estar enfadado con sus tres hermanos y no era para menos, ya que los chicos habían construido una especie de muñeco al que habían vestido con su ropa y lo habían dejado tumbado en la cama con un cartel que decía "apriétame y te haré feliz"; resignado y persuadido por las miradas de sus dos hermanos menores principalmente, Sesshomaru lo había hecho y toda la harina que había estado acumulada dentro del muñeco había explotado saliendo por la boca del muñeco y llenando a Sesshomaru de harina. Lo malo es que no habían previsto que ninguno de los tres era hábil con la aguja y las costuras de brazos, piernas y cabeza del muñeco se abrieron, dejando todo el cuarto de Sesshomaru lleno de harina y al propio Sesshomaru lleno de harina de arriba abajo.

-Es tarde –dijo apagando el televisor-. Vosotros dos, a dormir ya.

Kouga frunció el ceño.

-¿Por qué sigue tratándonos como si tuviéramos doce años?

-Porque seguís actuando como tal –contestó divertida Kagome sentada en su sillón favorito con las piernas subidas al sillón y sin despegar los ojos de su libro.

-¿E Inuyasha no? –preguntó Miroku al ver que Sesshomaru no le había dicho nada al chico de ojos dorados.

Inuyasha se limitó a sonreír mientras terminaba de rellenar unos documentos.

-Yo nunca he tenido doce años, esa etapa me la salté –dijo levantando la mirada y cruzándola con la de Kagome, guiñándole un ojo cómplice y sonriéndole al notar que ella lo hacía.

Kouga rodó los ojos.

-Me voy a dar una vuelta –indicó.

-Yo voy a ver si mi preciosa Sango sigue despierta y quiere dar un paseo –apuntó Miroku.

-¿Os tengo que recordar que me caso mañana y que quiero que estéis allí o no es necesario? –preguntó Sesshomaru con una media sonrisa.

-No es necesario –dijeron los dos al mismo tiempo.

-¿Y tú no eres madrina de Sesshomaru? –preguntó Kouga mirando a su hermana. Ella asintió-. Tú sí deberías ir a dormir si no quieres tener ojeras mañana.

Lejos de sentirse malhumorada por el modo en que había sonado aquel comentario, Kagome le sonrió a su hermano y le señaló el libro que estaba leyendo.

-Es fascinante y me tiene totalmente atrapada –le explicó-, creo que no voy a poder dormir hasta que no lo termine.

Kouga le acarició la cabeza revolviéndole un poco el cabello y, ante la mirada divertida de Inuyasha, la chica se apresuró a colocarlo en su sitio con rápidas pasadas de la mano por el cabello mientras fulminaba a Kouga con la mirada; claro que, si no estuviera vestida con su pijama rosa de flores blancas y no llevara aquellas zapatillas blancas y blanditas en los pies, seguramente su mirada hubiera resultad más amenazadora y Kouga no se habría reído como lo estaba haciendo.

-Tú y tus libros… -dijo simplemente el chico-. Buenas noches, pequeñaja.

-No me llames así –le respondió ella inmediatamente-. No lo soporto y ya no soy tan pequeña –añadió.

-Pero siempre serás más pequeña que nosotros –atajó Miroku divertido.

Lejos de molestarse de nuevo, Kagome les sonrió de forma encantadora, como quien tiene un secreto bajo la manga y está dispuesta a usarlo. Carraspeó ligeramente atrayendo la atención de los dos chicos que sonreían y cuando estuvo segura de que ambos la miraban y escuchaban, habló.

-Y aún así soy la única que puede decidir si os doy pastelillos de chocolate o no, ¿verdad que es una ironía?

-Deberías estar orgulloso –intervino Sesshomaru al ver como Kouga abría la boca para replicar algo-. Le has enseñado a jugar bien a este juego –añadió.

-Buenas noches –se limitaron a decir los dos mientas salían de la casa.

-No os acostéis tarde –sugirió Sesshomaru a sus dos hermanos-. Inuyasha, la puerta de atrás…

-Lo cerraré todo antes de acostarme –contestó él interrumpiéndole-, vete a dormir, mañana será un gran día para ti, Sesshomaru.

-Buenas noches Kagome –se inclinó hacia ella y la besó en la cabeza-. Y no dejes que Kouga te moleste. Aunque mañana tengas las ojeras de un Oso Panda seguirás estando preciosa.

Ella le sonrió.

-Buenas noches, Maru…

(fin flashback)

No necesitaba hablar para estar bien cuando él estaba cerca, era como si algo le dijera que nada podía pasarle si Inuyasha estaba a su lado. Y a pesar de que no necesitaba hablar, había demasiadas cosas que decir, que pensar y qué decidir.

-¿Y ahora qué? –preguntó Kagome en un medio susurro.

-¿Ahora qué? –repitió Inuyasha a la pregunta de ella.

¿Qué podía contestarle? Nada. No podía contestarle nada porque ni él sabía qué iba a ocurrir… La quería. Quería a Kagome. La quería tanto que dolía. Había dolido durante muchos años y ahora que finalmente sabía que ella también le quería no estaba dispuesto a dejarla marchar, a menos que ella quisiera marcharse. Pero por la forma en que ella le había mirado cuando se habían quedado solos, por la forma en que no había protestado cuando él se había sentado en el sillón y la había cogido en brazos y por la forma en que se había acurrucado contra él como una gatita en busca de calor, no creía que ella quisiera marcharse. Mejor. Él no quería que se marchara nunca.

-¿Qué vamos a hacer Inuyasha? –le preguntó ella de nuevo.

Él suspiró profundamente antes de sonreír con una mezcla de resignación y cansancio, sabiendo de antemano que la respuesta que iba a darle seguramente no le iba a gustar a la chica.

-La verdad es que no lo sé –le dijo él. Kagome le miró.

-¿No lo sabes? Deberías saberlo –le contestó la chica. Inuyasha frunció el ceño.

-¿Debería saberlo? –le preguntó. La chica asintió con la cabeza-. ¿Y por qué debería saber qué está pasando con nosotros dos cuando está más que claro que tú no lo sabes?

-Porque tú lo sabes todo –le contestó ella entonces como si fuera lo más obvio del mundo.

Inuyasha la miró.

-¿Qué? Eso es una tontería…

-No, no lo es –Kagome se levantó del sofá-. Siempre sabes qué decir en el momento que debes decirlo, siempre sabes qué hacer, no importa si me he caído del caballo o si me ha mordido una serpiente venenosa… tú siempre sabes qué hacer –dijo ella claramente nerviosa mientras se colocaba el cabello detrás de la oreja-. Tú sabías qué hacer cuando aquel chico me rompió el corazón a los doce años y tú sabías que decir cuando mi tortuguita murió saltando desde la ventana de mi habitación…

Inuyasha no pudo evitar reír y aún rió más cuando ella le miró enfadada.

-¿Te estás riendo de mí Inuyasha? –le preguntó.

Sin perder la sonrisa, él se acercó a ella y rodeó la cintura de la chica como lo había hecho cientos de veces, aunque esta vez, todo parecía diferente, todo era completamente diferente… especial.

-Bien, vamos a racionalizar esto, ¿de acuerdo? –la tranquilizó besándola en la cabeza-. Kagome, no sé qué diablos está pasando con nosotros –la sujetó más fuerte cuando ella hizo un gesto de moverse para soltarse de su abrazo-; ni sé qué pasará cuando todos lo sepan… pero no es algo que me preocupe demasiado –ella dejó de moverse y le miró desde su cómoda posición en los brazos de él.

-No… ¿no te preocupa? –preguntó ella.

Inuyasha negó con la cabeza suavemente.

-No demasiado… Siempre que tú estés conmigo… -Kagome abrió la boca un par de veces para decir algo, pero sin llegar a saber realmente qué decir, volvió a cerrarla-. Kagome, no me importa lo que digan, lo que ocurra, lo que suceda… puedo superarlo todo siempre que tú estés conmigo.

-Inuyasha…

-Dijiste que lo que escribiste en aquella carta aún era cierto, ¿verdad? –ella asintió avergonzada y él le sonrió dulcemente-. Bien, porque espero que siga así durante mucho tiempo… ¿Sabes? No suelo ir besando a las mujeres así como así… -ella frunció el ceño-. ¿Qué?

-¿Kikyo…

-A ella nunca la he mirado como te miro a ti, princesa –le dijo mirándola fijamente-, ni nunca la he abrazado como te abrazo a ti –la atrajo más hacia él-, y nunca, jamás, la he besado de ninguna forma… ni aquí… -la besó en la frente-, ni aquí… -dejó un beso en su mejilla-, ni aquí tampoco… -la besó suavemente en la punta de la nariz haciéndola sonreír-… y mucho menos aquí… -añadió besándola en los labios despacio-… Y por encima de todo, Kagome, a ella nunca le he dicho que la quiero…

Kagome abrió los ojos y él contuvo las ganas de reír. Se veía realmente preciosa ruborizada de aquella forma, con las mejillas sonrojadas, los ojos abiertos, las pupilas dilatadas y sus labios que parecían invitarle a cada segundo a ser besados.

-Bueno… a mí tampoco… -le contestó ella-… al menos con todas las letras, por supuesto…

-Por supuesto… -concedió él.

Se inclinó hacia la boca de Kagome y acarició sutilmente los labios de ella con el ápice de su lengua, recorriéndolos y disfrutando del sabor a cerezas que tenía la boca de Kagome. Luego la besó delicadamente, con suavidad, con tranquilidad, el tiempo se detuvo para ambos y solamente existían los brazos del otro. Cuando la boca de él se apoderó de la de la joven mujer, Kagome ronroneó casi sin darse cuenta.

Aquel beso no tenía nada que ver con los otros dos, precipitados, impulsivos… este estaba pensado, este, lo habían acordado… Y ambos lo disfrutaron sintiendo la lengua del otro en su propia boca, mezclando los sabores y atrapando gemidos de placer en la boca del otro… batallando por una danza de amor que parecía un torbellino de sensaciones del que ninguno de los dos tenía prisa por salir.

Cuando tuvieron que separarse para poder respirar, lo hicieron despacio, dejando que el aliento se entremezclase, entonces, Inuyasha le sonrió con aquella sonrisa dedicada sólo a ella, creada para ella especialmente.

-¿Y necesitas que lo haga? –le preguntó. Antes de que Kagome pudiera contestarle, él volvió a hablar-. Porque te quiero Kagome, ¿de acuerdo? Te quiero…

La sonrisa de Kagome podría haber iluminado todo Shikon con aquellas dos simples palabras. Inuyasha supo entonces que jamás podría dejarla ir. Ni con su tío, ni con nadie más…

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Kouga y Miroku llegaron a casa a la misma hora. Las dos de la mañana. Ninguno de los dos parecía haber bebido demasiado y aún así, ambos llevaban unas espléndidas sonrisas en las caras que podrían haber sido la envidia de todo aquel que les hubiese visto.

En un acto reflejo como si ambos lo hubiesen planeado, se detuvieron en el porche de la casa; Miroku se apoyó en la barandilla con el cuerpo inclinado y las manos unidas mientras que Kouga se sentó sobre la misma, con la espalda apoyada en uno de los pilares, a horcajadas, con una pierna colgando y la otra apoyada en la misma barandilla, una posición que demostraba un equilibrio innato que Miroku siempre había envidiado en él y en Inuyasha.

Ambos hermanos se miraron y sonrieron.

-Es extraño… -dijo Kouga entonces. Miroku le miró-. ¿Te das cuenta de que esta es la última noche que vamos a pasar todos bajo el mismo techo, siendo solteros?

Kouga sonrió a medias mientras asentía.

-Siempre pensé que tú serías el primero en abandonarnos –bromeó Miroku.

-¿Por qué? –el otro se encogió de hombros.

-No lo sé… Siempre tuve ese presentimiento… supongo que por una vez que me equivoque en mi vida no está tan al… -bromeó.

Kouga sonrió a medias mientras sacaba un paquete de cigarrillos del bolsillo de su chaqueta. Solían bromear acerca de los presentimientos de Miroku; era como si tuviera un sexto sentido para algunas cosas; siempre se lo tomaban a broma hasta aquella vez que obligó a Inuyasha a no salir de casa con Colmillo porque tenía el presentimiento de que podía pasarle algo malo pese a que era un día veraniego completamente perfecto… tres horas más tarde, un incendio se había declarado cerca del lago, justo donde Inuyasha tenía pensado ir. No habían vuelto a burlarse de los presentimientos de Miroku.

-Si Kagome te ve con eso, te dejará sin pastelillos hasta el día de Navidad –bromeó Miroku.

Kouga le dio una calada al cigarrillo y lo tiró al suelo después de apagarlo contra la madera del porche.

-Tienes razón. Es un vicio que tengo que dejar como sea. Voy a echarle de menos –Miroku le miró-. También a ti cuando te vayas.

-Vamos… suenas como si no fuéramos a volver a vernos –dijo burlón Miroku-, y sólo me mudaré a la casa de Sango que está a diez minutos andando por el sendero –añadió-. Y Sesshomaru estará en el pueblo, no nos vamos a ir a Estados Unidos ni a Europa.

-Lo sé, lo sé… -hizo una mueca disgustada-… pero no será lo mismo.

-¿Es que ahora vas a ponerte sentimental? –preguntó Miroku con un tinte divertido en su voz y un brillo en sus ojos.

-He bebido un par de copas más de la cuenta –se defendió Kouga con una media sonrisa-, y ya sabes que cuando bebo un poco más…

-Kouga, tú nunca bebes más de la cuenta –le recordó Miroku divertido-. Si te sirve de algo, yo también os voy a echar de menos… ¿con quién voy a pelearme ahora a todas horas? –preguntó.

-Estoy seguro de que Sango cubrirá bien ese puesto –añadió Kouga divertido.

Miroku echó la cabeza hacia adelante y rió profundamente.

-Oh, sí, desde luego… -miró a su hermano-… pero a ella no podré golpearla como hago contigo.

Kouga notó el brillo en los ojos de su hermano. Siempre había estado muy unido a Miroku y ambos eran conscientes de ello. Con Sesshomaru siempre pendiente de todos y de todo, siempre trabajando para que ellos estuviesen bien, siempre cuidándoles para que asistieran a sus clases y crecieran bien; y con Inuyasha siempre frío con todo el mundo pese a saber que siempre estaba allí cuando alguno lo necesitaba, Miroku y Kouga se habían encontrado el uno al otro como un salvavidas en medio del océano. Ninguno de los dos recordaba a su padre lo suficiente para hablar de él y ninguno de los dos sacaba nunca el tema como conversación sabiendo que sus otros dos hermanos se enfadaban o se entristecían si lo hacían.

Pese a las peleas, discusiones, malentendidos y demás, Kouga y Miroku se tenían el uno al otro y eso siempre había sido de aquel modo. Pese a que Kouga siempre intentaba imitar a Inuyasha cuando eran pequeños y que Miroku respetaba a sus dos hermanos mayores y les admiraba por haber sido capaces de cuidar de ellos tres cuando sólo habían sido unos niños, entre Kouga y Miroku siempre había existido una relación diferente, parecida a la conexión que había entre Sesshomaru e Inuyasha o entre este último y Kagome… una relación basada en la confianza y en el respeto mutuo, una conexión que no iba a romperse nunca porque el simple hecho de pensar que podría romperse era una estupidez.

-Miroku yo…

-Entrad ahora mismo si no queréis que salga a daros una patada en el trasero –se escuchó la voz de Sesshomaru mientras éste abría la puerta-. Estáis armando un buen escándalo con todas esas tonterías sentimentales y por si no lo recordáis, mañana me caso y me gustaría tener a mis padrinos en perfecto estado, gracias –añadió sarcástico.

Ambos hermanos se miraron y rieron mientras uno bajaba de la barandilla y el otro se incorporaba entrando en la casa.

-Parecéis dos críos llegando a estas horas y armando ese escándalo… -les reprobó Sesshomaru pero sin perder aquella sonrisa característica en él-. ¿Se puede saber qué…

-Shhhhh –dijo Miroku que se había detenido frente a la puerta del salón, abierta de par en par.

Los otros dos se acercaron y mientras que Sesshomaru sonrió discretamente, Kouga abrió los ojos del mismo modo en que los tenía abiertos Miroku. Inuyasha y Kagome permanecían dormidos, juntos, en el mismo sillón; él sentado y ella sobre el regazo de él, con la cabeza apoyada en Inuyasha, sus manos abrazadas a él mientras que los brazos de él la rodeaban con suavidad y seguridad, en un gesto de posesión que a ninguno de los tres hermanos les pasó por alto porque hubiese sido imposible que aquello hubiese pasado por alto para nadie.

Pero lo que les había sorprendido de verdad, eran sus rostros. Tenían una calma y tranquilidad, una expresión de felicidad que jamás habían visto en ninguno de los dos; como si estuviesen compartiendo un mismo sueño del que ninguno de los dos quisiera nunca despertar.

-¿Y aún creen que no lo sabemos? –preguntó sarcástico Miroku rompiendo el silencio-. Son más evidentes que la adivinanza ¿qué es blanco y en botella?

-Miroku… -reprendió Sesshomaru.

-No, en serio, vamos, Maru, tú estabas allí el año pasado en las vacaciones de primavera… viste como estaba ella al ver que Inuyasha no había ido –se defendió Miroku.

-Y vimos también como estaba él cuando regresamos y el interés que tuvo en que le contáramos todas y cada una de las cosas que habíamos hecho con ella –añadió Kouga-. Es más que evidente que lo que estos dos sienten ahora no es de hace dos días… Mírales –les señaló con la cabeza-. ¿Cuántas veces se han tenido que quedar así dormidos y sin embargo, no sonreían de esta forma?

Sesshomaru sonrió internamente… Si ellos supieran…

-No quiero que les molestéis –dijo muy serio el mayor de los hermanos-. Os conozco lo suficiente para saber que lo vais a hacer, así que dejad de mirarme así y prometedme que no vais a molestarlos con todo esto.

-¿Molestarlos? –preguntó ofendido Kouga-. Pero si nos encanta la idea de que estén juntos.

-Lo que nos molesta es que no lo hayan dicho –protestó Miroku-. Se portan como críos.

-No, no es cierto, precisamente como críos es como menos se comportan –les dijo Sesshomaru-. Hablemos fuera –añadió cerrando la puerta del salón para no despertar a ninguno de los dos-. Les ha costado mucho tiempo llegar a esta situación, así que espero que ninguno de los dos vaya a molestarles con la estupidez de "sois hermanos". Si no os parece bien, os mantenéis callados, ¿entendido?

-¿De qué… -empezó a decir Miroku confundido.

Fue Kouga quien interrumpió a su hermano.

-Pero eso es absurdo. Ellos dos no son hermanos – dijo Kouga-. No vamos a molestarles con esa estupidez.

-Pero a ojos de todo el mundo sí lo son –le contestaron al mismo tiempo Miroku y Sesshoramu.

-Por eso no han querido…

-… decírnoslo –terminó la frase de Kouga su hermano.

-Así que dejadles tranquilos, hablo en serio –añadió el mayor de los hermanos-. No quiero que ninguno de los dos les molestéis, es más, si desaparecen no les preguntéis, si salen juntos a montar a caballo, no vayáis con ellos…

-¿Podemos seguir comiendo en la misma mesa que ellos? –preguntó sarcástico y burlón Miroku al ver la sobreprotección a la que parecía que Sesshomaru quería someter a sus dos hermanos.

-Chicos… -reprendió Sesshomaru suavemente.

-De verdad Maru, está bien –miró a Kouga que asintió-, no tenemos ningún problema con….esto, sea lo que sea esto –añadió.

Sesshomaru asintió despacio mirándoles a ambos como si quisiera dejar claro algo, y luego subió las escaleras mientras murmuraba acerca de falta de horas de sueño. Tres minutos después, tanto Miroku como Kouga subieron las escaleras con una sonrisa de resignación en sus caras. ¿Con todas las mujeres que había en el mundo y su hermano tenía que haberse enamorado de Kagome?

-Bueno… -dijo Kouga-… me alegra de que no sea Kikyo…

Miroku no pudo evitar reír.

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