Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia lo diré al final.
CAPITULO 8
ISABELLA POV
«No soy gay». Oh Dios, por supuesto que no era gay. Me quedó completamente claro mientras me revolvía en la cama, sin poder dormir, aquella noche. Tanya estaba fuera practicando hasta tarde otra vez. Quizá yo debería hacer lo mismo. «Fui horrible con él», pensé mientras me sentaba, pasándome una mano por el cabello. Pero sinceramente, ¿quién se enamora de alguien durante diez años y no dice nada? Resignada a pasar una noche sin dormir, me puse un chándal y mi abrigo antes de agarrar mi flauta y dirigirme a las aulas de práctica abiertas todo el día. Necesitaba pensar. Procesar.
Llamé a Nathan dos o tres veces, pero no contestó. Mientras intentaba lidiar con la mayor bomba que me hubiera soltado nadie, comencé a lagrimear de nuevo. Había confiado a Nathan cada secreto, cada inseguridad, cada emoción. Vale, de acuerdo, no era culpa suya que yo pensara que era gay. Pero… puf. ¿Además de no ser gay, estaba enamorado de mí? Monté la flauta suspirando e interpreté unas pocas escalas, mientras intentaba pensar en la situación de forma racional.
Hecho: Nathan y yo habíamos sido amigos durante más de diez años.
Hecho: Realmente nunca tuve la sensación de que me estuviera tirando los tejos, o la sensación de que intentara que le dijera cosas para su beneficio.
Hecho: Nathan Connors era mi amigo y el día anterior yo le herí de muchas formas.
Mientras las amenazadoras lágrimas escapaban y rodaban perezosamente por mis mejillas, debía pensar también en otros hechos.
Nathan, que tenía más confianza y elegancia que la mayoría de personas que yo conocía, en diez años nunca se molestó en mencionar que sentía algo por mí, mucho menos que me amaba. Además, teníamos unos límites demasiado permisivos el uno con el otro. Siempre me rodeaba con el brazo, a veces nos agarrábamos de la mano y, por amor de Dios, me había puesto los labios en la frente y las mejillas más veces de las que podía contar.
Durante todo ese tiempo él no era gay, sabía de sobras que yo no era gay, y forzaba esos límites conmigo. ¿A dónde diablos se creía que conduciría todo esto? Tendríamos que tener una charla sobre eso… pero no ahora. También estaban las acusaciones que Nathan hizo sobre Edward Cullen y yo. Dejé de tocar, enfurecida por la idea, y me senté, colocando la flauta en su soporte.
«Sé que estás enamorada de Cullen».
No sé qué era más irritante: que Nathan pensara eso o que me sorprendiera a mí misma preguntándome qué es lo que él había visto. Nathan me conocía bien. Sabía cosas sobre prácticamente todos los novios que tuve y se había pasado verano tras verano viendo cómo flirteaba yo y cómo flirteaban conmigo. Me secaba las lágrimas cuando un chico me rompía el corazón o, peor, resultaba que no le gustaba. Resoplé, colocando la frente entre las manos.
Era completamente absurdo que sopesara la posibilidad de que estuviera enamorada de alguien y yo no lo supiera. Por supuesto que no estaba enamorada de Edward. El Sr. Cullen. No sólo no estaba enamorada de él, es que no podía aguantarlo. Si la ideología emocional sobre la música pudiera disponerse en línea recta, concepto que seguro complacería extremadamente a Cullen, él y yo estaríamos en los extremos opuestos de dicha línea. Yo veía la música como visiones, sonidos, colores, aromas, vidas, nacimientos, muertes, todo mezclado en algo vivo que podía pasarse de generación en generación.
La música daba belleza a la vida. La música hablaba el idioma del espíritu humano para que todos lo escucharan y comprendieran. En cambio, ¿Edward? No sólo parecía ver la música como una cosa, sino que parecía tener poca consideración por el efecto que su propia música tenía en el público. El primer día de clase cuando interpretó aquella sencilla suite de Bach, se me puso toda la piel de gallina. Las lágrimas hicieron que me escocieran los ojos mientras observaba cómo él fruncía la frente en ciertos momentos y la relajaba en otros. Su cuerpo se mecía y sus hombros tensos se movían contra su respiración.
Él mismo era música viva y ni siquiera lo sabía. Trágico. Levanté la cabeza y me recosté con los brazos cruzados en el pecho. No tenía intenciones de practicar nada. Sólo necesitaba un cambio de escenario. ¿Qué diablos se suponía que debía hacer? ¿Respecto a… todo? Nathan no había contestado a mis llamadas y era una suerte. El tipo de conversación que debía tener con él sin duda sería larga y sería mejor tenerla en persona.
Seguramente duraría hasta el amanecer y estaría llena de gritos y llantos. Ni siquiera sabía qué le iba a decir, o qué quería preguntarle. Definitivamente había cosas que no quería saber, pero necesitaba unos días, o más, para pensarlo. Sabía que no quería hacerle más daño, sin importar qué decidiera decirle. Era mi amigo… ¿Verdad? De repente, no estaba segura. Casi podía sentir cómo desaparecía.
«Él también siente algo por ti, Isabella. Lo puedo ver».
¿Qué diablos se suponía que significaba eso? Sabía con certeza que Nathan no tenía absolutamente ninguna relación con Edward fuera de clase. Nathan se había matriculado en su última clase de teoría para poder hacerla conmigo y yo sabía que él necesitaba una buena nota. No formaba parte de ningún grupo en el que Edward estuviera involucrado, así que… ¿Qué? ¿Qué es lo que él había visto? Porque, sinceramente, todo lo que veía yo cuando miraba a Edward Cullen era un hombre solitario, triste, enfadado, que vivía solo con su violonchelo. Eso era todo.
No. No era todo. Cuando se sentaba tras su violonchelo era como si se transformara en una persona completamente diferente. Incluso en un humano. No era el robot monótono que nos daba instrucciones en los caminos de la Teoría de la música. Unos cinco minutos después de que acabara nuestra primera clase de Teoría de la música con él, me sorprendí buscando en la biblioteca de música una transcripción para flauta de esa Suite para violonchelo de Bach. Necesitaba aprenderla. Inmediatamente. Porque cuando tomó su arco con la mano y lo acercó a las cuerdas, se transformó en algo trascendente.
No puedo explicar qué me pasaba por la cabeza mientras hojeaba los archivos y más archivos de transcripciones, sin parar hasta que encontré exactamente lo que buscaba. Supongo que… si esa canción, esas notas, podían sacar una emoción de un hombre como Edward y enviarla directamente al centro de mis entrañas… yo también quería sentirla. De la forma que él la sentía. Quería entrar en su cabeza, aunque sólo fuera un minuto, sentir lo que él sentía desde ese lado del atril. Pero… ¿Por qué?
—Puf —gruñí, decidiendo recoger mi flauta y volver a la habitación para intentar dormir.
— ¿Isabella? —Una voz desde el otro lado de la puerta me sorprendió. Era mi compañera de habitación.
— ¡Me has dado un susto de muerte, Tanya!
—Lo siento. Chica, ¿cuántas veces tengo que decirte que cierres estas condenadas puertas? Y también con llave, cuando estés aquí sola tan tarde por la noche.
Sacudió un dedo con desaprobación mientras yo me volvía a poner el abrigo. Suspiré.
—Lo siento, mamá.
—Además, ¿no dijiste que Edward te sorprendió una vez practicando? ¿De verdad quieres arriesgarte a tener otro encontronazo con él cuando puedes evitarlo? —se rió y yo también lo hice.
—Supongo que no.
Me encogí de hombros, pero sentía que mi corazón latía ligeramente más rápido cuando me di cuenta de que el día en que él me sorprendió fue el día que dejé de cerrar la puerta del todo. Pasé un dedo por el nudillo de mi dedo índice, siguiendo el camino que había recorrido el pulgar de Edward la semana anterior. Respiré hondo y me obligué a regresar a la realidad. Y rápido. Era mi profesor. Yo su estudiante. Pero, de mala gana, empecé a mirar fijamente las puntas de mis dedos, recordando la sensación de los músculos de sus manos bajo ellas.
EDWARD POV
«La música es comunicación. Es emoción. Es pasión y amor y odio y expresión».
Las palabras de Isabella daban vueltas en mi cabeza durante el camino de vuelta a casa, resonando una y otra vez, como si de alguna forma hubieran abierto un agujero en mi propia identidad. «Si todo lo que le importa son los mecanismos y la teoría, entonces se equivoca de carrera». Tenía un humor de perros cuando abrí la puerta de mi casa y entré en la sala de estar. Caminé hacia la cocina y abrí la nevera, tomando una botella de agua y engulléndola.
Cómo se atrevía. Ésa era la razón por la que no quería enseñar. Justamente esa. En mi ira, empecé a repetirme. Cómo se atrevía. Caminaba de un lado a otro. Necesitaba practicar. Tenía que reunirme con Kate a las ocho para cenar. Necesitaba aclararme la cabeza y hacer algo. Pero mi cabeza seguía dando vueltas sobre esa chica y no podía parar. No sólo sobre sus argumentos, que no sólo sonaban ciertos, sino que daban una imagen muy mala de mí. Mis pensamientos se centraron en sus ojos.
La forma elegante, casi etérea, en que ella se movía. El balanceo de su cuerpo y el sonido cuando tocaba la flauta. La música. Cerré los ojos. Porque no tenía elección. Necesitaba controlarme. Ella era una estudiante, por amor de Dios. Increíblemente dotada, sí. Apasionada con su música. No había duda de ello. Pero era una estudiante. Una distracción. Yo era violonchelista de la Orquesta Sinfónica de Boston. Estaba en el comienzo de lo que prometía ser una carrera extraordinaria, una carrera que rivalizaría con la de Casals o Rostropovich, y lo último que necesitaba era una distracción.
Lo que necesitaba era una concentración incesante. En mi música. Y nada más. Ése era el motivo por el que no tenía una vida privada. Ése era el motivo por el que le había pasado el chico ciego a otro profesor. Agarré el teléfono y envié un mensaje de texto a Kate, cancelando nuestra cita de esa noche. Apagué el teléfono antes de que pudiera responder, lancé mi chaqueta sobre el sofá y entonces abrí la caja ignífuga del Montagnana. Como siempre, abrí la caja en un silencio respetuoso. Agarré el arco, ajustándolo y aplicándole una capa fresca de colofonia. Y comencé a tocar.
Comencé con Bach, la pieza sencilla pero preciosa que me conmovió cuando era un niño. Después de escucharla, rogué al director de la banda que me dejara probar el violonchelo. Durante dos meses, cada día, trabajé a la hora de la comida y después de clase hasta que dominé sólo el comienzo, utilizando un violonchelo que tomaba prestado cada día de la sala de la banda. No se lo dije a mis padres, porque sabía que mi padre lo consideraría una actividad frívola. Cuando lo descubrió, lo menospreció como si no fuera importante, pero para entonces yo ya estaba obsesionado.
Pero hoy. Hoy, mientras tocaba el bajo sonido triste que definía el comienzo, la vi. Isabella. El primer día de clase, cuando se quedó de pie con los ojos cerrados, la boca ligeramente abierta, su cuerpo balanceándose ligeramente, respondiendo a la música. ¿Acaso yo lo sabía ya entonces? ¿Sabía que me obsesionaría con ella? ¿Que a veces me despertaría por la noche y vería sus ojos marrones, su cintura, sus labios en la flauta mientras creaba una música mágica e increíble? Isabella tenía razón en una cosa. Había sido demasiado severo con ella. Me negaba a escucharla en clase.
Le había puesto notas sorprendentemente malas cuando su desempeño merecía algo mucho mejor. Había hecho caso omiso a sus ideas, sus pasiones, su talento. No porque fueran equivocados. Si no porque me inquietaban. Porque eran suyos. Porque era mucho más talentosa y brillante que sus iguales. Porque en ella veía lo que podría haber sido yo. Viviendo una vida que a veces iba más allá de la música. Preocupándose por otras personas. Teniendo amigos, citas, y amando.
Era como le había dicho al chico, Robert. Debes estar dispuesto a sacrificarlo todo por la música. Eso no era una afición. No era un trabajo agradable en una compañía de seguros. Era una vocación artística que requería la máxima pasión, compromiso y sacrificio. Mi mente redirigió su concentración hacia la música. El suave movimiento del arco, el cambio de las cuerdas, la melodía, que elevó y envolvió mi mente en lo más parecido al éxtasis que había experimentado nunca. Mi vibrato estaba ligeramente desafinado y lo corregí. Era la vez que peor había tocado en mucho tiempo. El sonido me pareció agitado y forzado.
Fruncí el ceño, frustrado. Sólo una vez antes había permitido que las consideraciones emocionales y sobre las relaciones personales afectaran a mi música. Durante mi segundo año de estudios en el Conservatorio me empecé a relacionar con una joven, una violinista. Mariana Passos. Brasileña. Su inglés era malo, pero la música… era algo completamente distinto. Había venido a Estados Unidos con un visado de estudios estrictamente para asistir al Conservatorio de Nueva Inglaterra.
Ágil, elegante, bella. Isabella me recordaba a ella, en demasiados sentidos. Pero tales cosas rara vez funcionan. Tuvimos una ruptura tempestuosa, conflictiva más allá de toda medida. Yo tenía el corazón roto y aquel semestre casi suspendí dos clases. Me prometí a mí mismo que nunca más me descuidaría. No de esa manera. No de forma que pudiera poner en peligro mi carrera, mi vida. Mientras tocaba, mis brazos y mi cuerpo se movían inconscientemente por las medidas, y mi cerebro seguía el curso hacia la única conclusión clara.
Me había equivocado con la calificación de Isabella y la corregiría. Pero estaba en lo cierto respecto a otra cosa. Isabella no era sólo una música dotada. No era sólo una chica guapa. No era sólo una mente brillante. Para mí, representaba mucho más que esas cosas. Representaba una distracción. Si debía obligarme a ser sincero, estaba… fascinado por ella. Atraído sin medida. La quería. Isabella Swan era peligrosa.
ISABELLA POV
El miércoles casi llegué tarde a Teoría de la música intencionadamente, esperando hasta el último segundo, con la esperanza de evitar una discusión incómoda con Nathan o con Edward. El Sr. Cullen. En ese momento no podía mirar a Nathan, el silencio entre nosotros era embarazoso y todavía no podía soportarlo. Y Edward… Estaba cansada tras dar vueltas en la cama sin dormir dos noches seguidas. Estaba de mal humor. Y lo último que quería era un encontronazo con alguno de ellos.
Necesitaba tiempo para pensar. Necesitaba tiempo para procesar. Necesitaba que me dejaran en paz. Desgraciadamente, el martes había estado a tope. Tenía clases los lunes, miércoles y viernes. Martes y jueves estaban reservados para lecciones privadas de flauta, seguidas de horas de práctica y ensayos. Además de eso, varios de mis profesores, incluido el Sr. Edward Cullen, nos asignaron una tonelada de tonterías el primer día después de las vacaciones de primavera.
Miré el reloj. Faltaba un minuto para que empezara la clase. Entonces miré a ambos lados del vestíbulo para asegurarme de que Nathan no estuviera al acecho, para evitar una confrontación incómoda delante de clase. Con algo de suerte ya estaría dentro del aula. Miré rápidamente al otro lado del vestíbulo, fui hacia la puerta, y choqué con Edward, que iba a abrirla. Gruñó y yo jadeé, casi dejé caer mi bolsa. Di un paso atrás y dije:
—Lo siento.
Evité mirarle, clavando la mirada en el suelo. Nathan el 'No Gay' estaba en el sitio donde se sentaba normalmente. Me abrí camino al lado opuesto del aula y me senté en un asiento vacío. Edward cerró la puerta con un fuerte e innecesario portazo, entonces desfiló al frente del aula, iniciando inmediatamente una lectura sobre la relación matemática entre las diferentes claves musicales. Cosa que sería interesante si necesitaras construir un puente, supongo, pero en ese momento sólo me irritaba.
No es que no me importaran o gustaran los fundamentos de la música. Es que estaba cansada de su implicación de que fuera lo único que importaba en la música. Normalmente me involucraba completamente en esa clase. Era incluso combativa. Pero ese día mi atención deambulaba. Puse los ojos sobre Edward Cullen. Mi profesor. No me gustaba su actitud. No me gustaba su superioridad altiva, su esnobismo, o su insistencia en que la música no era más que una construcción de ingeniería.
Es decir, sí, era increíble tocando su violonchelo. Todavía podía escucharle tocar cuando cerraba los ojos. Había ido a ver la Sinfónica dos veces ese semestre. Me había dicho a mí misma que simplemente me estaba empapando con más música. Pero me preocupaba, entonces y ahora, la cantidad de atención que prestaba durante los solos apasionados y llenos de tensión de Edward. ¿Qué clase de hombre crea una música tan increíblemente emocional y después niega que las emociones tengan nada que ver con ello?
Y no hacía daño que fuera tan imposiblemente atractivo. Cuando caminaba delante de la clase, sus emociones eran prudentes, pero llenas de una tensión interior que cautivaban la mirada de todos los presentes. Mientras le observaba pensé que no importaban sus protestas, dentro de él había una pasión y emoción tremendas. Encerradas, ocultas, sólo eran liberadas mediante el contacto del arco con las cuerdas. Parpadeé cuando me di cuenta de que, primero, le había estado mirando fijamente y, segundo, toda la clase se había quedado en silencio.
— ¿Señorita Swan?
— ¿Edward?
Dije la palabra. Entonces me quedé congelada. Oh, mierda. Me había estado llamando para algo y yo no tenía ni idea de qué era. Y entonces le llamé por su nombre de pila. ¿Qué diablos me estaba pasando? Mirando a los lados, vi a mis compañeros de clase con los ojos abiertos como platos, juzgando mi error.
—Lo siento. Sr. Cullen. Me había perdido reflexionando sobre las maravillas de las relaciones matemáticas. —Intentaba ser sarcástica, pero mis palabras salieron en estampida, cada una tropezando con la siguiente.
Juntó las cejas, haciendo que se le frunciera la cara. Pero su mirada permaneció sobre mí durante sólo un segundo, durante el que pareció que me estudiara por un microscopio.
— ¿Tiene algo en la cabeza, señorita Swan? ¿Su vida personal le está distrayendo, quizá?
Miró de forma significativa el nuevo asiento donde yo estaba y a Nathan, al otro lado de la sala.
—Mi vida personal no tiene cabida en esta sala —dije, con voz tensa.
Levantó un dedo.
—Exactamente lo que quería decir. A todos vosotros.
Nos dio la espalda, caminando al frente del aula. Todas las miradas de la sala se movían entre Nathan, el Sr. Cullen y yo. Preguntándose. Cuestionándose. Cullen se giró y entonces proclamó:
—Si deseáis tener éxito como músicos. Si deseáis estar entre los mejores. Si deseáis consideraros uno de los grandes, entonces deberéis hacer sacrificios. Todos vosotros. Habéis hecho una de las elecciones de carrera más difíciles y exigentes que se pueden hacer. Y si queréis veros sentados en la Sinfónica de Boston, o la de Nueva York, o la de Londres, o las otras grandes orquestas, tendréis que hacer grandes sacrificios. Practicaréis hasta que se os entumezcan los dedos. Rechazaréis citas y abandonaréis vuestra vida privada. E incluso entonces, sólo unos pocos de vosotros serán capaces de tener éxito.
Volvió a depositar la mirada sobre mí. Examinándome hasta que me sentí casi desnuda, como si estuviera clavando la mirada en mi alma, mi coraje, y viera todas las dudas que tenía. Las preguntas. Las dudas que tenía sobre si quería siquiera dedicarme a la música. Porque ésa era la verdad. A veces pensaba que había elegido este camino sólo para satisfacer a mi madre.
Mi madre, la cantante de ópera reconocida mundialmente. Mi madre, a quien apenas veía, excepto entre compromisos. Aparté la mirada de él, tragándome unas emociones que ni siquiera podía identificar. En ese momento no necesitaba que me molestara. No necesitaba nada de eso.
—La clase ha terminado. Señorita Swan, por favor, quédese un momento.
Cerré los ojos. Eché la cabeza hacia atrás. Y en mi mente, le dije a Edward Cullen que cerrara la maldita boca. Escuché, pero no vi, cómo el resto de la clase salía ordenadamente. Al fin abrí los ojos, justo a tiempo para ver a Nathan mirando en mi dirección desde cerca de la puerta. Tenía la cara extrañamente fija, como si intentara contener unas emociones demasiado grandes como para expresarlas.
—Sr. Connors, ¿necesita algo? —preguntó Cullen.
Nathan me miró, con la rabia barriéndole la cara.
—No. Nada. Señor.
Se dio la vuelta y salió del aula con las extremidades tensas. Suspiré. No podía posponer demasiado mi charla con Nathan. Porque mi negativa a hablar ahora estaba hiriendo a mi mejor amigo. Borré los pensamientos sobre Nathan de mi cabeza. Sólo podía lidiar con una crisis a la vez y, en ese momento, apareció el Sr. Cullen exigiendo mi atención. Se estaba acercando a mí, con lo que parecía ser mi trabajo en sus manos.
—Señorita Swan, he estado reflexionando sobre la discusión que tuvimos el lunes. —Parecía incómodo. Tenso. Me recorría con la mirada, entonces la apartaba, después volvía a mirarme. Entonces dijo—: Tiene razón. Quizá he sido demasiado duro con usted. Veo una gran cantidad de talento en usted, el potencial para… para la grandeza. Ahora veo que la he presionado demasiado. Su trabajo, de hecho, cumplía todos los requisitos que asigné.
Depositó el trabajo delante de mí. El suspenso estaba tachado, sustituido con un notable alto. Entrecerré los ojos. Era un trabajo de excelente. Esperé, sin decir nada, preguntándome si tenía intenciones de explicarse. Parecía que las tuviera.
—Le dije la primera semana de clase que antes de romper las reglas, debe comprenderlas completamente. Por lo tanto, sigo descontándole puntos por el material superfluo de su trabajo. Dicho eso —respiró hondo y apartó la mirada de mí—, es bastante brillante.
¿Brillante? Mi cabeza estaba flotando. ¿Pasó de un suspenso a ser brillante? Me puse en pie y metí el trabajo en mi bolsa. Inexplicablemente quería llorar. Quería gritar. Quería decirle que se metiera el trabajo por el culo. Ni siquiera sabía qué sentía. Me lanzó una mirada inquisitiva. ¿Qué? ¿Quería que le diera las gracias? ¿Por dejar de ser un capullo? ¿Por equivocarse? ¿Esperaba que me arrodillara en gratitud? ¿Qué diablos quería de mí?
—Señorita Swan… —dijo. Sus ojos me miraban cuando dijo la palabra, con una expresión ilegible, la mirada firmemente centrada—. Isabella…
Retrocedí, poniendo más distancia entre nosotros. Suspiró, endureciendo súbitamente su expresión. Con una voz mucho más dulce de lo normal, dijo:
—Le veré en la clase del viernes. Por favor, arregle sus asuntos personales para poder prestar atención en clase.
Ajusté las correas de mi mochila a mi espalda y me dirigí a la salida. Con la siguiente bocanada, volví a encararle.
— ¿Edward? —mi voz temblaba, pero me esforcé por ignorarlo.
Levantó la mirada de sus papeles, esperando a que siguiera hablando, con incertidumbre en su mirada.
— ¿Sí? —preguntó después de que mi silencio durara más de lo "normal".
—Yo… Olvídalo. Gracias por arreglar la nota.
Suspiré y salí corriendo del aula, deteniéndome junto a la puerta para descansar contra la pared durante un minuto. Vete a tu habitación, Isabella.
