Capítulo 7: "El Príncipe Y La Creatura Del Mar, parte III"
El viaje a través de la garganta fue demoroso, pero tranquilo. No podían avanzar muy rápido debido a las ocasionales rocas en el camino y a la irregularidad del suelo, por lo cual tardaron algo más de un día en llegar al otro lado a través de un silencio impertérrito.
El bosque de Kata más allá de las montañas era bastante diferente. Era más salvaje e inhóspito pero así también más sorprendente e increíble.
Habían creaturas extrañas que no conocían, algunas pequeñas e insignificantes, como los gusanos de piedra y otros majestuosos, que parecían sacados de historias inventadas, como un enorme oso blanco que se desvanecía y aparecía en otro lugar.
Pero los más maravillosos y peligrosos eran los cuervos enanos, de una estatura no más grande quedos manos empuñadas y de ojos negros como el vacío. A esos no se le debían de mirar a los óvalos por mucho tiempo, ya que te atrapaban mostrándote cuentos de antaño y te llenaban de añoranza el corazón, para luego llevarse tu espíritu y reunirte con sus ancestros los cuervos gigantes allá en el alto cielo.
Tambien habían árboles inmensos, llamados Lamentores, cuyas ramas colgaban lacias y verdes y que hacían honor a su nombre en cuanto el viento o un toque perturbaba la quietud de sus látigos tupidos de hojas, porque entonces brotaba en el aire un lamento de mil voces atormentadas, provenientes de aquellos que alguna vez habían derramado su sagre en aquellas tierras durante su incontable tiempo de existencia.
Los hombres le temían a aquellos árboles por lo cual trataron de evitarlos durante el trayecto que de por sí era zigzagueante y dificultuoso. Es por esto que demoraron un poco mas de lo previsto en llegar a su destino.
Estas maravillas del viaje, Tooru no las conoció, ni siquiera le importaban, porque su corazón estaba demasiado atormentado debido a la partida de Hajime, ahora tan próxima.
La noche del quinto día llegaron a la costa. El mar sereno reflejaba un hermoso cielo estrellado, como un espejo, y allá en el horizonte ambos se fundían como si se tratara de un gran lienzo sin fin.
Tooru, quien había sido nacido y criado entre los muros del palcio, no había visto un paisaje más hermoso que el que se le presentaba ahora frente a los ojos.
El cielo era más negro que el de Atama. Las estrellas, más brillantes y numerosas, se veían tan cerca que parecía que podías tocarlas tan sólo con estirar el brazo. Todo esto, junto al mar que devoraba todo en la lejanía, hicieron sentir a Oikawa muy pequeño en ese basto mundo.
La compañía levantó un campamento bajo la protección del linde del bosque, donde el suelo duro comenzaba a mezclarse con la arena blanca y fina.
El Rey acudió de inmediato al carruaje de Iwaizumi y, tomándolo en sus brazos, un derecho que sólo él y Oikawa poseían, lo sacó fuera de aquellas cuatro paredes que conformaban el carro y caminó hacia el mar. Tooru los siguió de cerca desde atrás.
- Recuerdas este océano? -le preguntó Kimihiro en un susurro, como temiendo meter el dedo en la llaga.
- Sueño con él todas las noches desde que me lo arrebataron -respondió el tritón con la voz cargada de impaciencia.
Al llegar a la orilla, el Rey se adentró en las aguas pacíficas, sin importarle que se mojara su elegante vestimenta, ni siquiera su larga y hermosa capa color naranja. Por su parte, el príncipe no tuvo el valor de enfrentarse a ese océano intimidante asi que los observó desde la orilla.
Cuando el agua llegó hasta la cintura del Rey, éste siguió la orden de la creatura que llevaba en los brazos y arrojó al tritón hacia el interior, lo más lejos que pudo.
Una salpicadura y un sonido de glup y las aguas volvieron a quedar calmas.
Pasaron unos segundos y, allá en la lejanía, se pudo ver una mancha siendo expulsada desde la superficie del agua, para luego volver a caer en ella con mucha gracia.
Iwaizumi se tomó su tiempo antes de volver a la orilla donde Tooru lo esperaba. El Rey había vuelto con su gente para organizar el campamento, así que el príncipe se encontraba solo, aguardando.
Cuando estuvieron frente a frente, la luz de la luna llena fue suficiente para que Tooru notara que se había borrado por completo, de Iwaizumi, cualquier vestigio de su condición anterior. Estaba totalmente recuperado, su cuerpo recobró su robustez natural y su fortaleza, su piel volvía a tener ese exquisito tono moreno, su rostro ya no lucía cansado sino lleno de vida y más hermoso que nunca.
Un hechizo se había alojado al rededor de Hajime, que hizo temblar las piernas de Oikawa.
- te ves mucho mejor -comentó Tooru con una rara mezcla de sentimientos.
- me siento mejor -respondió Iwaizumi, con una discreta sonrisa en sus labios.
- entonces supongo que es definitivo... te vas.
Hajime asintió débilmente con la cabeza.
Iwaizumi decidió marcharse al amanecer del siguiente día, luego de lo cual la compañía emprenderia el viaje de regreso.
Oikawa y Hajime pasaron la noche en la playa, a orillas del mar, compartiendo las últimas palabras, los últimos recuerdos, las últimas miradas antes de su inevitable separación.
Por la mañana, el sol apenas despuntaba en el pálido horizonte cuando Kimihiro, Tooru y Hajime se reunieron en la playa para decir adiós.
- Ha llegado la hora de la despedida -habló el Rey con un nudo en la garganta.
Se inclinó hasta apoyar una rodilla sobre la arena, para así quedar a la altura del tritón que reposaba a orillas de la playa.
- Iwaizumi Hajime, Piedra Del Estanque y el primer tritón en la dinastía Kageyama, siempre te recordaremos. Por siempre serás para nosotros un habitante de Karasuno y un amado miembro de nuestra familia. En nuestro reino siempre podrás encontrar un hogar y una mano amiga a quien acudir.
A continuación le dio un casco de La Guardia Real, el cual merecia desde aquel día, hace tantos años, en el que había salvado al principe de morir ahogado. También le dio tres monedas de oro que se usaban en el reino, a modo de recuerdo, y algunas joyas como collares, anillos y brazaletes hechos con metales de la region de Takai. Además le entregó un pequeño bolso cruzado en el cual podria cargar todo con comodidad hasta que encontrara un nuevo hogar.
A continuación fue el turno de Tooru para despedirse.
Iwaizumi y Oikawa se miraron a los ojos en silencio, queriendo decirse tantas cosas, y sin embargo nada parecía ser oportuno. Finalmente el príncipe se resolvió a decir:
- Te deseo un buen viaje, Iwachan... Que los cuervos te den la fortuna de encontrar a tu gente.
- Gracias, Oikawa...
No iba a prometerle que volverían a verse, puesto que cualquier cosa podría pasarle de ahi en adelante, de hecho ni siquiera podía prometerle que volvería a esas costas. Así que sólo le diría:
- Sé que algun día llegarás a ser el Mazo. No me decepciones.
Tooru sonrió brevemente.
- Los llevaré en mi corazón y Adiós! -se despidió de ambos el tritón.
Acto seguido, se deslizó con facilidad por la arena hasta tocar el agua y a continuación se internó en el mar. Lo vieron agitar un brazo en la lejanía, a lo cual respondieron, y entonces desapareció bajo el agua en ese azul inmenso.
Pasaron un par de segundos hasta que el Rey dio media vuelta, volviendo al campamento. En cambio Tooru siguió mirando a lo lejos, donde acababa de desaparecer Iwaizumi. Su pecho tan apretado que le costaba respirar, sentía que su corazón golpeaba acelerado, tratando de liberarse de su jaula para escapar y seguir a Hajime.
-Iwa... chan...
Susurró como si pudiera oírlo, como si eso bastara para tenerlo frente a él nuevamente. Sin embargo, nadie contestó su llamado.
-Iwachan.
Llamó por segunda vez, pero en voz alta, aunque nuevamente no hubo respuesta.
Sus pies se movieron por cuenta propia, su cabeza cayendo en un espiral vertiginoso y su desesperación tomando el control. Se adentró en el mar gritando el nombre de Iwaizumi y no se detuvo hasta que sus pies no tocaron fondo y apenas podía tomar bocanadas de aire, no sin tragar el agua salada que le quemaba los pulmones.
Todo sucedió demasiado rápido para que el Rey pudiera reaccionar a tiempo y hacer algo al respecto. Corrió al agua luego de oír los gritos de Oikawa y verlo perderse en el mar sin cuidado, a pesar de que no sabía nadar.
Igual a lo que ocurriese trece años atrás, apareció de súbito Hajime en salvación de Tooru.
-Iwachan! Iwachan! Iwachan! -gritaba desesperado Oikawa, aferrándose fuertemente a Iwaizumi. .
-Aquí estoy Tooru. Tranquilo. Aquí estoy -respondió el moreno llevándolo a una profundidad segura.
Cuando el príncipe pudo tocar el fondo y pararse sobre sus propios pies, el tritón trató de hacerlo volver en sí, mientras el Rey los miraba a la distancia, agradecido de la aparición del tritón y con el agua hasta las rodillas.
-Tooru, todo esta bien. Ya estoy aquí. Estoy aquí... tranquilo... tranquilo.
- Iwachan! Iwachan!
Ambos se abrazaban apretadamente. El tritón mecía en sus brazos al tembloroso y empapado príncipe.
Cuando Oikawa superó en algun grado el susto y recuperó la noción de la realidad, le habló a Iwaizumi al oído:
- por favor, no lo hagas... -suplicó en jadeos desechos- no te vayas... no me abandones...
-Tooru...
El moreno nunca pensó ver así al príncipe por su causa y esto le dolió en el alma. Había subestimado el cariño de Oikawa y por esto había puesto su vida en peligro.
- Tooru, no te estoy abandonando -le habló compasivamente- Escúchame. Mi corazón siempre estará contigo, mientras tengas esto...
Lo apartó apenas lo necesario para quitarse el collar por sobre la cabeza y ponérselo al príncipe. Oikawa miró la joya que colgaba sobre su pecho con estupor.
- Es tuyo ahora. Cuidalo mucho.
Las lágrimas rebalsaron los ojos de Tooru hasta caer por sus mejillas y entonces volvió a abrazar a Hajime.
- Lo haré, Iwachan. Muchas gracias.
Permanecieron un momento abrazados y reconfortándose, hasta que Tooru no pudo acallar por mas tiempo un intenso deseo que nació en su corazón.
-Iwachan, canta esa canción tan bonita que cantabas en los estanques del palacio -le pidió desde su refugio en los brazos del moreno.
- tú me oiste?! -preguntó avergonzado el tritón.
- Sí, algunas veces -confesó el otro, sin arrepentimiento - Y era tan hermosa... La contarías para mí ahora?
Entonces Hajime contestó en un susurro profundo:
- Siempre fue para ti...
Y luego comenzó a cantar.
El corazón de Tooru se sobrecogió ante la inesperada declaración y aún más al oír aquella maravillosa melodía que lo atraía tanto y que lo hacía sentir pleno y feliz.
Sintió su pecho cálido y creyó que era debido a la emoción, sin embargo, pronto se dio cuenta de que el Silamar era la causa y de que incluso ahora estaba brillando.
Se apartaron para observarlo, ambos estaban confundidos y de pronto la joya brilló como el sol, encegueciéndolos a ellos dos, al Rey y a todos quienes estaban cerca de la playa. A continuación se apagó, dando paso a un cielo oscurecido por nubes grises y súbitamente las aguas se agitaron violentamente, arrastrando a Hajime hacia el interior, separándolo de Tooru quien fue socorrido de inmediato por Kimihiro.
Iwaizumi siendo azotado por el fuerte oleaje y desapareciendo de su vista fue lo último que vio el príncipe antes de desvanecerse.
Cuando Tooru despertó estaba desorientado y se sentía muy cansado. Se encontraba en su tienda, recostado en una cama y vio que un guardia lo acompañaba. Este, al notar que recuperaba la consciencia, fue en busca del Rey.
Al ver a Kimihiro, el príncipe recordó lo ocurrido y le preguntó con urgencia:
- Dónde está Iwachan?! Se encuentra bien?!
- Tranquilo, él está bien... por lo menos hasta ahora -respondió el Rey con un tono extraño.
- Qué significa eso? -le interrogó preocupado y confundido.
- Es mejor que lo veas por ti mismo.
Oikawa saltó de la cama y se dirigió hacia la tienda del Rey, donde le habían dicho que encontraría a Iwaizumi.
Al cruzar la entrada, descubrió a Hajime recostado sobre una gruesa y suave alfombra, cubierto con una gran manta y rodeado de mullidas almohadas. Al encontrarse sus miradas, el tritón le sonrió brevemente.
-Iwachan... estás bien?
Preguntó el príncipe desconcertado, mientras se acercaba y se arrodillaba a su lado.
- Que fue lo que pasó?
- No lo sé muy bien, pero... estoy bien... eso creo... -respondió Hajime con una docilidad rara en él.
- "Eso crees?", "Por lo menos hasta ahora?"... Por qué no me hablan con claridad? Qué está pasando? -cuestionó Tooru, comenzando a perder la cabeza.
El tritón tomó aire, lo miró a los ojos con firmeza y le respondió:
- Oikawa... cállate y mira esto.
Acto seguido se quitó la manta que lo cubría, descubriendo para sorpresa de Tooru, en vez de una hermosa aleta, un largo par de piernas humanas.
La habitación quedó en silencio por un momento ligeramente prolongado. El príncipe miraba hacia abajo atónito, la boca abierta y los ojos grandes.
- Q-Q-Qué es esto?! Qué está pasando?! -exclamó finalmente Tooru sin poder creer lo que veían sus ojos.
Hajime respondió con una amplia sonrisa:
- Al parecer... soy un humano ahora.
Iwaizumi no recordaba todo lo sucedido, pero aparentemente habían convocado juntos un antiguo conjuro de su pueblo. Un hechizo secreto que había sido concedido a su gente por el espíritu del océano, bajo la gracia de los Antiguos Cuervos. Y a cambio de transformarse en un humano, Hajime había tenido que ofrecer su canción del corazón y devolverle el aliento vital que alguna vez había recibido de él mismo y que le otorgaba aquella larga vida a tritones.
- Creo que mi Silamar llamó al Espíritu Del Océano... -murmuró inseguro el moreno.
- Y qué pasó con tu canción?
- Mi canción?... -pensó un momento- yo... ya la olvidé...
El silencio se instauró mientras ambos meditaban y terminaban de asimilar lo que estaba pasando.
Iwaizumi ahora era un humano y podría vivir con ellos en el palacio por todo el tiempo que quisiera. Él era el único que podía decidir a donde ir de ahora en adelante.
A partir de ese día Iwaizumi aprendió a vivir como un humano, desde usar sus piernas hasta alimentarse y relacionarse como cualquier persona.
Pronto comenzó a asistir a la Academia Militar con Tooru. Aprendía rápido, era fuerte, resistente y su piel, más dura que el cuero curtido, era difícil de atravesar. Así llegó a ocupar un lugar entre los estudiantes más destacados y talentosos. Y mientras Oikawa había decidido transformarse en el Mazo Del Rey, Hajime luchó por conseguir un puesto en La Guardia Real para proteger la descendencia del Rey Raidon, quien alguna vez le había salvado la vida.
Continúa...
