La miraba inerte en mis brazos, su cuerpo delgado aún conservaba un poco de calor. El doctor y las enfermeras ya habían salido por la única puerta de acceso a la habitación del hospital.

Yo sabía que este día llegaría, estaba marcado casi desde el primer momento en que la vi y aunque llorara su perdida, no me arrepentía de nada de lo que vivimos. Ella me había hecho sumamente feliz.

Teníamos trece años de conocernos, de haber prometido cuidar el uno del otro siempre, solo ella y yo, como fue hasta el final.

En mi memoria aún se mantiene fresco y vivido el momento en que nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Fue en uno de esos lúgubres lugares que acostumbra visitar todas las semanas con mi banda. Solía ser el vocal y segunda guitarra de una banda de metal, era uno de mis pasatiempos favoritos y aquella noche daríamos una gran tocada.

Esa noche, me reuní con mis compañeros media hora antes de que tuviéramos que presentarnos. Al llegar di un vistazo al lugar que estaba lleno de gente "extraña" y que no encajaba en la sociedad. Era la misma masa de personas que iban cada semana, ataviados en sus trajes negros con cadenas, cabellas en formas y colores extravagantes, adornando sus cuerpos con complicados y significativos tatuajes, escarificaciones, expansiones y perforaciones. La mayoría eran personas que al igual que yo llevaban una doble vida, de día vestíamos impecables trajes sastre para llevar a cabo trabajos mundanos pero por la noche sacábamos a relucir nuestra verdadera identidad. Teníamos un pasional amor por esa música de sonidos pesados tan poco aceptada en la sociedad. Ese bar me brindaba una seguridad increíble, aunque no lo crean me sentía como en casa.

Mientras esperábamos nuestro turno, veíamos a los asistentes moverse y gritar con la música. Me parecía curioso como automáticamente con la primera nota de cualquier canción, su cuerpo respondía a ese impulso y se movía rítmicamente contagiando a los demás, porque hasta yo sentía una necesidad de ser parte de esa mole que se movía con desenfreno. La música nos unía y ni si quiera puedo describir perfectamente lo que sentía, pues se necesita vivirlo en carne propia y amarlo para entenderme.

Finalmente llego nuestro turno, después del protocolo me pare en el centro del escenario con el micrófono al frente y mi guitarra en la mano. Mire a la multitud al mismo tiempo que sentía un escalofrió recorrerme y mi respiración se detuvo por unos instantes. Eran unas doscientas personas impacientes por oírnos tocar, en Argentina ya teníamos nuestra fama en el bajo mundo. Pestañe y cuando abrí los ojos ya estaba cantando y tocando la guitarra. Por inercia empezaba a tocar, como si entrara en una especie de hipnosis de la que difícilmente podía salir. Al ver a todas esas personas retorcerse por nuestra música, la adrenalina comenzó a fluir por mis venas.

No fue hasta la tercera canción que la encontré en ese mar de gente. Era una joven de cabello negro tan largo que le llegaba debajo de la cintura, de piel blanca casi tan exquisita como la porcelana. Lucía un vestido negro ceñido al cuerpo que dejaba contemplar su perfecta figura, se veía espectacular, tanto que me quede prendado a ella.

Las siguientes tres canciones, no puede quitarle la vista de encima. No quería perderla, las ansias por bajar corriendo y conocerla se incrementaban con el paso de los minutos. Finalmente nuestra presentación concluyo y en el ajetreo del cambio, la perdí. Sin embargo no quise desgastar más tiempo y decidí recorrer el lugar con la esperanza de encontrarla. Tarde varios minutos, pero para mí buena suerte estaba cerca de la barra platicando amenamente con unos viejos amigos míos. Estaba siendo bendecido por que tenía la excusa perfecta para acercarme a ella y no la desaprovecharía. Con decisión me acerque a ellos:

—¡David!—llame al corpulento hombre que vestía un chaleco de cuero—¡Cuánto tiempo sin verte!—exclame cuando volteo a verme con una sonrisa de lado.

—¡Fede!—me dio la mano para darme un abrazo corto—Es verdad, hace mucho que no coincidíamos en una tocada.

—Lo sé, estuvimos de gira—comente sin vanidad—¡Emilio!

—¡Hombre Fede! Has mejorado mucho, tu presentación fue excelente—comento el hombre delgado de cabello rubio, que me saludo de la misma forma que David.

—Gracias—respondí cortes. En ese instante, mis ojos se desviaron a la chica. Ya que pude verla tan de cerca observe sus ojos. Eran grandes, negros, profundos y bastante expresivos. Los enmarcaba una ligera línea de delineador negro y sus delgadas cejas negras. No hacía falta convencerme para decir que era la mujer más bella que jamás haya visto:

—Ella es mi prima Lila—dijo David despertándome de mi ensueño—. Acaba de llegar de Chile.

—Mucho gusto—le dije dándole la mano para saludarla.

—Igualmente—me contesto el gesto. Nuestras miradas se cruzaron y a partir de ese momento, no se desviaron en toda la noche. Me quede atónito ante ella, solo quería observarla y escuchar su voz. Ante tal encantamiento no iba a dejarla ir tan fácilmente, así que al final de la noche le pedí su teléfono.

Sin esperar más, apenas considere que era una hora prudente le marque. Charlamos por un par de horas y pronto quede de reunirme con ella para ayudarle con su mudanza. Una cita se convirtió en una semana y pronto en un mes de visitarnos a diario. Con el paso de los días, el sentimiento que tenía por ella creía y sin poder evitarlo, me enamore. Lila era la chica de mis sueños, a veces tímida, a veces muy extrovertida, con una sonrisa amable y mirada cálida. Nunca pensé que encontraría a mi chica perfecta, pero la tenía frente a mí y estaba decidido a luchar por ella. Sin embargo tengo que admitir que me intimidaba y que por esa razón nunca me le insinué, no quería arruinar la perfecta relación que teníamos. Creí tontamente, que podía conformarme con ser su amigo y ganarme su confianza, pero con el paso de los meses solo me enamore aún más. La quería, la necesitaba, a pesar de tenerla siempre a mi lado quería que fuera solo para mí.

Lo estuve pensando durante un largo tiempo antes de animarme a contarle lo que sentía. Había sido un largo año en el que de esa amistad había florecido un sentimiento aún más puro que ella debía saber. La verdad estaba muy nervioso, algo dentro de mí me decía que ella me rechazaría y no sabía si estaba preparado para soportarlo.

Era un lluvioso día de Octubre, tantas lluvias nos pronosticaban un soleado Diciembre. Llegue al departamento de Lila a las seis de la tarde como siempre, repitiendo la misma rutina, de no ser porque después del tradicional saludo dije la ya famosa frase: "tenemos que hablar". Ella me miro asustada y nerviosa, creo que en el fondo intuía lo que quería contarle:

—¿Qué sucede?—inquirió mirándome fijamente, mientras nos sentábamos en el sillón.

—Yo…—dude un momento mientras tragaba saliva. Baje la vista a mis manos con las que jugaba nerviosamente—, yo quiero hablar de nosotros—se hizo un silencio que impregno un ambiente de incomodidad. No quería voltear a ver su cara, algo además del silencio me hizo saber que había sido una mala idea y saldría mal. Sin embargo nunca he sido la clase de hombre que se da por vencido tan fácilmente o que dejaba las cosas a medias.

—¿Nosotros?, somos buenos amigos ¿no?—pregunto tratando de sonar despistada. Lance un suspiro.

—Si Lila, somos buenos amig…

—¿Entonces?—me interrumpió—¿Qué ocurre? Eso está bien ¿no?—cuestiono atropelladamente, sonaba nerviosa.

—Sí, pero—volví a lanzar un suspiro agotado—yo pensé….tontamente creí que existía algo más que una simple amistad entre nosotros—la mire a los ojos—. Me he enamorado perdidamente de ti y ya no puedo ocultarlo. No pensé que esto pasaría pero paso y no puedo negar que te quiero—en sus ojos vi una enorme tristeza reflejada, se llenaron de lágrimas. Jamás la había visto tan afligida y eso me preocupo, lo que menos deseaba era hacerle daño.

—Yo…yo también te quiero Fede—susurro con dificultad. Para ese momento no entendía nada, ¿Por qué sus pequeñas lagrimitas resbalaban por sus mejillas y una enorme tristeza inundaba sus pupilas si me quería? —, pero es imposible que exista algo entre nosotros—se secó las lágrimas con el dorso de su mano.

—¿Por qué?—pregunte desilusionado, no quería verla llorar de esa forma pero tampoco podía quedarme con la duda. Ella no respondió, continuo llorando cada vez con más sentimiento. Se me rompió el corazón de verla llorar de esa manera y no pude evitar abrazarla para tratar de consolarla.

—Perdóname—me pidió escondiéndose en mi hombro—, no es mi intención ponerte triste pero no quiero hacerte más daño—me suplico. No entendía de que daño me hablaba.

—¿Tienes a alguien más?—inquirí con miedo, aunque cuando escuche mi pregunta me pareció algo tonto. Pasábamos todos los días juntos ¿Por qué no me entere de la existencia de otra persona? Simplemente, por que no existía.

No me respondió, se aferró a mí para seguir sollozando. De todas las reacciones que pensé podría tener, la que vivía no era la que esperaba. Venia preparado para un rechazo, no para verla llorar:

—¿Qué tienes Lila? ¿Por qué lloras? Me estas asustando—comente después de un par de minutos de silencio en el que me dedique a acariciar su espalda dulcemente.

—La vida es tan injusta, yo también estoy enamorada de ti pero no podemos estar juntos—confeso, dejándome aún más confundido—. Es por tu bien Fede—agrego dándole paso a mi curiosidad.

—Nada me haría más feliz que el que aceptaras ser mi novia ¿porque si estas enamorada de mí no podemos estar juntos?—inquirí enfadado. No pude evitarlo, pero es que no podía ver algún impedimento y ella sí.

—Porque tu mereces a alguien mejor que yo—respondió con decisión. Deje de abrazarla y me aleje de ella. Lila seguía llorando y a causa de ello su carita estaba manchada de delineador negro.

—¿Quién eres tú para decir que no te merezco?—indague furioso. Siempre he odiado que los demás tomen decisiones por mí.

—No puedo responderte, pero cree en mis palabras—dijo limpiándose de nuevo las lágrimas, aunque parecía una labor interminable.

—No puedo creer si no me dices el por que—refute—quiero saber por qué te contradices tanto. Me dices que me quieres, que estas enamorada de mi pero que no podemos estar juntos ¿Qué clase de respuesta es esa?—le cuestione con severidad. La situación me estaba de quicio.

—No quiero decirlo, me da vergüenza hablarlo porque te decepcionarías de mí y te daré asco como a todos los demás—sollozo con impotencia.

—No sé por qué dirás eso, pero pensé que me conocías, que sabias que yo no soy como todos los demás—abatido me acerque a ella y la atraje con mis brazos lo más cerca que pude—. Por favor, confía en mi—le susurre al oído—eres lo único que quiero en este momento. Todos los días me haces tan feliz pero hoy me siento culpable por hacerte llorar ¿Qué pasa mi niña? ¿Qué te he dicho para hacerte llorar así?—sentí como se debilitaba en mis brazos, la notaba tan angustiada.

—No me digas así—me suplico—, no hagas esto más difícil de lo que ya es.

—Pero eso es porque tú quieres. Si ambos nos queremos no veo el motivo por el cual tengamos que estar separados—insistí. El silencio se hizo presente, ella me abrazaba con fuerza sin dejar de llorar y la impotencia llenaba mi ser.

—Tengo SIDA—susurro con amargura. Sacudí la cabeza, lo que ella había dicho tenía que ser una mentira. Se separó bruscamente de mí.

—Lila…

—Ya lo sabes, ya tienes la respuesta que tanto querías—se levantó del sillón y camino alejándose aún más de mí. La seguí con la mirada perdida, aun no empezaba a asimilar lo que ella acaba de decir, quería creer que ella no lo había dicho.

—Tú no tienes SIDA—musite mientras la observaba recargarse en la pared de la sala, aún seguía llorando y al parecer lo seguiría haciendo por mucho tiempo más.

—Si lo tengo Fede, tengo dos años con esa maldita enfermedad que va consumiéndome a diario—mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas, me estaba rompiendo el corazón de una manera cruel—. Esa es la razón por la cual me mude a Buenos Aires, para que mi familia no tuviera que pasar por el sufrimiento de verme morir. Pensé en pasar mis últimos días tranquilamente, sola sin ver a nadie llorar por mí pero un día llegaste tú un ángel que no pedí. No quería salir contigo pero me parecías tan atractivo que no pude resistirme y acepte—se rio tristemente—. No quería enamorarme de ti pero fue inevitable. Ahora sabes que no tengo nada que ofrecerte, no es justo para ti que cargues con una moribunda a la cual le quedan escasos cuatro años de vida. Tú mereces una buena mujer, alguien saludable con la cual puedas tener hijos y formar una familia. Necesitas a alguien que este contigo en la vejez, cuidándote y recordando todos esos bellos momentos de una vida juntos no a una mierda como yo, que se está pudriendo. Mereces una mujer que no tenga el tiempo limitado, a la que puedas amar en toda forma sin miedo a contagiarte, alguien con la que puedas despertar todas las mañanas y no tengas que asegurarte que aún está respirando—concluyo con amargura. Nos quedamos en silencio, sin mirarnos. Las lágrimas brotaron solas de las cuencas de mis ojos y no trate de evitarlo. La única persona a la que realmente había querido con todo mi corazón me estaba diciendo que moriría. ¿Por qué estaba pasando todo eso?, no éramos mala personas. ¿Por qué teníamos que vivir una situación tan trágica?

—Vete Fede—me ordeno rompiendo el frio silencio—, olvídame. Yo no te buscare, es lo único bueno que puedo hacer por ti.

—No—respondí con firmeza. Ella me miro sorprendida por mi respuesta.

—No tienes que quedarte por lastima, es lo único que realmente no necesito—refuto con frialdad.

—No, no me iré. No te dejare, ni hoy ni mañana ni nunca—me levante del sillón y camine hasta llegar a ella. Mis ojos aún estaban llorosos pero no iba a derramar más lágrimas. Tome mi decisión, yo la quería, la amaba más que a nadie en el mundo; si podía disfrutar cinco, cuatro, dos años una hora lo que fuera lo haría sin pensarlo dos veces. No perdería esa oportunidad.

—Fede…—susurro abatida. Bajo la mirada al suelo evitando encontrarse con la mía.

—Te amaba antes de saber esto y aun lo sigo sintiendo sabiendo lo de tu enfermedad. No me alejare de ti ni me causas asco ni nada parecido, de hecho, me pareces muy linda con tus ojitos hinchados—ella me miro con ternura—. No me interesa formar una familia, nunca me he visto cambiando pañales. Tampoco he pensado llegar a la vejez con alguien a mi lado, es más ni si quiera he pensado en llegar a ser un anciano, con el tipo de vida que llevo es noventa por ciento imposible y tampoco me interesa saber cuánto tiempo de vida te queda por que sea el tiempo que sea quiero vivirlo contigo. Lo único que me importa es abrazarte, mirarte dormir entre mis brazos, besarte y estar todo el día pegado a ti como una sanguijuela—se rio—. Eso es lo que quiero hacer y me hará muy feliz. Quiero cuidar de ti, hacerte el desayuno, discutir, dormir, caminar y respirar todo junto a ti no con otra porque ahora no sé qué hacer sin ti ¿No ogras entender eso?—inquirí mirándola a los ojos, ella estaba sonrojada—. Quiero que seas mía, aunque sea solo un segundo en esta vida—la tome en mis brazos y le di ese ansiado beso que estaba esperando desde hace mucho tiempo. Fue un corto per dulce primer beso que ella término.

—¿Enserio quieres estar conmigo? ¿Así como estoy?—pregunto con duda.

—A menos que tengas un tercer ojo o un gemelo malvado—me dio un golpe seco en el hombro—. Si, si quiero estar contigo—sonreí.

—¿Pase lo que pase?

—Pase lo que pase—junte mi frente con la suya—no te dejare, estaré contigo hasta el final—ella me sonrió y me abrazo. Ese fue el momento exacto donde inicio mi nueva vida a lado de Lila. No paso mucho tiempo para que ella se mudara a mi casa y eso me alegro.

Por ese entonces muchas veces dudaba que tuviera SIDA, pues ella tenía una mejor salud que cualquier otra persona que conociera. Solo los frasco de medicamento que estaban siempre en la barra de la cocina me recordaban cuan frágil era. También nació en mí un sentimiento paternalista, la obligaba a comer bien, a tomar sus medicinas a su hora, no olvidaba ninguna cita con el médico. Aquello la molestaba un poco pero había hecho que mi misión en la vida fuera verla radiante y saludable como la había conocido.

El tiempo pasó volando y de un día a otro nos encontramos festejando nuestro quinto aniversario como pareja. Ella seguía más saludable que nunca, había superado los pronósticos fatalistas que los médicos le habían dado y eso me hizo sentir que éramos invencibles.

Éramos la pareja más afortunada del universo, lo comprobaba con todos los amaneceres que vivíamos. La amaba como nunca había amado, de una manera tan extraordinaria que jamás podrían entenderlo más que estando en mis zapatos.

Los que más ansiaba de un día común era el despertar a su lado. El primero en abrir los ojos era yo, así que aprovechaba para contemplarla dormir hasta que ella despertaba. Luego nos quedábamos un rato platicando en la cama de cualquier trivialidad que se nos ocurriera. Pero sin duda lo más horrible del día era irme al trabajo. Aquellas horas alejado de ella me parecían la peor de las torturas y desde el momento que ponía un pie fuera de casa ya la echaba de menos, caía en lo cursi. Sin embargo era la realidad que vivía, me hice un completo adicto a Lila mi fan número uno, que nunca se perdió ninguno de mis conciertos.

Y nadie, ni si quiera David sabia de ese secreto que nosotros recelosamente guardábamos. Es más, puedo decir que había días en que nosotros también lo olvidábamos.

Cierto día en nuestro octavo aniversario, una idea loca estuvo rondando por mi mente. Durante una de sus consultas mensuales, me di cuenta que inminentemente algún día Lila tendría que morir al igual que todos los seres humanos. Claro, deseaba que eso no fuese a ocurrir pronto, pero tenía que pensarlo y llegue a una conclusión no podía concebir una vida sin ella. No podía pensar en el resto de mi vida con su ausencia, no tendría ningún sentido y mucho menos cuando pesaba el no haber estado con ella tan puramente como las parejas "comunes" lo están. Jamás, ni por equivocación teníamos sexo sin protección. En esos momentos alguno de los dos, por inercia siempre recordaba aquel detalle. Pero con el paso de los años creció la necesidad de sentirla realmente mía. Después de ocho años aquel detalle resultaba hasta incómodo. Años atrás habíamos tenido una gran discusión por esa razón. Todo había surgido del comentario "eres libre de dejarme cuando quieras", que pronto desemboco en la frase: "ya sé que estas harto de no poder hacerlo conmigo como lo hacías con las demás". La verdad no era que me hartara pero me parecía totalmente irracional "tener que protegerme" del ser que más amo en el mundo por miedo a morir. Con ocho años viviendo a su lado me daba cuenta que era más ilógico que pensara o planeara una vida sin ella a morir con ella, de todos modos yo también tenía que morir un día y si podía elegir mi muerte que mejor que esa que ella vivía.

De camino a casa, ella me miraba tratando de averiguar qué era lo que me tenía tan callado. Yo estaba absorto en mis pensamiento pues tenía que buscar la forma perfecta de planteare el tema sin tener que llegar a una discusión otra vez, no era fácil solía ser demasiado obstinada.

Como cada jueves desde que éramos amigos, preparamos la noche de películas que tendríamos. Mientras ella llegaba a la sal con las bebidas y el tazón de palomitas, yo acomodaba el DVD. Nos recostamos en el sillón y la película de Rob zombie dio inicio. Íbamos a la mitad de la película, el tazón de palomitas se había terminado y ella miraba embobada la tele que decidí que era el momento perfecto:

—Quiero hacer el amor contigo ahora—comente en un tono natural, sin desenfocar mi vista del televisor. Ella que estaba recostada en mis piernas volteo a verme riendo.

—Con los años te vuelves más romántico—dijo con sarcasmo, me reí.

—Se hace lo que se puede—musite acariciándole el cabello—, pero lo dije enserio—ella se carcajeo.

—Bueno don caballero, si tanto insistes—se disponía a sentarse cuando decidí decirle.

—Pero con una condición—ella me miro dubitativa.

—No me pondré apodos, ni hare posiciones raras del Kama Sutra ni tampoco usare un disfraz y mucho menos gritare como una loca solo para que los vecinos sepan "quien es el mejor"—trato de imitar mi voz, no pude evitar reírme con fuerza ante tales comentarios.

—No era eso tonta—le respondí sin dejar de reírme—, aunque no suena mal que te pongas a gritar como loca—ella me dio un cojinazo en la cara.

—Ni lo sueñes—me dijo riendo—¿Cuál es tu condición?

—Quiero hacerlo sin protección—dijo seriamente. Su amplia sonrisa se borró en un tris, sus ojos lucían enfadados podía decir que incluso parecía ofendida.

—No—respondió firmemente.

—¿Por qué?—le pregunte con serenidad, ya sabía que eso pasaría.

—Porque es muy riesgoso, puedes enfermarte y…

—No tengo miedo—le interrumpí con decisión.

—No quiero que mueras por mi culpa—susurro mirando al suelo.

—No sería tu culpa, más bien deberías sentirte mal por quererme dejar aquí solito—me miro con tristeza—.. No quiero seguir haciendo el amor contigo interrumpidos por mi buen amigo el condón—se rio tristemente por mi tono infantil de voz.

—Pero…

—Nada—interrumpí de nuevo al mismo tiempo que tome sus manos entre las mías—¿Por qué tenemos que protegernos? ¿Por qué no podemos ser como las demás parejas?—le cuestione tratando de hacer contacto visual.

—Por qué las demás parejas no tienen SIDA—contesto con molestia, tratando inútilmente de quitar mis manos de las de ella.

—Para mi tú no tienes SIDA. Sé que tengo que morir algún día, todos lo terminamos haciendo pero quiero morir contigo. No quiero quedarme solo, quiero amarte al máximo sin desperdiciar un minuto más—ella me miro a los ojos sin convencerse de mis palabras—. Te amo tanto que le he perdido el miedo a ese virus y para mi eres igual que cualquier otra mujer de tu edad.

—Fede ¿Por qué me haces eso?—dijo en un suspiro abrazándome, eso provoco que me tumbara en el sillón.

—No seré feliz después de que mueras. Dime, si se invirtieran los papeles ¿podrías rehacer tu vida? ¿podrías amar a alguien más y pretender que jamás existí?—inquirí seriamente. Lila me miro enfadada.

—Jamás podría hacerlo—musito agachando la mirada enseguida que termino de decir esa oración, por fin entendió mi posición.

—¿Te queda claro?—ella escondió su cara en mi cuello y exhalo con fuerza.

—Sí, pero tengo que preguntarte otra vez para asegurarme—alzo la cabeza y enfoco sus profundos ojos negros en los míos—¿quieres hacer el amor conmigo sin protección?

—Si—respondí sin pensar. Ella me sonrió para darle paso a un profundo beso que culmino en una de las noches más extraordinarias de mi vida. Nunca antes había vivido algo similar. Nuestro amor estuvo plenamente consumado y estaba seguro de que nada ni nadie nos separaría.

Luego de casi trece años de feliz relación, todo empezó a ir en declive. A mediados del año doce, ella enfermo de gripe. Paso cerca de dos meses internada en un hospital. Luego contrajo una infección en el estómago en la que tuvo que estar cinco meses viviendo en el nosocomio. Finalmente de nuevo una gripa la ataco, su sistema inmunológico estaba severamente dañado y sus posibilidades de sobrevivir eran nulas.

El último día empezó como cualquier otro día cuando estaba internada. Las enfermeras entraban a cambiarle el suero y ponerle algunos medicamentos. El doctor pasaba a checar su estado, siempre guardando silencio y negando con la cabeza mientras escribía en su orden todo lo que veía y yo sentado en el sillón que había a lado de su cama sosteniendo su débil mano. Tenía varios días sin estar consciente de lo que le sucedía y yo sabía que en cualquier momento mi niña ya no despertaría.

Esa tarde vino a visitarla David, el tenía poco de haberse enterado de la enfermedad que aquejaba a su prima y decidió ayudarme a cuidar de ella. Luego nos quedamos solos y aproveche para leerle uno de sus libros favoritos. Fue muy difícil hacerlo, con cada palabra que decía se me quebraba la voz, ella no lo noto pues se quedó dormida instantáneamente.

Dos hora más tarde, mientras yo le dejaba un mensaje a mi única hermana, ella despertó:

—Fede—oí un débil susurro. No supe cómo me levante del sillón y me acerque a ella.

—Shh, no hables—le pedí acariciando su cabello—. Aquí estoy a tu lado.

—¿No me dejaras sola?—inquirió mirándome tiernamente.

—No—le sonreí reuniendo toda la fuerza que me quedaba dentro de mí y le di un beso en la frente. Estaba muriendo, mi niña perdía con cada exhalación un poco de vida.

—Estoy muy cansada—susurro. Me senté en la cama, justo a su lado para abrazarla.

—Duerme un poco, aquí me quedare para cuidarte mientras sueñas—le dije con tristeza abrazándola.

—Te amo—musito para después dar una inhalación profunda.

—Yo también te amo—le respondí con una lagrima rodando por mi mejilla. Se quedó callada, vi como sus débiles parpados se hacían pesados y se cerraban.

—Tengo mucho sueño—volvió a susurrar, me reí levemente.

—Duerme, ya has hecho mucho esfuerzo y mereces descansar—se recargo en mi pecho. Trate en vano de no llorar más, así que recargue mi barbilla en su cabeza y dirigí mi mirada hacia el electrocardiograma mientras tarareaba su canción favorita. Poco a poco iban disminuyendo las líneas que marcaban la intensidad de los latidos de su corazón hasta que finalmente cesaron.

Fue un momento que se detuvo en el tiempo. Mis lágrimas saldas recorrían mis mejillas imperiosamente, vi a un par de enfermeras y al medio entrar en la habitación, enseguida el dio la orden de no tratar de mantenerla con vida. Varios años atrás, incluso antes de conocerme había firmado ese documento. Las enfermeras desconectaron los aparatos y me dejaron solo con ella.

Con su último aliento vital, se había llevado el mío. Me dolía hasta el alma, pero sabía que pronto, más pronto de lo que se imaginaban estaría con ella y el dolor cesaría.