Capítulo 10
Aviso importante leer hasta el final.
Residencia de los Sato.
—Creo que éstas tienen cocaína —murmuró Korra, con una galleta en la boca. Había superado la vergüenza inicial de verse sorprendida armando bulla con Asami y estaba encantada con Yasuko. Y a Yasuko le caía bien cualquiera que devorase sus galletas. Sí Korra se hubiese molestado en pensar cómo sería la madre de Asami Sato, se habría equivocado de medio a medio. Nunca habría imaginado una mujer con una sonrisa tan agradable y tan buen carácter.
—Si el azúcar y la mantequilla son cocaína, entonces mi madre es tu camello. — Asami se reía. Había dejado de comer galletas una hora antes.
Las tres estaban cómodamente sentadas en el suelo, alrededor de la mesita de café de Asami, bebiendo cacao, comiendo galletas y contemplando los últimos destellos de los fuegos artificiales en el cielo. Por suerte, Asami no había encontrado el Twister, pero habían pasado aquel lluvioso Cuatro de Julio divirtiéndose con varios juegos de mesa y viendo películas en televisión. Asami demostró su habilidad en el Scrabble y Yasuko logró comprar Boardwalk, Park Place y todas las propiedades anaranjadas del Monopoly antes de que acabasen de ver Las nuevas aventuras de Píppi Calzas-largas. Cuando oyeron el ruido de los fuegos artificiales, abrieron las cortinas para disfrutar de las explosiones de color que desgarraban el negrísimo cielo.
—No he puesto tanto azúcar —dijo Yasuko—. ¡Oh, qué grande!
Momentáneamente las distrajo un estallido de color que iluminó el cielo y, luego, Asami dijo:
—Olvidas que saqué la basura después de cenar. Y vi todos los paquetes vacíos.
—¿Paquetes? ¿Más de uno? ¿Has utilizado más de un paquete de azúcar? —preguntó Korra.
—Naturalmente —respondió Yasuko, muy ufana—. Son galletas azucaradas.
Korra imaginó un rollo de grasa acumulándose en su cintura.
—Me he comido por los menos seis antes de cenar y he perdido la cuenta de las que he comido mientras veíamos la película.
Yasuko guardó el dinero multicolor y las piezas del juego en sus respectivos compartimentos.
—¿A quién prefieres creer: a Asami o a su madre? —Asami miró a Korra por encima de la cabeza de Yasuko.
Korra decidió que le gustaba la sensación que estaba experimentando en aquel momento: agradablemente hinchada de dulces y mimada. La sonrisa de Asami se intensificó y Korra pensó que tal vez se estaba traicionando. No debería desvelar tanto. ¿Acaso se podía desvelar demasiado? ¿Qué más daba que Asami supiese que le gustaba estar con ella en su casa?
—Ha jugado a las cartas contigo, mamá. Sabe que no eres de fiar. —Asami posó la mano en el hombro de Korra—. No te aburres, ¿verdad?
Asami retiró la mano demasiado rápido para ser un gesto casual. Había olvidado, igual que Korra, que las cosas entre ellas eran distintas. Sus gestos de contacto nunca habían sido fortuitos, lamentó Korra.
—En mi vida lo había pasado tan bien —dijo Korra, y era cierto. No tenía más amigos que en el instituto. Se pasaba el día trabajando y la noche pensando en el trabajo. No recordaba la última vez que había jugado a las cartas y se había puesto morada mientras veía la televisión un viernes lluvioso. A Korra le pareció que no le costaría mucho acostumbrarse a aquello, y la idea la asustó.
Yasuko refunfuñó mientras se ponía de pie y bostezaba:
—Cuanto más vieja soy, más me parezco a Olivia. Si no me voy a dormir me pongo pesadísima.
—¿Te veré mañana? —Korra se levantó y la abrazó con timidez.
—Pues claro. Voy a hacer tortitas, así que confío en que tengas apetito por la mañana. —Korra esperó hasta que Yasuko subió las escaleras.
—Hum, no la habremos ahuyentado, ¿verdad? —Korra se sentó en el sofá en vez de hacerlo en el suelo, como antes. Estaban solas y le parecía conveniente interponer cierta distancia entre Asami y ella—. No creo que nadie pueda dormir con el estruendo de todos esos fuegos artificiales.
—Es como un reloj. A las nueve en punto se acuesta y no la despierta ni la mayor catástrofe. Ojalá Olivia se durmiese con la misma facilidad. —La sonrisa de Asami fue sustituida por un involuntario gesto de preocupación.
—¿Qué ocurre? ¿Estás preocupada por Olivia?
—No. Seguro que lo pasa genial con su padre.
Asami se levantó del suelo y se sentó frente a Korra en el sofá. Contemplaron los fuegos artificiales durante unos minutos, comentando los más espectaculares y tratando de actuar como si no se sintiesen incómodas. Korra pensó que era una lástima que las cosas hubiesen degenerado hasta el punto de que no podían divertirse sin la compañía de una tercera persona. Lo habían hecho al revés. Habían practicado sexo antes de conocerse bien. Según las normas era imposible establecer una relación cuando se empezaba por el sexo. Por tanto, ¿qué hacía sentada junto a aquella mujer, hablando de cosas intrascendentes? ¿Qué esperaba ganar estando allí?
—De acuerdo, voy a confesar algo realmente egoísta —dijo Asami.
Korra ladeó el cuerpo, metió un pie bajo la pierna y centró toda su atención en Asami.
—Creo que estoy celosa porque seguramente Olivia lo pasa mejor viendo los fuegos artificiales con su padre que conmigo.
Korra soltó una risita de alivio. Entendía aquellos pequeños celos. Y estaba encantada de encontrar al fin una fisura en la impecable armadura de Asami, lo cual la hacía aún más atractiva, aunque en ese aspecto no necesitaba ayuda.
—No soy una experta, pero me parece normal, ¿no?
Asami suspiró.
—No sé, me siento una mierda. Quiero que mi hija disfrute con su padre, pero al mismo tiempo...
—No quieres que se olvide de lo bien que lo pasa contigo, ¿verdad?
—Suena muy egoísta dicho de esa forma.
—Muy egoísta no. Bueno..., tal vez un poco egoísta.
Korra sonrió cuando Asami puso los ojos en blanco. Sus celos quizá fuesen mezquinos, pero resultaban humanos y hasta entrañables.
—Ojalá no te lo hubiera dicho. Ahora me siento fatal —se quejó Asami.
—Oh, venga ya, también yo tengo mi punto egoísta.
Asami se descalzó y metió los pies bajo el cuerpo.
—¿De verdad? Cuéntame. Yo te he contado el mío.
Korra sacudió la cabeza y recordó algo que seguía perturbándola, aunque había sucedido muchos años antes.
—De acuerdo. Cuando tenía doce años, mis padres...
—No es justo recurrir a cosas de la niñez —interrumpió Asami.
—Un momento. —Korra alzó las manos—. Eso fue horrible. Sin duda, el diablo me lo tendrá en cuenta cuando llegue la hora.
Asami se rió.
—¿Tan horrible es? Vale, pero, si la historia no está a la altura, me reservo el derecho de exigir que me cuentes una historia adulta.
—Muy bien, trato hecho. Como te iba diciendo, cuando tenía doce años mis padres se separaron. Mi padre se fue a vivir a un cuchitril, a treinta kilómetros de la ciudad, y mi madre... lloraba todas las noches antes de dormir.
—Debió de ser duro para ti. —La expresión seria de Asami hizo que Korra casi lamentase haber elegido aquella historia, pero continuó:
—En realidad, me encantaba.
Asami arqueó las cejas, pero Korra siguió hablando. Había empezado y ya no podía parar.
—Mi padre me iba a buscar al colegio todos los viernes, me llevaba a cenar y a ver una película, y me daba todo lo que le pedía. Gastaba conmigo el dinero que le sobraba. Antes de la separación, nunca salíamos juntos y tampoco había dinero para cosas como ir al cine sólo porque sí. Mi madre, que apenas sabía cocinar, tenía que nacerlo todas las noches. Lavaba mi ropa, fregaba los cacharros, limpiaba la casa y se interesaba por mis actividades escolares. Hacía todo lo que yo siempre había pensado que debía hacer una madre. Tras la ruptura se dedicaron a disputarse mi afecto y yo estaba entusiasmada. Fueron tres meses en la gloria. Un día, al llegar del colegio, los encontré en la sala muy sonrientes. Sobre la mesa había copas de vino y restos de comida. Recuerdo que pensé: «Tengo que limpiar». Entonces, me contaron la buena noticia. Se habían reconciliado.
En un determinado momento de la «historia egoísta», Asami había comenzado a acariciar el brazo de Korra.
—Y eso es todo: A partir de entonces fuimos felices. —Korra sonrió, pero Asami no le correspondió.
—Tal y como lo cuentas, no lo parece.
Korra se encogió de hombros, desarmada por la seriedad de Asami.
—Lo pasé bien. Mis padres eran buenas personas. Siempre tuve un techo bajo el que cobijarme y no nos faltaba dinero para comer. Lo demás no era imprescindible.
—Ven aquí —dijo Asami y, sin darle tiempo a protestar, la abrazó.
Aunque a Korra nada le habría gustado más que relajarse en los brazos de Asami, no pudo.
—Si te pones a cantar «Duerme mi niña», me largo —murmuró Korra contra el hombro de Asami.
—Has descrito a una cría necesitada de cariño. Todas éramos así de pequeñas. A esa edad dudo que entendieses todas las consecuencias de la ruptura de tus padres. No te fastidió que volviesen a estar juntos, sino perder el cariño que por fin te habían dado. Tu reacción fue de lo más natural.
Asami frotaba rítmicamente la espalda de Korra, consolándola como si se tratase de una gran pérdida y no de la pataleta de una chiquilla, como si hubiese ocurrido el día anterior y no años atrás.
—Se te da muy bien esto —comentó Korra.
—¿Qué? —Asami era tan tierna, tan cariñosa, que Korra no se sentía a gusto y se apartó. Vio su imagen reflejada en los ojos verdes de Asami y se olvidó de lo que quería decir.
Korra no se dio cuenta de que iba a besar a Asami hasta que sus labios estuvieron muy próximos. Asami respiró, su cuerpo se puso tenso y sus manos se apoyaron en los brazos de Korra, quien comprendió que Asami pretendía detenerla. Lo sabía, pero aun así la besó. Pensó: «Que sea la última vez y que dure siempre». Después todos sus pensamientos racionales se borraron. Se sobresaltaron cuando silbó un cohete y luego explotó, pero el beso continuó.
Asami abrió la boca con cautela. Korra sabía que en cualquier momento pondría fin a aquel beso. Sabía que debían disculparse y regresar a sus respectivos extremos del sofá. Por eso, cuando puso una mano sobre el pecho de Asami y ejerció una leve presión, supuso que Asami la disuadiría. Como no lo hizo, siguió empujando hasta que Asami quedó tendida en el sofá. Korra se colocó sobre ella y enseguida se perdió en el calor del beso.
El corazón de Asami latía con tanta fuerza que Korra lo sentía a través de las camisas de ambas. Sus labios se abrieron, ávidos, bajo los de Korra. Asami correspondía, pedía más, pero Korra tenía presente la carta en la que Asami daba por concluido todo entre ellas. Korra se calmó y levantó la cabeza. Asami tenía los labios separados y húmedos. Las dos se miraron. A Korra le pareció como si todo su mundo se estabilizarse. El lento brote de excitación iniciado por el beso se intensificó. Incluso los fuegos artificiales hicieron una pausa, mientras Korra esperaba que Asami la rechazase.
—Abre las piernas. —Asami no reaccionó y Korra repitió la orden añadiendo «por favor». Asami se humedeció los labios y abrió las piernas, y Korra se colocó entre ellas. Sus caderas encajaban a la perfección. Lo único que tenía que hacer era...
«Cuidado.» La idea bastó para que Korra no acelerase el inevitable placer que, al menos físicamente, ambas deseaban. No acarició los pechos de Asami como quería, sino que deslizó los dedos por su cuello y por la oreja, y la besó como si aquél fuese su último beso: lento, suave, húmedo y cariñoso.
El beso pudo muy bien durar una hora o un minuto. Llegó un momento en que el calor que emitían se volvió incómodo. Korra se movió para relajar la tensión, pero se puso rígida cuando Asami arqueó el cuerpo. Temía que, si el beso terminaba, Asami aprovechase una milésima de segundo para recordarle que no le gustaba aquello. Asami alzó las caderas una vez más, apretando la parte baja de la espalda de Korra, exigiéndole mayor contacto. Korra hundió la frente en el hombro de Asami y procuró ignorar el timbre del teléfono, que estaba sonando.
Apretó los puños bajo los hombros de Asami mientras intentaba entender lo que ocurría. No era culpa suya, ¿o sí?
La pasión de Korra cedió ligeramente. Asami le había dicho muy claro que no quería una relación como aquélla, pero, cuando sintió que las manos de la otra mujer, encallecidas de levantar pesas, se deslizaban bajo el cinturón de sus vaqueros y su ropa interior y le acariciaban el trasero, olvidó todas las reservas. Las dudas que albergaba sobre quién era la responsable de añadir leña al fuego se disiparon en el momento en que Asami le apretó el culo.
«Magreo.» Le vino a la mente aquel término grosero. Korra ni siquiera sabía por qué se le había ocurrido. Era una de tantas cosas que las chicas comentaban en los vestuarios. Ella nunca había compartido esos comentarios. No tenía amigas de ese estilo, pero las había escuchado. Dios, tenían razón. Si seguían así, se iba a correr completamente vestida.
Korra hundió los dedos en los cojines del sofá, que utilizó para acercar más aún los cuerpos de ambas. Asami jadeó mientras las lenguas, las caderas y la respiración buscaban denodadamente un punto de apoyo en medio de largas pausas de placer arrebatador. El timbre del teléfono sonó de nuevo. Korra casi no oía los fuegos artificiales, mitigados por la explosión que se estaba produciendo dentro de su propio cuerpo, pero estaba decidida a continuar, porque, cuando la pasión se enfriase, Asami recordaría su carta. Korra ralentizó el movimiento de forma intencionada. La última vez que estuvo con Asami fue todo un festín de pasión y lujuria. Quería acordarse de ella en aquel instante. Alzó la cabeza para contemplar su rostro. El sudor brillaba en su frente, tenía los ojos cerrados y los labios separados. No tardaría en correrse y Korra quería disfrutarlo.
A Korra le zumbaron los oídos debido al esfuerzo por mantener el control y, cuando se dio cuenta de que Asami no se precipitaba hacia el orgasmo, intensificó sus movimientos. La respuesta de Asami se paralizó de pronto y Korra comprendió que se había acabado.
—Korra, está sonando el teléfono. Tengo que contestar. Le pedí a Mako que llamase. Lo siento.
Korra asintió y, aunque todos los nervios de su cuerpo gritaban «no», se apresuró a soltarla. No se miraron mientras Asami se levantaba con dificultad y corría hacia el insistente teléfono. Korra se puso de pie, se ajustó los vaqueros y fue hasta el ventanal. El teléfono sonó una vez más, pero Korra no oyó a Asami en la cocina.
—¿Eh?
Korra volvió la vista y vio que Asami la miraba con una expresión extraña.
—Tal vez tarde unos minutos. Mi hija quiere contarme lo que ha hecho hoy, pero nos vemos en tu habitación. ¿Te parece bien?
Asami se marchó sin darle tiempo a responder. Korra permaneció mirando el lugar en el que acababa de estar Asami. Recibía señales muy confusas de ella. No quería quejarse, pero aquello era un tanto desquiciante. Estiró la mano hacia las cortinas con intención de cerrarlas, para ahorrarle el trabajo a Asami.
El humo de los fuegos artificiales creaba una niebla sobre las copas de los árboles. Korra se refrescó la sudorosa frente apoyándola en el cristal de la ventana y contempló el exterior sin ver nada. Tenía la parte delantera de la blusa pegada al pecho. ¿Cómo podría olvidar la perfección con la que encajaban, la maravillosa sensación del musculoso cuerpo de Asami bajo el suyo o su increíble fuerza?
A Korra le dolió el corazón cuando comprendió que las cosas habían ido demasiado lejos. Quería algo más que una estúpida oportunidad de vengarse de Asami. Debería haber sido ella la que diese por concluido el asunto, no Asami. Era ella la que se encontraba en peligro. Su error había sido engañarse creyendo que podían ser sólo amigas.
Asami hizo una pausa y puso una mano sobre el teléfono y la otra sobre la boca. Percibía el olor de Korra. No sabía si era su loción o el jabón que usaba, pero tenía claro que nunca se cansaría de aquel olor, y eso la asustaba. Tomó aliento y respondió al teléfono.
Mako no se molestó en saludar.
—¿Dónde diablos te habías metido? He llamado diez veces. Olivia está en la cama. — Por su forma de hablar y por la cadencia de su respiración, Asami se dio cuenta de que Mako estaba caminando como un león enjaulado
—Estábamos viendo los fuegos. ¿Aún no se ha dormido? Que se ponga al teléfono.
Asami se sentó ante la mesita de la cocina y echó la cabeza hacia atrás. Oyó que Mako le decía a Olivia que su mamá estaba al teléfono. Asami sonrió aun antes de oír a su hija decir el consabido:
—Hola, mamá.
—Cuéntame que has hecho hoy, pajarito.
Olivia se puso a hablar de todo lo que había comido y de las cosas que había hecho, visto y oído en la feria. Asami salpicó de oportunas expresiones de asombro la conversación y tradujo mentalmente cuando la emoción de Olivia hacía que su discurso resultase casi ininteligible. A los pocos minutos las respuestas de Olivia se ralentizaron y, por último, Asami oyó sólo el suave ruidito de la respiración de la niña.
—Se ha dormido —susurró Mako, y Asami oyó el inequívoco sonido de una puerta al cerrarse.
Olivia siempre dormía con la puerta abierta. Es más, Asami nunca cerraba la puerta de su habitación y tampoco su madre. Si Olivia las necesitaba por la noche, una de las dos seguro que la oía. Asami iba a decírselo a Mako, pero se contuvo. Mako y Olivia se regían por sus propias normas. Prefería no inmiscuirse, a menos que corriese algún riesgo la seguridad de Olivia. Además, Olivia estaba creciendo y en cualquier momento exigiría intimidad. Tal vez ella misma necesitase también cierta intimidad, aunque descartó la idea antes de que se convirtiese en un verdadero proyecto.
—Han venido mis padres.
La indiferencia con que Mako sacó a colación el tema de sus padres la empujó a buscar una silla para sentarse.
—¿Y qué han dicho?
—Que se habían olvidado de que tenían un conflicto de intereses, así que se han quedado aquí. Prefieren que quedemos mañana para comer en vez del lunes.
El alivio de Asami al saber que no cancelaban la cita enseguida dio paso a la aprensión.
—Muy bien, pero tienen que venir hasta aquí.
—Ya saben que no vivo ahí, así que prefieren que nos veamos en su casa. — Asami se frotó las profundas arrugas de preocupación que se dibujaron en su frente.
La propuesta de los Copeland se le antojaba un lance más del juego. Por desgracia, ella no había impuesto ninguna de las reglas.
—¡Qué lástima! Los invité yo, no al revés. Además, tengo una invitada y creo que se sentirá más cómoda aquí.
—No se te ocurrirá meter a esa mujer en esto, ¿verdad? Creí que sólo íbamos a hablar con ellos.
—Yo no la he metido en esto, la metieron ellos. Ellos fueron los que se dedicaron a husmear y a contratar a gente para que me investigase como si hubiese cometido un delito.
—Están acostumbrados a proteger sus intereses, Asami. Sé que reaccionaron impulsivamente, sin pensarlo bien.
—¿Y a ellos qué más les da? Los que nos vamos a divorciar somos nosotros. Ellos no tienen nada que opinar.
—Quizá deseen ver a Olivia.
—¿Acaso les prohibí alguna vez que viesen a Olivia? ¿Por qué se lo iba a prohibir ahora?
—Eso es lo que les diremos. Seguro que les basta con oírlo.
Mako utilizaba el tono tolerante al que siempre recurría cuando hablaban de sus padres, pero no iba a servirle de nada en esa ocasión.
—Me alegraré mucho cuando todo termine. Espero que, cuando vean a Korra, dejen de fingir y acabe la persecución.
—¿Cómo puedes confiar en ella? Te juro que, cuando me di cuenta de que era la mujer a la que había sorprendido espiando detrás de tu ventana, casi me da algo.
Los pulmones de Asami se deshincharon.
—¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Cuándo la viste espiando en mi ventana?
—La noche en que la nueva clienta se te insinuó delante de mis narices, ¿te acuerdas? ¿Cómo se llamaba?
—Kuvira. No volvió más —dijo Asami en un tono apagado, recordando que Kuvira se le había insinuado de una forma tan exagerada que la había puesto nerviosa.
—Al principio creí que era ella, hasta que me acerqué. Dios mío, Asami, cuánto lo siento. Me di cuenta de que guardaba algo en el bolsillo, pero creí que era un teléfono móvil. Ahora sospecho que podía ser una cámara. Sin embargo, no entiendo para qué quería hacerte fotos en el trabajo.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —Asami se dio cuenta de que casi estaba chillando, pero recordó aquella noche, las cosas que hizo en su despacho de cara a la ventana, nada más y nada menos, y sintió náuseas.
—¿No te lo había dicho?
Asami cerró los ojos.
—Mierda, Mako, pues claro que no. Bueno, en el parque me comentaste que tenía la nariz pegada a mi ventana, pero creí que era una metáfora.
—Sí, claro. Como te iba diciendo, no le di importancia hasta que la vi con mi padre en el restaurante. Al fin y al cabo, no la había sorprendido espiando en la ventana de tu dormitorio. Se trataba del gimnasio, y alegó que se encontraba mal. ¿Sigues ahí?
Asami pulsó la tecla de apagado y colgó el teléfono suavemente. «Al fin y al cabo, no la había sorprendido espiando en la ventana de tu dormitorio.»
La habitación que le habían ofrecido a Korra tenía los mismos enormes ventanales que el resto de la casa. La ropa de cama era femenina, aunque sin exagerar, y alguien (tal vez Yasuko) había puesto sábanas limpias y flores desde la llegada de Korra.
Korra esperó a Asami casi media hora. En un determinado momento empezó a temer que Asami se hubiese arrepentido, pero sabía que el dormitorio de su amiga estaba en el piso de arriba y, por tanto, tenía que pasar por delante de la habitación de invitados para subir a acostarse.
Korra imaginó que Asami estaría en la sala, con la cabeza hundida entre las manos, tratando de decidirse. Se acercó a la ventana y miró hacia fuera, como había hecho antes. ¿Alguna vez las cosas serían fáciles para ellas? Oyó que la puerta de la habitación se abría y se cerraba a su espalda. No se había dado cuenta de lo tensa que estaba hasta que le dolieron los hombros al relajarlos.
—Antes de que digas nada —dijo sin volverse—, sé que esto no es fácil para ti, aceptarme, y te aseguro que quiero que las cosas mejoren entre nosotras. Dejemos a un lado los ajustes de cuentas. Me gustaría estar contigo y conocerte bien. Haré lo que desees para que no me eches de tu vida.
Ya estaba. Todo dicho. Le había ofrecido a Asami una salida, por si la necesitaba, pero explicándole que no sólo quería divertirse. Deseaba más, lo necesitaba. Korra se volvió, esperando ver sorpresa, incluso conmoción en la otra mujer. No estaba preparada para la ira mezclada con intenso dolor que se reflejaba en el rostro de Asami.
—Hija de...
La voz de Asami se quebró, pero no hacía falta que concluyese la frase.
Korra sacudió la cabeza para despejar la confusión.
—¿Asami? ¿Qué he hecho?
—Mako me lo ha contado.
«¿Mako?» Korra se dirigió hacia ella, pero Asami retrocedió a toda prisa. Si la puerta no hubiera estado cerrada, sin duda habría salido al pasillo corriendo. Korra se mordió los labios.
—¿Qué te ha contado? —Estaba segura de poder rebatir las mentiras que Mako Copeland le había contado a Asami. Y después ya se ocuparía de darle su merecido a aquel imbécil.
—Me ha dicho que estabas fuera de mi oficina, espiando por la ventana. Y que estabas delante del gimnasio cuando nosotras... —La cara de Asami, roja como un tomate, se puso blanca de repente.
«¡Oh, Dios! ¿Por qué no le dije que estaba allí?»
—Asami, puedo explicártelo.
—Pues explícamelo. Dime que no es verdad. Dime que no me incitaste a masturbarme para espiarme.
—No fue así.
Asami se dio la vuelta y, si Korra no se hubiese apresurado a cerrarle el paso, habría salido de la habitación.
—Escúchame, por favor —le dijo Korra. Asami le daba la espalda y no dijo nada, pero tampoco le dio un tortazo, lo cual ya era algo.
—Te observé. La verdad es que envié a una mujer para ver si te enrollabas con ella.
—Kuvira —dijo Asami con amargura. Se volvió y Korra bajó la vista, aliviada. No podía soportar la furia de Asami.
—Sí. Me dijo que la habías rechazado de plano, y yo... —Korra sacudió la cabeza y le falló la voz antes de continuar— estaba feliz. Te vi sentada en el sillón y me pareciste maravillosa. Quería estar contigo, pero no podía. Te pedí que te tocaras porque era lo que deseaba hacer.
Korra aguantó unos segundos la arremetida de la fría mirada de Asami.
—Me humillaste.
—No era mi intención. Te juro que no pretendía hacerlo.
—¿Y por qué tendría que confiar en ti? Dime por qué debo creerte. ¿Cómo sé que no hiciste fotos y se las diste a Arnult y a Barb?
Las palabras de Asami fueron tan dolorosas como una bofetada.
—¿De verdad crees que te haría fotos en esa actitud para dárselas a esa gente? ¿Para qué, Asami? ¿Y qué demostraría con ellas?
—Deberías haberme dicho lo que habías hecho.
Korra guardó silencio como respuesta.
—Si te hubiese confesado que había estado detrás de tu ventana aquella noche, ¿no te habrías enfadado conmigo?
—Eso no importa. Deberías habérmelo dicho de todas formas.
—No me di cuenta de que íbamos a llegar tan lejos.
—Pues entonces deberías haber desaparecido.
—No es tan fácil. Sé que te cuesta entenderlo, pero no fue algo consciente. No era mi intención ocultártelo.
—Korra, déjalo. Ya está hecho. Quiero que te marches de mi casa mañana por la mañana.
—No hablas en serio. —Los dedos de Korra temblaban cuando los acercó al primer botón de su camisa—. Nunca pretendí humillarte —dijo, desabotonándose la camisa y aflojándose los pantalones.
—¿Qué haces?
—Te doy la oportunidad de ajustar cuentas.
—¿Es eso lo que crees que quiero?
—Es lo que creí que quería yo. Pero, ¿sabes una cosa, Asami? —Korra se desabrochó los vaqueros sin dejar de mirarla—. Desde el momento en que te vi, no me bastó con ajustar cuentas. Quería estar contigo. Quería que lamentases haber hecho el amor conmigo y me enfadé muchísimo porque ejercías una atracción demasiado fuerte sobre mí. Cuando estaba ante la ventana, mientras tú te tocabas, créeme, en lo último que pensaba era en humillarte. No habría podido marcharme aunque hubiese querido. —Korra dejó caer la camisa al suelo y se dispuso a quitarse el sujetador.
—Ponte la camisa —dijo Asami, en tono airado y confuso.
—No. —Korra arrojó el sujetador sobre la camisa. Le temblaban las manos al bajarse las bragas. Desnuda, en aquel momento se sentía más indefensa que en toda su vida. Ignoró la necesidad de cruzar los brazos para cubrirse el pecho. Y se esforzó por mantener la mirada de Asami mientras retrocedía hasta la cama y se sentaba. En el rostro de Asami había una mezcla de rabia y sorpresa.
—No pienso acostarme contigo.
—Ya lo sé —dijo Korra—. Tampoco te lo estoy pidiendo.
—Entonces, ¿por qué haces esto?
—Te estoy dando la oportunidad de marcharte mientras me humillo. —Korra se tocó el pecho y se acarició los pezones con los dedos, a pesar del temor a que Asami se fuese dando un portazo—. Cuando hacías esto —susurró—, en lo único que pensaba era en lo mucho que me apetecía estar al otro lado de aquella ventana.
Korra se arrodilló, ignorando la inquietud que le producía exhibirse ante Asami.
Al ver que ésta seguía todos sus movimientos, susurró:
—Acércate.
Asami hizo un gesto con la cabeza, en señal de negación pero Korra sabía por experiencia que, si se quedaba, se acercaría. Deslizó las piernas sobre la cama y Asami clavó los ojos en el suelo. Por lo menos, no se iba, y eso era importante.
—Mírame —dijo Korra. Asami echó la cabeza hacia atrás bruscamente, como si la hubiesen obligado a la fuerza.
Korra deslizó las manos sobre su estómago mientras miraba a Asami e intentaba averiguar qué pensaba. El rostro de Asami permanecía totalmente inexpresivo. El único signo de que estaba disgustada eran los puños cerrados a ambos lados del cuerpo y la rápida respiración que hacía palpitar su pecho.
Cuando Korra se acercó lentamente los dedos a la boca y se chupó dos, Asami separó los labios.
La excitación derritió parte de la fría rabia que se hacía patente en el rostro de Asami. Korra deslizó sus dedos húmedos por la barbilla y el cuello, hasta el pecho. Se acarició primero un pezón y, luego, el otro, hasta que ambos se convirtieron en cimas erectas. Asami se tambaleó.
—Es difícil, ¿verdad?, quedarse ahí mirando cuando sabes lo mucho que te deseo, lo mucho que ansío sentir tus manos sobre mí. —Korra se introdujo los dedos en la boca de nuevo y cerró los ojos para no ver la ardiente mirada de Asami. Al abrirlos, respiró hondo. Se acarició el estómago con la mano, rozando la parte superior del triángulo de vello antes de acariciarse otra vez los pechos. Había desaparecido la vergüenza inicial. Quería desarmar a Asami, que olvidase su enojo y que se uniese a ella.
Korra ladeó el cuerpo para que Asami la viese mejor. Se oyó un leve sonido, tal vez un suspiro, y cuando levantó la vista le pareció que Asami estaba más cerca. Lentamente rozó con los dedos los labios mayores, los separó y se frotó el clítoris, hasta que resultó evidente la intensidad de su excitación.
—Estabas muy mojada, Asami. Lo que más deseaba en el mundo era atravesar aquella ventana y hundirme dentro de ti.
A Asami le costaba tragar. Ya no tenía los puños cerrados y sus brazos colgaban inertes a ambos lados del cuerpo.
Las piernas de Korra se abrieron como alas de mariposa. Jugó con su orgulloso clítoris hasta que ya no pudo soportar más aquel suplicio. Cuando se introdujo los dedos, gimió durante largo rato. Esperó unos segundos, y los dedos de sus pies se curvaron sobre el edredón.
El cuerpo de Asami parecía desmadejado. Había renunciado a seguir enfadada y contemplaba con avidez la mano posada entre las piernas de Korra. Korra levantó las caderas y Asami sacudió la cabeza como si quisiera negarse, pero no completó el gesto.
—¿Te das cuenta? ¿Acaso puedes marcharte? —Korra percibió la vivida expresión de excitación en el rostro de Asami—. Mírame, Asami, mírame. —Sabía que no se iría, así que se introdujo primero dos dedos dentro de sí y luego otro. La respiración de Asami era cada vez más agitada y seguía el ritmo de las caderas, de Korra.
Korra retiró los dedos y jadeó cuando la evidencia de su deseo salió de su cuerpo. Untó su clítoris con ella y, luego, volvió a hundirse dentro de sí misma.
—Cuando tú hiciste esto, estaba tan excitada que... —Korra tragó saliva, mientras el calor y la velocidad de su mano aumentaban.
Asami, roja como un tomate, se tambaleaba ligeramente. Korra inclinó las caderas para penetrarse mejor y para que Asami tuviese una buena visión. La mano de Korra emitía una especie de palmoteo mientras se movía sin cesar.
—¿Eres capaz de dejarme? ¿Eres capaz de irte mientras hago esto e imagino que me tocas? Asami, yo...
¿Qué diablos iba a decir? El estallido del orgasmo la salvó de confesar sentimientos que hasta entonces ignoraba. Korra levantó las caderas y gimió, y supo que Asami también gemía. Su cuerpo derramó placer en forma de calor líquido hasta que alcanzó la cima, cedió y volvió a ascender. Los gemidos de Korra se convirtieron en ásperos jadeos, mientras Asami la contemplaba con la boca abierta y la respiración alterada, hasta que los ojos de ambas se fundieron.
—¿Asami?
Asami sacudió la cabeza.
—¡No! Ya has demostrado lo que querías. —Su tono era ácido y mordaz. El sudor se enfrió sobre el estómago de Korra.
—Lo siento. Creí que, si te demostraba lo difícil que era alejarse, comprenderías por qué no pude hacerlo.
—¿Sabes lo que creo? Creo que pasamos demasiado tiempo disculpándonos. —Si Asami no le hubiera parecido tan harta y resignada, a Korra se le habría ocurrido algo qué decir. Pero sintió un dolor en el pecho y se quedó muda. Asami hizo ademán de irse.
—¿A dónde vas? —Korra se incorporó y cogió la camisa del suelo.
—Necesito dormir. No puedo pensar con claridad.
—No pretendía molestarte.
Asami asintió y, sin mirarla, salió de la habitación y cerró la puerta casi sin hacer ruido. Korra se quedó mirando la puerta cerrada, estremecida por el tono definitivo de la voz de Asami. Quiso recoger sus cosas y marcharse, pero no tuvo valor para hacerlo. Estaba confundida, asustada y avergonzada. A pesar de todo lo ocurrido, no podía irse sin hablar con Asami al menos una vez más. Había manejado muy mal la situación. Quería que Asami supiese que no había pretendido hacerle daño. No sabía si lo conseguiría, pero estaba segura de una cosa: esa noche había perdido algo esencial.
La confianza de Asami.
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Hola he vuelto después de no sé cuanto, he estado ocupada y hasta ahora he tenido tiempo de continuar y espero seguir así hasta que termine mis proyectos, por lo menos estos.
Me he acordado de que tengo otras dos HISTORIAS ADAPTADAS, me preguntaba si les gustaría que las publicara.son: Elsa y Anna y la otra es Korra y Asami con Elsa y Anna.
si ustedes quieren que las publique, hagánmelo saber, tienen todo el tiempo del mundo para decidir si quieren o no quieren.
reviews time:
Bleach010915: Hola! es lento el proceso pero lo lograran. estare publicando mas seguido así que pendiente.
Ira: me alegro mucho que te gustara, casi podría llevarme el crédito, pero no.
Maria Sato: Hola, Hola! ahh los ataques de risa, lo sé a veces me pasa lo mismo y tengo que parar o me regañan. Bueno mira te propongo algo, cuando termine de hacer todas las adaptaciones que te parece si te doy los libros y mas de la misma temática, pero solo cuando ya vaya por el ultimo. Nos veremos.
Deartod: jajajaja debes de agradarle de alguna manera.
Deilys len: jajajajaja no te hago esperar mas.
Luu7: verdad!? se va a poner bueno, es que ya lo sabias o que!? yo lo mire predecible la verdad, conozco a alguien que acerto con sus sospechas, yo queria lo mismo que algunos, mas yuri por supuesto. jajajaja un deseo culposo supongo, aunque leí que si te gusta no puede ser tan culposo. Me gusta el Elsa/Anna todavía no me puedo animar a hacer uno original pero sin dudas partiria por la mitad los esteréotipos de la pareja. la pelicula estuvo bie y es mas he visto uno que otro post donde dice que a la siguiente pelicula le daran a Elsa una novia. casi no le presto atención a eso de que son hermanas porque la verdad no se parecen en casi nada y con personalidades diferentes en todo. espero que tú estes bien y que mandes otro mensaje igual de largo y con mucho gusto lo contesto. Nos veremos.
Por favor cuidense mucho y espero saber pronto de ustedes.
Que La Fuerza Los Acompañe...
