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Hace tres semanas que aquel imponente monstruo de fuego había arrasado la sublime mansión Phantomhive. Lo único que recibieron de la reina fue una indemnización, y por supuesto, las repetidas condolencias. No había otro remedio que resignarse y mantener vivas las dulces memorias que bendijeron cada palpitar de sus corazones, y amalgamaron sus espíritus con sus fallecidos, en una paz indescriptible y que en ese momento, hirió cruelmente al rememorar sus rostros solaces, calcinados injustamente. El pequeño Ciel, continuaba desaparecido, y oraban por él, que regresara con vida y les devolviera un poco de aquella miel que durante años, gobernó gentilmente sus espíritus y sus corazones.
Madame Red seguía trabajando en el Royal Hospital, motivada aún más por la pérdida de su familia. Había reforzado sus conocimientos en un curso intensivo de dos semanas, que tuvo lugar en Copenhague. Las jornadas continuaban las horas marcadas, cómo lo habían hecho desde hace años. Sin embargo, esa tarde, 7 de enero de 1885, una de las enfermeras la interrumpió. –Disculpe, Madame, pero tiene una visita. —Le dijo la joven. Parecía que le habían insistido tanto en entregarle ese aviso. –Selene, ya te he dicho que cuando estoy en consulta, no. —Le recordó Angelina frente a su paciente. –Lo lamento, pero es su sobrino, Ciel Phantomhive, está aguardando por usted en el vestíbulo del hospital. —Terminó la enfermera con una expresión que se mezcló con la de ella en un escalofriante júbilo. Las dos no podían creerlo. Angelina pensó que se trataba de una broma, empero, Selene le describió tan detalladamente al pequeño Ciel, que decidió encarar esa aparición ella misma. Al encontrarse con él, sus ojos se desorbitaron y el corazón se le paralizó por un segundo. Sin duda era él, ese tierno infante de ojos azules que le había alegrado los últimos años de su vida. No obstante, venía acompañado un hombre, uno joven, tal vez de unos 24 o 25 años, y de una altura notable; tremendamente casi idéntico a Lord Phantomhive, de hecho, Angelina pensó por un momento que se trataba de él. Su cabello era lacio y negro, un poco largo. Vestía el característico frac de los criados Phantomhive. Por si fuera poco, dueño de un porte terriblemente seductor, acompañado de dos esferas rojas como ojos. Despedía un aire sutilmente aterrador. Su piel era muy pálida. Le sonrió a Madame Red e hizo al mismo tiempo un ademán. –Él es Sebastián Michaelis, mi nuevo mayordomo. —Lo presentó Ciel. El jovencito había cambiado tanto, su aspecto también despedía un airecillo terrorífico, como si hubiese regresado del más allá. Algo que robó la atención de Angelina, fue el parche que cubría el ojo derecho del pequeño Ciel. –Cariño, me alegra tanto verte. —Se dejó ir sobre el infante. Lo abrazó por unos segundos. -¿Cómo es que has llegado hasta aquí?—Le preguntó mientras estudiaba su apariencia. Al pasar su mano sobre el parche de Ciel, éste le dio un manotazo. -¿Qué te sucedió? Puedo ayudarte, mi consultorio está cerca. —Agregó con sorpresa la escarlata. El jovencito le subrayó que se encontraba en perfecto estado, simplemente había venido a avisarle que estaba con vida y que siendo ahora su única familia, debían fortalecer aún más su relación. –Sí, claro que sí, mi amor. Yo estaré para ayudarte, lo que necesites, mi niño. —Terminó Angelina fundiéndolo en un abrazo. Era tanta su alegría que olvidó preguntarle cómo había logrado sobrevivir, y por qué Sebastián estaba con él.
–Es un buen amigo, le conté sobre quién soy y se ha ofrecido a ayudarme. Le pagaré muy bien. —Dijo el pequeño con una sonrisa que no supo cómo interpretar Angelina.
-¿En serio? Me alegra que encuentres ayuda. ¿Y cómo se conocieron?—Se dirigió al misterioso hombre.
-Cuando escapé del incendio, me encontré vagando por el bosque. Llegué hasta los suburbios de la ciudad, y él me vio, me llevó a su casa y me otorgó una increíble hospitalidad. Le revelé quién era. Y terminé convenciéndole de que trabajara para mí. Además ya encontró más personal para mi servidumbre. Es muy hábil, de hecho, es increíble. Espero que puedas visitarnos, Sebastián te hará sentirte cómo en casa. —Interrumpió el infante.
Había dado una respuesta muy convincente, pero Madame Red tenía su instinto activado, le decía que algo nuevo poseía ese niño, y que ese mayordomo tenía un secreto tan enigmático como la caja de Pandora. -¿Y qué hay del señor Tanaka?—Preguntó de pronto Angelina, con algo de inseguridad. El jovencito le aseguró que el viejo Tanaka continuaba en esa mansión como solía hacerlo desde antes del incendio. –Pero es hora de pasar el relevo. Sebastián es más joven y por lo tanto, su trabajo será más eficiente. Tanaka algún día se retirara, y yo también soy muy joven, necesitaré de un mayordomo. —Cerró la conversación su dulce sobrino y se retiró junto con el extraño hombre. Una ventisca los despedía, pero a la vez, le dejaba un frío repugnante a la hermosa escarlata. No sabía por qué le pareció que ese niño no era el Ciel que recordaba. Había cambiado tanto. Le daba la impresión de tratarse de un reemplazo de ese dulce infante. Su forma de hablar era fría y no correspondía a su edad. ¿Y ese hombre misterioso? ¿Cómo un niño convencería a un hombre adulto de trabajar para él? ¿Acaso ese hombre tenía una mente perversa? ¿Se aprovecharía del pobre Ciel? Tantas interrogantes atormentaron los pensamientos de Madame Red. No podía entender cuál era la finalidad de Ciel al confiar de pronto en un hombre adulto. Él era el legítimo heredero de la extraordinaria fortuna Phantomhive, sería un disparate que se la pasara a un desconocido. El único con derecho de herencia, era su primo, unos cuantos años mayor que él. Sería lo más correcto. -¿Qué le habrá pasado a mi Ciel? Lo siento tan ajeno. —Suspiró la hermosa escarlata.
