Historia Original de Liz Fielding

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CAPITULO 9

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- ¿Dónde esta? – Mina no tuvo que contestar porque acababa de aparecer el camarero para tomar nota – Serena – insistió Yaten cuando el hombre los dejo solos. Como si pudieran estar hablando de otra persona.

- No lo sé – admitió ella –. No me mires así, Yaten… se había ido cuando volví del estudio esta mañana.

- ¿Castigándote porque pones el trabajo por delante de ella?

- Serena sabe que es sólo esta semana.

- Ya, bueno… ¿te ha dejado una nota, algo?

- Es una adulta, no tiene que decirme dónde está todo el tiempo. Tengo que confiar en ella.

Yaten apretó su mano.

- Lo sé. Ésa es la parte más difícil. Y no me quejo, tenerte para mí solo es algo que no esperaba.

Yaten le había llevado un paquete que había llegado a la casa de Belgravia; la primera vez en una semana que pasaba por el departamento aunque, aprovechándose de la invitación, había llamado varias veces para charlar, para preguntar cómo iban las cosas, para apoyarla y darle consejo si se lo pedía. Estaba allí para ella, pero dándole espacio, ofreciéndole… su respeto.

Pero la verdad era que Mina se preocupó al volver a casa y no encontrar a Serena. Había aceptado su invitación de comer juntos sin dudarlo un momento pero, en lugar de ir a alguno de los famosos restaurantes donde todo el mundo los conocía, estaban en una pequeña pizzería cerca del mercado de Camden.

- ¿Cómo va todo?

- No es fácil – admitió ella –. Aparentemente, el proceso de adopción se detuvo después de dos años y Serena fue de casa en casa y, luego, a un centro para adolescentes sin familia. Ahí fue donde conoció al chico del que está esperando un niño.

- ¿Sigue con él?

- No. Serena sólo quería tener un hijo.

- Pero él tiene derecho a saberlo…

Mina levantó la mirada, sorprendida por la vehemencia de su tono.

- Hay que ir paso a paso.

- Sí, claro, es verdad. No estaba criticando. Lo estás haciendo muy bien.

- ¿Tú crees? Pues no es nada fácil. Cambia de humor continuamente… está antipática un momento, luego se vuelve encantadora…

- A lo mejor son las hormonas.

- El ginecólogo ha dicho que está muy bien y tiene mejor aspecto. Y mucho apetito. Pero hay algo… parece pensar que la tengo en casa por compasión. No puedo hacerla entender lo que significa para mí poder cuidar de ella.

- Cree que vas a perder interés. No se atreve a quererte por si la dejas, como han hecho todos los demás en su vida.

- Pero eso es – a punto de decir ridículo. Yaten parecía saber lo que sentía Serena. Se dio cuenta entonces de lo poco que sabía sobre su pasado, además de su vida privilegiada y que sus padres habían muerto justo después de que acabase la carrera –. Es como si hubieras estudiado Psicología y no Dirección de Empresas. ¿Cómo es posible que la entiendas mejor que yo?

- Tú lo estás haciendo bien.

Una evasiva.

- Ya.

- A lo mejor lo que necesita es un trabajo. Algo que la haga sentir útil. Dale algo que hacer para que toda su vida no esté invertida en ti.

- O podría hacerla creer que estoy a punto de echarla. Especialmente si cree que la idea viene de ti.

- ¿Me ve como una especie de amenaza?

Yaten sintió más que oír el suspiro de Mina y eso provocó una extraña mezcla de sentimientos. Pero que siguiera llevando su alianza le daba esperanzas. Y si Serena lo veía como una amenaza, eso significaba que Mina le hablado de él…

- Es muy frágil. Necesita ser el centro de atención constantemente.

No tenía que decírselo. Él sabía lo egoísta y destructiva que podía ser una psique dañada.

- Quizá fuera mejor que lo sugiriese Hotaru.

- ¡Tu hermana!

- Te aseguro que sabe lo que hace.

Pero Yaten entendía su falta de entusiasmo. Hotaru no se lo había puesto fácil.

- De hecho, creo que tienes una nueva fan.

- Ahora sí que estoy preocupada – sonrió Mina –. ¿Qué le has contado, Yaten?

- Lo suficiente para que esté preparada cuando esto salga en los periódicos. ¿Alguna noticia de tu amiga australiana?

- No, qué va.

- Es como esperar que caiga el chaparrón, ¿verdad?

- Algo así – Mina lo miró con curiosidad –. Esto se te da bien, ¿no?

- Es más fácil para mí. Mis respuestas no están empañadas por la emoción.

A punto de decir que era por eso por lo que él no se molestaba con las emociones, se detuvo. Empezaba a sospechar que no era falta de emoción lo que lo hacía mostrarse tan frío sino su miedo de perderla.

- Es más que eso, Yaten. Pareces saber lo que siente Serena.

- Tengo una hermana.

- ¿Solo por eso? – Mina sonrió –. Yo estoy intentando recordar nuestra infancia, cuando éramos una especie de familia.

- No culpas a tu madre por lo que pasó, ¿verdad?

- No, qué va. Ella intentaba protegernos. Y era mi madre. El amor incondicional es una cosa entre padres e hijos.

Algo que ella anhelaba, algo que un hijo le habría dado. Que creía que su hermana podría darle y recibir, algo que la haría olvidar todo lo demás.

- El padre de Serena era un jugador compulsivo. Estaba endeudado hasta el cuello e hipotecó la casa de mi madre sin que ella lo supiera. Pidió dinero prestado a unos mafiosos y luego desapareció… mi madre nunca vio las cartas del banco, nunca supo nada hasta que fue demasiado tarde.

- ¿Qué paso?

- Nos quitaron la casa, pero los matones nos encontraron y la amenazaron poniendo un cuchillo en el cuello de Serena, exigiendo el dinero…

- ¿Por qué no acudió a la policía?

- Los matones hicieron una gráfica descripción de lo que le harían a sus hijas si no pagaba.

Yaten apretó su mano.

- Lo siento mucho, Mina.

- Mi madre guardó todo lo que pudo y salimos huyendo. Estuvimos así durante cuatro años.

- ¿Cuatro años? ¿Cuatro años viviendo en la calle?

- Algo dentro de mi madre se rompió, Yaten. Se suponía que mi padre era el malo, no el padre de Serena. Se emborrachaba, le pegaba, pero una noche se cayó al río… o lo tiraron y se ahogó. El padre de Serena parecía una buena persona, pero resultó aún peor. Y cuando todo se le vino encima no fe capaz de rehacer su vida.

- ¿Y Serena quiere encontrar a ese hombre?

- Amor incondicional – repitió Mina –. Se le da a los padres buenos y malos.

- No siempre – dijo él –. Si no sabes lo que es el amor, si no lo has sabido nunca…

Yaten sabía que comparar su historia con la de Mina y Serena era patético. Pero ella había desnudado su alma y merecía lo mismo. La verdad, toda la verdad. Porque, como Mina, él había vivido una mentira, se había escondido tras una fachada aparentemente perfecta. El hombre que lo tenía todo, incluyendo a la reina de corazones, Mina Davenport.

Pues ya estaba harto. Mina había sido tan valiente como para enfrentarse con su pasado y él debía hacer lo mismo. Y si alguien era capaz de entenderlo, ésa era su mujer.

- Mis padres no se querían y, desde luego, no nos querían a nosotros.

Mina había arrugado el ceño, confusa.

- Pero yo pensé… que lo habían tenido todo. Las maravillosas vacaciones en Francia, en Italia… te he oído hablar con Hotaru de ello.

- ¿Nos has oído alguna vez mencionar a nuestros padres?

- No, pero… no, supongo que no.

- Apenas los conocíamos. Ninguno de los dos quería molestarse con nosotros, incluso teniendo una niñera que hacía el trabajo sucio. Nos enviaron a un internado en cuanto les fue posible. Y nuestros abuelos no eran diferentes. En casa ni siquiera podíamos formar parte de la decoración.

- No tenía idea…

- No, en fin, parece que los dos teníamos cosas de las que no queríamos hablar. O no queríamos recordar.

- Las vacaciones, ¿con quién las pasaban?

- Cada año nos dejaban con una familia diferente que cuidaba de nosotros mientras ellos se dedicaban a sus asuntos. Estábamos llegando a una edad en la que podríamos haber resultado interesantes para ellos cuando se ahogaron en un accidente. Qué hacían en el mismo yate sigue siendo un misterio para mí.

- Lo siento.

- No lo sientas. Algunas de las familias eran maravillosas. Y algunos veranos. Ésos son de los que hablamos Hotaru y yo,

- ¿Y el resto?

- Sobrevivíamos hasta que nos llevaban de vuelta al internado.

- ¿Y también lo odiaban?

- Odiar es una palabra muy fuerte. Pero en un internado no hay calor, nadie que te dé un abrazo – murmuró Yaten.

Estaba apretando su mano con fuerza, como agarrándose a ella para no ahogarse. Y se obligó a sí mismo a soltarla, pero cuando iba a hacerlo Mina se levantó de la silla y él se levantó a su vez…

- No… – estaba diciendo cuando Mina lo abrazó.

Era tan suave, tan cálida… Había intentado no admitir sentimientos que lo romperían. Había construido una barrera para protegerse. No había querido acercarse porque sabía que, un día, ella dejaría de esperar lo que él no podía darle.

A sí mismo, un hijo…

Y, con un simple abrazo, Mina había hecho que todo el edificio temblase. De modo que se aferró a ella, sintiendo algo que sólo podían ser lágrimas asomando a sus ojos.

Mina se echó hacia atrás para mirarlo y levantó una mano para acariciar su mejilla.

- Vamos a casa, Yaten.

Su aroma lo envolvía como un bálsamo y la tentación de aceptar el consuelo que le ofrecía era tan grande… ¿Pero qué pasaría después?

- No puedo.

Apenas podía creer que hubiera dicho eso. Eso era lo que quería, tenerla de vuelta en sus brazos. Pero no podía. Había pensado que la amaba demasiado para dejarla ir. Ahora entendía la diferencia entre amar y necesitar. Él había visto el amor de cera y no tenía nada que ver con necesitar a alguien sino con entregarse y sacrificarse, hacer lo que era mejor para la persona a la que amabas.

- No puedo – repitió.

Yaten volvió a sentarse, intentando ignorar la confusa mirada de rechazo de Mina, una mirada que conocía desde dentro.

- Pensé que podría. Pensé que lo tenía todo solucionado. Tú habías vuelto del Himalaya cambiada, decidida y cansada de tu vida anterior. Pensé que lo único que tenía que hacer era quedarme a tu lado, ayudarte, distraerte del vacío de nuestras vidas…

- Yaten…

- No, no me detengas. Tengo que decirlo. Tengo que contarte la verdad.

No deberían estar allí, en medio de un restaurante. Deberían estar solos, en un sitio tranquilo. Y, sin embargo, quizá aquello fuera mejor. Un lugar público donde había que contener las emociones.

- Pensé que… si encontrabas algo nuevo para llenar tu vida serías capaz de olvidar, que llegaría un momento en el que volverías a encontrar un sitio en mi vida y entonces todo sería como antes. Ordenado, predecible, seguro.

- ¿Olvidar qué, Yaten?

- Que habías hecho un mal trato casándote conmigo. Que la seguridad sin amor, sin familia, sin… sin hijos nunca sería suficiente para alguien como tú. Yo te deseaba tanto… te necesitaba tanto. Quizá si hubiera entendido que tú necesitabas algo más habría tenido valor para marcharme. Te creí cuando dijiste que sólo buscabas seguridad en el matrimonio, o quizá estuviera desesperado por creerlo porque, de ese modo, no tenía que lidiar con mi conciencia. Por eso no te dije la verdad.

- ¿Qué verdad? – pregunto Mina, pálida.

- Durante nuestra luna de miel, tú empezaste a hablar del futuro como si fuera algo real. De tener hijos… – Yaten levantó la mirada –. No puedo volver a casa contigo, Mina, no puedo ser el marido que tú necesitas. Sé… he sabido siempre que puedo tener hijos.

- ¿Por eso volvimos antes de nuestra luna de miel? ¿Por eso decidiste que durmiéramos en habitaciones distintas? ¿Por qué pensabas que diría que no si lo supiera?

Él asintió.

- Debería habértelo dicho.

- Sí, deberías. Deberíamos habernos dicho muchas cosas el uno al otro, pero si me hubiera casado contigo sólo para tener hijos no habría soportado que me dejases sola durante nuestra luna de miel con el pretexto de una reunión urgente.

- ¿Sabías que no era verdad?

- Se te da bien esconder tus sentimientos, pero ese día eras un libro abierto – sonrió Mina, con tristeza –. Sabía que no me amabas, pero después de la boda quise creer que podría haber un final feliz y cometí el error de compartirlo contigo. Al ver tu expresión supe que estaba equivocada.

- ¿Y por que no te fuiste?

Ella tragó saliva. ¿Marcharse? No. Debería haber luchado por ese matrimonio. Pero tenía tanto miedo de mostrarle lo que sentía, abrumada por aquella horrible casa, intimidada por su hermana…

- Tenía miedo. Tenía miedo de perderte.

- ¿Y por qué te has ido ahora?

Entonces tuvo miedo, pero ya no lo tenía. Estaba luchando y estaba ganando… una nueva vida, una hermana. Quizá si fuera lo bastante valiente incluso podría tener el matrimonio que siempre había querido.

- Me marche porque me odiaba a mí misma por aceptar tus condiciones. Por esperar y esperar que un día despertases y… – Mina hizo un gesto con la mano, como sí las palabras fueran demasiado difíciles – y me vieras. Que fueras el hombre al que conocí en nuestra luna de miel. Relajado, feliz…

- Fueron los mejores días de mi vida.

- Entonces, ¿por qué? ¿Por qué no pudiste hablar conmigo?

- Tú no eras la única que tenía miedo, Mina. Eras la mujer más bella que había visto nunca… no, no hablo de tu aspecto físico, aunque también es verdad. Me refiero a otro tipo de belleza. Era tu calor, tu simpatía, tu vitalidad, una sonrisa que podía derretir un bloque de hielo. Pero siempre supe que esto no duraría.

- No te dejé porque no quisieras tener hijos, Yaten. Te dejé porque no podía soportar tu frialdad, tu distancia. No podía soportar la idea de despertar sola un día más… – Mina lo miró entonces, como si acabase de entender algo –. Lo hacías a propósito, ¿verdad? Lo hacías anticipando mi rechazo, preparándote para el dolor…

- Y no ha salido bien.

- Me has mantenido a distancia, Yaten.

- Y te he mentido, Mina. Hiciste bien en dejarme. Tú mereces algo mejor.

- La vida no tiene nada que ver con lo que uno merece o no. Si fuera así, no habría niños muertos de hambre ni hombres para quienes tener un hijo siempre será un sueño imposible.

- Por favor, déjame fuera de tu lista de almas merecedoras – dijo Yaten, irónico.

- ¿Por qué? Tú también has sufrido. ¿Qué te ha pasado, Yaten? ¿Estuviste enfermo de niño? ¿Cómo sabes que no puedes tener hijos?

Había esperado que no le preguntase eso. ¿Pero cómo sabía un hombre que era estéril?

- Hace diez años me hice una vasectomía.

Una vasectomía.

Mina se llevó una mano a la boca para contener un gemido mientras se levantaba para salir del restaurante.

Desesperada.

Yaten apareció a su lado mientras caminaba a ciegas ente la gente y, sin decir nada, le puso sobre los hombros el abrigo olvidado en el restaurante.

La ternura del gesto la pilló desprevenida. Angustiada, se dejó caer sobre un banco, con la cabeza apoyada en las rodillas.

Y lo terrible era que no tenía que preguntarle por qué lo había hecho. Era fácil de entender: los pecados de los padres. El miedo de haber heredado esa condición genética, de ser el padre frío y ausente de unos niños tan infelices como lo había sido él.

Entendía ahora por qué trabajaba tanto, su deseo de acumular riqueza y poder…

Yaten se sentó a su lado, sin tocarla y dijo, tanto para él como para ella:

- En ese momento me pareció lo más sensato.

Mina no levantó la mirada, pero alargó su mano. Y le pareció una eternidad hasta que sus dedos entraron en contacto con los suyos.

- Sospecho que estaba a punto de entrar en crisis. Hotaru ya había pasado por eso; la anorexia, las relaciones con hombres que la rechazaban… acababa de ingresarla en una clínica.

- No tienes que explicármelo – dijo Mina –. De verdad, lo entiendo.

- ¿Lo entiendes?

Sí, lo entendía. Yaten había pensado que estaba protegiendo a un niño que crecería sin un padre de verdad. Era como Hotaru, como su hermana, como ella cuando tuvo demasiado miedo para decirle que se casaba con él no por sus millones sino porque lo amaba.

- Intenté que revirtieran el proceso cuando me di cuenta de lo que había hecho… cuando me di cuenta de lo que te había hecho a ti. Por eso me marché durante nuestra luna de miel.

- ¿Habrías hecho eso por mí?

- Sí… habría hecho eso. Habría hecho cualquier cosa.

- Salvo decir las palabras.

- No sabía como hacerlo, Mina.

- Hay muchas maneras de mostrar amor, Yaten. Las palabras no son lo más importante.

El hecho era que no la había abandonado durante su luna de miel sólo por asistir a una reunión, sino para intentar revertir la vasectomía.

- Pensé que los dos habíamos conseguido lo que queríamos y entonces tú empezaste a hablar de un futuro, de hijos y supe que… yo también quería eso. Pero me daba miedo admitirlo. Y creí que podría arreglarlo, que podríamos empezar otra vez. Pero tú no me esperaste.

No. Él dijo que volvería, pero Mina pensó que no tenía sentido estar sola durante su luna de miel. Si hubiera esperado…

- Ninguno de los dos ha sido lo bastante valiente como para arriesgarlo todo por algo tan peligroso como el amor.

Yaten asintió con la cabeza.

- Fui a hablar con el médico que me había hecho la vasectomía para suplicarle que hiciera un milagro, pero…

- Lo siento mucho…

Él hizo un gesto, como rechazando su compasión. Y Mina nunca se había sentido más inútil.

- No puedo decir que no me lo advirtiera cuando me la hice. El médico no quería, me advirtió que podría cambiar de opinión más adelante y entonces sería demasiado tarde… sólo aceptó cuando le dejé claro que si no me la hacía él, iría con otro médico porque estaba decidido – Yaten se miró las manos –. Cuando pensé que Serena era tu hija, cuando pensé que tendrías la oportunidad de ser madre, me pareció un regalo del cielo. El milagro que yo había esperado.

- ¿Una adolescente problemática? – Mina consiguió sonreír –. No es esa mi idea de un milagro.

- Pero habría sido tu adolescente problemática, nuestra adolescente problemática – dijo él entonces. Y Mina pensó que se le rompía el corazón.

- No es mi hija, Yaten, pero sigue necesitándonos. Si no hubiera sido por ti… ¿te he dado las gracias por lo que has hecho?

- No, por favor, no me des las gracias.

- Serena nos necesita. No sólo a mí, sino a ti. Necesita un hombre decente en su vida. Y luego está su hijo… dentro de siete meses habrá un niño por ahí que necesitará un tío y una tía que lo mimen.

- No seas amable conmigo, Mina. No finjas que esto no te importa, porque yo sé que te importa. Vi tu cara cuando me dijiste que Serena estaba esperando un niño…

- Es mi hermana, me hace ilusión por ella – lo interrumpió Mina –. Y tengo que irme, Yaten. Serena se preguntará dónde estoy.

- Eres una adulta – le recordó él –. Serena tiene que aprender a confiar en ti… cuando tienes una cita.

Y así, de repente, el tono de la conversación cambió por completo.

- ¿Esto es una cita?

- Estamos sentados en un banco, de la mano. La última vez que hicimos eso…

No terminó la frase, pero la memoria de Mina completó lo que faltaba. La última vez había sido la primera vez. Ella hablaba con alguien sobre el evento benéfico en el que estaban participando y algo hizo que volviese la cabeza. Fue la invitación que Yaten necesitaba para acercarse y ofrecerle su mano.

- Yaten Grenville – se había presentado.

- Mina Davenport – había contestado ella.

Y eso fue todo. Él era un multimillonario adicto al trabajo, ella una celebridad de televisión; sus vidas eran de conocimiento público y no era necesario decir más. Yaten, sin soltar su mano, la sacó de la sala para llevarla al jardín, bordeando un lago, hasta que encontró el lugar perfecto. Y se sentaron en un banco, de la mano.

- Me acuerdo- le dijo, su voz ronca de pena por lo que habían perdido. ¿Sería demasiado tarde? ¿Podrían recuperar aquel momento? ¿Empezar de nuevo?, se preguntó –. ¿Te acuerdas de lo que pasó después?

Estaban en el mercado de Camden, lleno de ruido y de gente, pero Yaten se hallaba en otro sitio; en el silencio de una noche de verano con una mujer preciosa que, como él, había reconocido el momento por lo que era. Para quien las palabras no tenían importancia.

- ¿Te acuerdas? – volvió a preguntar Mina.

Yaten lo recordaba, cada roce, cada mirada. El brillo de sus ojos, la suave e invitadora boca esperando que diera un paso fuera del vacío emocional en el que se había aprisionado a sí mismo.

Y levantó una mano para tocar su pelo, como había hecho entonces.

- ¿Te he dicho que me gusta tu nuevo estilo? ¿Qué estás preciosa?

Mina no contestó, como si supiera que estaba hablando más consigo mismo que con ella.

- Mírame.

Cuando levantó la cabeza, Yaten la besó… sólo fue un roce de labios para era más profundo, más importante que un beso cargado de pasión. Decía, como había dicho entonces, todo lo que no podía poner en palabras.

- Te acuerdas – dijo Mina.

- ¿Cómo iba a olvidarme?

Un beso. Un viaje en taxi. El baile sensual de un hombre y una mujer haciendo el amor por primera vez, cada caricia despertando algo raro, nuevo. Cada beso una promesa.

- Me llevaste a casa – dijo, levantándose y tomándolo por la cintura para llevarlo hacia su departamento –. Y te quedaste… hasta las cuatro de la mañana, cuando sonó mi despertador.

- Me acuerdo. Pero no es por eso…

- Lo sé. Sé que no es por eso por lo que quisiste que durmiéramos en habitaciones separadas.

- Si te hubiera querido, si te hubiera querido de verdad me habría ido entonces.

En lugar de eso la engaño. Y se engaño a sí mismo. Protegiéndose para el momento en el que ella viera su matrimonio por lo que era: un engaño. Pero cuando ocurrió lo que más temía descubrió que no había manera de protegerse a sí mismo del amor que sentía por Mina Davenport. Que no podía vivir sin ella.

- No seas tan duro contigo mismo.

- ¿Por qué no?

Cuando llegaron al portal le dio las llaves para que abriese, como una invitación. Y luego, sin decir nada, subió al segundo piso.

Había llamado al timbre cuando Yaten se reunió con ella.

- Serena no está – dijo Mina, apartándose para que abriese la puerta. Y, una vez dentro, dejó su bolso sobre la mesita del pasillo antes de echarle los brazos al cuello.

- Mina…

Había pronunciado su nombre de esa misma forma la primera vez. Entonces había sido una advertencia de que, una vez dentro, no habría marcha atrás. Ahora era más complejo.

Estaba loco de deseo y, aquel momento, Yaten estaba seguro de que ella lo deseaba. Pero era simple necesidad, el consuelo que los dos necesitaban. Después, nada habría cambiado.

- No puedo. No está bien.

- Miénteme, Yaten – murmuró Mina –. Abrázame – y, por primera vez desde que la conoció, las lágrimas que brillaban en sus ojos rodaron por su rostro –. Por favor. Estoy tan cansada. No puedo dormir, pero si tú me abrazas, sólo un rato…

Negárselo era imposible. Yaten le quito el abrigo, colgándolo en el perchero para llevarla al dormitorio, desnudándola despacio como había hecho tantas veces. Cada botón, cada cremallera, cada roce de cálida piel era una dulce tortura. Cuando estaba desnuda, apartó la colcha y la tumbó sobre las sábanas. Luego, entendiendo su necesidad de tenerlo cerca, empezó a desnudarse.

Aquello era nuevo, diferente, más importante de lo que podía imaginar.

Por primera vez en tres años estaba a punto de compartir la cama con su mujer sin hacerle el amor.

O quizá sí. Porque eso era lo que hacía cuando la apretó contra su pecho, besando suavemente su hombro, susurrando palabras de consuelo, palabras de amor que salieron de algún sitio escondido en su corazón donde las había guardado porque no las necesitaba en su antigua vida.

Aquello era el amor, compartir, estar ahí para alguien cuando lo necesitaba, algo de lo que había estado huyendo toda su vida.

Yaten apoyó la cara en la curva de su cuello, respirando su aroma a vainilla, a rosa. A algo más oscuro, más potente que despertaba su pasión.

Había imaginado que tendría que luchar contra el deseo que sentía por ella, hacer ecuaciones y raíces cuadradas en su cabeza para distraerse, pero no fue así. Aquello no era por él, era por Mina. Estaba devolviéndole todo lo que ella le había dado.

Y saciando su deseo de una manera totalmente diferente que trascendía lo puramente físico; aquella intimidad, sólo abrazarla, consolarla, lo satisfacía como lo había hecho nada, nunca. Y cerró los ojos..

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Hola, capitulo nueve arriba, ya solo faltan dos mas, y lo siento chicas, nadie supo, nadie sabe ni nadie sabra quien es el padre del bebe de Serena, excepto ella XP jajajajaja, cuidense y gracias por leer ^^