Hola, ¡siento la tardanza!

En serio, me encanta lo que estoy estudiando, pero entre los trabajos y el horario de tarde me estoy estresando un poco. Den gracias a que me puse enferma, porque si no ni tempo tendría de escribir este capítulo. Sabes que estas jodida cuando consideras la enfermedad como tiempo libre.

Buen, como ya es costumbre... Otaku-SIG, gracias, aquí tienes el nuevo cap., y lo de la bola de cristal, digamos que si Circe tiene algo que decir al respecto, estamos jodidos... Catakira, este capítulo es algo más largo, y ¡sí! por si alguien lo duda, Circe es una arpía (y gracias a ti por el review, aunque sea cortito)... Laugerid, gracias, y espero que este también te guste... y, por último, pero no menos importante, Zorro Junior, gracias por todos tus reviews, y la última frase de Zoro en este cap. es por y para ti (el comentario me llegó en pleno proceso creativo, como quién dice, y me pareció el remate perfecto), ¡pero no me demandes por plagio! Te juro, nakama, que lo hago con cariño.

Bien, One Piece es de Oda-ya. Yo lo único que saco son sus comentarios, y descubrir que no puedo escribir "calma" en el ordenador... por algún extraño motivo siempre escribo "clama"...


Capítulo 9: del silencio, la calma y el miedo

En el Thousand Sunny, el archiconocido barco de los mugiwara, ocurría lo que podía ser denominado como momento absolutamente extraño y, tratándose de esta tripulación, absolutamente antinatural. No, Sanji no ha salido del armario. No, Franky no lleva pantalones. Y no, no me refiero al hecho de que uno de sus tripulantes tras haber sido transformado en un tigre gigante haya recuperado su verdadera forma, y esté planeando como acorralar a otra de las tripulantes en un rincón discreto y comérsela a besos, mordiscos, lametones y cualquier otra forma que se le ocurra (aunque podría ser). No, no me refiero a nada de eso.

Me refiero al silencio que reina en el barco.

Y para comprenderlo, tenemos que retroceder una hora, más o menos, hasta el momento en el que Nami se preparaba para zarpar, al fin, después de que su nakama peliverde recuperara su aspecto humano. Ya habían pasado casi una semana en la isla, y el log pose debería estar listo para guiarlos a tres nuevos posibles destinos, que esta vez NO dejaría escoger a su capitán, que bastante habían tenido con esa semana de locos , muchas gracias.

La akage preparó los instrumentos de navegación: cartas, diagramas de las mareas y los patrones climáticos, compás para preparar las rutas, mapas de la isla en la que se encontraban, lista de material necesario para cada tripulante (y presupuesto), información sobre la distancia entre islas…

Y, entonces, se le ocurrió mirar el log pose.

Aquel día sería recordado en la isla como "el día que se escuchó un grito tan fuerte que creyeron que iban a hundirse en el océano".

-¡LUFFY!

La navegante entró en la cocina como un torbellino naranja para agarrar a su capitán del cuello de la camisa y empezó a zarandearlo en todas direcciones. De no ser Luffy de goma probablemente le hubiera roto el cuello con las sacudidas, pero la cabeza del capitán se limitó a rebotar contra el suelo un par de veces.

-¡¿QUÉ HAS HECHO PEDAZO DE IDIOTA?!

-Yo no he… hecho… nada… Nami…-, el capitán lloriqueó, intentando que la akage (que había entrado en modo destrucción total) lo soltara. Pero la mujer estaba lo bastante furiosa para seguir así el día entero.

-¡¿CÓMO QUE NO?! ¡TE LO HAS CARGADO!

-¡Nami, para! ¡Lo vas a matar!

Franky y Usopp consiguieron, no sin llevarse unos cuantos arañazos, que la navegante soltara al moreno. Luffy se tambaleó y cayó de rodillas, sujetándose la cabeza, intentando que la cocina dejara de darle vueltas ante los ojos.

-¡PEDAZO DE IDIOTA!

-¿Qué le hiciste a Nami-swan, kuso de goma?

Pero antes de que Luffy pudiera responder a la pregunta-amenaza de Sanji, Nami volvió a lanzarse sobre él. Chopper chilló e intentó a agarrarla, pero la akage se lo quitó de encima de un empujón y sujetó a Luffy de los cachetes, tirando hacia los lados hasta que al pobre capitán no se le vieron ni los ojos.

-¡TE HAS CARGADO EL LOG POSE!

Los mugiwara se quedaron mirando a su navegante con la boca abierta, mientras Luffy era (otra vez) sacudido como una muñeca de trapo.

-A ver, bruja, ¿se puede saber cómo iba a cargarse Luffy el log pose si nunca te lo quitas de la muñeca?

Nami soltó al capitán de repente, haciéndolo estrellarse contra el suelo. Se dio la vuelta para ver a Zoro recostado contra el dintel de la puerta, con tan solo un pantalón negro, su haramaki, las katanas y una sonrisa burlona.

Señoras y señores, Zoro está de vuelta, con voz y pulgares prensiles (y pantalones).

-Yo… esto…-, la navegante abrió y cerró la boca varias veces, intentando encontrar una respuesta. Bien pensado, era imposible que Luffy tocara el log pose, porque ella antes se cortaba el brazo que dejar que su capitán lo tocara (o más bien le cortaba el brazo al capitán, pero no es el asunto). La akage nunca, y digo nunca, descuidaba su principal instrumento de navegación, así que era imposible que alguien aparte de ella lo tocara. Pero estaba tan acostumbrada a que Luffy se lo cargara todo que… bueno, ya me entendéis. Saquean la nevera, Luffy. Hacen un agujero en una pared, Luffy. Provocan una explosión en el interior del acuario por haber intentado pescar con dinamita, Luffy. La navegante tiene un sueño muy raro en el que la untan de salsa barbacoa, Luffy.

-¡Zoro!- el renito corrió hacia él con los brazos extendidos, emocionado, pero se quedó paralizado a medio camino. Estaba muy feliz de ver a su nakama sano, a salvo, y sin orejas de tigre, pero tenía que ser un hombre, como el espadachín solía decirle. No iba a comportarse como un niño, por muchas ganas que tuviera de lanzarse a los brazos del kenshi. Respiró hondo y compuso una expresión seria-. Me alegra que estés bien.

Zoro soltó una pequeña carcajada. Se agachó frente al renito y, para sorpresa de todos, lo envolvió en un fuerte abrazo que hizo enrojecer al médico. Se levantó, colocando al renito sobre su hombro e ignorando las expresiones desconcertadas de sus nakama, y fue directo hacia Nami, que lo miraba como si se hubiera vuelto loco. El kenshi rió una vez más, dejando al feliz isha de pie sobre la mesa.

-¿Qué estabas diciendo del log pose, Nami?,- la navegante no era capaz de articular palabra, mientras miraba a Zoro reacomodando el sombrero de Chopper, que se había ladeado cuando lo abrazó. El renito no podía para de sonreír, y la akage se sorprendió haciendo lo mismo, sin apartar la mirada del repentinamente paternal espadachín. Zoro miró de reojo a la navegante,- ¿Y bien? ¿El log pose?

Nami se sobresaltó, mientras Zoro deslizaba la mano sobre el sombrero del renito, que también la miraba. La navegante reprimió una risita, cuando se le vino a la cabeza que lo único que faltaba en esa escenita era Robin para coger a Chopper en brazos. Recordándose que tenían un problema serio, la navegante se volvió hacia sus nakama, alzando la mano donde llevaba la brújula.

-Mirad.

No necesitaron más explicación, ni siquiera Luffy.

La brújula se había vuelto loca, simplemente eso. Las tres agujas daban vueltas sin parar, oscilaban de arriba abajo, apuntaban en una dirección un segundo y al siguiente se daban la vuelta o trazaban círculos en el aire.

-A estas alturas, según la información que tengo de la zona, al menos una debería apuntar a otra isla, pero son totalmente inestables.

-¿Y no podemos zarpar de todas formas?-, Nami dirigió una mirada irritada a su capitán, que miraba el log pose con expresión aburrida.- de todas formas, las agujas siempre se mueven.

-Pero no así,- la joven suspiró, intentando armarse de paciencia,- la oscilación indica la intensidad del campo magnético, pero en este caso… es como si hubiera tantos campos y tan distintos que no pudiera señalar ninguno. Si zarpáramos así, podríamos acabar en cualquier parte. O peor,- se apresuró a añadir, asustada por la cara de emoción de Luffy al poder acabar en "cualquier parte" (él lo traduce como "¡aventura!", por si alguien no conoce a Luffy)-, podríamos acabar a la deriva en medio del océano. Sin ninguna tierra a la vista.

-Pero Nami…- los ojos del senchou eran brillantes estrellitas de emoción, y la navegante lo miraba con terror, sabiendo lo que eso significaba.

-Podríamos acabar en un lugar donde no haya carne.

Nami nunca se había sentido más agradecida por la existencia de Zoro. Viendo como Luffy se desinflaba y la miraba con temor, hubiera abrazado al kenshi.

-¡No podemos zarpar sin brújula!-, Los mugiwara soltaron un suspiro de alivio colectivo. Luffy se limitó a mirar fijamente el log pose un segundo, antes de dejarse caer en su asiento.- ¿Y cuánto tardará en arreglarse, Nami?

La navegante sacudió la cabeza.

-Ni idea.

-Pues a esperar.

Sanji puso los ojos en blanco, sabiendo lo que eso significaba.

-Empezaré a preparar comida

Y así había pasado una hora.

¿Y el motivo del silencio? Ver como el log pose, que Nami había dejado en el centro de la mesa de la cocina, no solo no se frenaba o se estabilizaba, sino que oscilaba con bandazos cada vez más violentos, con las agujas apuntando cada segundo en una dirección distinta. Si aquello seguía así, tendrían que buscar otro o se quedarían atrapados en la isla.

Y, a todas estas (y sé que os lo estáis preguntado) ¿dónde puñetas se ha metido Robin?

La última vez que vimos a nuestra morena de infarto, acababa de salir huyendo como alma que lleva al diablo después de que Zoro le metiera la lengua hasta la campanilla (por si alguien no lo recuerda) escondiéndose en su camarote. Así, ¿qué está haciendo Robin mientras sus nakama resisten la tentación de lanzar el log pose por la borda?

La respuesta, a estas alturas, es tan simple como triste, dolorosa y amarga.

Robin llora.

Ella rara vez llora. Hace mucho que aprendió que una sonrisa, aunque sea falsa y tan frágil como un castillo de naipes, abre muchas más puertas que el llanto. Se ha pasado años conteniendo lágrima tras lágrima, y con el tiempo se había convencido a si misma de que nunca le haría falta derramarlas. Ella contaba con el escudo impenetrable que era su sonrisa. Pero durante la última semana, ha llorado más que en los últimos veinte años. Y ahora llora por ella, por ser una cobarde.

Ella debería alejarse de Zoro. Su mente racional le dice que lo haga, que Circe tiene razón, que ella está maldita, que lo llevará a la muerte, que lo destruirá igual que a todo lo que ha amado en su vida.

Ella no quiere alejarse. Su corazón le ruega que no lo haga, que se aferre a él como un náufrago a una tabla en medio de la tormenta. Él es fuerte, grita su corazón, él se quedará, aguantará, es fuerte y no dejará que lo dañen.

El problema de todo esto es que mientras la mente de Robin es fuerte, su corazón ha recibido tantos golpes que casi no le queda voz. La morena quería creer que todo podría salir bien… pero una vocecita dentro de ella (tan parecida a la voz maliciosa de Circe que, en otras circunstancias, Robin la habría ignorado como si no existiera) le decía que nada iría bien. Zoro moriría, sus nakama la odiarían, ella se quedaría sola y rota de nuevo.

Tenía que aceptar que no había esperanzas para ella.

La morena se incorporó en la cama, donde había estado acurrucada, y se secó las lágrimas bruscamente con el dorso de la mano. Tenía que ser fuerte. No perdería a sus nakama y no perdería a Zoro, aunque tuviera que conseguir que él la odiara. Si era necesario, lo despreciaría y lo humillaría ante todos para que él se alejara, pero lo mantendría a salvo.

Porque lo amaba. Y lo prefería vivo y deseándola a ella muerta, que muerto en sus brazos.

Lo amaba, y admitir eso ante sí misma era todo lo que tendría jamás. Eso y el recuerdo de su mirada en la ducha… y ese beso…

¡No! ¡Olvídalo, maldita sea! ¡Estúpida egoísta! Ni siquiera deberías pensar en él…

-¿Robin?

La vocecita de Chopper llamándola desde el otro lado de la puerta la hizo sobresaltarse. Hasta ahora no se había percatado del silencio que reinaba en el Sunny. Durante un terrorífico instante, temió que algo hubiera pasado (no, que Nami casi mate a Luffy no cuenta), y la imagen de un malherido Zoro le llenó la cabeza, pero se obligó a alejarla. Si estuviera pasando algo malo, los gritos ya la habrían alertado. El silencio no era señal de nada malo.

-Pasa, Chopper.

El pequeño se colgó de la manilla de la puerta para abrirla. La morena dio un golpecito a su lado en la cama, invitándolo a sentarse con ella y el isha le dedicó a Robin una enorme sonrisa antes de acercarse a ella corriendo.

-¿Qué haces aquí encerrada? Estamos todos en la cocina.

-Estoy algo cansada, Chopper. Iré luego.

El renito frunció el ceño, reparando en los ojos enrojecidos y la voz quebrada de la morena. Por una vez, Robin no había tenido tiempo de colocarse la máscara de calma absoluta ante él, y era obvio, incluso para el inocente reno, que algo iba mal. Poniéndose de pie sobre la cama, Chopper examinó el rostro de Robin.

-¿Estás triste, Robin?

La mujer intentó parecer divertida por el comentario de su nakama, sin percatarse de que fallaba miserablemente.

-Estoy bien. ¿Por qué lo preguntas?

-Lloraste.

Robin se encogió un segundo como si la hubieran golpeado. El médico estaba completa y absolutamente serio. Probablemente, en ese instante la doctora Kureha hubiera sentido orgullo al verlo. La expresión era la misma que la que ponía ella ante sus pacientes más testarudos, como si quisiera atravesarlos con la mirada, para hacer que confesaran. Robin reprimió las ganas de retroceder ante esa actitud repentinamente madura del renito. Chopper no actuaba como nakama o su pequeño protegido, sino como el competente médico de a bordo, y era un papel que se tomaba muy en serio.

-Estoy bien,- volvió a asegurarle la morena, temblando sin darse cuenta,- no me pasa nada, Chopper, de verdad.

-Robin…

-Chopper,- la voz de Zoro los sobresaltó a ambos. El kenshi se había detenido en la entrada del camarote. Mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, y su expresión era tranquila mientras los examinaba a ambos. Le dirigió a Chopper una cálida sonrisa mientras dejaba caer los brazos y se acercaba a la cama, con pasos largos y relajados,- ¿puedes dejarme a solas con Robin un momento?

-Pero…,- el médico dudó, mirando de un nakama a otro, reparando en la mirada de pánico de Robin al mirar al espadachín.

-Por favor.

Isha y kenshi se miraron con intensidad un segundo antes de que el renito saltara de la cama y saliera del camarote. Al pasar junto a Zoro este le dio un golpecito cariñoso al sombrero del médico, que levantó la cabeza y sonrió antes de traspasar la puerta. Robin observó confusa el extraño intercambio, mientras el peliverde se sentaba a su lado en la cama, en el mismo lugar que Chopper ocupaba un segundo antes.

La mente de Robin le gritó que era el momento de poner en marcha su plan. Si era hiriente y cruel con él podría alejarlo. Unas palabras bien escogidas podían hundirlo y hacer que la rechazara. No en vano el kenshi era orgulloso y algo infantil a veces, podía aprovecharse de ello.

Podría hacerlo si conseguía concentrarse lo suficiente para pensar con claridad esas palabras. Pero el corazón le latía en la garganta y era incapaz decir nada racional, no cuando el kenshi la observaba como si aún fuera un tigre. Había algo distinto en su ojo. Un brillo que ella nunca había visto, o quizá era que nunca había estado lo bastante cerca para verlo. Depredador, cálido, seguro.

-Kenshi-san…,- apenas logró decir las palabras cuando la mano de Zoro acunó su rostro, repasando con el pulgar los rastros de lágrimas en sus mejillas. Temblaba, cuando el espadachín se inclinó y presionó su mejilla contra la suya, enviando escalofríos por su columna. Temblaba cuando separó su mejilla de la de ella y se inclinó para rozar sus labios, apenas un segundo antes de separarse y sonreírle, depredador. Y temblaba cuando él la levantó para sentarla sobre su regazo, obligándola a apoyar sus manos en el suave pecho desnudo para no perder el equilibrio.

La cordura de Robin se iba poco a poco al infierno, mientras el espadachín la besaba, lento y suave, sin demanda, con más ternura que pasión, como si esperara que ella diera el primer paso. Las manos alrededor de su cintura la sostenían con cuidado, sin presionar, solo acariciándola con lentos círculos trazados por sus dedos sobre la tela del vestido. La morena suspiró, derrotada, y cedió a su boca, abriendo los labios, dejando que entrara, que ganara la lucha de voluntades. Debes alejarlo, le gritaba la razón. Pero ella ya no atendía a razones.

-Zoro…

-Robin…

Su nombre saliendo de los labios de él, apenas un segundo antes de volver a besarla, lento, calmado, dispuesto a esperar a que ella siguiera llevando las riendas, queriendo que fuera ella la que marcara el ritmo. Sus manos descendieron y aferraron el borde del vestido un segundo antes de levantarlo, apenas lo bastante como para deslizar una mano debajo, acariciando la piel desnuda de su espalda. Robin suspiraba en su boca ante las lentas caricias, mientras una pequeña parte de sí misma se maravillaba de que alguien tan brutal pudiera ser tan… tan…

Tan pacífico… tan sereno…

Zoro dejó su boca y ella quiso llorar. Pero el espadachín no se alejó. Agachó la cabeza y acarició el pecho de la morena por encima del escote del vestido, trazando un camino con la nariz y los labios, disfrutando del olor y el calor de su piel, de las manos de la morena acariciando su nuca y su cabello, de sus suspiros. Su mano seguía acariciando la espalda de Robin, mientras la otra la sostenía cerca de él. No tenía prisa. Quería que todo durara, quería que ella supiera que con él todo sería distinto… quería que entendiera hasta que punto era suyo…

-Robin… onna…

Levantó la cabeza para poder besarla de nuevo, y una sonrisa se formó en su cara cuando fue ella la que buscó su boca, la que le mostró el ritmo, aún lento, disfrutando del contacto del otro…

Tan cerca uno del otro….

.

.

-Oi, Chopper, ¿y Zoro?

-Hablando con Robin.

La navegante casi se atragantó con el refresco que se estaba bebiendo. Miró al renito con los ojos como platos, reparando por primera vez en su sonrisita feliz y totalmente infantil. Y, sin saber muy bien por qué, le vino a la cabeza esa imagen de los niños cuando sus papás les dicen que les van a dar un hermanito (si, por eso que estáis pensando, es que Nami está un poco lenta hoy).

-¿Hablando con Robin, dónde?

Chopper palideció cuando Sanji se inclinó sobre él dejando su cara muy cerca de la del renito, que intentó retroceder en vano, acorralado contra la mesa. La mirada de Sanji era psicópata y su boca se había convertido en una mueca siniestra. Parecía una aterradora versión masculina de Nami, pero hasta la navegante lo miró con cara de pánico durante un segundo.

Luego, claro está, reaccionó y lo dejó K.O. de un golpe por estar intimidando a Chopper. El renito suspiró, aliviado, y se sonrojó ante el guiño de la navegante, sabiendo que ambos tenían lo mismo en mente.

¡Robin y Zoro! ¡Por fin!

De hecho, exceptuando a Sanji (y a Brook, porque no tiene cara, básicamente) los mugiwara no podían dejar de sonreír. Franky estaba especialmente feliz, porque significaba que había ganado una apuesta con Raleigh sobre esos dos, pero eso es otra historia. Nami miraba de reojo a su capitán, preguntándose si conseguiría que él siguiera el ejemplo de Zoro (y si para ello haría falta que se transformara en mono), y Usopp se imaginaba contándole a Kaya como había hecho de Cupido para sus nakama, incluido el elaborado plan de disfrazar a Zoro de tigre para que Robin se fijara en él. Brook, por supuesto, ya tenía en la cabeza una espectacular canción de amor para esos dos, y se preguntaba, de paso, si ahora Zoro le pegaría cuando le preguntara a Robin por sus bragas (un mal menor, si conseguía verlas). Y, en cuanto a Luffy, no podía estar más contento por sus nakama. Además, ¡era una excusa genial para una fiesta!

Si Sanji recuperaba el sentido después del golpe de Nami.

El log pose seguía moviéndose de forma descontrolada, pero no importaba. Esperarían otro día, y si no se arreglaba, buscarían otro. Y si no, ocurría un milagro. Eran los mugiwara, demonios. Habían estado en situaciones peores. Y ahora, lo único que querían era festejar. Por sus nakama.

-¡Sanji, me…!

Luffy no llegó a acabar la frase. El sunny entero tembló, se balanceó y todos salieron despedidos contra la pared. Nami chilló y solo atinó a taparse la cara con las manos al ver aproximarse la esquina de la barra de la cocina a su rostro. Pero algo elástico se interpuso entre ella y el borde afilado, y la navegante sintió como su capitán volvía a encoger su cuerpo, que había estirado para formar una red entre sus nakama y la pared de la cocina. La navegante suspiró aliviada, notando como el Sunny se estabilizaba de nuevo tras el golpe. Con cuidado, Luffy la ayudó poner de nuevo los pies en el suelo y bajó a Chopper de su sombrero de paja, donde el renito se había aferrado.

Y entonces, Nami lo notó. El barco, bajo sus pies, estaba completamente quieto.

-No puede ser.

La navegante salió corriendo de la cocina, seguida por sus nakama, que parecían esperar encontrarse con otro grupo de enemigos esperándolos.

La realidad era muy distinta.

-¡¿ES UNA JODIDA BROMA?!

.

.

Zoro deslizó los labios sobre el cuello y las clavículas de Robin, arrancándole otro suspiro. La morena lo sujetaba contra ella, enredándole los dedos entre el pelo, de tal forma que entre sus cuerpos no pasaba ni siquiera el aire. El vestido de la morena había caído por sus hombros, mostrando sus pechos apenas contenidos en el sujetador de encaje. El kenshi sonreía sin poder contenerse, sintiendo la agitada respiración de la arqueóloga y su corazón acelerado bajo la piel. Pero él quería tomarse su tiempo. Llevaba mucho soñando con aquello y no pensaba desperdiciar un minuto…

-Zoro…

Alzó la cabeza para mirarla, sonrojada y temblorosa. Su mano seguía acariciando la espalda de ella, pero la otra había decidido que prefería sus largas y suaves piernas, desde el arco del pie al muslo, pasando por la curva de su rodilla, arriba y abajo, una y otra vez…

-Esto podría considerarse tortura…

La falsa indignación en la voz de Robin le provocó una ronca carcajada, que ahogó escondiendo la cabeza entre los pechos de ella, haciéndola sobresaltarse.

-Te prometo que la espera merecerá la pena,- le susurró contra la piel. Ladeó la cabeza y aferró el borde del sujetador entre los dientes, tirando suavemente para descubrir uno de sus pechos. La morena gimió cuando la punta de la nariz de él la rozó, antes de que besara su pezón descubierto, presionando apenas los labios sobre él.

-Cuando era un tigre, me enloqueciste… tengo derecho a hacer lo mismo. Tu olor, tu sabor… lo quiero todo.

-Zoro…

-Tanto por explorar… ya sé cómo se siente Luffy cuando llegamos a una nueva isla…

Robin se hubiera reído si el kenshi no hubiera elegido ese momento para cerrar los labios sobre su pecho, arrancándole un gemido. La lengua del kenshi era áspera… como la de un tigre.

Oh, por Kami-sama.

Y fue ese preciso instante (perdón) que el barco eligió para tambalearse, dar una sacudida y lanzarlos al otro lado del camarote. Zoro gruñó (si, sigue gruñendo) y la sujetó contra el pecho, interponiéndose entre ella y la pared contra la que caían. Pero en menos de dos segundos Robin ya había formado una red de brazos fleur que se frenara la caída. Zoro sonrió, encantado por su habilidad, y la ayudo a ponerse en pie mientras el barco se estabilizaba. La morena se acomodó la ropa antes de salir a toda prisa del camarote, seguida por el espadachín, temiendo un nuevo ataque.

Pero, como ya he dicho, la realidad era muy distinta.

-¡¿ES UNA JODIDA BROMA?!

Robin y Zoro corrieron hasta sus compañeros, que se inclinaban sobre la barandilla con las mandíbulas desencajadas.

-No puede ser…

-Si no lo veo no existe, si no lo veo no existe,- el canturreó de Nami puso a Robin aún más nerviosa. Se acercó a la akage y miró por encima de su hombro.

Definitivamente, aquello debía ser una broma.

Había hielo.

No hielo como cubitos de hielo, o un iceberg. No. Era que toda la maldita agua del muelle, y en quince metros a la redonda del Sunny estaba totalmente congelada, mientras el sol lucía alegremente sobre sus cabezas. Y era un hielo tan denso que el barco ni siquiera se tambaleaba, cubierto por encima del soldier dock sistem. Solo estaban a flote la cubierta y las zonas que estuvieran por encima de esta.

Franky gritó una maldición y corrió hacia la sala del acuario. Si también estaba helado, el cristal podría reventar por la presión, mientras Sanji iba hacia la despensa, temiendo por toda la comida que tenía almacenada.

Robin temblaba.

-¿Aokiji?,- se atrevió a pronunciar en voz baja, temiendo que s lo decía más alto el ex almirante aparecería para darle caza.

-No,- chopper se inclinó y olisqueó sobre la barandilla, con expresión concentrada,- no huele como el hielo de Aokiji.

-¿Entonces?

El renito sacudió la cabeza.

-No lo sé, es… extraño. Me resulta conocido, pero no logro identificarlo.

-Primero el log pose y ahora esto,- Nami se dejó caer sobre la cubierta, derrotada,- ni que estuviéramos malditos.

Robin sintió un escalofrío. Miró a la navegante con los ojos como platos. Malditos.

-¿Qué le ocurre al log pose?

Nami la miró confusa, hasta que recordó que ella no estaba en la cocina cuando ella había bajado del cuarto de derrota. Deprimida, le contó el problema con las agujas magnéticas. Robin no dijo nada mientras ella hablaba, pero su mirada se iba ensombreciendo a cada palabra pronunciada por la navegante.

Era culpa suya. De ella, por no alejar a Zoro. Los estaba condenando a todos por su egoísmo.

Sin decir una palabra, la morena se dio media vuelta, en dirección al camarote. Sanji salía de la cocina, gritando que las provisiones estaban bien, y Franky había desaparecido en las entrañas del barco, en busca de daños por la congelación repentina alrededor del casco, pero Robin no les prestó atención.

Caminaba con paso decidido. Había sido una tonta, se había dejado llevar. Los estaba poniendo a todos en peligro con su estupidez.

¿Zoro y ella? No, nunca. Acababa de ver una muestra de lo que podía pasar si seguían con aquello.

De pronto, una mano se aferró a su brazo, haciéndola volverse. Zoro la miraba con expresión decidida y casi furiosa. Más que nunca, parecía un tigre furioso.

-No hagas eso.

-¿Qué no haga qué, kenshi-san?-, quería sonar indiferente y lo consiguió. Sonaba fría como un tempano, un poco despectiva. De nuevo, todo lo que sentía escondido bajo una máscara. Tal y como debía ser.

-¡Marimo! ¿Qué le estás haciendo a Robin-chwan?

Sanji corrió hacia ellos, pero se detuvo ante la mirada de Zoro. El kenshi parecía algo más que enfadado. Parecía casi preocupado y el cocinero se encontró sin saber qué hacer. Normalmente se hubiera metido en medio sin dudar, pero algo le decía que él no tenía vela en ese entierro bajo ninguna circunstancia.

-Solo es hielo.

Robin ni siquiera pestañeó.

-Ya lo sé, kenshi-san.

-No, no lo sabes. Solo es hielo. No tiene que ver contigo ni conmigo. Solo es hielo.- Zoro apretó los dientes, conteniendo un grito al ver como las pupilas de Robin se achicaban. ¿Ella creía que conseguía parecer indiferente? Para él era un libro abierto. Podía ver el pánico en ella.- no puedes salir huyendo, Robin. No hay nada de lo que huir.

Los labios de Robin se apretaron en una fina línea, mientras daba un paso atrás para zafarse del agarre del kenshi. Pero Zoro no la dejó. Avanzó con ella, quedando a un paso de su cuerpo. Sus nakama miraban de uno a otro, sin entender que estaba pasando.

-Él que no lo sabe eres tú,- y su voz, baja y temblorosa, estremeció de dolor a Zoro,- ¿Qué no tiene que ver con nosotros? Claro que si, kenshi-san. Es mi maldición. No puedo amar nada, destruyo lo que toco. Nadie puede intentar estar a mi lado, ser para mí algo más que un nakama. Estoy condenada. Y tú no eres capaz de entenderlo.

-Eso es una estupidez.

-No lo es, quiero que te me vuelvas a acercar, ni que me toques. No quiero que estés cerca de mí, porque morirás si lo haces. No soy lo bastante fuerte para protegerte. No hay nadie lo bastante fuerte como para soportar estar a mi lado. Es el destino.

Zoro se quedó estático. Soltándose de su agarre, Robin se dio la vuelta para volver al interior del Sunny, con una perfecta máscara de indiferencia sobre su rostro.

Y el grito de ira del kenshi la dejó paralizada.

-¿Destino? No esperes que te escuche,- el espadachín avanzó un paso, con la misma sonrisa que ponía cuando se enfrentaba a un enemigo que podía suponer un reto para él. Depredadora, mortal,- yo no creo en el destino, Robin. No quiero que me protejas, porque no voy a morir. Y no me voy a alejar de ti, porque no quiero hacerlo. Y tú tampoco. Deberías saber algo sobre mí, Nico Robin.- en dos zancadas, se detuvo frente a ella, mirando directamente sus asustados ojos azules, tan cerca que apenas tendría que moverse para besarla-. Yo elijo mi propio camino. Y he decidido que será junto a ti.

.

.

Muy cerca del Sunny, a unos metros escasos, Circe sonreía. O sonreiría si no acabara de escuchar el discursito del kenshi.

-No sé quién se cree que es ese espadachín inútil…

-Ay, Circe, que poca empatía tienes, niña.

Se volvió hacia la bruja, que la miraba burlona sentada sobre un bloque de hielo. Circe bufó. Le había costado horas realizar el conjuro de desorientación para el maldito log pose, y otras tantas para congelar el agua, pero merecería la pena si todo salía como esperaba. Y la vieja no se metería más en sus asuntos.

-Lárgate. No tienes nada que hacer aquí.

-Me temo que te equivocas. Esos niños están bajo mi protección. Y proteger incluye librarse de las arpías manipuladoras como tú, querida.

Circe gritó, apretando los puños para no lanzarse sobre ella.

-No eres más que una vieja chocha e inútil.

-Ya, lo que tu digas,- la anciana se miró las uñas, fingiendo ignorar la pataleta de Circe,- y dime, niña,- levantó la cabeza, con expresión de aburrimiento,- ¿me puedes decir que pretendes? ¿O, al menos, porque te has emperrado en molestar a mis protegidos?

-Tú lo sabes.

-Ya, pero nada como oír tus propias estupideces de tu boca.

-Vieja bruja,- Circe dirigió una mirada de rabia al Sunny,- ellos acabaran con todo. Esa mujer… esa mujer está destinada a causar el caos en el mundo. En menos de diez años, dará al traste con el orden establecido.

-Sí, ¿y?

-¿Cómo que "y"?-, la anciana le dirigió una mirada aburrida,- el Gobierno, las creencias, ¡Todo al infierno porque esa mujer está obsesionada con las malditas piedras!

-Repito, ¿y?

-¡Qué eso será el fin de todo lo que conocemos! ¿Qué será de nosotros?

-Miedo al futuro. Lo que demuestra lo limitada que es tu visión.

Circe chilló, frustrada.

-Ella lo destruirá todo, y esa cría terminará de destrozarlo.

-Desde luego, hará honor a su nombre.

-¡Si ella se une al espadachín será una catástrofe! ¡Ella con sus malditas piedras y él con las espadas…!

-Será una reacción en cadena que afectará a varias personas y cambiara el mundo, ¿es lo que quieres decir?

-¡Sí! y no puedo permitirlo. Debo alejarlos.

-Congelando el agua…

-¡Sí! ¡No!,- la vidente resopló,- ¡deja de intentar confundirme! Tengo que evitar que se marchen de la isla.

-¿Por qué…?

El brillo en los ojos de Circe puso a la anciana en alerta. Tensó los hombros, repentinamente asustada.

-No te atreverás.

-Lo siento, vieja. Pero ya me he atrevido.

Y la anciana lo sintió, cerca. El aliento de algo que se acercaba.

Algo que decidiría entre el destino y la voluntad.