Disclaimer: Candy Candy y sus personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi respectivamente. La historia que están por leer es una versión libre para la continuación del libro "Enamorada de mi profesor" cuya autora es Susan Lawrence y la adaptación de la versión original a los personajes de Candy Candy pertenece a Safiro y a LUCYLUZ quien me ha dado el permiso de continuarla. Yo, Wendy Grandchester, estoy realizando una continuación de mi autoría con el propósito de entretener y no de lucrar, así como tampoco apropiarme del trabajo de ninguna de las personas mencionadas anteriormente.

Aviso: En esta historia, habrán frecuentes escenas de contenido sexual explícito, aunque no vulgar o con el propósito de ofender, se te extiende la advertencia en caso de que ésto sea un inconveniente para ti.


Novia de mi profesor

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 10


—Te he educado para ser un hombre, Terrence. Entonces, haz lo que un hombre tiene que hacer, ocúpate de tu esposa y tu hijo.— Le dice con una autoridad inverosimil la madre de Terry y lo veo con la mandíbula apretada, luchando por contenerse.

Su padre intenta hablar, pero parece que siempre es la señora la que lleva la voz y Susana sólo está callada, calmando al bebé que comienza a llorar, ella también está llorando y parece que aún no se dan cuenta de mi presencia. Miro al niño, buscando algún parentesco entre él y Terrence, no encuentro ninguno, tal vez porque aún es muy pequeño para decirlo o porque en el fondo yo no quisiera encontrar ninguno.

—Entonces tienes razón, madre. Me criaste para ser un hombre, no un pendejo.

—¡Terrence!— Lo reprende por la palabrota que utilizó y al voltear hacia un lado, indignada, me vio.

—Es que sólo a ustedes dos se les ocurre que pueden venir a engañarme con algo tan absurdo. Sé contar, madre. No hay forma de que ese niño sea mío, Susana se embarazó meses después del divorcio y antes de eso, hacía muchísimo más tiempo que estábamos separados.

—Esas no son más que excusas, Terrence. Excusas para quedarte con ésta niñata que te calienta...— Entonces Terry se da cuenta de mi presencia y su semblante se nubla de terror y sé que tiene miedo de mi reacción, no lo culpo.

—Mamá, te recuerdo que estás en mi casa, por tanto me vas a respetar y vas a respetar a mi mujer.— Me quedo a una distancia prudente de todos, Susana me mira con desprecio, cuando yo la miro a ella, ella voltea hacia otra parte.

—¿Tu mujer? ¡Ja! Terrence, ¡hazme el favor!

—Mamá, te guste o no, les guste o no, yo ya elegí a Candy y ni por asomo pienso asumir una responsabilidad que no es mía.— Miró al hijo de Susana con intención.

—Terrence...— Por fin tuve valor y lo llamé, con la voz firme aunque temblorosa y todos los ojos se volvieron hacia mí, incluso los del bebé que inocentemente me sonrió.

—Candy, ésto no tiene que ver contigo, todo es mentira y...

—Déjame hablar, Terrence.— Él se asombra por un segundo y luego me cede la palabra.

—¿Qué tienes que decir tú, mocosa? Este es un problema de familia...

—¡Madre! Esta es la última advertencia que te hago. Otra falta de respeto y te largas de mi casa.— Lo gritó tan fuerte que las paredes retumbaron y el brinco de sorpresa de su madre hizo que le bailaran las arrugas.

—Quería decir que... que tú y yo ya teníamos una relación antes de que ella llegara con su hijo y que... lo de ustedes fue antes de mí, así que aún si ese niño fuera tuyo... no tengo inconveniente con que lo inscribas y te ocupes de él... eso no tiene por qué afectarnos...— La reacción de Terry es de sorpresa, con cierto alivio, pero incertidumbre a la vez. Su madre y Susana lucen totalmente desencajadas.

—Candy, agradezco tu comprensión en una situación como ésta, pero ese niño es mío y nada va a obligarme a aceptar una falta que no es mía, no por el niño en sí, sino por éste par de arpías que no les importa utilizar a una criatura para lograr unos fines tan bajos.— Miró a Susana y ésta bajó la cabeza.

—No puedo creer lo cobarde que eres, Terrence. ¡Eres igual a tu padre! Tienes miedo de retomar tu matrimonio, de sacar la cara por tu familia...

—¡Ya basta!— Grita Susana y está envuelta en llanto.— La madre de Terry la mira con horror, como con miedo de que fuera a meter la pata.

—Susana...

—Ya ha sido suficiente, Eleanor. No soporto más ésto... Tu hijo puede ser cualquier cosa, menos estúpido. Tienes razón, Terry, no es tu hijo...

—¿Pero qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca?— Eleanor se avalancha sobre ella como una fiera.

—¡Eleanor!— El padre de Terry la retiene y luego toma al niño que por poco se cae y comenzó a llorar nuevamente.

—Papá, quiero que por favor te las lleves de aquí. Llévatelas lejos.— Exigió Terry en un tono bajo, pero amenazante, con rabia contenida. Su padre asintió y ambas mujeres, derrotadas, lo siguieron hasta la salida.

...

Al quedarnos solos, no me acerqué a Terry inmediatamente, lo dejé que se serenara y yo me quedé un rato de pie en el mismo sitio, esperando que él me llamara.

—Candy... Ven aquí.— Me acerqué sin rechistar, él estaba recostado sobre una de las paredes del salón.

—Terry, no me habría importado que...

—Shhh. No me hables de eso. Sólo ven, te necesito.

Me abrazó muy fuerte y me retuvo un rato así, mi cabeza recostada de su pecho, inhalando su olor, cierro mis ojos y me embriago de él. Me da besos tiernos y suaves en la frente y en la cabeza, acaricia suave mi espalda.

—Te amo. Nada me va a separar de ti, ¿me oyes?— Me alzó el rostro con ternura para que lo mirara. Podría estar una eternidad mirando esos hermosos ojos.

—Yo también te amo y no puedo vivir sin ti. Me hubiera quedado con o sin bebé.— Me da un beso corto en los labios y me sigue mirando.

—Es bueno saberlo, pero ya no será necesario. Los únicos hijos que yo tendré será contigo, cuando estés preparada.— Asiento y le sonrío, me siento feliz y tranquila de que él me apoye en esa decisión de esperar un poco para formar una familia.

—¿Qué te pasó aquí?— Me señala una mejilla aruñada.

—¡Ah! Eso era lo que iba a contarte...

—¿Quién te hizo eso, Candy?— Su genio regresa y sigue esculcando en mi cara por más rasguños.

—No fue nada... bueno, fue un incidente que tuve con Eliza, pero...

—¿Eliza? ¿Todavía te sigue molestando? Espero que al menos te hayas defendido ésta vez.

—Y no sabes de qué manera...— Le respondí sonriendo. Luego le conté todo lo sucedido y nos reímos a carcajadas sobre ello.

Pasamos unas buenas horas agradables, conversando de todo, de nuestros planes para el futuro, nos bañamos, hicimos el amor varias veces y nos volvimos a bañar. Amo mi vida con Terrence y a pesar de que no tengo en ésta vida a nadie más que a él, no me falta nada más.

—¿Estás muy cansada para preparar la cena?

—Umm... sí, en verdad sí.— Le respondí y me hice la remolona, recostada de su cuerpo siempre caliente.

—Vale, pediré una pizza entonces.

Nos trasladamos al salón para estar pendiente a que llegara la pizza. Encendimos el televisor y yo aún pasaba los canales, no encontraba nada interesante, puse el televisor en mudo cuando escuché que tocaron la puerta.

—¡La pizza!— Grité y me paré para recibirla, Terrence salió detrás de mí.— Cuando abrimos la puerta, no era el repartidor de pizza, era el padre de Terrence.

—Papá...

—Disculpa, debía avisarles primero...

—Oh no, papá, pasa. Justo estamos esperando una pizza.

—Nos encantaría compartirla con usted.— Añadí yo para ganarme un poco de su simpatía. El señor me sonrió muy amable, con algo de ternura y adoración.

—Gracias, Candy.

Pasamos al comedor, diez minutos después llegó la pizza y comimos tranquilos, entre risas y anécdotas. Me encantó la simpleza de ese momento, parecíamos una familia.

—Lamento mucho el mal rato con tu madre, Terrence... cuando a esa mujer se le mete algo en la cabeza no hay quien la detenga...

—Lo sé, pero ya no hay nada que pueda hacer para fastidiarme.

—A mí tampoco.— El señor sonríe con cierto sarcasmo, como Terrence.

—¿A qué te refieres?

—A que hoy mismo le comuniqué que ya inicié los trámites del divorcio.— Terrence se quedó sorprendido y callado un momento.

—¡Vaya! ¿Y cómo se lo tomó?

—Pues como una histérica, ¿qué más? Pero... según mi abogado, el divorcio se dará aunque ella no esté de acuerdo, sobre todo porque no exigí ninguno de los bienes acumulados durante el matrimonio. Se lo dejé todo. Sólo quiero librarme de ella.

—Me parece bien, papá. No sé como pudiste aguantarla tantos años...— El señor se quedó pensativo, melancólico y yo distraída, comencé a jugar con la cadenita que Martha me había regalado, la que tenía forma de margarita.

—La dejadez. Cuando conocí a tu madre, nada ya me importaba. Había perdido al amor de mi vida, así que sólo seguí viviendo.

—¿Y por qué no insististe con aquella mujer, papá? Te rendiste rápido...

—Son errores que nos salen muy caros. Aunque sí insistí, es sólo que ella era muy terca... necia y tenía un carácter...

—Pero hubieras sido feliz.

—Indiscutiblemente. Ella era una chispa, era ocurrente, cariñosa... no te podías cansar de ella y éramos tan diferente, pero a la vez... nos complementábamos. Yo era tímido, calmado, ella era una ráfaga... se hacía sentir donde quiera que íbamos...

Escucho maravillada y con los ojos aguados la forma tan hermosa en que se refiere a ella. No nos mira directo, porque está viéndola a ella en sus recuerdos.

—¿Qué pasó con ella, papá?

—Circunstancias, Terry... fuimos víctimas de las circunstancias... Todo lo que yo quise fue estar con ella, hacer una vida a su lado y darle el mundo. Cuando nos separamos, porque ella tenía que atender a su madre enferma, yo me dediqué a trabajar duramente. Todo mi sueldo y mis ahorros se iban en ésta casa que construí para ella. Recuerdo que nunca me sentía cansado, porque cada viga, cada clavo, cada martillazo me acercaba más a la vida que tendría junto a ella. Me esforcé en hacer ésta casa justo como ella la quería, me costó un poco detallar las margaritas... a ella le encantaban y recuerdo que cuando éramos novios... iba a recogerla todos los domingos para ir a misa y más tarde, la invitaba a un helado y le compraba un ramo de margaritas...

Ya cuando el señor comenzó a relatar esas escenas, mis ojos estaban llenos de lágrimas. Terry me acercó un poco más hacia él y me abrazó dulcemente, para seguir escuchando esa hermosa historia.

—Luego de unos meses, la casa estuvo terminada. Me sentí orgulloso de mi trabajo y no veía la hora en que ella regresara, quería ver su emoción cuando contemplara lo que yo hice para ella. Pinté la casa y amueblé el cuarto principal, el que sería nuestro cuando nos casáramos y compré muchas margaritas, porque el olor de esas flores siempre me recordaban a ella, era como estar con ella aunque ella estuviera a cientos de kilómetros de mí. Unos días antes de la ansiada llegada de ella, dieron una fiesta en el puelo y me invitaron. Yo no soy precisamente el alma de las fiestas, la alegre y fiestera era ella, yo siempre fui un tipo tan sencillo y divertido como una piedra. No quería ir a la fiesta, pero mis compañeros insistieron. Yo no estaba acostumbrado a beber, nunca me ha hecho bien el alcohol, ese día, por presión de mis amigos bebí, incluso un poco más de la cuenta. No sé cómo, terminé besando a otra chica... éste es un pueblo pequeño, un infierno grande. La noticia no tardó nada en llegar a los oídos de ella. Y ella tenía muchas virtudes, pero tenía un solo defecto, era orgullosa.

—Candy, ya no llores, me harás llorar a mí también.— Me dice Terrence divertido y conmovido, pero no puedo evitarlo.

—Lo siento... es que me conmueven mucho las historias tristes y románticas.

—Yo le rogué, le supliqué, pero ella nunca me perdonó...— Dijo el pobre señor con amargura.

—Lo hizo.— Digo y el señor me mira perplejo.

—No, Candy, no me perdonó... yo he me preguntado tantas veces si...

—Martha lo perdonó, un poco tarde, pero lo hizo...— Sus ojos se agrandaron más de lo posible y Terry me miró desconcertado.

—¿Martha? ¿Cómo sabes que se llamaba Martha?

—Porque la conocí... y ella me contó la misma historia... y lo de las margaritas, no puede ser tanta coincidencia...

—¿Tú la conociste? ¿Estás segura de que era mi Martha?— Las lágrimas del pobre señor caen a raudales por su rostro ya un poco arrugado.

—Sí... ella quería que usted supiera que lo había perdonado. Desde hace mucho. Que nunca lo dejó de amar y que se arrepintió toda su vida por no haberle dado una oportunidad...

El señor estaba tan vulnerable, que Terrence se separó de mí y fue a consolar a su padre. Yo aproveché ese momento para ir a la habitación y buscar mi cajón de memorias. Ahí conseguí varias cartas de Martha, cartas que él le había escrito durante su noviazgo a distancia y también una foto de ambos, antigua y algo borrosa, pero aún se podía apreciar la imagen.

—Es ella. Es mi Martha... Recuerdo ésta foto. Yo no me la quería tomar... nunca me gustaron las fotografías...— Decía entre risa y llanto, sin quitar la vista de la foto.

—Puede quedársela.— Le dije secándome el llanto.

—Gracias, Candy.— Me abrazó. Fue un impulso y se sintió maravilloso. Lo tomé como el abrazo paternal que nunca recibí.

—Ah, lo olvidaba. Tenga. Ésto es suyo...— Me quité la cadenita para ofrecérsela.

—No, Candy. Consérvala tú. Así llevarás en ti una parte de mi Martha y harás feliz a mi hijo...

Al día siguiente, llevamos al señor a visitar la tumba de Martha. Llorando, se arrodilló ante ella y colocó un hermoso y tupido ramo de margaritas.

—¿No les importaría dejarme un momento a solas?— Fue una súplica.

—Por supuesto que no.— Contestamos y nos alejamos para que el señor pudiera despedirse de su gran amor.

...

Dos semanas más habían pasado, mi graduación estaba cada vez más cerca. Estoy descansando una tarde, escribiendo una historia y haciendo unos dibujos inspirados en el día de reyes. Tocan a la puerta y se identifican como la policía. Yo estaba sola en la casa.

—¿Candice White?

—Sí... soy yo...— Respondo nerviosa al ver a los dos oficiales delante de mí.

—Estamos aquí por razón de su tío, el señor Robert White...— Mi cara se pone blanca como un papel y todo el cuerpo me tiembla al escuchar ese nombre. Inoportunas imágenes de él pegándome e intentando violarme vienen a mi mente.

—¿Señorita White?

—Eh... sí...

—Lamentamos informarle que su tío fue hallado muerto ésta madrugada en su casa...

—¡Oh!— Fue todo lo que pude exclamar luego de un rato.

—Aparentemente fue un robo domiciliario. Tenemos entendido que él era su tutor legal... ¿Podría decirnos dónde se encontraba usted en la noche de ayer?

—Yo... no vivo con él desde hace mucho y ya soy mayor de edad...

—¿Dónde estuvo ayer por la noche y madrugada, señorita White?

—Por la noche estuve en el cine...

—¿Tiene una coartada o testigo que pueda comprobarlo?

—Sí... bueno, tengo los boletos de la película, también el recibo del estacionamiento y... fui con una amiga, Patricia O'brien...

Los oficiales anotan lo que digo, se despiden y me aconsejan no abandonar el país por el momento. Unos días después me notificaron que se cerró el caso, fue precisamente un robo domiciliario, yo le llamo justicia divina.

Cerré ese capítulo en mi vida y disfruté de mi graduación una semana después. Al fin tuve mi diploma y varias medallas y ceritificados de alto honor. Terrence me aplaude desde su silla y luego me toma unas fotos. Me habría gustado ver a mi madre ahí, sonriéndome entre lágrimas de orgullo, pero aprendí a aceptar el hecho de que ella ya no estará más en mi vida, así que decidí ser feliz con lo que tengo. Con ese hombre maravilloso que la vida me puso en el camino.

Tuvimos una comida deliciosa y al llegar a casa, Terry me sorprendió con muchos regalos por mi graduación, los habían por todas partes. Los abrí todos emocionada y agradecida, sin reparos, sin reclamarle el hecho de que haya gastado, sólo recibiendo y disfrutando de todo lo que ese hombre me está ofreciendo.

—Mañana es el juicio de tu padre, Candy, ¿vas a ir?

—¡Por supuesto! Tiene que pagar por todo lo que nos hizo a mi madre y a mí.

—Ésta vez se refundirá en la cárcel, sólo por el hecho de haber violado a una menor de catorce años... ya no tiene esperanzas.— Me comenta Terrence y yo sólo siento más horror y asco por él.

—Por los cargos de asesinato en segundo grado, encontramos al acusado, Joseph White, culpable. Por los cargos de abuso sexual, violación y actos lascivos contra una menor de edad, encontramos al acusado, culpable. Por los cargos de violencia doméstica, intento de incesto contra su hija e intento de asesinato, encontramos al acusado, culpable.

Me siento feliz cuando escucho al jurado. Luego espero ansiosa a que el juez tome la palabra.

—Se le impone al acusado una pena de setenta años de cárcel los cuales deberá cumplir en su totalidad, sin derecho a probatoria.

Aplaudí y me reí como nunca para mis adentros. No importa que no se le haya acusado por la muerte de mi madre, sé que ha recibido suficiente castigo por todo y mi mejor venganza será salir adelante a pesar de él.

...

—No creo que vaya al baile, Terrence... No sé... nunca soñé con...

—¿Estás de broma? Candy, el baile de graduación es algo inolvidable... no se repite.

—Pero, Terry, es que yo...

—Es que nada. Irás a la tienda, escogerás el vestido que más te guste e irás a ese baile.

Le tomé la palabra a Terrence. Convencí a Patty de ir también al baile, luego de haber convencido primero a Stear de invitarla. Elegí un vestido rojo, largo y ceñido en la citura, tenía el pecho al descubierto y un fino tirante para un solo brazo, siendo strapless en uno de los lados, caía suavemente hasta mis tobillos. Llevaba sandalias de tacón alto y fino en dorado, aretes y gargantilla en combinación. Mi pelo lo llevaba largo y ondulado, un broche sujetaba uno de los lados frontales y me maquilló un estilista. Nunca en toda mi vida me había sentido tan bella.

—¿Nos vamos?— Se me seca el aliento cuando veo a Terrence. Con su traje tan elegante, tan guapo. Llegamos al baile y todos los ojos se posan sobre nosotros. Me pongo un poco nerviosa.

—Están hablando de nosotros...— Le digo al oído.

—¡Que hablen! Eres la más hermosa de todas y eso les da envidia. Que se ahoguen en ella.— Me dice y me extiende la mano para invitarme a bailar. Le agredezco en el silencio a mi madre por haberme enseñado.

Estoy girando en los brazos de mi gran amor, con orgullo y me olvido de todo, ya ni siquiera escucho los murmullos, sólo me pierdo en la mirada de mi hombre, en esos ojos azules que me queman y me desnudan con la mirada. Sigo flotando en sus brazos, ajena a todo. Ésta es mi noche, yo me la merezco.

—Estás preciosa, Candy. Realmente hermosa.

—Usted también se ve muy guapo, profesor Grandchester.

—Si me vuelves a llamar "profesor" te va a costar.

—Está bien, ex profesor.

Me besa, en medio del baile, a la vista de todos. Ya no nos escondemos, que sepa el mundo entero que nos amamos y que nada, nada podrá separarnos.

Fin


¡Hola!

Feliz víspera de Reyes. Ha sido un honor que me hayan acompañado y apoyado hasta aquí. Ésta historia, incluyendo la orginal, era corta, gratificante, pero compleja. He de decir que no todas las historias son para todo el mundo, que lamentablemente, no importa cuánto yo me esfuerze en expresar lo que quiero que perciban, a la larga, cada quien entenderá y la analizará a su manera. Ambas historias, la orginal y ésta continuación, era mucho más que una alumna y un profesor que se enamoran y duele que algunas solo se hayan enfocado en un mismo aspecto de la vida y carácter de Candy, pero en fin, cada cabeza es un mundo, hay que respetar la percepción de cada quien y lo importante es que cada una la haya disfrutado a su manera, ese es el verdadero propósito de la lectura, disfrutarla y enriquecernos con ella.

Gracias a todas por sus comentarios. Como ya saben, ésta es mi última propuesta hasta nuevo aviso, por lo que me despediré luego del epílogo. Tengo más propuestas en mente, siempre las tengo, solo que estarán aguantadas por un tiempo. Mis próximas historias serán algo totalmente diferente a lo que he hecho ya, algo muy inusual en mí, pero que me inquieta y he decidido hacer.

Nos vemos en el epílogo,

Besos,

Wendy