Hola a todos: Vengo a traer después de meses de espera el "gran" final de esta historia.
Vengo a hacer un poco de auto terapia porque no he tenido meses fáciles amigos, entre un cuadrito depresivo que tuve y una mala racha de defunciones, esto se fue jodiendo. No tenía ganas de escribir o de actualizar, ni en redes estuve muy activa.
Por lo general avisaba en mi página de facebook de las actualizaciones o si me demoraba pero, hasta eso dejé de hacer, hasta hace poco que me animé a participar los días que pude en el Inktober, y medio retomé mi vida. La gente que ha estado depre, sabe que no todo se arregla diciendo "ánimo", el cerebro no produce ciertas sustancias y hay mini crisis. No soy bipolar, o tengo otra cosa que gente juiciosa se atrevió a decir en comentarios de otros escritores sobre mi situación, simplemente no estaba bien, incluso no puedo decir que lo estoy. Y el no aceptar disculpas de gente que no me parece honesta porque se burló de mis palabras, no es un delito. Sí Manu, esto va directo a ti, deja de molestar con el mismo tema a Light of Moon 12, tus comentarios demuestran que no cambiaste nada.
El que no actualizara, no significa que haya dejado todos sus comentarios de lado, a excepción de a la gente que se le avisó que se iba a prohibir los comentarios anónimos y les valió (una persona en especial que se fue a burlarse a otros fics de otros fandom), hice la programación en mi cuenta para moderación de reviews.
No escribo para ser popular, escribo porque me gusta y es una especie de catarsis, así que no me queda nada más que darles las gracias a cada uno de mis lectores fieles, respetuosos, los que llegaron y se quedaron al final de la historia.
Y los que se queden, serán recibidos con los brazos abiertos, gracias totales.
Gracias Light of Moon 12 por ser mi beta por diez capítulos.
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Gracias a mi gente bonita del foro Behind The Horror, a las hermanas, a Pily, a Gaby991 y a mi querida beta Light of Moon.
Resident Evil no me pertenece, por desgracia, solo el argumento.
Infiel
Por GeishaPax
X: Final
Claire se odió a sí misma en el momento en que se dio cuenta de que se habían ido. La semana había transcurrido con una tensión insoportable. Leon se comportó de un modo frío y distante, sin preocuparse de ocultar su enfado con su esposa, así que, todos suspiraron aliviados cuando se marchó a Oklahoma por un par de días.
Pero no se trataba sólo de eso. Era Semana Santa y eso significaba que no había guardería, así que sus hijos pasaban todo el día en casa. Su excitación ante el inminente cambio de casa no ayudaba a que Claire estuviera tranquila.
Estaba cansada de guardar cosas en cajas cuando oyó el teléfono. Profirió un juramento y se dirigió a contestarlo, pero dejó de sonar.
Volvió a su tarea sin dejar de maldecir.
Todavía estaba jurando entre dientes, cuando los mellizos entraron en la
habitación.
—Era Leon. —dijo Sherry con el semblante muy serio. —Ha dicho que te diga que está volviendo de Oklahoma, que primero irá a la oficina, así que llegará tarde.
"Al cuerno con él", pensó Claire. Que se quedara en su oficina mientras ella se encargaba de la mudanza.
—Alex le dijo que viniera a jugar con ellos. —intervino nuevamente Sherry
—Y supongo que él colgó enseguida, muerto de miedo. —dijo Claire con sarcasmo. Los niños ya habían cumplido los tres años y empezaban a hablar como pericos, y eran niños muy inteligentes, haciendo cosas de manera independiente y sin ayuda.
Comían solos, ya usaban cubiertos. Dignos descendientes de ambos, pero también se daban cuenta de que algo estaba mal.
Sherry ni fue ajena a la crudeza de aquella expresión. Michael entró justo en el momento del sarcasmo de su madre y dijo en voz chillona.
—¡No, no dijo eso! —exclamó— ¡Dijo que prefería jugar con nosotros a trabajar!
—¡Y tú no eres una buena mamá! — gritó Alex desde la sala.
Claire vio que a Michael se le llenaban los ojos de lágrimas antes de salir corriendo de la habitación y bajar las escaleras como un rayo.
Suspirando, apoyó una mano sobre su vientre hinchado y la otra en la frente. Reconociendo que, probablemente, merecía las palabras de Alex, se dirigió al piso de abajo. Los mellizos la ignoraron, fingiendo estar concentrados en la televisión.
Los dejó solos mientras iba a su habitación para terminar de quitar unos cuadros. Sherry le gritó que se iba.
Una hora más tarde estaba a punto de volverse loca. Los buscó por todas partes, pero los mellizos habían desaparecido de la faz de la Tierra. Fue en coche hasta el parque, pensando que podrían estar en los columpios. Llamó a Sherry pero se percató que había olvidado el teléfono en la sala.
Inspeccionó la casa de arriba abajo por dos veces, buscó en el jardín, y llegó a llamar a la nueva casa pensando que podrían haber ido hasta allí de alguna manera. Pero no había sido así. Se disponía a llamar a la policía cuando sonó el teléfono.
Contestó al instante. Estaba temblando de tal manera que le costaba apoyar el auricular en la oreja.
—¿Señora Kennedy?
—Sí. —respondió con un susurro.
—Señora Kennedy, soy la secretaria de su marido…
Le dio un vuelco el corazón.
—¿Está Leon ahí? —preguntó.
—No, todavía no ha llegado. —respondió la mujer. —Pero sus hijos acaban de aparecer preguntando por él y he pensado que...
—¿Están ahí?
—Sí. —dijo la secretaria amablemente, dándose cuenta de la preocupación de la señora Kennedy. —Sí, están aquí.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Claire, tapándose la boca con la mano, conteniendo un torrente de lágrimas. —¿Están bien?
—Sí, están bien.
Claire se sentó en la escalera, invadida por una sensación de alivio. Pero se puso en pie casi al instante.
—¿Puede decirles que se queden ahí, por favor? —dijo casi en un susurro. —Voy enseguida, voy enseguida…
Colgó el teléfono, profirió una pequeña risa nerviosa y se apresuró al auto.
Claire llegó al edificio de la D.S.O. justo cuando finalizaba la hora de descanso para comer. El moderno vestíbulo estaba repleto de gente que volvía a sus respectivas oficinas.
Tenía las mejillas sonrosadas por el sofoco de la prisa y, en su expresión, se veía que había sufrido un gran disgusto. Iba vestida con un pantalón blanco ajustado, que se ponía para estar en casa, y con una camisa vieja de Leon. Se detuvo en la entrada y miró con asombro a su alrededor.
No podía ver a los niños. Sintió una punzada en el corazón y avanzó hacia el mostrador de recepción que había al otro lado del amplio vestíbulo, donde una chica coqueteaba con un joven que estaba apoyado en su mesa.
—Perdóneme. —dijo Claire sin aliento. —Soy Claire Kennedy. Mis hijos. Yo...
—¡Señora Kennedy! —exclamó la chica, poniéndose en pie y observando a Claire como si no pudiera creer lo que veía. La pelirroja no la culpaba, sabía que su aspecto era horrible. Pero no le importaba, lo único que quería era ver a Alex y a Michael, necesitaba verlos.
—Mis hijos, ¿en dónde están? — preguntó sin darse cuenta de que la exclamación de la recepcionista se había oído en todo el vestíbulo y todo el mundo la estaba mirando.
—Oh, el agente Kennedy ha llegado hace diez minutos. —le dijo la chica. —Los ha llevado a su despacho y ha dicho que usted...
—La acompañaré a su despacho, si quiere. —dijo el agente.
Claire lo miró distraídamente y asintió. —Gracias. —susurró y lo siguió a los ascensores, demasiado turbada para darse cuenta de las miradas curiosas.
El ascensor los llevó muchos pisos más arriba y los dejó en una planta cuyo suelo estaba cubierto por una gruesa moqueta gris que amortiguaba el sonido de sus pasos.
Se acercaron a un par de puertas de color gris mate. Claire aminoró el paso, sintiéndose extraña, débil. El joven golpeó la puerta con los nudillos, esperó unos instantes y abrió. Luego se apartó para dejar paso a la mujer.
Claire se detuvo en el umbral y miró a Leon con cautela. Estaba apoyado en una gran mesa de despacho, con los brazos cruzados. Los niños estaban sentados, muy juntos, en un gran sofá de cuero. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¡Oh, Alex, Mike! —y se desmayó al instante.
Cuando volvió en sí, estaba echada en el sofá y tenía algo frío y húmedo sobre la frente. Cinco rostros con reconocible parecido entre ellos la miraban con preocupación. Sonrió débilmente y recibió cinco sonrisas en respuesta.
Leon estaba de rodillas a su lado y agarraba a Alex con un brazo. Con una mano, agarraba la de Michael. Sherry y Jake estaban a su lado, cada uno apoyado en uno de los hombros del rubio
—¿Cómo estás? —le preguntó su esposo.
—Mareada. —dijo Claire —Lo siento. —expresó con un susurro y recibió dos sollozos como respuesta.
Aquel sollozo expresaba el arrepentimiento de Alexandra y Michael, sus disculpas, su amor y su miedo al verla desmayarse. Luego, le contaron su aventura atropelladamente: habían subido al coche de Sherry cuando ella terminó de recoger las cosas de la cocina, como la televisión estaba muy alta, no notó la ausencia de los niños dentro de la casa, se cubrieron con dos anorak que había dejado en el suelo de los asientos traseros, cuando Sherry bajó, ellos la siguieron en silencio, y habían llegado a la oficina de su padre antes de que él llegara, con la consiguiente preocupación para todos los empleados.
—Y metiendo el miedo en el cuerpo a su madre. —Regañó Leon, y se quedaron callados.
Dirigió una seria mirada a Claire, que agachó los ojos.
—Lo planearon todo muy concienzudamente. —Añadió Jake —Dijeron en recepción que estabas enferma y que querías que los llevaran a la oficina de Leon. Incluso le entregaron a la recepcionista una de las tarjetas de visitas de Sherry para que todo fuera más creíble.
—Por obviedad la secretaria de Leon me habló de inmediato, no era nada normal ver a dos niños de tres años moviéndose solos en una oficina de gobierno. —señaló Sherry. —Debí ser más cuidadosa, cuando quise marcar, me percaté que dejé el teléfono en su casa.
Claire miró a la primera mente criminal de toda esa operación, Alex era la primera en dar la idea y Michael planeaba la estrategia para realizarla, siempre habían hecho eso en sus juegos. La pobre niña agachó la cabeza.
—Yo pensé en usar la tarjeta de Sherry. —Intervino Michael, compartiendo valientemente las culpas con su hermana.
Aunque todos sabían que el cerebro de aquella operación había sido la revoltosa Alex. No cabía duda que ese par venía con los genes de la familia.
—Lo siento. —susurró la pequeña, y Claire vio con una punzada en el corazón cómo se limpiaba las lágrimas con su pequeña manita.
El hecho de que no se acercara a su padre para buscar su reconfortante abrazo, le decía a la activista que, antes de su llegada, Leon los había reprendido severamente por su aventura.
La mujer embarazada observó a Leon. Estaba pálido y tenía los labios fruncidos, signo de una rabia contenida.
Se dio cuenta de que Claire lo estaba observando y frunció el ceño.
—Mi secretaria está haciendo café. —anunció —En cuanto venga, le diré que baje con los niños a la cafetería para que coman algo. Tenemos que hablar.
Aquello sonaba como una amenaza. Claire agachó la vista y se incorporó. En ese momento, llegó una joven de rostro muy agradable con una bandeja llena.
Jake y Sherry se despidieron para seguir trabajando.
Leon se levantó y se acercó a ella. Mientras dejaba la bandeja en la mesa, le dijo algo en voz baja y llamó a los mellizos. Los niños le obedecieron con tal presteza que se vieron confirmadas las sospechas de Claire de que les había estado regañando.
El agente sirvió el café.
No dijo nada hasta que le ofreció una taza a su esposa, sentándose a su lado para comprobar que la apuraba hasta el último sorbo.
—Bueno, ¿qué ha pasado? —le preguntó entonces. La pelirroja reconoció sus culpas.
—He sido muy impaciente con ellos. —Admitió. —Más de lo normal. Supongo que se han ofendido, así que se han ido a buscar consuelo a otra parte. —Explicó y dejó la taza en el suelo. Estaba a punto de llorar otra vez. —Los he buscado por todas partes... Pero no se me ocurrió que fueran a venir aquí.
—Está bien. —dijo Leon, agarrándole las manos. —No te atormentes más. Están bien, ya lo has visto.
Ella asintió, tratando de tranquilizarse.
—Lo siento. —Se disculpó al cabo de un rato.
—¿Por qué?
—Por no ser una buena madre para tus hijos. Por... venir aquí.
—Algunas veces, Claire. —Mencionó el rubio al fin perdiendo la paciencia. —Me pregunto qué pasa por esa cabeza tuya.
—¿Les has pegado?
Leon frunció el ceño.
—No, me contuve. —Contestó secamente. —¡Pero los he regañado muy seriamente! Lo que han hecho ha sido estúpido y peligroso, y además, no había razón para hacerlo —Habló sacudiendo la cabeza. —Mike ha encajado bien la bronca, pero Alex estaba consternada. Creo que nunca le había gritado así.
—Te perdonará. —Le aseguró.
—No, si es como su madre, no lo hará. —La pelirroja no pudo más que agachar la cabeza.
—No se trata de... perdonar. —Murmuró. —Lo que me pasa es que no puedo olvidar. Has ensombrecido mi mundo, Leon.
—Lo sé. —Respondió observando con tristeza sus manos entrelazadas. —Y el mío también. No es que importe, pero yo me lo merezco, tú no.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Leon suspiró profundamente y soltó la mano de Claire para pasársela por la cabeza.
—Porque ella estaba allí. —Respondió de manera brutal, y frunció el ceño al ver que su esposa se sobresaltaba.
—Debes haberle hecho mucho daño.
—No es como tú. Las mujeres como Helena tienen la piel curtida, no se les hace daño tan fácilmente.
—Y con eso te justificas, ¿no?
—No. —Respondió y se apoyó los codos en las rodillas y se quedó mirando al suelo sobriamente. —Pero no puedo sentirme culpable por sus sentimientos cuando no ha tenido en cuenta los míos.
Ella frunció el ceño, sin entender a qué se refería. El agente la vio y suspiró.
—Si trato de explicártelo todo, ¿me escucharás?
¿Lo escucharía? ¿Quería saberlo todo? ¿Podría aceptar la verdad? Apartó los ojos de él. Le temblaban los labios y estaba llena de incertidumbre.
Leon le agarró la mano y la estrechó.
—Por favor. —Le pidió de nuevo. —Eras y sigues siendo la única mujer a la que he amado. Si no puedes oír nada más, por favor, oye eso, porque es la verdad.
—Entonces, ¿por qué te acostaste con Helena?
Él se irguió y frunció los labios. Retiró la mano y la dejó caer entre sus rodillas.
—Por un corto periodo de tiempo, perdí el control. No sólo con lo que estaba ocurriendo entre tú y yo, sino también aquí, en este lugar. Helena fue una válvula de escape. Así de simple. —Admitió mirando a Claire con pesadumbre. —Estaba bajo mucha presión y, sinceramente, la utilicé para librarme de alguna manera de esa presión.
¿Y eso qué significaba para ella?, se preguntaba la activista, sintiendo que la ira se agitaba en su interior.
—Y ahora, yo tengo que perdonar y olvidar. Y sentarme a esperar la próxima vez que estés bajo presión y sientas la necesidad de encontrar otra válvula de escape.
—No. —Respondió con tranquilidad. —porque no volverá a ocurrir.
Ella lo miró con escepticismo.
—No volverá a ocurrir. —Repitió. —Porque la primera vez no funcionó.
Observó el rostro de Claire para ver si entendía lo que quería decir. Sonrió al comprobar que no era así.
—Tú y tu eterna inocencia. —Murmuró secamente.
—Dejé de ser inocente, desde los diecinueve, ¡este jodido mundo en el que nos metimos me arrebató mi inocencia!
—Tú me diste lo que quedaba. Me la diste libremente. Y, lo creas o no, —continuó, — la acepté cuando no tenía intención de hacerlo. No... no pienses mal. Te deseaba. ¡Dios mío, siempre te he deseado! Tenía veintiun años y cierta experiencia. Sabía que debía apartarme de ti y marcharme antes de que las cosas llegaran a ser demasiado serias. Pero no pude después de tantos años de escapar de todo lo que me rodeaba, de ti, de lo que sea que hubo con Ada, de una relación bastante oscura, así que decidí que lleváramos una relación inocente, pero tampoco pude conseguirlo. —Confesó apretando la mandíbula. — Al final, estaba tan obsesionado contigo que mi trabajo se resintió. Y el tuyo también. Eras sobresaliente en todo hasta que aparecí yo. Pero, en lugar de sumergirte en la organización, que era lo que debías hacer, empezaste a salir conmigo. Y tu hermano habló conmigo…
Claire se quedó muy sorprendida ante aquella noticia. Siempre había pensado que su hermano se había limitado a saludar a Leon con una sonrisa cuando iba a recogerla a la oficina las veces que coincidían.
—No quería que saliéramos. Y tenía razón, yo ponía en peligro tu trabajo y tu vida. Y por ti, yo pospuse los grandes planes que tenía para mi futuro.
—¿Esto? — preguntó ofendida, refiriéndose a la oficina en el que estaban.
—Algo como esto. —Asintió.
—Así que al final alcanzaste tu sueño, a pesar de mí. —Concluyó Claire amargamente.
—Pero a expensas del tuyo.
—¿Los míos? ¿Cómo sabes cuáles eran mis sueños si nunca te molestaste en preguntar?
—Estudiar Arte primero, cuando te conocí en Raccoon City y luego, viajar y hacer conciencia en la gente de las atrocidades que causaba el bioterrorismo. Cuando empezamos a salir no pensabas en otra cosa.
—¿Ah no?, eso demuestra lo poco que me conoces.
Un brillo cruzó la mirada de Leon. —Entonces, ¿qué querías? — Preguntó con cierta incomodidad, como si no quisiera escuchar la respuesta.
Su mujer le dirigió una mirada desafiante.
—Digamos que he obtenido lo que merecía. —Contestó, y se dio cuenta de que a su marido le dolieron aquellas palabras.
—Estuve a punto de desaparecer de tu vida hace tres años, cuando me dijiste que estabas embarazada. —Admitió el rubio, y la ojiazul cerró los ojos, aceptando que le correspondía a él hacerle daño. — Pasé aquella noche aquí, en Washington, pero lo que no sabes es que tuve varias entrevistas en las que me ofrecieron irme a trabajar al extranjero.
Ella lo había sospechado. Desde que supo su aventura con Helena, sospechó que se había visto atrapado por su embarazo. Leon no se habría casado con ella, pero no tuvo elección.
—No… — le respondió agarrándole las manos otra vez. — Estás confundiendo mis razones. ¡No quería dejarte! Pero estaba preparado para salir de tu vida por tu propio bien. Aquellas ofertas de trabajo eran una encrucijada. Acepté una de ellas, porque creía que era lo mejor para los dos. Pero no era una decisión fácil y me sentía muy mal, ensayando un montón de adioses.
Se detuvo, recordando.
—Y allí estabas tú. —Susurró. —De pie delante de mí, mirándome con esa… con esa. — Expresó, cubriendo con una mano los ojos de su esposa por un instante. —Y allí estaba yo, muriéndome por dentro porque tendría que abandonarte. Y lo que ocurrió a continuación... —Mencionó tragando saliva. —Fue que hicimos el amor cuando no debimos hacerlo, porque, ¿cómo le dices a la mujer que amas que vas a dejarla? —Estaba tan perdido en sus propios recuerdos que no se daba cuenta de que la pelirroja estaba pálida y quieta. —Entonces, cuando trataba de decirte que me iba, apoyaste la cabeza en mis rodillas y dijiste: "Estoy embarazada, Leon, ¿qué vamos a hacer?"
Rió ligeramente, sacudiendo la cabeza.
—Fue como la anulación de una condena a muerte cuando el verdugo está a punto de ponerte la soga al cuello. Me sentí libre, vivo. Tan vivo que lo único que pude hacer fue quedarme allí sentado y dejarme invadir por la alegría. No tenía que dejarte marchar porque me necesitabas. ¡Me necesitabas! Podía dejar de pensar en tus viajes, en tus misiones que de todos modos te han puesto en riesgo, en síntesis perdida nuevamente como en la isla. Y podía hacer lo que más deseaba, que era casarme contigo y cuidarte y guardarte, para que nadie supiera el maravilloso tesoro que tenía.
Respiró profundamente y luego, dejó escapar el aire muy despacio.
—Entonces, nos casamos. —Continuó con menos emoción. —Y nos fuimos a vivir en aquel piso tan pequeño de Nueva York. No teníamos dinero ni propiedades, pero creo que no he sido más feliz en mi vida. Entonces, llegaron los mellizos y empecé a hacer algo que siempre había rondado en mi escritorio desde que decidí alejarme del campo de batalla: una oportunidad como asesor, algo que me tuviera más cerca de ti y de los niños. Acepté y me sentí como si hubiera cometido un pecado mortal.
A Claire le habría gustado que, al menos, consultara con ella lo que debía hacer. Pero, pensó, tal vez, no habría llegado a ser el que era si hubiera tenido que consultar a otros cada vez que tomaba una decisión arriesgada.
—Pasé un año sintiéndome culpable cuando se hizo tan difícil vivir en aquel piso con los dos niños. Pero entonces, las misiones estaban saliendo mejor, la resolución de varias fue sumamente exitosa, empezamos a desmantelar a grupos peligrosos y con ello el pago fue mayor. Y después de aquello, nunca tuve que mirar atrás. Nos mudamos a Washington, compramos la casa y esto ha llegado a convertirse en lo que es hoy. Aunque todo eso, no sin sacrificios. Cuanto más crecen las victorias, más tiempo tengo que pasar trabajando. Y la naturaleza de mi negocio supone que tengo que moverme por ciertos círculos sociales para enterarme de lo que pasa en el mundo de los criminales. Pero, cuanto más conozco ese mundo, más decidido estoy a que no te toque ninguna de sus bajezas. Tú has sido el jardín de rosas en medio de la jungla urbana en la que me desenvuelvo. Tú has sido la única constante de mi vida. Siempre que vuelvo a casa, veo a la chica de diecinueve años de quien me enamoré y sé que sería capaz de luchar contra el mismo diablo para conservarte así.
De nuevo, respiró profundamente. Miró a la ex activista con alguna timidez, porque le estaba revelando demasiado del hombre que normalmente guardaba escondido en su interior, el hombre que ella siempre había querido conocer, pero que nunca parecía estar lo bastante cerca de ella.
—Creo que allí arriba, alguien debía pensar que era demasiado feliz, porque tuviste un embarazo y un parto muy difícil con los mellizos, y uno de mis últimos agentes se vio metido en un escándalo de fraude, que llevó meses resolver. Pasé más tiempo fuera que en casa, que era donde debía estar, ayudándote. Porque muchas veces eres demasiado terca, Claire. Teníamos más dinero del que podíamos gastar y te negaste a contratar una asistente.
—Puede que tú no puedas dirigir este lugar tú sólo, pero yo sí puedo ocuparme de una casa y dos niños.
—Pero todos tenemos un límite de resistencia. —Señaló. —Tú casi alcanzaste el tuyo cuando nacieron los niños y nos dieron cuatro meses de tormento, un año y medio de enfermedades seguidas unas de otras
—Y me enteré de tu aventura con Helena. —Añadió con frialdad.
Pero Leon negó con la cabeza.
—No. Ése fue el resultado de sobrepasar mi límite de resistencia. Casi lo pierdo todo, a ti en el parto, a los niños durante su primer año de vida, mi trabajo, alguien decidió que quería quitarme de la circulación y me atacó con todas sus armas. Incluida la acusación de fraude de mi agente.
Ella siempre pensó que el problema con su agente encubierto había sido otro, no que quisieran echarlo también de la agencia por aquella acusación.
Leon asintió, sin saber que Claire estaba asombrada con la nueva visión de los hechos.
—Fue amarga y muy dura, tuve que asumir riesgos que me hacen temblar cuando pienso en ellos, ahora que terminó todo hace tiempo. En otros periodos difíciles, siempre te tuve a ti para encontrar alivio, pero estabas ocupada con el sarampión de los mellizos. Sé que suena muy egoísta, pero los envidiaba porque ellos obtenían tus cuidados y yo no. ¡Te necesitaba, pero no podías ayudarme! Y, que Dios me perdone, Helena sí podía. —Habló y suspiró con angustia. —Con la brillante ayuda de Helena, gané la batalla legal. Pero sabe Dios por qué razón, me sentí tan aliviado que perdí el control y caí en sus brazos.
—¿Cuánto tiempo?
Leon la miró con asombro.
—¿Cuánto tiempo qué?
—¿Cuánto tiempo fueron amantes?
Leon sacudió la cabeza con una extraña expresión.
—Nunca lo fue, al menos, no en el sentido en que tú lo dices. He intentado decírtelo alguna vez, pero te negabas a escucharme... Dios sabe que no te culpo. Al fin y al cabo, te he sido infiel en todo menos en hacer el amor. Salía con ella en lugar de volver a casa. La invitaba a cenar, a bailar...
—Hunnigan me dijo que te había visto saliendo de su apartamento. —Argumentó con voz grave.
Él asintió.
—Después de la batalla para liberar a mi agente me volví un poco loco. —Musitó sin poder ocultar cierto desprecio por sí mismo. —Me quedé sentado aquí bebiendo hasta que no pude volver a casa conduciendo. Helena me recogió y me llevó a su apartamento hasta que estuve sobrio, no me entiendas mal. Ella sabía lo que estaba haciendo y yo sabía lo que se proponía, pero... no pude. No eras tú y, borracho o no, la idea de acariciarla me ponía enfermo. Debió darse cuenta, porque salió de la habitación. Yo me quedé dormido y no me desperté hasta la mañana siguiente. No tengo ni idea de dónde durmió ella aquella noche, pero entró en la habitación mientras yo trataba de recordar lo que había ocurrido, horrorizado por mi comportamiento incluso antes de que me dijera que no me había portado mal para haber bebido tanto.
Se detuvo para tragar saliva y Claire se puso muy pálida.
—Dejó que me atormentara durante meses antes de decirme la verdad. Fue su forma de vengarse de mí por quitarmela de encima y pasar mis casos con ella a otros agentes, como Hunnigan, que le ha hecho la vida de cuadritos. La noche que habló contigo no fue más que un intento de vengarse de mí. Cuando la llamé, le dije que iba a retirar mi apoyo en su trabajo. Estoy hablando de mucho dinero y personal, Claire, de una sociedad muy lucrativa con agentes de diversas agencias, entre ellos, la B.S.A.A., era algo a lo que temía, sobre todo, porque se puede ir de la lengua. Los insultos que cruzamos son tan viles que no quiero repetirlos, pero me dijo que no la había tocado nunca, lo que me hizo sentirme mucho mejor. Me dijo las peores cosas que se le pueden decir a un hombre, pero a mí me sonaron a música celestial, porque me di cuenta de que estaba diciendo la verdad cuando decía que no la había tocado, y esa es la verdad desnuda... —Terminó mirando a Claire a los ojos. —Espero que la creas, pero no te culparé si no quieres hacerlo.
Ella agachó la cabeza, mirándose las manos que tenía apoyadas sobre el regazo. Quería creerlo, necesitaba creerlo, pero...
—Puedes quedarte con todo mi dinero y todo mi poder. —Habló Leon con voz grave. —A cambio de tu perdón.
—Ya tienes mi perdón. —Le respondió con irritación, pero las dudas no la abandonaban.
—Entonces ¿qué más quieres que diga? —Preguntó el rubio con frustración. —¡No puedo obligarte a que lo olvides! ¡Sólo tú puedes hacerlo!
Claire perdió la paciencia y se levantó. Le ponía furiosa que su esposo descargara en ella los problemas de su matrimonio. Había revelado mucho de sí mismo, pero aquel hecho no la ayudaba.
Tal vez aquel fuera su problema. Ella, como Claire, siempre había ocultado una parte de sí misma. Sus sueños, tal como él los había llamado. Pero, ¿cómo iba él a saber que su sueño era seguir en la lucha contra el bioterrorismo, ser su esposa y la madre de sus hijos, si ella no se lo había dicho nunca? ¿Podría decírselo en aquellos momentos? Con toda la tristeza y el dolor que había llevado a sus espaldas en los últimos meses, ¿podría ser tan sincera con él como él lo había sido con ella? ¿Podría serlo con el fin de salvar su matrimonio?
El silencio era espeso. Entonces, al verlos colgados sobre la pared, detrás de donde Leon se encontraba, le dio un vuelco el corazón.
Alex, Mike, Sherry y ella. Sus propios dibujos enmarcados y colgados en el
despacho de Leon.
—Los robé. —Admitió poniéndose en pie mientras ella se acercaba a ellos. —Quería verlos cada vez que lo necesitaba... ¿Te molesta?
La mujer se sorprendió de no haberlos echado de menos. Entonces, recordó el desorden que reinaba en su casa con los preparativos de la mudanza y sonrió.
—Has quitado las rayas. —Advirtió observando su retrato y sintiéndose un poco expuesta por lo mucho que revelaba de sí misma. —Yo no soy así. —Finalizó a pesar de lo que sus ojos le decían.
—Sí lo eres. —Aseguró su esposo con un orgullo que no le pasó desapercibido.
—Es una galería familiar, pero faltas tú.
—Sí. —La sonrisa desapareció de su semblante. —¿Por qué? ¿Por qué no había un retrato mío en ninguno de tus cuadernos?
¿Los había hojeado todos? Vaciló un momento y luego, le dijo la verdad, era la hora de la verdad.
—Todos me quieren. —Le dijo mirando los retratos de sus tres hijos. —Yo creía que tú ya no me querías. Traté de dibujarte, —añadió— pero no lograba recordar tus rasgos, así que lo dejé.
—¿Los ha visto Bellucci?
—¿Qué? —La hosquedad de su voz la sorprendió y tuvo que pensar por un momento antes de recordar quién era Bellucci. —No. Nadie los había visto.
—¿Fue muy serio lo que ocurrió entre ustedes?
—En absoluto.
—Lo besaste. Los vi.
—¿Un beso apresurado en un coche? —Cuestionó Claire burlándose de los celos del ex policía. —No fue nada, nada en absoluto.
Pero Leon no se convenció y la agarró por los hombros. Ella suspiró. Él lo había hecho de nuevo, había descargado las culpas sobre ella de modo que tenía que defenderse de algo que ni siquiera había hecho. Sonrió al pensar en lo absurdo que era todo.
—Vuelves a parecerte a ese diablo. Ya sabes, el que se ducha con fuego...
—Voy a besarte. —Gruñó el agente.
—¿Qué? ¿Aquí en tu oficina? Te equivocas de escenario, cariño, yo pertenezco a tu otro mundo, ¿recuerdas?
Leon la besó apasionadamente, hasta que la ex activista se rindió entre sus brazos. La besó hasta que ella le echó los brazos al cuello y le acarició la nuca, hasta que sus lenguas se entrelazaron. Los pezones de Claire se erizaron, al tiempo que sentía la urgencia del deseo de volcán contra el vientre.
—Te quiero. —Le susurró su esposo.
—Lo sé. —Aceptó besándole suavemente en el cuello. —Creo que puedo creerte otra vez.
Leon suspiró con alivió y volvió a besarla, esta vez dulcemente. Uno de los teléfonos empezó a sonar. El rubio lo miró con un brillo de ira en la mirada. Luego agarró a su esposa y la llevó hasta su mesa.
—No te muevas. —dijo separándose un poco de ella para alcanzar el teléfono.
Fue increíble cómo pasó de ser un amante apasionado a ser un frío asesor del gobierno, pensó mientras lo miraba aunque sin oír nada de lo que decía. Parecía más delgado, con los rasgos más duros, como si se hubieran alterado para corresponderse con el hombre que era en aquellos momentos. Su mirada era fría, a pesar de que dejaba de mirarla, y tenía los labios apretados, perdiendo toda la sensualidad que tenían al besarla.
Ella sonrió y el rubio frunció el ceño al verla, sin distraer la atención de la conversación que estaba manteniendo. Un diablillo en el interior de Claire hizo que le dieran ganas de hacer cosquillas sobre la armadura de aquel agente entrenado del gobierno y le acarició un muslo.
Leon casi se atragantó. Agarró la mano de Claire para detenerla, un brillo cruzó por sus ojos y le tembló la voz. Ella se rió.
—Te llamaré más tarde. —Gruñó y colgó. —¡Era un cliente muy importante! ¡Lo has hecho a propósito! —La acusó atrayéndola hacia sí.
—Te quiero. —Susurró suavemente.
Él se puso pálido y tragó saliva.
—Dilo otra vez.
Ella lo besó en la boca con ternura.
—Te quiero. —Repitió, dándose cuenta de lo fácil que le resultaba decirlo después de haberlo dicho una vez.
El ex policía respiró profundamente, casi como si estuviera oliendo el aroma de aquellas palabras.
—Echaba de menos que me lo dijeras. —Confesó, y volvió a respirar profundamente. —He echado de menos la luz de tu cara cuando me lo dices. —Murmuró con los ojos cerrados acariciándole la mejilla.
—Te quise cuando era una niña de diecinueve años. —Mencionó con dulzura. —Y desde entonces, nunca he dejado de amarte. Sólo que, a veces, me olvidaba y hacía oídos sordos, ya sabes, buscando un lugar más placentero para vernos.
—Y ocultaste tus sentimientos, convirtiendo las noches en un infierno. Todas esas noches silenciosas y oscuras. Eran como un castigo.
—Vámonos a casa. —Pidió la pelirroja que deseaba abrazarlo desnudo en la luz de su dormitorio. —¿No nos podemos ir?
—¡Claro que podemos! —Exclamó Leon levantándose de la mesa. —Soy mi maldito jefe, esto es mío.
—Mmm, ya me había olvidado que también eres multimillonario. —Comentó mirándolo reflexivamente. —Eso significa que, si nos divorciamos, la mitad de tus propiedades son mías. Me pregunto si merecerá la pena…
Leon la agarró por los hombros y la condujo hacia la puerta.
—Vámonos a casa. A la nueva. Le dejaremos los niños al ama de llaves e inauguraremos una de las habitaciones, así podré enseñarte la más valiosa de mis propiedades.
—Parece interesante. —Musitó la motociclista.
—Será algo más que eso.
—Estoy en una condición muy delicada, ya lo sabes.
—Lo que no ha supuesto ningún problema hasta ahora. De hecho, te recuerdo que sueles ser más sensible cuando estás así.
En aquel momento, se abrió la puerta del despacho y los niños entraron corriendo.
Leon agarró a Michael, que estaba muerto de sueño. El niño apoyó la cabeza en el hombro de su padre, y la pelirroja no pudo evitar una sonrisa al ver la escena.
Bajaron en ascensor y se dirigieron al aparcamiento.
Leon llevaba a Michael en un brazo y con el otro rodeaba los hombros de su esposa. Alex iba agarrada con fuerza de la mano de su madre.
—Nunca volveré a hacerlo, mamá. —Le había dicho hacía unos instantes. Y ella sabía que cumpliría su promesa.
Era un día soleado y la mitad de los empleados de la D.S.O estaban asomados a las ventanas para ver a la familia del mejor agente que tuvo la agencia.
—No puedo creerlo. —Habló un hombre. —Sabía que estaba casado, ¡pero dos hijos!
—Llevo años trabajando para él. —Puntualizó otro. —Y no sabía que estaba casado.
—Siempre ha sido demasiado duro, no sé cómo una criatura como ésa puede haberse casado con un hombre así.
—Ahora no parece tan duro —Señaló el primero. —Al revés, tiene un aspecto muy amable. Puede que en su casa sea diferente.
—Puede que ella no sea tan dulce como parece. —Cuchicheó el segundo. —Después de todo, si tienen dos hijos, significa que…
—¿Y mi coche? —preguntó Claire.
—Haré que lo lleven esta tarde.
—No mientras tenga las llaves aquí mismo. —Afirmó ella con un aplomo muy femenino.
Leon murmuró algo entre dientes, cambió al pequeño Michael por las llaves del coche de Claire, y después de abrir el coche les dijo a los mellizos que se metieran en el asiento de atrás. Abrió la puerta del acompañante y ayudó a su esposa a entrar.
Los empleados que miraban desde las ventanas, lo vieron volver al edificio y aparecer al cabo de unos segundos con Sawyer, del departamento de ventas, el joven que había acompañado a Claire hasta su despacho.
Leon le dio las llaves y señaló la camioneta.
El rubio montó en el Mustang y, un momento después, salió para abrir la puerta de atrás. Los niños salieron a toda velocidad y él fue a abrir la puerta del acompañante.
Todos juntos se dirigieron hacia el E,Escort. El agente cruzó unas palabras con Sawyer y se intercambiaron las llaves. La razón del cambio de coche quedó clara cuando sentaron a los niños en sus sillitas.
—¡Santo Dios! —Dijo alguien —¡Lo tienen en el bote! Me pregunto cómo lo hacen. Saberlo puede valer una fortuna.
—Ojos azules, cabello rojo y un cuerpo delicioso, aunque esté embarazada, ésa es la fórmula.
—Yo creía que tenía una aventura con Harper. —Murmuró otro.
—¡Helena Harper!
—Perdón. Es verdad, es una idea muy estúpida.
—Qué niños tan guapos. —Mencionó alguien.
—Qué mujer tan guapa. —Exclamó otro.
—Qué coche tan bonito. —Comentó riendo el siguiente.
—¿Su casa es bonita?
—Su magnum es bonita. —Mencionó algún bromista.
—Bonito panorama. Venga, todos a trabajar. —Gritó un jefe.
—Recuérdame que compre un coche de cuatro plazas.
—¿Qué? ¿Y echar a perder tu imagen de despiadado agente de la Casa Blanca?
—¿Qué imagen de despiadado agente? ¿Te has molestado en mirar a las ventanas del edificio?
—No, ¿por qué? —Preguntó volviéndose a mirar en aquellos instantes y observando a los curiosos. —¿Te van a gastar bromas sobre nosotros?
—En mi cara, no, si tienen un mínimo instinto de supervivencia. Aunque sabe Dios lo que dirán a mis espaldas.
—No importa. —Habló apoyando una mano sobre la pierna de su esposo. —Despiadado o no, todos te queremos.
—Deja la mano donde está y dirán que soy un maníaco sexual.
—¿Qué es un maníaco sexual? —Preguntó Alex.
Claire profirió una risita y apartó la mano. Leon miró al cielo y suspiro.
—Cuando seas mayor. Te lo explicaré cuando seas mayor y tengas novio.
—¿Me lo vas a explicar a mi también cuando sea mayor? —Cuestionó Claire.
El agente le dirigió una ardiente mirada.
—Haré algo mejor que eso. Te haré una demostración en cuanto estemos a solas.
—Con la luz encendida, para que pueda…
—¡Claire! —Exclamó Leon, cerrando los ojos. —No sabes cuánto deseo hacerlo.
—Sí que lo sé
La mirada del ex Policía se ensombreció.
—Sigue pensando lo que estás pensando. —Y aceleró.
