Buenas Noches¨
Otra vez heme aquí entregando el nuevo capítulo. Creo que ya hemos avanzado bastante en la historia y que nos aferramos más y más a la trama.
Ron ya está en Bulgaria y de golpe y porrazo ha tenido una visión que le dejó abatido. Y todas sufrimos con él ese momento.
Bueno, esta es, se puede decir, la segunda parte del capítulo anterior. Es fuerte, difícil y te deja con el pecho traspasado, pero pienso que es muy bello al final de las cosas.
Les dejo el link que inspiró este capítulo. Es Never be de Same del grupo Red, pero esta vez interpretada en piano.
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Muchos Saludos
Yaem Gy
Parecida pero Nunca la Misma
Se aferró al muro mientras sentía el sangrante latir del corazón que le punzaba en agonía. ¿Por qué siempre tenía que ser así? ¿Por qué siempre las alucinaciones tenían que ser tan breves? ¿Tan fugaces? ¿Por qué su mente no le otorgaba por una sola vez la oportunidad de acercarse y atraparla en sus brazos? ¿Besarla? ¿Acariciarla?
La desazón y el dolor hicieron presa de su atormentado corazón. Todo el progreso que Susan había logrado en él se había ido en ese momento a la mierda. De nuevo se sentía solo, desesperado, demente. Y esta vez su cabeza le había hecho una jugada magistral. No solo le había traído a la chica en ese espejismo celestial, sino que también le había llevado su perfume. Eso no había sucedido antes.
Se sintió perdido y frágil y quiso desvanecerse en la oscura y fría noche que coronaba a la distante Plovdiv. Sin que se lo propusiera realmente, sus pies le fueron llevando por las calles débilmente iluminadas y perdió por completo el sentido y la orientación. Solo iba, solo se dirigía a no sabía dónde.
Ya ni siquiera el frío le afectaba. Era como un espectro sin conciencia que vagaba sin rumbo y sin paz. Su mano derecha aferraba la varita como un acto reflejo, lejos del sentido de autodefensa, la izquierda la había llevado al pecho para mitigar el dolor que le estaba apretando la garganta.
A cada paso se iba separando de sí mismo y una a una las lágrimas fueron cayendo por las mejillas pálidas por el frío. Su pecho apenas lograba obtener el preciado aire y sus cabellos castaños se arremolinaban bajo los rigores de la brisa nocturna que le golpeaba el rostro. Pero él no la sentía.
Su cabeza estaba llena de imágenes que le bombardeaban por completo. Una y otra vez la bella Hermione pasaba ante sus ojos con una gracia abrumadora. Su cabello atado en esa delicada trenza, Su cuerpo enfundado en ese bonito abrigo. Sus labios adornados con ese brillo que invitaba al beso. Su perfume… Merlín, su perfume.
Estaba tan hermosa. Demasiado hermosa. Y Ron recordó las otras veces en las que la había visto así. En el baile de Navidad de cuarto año. En la Boda de Bill con ese vestido que la hacía ver como una reina. En sus bonitos guantes y gorrita al retornar al colegio después de las fiestas navideñas de sexto año, cuando no le quiso hablar dado que estaban distanciados a causa de Lavender. Todas esas veces irradiaba su belleza fresca y juvenil que había dejado al muchacho sin aliento. Pero ahora era distinto.
Hermione se le había presentado distinta en esta visión. Ya no se mostraba adolescente y etérea, Ahora se veía real, muy real. Ya no parecía una niña, ni una chica, ahora se le había presentado hecha mujer. Ya no más una niña.
Se veía tan vibrante, tan poderosa. Su sonrisa era la gloria, su piel era la suavidad del terciopelo. Estaba distinta, mayor y eso le desmoronó muchas más neuronas al ahora castaño hombre. No podía entender porqué la había visto así. Él siempre la imaginaba con el cabello suelto y libre, pero ahora la había imaginado con una coqueta trenza. Ron no entendía, no podía entender.
Las casas pasaban por su lado, pero él no las veía. Los edificios de pocas luces le cercaban a ambos lados pero no les daba ni el mínimo de atención. Poco a poco y sin que Ron se diera cuenta, sus pasos le fueron guiando al centro de la ciudad. Se fue moviendo en un zigzag embrutecido que no controlaba y muchas de las personas que pasaban por su lado lo tomaban por un borracho o por un loco. Y así era, estaba borracho de ilusiones engañosas y loco de remate.
No supo como de repente se encontró en unas calles agitadas. Las luces de neón invitaban a los transeúntes a sus atiborrados locales para mitigar el frió que la invernal noche prodigaba. Dentro de esos lugares, las voces y las risas retumbaban y daban la acogida a quien quisiera entrar. Ron continuó caminando sin ver a donde iba y sin tomar en cuenta del lugar en donde se estaba internando. Los bares se fueron sucediendo para dar paso a otros lugares que cumplían una función muy distinta. Ron solo deambulaba con el rostro de Hermione en la mente y fue pausando su paso para hacerlo cada vez más lento. Su cerebro afiebrado ya, le recordaba una y otra vez sus ojos acaramelados, sus labios de cereza, sus cabellos en dulce arrebato. Y quería que ella volviera y suplicaba a su cerebro que la pusiera ante él en otro espejismo de ensueño. La necesitaba con el niño el abrigo delicado. La necesitaba como el hombre apasionado deseaba a su mujer.
Su impotencia y su agonía se transformaban poco a poco en un deseo afiebrado, en una pasión desenfrenada. Y Susan no estaba allí para saciar esa sed enferma de dolor.
Mareado por el bombardeo de emociones que hacían estragos en su cuerpo, siguió ciego el camino desconocido que le llevaba a ningún lugar. Solo iba, solo estaba, era, pero no existía.
Una mano se posó de pronto en su hombro y Ron se sobresaltó. Se giró como en cámara lenta y una mujer le miraba directo a los ojos.
-¿Estas solitario cariño?- le preguntó en un mal inglés- ¿Quiere un poco de compañía para pasar el frío de la noche?-
Ron miró sus ojos con detenimiento por un momento. Luego posó los ojos en la figura que tenía ante él. Ni los ojos ni el cuerpo eran como los de ella. La mujer que le ofrecía el calor de una noche no era realmente bonita. Su cabello negro caía en abrupta caída sobre sus hombros. Los ojos revelaban que el alcohol y los estimulantes eran algo obligado en su vida. A pesar del frío de la noche, llevaba un ligero vestido y su abrigo estaba abierto para enseñar mejor la mercancía. Los labios estaban muy rojos y prominentes y los dientes eran demasiado amarillos. Para un borracho cualquiera ella hubiera sido un manjar, pero para Ron, que solo hacía un par de horas había visto un ángel, la prostituta era un vil remedo de mujer.
Le quitó la vista de encima y empezó a volver de su abismo para darse cuenta que estaba en medio del barrio rojo de Plovdiv. Bajo su vista panorámica pudo observar que varias mujeres se encontraban en las aceras ofreciendo sus servicios a la transitaba audiencia masculina y que muchas de las casas y edificios estaban exclusivamente destinados al comercio sexual.
-Precioso… ¿No vas a divertirte conmigo un rato?- le insistió la hembra, pero Ron solo miró al edificio de tres pisos que estaba detrás de ella.
-¿Allí trabajas?- le contestó él y la mujer asintió con la cabeza.
Ron pasó por el lado de la fémina sin mirarla y con su paso errante y lejano entró al lugar. Las paredes tenían chillones colores y el olor a cigarro embrutecía los pulmones. La regenta llegó hasta él con una solícita sonrisa embadurnada de carmín y le dijo un montón de cosas en búlgaro que él casi no pudo entender. Ron solo miraba las paredes y el estrecho recibidor y como no diera respuesta alguna a la dueña del lugar, la mujer le dio un sacudón para espabilarlo.
-No te entiendo vieja bruta. Yo hablo inglés-
La mujer le miró contrariada y posó los ojos en la prostituta que le invitara en el exterior. Esto fue suficiente para que ésta pasara a ser la traductora de todo lo que ella quería decirle a ese extraño hombre que había irrumpido en su negocio.
-Ella quiere saber si vas a querer sí o no el servicio-
Ron, perdido aun de sí mismo, miró a ambas mujeres y después posó la vista en el cuadro que adornaba el recibidor. Sus piel aun reflejaba el surco de las lágrimas derramadas hacía poco y se tomó su tiempo para responder.
-Quiero ver a las otras chicas- dijo con una voz desvanecida
No pasaron tres minutos y las mujeres que trabajaban en el lugar y que no estaban ocupadas en sus labores, aparecieron para exhibirse ante el forastero. Eran cuatro y todas llevaban ligeras ropas para excitar el hambre del consumidor. Ron pasó la vista en cada una de ellas, pero ninguna satisfacía su anhelo. Aunque dos de ellas eran muy bonitas, Ron buscaba algo especial, buscaba alguien especial. De improviso una joven apareció de entre los pasillos y fue a excusarse ante su jefa por demorar en llegar en un rápido y cantadito búlgaro. La vieja la reprendía mientras las otras mujeres se acercan al hombre para seducirlo de algún modo y tentarlo a escogerlas. Pero Ron concentró todas sus energías en la recién llegada.
Era castaña, de cuerpo ligero y curvas delicadas. No parecía tener más de veintidós o veintitrés años. Los labios no estaban maquillados, pero entregaban un dulce color rosado. El rostro era fresco y sus facciones le recordaban mucho a Hermione. Los ojos eran azules y eso desanimó un poco las expectativas del mago, pero el cabello enmarañado le atraía, y la piel canela le llamaba.
Ron apartó a las otras hembras y fue directo hacia ella. La tomó de la muñeca y le habló a su traductora para dejar claro el asunto de una vez.
-Quiero a esta. Dime cuanto es el precio.-
La tenue iluminación de los pasillos iba embotando sus sentidos. La chica le guiaba caminando en un contorneo suave que le provocaba la excitación. La tibia mano de la chica aferraba la suya y Ron se dejaba arrastrar por la alucinación y la realidad que se mezclaban en su mente.
Una puerta se abrió ante él y esa mano que le aferraba le tiró hacia adentro con sutileza. La joven encendió las luces y Ron pudo ver que el cuarto estaba adaptado exclusivamente para su función. El hombre caminó unos cuantos pasos y quedó en el centro de la habitación. Se quedó de pronto inmóvil sin mirar nada más que el muro de papel barato. Su compañera de esa noche se acercó por detrás de él y le fue sacando el abrigo lentamente. Mientras, Ron seguía imperturbable mirando al todo y a la nada de su locura. La mujer, involuntariamente, pasó su mano por el lugar en donde Ron guardaba la varita y esto despertó al hombre de su ensoñación. Se giró con rapidez y la agarró del cuello con brusquedad, apretando. Ella se asustó con el movimiento y en un gemido de pánico le suplicó en búlgaro que la soltara. Ron sacudió su cabeza y fue soltándola de a poco al ver los ojos llenos de miedo que le miraban.
-No sé si me entiendes… pero no quiero que hagas nada que yo no te pida- le dijo en su brusco búlgaro.
Fue relajando su semblante y esto pareció tranquilizar a la mujer. Ron terminó de quitarse el abrigo por si solo y la contempló mientras ella intentaba hacer una mueca de sonrisa. Era parecida, muy parecida, pero no igual. Nunca sería igual. Cómo nada en la vida de Ron lo era desde hacía años. Nada era lo mismo de ayer, nadie era el mismo de ayer. Ron nunca sería el mismo de ayer.
-Apaga la luz- dijo con un tono ronco de la voz y la joven, complaciente, no demoró mucho en cumplir lo ordenado.
-¿Qué desea que haga primer…?-
-No hables. Solo quédate tranquila. Quiero calor y silencio, nada más-
Contempló la sombra de la chica ante él. En la oscuridad de la habitación era fácil engañar a su corazón herido y a su mente rota. Ron se acercó a ella y con las yemas de los dedos fue acariciando los cabellos enmarañados, enredaba los dedos en los rizos. Su otra mano se posó en la tersa mejilla y la fue acariciando sutilmente. El aliento tibio le llegaba para aplacar el tormento del pecho y Ron se lanzó a los labios para beberla. Su beso era dulce y las lenguas fueron tocándose con ansiedad. Ron aferró la nuca de la chica para hacer el beso más profundo y su otra mano la agarró de la espalda. Ella se quedó un momento inmóvil, pero pronto le abrazó para corresponder ese beso tan demandante. Ron la besaba e intentaba olvidarse y olvidar su infierno, pero aunque en la oscuridad la mujer podía simular ser su amada Hermione, no podía imitar también el aroma de la piel ni el sabor de los labios. El perfume y el beso de Hermione era saborear la gloria, pero esta era solo una mortal, una muggle mortal que apenas si podía aparentar ser un ángel.
Ron le fue quitando el pequeño vestido con la delicadeza con la que se manipula un cristal. Ella por su parte le fue sacando el suéter grueso y luego la camiseta, para después recorrer con sus pequeñas manos el pecho fiero del hombre. Ron fue abandonando la boca dulce para lamer con angustia el cuello frágil y entonces su cerebro comprendió al fin la intención del juego. Otra vez estaba en medio de un espejismo y se dejaría engañar sin poner ningún tipo de resistencia.
Ella fue acariciando su espalda lentamente y esto le hizo emitir un dulce gemido. Ya enloquecido, Ron tomó a la mujer de la cintura y la alzó para llevarla a la cama. La recostó y fue sacándose su pantalón y las botas cortas para quedar en su bóxer y caer sobre ella. Sus manos la fueron reconociendo en medio de la bruma de su cerebro y la lengua se dedicó a probar esos pechos tiernos que se le ofrecían.
Un temblor le hizo presa en el estómago y el llanto otra vez le atacó. Acercó su rostro al de ella y la besó con agónica pasión.
-Hermione… Hermione- susurraba entre beso y beso y su compañera le iba acariciando el pelo atrayéndolo más y más hacia ella.
-¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me abandonaste?- le susurraba estremecido mientras besaba su cuello y su hombro y ella le movió la cara para besarle las mejillas, la nariz, la frente, los ojos bañados en lágrimas. La chica bebía cada una de ellas y le acariciaba la nuca y la espalda tratando de darle todo su consuelo. Ron se dejaba consolar y besó nuevamente esos labios tan parecidos, tan verdaderos y falsos al mismo tiempo.
-te amo… te amo dulzura mía… Vuelve a mí… vuelve o llévame contigo- suplicó y la mujer solo creía adivinar que significaban esas palabras. Ron, en su entrega total a su autoengaño, le susurraba y le suplicaba en Inglés y ella solo atinaba a darle lo que necesitaba solo con la sabia intuición que una mujer como ella podía dar a un desconocido en su busca de un poco de amor y de falsa felicidad.
Y ella le fue curando las heridas que se habían abierto nuevamente. Lo besó con dulzura y pasión, lo acarició con anhelo y deseo. Ron fue llenándose de un deseo incontrolable y penetrarla le provocó una mezcla de placer carnal y dicha engañosa. La humedad de su piel le emborrachaba, sus caricias ardientes le hacían gemir sin parar. Sus besos le excitaban y el calor de su vientre le elevaba a un nivel de completo abandono. Al cabo de un rato, Ron ya se movía dentro de ella con la locura del deseo descontrolado. Se hundía cada vez más profundo en la hembra mientras su mente le regalaba sensaciones e imágenes conectadas con su perturbado mundo de felicidad imaginaria.
Estaba con su Hermione. La estaba haciendo suya. Sus manos le recorrían el cabello, el rostro, los pechos, las caderas. Con las palmas le tocaba los muslos y eso le hacía subir mucho más la temperatura. Su boca buscaba la de ella para darle besos lujuriosos y para absorber todo su aliento, toda su respiración. Le abría más las piernas para tener un mejor acceso y fundirse por completo en el cuerpo que le estaba prodigando tanto placer.
-Hermione… Hermione, Me volviste completamente loco- gemía hundiéndose en esa chica con más intensidad
La fue besando, la fue acariciando, la fue penetrando cada vez más. La iba amando a cada gemido y grito de placer que ella le regalaba. Ella le tocaba y eso le fascinaba. Ella le besaba con enérgica demanda y él le respondía del mismo modo. Ella le acariciaba tan deliciosamente que Ron se arremolinaba dentro de ese cuerpo con potencia. Caía sobre ella en un aluvión desatado, Vivo, loco, violento. Doblegaba a la frágil muchacha, pero también sucumbía a las expertas caricias de ella.
Y el punto de no retorno le atrapó en un empujón profundo. Había llegado al máximo placer cuando ella le enterró las uñas en la espalda y arqueaba la suya para entregarse al orgasmo. La mujer gritaba y se movía con rapidez contra él respirando en cortitas aspiraciones. Y Ron se entregó a todo ello. Descargó todo ese amor y esa pasión acumulada dando un grito de desahogo total. Se quedó inmóvil dentro de ella y cuando ya estaba completamente agotado, se dejó llevar por esa dolorosa pero suave sensación. Dejó caer su cara sobre el pecho de la mujer y se quedó algunos minutos acurrucado con los ojos cerrados y el corazón palpitante. Pasado un rato, el cerebro de Ron volvió a conectar y le hizo ver que todo lo vivido hacía poco era otra ilusión. El hombre se levantó del cuerpo de la mujer y se recostó a un lado lo suficientemente lejano para no sentirla cerca.
Se desilusionó tanto que el llanto se le atragantaba en la garganta. Se levantó y se quedó sentado de espaldas a la mujer con al cual hacia tenido sexo solo un poco antes. Quería marcharse, largarse lejos. Hundió el rostro en las manos y la sutil escena de Hermione en la librería volvió hasta él una vez más.
-Parecía tan real, tan viva. Estaba tan bella-empezó a hablar para sí mismo- estaba allí y no pude llegar hasta ella. Estaba tan cerca, al alcance de la mano. Pero escapó… se me escapó de nuevo.- gimió- Ya no puedo… no puedo seguir resistiendo este tormento. La quiero tanto… la quiero conmigo. La necesito- y lloró hecho un ovillo
Todo era silencio a su alrededor y solo su llanto llegaba a sus oídos. Se sentía miserable, aturdido. No quería estar así, pero tampoco deseaba que esas alucinaciones terminaran. Si un día éstas acabaran por completo, entonces prefería lanzarse a los brazos de la muerte. Vivir sin su imagen danzando ante él era peor que dejar de existir.
-Quisiera tener la piedra… así ella volvería a mí- susurró con los ojos desorbitados- Pero Harry nunca me dirá donde la tiró. Él no entiende… nadie entiende. Yo sin ella no soy nada, no soy nadie. No quiero que ella esté muerta… la quiero viva… y mía. Toda mía… solo mía-
Las delicadas manos de su compañera de cama le acariciaron los hombros en un dulce consuelo. La chica no había entendido nada de lo que él había dicho, pero comprendía. Le acarició lentamente el cabello y le comenzó a besar el lóbulo de la oreja suavemente. Ron cerró los ojos y por un momento quiso que ella le dejara tranquilo. No quería que le tocara. Pero ella le fue apartando las manos del rostro y fue secando las lágrimas con paciencia.
-Puedo ser Hermione cuantas veces lo desees. Puedo traerla a tus brazos cuando tú quieras. Seré ella y ella te amará solo a ti- le susurró en un tierno búlgaro al oído.
Y Ron se dio la vuelta y la tomó de la nuca para besarla otra vez. Y sus besos eran ahora más salados a causa del llanto. La besaba y lloraba y ella le prodigaba toda su ternura. Ron la fue recostando para quedar otra vez sobre ella y sus dedos recorrieron las cejas, la nariz, los labios. El hombre no disimulaba su agonía y las lágrimas caían sin parar sobre las facciones de la muchacha.
-Se mi Hermione… Se mi amor esta noche. Déjame amarte como siempre quise amarla a ella. Se mía… como siempre desee que ella lo fuera- Le dijo en un lento y desgarrado búlgaro para que ella comprendiera bien todo lo que él deseaba. Luego le besó delicadamente y se aferró a ella como un naufrago a un madero en una terrible noche de tormenta.
Pasaron todo el resto de la noche entre besos, caricias, gemidos y placer. La mañana les encontró entrelazados y Ron al despertar, otra vez antes de las seis, miró a su lado y vio a la desconocida que tenía en los brazos. Era muy parecida… pero jamás sería ella.
Se levantó y comenzó a vestirse. A su lado la chica empezó a moverse, Ron ya no la quiso mirar, lo único que deseaba era salir de allí.
Se vistió por completo y se cercioró de que la varita aun estaba donde la dejara. La mujer en tanto lo miraba desde la cama tapada hasta el pecho. Ella seguía todos sus movimientos y esto provocó un dejo de incomodidad en el castaño. En un momento determinado y cuando ya Ron estaba listo para marcharse, la chica se envolvió en la sábana y se acercó a él. Ron la miró serio, pero dejó que ella le pasara un dedo por la ceja y la mejilla derechas. Luego ella le sonrió y le dio un corto beso en la nariz.
-Vuelve cuando quieras… Te estaré esperando- le susurró.
-Gracias por acompañarme… espantaste mis demonios por unas horas- le respondió él y le regaló una breve sonrisa- Adiós-
Y la dejó allí parada en medio de la aun oscura pieza. Caminó con pasó ágil y en menos de cinco minutos ya estaba a prudente distancia del lugar. Se arrebujó en el abrigo ya que durante la noche había nevado y el frío calaba los huesos.
Tuvo que cruzar la mitad de la ciudad para llegar al fin a su aislado cuarto en la pensión. Al cerrar la puerta no pudo evitar el tremendo deseo de darse un baño. Se quitó las ropas que lanzó lejos con disgusto y desnudo caminó hasta el baño para abrir el grifo y estremecerse ante el gélido líquido que comenzó a recorrer su piel. Una y otra vez remojaba su rostro en el agua y se sumergía en el frío para alejarse de sus tormentos. Al terminar salió así sin más a su cuarto y buscó ropa limpia dejando que las gotas de agua siguieran avanzando por su pecho, sus piernas, su espalda, su virilidad.
Dos horas después ya estaba otra vez vigilando los torpes movimientos de Zabini y sacando de su mente la noche recién vivida. Quería concentrarse por completo en su misión y no dejarse llegar por su locura. Solo esperaba, solo contaba las horas para llegar a la parte trasera de la mansión Ruskit e invadir en su propio terreno a Lestrange, a Zabini y todos los demás que estuvieran de su parte. Y se sentiría triunfante cuando desbaratara el intento de golpe de estado que querían llevar a cabo en Inglaterra. Los atacaría, les destrozaría el alma y la mente y así ellos sabrían lo que él vivía desde hacía tantos años.
La noche de la gran cena, Ron se apresuraba en dirección a la gran mansión. Llegó treinta minutos más temprano y saludó con simpatía al pobre viejo que sin tener la menor idea lo había infiltrado en el lugar. Le dieron su uniforme, un pantalón azul marino con chaqueta del mismo color. La camisa era blanca y Ron agradeció que no tuviera que llegar moño ni corbata. Luego conoció a sus compañeros y todos caminaron a la inmensa cocina donde los elfos trabajaban vertiginosamente.
Ron los observó un momento y recordó el sueño truncado de Hermione de darles libertad y dignidad y un suspiro de melancolía se le escapó.
-Muchachos, los invitados han comenzado a llegar. Muévanse, corran, lleven sus bandejas y no quiero una copa vacía en toda la jornada- Dijo en búlgaro el mayordomo con el ceño fruncido.
Ron tomó su bandeja ya atiborrada de copas de hidromiel y se apresuró hacia la gran puerta del fastuoso salón. Respiró hondo y acomodó sus castaños cabellos.
-Bien, comenzó la cacería- dijo para luego abrir la puerta y adentrarse en la acción.
