-Es obvio que esas sabandijas se aprovecharon de la situación -había dicho Suiren.
Una de las primeras labores que hicieron después de quitar el agua fue revisar averías al interior y exterior de la base, y las naves, aunque en este caso, rogaban por que no fuera nada grave y se pudiera reparar.
-Mañana a entrenar, a primera hora.
Dicho esto, todos se fueron por su propio camino.
La mañana siguiente, Makoto fue la primera en levantarse. Había dormido pocas horas y el cielo aún estaba algo oscuro, pero su intuición le decía que era bastante temprano, incluso algunos rastros de humedad habían desaparecido.
Se dirigió a la montaña, a sabiendas de que ninguno de sus amigos se encontraba en el sitio. De hecho, quería estar sola, y sentía que no llegaban nunca a nada entrenando por equipos.
No quería que la ayudaran a entrenar, más bien, odiaba estar bajo el entrenamiento de Suiren; no sabía si era porque estaba acostumbrada a entrenar sola o con su hermano, pero odiaba el método de una enana endemoniada con complejo de Peter Pan. Ni siquiera les decía qué estaba bien o qué estaba mal, no les ayudaba a mejorar, simplemente decía que el nivel de dificultad aumentaría, y vaya, lo hacía, pero seguía pareciendo un entrenamiento de niños.
Cuando llegó a la cima, le extrañó ver la silueta de madera apoyada contra un árbol, a un extremo del campo, y un montón de materiales esparcidos por todo el lugar. El día anterior, no habían entrenado; ni uno tuvo el ánimo de levantarse para agarrar ni la figura y comenzar a lanzar navajas, aunque supuso que quizás alguno de los guardias había subido después del tsunami y había sacado cosas de la cabaña para verificar que todo estuviera en orden, que después habían olvidado guardar o que se habían desvelado.
Ésto último poco probable ya que no se oía ni un alma.
Se encogió de hombros y se dispuso a caminar hacia el porche a sacar las armas que siempre utilizaban, las clásicas navajas, pero un simple paso en medio del campo desactivó alguna especie de trampa, y con sus vagos reflejos pudo esquivar la pila de lanzas que aparecieron de la nada, disparadas, clavándose en la tierra.
-¿No es muy temprano para entrenar? -aquella voz hizo que se sobresaltara y volteara, acabando por soltar un pesado suspiro de alivio.
-¡Hermano, me asustaste! -se quejó, desatando la risa contenida de Kyoichi.
La oscuridad de la mañana jugó bien a su favor. El muy travieso estuvo todo el tiempo sentado en las escaleras, con los auriculares en su cuello, y claro, con nueva prótesis mecánica que también hacía juego con la sombra por su oscuro color.
Makoto trotó hacia él.
-¿Tú hiciste esto? -preguntó, señalando el montón de cachivaches del campo, además de que las lanzas le habían dado una pista.
El rubio se encogió de hombros.
-Tenían que aumentar el nivel de dificultad; no consiguen nada lanzando armas y peleando entre ustedes -se levantó, situándose frente a su hermana-. Todavía no respondes mi pregunta, jovencita.
-Eres mi hermano, no mi padre.
-Papá no está aquí para regañarte.
-Touché -ambos rieron-. Quería estar sola y no me gusta entrenar con Suiren -admitió-. ¿Qué hay de ti?
-Lo mismo, sólo que estoy harto de que me estén vigilando -admitió, tras soltar un suspiro-. En fin, aprovecha de practicar; después llegan los demás y se acaba la calma.
-Pero está oscuro.
-Sho pudo correr con los ojos vendados, ¿y tú no puedes entrenar en la oscuridad? -el rubio alzó una ceja, mientras se volvía a sentar en las escalas-. Inténtalo, es cosa de memorizar -dijo, antes de colocarse los auriculares y sumirse en la música.
A Makoto le pareció escuchar una canción de Audioslave, antes de agarrar una navaja y volver al campo.
Antes de comenzar, quiso examinar la pista, como podía, ya que la oscuridad le dificultaba la visión, aunque, como había dicho su hermano, tenía que memorizar. No tenía tiempo de andar examinando, además, los primeros intentos siempre eran los más complicados. En efecto, en los primeros intentos, parecía un pollito asustado tratando de esquivar la serie de trampas que puso Kyoichi; no quería saber de dónde sacaba tantas ideas macabras, a juzgar porque las trampas no eran nada sutiles, y tampoco esperaba que lo fueran si quería imaginar que era una batalla contra el enemigo.
-Correr no te servirá -había dicho el rubio, cuando había tomado un pequeño descanso-. Busca otra táctica.
-¿Otra táctica?
-¿Qué han estado practicando?
Con esa simple pregunta, lo entendió. El cielo seguía oscuro, pero no lo suficiente para que la pista siguiera siendo un obstáculo; tenía poco tiempo para memorizarla, aunque probablemente la otra opción sería que su hermano vendara sus ojos.
En los siguientes intentos, trató de emplear lo que había aprendido. Corría, saltaba, daba volteretas e interceptaba con la navaja cualquier tipo de trampa, pero al no ser un arma lo suficientemente poderosa y tampoco tener tanta experiencia, de igual manera, resultaba lastimada; al menos no tanto como las primeras veces.
La meta, en este caso, era la diana de la silueta: lanzar desde cierta distancia la navaja a la figura. Cuando la lanzó, ésta aterrizó, como siempre, en el trozo de madera, pero lejos de la diana. Suspiró resignada y caminó hacia la figura para arrancar el cuchillo.
-¿No es muy temprano?
Voltearon y vieron a Hitomi caminando hacia ellos, con una sonrisa divertida. Estaba vestida con una camisa roja, jeans y botas marrones con dobladillo. Sus manos se escondían en los bolsillos de la chaqueta verde militar que le quedaba grande.
-Cuidado, que a mi hermano se le ocurrió poner trampas -rió Makoto.
-Me di cuenta -rió Hitomi, pateando una lanza.
-¿De quién será esa chaqueta? -ironizó el chico.
-No sé, la encontré por ahí -le siguió el juego la platinada. Cuando se sentó a su lado en la escala, compartieron un tierno beso.
Un beso como saludo la mayoría del tiempo, pero como no eran de demostraciones en público, no lo hacían a menos que estuvieran solos. Claro, en ese momento, estaba Makoto presente...
-¡Consíganse una habitación! -exclamó ésta.
-¡Y tú concéntrate! -exclamó Kyoichi de vuelta, a lo que las chicas rieron. Hitomi depositó un beso sutil en su cuello mientras reía.
Pero la presencia de la pelinegra no los incomodaba en absoluto, y a ella tampoco le incomodaba sus demostraciones de cariño; al contrario, le encantaba verlos juntos.
Entre risas, la niña volvió al punto de partida. Sería el último intento antes de probar con otra táctica para memorizar. Este último intento resultó incluso mejor, con la única falla de la navaja, que no alcanzaba a tocar la diana. Esta vez, gritó de frustración.
-No te frustres; busca otra arma -oyó decir a su hermano.
-Suiren dijo que practicáramos con navajas.
-Suiren no está aquí, e irónicamente le haces caso cuando te quejaste de ella hace un rato -alzó una ceja, conteniendo una risa-. No llegaran a nada intentando una y otra vez, no todos van a estar peleando con navajas cuando existen más armas y mejores, y por si fuera poco, la navaja no es para todos.
Makoto pasó la vista de la navaja a su hermano.
-¿Qué sugieres?
-No sé; arquería -se encogió de hombros-, o busca un arma que se adapte a tus capacidades.
-No jodas, ¿tú me vas a enseñar arquería? -preguntó con sarcasmo, alzando una ceja, sacando una casi inaudible risa al rubio.
-Qué graciosa -ironizó-. Tienes a una arquera aquí -miró de soslayo a Hitomi.
-¡¿Qué?! -exclamaron ambas chicas.
-¡Pero hace tiempo que no practico! -se quejó Hitomi.
-No dije que tenías que hacerlo -aclaró Kyoichi.
-¡Hitomi, ¿me enseñarías?! -Makoto llegó corriendo hacia ella y, literalmente, se había arrodillado y hecho una cara de perrito abandonado.
La platinada le dirigió una mirada algo insegura a su chico, quien levantó sus manos en señal de inocencia, como diciendo que era decisión suya. Suspiró y asintió, resignada, por lo que Makoto se levantó a buscar un arco y las flechas.
Una vez "solos", volteó a ver a Kyoichi con algo de pena.
-¿Y si fallo? -hizo un puchero que hizo reír a su novio.
-Lo harás bien.
-¿Cómo estás tan seguro? -desvió la mirada.
Sintió un mar de nervios recorrer todo su cuerpo, de pies a cabeza, cuando Kyoichi tomó sutilmente su mentón con una mano, obligándola a mirarlo.
-Porque mi novia es muy talentosa y, si digo que puede, es porque puede -aquello acabó con una platinada sonriendo como idiota y con un tierno sonrojo cubriendo sus mejillas.
Contagiándose con su sonrisa, besó sus labios, contacto al que ella respondió torpemente al principio, pero luego se acostumbró. Fue un beso suave, se podría decir que hasta inocente, como en sus primeros días de relación, que no dejaba de transmitir todo lo que cada uno sentía por el otro. Era mucho más delicado que las caricias que acostumbraban a compartir últimamente, quizás porque estaban al aire libre y no estaban solos, aunque tampoco era como si se estuvieran reprimiendo. Simplemente, bastaba con tener al otro.
Tras un buen rato, se separaron, manteniendo unidas sus frentes, y sus respiraciones se mezclaban. Hitomi tenía una sonrisa que nada ni nadie le quitaba, y eso de alguna forma lo alegró, aunque con el simple hecho de verla, un mal día se convertía en uno bueno.
-Lo haré -murmuró.
-Así me gusta.
Hitomi ensanchó su sonrisa y volvió a besarlo.
-¡Siento interrumpir, pero si no lo hago, terminarán mañana y quiero entrenar! -exclamó Makoto, burlona. Ella ya estaba en el campo, a unos metros de la diana-. ¡Vamos, hermano, tú la tienes todo el tiempo; déjame compartir con mi cuñada!
La pareja rió en el beso antes de separarse, y Hitomi se dirigió a Makoto, quejándose a modo de juego.
Al igual que los hermanos Shido, Sho y los demás, Hitomi sí practicaba deporte. Había aprendido a andar en bicicleta, pero no dedicaba todo su tiempo a ello; lo que a ella le gustaba era la arquería, y de hecho, lo practicaba cuando era pequeña. Gracias a su fallecida madre, creció practicando el deporte que más le gustaba, pero que había dejado desde su muerte, al igual que su novio con el ciclismo, pero él tuvo sus motivos, fue decisión propia y no lo juzgaba.
Ahora, desde que se marchó de su casa, cuando estaba guardando algunas de sus cosas, encontró el primer arco y las flechas que su madre le había regalado en el último cumpleaños que compartió con ella. Aún servían, estaban en buen estado, un poco polvorientos, y aún creyendo que no volvería a practicar, decidió llevárselas.
Y ahí estaba, recuperando lo que había abandonado hace cuatro años.
Cuando el resto llegó, unas horas después, cuando ya no quedaba rastro de oscuridad sobre el campo, se sorprendieron al ver la pista de obstáculos. Por un momento, pensaron que se trataba de una pista de pruebas Trial, hasta que notaron que Neptuno no estaba por ninguna parte y Hitomi le enseñaba el tiro con arco a la pelinegra. Además, por la cantidad de obstáculos, no se asemejaba a algo relacionado con Trial.
Vieron una piedra aterrizar en una colchoneta, activando las lanzas que Sho y Kakeru esquivaron atemorizados, espantando a Hosuke, quien ese día decidió acompañarlos. No había ni necesidad de esquivar, porque no estaban ni cerca del punto. Las lanzas estaban atadas a unas cuerdas, razón por la cual desaparecieron entre las hojas y ramas de los árboles. Luego, voltearon a ver a Kyoichi, quien apareció detrás de uno de los árboles.
-¿Tú hiciste todo esto? -preguntó Arthur, a lo que el chico asintió-. ¿Por qué?
-Sé que Suiren es la entrenadora -aclaró el rubio-. No lo digo por presumir ni nada, pero con ese método de principiantes, dudo que lleguen a algo con lo que puedan derrotar a esa organización -esa respuesta les dio como balde de agua fría-, y menos si hablamos de los secuaces de la abeja reina.
-¿Abeja reina? -preguntó Koei.
-Es un decir -se encogió de hombros y comenzó a caminar hacia el porche-. Por cierto, hay trampas por todas partes.
Ahora sí, al equipo lo rodeó un aura oscura. ¿Kyoichi los torturaba por su bien o planeaba un asesinato?
Suiren había avisado que llegaría más tarde, por lo que, por el momento, estaban libres. Bueno, en realidad no tanto porque recalcó que los quería ver entrenando, y si no era así, al menos los quería ver sudorosos.
Makoto ya había dominado el arco y la flecha, incluso había practicado con los ojos cerrados. Una vez que lo dominó, dejó que Kyoichi cubriera sus ojos con una banda negra, anudándola en su nuca.
-¿Cuál es el propósito de esto? -preguntó Kakeru, viendo a Makoto caminar con seguridad hacia el punto de partida.
-Ya lo verán.
Todos estaban atentos al ver a Makoto comenzar a correr, esquivando las piedras y armas que se activaron para impedir que pasara la prueba. Entre saltar y dar volteretas, pasó la primera fila de las cuatro de esa pista. Ya al pasar a la segunda, se tropezó, y cayó de bruces al suelo, alcanzando a sujetarse por sus manos; al oír que se acercaban las lanzas, rodó para esquivarlas, hasta llegar a una viga, donde utilizó otra táctica. Se había activado otra trampa; saltó y bloqueó unos cuantos ataques con una navaja mariposa, luego oyó un disparo y dio una voltereta. Casi pudo oír el sonido de la bala al pasar.
-¡¿Cómo te atreves a disparar a tu hermana?! -escuchó reclamar a Hosuke.
-Eso no es nada, después les tocará a ellos -escuchó decir a su hermano, por lo que hizo un amago de sonrisa.
La atención volvió a ser de Makoto. Vieron que un árbol estaba a punto de caer sobre ella, quien lo esquivó con un rondat (1). Al aterrizar, volvió a agarrar la navaja para bloquear las trampas mientras corría. Llegó hasta un cajón de salto, que era incluso más grande que ella, donde realizó un Wall Flip al oír dos disparos esta vez. Aquéllo impresionó a varios; la pelinegra siempre decía que no sabía hacer esa acrobacia, y que si le preguntaba a su hermano, él no le respondía.
En esta ocasión, el rubio, cuyos codos se apoyaban en la baranda, con su mentón reposando en su palma izquierda, una pistola en su mano derecha, jugando con el martillo de la misma, con una expresión neutra mientras el búho le seguía reclamando lo rudo que era con su hermana, fue el centro de atención. Ahora no sabían qué pensar de él; no sabían si felicitarlo por el nivel de entrenamiento o temerle.
Makoto había pasado la tercera fila sin problemas. Llegó a la cuarta, desde el otro extremo del campo, contrario a la figura de madera; la prueba final. Corriendo y esquivando las últimas trampas, alzó el arco y posicionó la flecha, recordando las indicaciones que le dio Hitomi. Sin más, soltó la cuerda, al momento en que saltaba, tras oír otro balazo.
En cuanto terminó, cayó de rodillas y retiró la venda de sus ojos, respirando con pesadez por el esfuerzo. Sonrió entusiasmada al ver que la flecha había acabado justo en el centro de la diana, desatando el bullicio de gran parte del equipo.
-P-Pero -tartamudeó Sho, cuando su amiga llegó hasta el sitio- ¡¿qué fue eso?!
-Es como la prueba que Shido le hizo a Sho al enfrentar a Koei -Kakeru recordó el entrenamiento de Sho con los ojos vendados.
-Fue el objetivo desde un inicio -todos miraron a Hitomi-. Si no lo hacían, ¿cómo iban a saber cuando el enemigo está detrás de ustedes?
-Espera, ¿eso era? -Sho miró a Kyoichi-. Significa... ¿que yo también tengo que hacerlo?
-¿Qué clase de pregunta es esa? -espetó el rubio-. Claro que tienes que hacerlo; lo tuyo fue con una bicicleta, inténtalo con armas, volteretas y toda la parafernalia.
-¡Sigo pensando que fuiste muy bruto con Makoto! -reclamó Hosuke, haciendo que a Kyoichi lo rodeara un aura oscura-. ¡Insisto, ¿cómo te atreves a hacerle eso a tu propia hermana?! ¡Pudiste matarla!
En ese punto, Kyoichi había agarrado al ave por el cuello.
-¡Pude matarla y sigue respirando! ¡Deja de molestar si no quieres que arranque tus plumas con una aspiradora y haga de ti un estofado!
-¡E-Está bien, ya entendí! ¡Lo siento! ¡Lo siento!
Mientras tanto, los demás miraban la escena con una gota en la nuca.
-Pensar que antes Hosuke lo asustaba -rió Kakeru.
-Ese chico es un desmadre -rió Sho, viendo cómo el rubio zarandeaba a la pobre ave que tenía remolinos por ojos, mientras su novia y su hermana, entre risas, trataban de calmarlo.
-¡Les dije que los quería ver entrenando! -oyeron el grito de Suiren, quien apenas terminó de hablar, se sobresaltó al ser casi atravesada por lanzas.
Alcanzó a esquivarlo, afortunada o desgraciadamente. Lo que opinara cada uno.
-¿Qué es todo esto? -preguntó, acercándose al equipo.
-Sólo una pequeña prueba -respondió Hitomi.
-¿Pequeña? -alzó una ceja-. Casi me atraviesan las lanzas.
-Eso habría sido un gran espectáculo, digno de ver comiendo palomitas -ironizó Kyoichi. Miró a Hosuke, que volaba a su lado-. O búhos.
-¡Oye, rubio psicópata, ¿por qué me odias ahora?! -reclamó el búho.
-¿En serio? ¿Tengo que recordártelo?
-Hosuke, ya cállate -Makoto rió, con una gota en la nuca.
-Bien, ¿me pueden explicar? -reiteró Suiren.
Todos voltearon a ver al rubio, pero no lo vieron en su lugar, sino que había agarrado su celular y auriculares y bajó los peldaños, comenzando a caminar en dirección al bosque. Cuando Makoto le preguntó por qué se iba, el chico respondió con la simple excusa de que sentía claustrofobia, a pesar de estar al aire libre.
Algo irónico porque... salió temprano de la base porque lo mantenían constantemente vigilado, motivo suficiente para sentirse ahogado, y ahora volvía a ella por la misma sensación en la montaña. Kyoichi, ¿quién te entiende?
En silencio, lo vieron retirarse, cruzando la pista que él mismo creó, como si se le hubiera olvidado que las trampas eran automáticas, o quizás no le importaba lo que le fuera a pasar. Estando a unos pasos del bosque, las lanzas se dirigieron hacia él, y de la nada, cayeron como si una barrera lo hubiera protegido. Decir que ninguno estaba impresionado sería mentir; hasta el mismo rubio se extrañó por la situación, pero fingió ignorarlo, desapareciendo entre los árboles.
-Muy bien, ahora explíquenme y hacen lo que sea que han estado haciendo -Suiren rompió el silencio.
Tras soltar un suspiro, Makoto y Hitomi se encargaron de explicarle todo a la azabache, quien, tras escuchar todo, mandó a los chicos a entrenar, menos a Makoto porque ya estaba lista, aunque después le daría otro entrenamiento, y a Taiga, por una lesión en el hombro, por lo que debía guardar reposo, pero aún así, quiso ver el entrenamiento.
Como había pasado con la pelinegra, los primeros intentos eran complicados. De hecho, el silencio era roto por los gritos despavoridos de los hermanos Yamato y Kakeru, y los quejidos de Gabu.
-A pesar de haber madurado, siguen siendo los mismos niños ingenuos -dijo Koei.
Ese comentario sonó tan Kyoichi.
-¿Shido dice eso? -el caballero miró a las dos chicas, quienes se miraron sorprendidas.
¿Pensaron en voz alta?
-Lo decía, cuando apenas habíamos llegado la primera vez -dijo Hitomi-. A Sho le molesta que Kyoichi le diga eso, aunque sea verdad; aún así, saben que le gustan los retos difíciles.
Volvieron la vista al campo. Cada uno pasó la cuarta fila, lanzando una navaja, pero ocurrió lo mismo que a Makoto; siempre lejos de la diana. La de Sho fue la única que acabó dentro, pero ni cerca del centro.
-Mi hermano dijo que la navaja no es para todos -dijo Makoto en el descanso.
-¿En qué sentido? -preguntó Kakeru.
-"Busca un arma que se adapte a tus capacidades" -citó-. Creo que lo que quiso decir es que está bien entrenar, pero si seguimos lanzando navajas sin éxito, perderemos mucho tiempo, por eso es mejor buscar otra arma.
-Yo quiero seguir intentando con la navaja -dijo Sho-. No sé ustedes, pero es como un nuevo desafío -sonrió entusiasta como siempre.
-Si te gustan las navajas -voltearon a ver a Hitomi-, ¿por qué no buscas otra? Algo como la mariposa.
-Oh, buen punto.
-Entonces -dijo Taiga- ¿volviste a la arquería porque Makoto eligió eso como arma?
-No -dijo Hitomi, sonrojada-. Bueno, algo así -eso sacó la risa del pelinegro-. Kyoichi lo sugirió y Makoto me preguntó.
-Oye, ¿no era que no sabías hacer el Wall Flip? -preguntó Gabu a la pelinegra.
-Tuve que aprender con lo que recordaba -la niña rodó los ojos-. Rogarle a mi hermano es como hablar con la pared.
El equipo rió. Bueno, casi todos.
Sho se había quedado pegado en las sugerencias de las chicas. A pesar de que le gustaban los retos difíciles, había considerado cambiar de arma, pero al mismo tiempo, quería seguir intentándolo, porque algunas armas le daban miedo y quizás iba a perder la cabeza por sus estupideces (?).
Bueno, el usar una navaja no quería decir que estaba a salvo de su propio ataque.
-Makoto, ¿tienes la navaja que usaste antes? -preguntó sin voltear a verla.
-¿La mariposa?
-Quiero intentar algo.
La pelinegra dudó, ya que no era cualquier navaja la que le estaba pidiendo. Aún así, se la prestó, algo nerviosa. Ni siquiera había empezado y ya se había imaginado a Sho pasando a llevar la yugular.
De hecho, no fue la única que lo imaginó.
Claro, no iba a usarla enseguida, pero no aliviaba sus nervios. Lo primero que hizo fue lanzar el cuchillo hacia arriba para atraparlo entre sus manos, a una distancia corta, que después aumentaría. Uno de los cabos había apretado sus dedos al atraparlo, pero lo soportó. A medida que aumentaba la dificultad, más nerviosos los ponía. Era Sho, se podían esperar cualquier cosa de él.
En un momento, lanzó muy alto la navaja. Ésta daba giros en el aire como una rueda, y Sho se dispuso a atraparla, pero al intentarlo, la cuchilla le hizo un corte en la mano antes de clavarse en la tierra.
El resto se acercó a auxiliar. Era algo profunda, pero no lo suficiente para enloquecer por ayuda médica, aunque tampoco era algo que se podía pasar por alto.
-Un poco más y con Enigma conformaban el club de los lisiados -dijo Suiren.
La misma mandó a Hitomi a acompañar a Sho a curarse la herida, mientras mandaba al resto a seguir entrenando, incluyendo a Makoto, que quiso hacer de nuevo la prueba.
Gracias a eso, las horas se fueron volando. Cuando el entrenamiento terminó, el cielo ya estaba algo oscuro, de un color violáceo y una mezcla de amarillo a rojo en el horizonte. El día había sido más duro que los anteriores, por lo que no era de sorprender que sólo quisieran ir a dormir, pero de igual forma, fue divertido probar una nueva fórmula.
Claro, las tareas no terminaban ahí, pues la señorita Yuki los llamó para que fueran al laboratorio, que tenía una información que darles. Ese mismo día, había poca gente trabajando, pero tras el desastre del día anterior, unos cuantos volvieron al trabajo, incluyendo a la pelirrosa. Ésta última de pocos ánimos, pero trataba de mostrarse fuerte.
-¿Recuerdan la Isla Imperial? -preguntó, cuando vio a todos reunidos. Al ver la afirmativa, prosiguió-. ¿Han notado que mucha gente que conocieron en el último viaje no está? -nuevamente asintieron-. Bien, pues la misión es en la Isla Imperial.
-¿El enemigo llegó allá? -preguntó Sho. Éste tenía la mano vendada.
-Aún no, pero esta tarde recibimos una señal de alerta -informó-. Hay que rescatar a esa gente, antes de que ellos lleguen.
-Con que ése era el refugio -dijo Kakeru.
-Así es -afirmó-. Lo ideal es ir lo más pronto posible, por eso las tropas están preparando una nave para llevarlos a la isla.
-¿Nosotros? -preguntó Makoto. Yuki asintió.
-Vamos a ponerlos a prueba en la Isla Imperial; encuentren a todos los refugiados antes de cualquier movimiento sospechoso, porque suponemos que ya debe haber alguna cazadora en el lugar. Ya sé que Shido les dijo el secreto de las cazadoras; son distractores, fáciles de matar, mas no inofensivas. Deben ser muy precavidos.
-¿Cuándo iremos? -preguntó Arthur.
-Mañana a primera hora. Esta vez, los acompañará Shido.
Todos miraron a su alrededor, en busca del rubio, pero recién caían en la cuenta que él no estaba.
-Él ya lo sabe.
-¿Estará bien? -preguntó Kakeru-. Shido volvió a ser el mismo de antes, pero él no ha entrenado nunca con nosotros; no sabemos si estará listo para enfrentarlos.
-Estará bien; piensen que fue el único que derrotó a Suiren -miró a Sho y a Taiga-. Por sus lesiones, lo mejor será que descansen; por Taiga no me preocuparía, pero Sho... tú eres un desmadre.
Eso desató las risas de todo el equipo.
-¡Es sólo un corte!
-Es como si Shido dijera que puede matar a alguien teniendo una sola pierna intacta -dijo Koei.
Las risas se intensificaron.
Sin más, todos se fueron a sus respectivas habitaciones, excepto Koei, que se quedó en el laboratorio con la pelirrosa, lo que llamó su atención.
-¿Algo te preocupa? -preguntó ella.
-Un poco -admitió el ninja, sentándose frente a ella en una silla-. ¿Qué es de Shido?
La pelirrosa frunció el ceño.
-¿A qué viene eso?
-Sé que fue el único que derrotó a Suiren, también sé que es bueno en el manejo de armas; todos lo sabemos -comenzó-, pero pienso que Kakeru tiene razón en ese punto; Shido puede tener mucha experiencia, pero ahora se mueve por medio de prótesis y nunca ha entrenado con nosotros, ¿qué nos asegura que él estará bien?
Yuki sonrió.
-¿Te preocupa lo que pueda pasarle?
-Es nuestro compañero y amigo, y el que hayamos peleado no quiere decir que no me voy a preocupar; aunque haya sobrevivido a ese ataque, tengo miedo de que ya no pueda luchar -admitió-. Él sigue siendo el mismo de siempre, pero se nota que en algo ha cambiado desde que eso ocurrió; está más callado que nunca, apenas nos mira y soporta nuestra compañía, y esta mañana, cuando nos reunimos en la montaña, él se fue por sentir claustrofobia, y estábamos al aire libre.
-Eso es normal -dijo Yuki-. La gente desarrolla un trauma por ese tipo de sucesos y tiene conductas extrañas, por eso Haru dijo que lo vigilaran.
-¿Aunque eso le moleste? -la pelirrosa asintió.
-Sígueme.
La mujer se levantó y se dirigió a la salida, seguida del ninja. Caminaron por varios pasillos, admirando lo impecables que estaban, a pesar del tsunami; era como si nunca hubiera afectado. Bajaron por un ascensor y caminaron por otro largo pasillo. Por las ventanas, Koei pudo ver salones con objetos para ejercitarse o algo por el estilo, por lo que supuso que fue ahí donde el rubio tenía que asistir a rehabilitación.
Al final del pasillo, entraron, por una puerta a mano izquierda, a una cancha de gimnasio, bastante sencilla a decir verdad. Pudo oír el bote de un balón y miró en la misma dirección que tenía la atención de Yuki. Ahí estaba Kyoichi, caminando mientras boteaba un balón de baloncesto, antes de lanzarlo hacia el aro. Se notaba que estaba distraído con la pelota y la música que emitían sus auriculares, porque de no ser así, habría notado su presencia.
-Que Shido diga que no hará algo no quiere decir que cumpla, por eso pidieron que lo vigilaran -comenzó Yuki-. Y como ves, él entrena solo; muchas veces, se escapa de la rehabilitación, y siempre lo encontramos aquí, y si eso sirve para alejar lo que le lastima, entonces mejor -dijo mientras veía al chico lanzar una y otra vez el balón.
Parecía que lanzaba mal a propósito, porque no saltaba, no se esforzaba en el lanzamiento. No había entusiasmo en sus jugadas.
-Un soldado se prepara para ir a la guerra, y aún siendo un profesional, tiene la certeza de que puede terminar con secuelas, incluso si se trata de su final -el balón cayó dentro del cesto-. Podemos conocer a Kyoichi, pero hay muchas cosas que no sabemos de él; de hecho, por eso Suiren lo bautizó como Enigma.
A la vista de Koei, Kyoichi era un adulto en el cuerpo de un niño, a pesar de que cambió en muchos aspectos. No sabía que pensar al ver una pequeña parte de sus piernas de distinto material, cuyo pantalón gris oscuro hasta por debajo de las rodillas dejaba al descubierto, aunque los botines negros también hacían un buen trabajo tratando de ocultar lo que quizás le acomplejaba. Era tan extraño ver una pierna blanca y otra de un material aparentemente resistente a todo, y ni hablar de las manos robóticas que sujetaban el balón, asomándose por las mangas de la remera bordó.
Hasta el mismo rubio admitió que se le hacía extraño llevar prótesis, y al ninja le sorprendía que fuera capaz de mantener la calma, pero suponía que lo hacía para no molestar o preocupar a nadie, y que por eso, un día iba a explotar y dejaría salir todo lo que le aquejaba.
-Vámonos antes de que alguien descubra su escondite -la pelirrosa interrumpió sus pensamientos, antes de comenzar a caminar.
Koei miró una última vez al distraído rubio antes de ir tras Yuki.
El camino de regreso fue silencioso y se separaron cuando la pelirrosa se dirigió al laboratorio, mientras Koei siguió su camino hacia su habitación.
-Recuerden, encontrar a todos los refugiados en el menor tiempo posible -había dicho un oficial, cuando aterrizaron en la Isla Imperial-. No sabemos con certeza cuándo atacarán, pero por lo mismo les pedimos que no se relajen. Recuerden implementar todo lo aprendido en el entrenamiento, sólo de ser necesario; desde ahora, ustedes se organizan sobre cómo van a realizar su búsqueda.
Llevaban media hora caminando por el bosque, algunos con sus bicicletas; sólo uno no la llevaba por razones obvias. Y las armas no faltaban en ese momento; más de uno decidió utilizar algo que no fuera una navaja, teniendo en cuenta la mala puntería.
Hasta granadas habían llevado.
-Hacía mucho que no pisábamos este lugar -recordó Kakeru.
-Es cierto -acotó Koei.
-¿Creen que todavía queden trampas? -preguntó Hosuke, en un tono travieso.
-No bromees con eso, Hosuke -Kakeru rió nervioso.
-¿Y quién dijo que bromeaba? -el búho imitó una voz malévola, que acabó por espantar al peliazul, al punto de salir corriendo.
El resto corrió detrás de él. No podían correr como alma que lleva el diablo, debían mantener la calma, incluso en los peores momentos, eso si no querían caer en una trampa.
Hablando de trampas... Kakeru había resbalado y cayó por un agujero, cuando vieron una cuerda bajar por ahí. Varios se asomaron a ver cómo el peliazul estaba suspendido en el aire al sujetarse de la cuerda, y mirando hacia abajo con temor. No se veía el fondo de ese agujero.
Voltearon a ver de dónde provenía el sonido al jalar la cuerda y vieron a Kyoichi. Tenía una cuerda atada a su muñeca, debía ser de un material especial, pues era muy resistente. Finalmente, logró sacar a Kakeru del agujero; el color de su cara se podía confundir con su cabello.
-Balancéate.
El niño hizo lo que indicó, temeroso, pero al fin y al cabo, sirvió para saltar fuera del alcance de la trampa.
-¿Un kunai? -preguntó Gabu, al ver dónde estaba amarrada la cuerda.
-Chicos, estamos en una misión, no en un campo de juegos -ignoró al pelirrojo-. Si alguno va a lanzar bromas para asustar a otro, son libres de ir y perderse por ahí. El resto no será responsable de lo que les pase, ¿entendiste, Hosuke? -miró al búho, quien se sobresaltó por la mirada fría que le lanzó.
Koei sonrió con suficiencia.
-Muy bien; andando -dijo Arthur, comenzando a caminar.
Más tarde, se separaron en dos equipos; el típico de los niños, Kakeru, Gabu, Makoto y Ayumu, con compañía de Hosuke; y el trío dinámico, conformado por Koei, Arthur y Kyoichi. Cada equipo se fue en distintas direcciones.
Antes de partir, Yuki les informó que estaban encerrados en celdas, en distintos puntos de la isla. Hasta en el castillo podían buscar.
-Al final, sí hay que tener cuidado con las trampas -suspiró Kakeru.
-¡No entiendo de qué se queja Shido, es obvio que iban a haber! -reclamó Hosuke.
-Es obvio, pero la idea no es que caigas en ellas gracias a una broma -dijo Makoto.
-Además, estando en una misión, se supone que debes estar alerta todo el tiempo -dijo Gabu-. Aunque, hablando en serio, ¿creen que sean trampas del Equipo X o sean de los refugiados ante cualquier ataque?
-Me voy más por la segunda opción -dijo Kakeru-, pero también puede ser que queden unas cuantas del Equipo X.
-Opino lo mismo -dijo Makoto.
Ayumu, Gabu y Hosuke apoyaron esa teoría.
Como no iban con Sho, el ambiente se sentía más tranquilo que cuando Kyoichi estaba ausente. El castaño era serio si la misión así lo requería, pero nunca faltaban los chistes inoportunos.
O sea, ¿cómo no van a faltar? Si en el Bosque Sin Nombre, estuvieron un buen tiempo haciendo el ridículo por salvar a Makoto de su sueño extraño y profundo de dulces y criaturas hijas del azúcar (?).
Por no decir otra cosa (?).
Y ahora que lo recordaban... se preguntaban si, de casualidad, su hermano se enteró de eso, ya que, de paso, se enteró de la situación con el príncipe Ryota, por razones aún desconocidas por la pelinegra, y siendo el peliazul el único consciente de aquello.
-Oye, Kakeru -lo llamó Makoto-. ¿Mi hermano cómo se enteró lo del príncipe Ryota?
Nuevamente, el azul cubrió su rostro.
-N-No tengo idea -rió nervioso.
-Mientes peor que él -siseó-. ¿Tú le dijiste?
-¿Por qué no le preguntas a él? Él sabe qué pasó ese día.
-Siempre me dice que él lo vio y yo no le creo -lo miró como Kayako acechando a su presa (?)-. ¿Fuiste tú... o fue Sho? Porque Hitomi no fue.
-Vamos, Makoto, eso es parte del pasado -trató de aliviar la situación el pelirrojo, que de un momento a otro, recordó cuando estaban encerrados en la misma celda.
Y pensar que justo después de decir eso, la pelinegra lo zarandeó hasta casi matarlo...
Demonios, esa isla les estaba dando muchos recuerdos.
-Makoto, recuerda lo que dijo tu hermano -chilló Hosuke, viendo cómo la niña agarraba la camisa de un atemorizado Kakeru y lo zarandeaba, aunque no tan fuerte como a Gabu.
-¿Qué haremos? -preguntó Ayumu.
-Será mejor separarnos, así evitamos que Makoto cometa un homicidio -dijo Gabu, con una gota en la nuca. Luego, lo rodeó un aura depresiva-. La verdad, evitaremos un homicidio múltiple; Shido nos va a matar.
El aura depresiva contagió a los otros dos.
-Muy bien -dijo Hosuke-. Gabu, tú te llevas a Makoto; nosotros nos encargaremos de Kakeru.
Ok, ya eso era otra cosa, pero estaban perdiendo mucho tiempo.
Así fue. Bueno, en realidad, fue un lío separarlos porque Makoto pataleaba como un niño malcriado. Ahora mismo, el pelirrojo se preguntaba si sus padres la mimaron demasiado cuando era pequeña, aunque de ser así, sería una persona más que desagradable.
¿Para qué decir que el pobre estaba luchando por no desmayarse ahí mismo?
¡Sí, si seguía cerca de Makoto, probablemente se iba a desmayar!
Cuando lo lograron, se fueron los dos grupos por distinto camino. El grupo de Kakeru se fue corriendo, mientras Gabu alejaba a Makoto, cargándola en su costado, como si fuera un libro.
-¡Suéltame! -chillaba Makoto-. ¡Le voy a partir la madre a ese cabrón!
-Tan pequeña y tan grosera -se burló Gabu, recibiendo un golpe en la cara, que lo hizo soltarla.
-¡Tenemos la misma edad, idiota! -Makoto se levantó y sacudió su ropa.
-No lo decía por la edad.
Había que admitirlo, Gabu era más alto que Makoto por unos centímetros, y ninguno se había dado cuenta.
-Como sea -la pelinegra suspiró-, ¿dónde están los chicos?
-¡No iremos con ellos para que termines matando a alguien, sólo sigamos! -la agarró del brazo.
-¿Te preocupa que mate a alguien?
-Me preocupa más lo que tu hermano pueda hacer si te pasa algo -le bajó una gota-, además, recuerda que no podemos perder la calma, o nos van a jugar una mala pasada.
La pelinegra suspiró, resignada.
-Sigamos, y por favor, no te separes de mí; no quiero ser almuerzo de Shido tan pronto.
Makoto rió, mientras se agarraba del brazo del pelirrojo, cuyo rostro comenzaba a tornarse del mismo color. Piénsenlo, un tomate de ojos ámbar; bastante llamativo, ¿verdad? (?). En fin, la cosa es que siguieron caminando, con Gabu sintiendo taquicardia y Makoto como un fideo caminante.
Por otro lado, estaba el terceto jadeando por la carrera que se pegaron para escapar de los tórtolos. Ayumu trató de mediar la situación, pero con Kakeru temiendo por su vida, con un búho contagiándose de su sufrimiento, era un trabajo casi imposible. Afortunadamente, lograron calmarse y siguieron caminando.
Pero, por Kami, parecía que revivían el día del Bosque Sin Nombre, y eso que era la Isla Imperial, nada más.
-Ahora podemos estar tranquilos, Gabu se llevó a Makoto -dijo Ayumu.
-¿Podemos confiar en ese chiquillo? -preguntó Hosuke.
-Bueno... -dijo Kakeru- ha cambiado mucho desde la última vez; creo que hasta se podría considerar como amigo para Makoto.
El búho suspiró y siguió a los niños en el camino.
Antes de partir, a cada uno de ellos les habían facilitado un radar de búsqueda, por el que se guiaron para llegar al punto más cercano, sólo a unos metros de dónde estaban. Por un momento, pensaron que era el trío dinámico, pero luego recordaron que se fueron por otro camino.
Además, de ser el trío, habrían tres puntos en el radar, en vez de uno.
Cuando llegaron al sitio, no había nada más que árboles, lo que los extrañó. No podía ser una falla del radar. Volvieron a mirar el objeto y el punto se había trasladado; si antes estaba a mano izquierda, ahora estaba detrás de ellos, a mano derecha.
Ayumu y Kakeru sacaron sus armas, mientras Hosuke fue a recorrer el sitio para salir de dudas. No sabían si alarmarse cada vez que el roce de las hojas emitía un ruido que les indicaba que había algo cerca.
-¡No sé qué sea, pero no es una cazadora! -escucharon exclamar a Hosuke-. ¡Es algo mucho peor!
-¡¿A qué te refieres?! -exclamó Kakeru, tratando de centrarse en ambos objetivos.
Si era como decía el búho, ahora mismo se veían amenazados por una criatura que saltaba de un lugar a otro.
Sólo esperaba que algo bueno saliera de ello y que nada les haya pasado a los refugiados.
-¡Es una nueva criatura, no sabemos nada de ella!
Ok, ¿debía temer y correr el riesgo o arrancar como la gallina que muchas veces demostró ser?
No, eligió la primera opción. Estaba con Ayumu, además, era buen momento para tratar de emplear lo que aprendió.
Claro, si es que encontraba a la criatura.
El peliazul volteó al oír el grito de Ayumu y vio a... lo que parecía la silueta de un lobo. Había esquivado todos los ataques del niño, que se había quedado sin armas y ya no sabía cómo ayudar a Kakeru. Éste le ordenó que corriera en busca de los demás o se escondiera, pero el niño eligió la primera opción.
No ganaba nada escondiéndose.
Ahora mismo, el peliazul se enfrentaba a una criatura oscura de gran tamaño y ojos completamente rojos, que a cada paso que daba, él se alejaba, mientras sacaba los sables de sus fundas, a cada lado de cadera. El sitio se había inundado en una densa neblina, pero él sólo estaba concentrado en la criatura que le rugía hasta dejar sordo a alguien.
(1) Rondat: Esta voltereta tiene muchos nombres; "rondat" es uno de ellos. Es parecida a la rueda de carro, con la diferencia de que el aterrizaje es con los pies juntos.
