Enmendar los errores requiere identificar las causas por las que se han cometido. Es esencial analizar si detrás de ellos se esconde un pasado sinuoso. Podemos arrepentirnos por haberlos hecho o volver a repetirlos, pero nunca borrarlos, porque gracias a ellos aprendemos algo nuevo. Nada justifica las faltas graves, pero que vuelvan a ocurrir no es una opción.

Poco a poco un corazón congelado comienza a derretirse. Éste es capaz de atravesar los obstáculos que se han generado en su camino, pero una persona puede ser la clave para que ocurra un verdadero cambio en él. Sólo basta una oportunidad.


Disclaimer: En general todo pertenece a Disney y a los respectivos creadores de la historia, todo aquello que reconozcan no me pertenece. Siéntanse libres de dejar una queja si el empleo de ellos no es el correcto.


Aclaraciones: Post-Frozen. Pre-Fiebre. Helsa-Hansla-Iceburns. Leve mención de Kristanna. Trato que los personajes sean lo menos OoC posible. ¡Disfruten!

ADVERTENCIA: Un poco de sentimiento en este capítulo, espero que les guste.


Paso a paso

Capítulo 9


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Día 129

Olaf persiguió a Anna llevando la canasta llena de plantas con frutos rojos. Su amiga llevaba una escalera, clavos y martillo, mientras recorría diversos puntos de la casa.

Llegaron a las puertas del gran salón, el cual contenía el árbol que sería adornado en dos días.

-¡Aquí será perfecto! Me aseguraré que Kristoff y yo atravesemos las puertas en los mismos momentos y así tendrá que darme un beso cada vez que lo hagamos, ¿no te parece brillante mi idea, Olaf?

El muñeco sonrió.

-¿La gente bajo él tiene que besarse?

-Sí, no es necesario que sea en los labios, pero deben de compartir un beso -dijo Anna antes de acomodar la escalera, tomar una planta y ascender para colocarla.

-¡Qué emoción! -exclamó.


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Día 131

Anna salió del gran salón para buscar a Kristoff y tener más ayuda en la decoración del árbol, los sirvientes daban vueltas en las demás habitaciones haciendo arreglos y al final se reunirían en el amplio lugar para completar los detalles que se necesitaran.

Olaf y Ebba permanecieron en la estancia haciendo adornos con los dulces, frutos secos, ramas y listones que se encontraban ahí, la pequeña muñequita había decidido apoyarlos ese día porque después no estaría con ellos. Le entristecía no estar presente en la cena de Nochebuena, pero Heidi -que la trataba como una hija- la pasaría en casa de sus parientes y quería disfrutar su primera fiesta juntas.

Olaf le mostró un muñeco hecho de ramitas y su amiga rió.

-Es muy bonito, Olaf -halagó-. Yo estoy haci… -se interrumpió al reconocer la voz de Elsa y cierto pelirrojo acercándose, así que miró con diversión la parte superior de la entrada, su amigo abrió los ojos al observar lo que se refería.

Los muérdagos que Anna había colgado.

Al mismo tiempo que las figuras de sus amigos aparecían por la puerta -el joven cargando una caja-, Ebba exclamó: -¡Hans! ¡Elsa!

Los dos se detuvieron.

-¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! -completó Olaf y separó la cabeza de su cuerpo, al unirla, señaló el punto donde la rama se encontraba-. ¡Muérdago!

Hans alzó la cabeza en dirección al cielo y sonrió de lado. Quizá se imaginaba quién planeó que se detuvieran en el lugar. Elsa escudriñó el pequeño objeto sobre su cabeza.

-Eh, no tienes que hacerlo, Hans -explicó en voz baja, alzando sus manos en gesto tranquilizador. Los ojos color esmeralda brillaron divertidos.

-¿No se rompería la tradición?, es increíble escuchar eso de una reina -replicó guardando una risa, que los muñecos de nieve realizaron en voz baja. Hans bajó la caja al suelo, realizó una reverencia y miró a la reina a los ojos.

Elsa se sintió nerviosa, no creía que Hans fuera a besarla. ¿O sí?

Él tomó la mano derecha de la soberana y a ambos les recorrió un escalofrío, ya que él carecía de guantes.

Lentamente llevó la mano hacia sus labios, sin despegar el contacto de sus ojos. Depositó un beso suave en ellas y acarició con su pulgar el espacio en que lo hizo.

Elsa se sonrojó.

-No debemos dejar pasar la tradición, su Majestad -susurró Hans y despacio soltó la mano nívea.

La reina avanzó con pasos lentos al centro de la habitación y se sentó en la alfombra.

Hans tomó la caja de nuevo y caminó hasta su lado, para dejarla en el suelo.

-¿Te gustaría ayudarnos, Hans? -cuestionó Ebba con tono cordial, sonriéndole. Él titubeó unos momentos y Elsa le dirigió una mirada.

-Me gustaría tener tu ayuda, Hans -expresó en tono bajo.

El pelirrojo sonrió sincero y tomó un lugar en la alfombra.

Quince minutos después, Anna miró sorprendida la escena, olvidándose por el momento de entrar al mismo tiempo que Kristoff.


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Día 132

-Creo que ya las tienes todas, Hans, galletas de jengibre a lo Arendelle, con un toque de las Islas del Sur -dijo el panadero observando las galletas con forma de pino, que serían entregadas el día siguiente.

Agradeció en tono bajo, admirando el trabajo que había hecho con ayuda del hombre regordete. Nunca hubiera imaginado que las habría hecho, pero estaba satisfecho de ello.

El día siguiente sería Navidad, la noche de ese día -Nochebuena- pasaría la celebración en el castillo, cenaría en la misma mesa que la reina -junto con todos los sirvientes, claro-, pero nada le emocionaba más que el momento que compartirían en unas horas. Secretamente la Navidad era un día que le gustaba mucho, disfrutaba los villancicos en Nochebuena, los platos tradicionales -de su país, porque los de Arendelle tenía que probarlos-, el ponche, el vino, los dulces, la plática, el buen ambiente.

En su familia, tras la muerte de su madre, acostumbraban a hacer cenas familiares, pero siempre se escapaba y observaba lo que hacían los demás habitantes, para después simplemente dejar de asistir a ellas. Añoraba celebrar la Navidad correctamente y ese año lo haría.

El servicio eclesiástico se oficiaría por la tarde -así como las celebraciones con toda la ciudad-, y al oscurecer cada quien haría sus propios festejos.

En el castillo sólo sería la cena y pasar el rato contentos, pues fue decidido que el intercambio de obsequios se haría la mañana del día siguiente; al pensar en el regalo que le daría a la reina se llenaba de ansiedad.

Comenzó a guardar las galletas en una bolsa de papel y le entregó una al panadero.


Los integrantes de la mesa platicaban sobre distintos temas, de los nietos de algunos, la buena comida que degustaban, de lo bonito que había sido el servicio de ese año, de las hermosas voces que habían participado en el concurso de villancicos, de las parejas enamoradas que disfrutaban besarse bajo los muérdagos, de lo distinto que fue el año pasado, hasta llegar al tema del verano.

La mesa guardó silencio un momento.

-Me gustaría proponer un brindis -el comedor se inundó de la voz de Kai y Elsa dirigió su mirada al fiel sirviente, asintió y los demás se prepararon para escuchar-. Sé que muchos cometimos equivocaciones este año, que estuvo poblado de diversas situaciones gratas e ingratas para todos los presentes, no ha sido fácil el camino a recorrer todo este tiempo, estos años -compartió una mirada con ella y con Anna-, estos meses -se dirigió hacia el pelirrojo-, pero estamos aquí un año más, compartiendo un gran momento todos juntos. Agradezco tener la dicha de estar reunidos, de disfrutar una fecha en la que la familia, el amor, la amistad, el perdón, el arrepentimiento, y las nuevas oportunidades son lo más importante. Doy gracias porque todos y cada uno de ustedes se encuentren aquí con salud y ansias de alcanzar un año más, renovados en cuerpo y espíritu. Me gustaría brindar por todo lo que hemos logrado y lo que lograremos, por las decisiones que tomaremos a partir de ahora y por los sentimientos que albergamos en nuestros corazones. Les propongo a levantar sus copas y decir adiós a todo lo malo, dándole una oportunidad al presente y al futuro, que aprendamos lo que el pasado nos ha dejado. ¡Salud!

Elsa presintió que era su turno, se puso de pie lentamente, tomó su copa y exclamó con voz firme: -¡Salud!

Su hermana Anna, sentada a su lado, también se levantó e hizo la misma exclamación. Uno a uno los ocupantes de la mesa comenzaron a repetir la acción, Gerda, Ang, Beth, Kristoff, Olaf, todos.

Hasta llegar a Hans, sentado a tres lugares del final de la mesa, con todos los pares de ojos mirándole. Ella observó cómo él miró a cada uno de los integrantes de la mesa hasta que sus ojos verdes se cruzaron con los azules de ella.

Él se levantó, alzó su copa y finalmente exclamó: -¡Salud!

Momentos más tarde, se reunieron junto al árbol y cantaron villancicos.


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Día 133

-¡Feliz Navidad! -exclamó Olaf a todo el personal del castillo con que se cruzaba. Ese día era libre para todos los sirvientes, pero por costumbre caminaban en los alrededores del hogar de la familia real. Repartía los dulces que había guardado para ese día, mientras se dirigía al gran árbol en el salón.

-¡Feliz Navidad Olaf! -devolvió la joven Ang, dándole un abrazo al muñeco-. Su Majestad acaba de felicitarnos a todos y se dirige al gran salón.

-¡Gracias Ang! -comenzó a cantar uno de los villancicos navideños, bailando al ritmo de su música.

-Olaf -llamó una voz conocida.

-¡Hola Hans! ¡Feliz Navidad! -le dijo dándole un abrazo. El pelirrojo buscó en la bolsa de papel y extrajo una galleta en forma de sol.

-Feliz Navidad, Olaf. No sé si podrás comerla, pero ésta la hice especialmente para ti, sólo no digas a nadie que yo las preparé.

-¡Oh! ¡Gracias! No te preocupes, tú secreto está a salvo conmigo -dijo en voz baja y después emocionado le contó: -¡Yo también tengo un regalo para ti!

-No tenías porqué molestarte, Olaf.

-Cuando hayas repartido todo, ven al gran salón.

Hans asintió y comenzó a irse, Olaf miró la galleta con una sonrisa y siguió caminando a su destino.

-¡Elsa! ¡Anna! ¡Feliz Navidad! -gritó al ver a sus mejores amigas.

-¡Olaf! -exclamaron las dos, que ya se habían felicitado, y lo abrazaron con alegría.

-Te esperábamos, amiguito. Para intercambiar nuestros regalos -comentó Elsa.

Los tres se dirigieron al árbol y comenzaron a darse sus obsequios.


-¡Guau Elsa! ¡Es increíble! ¡Estoy en verano! -Olaf alzó su dibujo para demostrarlo-. ¡Muchas gracias!

Las hermanas rieron.

-Gracias por el álbum, Elsa. ¡Me encanta! -dijo Anna abrazando el objeto contra su pecho.

-Estoy muy feliz de que les gustara. ¡Gracias a ustedes por sus obsequios!

Su hermana la había entregado una nueva edición de un libro de Geometría del que sorprendentemente no sabía su existencia, acompañados por chocolates hechos por ella misma, así como un bonito adorno de cristal en forma de copo de nieve; mientras que Olaf las había sorprendido con sus muñecas de cuando eran niñas, gesto que había traído lágrimas a los ojos de las dos. Anna, por su parte, le había entregado a Olaf una botella con diseños de mar hechos de vidrio y una sombrilla de playa, los tres habían reído al recordar lo que él recomendó tiempo atrás.

-Será un adelanto de lo que haremos el siguiente verano, ¡ir a la playa!

Sus dos acompañantes abrieron los ojos emocionados.

-Disfrutaré de un verano en la playa -preguntó Olaf y ella asintió-. ¡Anna iremos a la playa!

Ellos comenzaron a bailar.

Irían a una playa no muy concurrida y lejana, para la seguridad de Olaf.


Sonrojado, Kristoff le entregó una pequeña caja de música cuando se encontraban sentados en la fuente del castillo. Miró el diseño con detalle, la caja era de madera y tenía diseños de flores rosas recorriendo la tapa, al abrirlo una melodía suave comenzó a escucharse al mismo tiempo que una mariposa blanca giraba, pero lo que más atrajo su atención fue el papel que descansaba dentro de la caja de color oscuro. Después de tomarlo, lo abrió:

Ninguna palabra es suficiente para resumir lo que siento por ti, eres fiera, cariñosa, romántica y divertida, la combinación perfecta para este chico solitario, insolente, tímido y gruñón. No sé qué ves tú en mí, pero yo sé que eres especial, encontrarte fue lo mejor que me pudo pasar, nadie me dijo que me iba a enamorar. Decir te quiero me es muy extraño, no te conozco más que medio año. Sólo quiero que sepas que aunque no lo digo muy seguido, te quiero y como regalo te lo digo.

Quizá no era un poema realmente, pero que Kristoff hiciera un esfuerzo por decir que la quería justificaba que estuviera derramando pequeñas lágrimas de sus ojos verde agua.

-Sabía que no te iba a gustar, por primera vez no debí escuchar a… -él se vio interrumpido por sus labios.

-Me encantó Kristoff, porque lo hiciste tú, ahora me sentiré mal al darte tu regalo -le dijo cruzándose de brazos. Él sonrió.

-Cierra los ojos -el rubio así lo hizo, Anna extrajo sus pequeñas creaciones ocultas detrás de ella-. Puedes abrirlos -susurró y él primero se encontró con una extraña figura hecha de cristal-. Es mi intento de hacerte un animal de cristal, traté de hacer el más sencillo, que era un pez, pero como verás no soy muy buena, así que como último recurso hice éste. Con mucha ayuda. Espero que te guste.

El repartidor de hielo levantó la tela y se encontró con un pequeño vitral donde se apreciaba a sí mismo en su trineo, que se encontraba tirado por Sven. Después de mirarlo unos momentos, lo dejó en la piedra de la fuente y abrazó a Anna.

-Feliz navidad -susurró Anna.

-Feliz navidad -devolvió él.


Hans admiró el árbol de tres metros en la esquina de la habitación, mientras daba vueltas en su mano al caballo de madera que Olaf le había dado; el símbolo más característico de ese día se encontraba decorado conforme la costumbre introducida por los alemanes. Bajo él había un elegante tapete bordado; de las ramas estaban sujetas pequeñas velas de colores, encendidas en ese momento y monitoreadas constantemente por los habitantes del castillo; manzanas rojas de diferentes tamaños se hallaban esparcidas alrededor de las verdes hojas; de igual manera se apreciaban dulces de azúcar con forma de muñecos y copos de nieve; no se podía ignorar la presencia de los frutos secos, junto a los adornos de ramas hechos por las hermanas, Olaf y Ebba, así como los ángeles de pañuelo ubicados estratégicamente; por último, en lo alto, una estrella de cristal brillaba con la luz que recibía de las velas.

Todos habían contribuido a hacerlo.

Todos aquellos que la noche pasada le habían dado la mejor muestra de afecto que se podía recibir tras lo que había hecho. El discurso de Kai le había impresionado, pero la aceptación de los integrantes de la mesa no tenía descripción alguna, sentía un alivio inmenso dentro de su pecho. Quizá no era mentira lo que narraba la nueva sensación del tal Dickens, Un cuento de Navidad.

El siguiente paso era reconciliarse con su familia. Dedicaría ese día a escribirles la carta que llevaba mucho tiempo retrasada y la enviaría cuando saliera el primer correo.

Pero antes debía entregar un regalo a la persona que entraba al salón.

Una mujer con un vestido verde de cuello alto y mangas hasta las muñecas, con diseños de espirales de color plateado en el estómago, brazo y falda, la cual era amplia y caía con gracia alrededor de sus largas piernas.

Elsa lucía hermosa, llevaba su cabello suelto, sólo sujetado con un listón rojo y sonreía ampliamente.

-Precisamente iba en su búsqueda, su Majestad -dijo recuperando el habla.

-Me parece que pensamos de manera similar, yo estaba buscándote, Hans. ¿Qué asunto planeabas tratar conmigo? -fueron las palabras de la reina.

-Yo, tengo un regalo para usted, su Majestad, o más bien, un intento de serlo.

-Me intriga tu respuesta, Hans -ella llevó un dedo a su mentón-. Aunque yo también te buscaba por el mismo asunto -explicó sonriendo.

-Su Majestad, no es necesario, le aseguro que nada más puede darme usted de lo que ya me ha dado.

-Me parece que primero debes juzgar cuando tengas todas las pruebas ante tus ojos, no es precisamente un regalo de mi parte, ¿te parece que vayamos a mi estudio? Ahí es donde se encuentra.

Hans asintió y se adelantó para abrir la puerta.

-Después de usted, su Majestad.

Ella sonrió.


Lentamente caminaron a su estudio y pensó en todo lo que había pasado para llegar a ese momento. Era un asunto que tenía pendiente desde ese verano, el mismo que había influido para que empezara a convencerse de que Hans necesitaba tener una oportunidad. Tenía grabadas las palabras clave de la carta de Iain Westerguard.

Le suplico que dé una oportunidad a mi hermano… Hans no es malo, sólo es el resultado de una serie de sucesos que lamentablemente ocurrieron. Mis hermanos y yo tenemos la esperanza que puedan ayudar al menor. Aquí, en las Islas del Sur, se esconden muchos recuerdos tristes y amargos, en comparación al único que hay en Arendelle, su Majestad. Mi hermano necesita comenzar allí, no pido compasión por él, sólo le ruego humildemente que nos ayude a recuperar al Hans que perdimos hace mucho. Todos los Westerguard tenemos nuestros errores, pero quien los ha pagado ha sido él. Por favor, su Majestad, cuando usted perciba al hombre verdadero, entréguele la tercera carta. Si lo hace, hasta el día de mi muerte estaré sumamente agradecido y tendrá en mi a un humilde servidor. Por favor, en el momento que considere correcto. Por favor, su Majestad. Por favor.

Porque el día en que Hans arribó, habían llegado tres cartas con él.

La formal misiva de un rey.

La informal carta de un hermano preocupado.

Y otra que aún no había llegado a su destinatario.

El pelirrojo abrió la puerta de su estudio y le dejó entrar.

-Sentémonos en el sillón, Hans -le dijo al joven uniformado que igualmente vestía uno de los abrigos que Gerda le había dado-. Debería ser yo quien te entregue tu regalo primero, pero quiero hacerlo después- comentó en voz baja cuando estaban ubicados en sus lugares.

Hans suspiró.

-Tenía la esperanza de prepararme antes de hacerlo, pero yo no soy el rey -sonrió de lado-. Hace algún tiempo me encontré un objeto curioso, que imagino fue dañado y olvidado años atrás. Ya que no tengo muchos medios conmigo, me tomé la libertad de utilizarlo como obsequio, su Majestad. Espero que le agrade -le dijo lentamente, quizá analizando las palabras.

El joven de ojos esmeralda extrajo de detrás de su espalda un objeto del que no se había percatado al dirigirse al lugar, debido a que estaba inmersa en sus pensamientos. Él puso un marco de madera en sus manos, con la imagen boca abajo, se acercó a ella y posó su mano sobre su antebrazo, sonriéndole sincero. Una calidez llegó con el contacto.

-El marco y cristal anterior estaban rotos, por lo que conseguí el material adecuado y utilicé uno de los cuantos conocimientos que aprendí aquí -susurró en voz baja.

-¿Puedo? -cuestionó con el mismo tono, refiriéndose a voltear el marco.

-Es suyo.

Con delicadeza giró el objeto de madera y la imagen recibida fue la mejor que tuvo.

-Es… el… el retrato -murmuró con voz entrecortada.

Detalló con sus dedos la imagen que creía olvidada, pérdida. Era la pintura de sus padres, su hermana y ella, realizada antes del accidente con Anna. Ese retrato lo había dañado cuando sus poderes se descontrolaban y había pedido a sus padres que se lo llevaran, que lo desaparecieran porque era uno de los recuerdos más felices que tenía.

Los cuatro estaban abrazados en un sillón, ella entre sus padres y Anna en el regazo de su padre. Todos sonreían al pintor y reflejaban la felicidad de estar juntos como familia.

Hans le había devuelto una parte de su vida que creyó dejar atrás. Comenzó a derramar unas cuantas lágrimas de alegría. Sin pensarlo, envolvió sus brazos alrededor del cuello del pelirrojo y ocultó su cara en el espacio de su hombro y cabeza. Él pasó sus brazos fuertes bajo los suyos y comenzó a acariciar su espalda de forma lenta.

-Gracias, Hans. No sabes lo feliz que me has hecho -agradeció en voz baja.

-Ésa era mi intención -aseguró él con voz suave.

Permanecieron en esa posición durante unos momentos más.

Se separó y, ante la mirada interrogante de Hans, se acercó a su escritorio, dejó el marco encima de él y procedió a devolver el gesto hecho por el pelirrojo.

Introdujo la llave en la cerradura y tomó la carta que llevaba tiempo guardada allí, acomodó en la mesa los objetos que tenía planeados y regresó al sillón.

-Hans -susurró y le extendió una misiva-. Cuando tu hermano te envió aquí, me mandó tres cartas, una de ellas disculpándose y dejándote a disposición mía, otra suplicándome cumplir unas instrucciones y ésta.

Hans tomó la carta con detenimiento, aturdido.

-Me dio instrucciones precisas sobre cuándo podría entregártela, yo consideraría el momento adecuado. Creo que es ahora, no sé qué pasará después, pero desde hace unas semanas considero que es el tiempo indicado para dártela -calló unos momentos-. No sé su contenido, sólo sé que es de gran importancia que la tengas.

El pelirrojo escudriñó el papel sin remitente.

-Este no es mi regalo -los ojos verdes le miraron extrañados-. Mi regalo es ésto -caminó hasta el escritorio y tomó en sus manos el sello y el lacre (10). Los dejó en la mesilla central.

-¿Para qué es eso, su Majestad?

-El sello real te permitirá enviar cualquier carta en el momento en que desees, incluso si la envías mañana, tu respuesta podrá llegar antes del comienzo del año. Feliz navidad, Hans.

-Feliz navidad, su Majestad -deseó él.


Hans se sentó en el suelo de una de las habitaciones menos concurridas del castillo y observó lentamente el papel amarillo, curioso de lo que encontraría adentro. Había llevado con él pluma, tinta y papel, para escribir la carta a su hermano y quizá la respuesta a la que tenía en sus manos, pero suponía que no la necesitaba.

Porque el papel lucía viejo y desgastado, aunque estaba asegurado con un sello común. Todo eso aumentaba su curiosidad. Aunado al hecho de que era grueso.

Rompió el sello y abrió la carta.

Reconoció la letra al instante.

Su padre.

Mi querido Hans,

Un buen día tu hermano Iain se acercó a mí y me cuestionó mis actitudes para contigo, en ese entonces comprendí finalmente que había errado en mis acciones.

Recuerdo un día mucho tiempo atrás, del que tú no te acordarás. Tu madre me pidió que no lo hiciera, pero yo estaba complacido con mi hijo menor y quería enseñarle a montar a caballo; ella estaba en lo correcto al querer detenerme, pero mi orgullo pudo más y te monté en un poni de crines doradas -sólo tenías tres años-, los primeros momentos fueron maravillosos, tus ojos brillaban divertidos y pedías ir más rápido, yo reía y negaba, pero tú insistías tanto que era muy difícil decirte que no, por lo que hiciste tu voluntad hasta que el pequeño animal salió de control y te tiró, caíste sobre una roca y tu cabeza sangraba profundamente, sólo llorabas y te quejabas, yo no podía hacer nada. Pasaste una semana en cama quejándote de dolor por las noches, mientras abrazabas a tu madre, que no me reprochaba lo que había hecho.

Juré que no volverías a ser dañado por mi culpa, eras tan frágil y no merecías sufrir a causa de este hombre maduro.

Comencé a apartarme de ti, al principio tú me seguías y pedías que hiciéramos algo juntos, me platicabas que habías aprendido una nueva palabra, que disfrutaste enormemente con tus hermanos. Tratabas de conversar sobre tu día y yo sólo recordaba ese terrible suceso, mi pequeño niño fue herido a causa mía.

Hasta que un día dejaste acercarte, esperaba con ansias escuchar tus palabras, pero ya no llegabas a mí, de manera tonta creí que fue lo mejor. Empero que hasta el día de hoy nunca he dejado de estar enterado sobre lo que ocurre en tu vida.

Así pasó un buen tiempo hasta que tu madre empeoró y permaneció en cama convaleciente, estabas tan destrozado, ella era tu máxima compañía y la estabas perdiendo. Traté de acercarme pero ya parte del daño estaba hecho, tú sólo querías al único padre que estuvo para ti… El día en que murió fue cuando más sufriste, permaneciste en cama semanas, desde la puerta te observaba y por las noches acariciaba tus cabellos para alejar las pesadillas que te aquejaban, impotente me aseguraba que volvería a acercarme. Mas dos semanas después de esa decisión, miré tus ojos y no pude hacerlo, eran los mismos ojos de Iona, verdes y brillantes, sólo verlos me causaba gran dolor, eras el único que los tenía, al igual que su forma de ser.

Todos sufríamos por la partida de nuestra amada Iona. Cada uno buscaba una forma de superarlo, pero me apena admitir que tus hermanos hacían mayores progresos que yo. Y tú, tú comenzaste a alejarte de todos, no querías el contacto con nadie, exactamente como yo hice contigo. Tus hermanos buscaban integrarte a ellos cuando no se fijaban en tus ojos, porque para todos era el recordatorio de tu madre; me da gusto que se acercaran a ti, aunque al final aceptaron darte tu espacio.

No supe ser un buen padre.

Llegó el día en que partiste al colegio, ya no eras el niño animado que recordaba, sino una sombra de lo que fuiste, no regresabas más que en verano, pero no hacías contacto con nadie. El orgullo Westerguard hizo de las suyas, en todos nosotros.

Ahora tienes dieciséis y he dejado pasar mucho tiempo, pero me estoy muriendo y temo que sea muy tarde. No creo llegar hasta el verano, y si estás leyendo esta carta es porque no lo hice, sino hubiera hecho a un lado todo ese maldito orgullo y te habría dicho cada una de estas palabras. Pero no las recibirás el día en que yo muera y te suplico que me perdones ahora, he hecho jurar a Iain que mantendrá esta carta guardada hasta que surja el hombre que siempre debiste haber sido.

Me arrepiento demasiado de todo lo que hice, postrado en mi cama lloro al recordarlo. Todo lo que has hecho viene a mi cabeza, tus primeras palabras, tus primeros pasos, la caída de tu primer diente, tus travesuras, tus abrazos afectuosos, tus pláticas, tu gran inteligencia, tus premios y avances en el colegio, todo está presente en mi mente. Hans, te pido perdón por haberte hecho sufrir, no se debe hacer a quien se quiere tanto.

Hijo mío, siento no poder despedirme de ti, mis brazos me duelen ante el anhelo de abrazarte fuertemente, le he dicho adiós a todos tus hermanos, pero me falta el menor de mis hijos. Quiero que sepas que estoy enormemente orgulloso de lo bueno que has hecho a pesar de todo, quizás te has equivocado, pero eres un gran hombre y podrás arreglarlo. Eres digno hijo de tu madre, siempre recuerda eso.

Hay tantas palabras que me gustaría decir, pero el doctor ha entrado a la habitación y me está recordando que debo descansar.

Creo que ésta es nuestra despedida, desde donde esté velaré por ti, en compañía de Iona. Quiero decirte que mi sirviente fue testigo de que pasé contando los días para verte, pero el destino no quiso reunirnos.

Hans, absolutamente nunca dudes que yo te quise, hasta en mi último suspiro lo estaré haciendo e incluso después que mi alma abandone mi cuerpo. Te quiero, te quise desde el primer momento en que supe de tu existencia.

Debo partir, pero te deseo lo mejor en tu vida. Mi mayor deseo es que seas feliz, que tus ojos vuelvan a brillar como lo hicieron esa mañana de primavera que marcó el principio de todo.

Espero algún día llegues a perdonarme y dejes ir el dolor que mi orgullo ha causado.

Tu padre que te ama

Claro que lo perdonaba.

Secó las lágrimas que caían por su rostro y miró la mejor carta que había recibido en su vida.

-Yo también te amo, padre -musitó sonriendo débilmente.


10. Lacre. Pasta rojiza que, derretida, se emplea para sellar documentos.

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¡Hola!

Olaf dice: ¡Actualizó dos días seguidos! ¡Guau!

En fin, quería que llegaran a este capítulo, espero que estén leyendo esto y hayan disfrutado enormemente el capítulo, puse bastante de mí en él. Trataré de no extenderme tanto, no sé cómo lo tomaron pero después de mucho sentimiento no querran leer mucho. El detalle de la carta pasó super desapercibido en el capítulo en que Elsa la sacó, el 5 siendo exacta, espero que haya sido una sorpresa, ¿qué tal fue el capítulo? Realmente me gustaría tener muchas opiniones sobre lo que escribí, trabajé mucho :3 [o pueden dejar un comentario por mi actualización rápida]

No tengo muchas palabras, espero que disfrutaran el capítulo. Gracias a quienes leen la historia, que la siguen o tienen en favoritos y, por supuesto, a quienes dejan reviews.

Ya saben, cualquier duda, comentario, aclaración, reclamación, crítica, etc, etc, hasta pequeña carita que me haga sonreír, son verdaderamente aceptados en el recuadrito de abajo. Sólo escuchen a la vocecita interna que les dice que no soy profesional ni nada por el estilo, sino una simple estudiante que pasa mucho tiempo -que podría ser de calidad- en FF XD [a los autores nos hace feliz verlos]

Abrazos y besos,

HoeLittleDuck

PD. Entenderán por qué separé el capítulo en aquella parte, pero necesitaban disfrutarse casi al mismo tiempo.