He vuelto. Tres meses después, pero he vuelto.
Explico la ausencia: exámenes. El final de curso, que es así. Exámenes por todos los lados. Hasta que no he salido, no he podido completar esto. Pero bueno, lo importante es que estoy aquí otra vez.
Y por si alguien lo ha pensado, no os preocupéis. No pienso abandonar esto, al menos en el futuro próximo.
Disclaimer: Pokémon es de Nintendo y demás.
Volvemos al AU, mundo real con pokémon. Esta vez nos vamos a la Feria de Abril. Sí, estamos en mitad de julio, pero esta ya la tenía a la mitad y preferí terminarla a empezar una nueva.
Autor: Lennon/McCartney. Año:1964. Álbum: A Hard Day's Night. Apareció en la película del mismo nombre.
Con la rapidez adquirida en el curso de los años y muchas cenas en grupo, mis ojos fueron escrutando uno tras otro los muchos platos de plástico que cubrían la mesa baja de madera alrededor de la cual nos sentábamos. Nada. El primero estaba vacío, e igual el segundo. Tampoco tuve más suerte con el tercero. Espera, ¿y ese de allí, a la derecha del todo? Ah, no; ya lo había mirado, y también me mostraba su fondo brillante de poliestireno, manchado sólo por unas cuantas migas de rebozado. Decepcionada, detuve mi búsqueda, y me recosté sobre el respaldo de la silla. Era increíble. Entre siete, nos habíamos terminado quince raciones de pescaíto frito en apenas cinco minutos. Los habíamos hecho desaparecer tan pronto como nos los habían ido poniendo. Desde fuera, teníamos que haber parecido una manada de Mightyena hambrientos.
Bueno, Toby era un Mightyena, pero él no había comido nada. Ni siquiera le gustaba el pescado.
Entonces, lo vi. Allí, luciendo solitario su rebozado marrón claro en el centro del plato, al otro lado de la mesa, estaba el último trozo de pescado. Inmediatamente, alargué la mano para cogerlo, mientras me imaginaba su delicioso sabor y su textura en mi boca y esta se me hacía agua. Esto era el filo del plato; vale, ya estaba dentro… ¡Ah, aquí! Ya lo tenía.
Espera un momento. Esto no era mi comida. Estaba tocando algo blando y peludo, y que yo supiera el pescaíto frito no tenía pelos.
Confundida por la repentina transformación de mi comida, separé por un instante la mirada de la superficie brillante de la mesa y la pasé a mi mano derecha para ver qué era lo que tenía en ella. Pero en cuanto mis ojos la vieron, se apartaron de ella con un gesto automático. La sangre acudió en tropel a mis mejillas, otorgándole su color rojo; y este, al mezclarse con el amarillo de mi piel, tiñó mi rostro del mismo tono naranja del cielo del ocaso.
Aún avergonzada, volví a levantar los ojos para ver cómo se lo había tomado. Y allí, a dos sillas de distancia, estaba él. Él, con su rostro contraído en un gesto de sorpresa. Él, con sus mejillas sonrosadas; aquellas mejillas que junto con su morro redondo y sus pequeñas orejas le daban a su rostro un aire infantil que hacía que quisiera saltar sobre él y comérmelo a besos cada vez que lo veía. Él, con su mano en la mía, apretándomela con fuerza e intentando decir algo que escapaba de sus labios como un tartamudeo.
Durante un momento, yo me quedé tan sorprendida como él, mi cerebro demasiado lento para procesar la situación, o tal vez apabullado por los muchos sentimientos que me asaltaban. Esbozando una sonrisa, apreté su mano con más fuerza, intentando entrelazar sus dedos con los que yo no tenía. Llevaba semanas deseando que esto ocurriera… y por fin mi deseo se cumplía. Pero entonces él rompió el contacto al tiempo que negaba con la cabeza, como si todo hubiera sido una equivocación que no merecía atención ninguna. Y aquello me entristecía. Era evidente que no pensaba eso. ¿Por qué actuaba entonces como si lo hiciera?
Desanimada, me dejé caer sobre el respaldo de la silla en el preciso instante en que terminaba la sevillana que había estado sonando por la caseta, cuyo sonido fue enseguida sustituido por los pitidos de los cacharritos de la cercana Calle del Infierno; y nuestras entrenadoras, que habían estado bailándola rodeadas de un círculo de humanos a los que no conocía de nada, vinieron a sentarse con nosotros, riendo y tambaleándose por los muchos tragos de rebujito que llevaban ya. La verdad, yo no entendía qué le veían los humanos a esa bebida. Lo había probado una vez, el año pasado, y no me había gustado en absoluto. Pero, en fin, si a ellos les gustaba…
― Eh, Phari ―me dijo la mía, arrastrando la lengua. Había bebido más de lo que yo pensaba. Normalmente no se ponía así hasta la quinta copa. En fin, supongo que me había tocado vigilarla. No me está bien decirlo, sobre todo porque soy su pokémon, pero lo cierto es que le daba por ligar con todo macho viviente cuando llevaba algunas copas de más. Cuando ella no estaba, nos reíamos recordando cuando lo intentó con el globo gigante con forma de torero que habían colocado a la entrada de la caseta, diciendo "Por fin he encontrado a un tío que esté bueno"―. ¿Te pasa algo, quilla? Tienes una carita triste impresionante de grande.
Sonrojándome un poco, negué vigorosamente con la cabeza mientras intentaba poner una cara convincente; aunque tampoco tenía que esforzarme mucho. Con todo lo que había bebido, seguro que con que pareciera que no me preocupaba nada colaba. Sin embargo, sí que había una cosa que me reconcomía por dentro, y se refería a él. Pero, ¿qué podía hacer…
… aparte de llevarme el último pescaíto del plato?
― ¡Oye! ―dijo él al percatarte de que acababa de desaparecer, y le miré con cara a la vez divertida y de circunstancias al mismo tiempo que hacía gestos exagerados de que estaba delicioso. Y lo estaba. Pero bueno, debería haber estado más atento, ¿no?
― Tres cuartos de hora p'al alumbrao ―dijo el entrenador de Toby, que se llamaba Curro, si la memoria no me fallaba, mirando su reloj; y todos acogimos la noticia con alegría y aplaudiendo para demostrarlo. Había sido difícil esperar un año entero, pero por fin había llegado el gran día en que, como todos los meses de abril, comenzaría la Feria.
― ¿Ya era hora, no? ―respondió su entrenadora, y todos la acompañamos con gestos de aprobación, y alguno de sus amigos con un "desde luego".
― Pues sí, la verdad es que sí ―respondió Curro, y levantó la mano para llamar la atención del camarero. Genial. Aquello solamente podía significar una cosa―: ¡Chico, ponme otra de pescaíto y cuatro macetas y me traes la cuenta!
― ¡Oío, jefe! ―dijo el camarero, mientras yo me relamía imaginando el delicioso sabor que pronto estaría excitando mis papilas gustativas.
― Esta vez no me lo vas a quitar ―me dijo él con una sonrisa pícara en su rostro.
― Ya veremos ―le respondí yo, adoptando una postura vigilante y buscando con la mirada al camarero que tenía que volver con la comida y la bebida. Sin embargo, este ya se había perdido entre la multitud que se agrupaba enfrente de la barra, de modo que no tuve más remedio que devolver la vista a la mesa y esperar a que volviera.
Mientras los minutos transcurrían lentamente esperando a que trajeran la comida a la mesa, yo me dediqué a pasar la mirada por todo el resto de la caseta, mientras escuchaba sin prestar atención la conversación que mantenían los humanos, que se entremezclaba con la sevillana de fondo que acababan de poner en el equipo de sonido. Algunas parejas, tanto un chico con una chica como dos chicas, y tanto mayores como jóvenes, la bailaban subidas en el tablado de madera que habían puesto para ello al lado de la barra. Sin nada más que hacer, me dediqué a observarlas. La verdad es que me estaba gustando; el baile, quiero decir. La música también estaba bien, pero definitivamente las sevillanas no eran mi género favorito. La electrónica estaba mucho mejor.
― Aquí traigo el pescaíto ―reconocí la voz del camarero, y me di la vuelta a tiempo para ver cómo colocaba la fuente repleta hasta los bordes de comida en el centro de la mesa― y las macetas. ―Las sacó de la bandeja una por una y le dio una a cada humano―. Y para el perrito ―Toby gruñó, molesto, pero él no le hizo ningún caso. Odiaba que le llamaran perro. Como él decía "soy una hiena, y a mucha honra".― traigo un filete. ―Se agachó y se lo puso justo debajo de la boca―. ¿No te importa que sea de otra mesa que no lo han querido, no?
Por toda respuesta, Toby bajó la cabeza y comenzó a devorar el filete a otra velocidad, al mismo tiempo que yo aprovechaba para hacer desaparecer un pescado de la bandeja. Pobrecito. Qué hambre debía de arrastrar. La verdad, yo no me lo hubiera comido. Tenía que estar mordido, o chupado, o yo que sé. Bueno, a lo mejor sí, pero sólo si llevara varios días sin comer y después de cortarlo por donde se lo hubieran comido.
― Muchas gracias, chico ―dijo Curro, al mismo tiempo que su pokémon se lamía los labios y emitía un ligero gruñido de satisfacción.
― No es ná, hombre. Pa' que lo tiren, prefiero dárselo al pobrecillo, que tiene una carita de hambre… Aquí tiene la cuenta ―dijo, entregándole el papelito. Todos se fijaron en él, momento que yo aproveché para coger otro pescado. Por el rabillo del ojo, vi su mano sobre el plato, y sonreí.
―Muchas gracias.
― De nada, jefe ―respondió él, y se fue, bloc en mano, a atender otra mesa en la que habían reclamado su atención.
En el mismo instante en que el camarero desapareció entre la gente fue como el primer día de caza: inmediatamente, todos nos abalanzamos sobre la comida, intentando coger algo antes de que desapareciera del plato; cosa que ocurriría en menos de un minuto, si no me fallaban los cálculos, ya que compartíamos entre seis un plato para dos. Nuestras manos chocaban una y otra vez a la búsqueda de un trozo del delicioso pescaíto, y las nuestras se encontraron más de una vez, momento en que nos mirábamos, yo sonrojada, y ambos con una expresión nerviosa.
Era increíble que tuviéramos tanta hambre después de haber comido tanto.
― ¡Phari, quita ya la mano! ―me gritó mi entrenadora, y me dio un golpe en la mano; en absoluto fuerte, pero lo suficientemente inesperado como par que soltara el plato. Por un momento, la miré sorprendida. La última vez que había hecho algo así fue cuando era una Mareep joven y desobediente―. Llevas toda la cena comiendo pescado. Te vas a poner mala.
Por toda respuesta, le lancé una mirada de desacuerdo. Ella sabía que no tenía razón. Comía tanto, o más, todos los lunes del pescaíto; y nunca me había pasado nada. Aunque, pensándolo mejor… La verdad es que me sentía un poco llena; y que yo recuerde nunca había llegado a este límite.
Quizá, solo quizá, fuera remotamente posible que ella estuviera en lo cierto.
― Te vá a poné como una solla ―dijo ella, riendo; y no sé por qué, porque no tenía ninguna gracia―, y le vá a dejá de gustá a tu novio.
Al oír cómo le mencionaba, mi corazón comenzó a latir con fuerza, impulsando la sangre hacia mis mejillas, que adquirieron el color naranja del atardecer. Él, mi novio… Es verdad que quería que lo fuera; qué porras, no había nada que deseara más en este mundo. Y lo iba a conseguir. Pero de momento, sólo éramos amigos.
Con curiosidad, volví la mirada hacia él para ver qué pensaba. Pero era evidente que no lo había oído, porque estaba devorando con fruición un trozo de Magikarp frito. Suspiré, y me di la vuelta en mi silla.
― ¿Quiere un poquito, hija? ―me preguntó mi entrenadora, ofreciéndome su maceta de rebujito. Estaba un poco por debajo de la mitad. Bueno… supongo que, por esta vez, podría darle un traguito. Aunque sólo fuera porque ella no bebiera tanto.
Asiéndolo con fuerza entre mis manos en forma de aletas, me llevé el vaso a la boca y le di un largo sorbo. Al principio sabía dulce por el azúcar de la gaseosa, pero en cuanto hice el gesto de tragarlo sentí el sabor amargo del alcohol en mi lengua, que casi me hizo escupirlo. Sin embargo, de algún modo conseguí retenerlo; y me lo tragué con rapidez para que evitar que el regusto se me quedara mucho tiempo en la boca.
― Gracias ―le dije y le devolví el vaso, aunque todo lo que ella oyó era mi nombre repetido varias veces.
― De ná, Phari. ―me respondió, adivinando lo que le había dicho (aunque tampoco podía haber sido muchas otras cosas) y le dio un trago al vaso―. Currito, ná má que le pague, volando pa' la portada. Quiero vé el alumbrao, y como no noh demo prisa va a está asín. ―Puso la mano abierta con la palma mirando hacia arriba y juntó los dedos varias veces con rapidez.
― No te preocupe, quilla ―le respondió tu entrenadora, haciendo un gesto con la mano que le salió bastante torpe por todo el alcohol que llevaba en la sangre―. Con que podamo ponerno en la explanada lo vemo. ¿A cuánto tocamo, Curro?
― Espera un momentito. Ocho, cabe dos y bajo el cinco… Veintitré pavos por cabeza.
― ¿Veintitré euro? ―repitió mi entrenadora, atónita―. No hemo podío comé tanto.
― No ni ná ―le rebatió la tuya, en tono de enfado―. Mira la mesa. ¿Cuántos platos ves? Una hartá. Y más de la mitá son tuyos, porque tu Ampharos come como una descosía.
Iba a decirle algo, pero entonces oí el sonido de su risa. Y eso me calmó, haciéndome simplemente negar con la cabeza en lugar de gruñir intentando parecer amenazadora como normalmente hubiera hecho.
― Vamos a ver, no nos peleemos ―intervino Curro, y el chico que se sentaba a su lado asintió con la cabeza. Que yo supiera, no había dicho una palabra en toda la noche. ¿Sería mudo?―. Es verdad que ella ―me señaló, y yo me encogí de hombros, incómoda― ha comido mucho; pero Lola, tú te has pedío cinco macetas.
― ¡Uy, lo que te ha dicho! ―saltó mi entrenadora, antes de exigir ver la cuenta.
En ese momento dejé de prestar atención a la conversación, más que nada porque no me incumbía en absoluto. Iba sobre dinero, así que sólo le importaba a ellos, que para eso lo ganaban y les preocupaba. Bueno, tal vez sí, aunque sólo fuera porque estaba segura de que cuando llegáramos a casa me iba a reñir por todo lo que había comido.
Cansada, y algo aburrida, comencé a pasar la mirada por todo lo que me rodeaba; sobre la gente que me rodeaba, sobre ti, aunque no la mantuve más que un segundo para que no te percataras, sobre el suelo de albero de la caseta y el techo de tela a rayas verdes y blancas, sobre la barra donde decenas de hombres y mujeres en traje de flamenca comían, bebían y charlaban; y finalmente acabó posada sobre el escenario de madera donde varias parejas bailaban la sevillana que ponían por el equipo de sonido. Parecían felices y estar pasándoselo bien, sobre todo por lo mucho que se reían.
No sé lo que me ocurrió entonces. Fue un impulso repentino, un capricho de mi cuerpo al que tal vez contribuyó el largo buche de alcohol que había bebido, eliminando por completo la timidez que sentía cuando estaba cerca de ti y permitiendo que hiciera lo que de otro modo nunca me habría atrevido a hacer. Fuera como fuera, lo único que sé es que le cogí de la mano y le arrastré a la pista de baile.
Por suerte para nosotros, llegamos cuando la sevillana ya había terminado, en el preciso instante entre una y la siguiente y cuando la gente aprovechaba para salir o subir al escenario. De un solo paso y sin mirarlo, aunque por la rigidez de su mano podía decir que estaba muy nervioso, y seguramente ruborizado, subí al escenario; y una vez allí miré a mi alrededor. Solamente entonces me di cuenta de que estábamos solos encima del tablao. Todos aquellos que venían con la misma intención que nosotros se habían quedado abajo, mirándonos con rostros asombrados; aunque no entendía por qué.
¿Es que no puede una pareja de pokémon bailar una sevillana?
― Ostra, tía ―oí decir a tu entrenadora, que se reía mientras nos apuntaba con el dedo―. No me diga que se van a poné a bailá.
― Yo esto no me lo pierdo ―afirmó Curro, riendo; y tanto él como su amigo sacaron su teléfono móvil del bolsillo del pantalón.
Vale, parecía que, al menos, no era lo normal. Me di la vuelta, y lo primero que vi fue a él, mirando nerviosamente a todas partes. Estaba claro que tanta gente alrededor le impresionaba. Y a mí también. No quería admitirlo, pero aquello me intimidaba bastante. Tener a tantos humanos pendientes de nosotros; y encima no teníamos ni idea de qué hacer… Pero ya había llegado demasiado lejos como para echarme atrás, así que me puse las manos en la cintura y, lanzándole una intensa mirada a la chica que manejaba el aparato de música, le hice un gesto desafiante para que la pusiera.
Encogiéndose de hombros, ella alargó el brazo y pulsó un botón en el aparato. Tan pronto como lo hubo hecho, una sevillana comenzó a sonar a través de los altavoces; de manera tan imprevista que fuimos completamente incapaces de movernos mientras sonaban los primeros compases. Nos intercambiamos una mirada tensa, al mismo tiempo que la gente, expectante, esperaba a que hiciéramos algo; y un pensamiento cruzaba mi cerebro: tenía que hacer algo. Si no, iba a quedar completamente humillada después de haberme hecho la chula y salir a bailar delante de todos. ¿Pero cómo, si no tenía ni idea y no lo había hecho ni una sola vez en mi vida?
Otros cinco larguísimos segundos pasaron sin que hiciéramos ningún movimiento, y la decepción comenzó a adueñarse de las caras de los que nos miraban.
— No, si ya sabía yo — oí decir a mi entrenadora; y por alguna razón, a pesar del ruido de conversación y del elevado volumen al que sonaba la música, su voz me llegó nítida y clara como el cristal—. ¿Dos pokémon cómo van a bailá una sevillana, chiquilla?
Bueno. Hasta aquí podíamos llegar. ¿Cómo que no podíamos bailar por ser pokémon? Ya está bien de que nos traten así, como seres estúpidos que no podemos hacer nada más que combatir y competir en concursos. Pero le iba a demostrar que estaba equivocada. Ahora mismo le iba a demostrar lo equivocada que estaba.
Vamos —le dije con voz llena de rabia y decisión, y acto seguido di un paso hacia la derecha mientras movía los brazos por encima de mi cabeza como había visto hacer antes a mi entrenadora. No tendría ni idea, ni un traje llamativo como ella; pero al menos podría salir del paso imitando los movimientos que recordara lo mejor que pudiera.
Durante un segundo, él se quedó parado, mirando nerviosamente mis movimientos con las mejillas de color rosado. ¿Qué hacía? ¿No me iría a dejar sola, no?
— Vamos —repetí, pero esta vez de una manera mucho más suave y con algunas notas de seducción.
Y aquello funcionó. Aquellas palabras, un gesto con mi mano derecha que reclamaba su cercanía y un par de pases de baile algo insinuantes fueron lo único necesario para que se disipara su vergüenza inicial y comenzara a seguir mis movimientos, aunque de una manera muy tímida y torpe. Pero a mí eso me daba igual, por supuesto. Yo también era muy torpe para estas cosas.
— ¡Phiro, asín no é! — gritó tu entrenadora, haciendo bocina con las manos— ¡Eso son lo paso de la mujere!
Inmediatamente, todos los espectadores de nuestro baile rompieron a reír mientras él se sonrojaba más de lo que había visto nunca y yo, aunque me esté mal decirlo, reía con ellos. Pobrecito mío. Qué ridículo debía sentirse.
— Quillo, seguirno —dijo la voz de un chico a mi derecha, y antes de que pudiera volver la cabeza para verlo cogió a su novia de la mano y se puso a bailar, teniendo cuidado de que los dos, y especialmente él, pudiéramos ver bien los movimientos que teníamos que hacer. En mi idioma, que ellos no entendían, les di las gracias. Era un gesto muy amable por su parte.
Ahora que teníamos una guía al lado, la verdad es que resultaba mucho más fácil. Incluso estaba comenzando a aprenderme los pasos. Derecha, izquierda, giro, con los brazos por encima de la cabeza, girándolos… Lo único que no podía hacer era tocar los palillos, porque no tenía y porque no los podría tocar con las malditas manos en forma de aleta que tengo. Pero bueno, no eran imprescindibles; y además la chica que bailaba a nuestro lado las llevaba.
La verdad es que me estaba encantando la experiencia. Estaba siendo genial, más que nada porque podía pasar tiempo junto a él, bailando juntos. ¿Por qué no se me habría ocurrido esto mucho antes?
― ¡Qué arte tiene, Phari! ―oí gritar a mi entrenadora, y me sonrojé. ¿Iba en serio, o en broma?―. ¡Ole ahí, chiquilla!
― ¡Ole! ―la acompañó la tuya, dando un solo aplauso que nadie secundó. Complacida, esbocé una sonrisa. Para ser la primera vez, nos estaba saliendo genial.
Entonces, por primera vez en varios segundos, desvié la mirada de la pista; y enseguida me sorprendí. A nuestro alrededor, sobre el albero, había unas doce parejas bailando alrededor de nosotros, como si nosotros fuéramos la atracción principal de la caseta y ellos estuvieran aprovechando el momento. ¿Tanto poder de concentración teníamos? Curiosa, volví la vista a nuestra mesa, y vi a Curro y a su amigo apuntándonos con sus cámaras. Fue intuición femenina, supongo, porque en ese momento supe que íbamos a terminar en esa cosa del ordenador donde los humanos ven vídeos. Y lo mejor de todo era que, a pesar de lo tímida que solía ser , no me importaba en absoluto que miles de humanos pudieran ver esto.
― Final del primer palo ―nos dijo el humano que nos guiaba, devolviendo mi concentración a la pista de baile; y justo después ejecutó una vuelta con su novia que yo completé con él medio segundo después. ¿Final del primer palo? ¿Qué quería decir eso?
Por el rabillo del ojo, pude ver cómo tu entrenadora le daba a la mía un codazo disimulado, o al menos todo lo bien que pudo con todos los rebujitos que llevaba, mientras las dos se reían. Di una vuelta más, y en ella pude ver cómo Curro y su amigo alzaban sus móviles para grabarlo mejor, justo antes de acercarme a ti como lo habían hecho los dos humanos que nos guiaban. Estar tan cerca de ti me gustaba. Pero aún me preguntaba qué…
― ¡Ole! ―gritaron a la vez todas las personas de la caseta, estallando en un grito de júbilo colectivo que me hizo perder la concentración justo cuando el chico cogió a su novia y apoyó su brazo izquierdo en su espalda, que ella encorvó hasta que su cabeza quedó a medio metro del suelo, con la de él colgando unos centímetros por encima.
Sorprendida, arqueé el entrecejo. Así que era eso… Por supuesto, yo también quería. Le miré suplicando que lo hiciera, y le vi venir hacia mí dispuesto a ello; pero ya era demasiado tarde. La música ya había vuelto a sonar, y debíamos seguir bailando.
― Lo siento ―le oí susurrar, y cuando pude mirarle vi que tenía la mano tapándole la boca, como si fuera un gran secreto. Me separé de él para volver a girar sobre mis talones, y mientras lo hacía la sangre se subía a mis mejillas. Qué bonito. Saber que se preocupaba por eso…
― No te preocupes ―respondí yo cuando volvimos a estar frente a frente―. Seguro que hay otro ahora.
La verdad es que me sentía algo decepcionada. Hubiera podido estar más cerca de él de lo que nunca había estado, y acababa de tirar a la basura la mejor oportunidad de estar en sus brazos que nunca había tenido. Quién sabe si volvería a tenerla alguna vez. Pero bueno; lamentarse no servía de nada. Solamente podía esperar a que hubiera otro más adelante.
― No te preocupe, hija ―me dijo la chica en un breve segundo en que coincidimos frente a frente, y me guiñó el ojo. Me había adivinado el pensamiento. Intuición femenina. Bueno; eso, o que había puesto mala cara―. Hay otros tre ahora después.
Al oír aquello, me sentí mucho más aliviada. Iba a volver a pasar. Iba a poder caer en sus brazos, en sus fuertes brazos, como si fuera una doncella y él mi caballero, yo una hembra humana que se acaba de emparejar y él mi pareja en su primera noche juntos. Lo miré, con la esperanza y las ganas de que ocurriera dibujadas en mi rostro, y él me sonrió.
Sin embargo, el tiempo pasaba y el final del palo no llegaba; y cada vez se me hacía más largo el tiempo y me impacientaba más. ¿Cuándo iba a pasar? ¿Cuándo iba a llegar el momento en que me dejara caer en sus brazos?
― Phari ―oí su voz, aunque no le presté atención porque estaba concentrada en la pareja que bailaba con nosotros, por si nos tenían que decir algo. Entonces, él repitió mi nombre más fuerte―: ¡Phari!
― ¿Sí? ―respondí yo con voz débil, su dulce voz sacándome del círculo vicioso de impaciencia en que me había introducido sola.
― ¿Te pasa algo? ―me preguntó, mirándome con intensidad y frunciendo el ceño. Inmediatamente, me sonrojé. No por su mirada ni su pregunta, por supuesto; sino porque detrás de su máscara de seriedad me había parecido ver algo de preocupación por mí.
Me encogí de hombros, negué débilmente con la cabeza y tragué saliva antes de responder:
― No, nada ―respondí, intentando fingir que no había ocurrido nada en absoluto. No quería que se preocupara.
Por un momento, me pareció ver que me miraba con cara de sospechar algo. Tragué saliva, sintiendo los nervios aflorar; e intenté seguir bailando como si nada. Pero claro, era difícil porque tenía que luchar contra mi impaciencia y al mismo tiempo disimularla lo mejor que podía.
― ¿Estás segura?
Haciendo un gesto que pretendía ser seductor, pero que no me salió muy bien, di la vuelta completa que el baile exigía; buscando frenéticamente una respuesta mientras tanto.
― Completamente.
Vale, era la peor respuesta del mundo. Claro que no se la iba a creer. Ni siquiera esperaba que la considerara un solo segundo. Por eso no me sorprendí cuando se encogió de hombros, ni cuando le vi abrir la boca para decirme algunas palabras que nunca llegaron a salir de ella.
― ¡Final del segundo, chicos! ―dijo la voz de la chica, sorprendiéndonos y dejándole con la palabra en la boca. Una sonrisa asomó a mis labios. Por fin había llegado el momento que tanto había estado esperando.
― Este no se nos puede escapar, ¿eh? ―le dije, acercándome a él y guiñándole un ojo.
Inmediatamente, él te sonrojaste y puso un brazo a mi alrededor, a unos quince centímetros de mi piel amarilla.
― ¿Era eso, verdad? ―me preguntó, y yo asentí con la cabeza. La música paró un instante; y yo cerré los ojos, preparándome para lo que iba a ocurrir.
Anticipándome ligeramente a lo que sucedería, me puse de puntillas y eché el peso de mi cuerpo hacia atrás, arqueando mi espalda lo suficiente como para sacarlo de la vertical. Por un momento, me sentí ingrávida, y enseguida comencé a caer. Pero no me importaba, porque sabía que él estaría allí para recogerme con sus fuertes brazos.
― ¡Ole! ―gitaron veinte voces al unísono, la mía entre ellas, antes de que el contacto de su mano en mi espalda y el calor que desprendía su cuerpo se encargaran de arrebatármela, dejándome sólo con mi boca abierta y mis mejillas sonrosadas.
Boqueé un par de veces, sin saber muy bien qué hacer, y cerré los ojos, sumergiéndome en aquel torbellino de sensaciones. Sentía una acogedora calidez en mi pecho producida por su cercanía, y también en el lugar de mi espalda en que su mano me sostenía. Esbocé una sonrisa de felicidad, justo un segundo antes de que aquel breve momento de gozo que nos concedían terminara y debiéramos volver a nuestro baile. No es que molestara en absoluto; pero evidentemente prefería estar aquí con él, sintiendo sus brazos alrededor de mi cuerpo.
― Ole ―dijo su dulce voz en mi oído al mismo tiempo que me volvía a poner en pie desde mi posición tumbada sobre su brazo. Sonreí a modo de respuesta al sentir las plantas de mis pies contactar con el duro de madera, y enseguida comenzó a sonar la música de nuevo.
Al igual que habíamos hecho en los dos primeros palos, durante el tercero nos limitamos a seguir a la pareja que bailaba enfrente de nosotros. Sin embargo, podía notar que ahora nuestros movimientos eran mucho más naturales que cuando empezamos, mucho menos agarrotados y nerviosos, y los ejecutábamos con mucha más tranquilidad; sobre todo yo, ahora que no tenía final de palo del que preocuparme. Sí, por supuesto que sabía que volvería a llegar el momento en que me cogiera en sus brazos; pero por alguna razón no me sentía nerviosa en absoluto. Era como si haber estado en ellos algunos segundos antes tuviera un efecto calmante sobre mí. Aunque lo cierto es que debía de tenerlo, porque…
― ¡Ole! ―oí gritar a toda la caseta, y sin saber muy bien cómo me encontré tumbada sobre mi espalda, sostenida por su mano y con su rostro casi tocando el mío. Estaba tan sorprendida que no pude decir ni una palabra; tan sólo poner una expresión de completa sorpresa.
¿Ya se había terminado? ¿Tan pronto?
― Venga, que ya solo nos queda uno ―me dijo, mirándome fijamente a los ojos, y sonrió.
Sonrojándome un poco, le devolví el gesto e intenté volver a ponerme en pie, aunque no lo conseguí hasta que él me ayudó dándome un suave tironcito de mi mano derecha, que dejé en la suya durante un segundo antes de retirarla; sintiéndome algo avergonzada, aunque también feliz, de haberle cogido de la mano. Levanté los brazos y comencé a moverme al ritmo de la música, siguiendo a los dos humanos como siempre, cuando me di cuenta de una cosa: había cuatro palos, y acababa de terminar el tercero.
Este era el último.
Nuestro tiempo juntos estaba a punto de terminar.
No. No era el momento de ponerme triste por dejaba que la amargura por su lejanía futura me venciera e impidiera sentirme feliz. Si lo hacía, me arrepentiría de ello durante mucho tiempo.
Tenía que quitarme esa idea de la cabeza. Tenía que centrarme en este último instante que nos concedían.
Y sólo había una manera de hacerlo.
Con energías renovadas, di un paso adelante seguido de uno a la derecha mientras movía los brazos como si me estuviera colocando los pliegues de un traje de flamenca que no llevaba, mientras le lanzaba miradas seductoras al tiempo que me concentraba en expulsar de mi cerebro los pensamientos que había decidido erradicar. Mis labios se curvaron en una sonrisa mientras daba una vuelta completa sobre mí misma, y la terminé di un fuerte taconazo sobre el tablao de madera, que la almohadilla en la planta de mi pie se encargó de amortiguar. Volví la mirada hacia arriba, solo para encontrarme con su rostro sonriente.
―Ole ahí ―me dijo, acompañádolo con algunas risas―. Que grasia tiene, hija.
Aquellas palabras me hicieron reír. Cómo se metía en el personaje. Quise parar por un momento y abrazarlo con fuerza, pero seguro que los humanos no se tomarían muy bien que dejara de bailar. Así que, en su lugar, di un paso hacia él antes de dar una nueva vuelta, de modo que nuestras manos se rozaron durante un segundo.
Desde donde estaba no podía verlo, pero estaba completamente segura de que se había puesto como un tomate. Igual que yo.
Riendo suavemente y sintiendo la calidez de la sangre en mis mejillas, describí con rapidez en último cuarto de vuelta que me quedaba para quedar frente a él. Ya estaba absolutamente segura de lo que me iba a encontrar, pero cuando vi su rostro, completamente sonrojado, no pude evitar sentir una sensación cálida dentro de mi pecho. Ay, qué tímido era, y cómo lo quería…
Aquel último palo duró todavía un minuto más, que transcurrió entre vueltas, risas y muchos intentos de sonrojar al otro, tanto suyos como míos; y de los que no recuerdo nada más que eso. Ni la música que sonaba, ni los pasos de nuestros guías, ni el calor que hacía, ni el jaleo de las personas de la caseta, nuestros entrenadores incluidos. Nada de eso se llegó a grabar en mi cerebro. Sólo su rostro y las sensaciones que nos asaltaban. Había perdido por completo la noción del tiempo, que sentía transcurrir tan velozmente como volaba un Dragonite; y antes de que pensara, o remotamente sospechara, que aquel instante llegaría, sentí el contacto de algo blando y cálido sobre mi hombro.
— Oye, Phari. —No comprendí muy bien aquellas primeras palabras, y sólo pude hacerlo después de que me sacudiera ligeramente del hombro, devolviéndome al instante al mundo real.
― ¿Sí? ―pregunté, sacudiendo ligeramente la cabeza, y él se limitó a señalar a nuestros guías.
― Que dicen que ya se va a acabar la sevillana.
Durante una milésima de segundo, me quedé completamente parada, sin saber muy bien qué hacer; y le lancé una mirada de incredulidad y angustia. Mi tiempo con él iba a terminar.Y lo peor de todo es que ni siquiera podría repetirlo, no hasta el año que viene; porque después de esto mi entrenadora me arrastraría al alumbrao, y a la mañana siguiente volveríamos a su pueblo en tren sin darme tiempo ni una oportunidad para despedirme de ti.
Entonces, tendría que convertir este momento en el más especial de mi vida.
Con aire decidido, di un paso hacia él justo antes de que terminara el baile y la caseta estallara en sonoros "oles" de vitoreo, preparándome para lo que iba a ocurrir. Porque sabía que, pasara lo que pasara, nada ni nadie podría arrebatarme aquel último y fugaz instante entre sus brazos.
Justo entonces, tal como había previsto, la música dejó de sonar. Las parejas cayeron unas en brazos de las otras como si fueran piezas de dominó puestas en fila, y el tiempo pareció detenerse por un momento cuando los humanos jalearon nuestro baile con sus voces.
Entonces, y solo entonces, me dejé caer.
Ni siquiera llagó a ser un segundo, pero aquel escaso tiempo en que mi cuerpo caía por el aire me pareció que duraba horas. Me sentía ingrávida, y un suspiro de deseo escapó de mis labios. Quería sentirlo, sentir su contacto, su cercanía, su cariño. Quería sentirme querida por él.
Y entonces lo noté. Sentí su mano derecha en tu espalda, sosteniéndome. Sentí la sangre acudiendo a mis mejillas, y la calidez llenando mi pecho. Y por un instante, deseé que el tiempo se detuviese.
Tan metida estaba en mi propio mundo, que no me di cuenta en absoluto de que él me estaba levantando y poniéndome en pie, ni de que nuestro tiempo juntos había terminado. Sólo me percaté de ello cuando dejé de notar el suave pelaje de su mano en mi espalda y mis pies contactaron con las tablas del tablao. Y tal vez hubiera sido mejor que hubiera sido así, porque de lo contrario no habría permitido que le pusiera fin.
Dedicándole una última mirada enamorada, le hice un gesto con la cabeza para que viniera conmigo; y levanté la mirada para buscar a nuestros entrenadores. Entonces, ocurrió algo que nunca había esperado: tan pronto como bajamos del escenario, toda la caseta estalló al unísono en un sonoro aplauso.
― Que arte tenéi, hijo ―nos gritó tu entrenadora, a lo que la mía y sus amigos respondieron afirmando exageradamente con la cabeza y gritos de "ole ahí" y "muy bien dicho".
Por un instante, me quedé con la boca abierta. No sabía muy bien qué decir. Saber que les había gustado, aunque era nuestra primera vez y ni siquiera sabíamos cómo se hacía… Podía sentir cómo mi pecho se llenaba de orgullo y satisfacción, y, sonriendo le cogí de la mano para hacer un saludo, como había visto hacer a los humanos. Pero, cuando terminó, él no se separó de mí.
Mi corazón comenzó a latir más rápido al darme cuenta de que seguíamos unidos, bombeando sangre a través de mi cuerpo y hacia mis mejillas. Lentamente y sin perder el contacto, me giré para verle, y vi sus mejillas sonrojadas y su rostro avergonzado, adornado por una pequeña sonrisa.
Y entonces, me abalancé sobre él y le atrapé en un abrazo.
Mis brazos se enroscaron como poderosos Seviper alrededor de su cuerpo, con mis manos amarillas encontrándose en su espalda, mientras mi cabeza y mi cuello descansaban en el cálido pelaje crema de su pecho. Sentí el respingo que dio al notar mi contacto, y, un segundo después, sus brazos se cernieron sobre mi cuerpo, arrancándome un suspiro de placer.
Podía oír a los humanos aplaudiendo. Normalmente me hubiera incomodado, pero hoy no me importaba nada. Ni siquiera el hecho de que no nos volveríamos a ver en meses. Había disfrutado esta noche con él, y eso era todo lo que me importaba. Porque esta noche había sido feliz.
Había sido feliz bailando con mi amor.
Os dejo aquí un pequeño diccionario de la Feria, con todas esas expresiones más difíciles de comprender.
Alumbrao: marca el comienzo oficial de la Feria. Ocurre dos semanas después de Semana Santa, a las doce de la noche del lunes al martes. La costumbre es comer pescaíto frito en esa noche.
Calle del Infierno: parte de la Feria donde se ponen los cacharritos, las atracciones. Se llama así por el mucho ruido que hay en ella. A veces, no puedes hablar ni a gritos.
Caseta: en ellas se reúna la gente para comer, beber y bailar. Hay más de mil, de las cuales sólo unas diez son públicas. En el resto hay que ser socio para entrar.
Maceta: vaso grande, aproximadamente de medio litro, por lo general de rebujito.
Palillos: castañuelas.
Rebujito: mezcla de vino manzanilla y 7-up. Se puede considerar la bebida oficial de la Feria.
Creo que eso es todo. Avisadme si me he olvidado de alguna, y la pongo enseguida.
¡Hasta el próximo One-Shot!
