NI IDEA
…de qué estoy escribiendo. ¿Canon, what if, semi-AU? ¿Humor, romance, drama? ¿Eremika, Rivetra, crack? ¿Relaciones, traiciones, inversiones? Colección de one-shots de todo tipo, cual cajón de sastre. ¡El espectáculo debe continuar! Inspirado en "Momentos" de Chica Plutonio. NI IDEA 10 – REENCUENTRO: Mikasa Yeager y Eren Ackerman comparten un momento de intimidad antes de continuar.
NOTA DEL AUTOR – Me temo que el experimento con Ni Idea no ha salido como yo esperaba.
En vez de una colección de one-shots variados, al final una sola idea se ha convertido en mucho más, hasta el punto de "invadir" casi todo lo demás. Está claro que las historias breves y autoconclusivas no son lo mío; era de esperar, teniendo en cuenta que me conocen como "señor Muro de Texto".
En fin, ¡qué le vamos a hacer! La colección quedará marcada como "completa"; a partir de ahora, me centraré en los long-fics que ya tenía empezados. Dije que terminaría todas mis historias… y pienso cumplirlo.
Mi enhorabuena a quienes habéis llegado hasta aquí. Espero que hayáis disfrutado leyendo esta "mini-saga" de Mikasa Yeager y Eren Ackerman, tanto o más que yo escribiéndola.
¡Hasta la próxima y que os vaya todo bien!
NI IDEA 10 – REENCUENTRO (IV)
Publicado el 26 de marzo de 2016 (Sábado Santo), con una extensión de 11.864 palabras.
Levi terminó de hablar y se hizo el silencio; por un momento, a los allí presentes no se les oyó ni un solo ruido.
Mientras tanto, la naturaleza seguía su curso; del bosque cercano llegaba el trino de los pájaros madrugadores, el murmullo de las hojas suavemente agitadas por el viento y bañadas por la nítida luz del amanecer.
Mikasa contempló a su Capitán, hombre de pocas palabras, impresionada por la forma en que ya nada volvía a ser igual (como si el mundo temblase) cuando él decidía hablar; incluso le costaba un poco respirar… y parecía no ser la única en sentirse así.
A su lado, Petra también observaba a Levi, con un brillo cálido en los ojos; y la joven cambiante pudo intuir que en esa mirada había algo más que el simple respeto de una legionaria hacia su superior.
Hange tenía una expresión que distaba mucho de la habitual; no era la cara de alguien pensando en la mejor manera de fastidiar a otro, sino que ella también parecía especialmente inspirada tras escuchar las palabras del Capitán.
Eld y Jinn, que habían permanecido silenciosos y atentos a todo aquel intercambio (aunque sin duda habrían intervenido en caso de ser necesario), seguían serios pero estaban más relajados que antes; en sus rostros podía leerse el discreto orgullo de pertenecer a la unidad de élite de la Legión.
Auruo ya se mostraba un poco más cohibido, incluso avergonzado por su explosiva reacción; la muchacha esperaba que ahora al menos se quedase callado, sin abrir su enorme bocaza durante un rato… aunque había que reconocer, por irritante que pudiera resultar, que tenía parte de razón.
Sin embargo, la atención de Mikasa no tardó en volver a centrarse sobre Eren, cuya expresión revelaba una confusión casi total, como si después de todo lo que había oído ya no supiera qué pensar; si sentirse enfadado o alegre, orgulloso u ofendido… La muchacha contuvo el gesto de llevarse una mano a la cara; a veces costaba creer que él fuese el primero de su promoción, porque de algunas cosas no había manera de que se enterase.
Por otro lado, también era cierto que antes tenía que asimilar todo lo que había escuchado; aunque quizás no fuese el mejor momento para ello, rodeado como estaba por quienes aún se lanzarían sobre él si hacía un solo mal gesto… además del hombre que acababa de darle una buena paliza. Eren parecía capaz de perdonar las afrentas propias con más rapidez que las ofensas contra aquéllos a quienes apreciaba.
Y por eso no fue tan sorprendente, en realidad, que la expresión confundida del chico diera paso de pronto a otra que reflejaba tranquilidad e incluso cierta satisfacción; Mikasa, por el contrario, empezó a sentirse más inquieta, temiéndose ya lo que significaba aquel cambio.
"Al final, a él le pesa más lo bueno que lo malo, cree que ha salido ganando con todo esto… Pero entonces, ¿qué le impide volver a intentar algo así en el futuro? Si con su osadía ahora ha conseguido un reconocimiento de sus méritos, y la posibilidad de formar parte del Escuadrón más adelante, ¿qué le desanima para embestir de nuevo contra su próximo obstáculo sin pensar en las consecuencias? Y qué oportunamente se olvida ahora de todo lo que no le conviene… Esto no puede terminar bien. Hay que corregirlo cuanto antes. Tengo que hacer algo para evitar que siga actuando de esa manera, ya."
Y la joven tomó su decisión, conteniendo el creciente torbellino de emociones que pugnaba por escapar de su interior para devastarlo todo a su paso; nada de ello se reflejaba en su rostro cuando al fin habló, con una voz suave y firme (como un puño metálico oculto en un guante de seda) que resonó con claridad en aquella mañana tan apacible, llena de promesas.
–Capitán Levi, señor… Me gustaría estar un rato a solas con Eren, si no es mucho pedir.
Mikasa se había esperado otra reacción a sus palabras, como que los veteranos (en especial Hange) hicieran algún comentario jocoso y luego ella se sonrojase; pero en vez de eso, se hizo el silencio.
En realidad, aquello tenía más sentido. Se trataba de un asunto serio, dejar que la "chica titán" se quedara a solas en el bosque con el muchacho que justo antes casi le había dado una paliza al Capitán; y aunque Levi considerase ya zanjado aquel asunto, eso atenuaba la ofensa pero no la borraba.
Por otro lado, aquel silencio (aun siendo algo tenso) resultaba preferible a cualquier respuesta airada del resto del Escuadrón, que seguramente consideraría que se estaban haciendo excepciones con quienes menos lo merecían.
Porque desde cierto punto de vista, tanto Eren como Mikasa eran armas; quizás al servicio de la Humanidad, sí, pero no por ello menos difíciles de controlar en ocasiones. Los dos eran más fuertes (¡a sus quince años!) que la mayoría de soldados adultos; y ambos eran muy peligrosos, cada uno en su estilo. ¿Acaso les iban a permitir un momento de intimidad, por breve que fuese, cuando existía la posibilidad (incluso ella reconocía ese riesgo) de que los dos, hartos ya de tanta desconfianza, escapasen de quienes supuestamente estaban en su mismo bando y sin embargo les pagaban tratándoles como a las bestias?
Aunque la joven cambiante no era capaz de plantearse aquella alternativa durante mucho tiempo; enseguida se daba cuenta de que jamás podría abandonar a los suyos, largarse de allí y olvidarse de todos ellos… incluso las bestias permanecían junto a los demás miembros de su manada. Mikasa y Eren no estaban solos, ya no. ¿Cómo podrían olvidarse de Armin, que siempre les había acompañado (especialmente en los momentos difíciles) y que tantas veces les había salvado, aun si él no era capaz de verlo así? ¿Y el resto del Escuadrón 104, que precisamente llegaría al cuartel dentro de poco?
¿Y el Escuadrón Levi? Eld y Gunther, casi como hermanos mayores, en quienes podía confiar para que le cubrieran la espalda (con la certeza razonable de que no intentarían apuñalarla); Auruo el fanfarrón, de quien intuía que a la hora de la verdad también daría la cara por ella, además de que a veces tenía parte de razón (por inoportunos que pudieran ser sus comentarios); la sufrida Petra, que en poco tiempo y a pesar de las circunstancias adversas se había convertido en más que una hermana mayor, incluso una amiga; y sin olvidar por supuesto a Hange, prácticamente un miembro honorario del Escuadrón, para resignada y silenciosa desesperación de cierto Capitán con ojos de acero… a quien Mikasa no podía dejar de incluir, naturalmente, en aquella familia o hermandad improvisada (creía recordar que eso significaba nakama en la lengua de su madre).
Levi, con sus frecuentes silencios, no ocultaba hostilidad sino una discreta comprensión del mundo que le rodeaba; a su manera brusca y cortante, era capaz de decir y hacer lo que debía, cuando debía.
"Es una cualidad que también me gustaría desarrollar. La cuestión es, ¿podré hacerlo ahora? ¿Podré decirle a Eren lo que debe oír, por su propio bien, aunque nos cueste a los dos?"
Una parte de Mikasa, pequeña y cobarde (que siempre estaría ahí por mucho que intentase controlarla), casi preferiría que el Capitán dijese "no puedes quedarte a solas con Eren", porque así evitaría esa situación en la que ella tendría hacerle daño a él… Pero por otro lado, confiaba en esa comprensión discreta que parecía brillar ahora en aquellos ojos grises; como si el oficial entendiese que el reencuentro entre los dos jóvenes era algo bastante más serio que cualquier broma o crítica que pudiesen hacer los demás miembros del Escuadrón.
Mikasa no oyó que Eren dijese nada; tampoco le observó directamente, pues su atención se centraba en el Capitán de momento… un momento que había parecido hacerse eterno, con todo tipo de pensamientos surcando su mente, poniendo a prueba su determinación. Por suerte, ya no tuvo que esperar mucho más.
–Está bien –respondió Levi al fin, tranquilo y con calma; a sus labios asomó la sombra de una sonrisa, como si adivinase lo que ella se proponía y le diera ánimos para conseguirlo–. No os alejéis mucho ni tardéis demasiado, porque los reemplazos llegarán pronto y sería apropiado que estuviéramos todos aquí presentes.
En silencio, con aquella mirada de acero, Levi pareció añadir una muda advertencia. "No se os ocurra hacer ninguna estupidez."
Mikasa asintió silenciosamente, tragando saliva al pensar en lo que aún tenía por delante; pero apretó con decisión su puño, el mismo en torno al cual llevaba la fina venda de color gris claro… el color de los ojos de Eren.
"Tengo que hacer esto. Voy a hacer esto."
Y después ella no dijo nada, ni se despidió de los demás, absorta como estaba pensando en él, sólo en él; como si en ese instante ya no hubiera nadie más en el mundo entero.
Se limitó a hacerle un gesto con la cabeza a Eren para que la siguiera, resistiéndose a la idea de cogerle de la mano o sujetar uno de los extremos de su bufanda; sabía que él no habría soportado eso. Mikasa empezó a andar con rapidez hacia la linde del bosque cercano, confiando en que por una vez le haría caso sin refunfuñar.
Y por suerte, no tardó en oír detrás de ella los pasos de él… y se concentró en eso, y en el bosque cada vez más próximo, y en el sonido de su propia respiración, y en los latidos de su agitado corazón.
Mikasa siguió avanzando a grandes pasos, cada vez más rápida; había empezado tranquila, intentando mantener la compostura, pero ya se encontraba nerviosa e impaciente por tener aquella conversación con Eren, cuanto antes mejor.
La joven cambiante, que tan solo un momento antes se había sentido "parte del mundo" (ese mismo en el que también vivían sus compañeros), ahora en cambio tenía inconscientemente la idea de que los dos se habían quedado a solas; que todo ese mundo se limitaba a ella y él en ese bosque que ahora recibía acogedoramente a ambos entre sus robustos troncos, sus fuertes ramas, sus verdes hojas.
Las suelas de sus botas hacían crujir suavemente la delgada alfombra de hojas que amortiguaba sus pasos, convirtiéndolos en un leve murmullo que también acompañaba el susurro del viento entre el verde mar que ahora cubría sus cabezas; el palio de la naturaleza brindaba buena sombra y también reforzaba esa sensación íntima, como de estar a solas los dos en el mundo.
Mikasa no se sentía demasiado culpable por pensar así, por haberse olvidado prácticamente de todo lo demás en ese instante; centraba la mayor parte de su atención en intentar controlar sus respiraciones, tan agitadas como su alterado corazón, cuyos fuertes latidos parecían bombear directamente la sangre contra sus tímpanos. De hecho, no estaba segura de cómo podía oír aún, por encima de su atronador pulso, el suave rumor de las hojas y el viento… aunque allí donde estaban, no se oían pájaros; señal no tan sutil de la creciente tensión en el ambiente (entre ella y él), silencio revelador del inminente estallido de la tormenta que rugía en su interior, como un fuego ardiente en el pecho y la garganta.
Mikasa ya no podía seguir conteniendo por más tiempo todo aquel torrente de emociones, que amenazaban con desbordarla en cualquier momento; desde luego, darse la vuelta y fijar su mirada en Eren (en sus ojos claros) no ayudó a tranquilizarla, más bien justo lo contrario.
El muchacho de negros cabellos, con ojos que en ese momento parecían reflejar el verde follaje de los árboles, por lo menos la había seguido hasta allí sin protestar, aunque seguramente estaría refunfuñando para sus adentros; actitud que revelaba su ceño fruncido, recriminándola silenciosamente, como diciendo "qué quieres ahora y para qué me has traído aquí".
Por un instante, a Mikasa se le pasó por la cabeza la idea de agarrar a Eren por la bufanda (la misma que ella le había dado años atrás) y dar un tirón, hasta ponerle de rodillas y someterlo; hacerle suplicar, hacerle ver de una vez que si él todavía respiraba era porque ella así lo deseaba. "Veremos si sigues teniéndotelo tan creído cuando ya no puedas respirar," parecía decir en su interior la voz de su lado más oscuro.
Pero la muchacha cerró los ojos y meneó suavemente la cabeza, en un intento de apartar de su mente aquellos pensamientos tan siniestros. "Yo no soy así." Sin embargo, cada vez le costaba más convencerse de ello; quizás esa oscuridad, largo tiempo dormida y sólo ahora despertando, era en realidad su auténtica naturaleza. "Antes incluso de saber que era una cambiante. Desde que maté a aquellos hombres, aunque fuese en defensa propia… ¿Y si sólo estoy retrasando lo inevitable? ¿Y si sólo es cuestión de tiempo que la oscuridad termine ocupando el lugar que le corresponde por derecho?"
Y tal vez fuese la opción más cobarde, pero Mikasa decidió que seguiría retrasando lo inevitable mientras pudiese hacerlo; e incluso si en algún momento debía terminar consumida por la oscuridad, al menos no estaba dispuesta a usarla contra él… todavía.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya mucho más calmada, vio delante de ella precisamente a Eren, con una expresión más bien desconcertada que sustituía a la anterior (más habitual) de fastidio; había dejado de fruncir el ceño.
Y quizás de manera un tanto inconsciente, justo en ese momento, con los cálidos rayos del sol cayendo sobre ellos y transmitiéndoles esa fuerza y energía… Mikasa pensó, por un instante, que podía ver las cosas por primera vez; todo mucho más nítido, más sólido, más real.
Podía ver a Eren por primera vez; su auténtica naturaleza, su verdadero espíritu, su núcleo inconfundible… su alma.
Alguien fuerte, un poco gruñón, pero que siempre estaba pendiente de que a ella no le faltase de nada, cuidándola a su manera; muy listo y hábil para algunas cosas, aunque no había forma de que se diera cuenta de otras, como si siempre le acompañase cierta aura de incomprensión. De hecho, justo en ese momento…
–¿Mikasa?
Eren fue primero en romper aquel silencio tenso, con una suavidad poco habitual en él, más preocupado ahora que irritado; apenas un susurro, que escapó de sus labios entreabiertos y, más que rasgar el aire que separaba a ambos, apenas lo arañó ligeramente.
Pero su confusión, que ahora se revelaba no sólo en su rostro sino también en aquella única palabra (casi pronunciada con delicadeza), consiguió en cambio irritar a Mikasa; como si esa emoción hubiese tenido que surgir a través Eren y, al verse inesperadamente contenida, estuviese buscando otra vía de escape en la persona más próxima… haciendo bullir de nuevo el poder oscuro que había dentro de ella, y que ya siempre la acompañaría.
Y justo en ese momento (maldita casualidad) se movieron las hojas, o quizás pasó una nube inoportuna; desaparecieron los rayos del sol, se propagaron las sombras y de pronto ambos quedaron sumidos en las tinieblas.
Y entonces Mikasa supo que no iba a poder evitarlo: tendría que que transformarse en aquello que odiaba, para salvar a Eren de sí mismo; aunque ahora le hiciese daño, aunque luego no se lo perdonase.
Pero sus nobles intenciones ya no fueron a más y se vieron sumergidas por todo ese torrente desatado de emociones, durante tanto tiempo contenidas, entre las cuales destacaba (sin lugar a dudas) una para la que Mikasa había tenido un gran maestro en Eren.
Ira.
Mikasa agarró a Eren por el cuello y le estampó de espaldas contra un árbol.
Los dos se desplazaron varios metros, en apenas un instante, hasta que Eren chocó contra el rugoso tronco.
–¿¡Se puede saber en qué estabas pensando!?
Mikasa clavó sus ojos de fuego en los de Eren, mucho más aturdidos de lo habitual… y también asustados. Ella no necesitó levantar la voz, ni amenazar ni insultar, para que sus palabras cruzasen como un cruel y furioso susurro la escasa distancia que les separaba; aquel latigazo rasgó el aire con temible eficacia, a juzgar por la expresión dolorida de él, aunque en ese dolor también influyó el impacto contra el árbol.
Por un momento no pudo respirar, sobre todo por tener en torno al cuello una de las poderosas manos de Mikasa; precisamente la misma en cuya muñeca descansaba (en claro contraste) la delicada venda de seda gris claro, como los ojos de Eren…
"Maldita sea, ¡ahora no es momento de pensar en eso! ¡Céntrate!"
Sus dedos índice y pulgar se clavaban en la mandíbula inferior de él, esquivando el obstáculo que representaba su bufanda. Ambos tenían la misma altura, y en cierto modo la misma fuerza, por lo que Mikasa no llegó a levantar del suelo a Eren; sus botas siguieron en contacto con la tierra y quizás por eso no perdió del todo su presencia de ánimo.
Los finos dedos de ella, con una violencia que no se esperaría quien no la conociese, se hundieron en la carne de él; sin llegar a rasgar y hacer sangre, pero sí dejando claramente su marca.
Mikasa pudo oler su miedo… y esa parte más oscura de ella, la bestia que había en su interior, rezongó satisfecha; casi sin darse cuenta, sus labios se fueron curvando en una sonrisa lobuna, enseñando los dientes… y eso hizo que Eren se sintiese aún más aterrado, reforzando aquel ciclo de miedo y satisfacción por tener ese poder sobre otro.
Y verdaderamente por un momento Mikasa se planteó destruir a aquella persona; de nuevo la oscuridad en su interior fantaseó con la idea de aplastar con su puño a Eren, hasta que no quedase nada de él.
Fue justo en ese momento, al cruzar una delgada línea invisible, cuando lo que aún tenía ella de humana le hizo recordar lo que pasó en la Batalla de Trost; después de perder el control en su segunda transformación, cuando ella casi le…
Su mortífera mirada vaciló un instante; sus ojos se desplazaron hasta la cicatriz que él ya tendría para siempre cruzándole la ceja derecha… gracias a ella.
Y si algo bueno tuvo aquel error del pasado, fue que ahora le impidió cometer otro mucho peor; si para algo sirvió aquello de lo que siempre se arrepentiría, fue para mantener a raya la oscuridad y simplemente usarla en vez de dejarse consumir por ella.
Pero la oscuridad no desapareció de golpe. Eren seguía asustado, aunque Mikasa ya no se regodeó más en ello, evitando un siniestro derrotero; recordó su objetivo inicial, que era salvarle incluso de sí mismo.
"Desde luego, ahora tengo toda su atención… Debo aprovechar para hacerle entender."
Otra parte de ella se daba cuenta de lo cerca que estaba de él; en aquella proximidad, tan íntima, podía sentir la calidez que emanaba de su cuerpo, su respiración, su aliento acariciándole la piel… sus ojos claros, con tantos matices, en los que tan fácil sería extraviarse.
"¡No, Mikasa! ¡Céntrate! No cometas el error de pasar de un extremo a otro. No puedes dejar que se libre… Tienes que hacer esto."
Y aunque en su interior musitó un "lo siento" (que habría sonado como un "te quiero"), sus siguientes palabras no pudieron ser más distintas a una disculpa.
–¡Ése es siempre tu problema, que no piensas! –siseó Mikasa, furibunda; el mismo tono capaz de atravesar el aire (y el corazón)–. ¡Siempre te lanzas de cabeza contra lo que sea que tengas delante, sin pararte a pensar en las consecuencias! ¿¡No te das cuenta de que lo único que consigues así es empeorar las cosas!? ¡Por no hablar del peligro que corres! ¿¡Se puede saber qué pretendías lanzándote de esa forma contra el Capitán!? ¡Naturalmente no pensaste en lo que podría haber pasado luego! Y no me vengas ahora con que si dudo de ti o de tu fuerza, ¡porque no es eso! No me refiero a lo que podría haber pasado si hubiera salido mal, ¡sino a lo que podría haber pasado si hubiera salido bien! Imagínate que le das una paliza a Levi, que le derrotas por completo y termina en la enfermería… ¿¡De verdad crees que te irías de rositas después de algo así!? ¡No lo permitirían! Podrían haberte sometido a un consejo de guerra por lesionar a un oficial. ¡Podrías haber terminado en el paredón! Por no hablar de que… Ay, Eren, sé que te sobran fuerzas, ¡pero ni siquiera tú habrías sido capaz de vencer a Levi y luego a Petra y al resto del Escuadrón! ¡No puedes estar enfrentándote a todo el mundo todo el tiempo!
Mikasa aprovechaba aquellos instantes para descargar toda su angustia, su rabia, su miedo… todo lo que había sentido realmente, guardándolo hasta entonces en su interior, oculto tras la máscara de su estudiada indiferencia; una máscara que ahora se había roto. Sabía que Eren no se quedaría callado mucho tiempo y ella quería aprovechar todo lo posible la oportunidad que se le había presentado, para intentar hacerle entender de una vez por todas.
Y de algún modo, fue la última frase la que hizo reaccionar a Eren: la confusión, el dolor, la sorpresa, el miedo… fueron dando paso a unas emociones bien distintas; ahora también había allí furia, rabia, ira… pero aquella reacción no fue la explosiva habitual y eso lo hacía mucho más aterrador.
Eren estaba muy serio, esforzándose en controlar sus emociones, como podría hacerlo ella o incluso el Capitán en sus mejores momentos; y Mikasa sintió un escalofrío de temor… aunque esa frialdad casi inhumana apenas fue más allá, disipándose rápidamente en el torbellino ígneo de emociones que aún ardían en su interior.
Mikasa no había llegado a soltar a Eren, todavía le sujetaba por el cuello; fue él quien alzó lentamente su mano derecha y la colocó sobre la de ella, sobre la muñeca, sobre la venda color gris claro… y por un momento ella pudo sentir, a través de la fina tela, las cálidas yemas de aquellos dedos que le provocaba un extraño hormigueo, no sólo en aquel punto sino por todo el cuerpo.
Pero aquel suave roce, apenas perceptible como el aleteo de una mariposa, enseguida se transformó en implacable y dolorosa presa de acero; casi un clavo ardiente, atravesando su piel y su carne, hasta alcanzar el tendón.
En realidad, Eren había usado la fuerza mínima imprescindible para liberarse del agarre de Mikasa; así era él cuando se lo proponía, cuando se ponía serio, capaz de aplicar toda su fuerza en el punto más vulnerable del contrario y destruirle… sin necesidad de transformarse, como ella, en un titán de quince metros.
Mikasa siguió su impulso inicial y en un acto reflejo retiró la mano con rapidez, escapando de aquella dolorosa punzada; Eren había dejado de apretar y se lo permitió. Sin embargo, ella sólo le soltó, no se apartó de él; continuó igual de cerca, en aquella proximidad que en nada mermaba (más bien todo lo contrario) su agitación interna, ya mezcla de furia y creciente nerviosismo.
La oscuridad de ella, momentáneamente disipada por la luz que parecía emanar de él, de aquellos ojos claros que brillaban por sí mismos sin necesidad de rayos de sol; la furiosa frialdad de ella, enfrentada al fuego helado de él.
Eren estaba tan serio, tan controlado, que su furia tranquila resultaba mucho más imponente; el peligro era mayor entonces, y sin embargo… Mikasa no sólo sentía miedo al verle así; teniéndole tan cerca, tan cerca, que podía sentir esa calidez con todo su cuerpo, a pesar de que los dos habían bajado sus manos y ahora no había contacto entre ellos.
El fuego que Mikasa sentía en su interior era algo completamente distinto a la furia; algo a lo que no podía poner nombre… o quizás no se atrevía.
Eren habló entonces, con un tono terroríficamente parecido al que ella había empleado antes; con palabras acompañadas por el fuego gélido y sereno de su mirada; con un susurro de furia controlada sólo mediante un gran esfuerzo; con una voz ronca que Mikasa, tan cerca, sintió reverberar en su interior como un potente eco que casi quemaba.
–Qué curioso que tú, precisamente, digas ahora eso. ¡No recuerdo que te quejases cuando me puse delante de ti y me enfrenté a todos esos soldados de las Tropas Estacionarias que querían matarte! –Eren torció la boca en un gesto de desagrado, con la mirada perdida en recuerdos poco agradables–. Menos mal que Armin tuvo aquella idea, y que luego el bueno de Pixis apareció justo a tiempo y también se dio cuenta… –meneó la cabeza y cerró los ojos, pero volvió a abrirlos enseguida y fijó sobre ella una mirada tan intensa que casi se sintió arder–. Mikasa, aquel día hiciste grandes cosas. Salvaste Trost, ¡salvaste a la Humanidad! Aunque de todas formas, para lo que sirvió… –esa mirada se hizo más oscura, más tormentosa; en su tono bullía la rabia dirigida contra otros–. Quizás debimos largarnos por nuestra cuenta. Si estaban dispuestos a tratarnos así y no querían nuestra ayuda, quizás debimos abandonar a la Humanidad a su suerte. Que luego apechugasen ellos con las consecuencias, con lo que les pasase. Se lo merecerían.
Mikasa no interrumpió, pero abrió los ojos con espanto; era prácticamente lo mismo que ella había pensado antes. "¿Cómo puedes decir algo así?" Eren frunció el ceño; no necesitaba palabras para leer la muda pregunta en aquellos ojos oscuros.
–¿Acaso estás ciega?
Mikasa se quedó sin aliento; tampoco le salieron las palabras. Eren siguió hablando.
–Se lo has dado todo al Ejército, al Reino. Si hemos llegado tan lejos, si la Humanidad vuelve a tener esperanzas después de tantos años, ¡es gracias a ti! Debieron darte una medalla por todo lo que hiciste. Debieron aclamarte, postrarse ante ti… y en vez de eso, ¡te trataron como a un monstruo! ¡No me digas que después de todo sigues dispuesta a luchar incondicionalmente por ellos, que no se merecen cualquier cosa que les ocurra después de…!
–Eren, por lo que más quieras…
Mikasa temblaba, al igual que su voz; se mordía el labio inferior, no sabía si por contener los nervios o las lágrimas. La convicción y pasión con que hablaba Eren le había inspirado algo muy distinto al temor, al principio, pero el odio que destilaban sus palabras había terminado sobrecogiéndola; la oscuridad que había dentro de él parecía superar la suya propia.
–Eren, por lo que más quieras –repitió ella, casi imploró–. Hay algunas cosas con las que no deberíamos ni bromear…
Un instante de silencio, tan tenso que podría haberse cortado con un cuchillo; un momento de incredulidad, que se adivinaba en el rostro de él.
–¡AMENAZARON CON DESTRIPARTE! –vociferó Eren, transformando su expresión en una máscara de ira en estado puro; y aunque luego continuó en un tono mucho más bajo para no llamar la atención, aquel único grito ya consiguió estremecer hasta la última fibra de su ser–. Mikasa, ¡yo también estaba allí! ¡Aquel día para la infamia, cuando "lo mejor de lo mejor" de nuestra sociedad y el Ejército se reunieron en aquella sala para decidir que primero te torturarían y luego te matarían! ¡A ti, que precisamente habías salvado a todos esos desgraciados hijos de…!
–N-no todos proponían eso –le interrumpió Mikasa, con esfuerzo; aún latía dentro de ella esa furia oscura, pero seguía sintiéndose mucho más sobrecogida por la de él.
–Oh, tienes razón –Eren pareció calmarse de pronto; y ella tuvo un mal presentimiento–. Tienes razón, Mikasa. Al menos también estaba ahí la Legión, que sólo quería usarte como arma… –hizo un gesto conciliador con la mano–. No hace falta que digas nada, ya sé que eso sólo lo dijeron porque era lo que el Tribunal quería oír. –Y su rostro de repente volvió a quedar oculto tras una máscara de furia–. ¡Igual que el enano cabrón te dio una paliza allí delante de todos, porque eso era lo que el Tribunal quería ver! Ese viejo, Zackley, es un sádico… ¡y también deben serlo los de la Legión! Erwin seguro que estaba al tanto, ¡pero no hizo absolutamente nada para evitarlo! ¿¡De verdad creías que yo me iba a quedar ahí quieto, sin hacer nada, cuando la "opción buena" era meterte en la guarida del lobo, rodeada por una pandilla de psicópatas para los que eso es algo normal!? ¿De verdad crees que voy a dejar que alguien te trate así y luego se vaya de rositas? ¡Ah no, nada de eso! Ellos tenían que pagar, Mikasa. Levi tenía que pagar. ¡Todos merecerían pagar, todos! ¿De verdad no hay ni siquiera una pequeña parte de ti que querría pegarle fuego a todo esto y ver a la Humanidad arder por sus crímenes?
"Quizás una parte de mí," confesó Mikasa para sus adentros; pero naturalmente, no iba a decirlo en voz alta. Ignoró por el momento aquel pensamiento (deseo, miedo) tan oscuro, recuperó su determinación y habló con voz firme; bajo la superficie en calma, la tensión de su ira latente.
–Y tú deberías saber que el Capitán no hizo aquello por gusto.
Ella misma reconoció que era una defensa bastante endeble; por eso se sorprendió cuando Eren se quedó callado, mirándola con atención, como si considerase seriamente lo que acababa de decir. Volvió a tener un mal presentimiento.
–¿Dónde duermes? –preguntó Eren con calma, sin dejar de observarla con sus ojos claros.
Con tan sólo dos palabras, Mikasa sintió que se le erizaban los pelos de la nuca; en momentos así, casi se le olvidaba que era capaz de transformarse (con un gesto, con un pensamiento) en una gigante de quince metros… porque era él quien la hacía sentirse ahora pequeña.
En una situación así, aun intuyendo a dónde quería llegar Eren (o quizás precisamente por eso), ella no pudo sino contestar la verdad.
–Duermo en una celda en el sótano –confesó Mikasa; y sin precipitarse, aprovechando el silencio prolongado de él, continuó–. Entre todos la hemos arreglado un poco y ya es bastante más acogedora. Tengo suficiente luz, libros, también para escribir… Incluso hemos instalado un baño. Así que, bueno, tampoco está tan mal…
Sin embargo, bajo el asalto de aquellos ojos grisáceos (que pese a la misma altura parecían observarla desde lo alto), la muchacha ya no se sentía tan convencida; iba vacilando cada vez más con sus palabras. Por lo menos Eren la dejó terminar, aunque la anticipación que le producía su respetuoso y tenso silencio la hacía sentirse aún más nerviosa.
En realidad, luego no hizo falta que él comentase nada más sobre aquel tema; ella ya había dicho todo lo necesario. En vez de eso…
–¿Y qué tal te tratan tus nuevos compañeros? –Eren mantenía su furia tranquila, tan sobrecogedora; aunque casi había escupido la última palabra, como diciendo "carceleros".
Mikasa pensó inmediatamente en el "incidente de la cucharilla" y supo que no podía contárselo todo a Eren; si lo hacía, él sólo le daría importancia a las partes que le convenían, para acto seguido volver a lanzarse de cabeza contra Levi y el resto del Escuadrón. Por otro lado, tampoco se sentía capaz de mentirle, no directamente, además de que no deseaba hacerlo; y al final él terminaría enterándose, con lo que se vería afectada su confianza en ella, que para la muchacha era un tesoro que no estaría dispuesto a sacrificar por nada del mundo.
–Hemos tenido nuestras dificultades –admitió Mikasa–. Sobre todo al principio.
No imploró ni suplicó ("entiéndelo, por favor…") para defender a los miembros de su Escuadrón, pero tampoco cayó en el extremo opuesto ni se dejó llevar por su ira; en vez de eso, la joven cambiante consiguió (en parte para su propia sorpresa) limitarse a enunciar los hechos con calma.
–Sí, al principio fue un poco más difícil –continuó Mikasa–. Ten en cuenta que es gente que no está acostumbrada a vivir con alguien que puede transformarse de pronto en un titán…
Casi sin proponérselo, asomó una medio sonrisa sarcástica a sus labios. Luego cayó en la cuenta de que quizás él se lo tomaría como una amenaza… aunque Eren no parecía intimidado; más bien, la expresión en su rostro reflejaba admiración. Por un momento, sus ojos claros brillaron con mayor intensidad y su respiración se hizo más agitada. "Debe ser que todavía está recuperándose de cuando le agarré por el cuello." Sin embargo, parte de ella intuía que también se trataba de algo muy distinto; pero no le dio más vueltas y siguió adelante.
–Y tienen razón para estar nerviosos, je –Mikasa se rascó la nuca y casi miró a un lado, pero no podía apartar la vista de aquellos orbes que parecían luz pura–. No sería la primera vez que, haciendo algún experimento, me transformo un poco por accidente y, bueno… –"técnicamente no es mentira", pensó ella; aunque por la ceja ligeramente enarcada de él, ya debía sospechar que ésa no era toda la verdad–. A pesar de nuestras diferencias y algún que otro malentendido, con el tiempo nos hemos ido conociendo mejor, entendiéndonos entre nosotros… –entonces recordó cómo le había mostrado lealtad el Escuadrón, después de lo de la cucharilla; y sus siguientes palabras salieron cargadas de convicción–. Ellos confían en mí, igual que yo confío en ellos. No estoy sólo en el Escuadrón, soy parte del Escuadrón. Somos un equipo.
Por un instante, Eren se limitó a observar en silencio a Mikasa, con esa misma intensidad en la mirada; después sonrió un poco… y ella volvió a tener un mal presentimiento, porque esos ojos no sonreían.
–Confías en tus camaradas, eso está bien –dijo Eren, tranquilo (demasiado), sin traza alguna de sorna en su voz –. Y dime… ¿Confías en tu Capitán?
La forma en que pronunció aquella palabra le hizo sentir un escalofrío; y una vez más, consideró que la verdad era la mejor respuesta.
–Confío en Levi –afirmó Mikasa, en voz baja pero no por ello menos convencida–. Al principio, cuando las cosas se ponían difíciles, él era el primero en ponerse de mi parte.
–Pues vaya, mira tú qué bien… –la sonrisa de Eren se hizo un poquito más amplia; y al mismo tiempo, más fría su mirada–. Y dime, ya que confías tanto en tu Capitán… –dejó de sonreír y sus ojos se convirtieron en gélidos orbes implacables (la mirada de un hombre capaz de matar)–. ¿Esa confianza llega hasta el punto de visitar tu celda por las noches?
Por un instante, Mikasa pestañeó desconcertada, sin comprender a qué se refería él con eso. "¿Para qué puñetas va a venir Levi a verme en mitad de la noche? A esa hora no tenemos actividades programadas, y el Capitán siempre es el primero en insistir que se respete el horario…"
Y entonces se encendió una pequeña luz en la mente de la muchacha, mostrándole una idea tan sucia y repugnante como una hedionda serpiente en descomposición.
–No, Eren –Mikasa apretó los dientes, transformando su horror en ira–. El Capitán no ha abusado de mí. ¡Y te agradecería que no dijeras esas cosas sobre mi oficial al mando!
–Vaya con Levi –refunfuñó Eren, como un trueno distante avisando de una peligrosa tormenta; su enfado, visible a través de las grietas de su calma–. Yo intento ayudarte y me dices de todo. En cambio, ¡mira lo rápido que sales en defensa de tu capitancito! ¿Seguro que él no te…?
Fue entonces cuando, por un momento, pareció no oírse ni un solo ruido en el mundo; ni el susurro del viento entre las hojas, ni los latidos o la respiración de aquellos dos jóvenes… uno de los cuales contenía el aliento ante la reacción de su compañera.
Porque si antes Eren tenía la expresión de alguien capaz de matar, ahora en cambio Mikasa parecía que fuera a transformarse en una furia concentrada e incandescente de quince metros de destrucción asegurada; y lo más aterrador era que ella podía hacerlo. Aquello no se le escapaba al muchacho, a juzgar por el creciente temor que reflejaban sus facciones: la nuez se desplazó con nerviosismo por debajo de su bufanda; los ojos, más abiertos todavía, brillaban por su expectación ante un nuevo estallido.
Su temor no estaba fuera de lugar. Mikasa, por un momento, verdaderamente se planteó hacerlo; no sólo por su último comentario sobre esa persona a la que tanto respetaba, ¡sino también por lo que algo así supondría para ella! Sin embargo, la cambiante se limitó a contestar… con la misma calma que habría en un cementerio.
–Eren, si hubiera llegado a pasar eso que tú dices… ¿De verdad crees que el Capitán seguiría aún vivo?
Y el muchacho, con los ojos bien abiertos, sin poder decir nada todavía, fue captando las implicaciones de lo que ella acababa de decir. La joven continuó hablando; incluso empezaba a disfrutar con aquella situación, en parte… la misma parte, gigantesca y oscura, que también se lo pasaba en grande destruyendo titanes con sus propias manos.
–Si los del Escuadrón me hubiesen tratado como tú dices, como a una bestia… –esta vez Mikasa ya no pudo contenerse más y sonrió–. ¿De verdad crees que aún existiría un Escuadrón? Porque entonces ya no tendría razones para no comportarme como una bestia…
Eren, captando de nuevo todas las implicaciones, volvió a tragar saliva e incluso palideció un poco; pero no apartó la mirada. En sus ojos seguía brillando el temor, la admiración… y algo más; algo intenso, poderoso y fuerte, quizás tan oscuro como esa faceta a la que ella estaba dando rienda suelta. Sin embargo, Mikasa contuvo su impulso instintivo y primario de seguir por ese camino; decidió esperar a que él continuase.
Y en efecto, nadie como Eren (siempre tan determinado) para seguir por donde lo habían dejado antes, ya sin más vacilaciones; y si le temblaba la voz, era más por ira o indignación que por miedo. Su voz susurrante, ronca y poderosa, todavía le provocaba esas vibraciones a Mikasa, en lo más profundo de su ser…
–¿De verdad te extraña que yo pensara que las cosas habían degenerado hasta ese punto? –Eren no pedía disculpas, ni se justificaba; simplemente dejaba clara su frustración, desahogándose con alguien que podía entenderle–. Hace semanas que no te veo, la última vez fue cuando lo del juicio y… Maldita sea, seguro que Armin tendría una palabra para lo que quiero decir, en fin, que uno tiende a imaginarse lo peor cuando no sabe lo que pasa… –esto último lo dijo un poco más ausente, pero volvió a centrase enseguida en Mikasa, casi haciéndola arder con la intensidad de su mirada, en la que podía leerse dolor y rabia–. Todo este tiempo, imaginándome lo que podría haberte pasado, lo que te estaría haciendo esa gentuza –Eren tragó saliva, con el aliento entrecortado por su furiosa indignación; hablaba cada vez más rápido, más agitado–. Imaginándome que habrías terminado considerando tú también "normal" lo del juicio y otras cosas aún peores, sin darte cuenta de lo que eran realmente. Que habrías terminado creyéndote sus mentiras y que te merecerías cualquier cosa que te pudieran hacer, por ser un monstruo, cuando en realidad los monstruos serían esos hijos de puta que…
Eren ya no supo qué más decir y dejó de hablar, temblando ligeramente. Se mordía con fuerza el labio inferior, mientras sus ojos brillaban con lágrimas todavía sin derramar; rabia, impotencia… y quizás algo más.
"¿Miedo a confirmar sus temores? ¿O todo lo contrario, miedo a descubrir que nada de eso era real, que ha estado sufriendo en vano? Por no hablar de cómo ha quedado, para él…"
De nuevo, la conexión que ambos compartían le permitió a Mikasa ver a través de la máscara de Eren: detrás de su ira, su fuerza, su aparente invulnerabilidad; pudo ver en su interior el temor y las dudas de un muchacho asustado… igual que todos los que tenían que enfrentarse a aquella situación, que tan claramente les superaba todavía, pese a los descubrimientos que iban haciendo a su favor (como los poderes de ella).
Y precisamente por esa misma conexión, al sentir aquellas dudas, Mikasa también recordó las suyas; y del mismo modo que en una situación así ella preferiría tener a su lado a alguien que le asegurase que todo iba a salir bien (aunque no hubiese manera de saberlo), supo que él querría contar ahora con una persona que no fuese sólo compañía sino también refugio… porque por muchas veces que le irritase Eren, él siempre seguiría siendo eso y mucho más para ella.
¿Podría ser ella lo mismo para él? Su agresividad, su ira y su enfado, su oscuridad… no habían desaparecido, pero Mikasa sentía ahora que era mayor el deseo de protegerle: consolarle, defenderle, secar sus lágrimas si llegaba a derramarlas; y quizás también hacerle entender de una vez, intentándolo desde otra perspectiva más amable, siguiendo un instinto diferente pero sin el riesgo de volver a perder el control y terminar haciéndole daño.
Y por eso, casi sin darse cuenta (aunque en realidad una parte de ella sí lo sabía), alzó su mano izquierda y pasó suavemente la yema del dedo índice por la ceja derecha de Eren, acariciando con delicadeza la cicatriz que él ya tendría allí para siempre.
Al sentir aquel contacto, mucho más suave y menos hostil que el anterior, la primera reacción instintiva de Eren fue… apartarse.
Tembló y trató de echarse hacia atrás, aunque el árbol que aún tenía pegado a sus espaldas se lo impidió. Su expresión, entre furiosa e indignada y dolorida, fue dando paso a la sorpresa y el temor; los ojos bien abiertos, llenos de confusión o espanto.
Quizás no por el contacto en sí… sino por la ternura y delicadeza del mismo.
Mikasa, que siempre percibía con más intensidad todo lo referente a Eren, sintió su reacción como una bofetada. Dolía; y notó de pronto un escozor en los ojos. Peor aún para ella era creer que merecía su rechazo: ella había perdido el control, y le había herido, y le había marcado para siempre, y podría haberle…
–Oye –le rescató de su zozobra una voz suave, amable y tranquila; Mikasa volvió al presente y vio que él ya no intentaba apartarse.
Eren posó su mano derecha sobre la izquierda de ella, acariciando aquellos dedos con los suyos, siguiendo también él con cuidado la cicatriz que cruzaba su ceja; roce cálido de piel contra piel, que pareció envolver aquellas manos en los mejores guantes del mundo.
Un gesto tan sencillo, y sin embargo al final fue ella quien salió más reconfortada; no pudo evitar cerrar los ojos por un momento, concentrando toda su atención en la punta de los dedos. A través de su piel le sentía a él: su alma, su espíritu, su vida latiendo con una fuerza que también agitaba el corazón de ella, hasta el punto de que casi dolía… aunque esta vez como algo bueno.
–Lo siento –musitó Mikasa, con la misma suavidad; y él, en un instante de lucidez, supo a qué se estaba refiriendo.
–No fue culpa tuya –contestó Eren, en un susurro; ya no era el sonido agresivo y amenazador de un cuchillo saliendo de su funda, sino casi una caricia, más aún a tan corta distancia.
Mikasa se preguntó, sólo por un instante y para sus adentros, pero se preguntó… si el roce de sus dedos, de sus palabras, sería como el de sus labios. Sintió una gran agitación en su interior, y también calidez; estaba segura de que se había sonrojado. Abrió de nuevo los ojos, un poco avergonzada, temiendo que al estar tan cerca él habría podido leerle la mente.
Eren la observaba con ojos que parecían contener el mar, reflejando los rayos del sol; y ella pensó en lo fácil que sería sumergirse en su agua limpia y clara, pensamiento que la hizo sentirse más avergonzada todavía. Por fortuna para Mikasa, él se limitó a enarcar ligeramente una ceja (la misma de la cicatriz), interpretando en otro sentido su turbación.
–En serio, no fue culpa tuya –insistió Eren, ahora con una leve sonrisa en los labios, transmitiéndole sin dudar la confianza que él tenía en ella, a pesar (o quizás precisamente a causa) de todo lo que habían pasado juntos; y su sonrisa se hizo un poco más amplia, su tono el de alguien que bromeaba para quitarle importancia a un asunto–. La culpa fue más bien mía. Supongo que no lo recuerdas, pero… Cuando te transformaste y vi que no te movías yo, bueno, intenté animarte para que te levantases de una vez y movieras ese peñasco, aunque quizás con otras palabras… Je je…
Llegados ya a ese punto, cuando él empezaba a reírse, ella volvió a cerrar los ojos por un instante; los abrió enseguida, y fijó su mirada en los de Eren. Mikasa ya se sentía mucho más tranquila, más relajada; a él también se le veía más sereno, con esa leve sonrisa aún en los labios… una sonrisa a la que (estaba segura) ella correspondía ahora con creces.
Sus manos, todavía unidas, seguían rozando la ceja de él; y ella no supo quién de los dos fue el primero, o si hubo un mutuo y silencioso acuerdo, pero aquellos dedos (los de él todavía sobre los de ella) fueron deslizándose lentamente por su rostro, bajando hasta acariciar su mejilla.
Eren dejó escapar un hondo suspiro, que quizás no sabía que estaba conteniendo; el aire salió con suavidad por entre sus labios y ella, una vez más, sintió la cálida caricia de su aliento sobre la piel.
Mikasa dio la vuelta a sus dedos, de modo que las yemas de él chocaron suavemente contra las de ella; la palma de él, contra la de ella; los dedos de él, enlazados entre los de ella; los ojos claros de él, unidos a los oscuros de ella, fundidas sus miradas en algún punto del tiempo detenido… mientras sus corazones seguían latiendo apresuradamente, cada vez con más fuerza.
Fue ahora Mikasa quien hizo una profunda inspiración; no sabía que sus pulmones pudiesen contener tanto aire. Ella dejó escapar luego su aliento, como Eren antes, haciéndole sentir ahora a él su cálida caricia sobre la piel.
Imposible no sentirlo, estando tan cerca.
Mikasa seguía sintiéndose agitada, aunque la tensión agresiva de antes se había ido disipando poco a poco, en aquel escenario donde la Naturaleza rodeaba a ambos. Sin embargo, iba sintiendo ahora una inquietud nerviosa de otra clase, que tenía que ver más bien con el hecho de que él estaba tan cerca, hasta el punto de que ella casi no podía soportarlo más…
Cerró los ojos y dejó escapar otro hondo suspiro, inclinando su cabeza hacia delante; salvó la insignificante distancia que les separaba y al fin descansó su frente sobre el cuello y el pecho de Eren, acomodándose en el tibio tejido de su inseparable bufanda. Podía sentir su corazón latiendo con el de ella, como si la sangre bombease en los dos al mismo tiempo, en espontánea armonía.
De repente él parecía más alto, capaz de acogerla de ese modo. Mientras tanto, la mano izquierda de ella seguía levantada, entrelazada con la derecha de él; las dos juntas ahora, rozando suavemente la sien izquierda de ella, acariciando sus negros cabellos. Su mano derecha, con la venda, todavía libre, se movió instintivamente hacia el hombro izquierdo de él, donde se apoyó con delicadeza.
Eren deslizó lentamente su brazo izquierdo sobre los hombros de ella; luego continuó su descenso por la espalda, hasta sostenerla con la palma de su poderosa mano abierta, a la vez firme y gentil. Mikasa sintió un estremecimiento que recorrió todo su cuerpo, como una descarga eléctrica, calor y frío al mismo tiempo, envuelta en aquel acogedor abrazo; cerró los ojos, plácida y repentinamente relajada, mientras él inclinaba su cabeza sobre la de ella.
Eren respiraba pausadamente, haciendo bailar con suavidad los cabellos de Mikasa; y ella podía sentir el rostro de él, los labios de él, apenas rozando su frente, como el discreto aleteo de una mariposa capaz de provocar una tormenta en su interior.
Y por un momento, en aquel instante de intimidad plenamente compartido, en aquel bosque donde el tiempo parecía haberse detenido…
Por un momento, todo estaba bien en el mundo. Sólo había tranquilidad, calma, paz, sosiego. Ni preocupaciones, ni amenazas, ni peleas, ni batallas.
Dos jóvenes, entre los más fuertes de la Humanidad, iluminados por la suave luz del amanecer y arrullados por el susurro del viento entre las hojas, se limitaron a permanecer plácidamente en silencio; se limitaron a ser, a estar, en aquel instante de intimidad en el tranquilo bosque.
Simplemente un chico y una chica, dos adolescentes, obligados a madurar demasiado deprisa en un mundo implacable, tan hermoso como cruel; y naturalmente, no dudaron en aprovechar el respiro que les brindaba, por un instante, ese mismo mundo.
Pero aquel respiro era sólo eso, un respiro: un pequeño instante de paz y calma, entre momentos mucho más prolongados de tensión y miedo; porque en aquel mundo, la lucha por la supervivencia era una constante y vivir en vez de simplemente sobrevivir exigía un gran esfuerzo. Naturalmente, la placidez y el silencio no podían durar para siempre…
…aunque ya nada les quitaría ese momento; su momento.
Quizás los dos pensaron lo mismo; a veces no eran sólo emociones lo que compartían, a través del lazo invisible que a ambos unía.
Mikasa fue la primera en hablar.
–¿Sabes? –musitó con suavidad, inspirando profundamente; seguía reposando el rostro sobre su bufanda (de ella y él), con los ojos todavía cerrados–. Después de nuestra primera victoria, en Trost… Ahora me doy cuenta de todo lo que nos queda aún por delante… Es decir, hemos ganado una vez, pero todavía tenemos que ganar todas las demás, recuperarnos de todo lo que hemos perdido antes… La verdad es que, visto así, asusta un poco, ¿no?
Eren se limitó a asentir con un gruñido sordo; una vibración en el pecho, que Mikasa sintió extenderse por todo su cuerpo, reconfortándola. Intuyó que él estaba dejando que ahora hablase ella, porque era quien más lo necesitaba de los dos, para desahogarse. La joven cambiante, al mismo tiempo, supo que su compañero se encontraba especialmente receptivo; no se había olvidado de su propósito inicial, y difícilmente iba a tener mejor momento para conseguirlo. Debía hacerle entender… para protegerle, en el futuro, de las peores consecuencias de sus propios actos, sobre todo los más impulsivos.
–Abruma pensar en las batallas que aún nos quedan por librar –continuó Mikasa, con la misma voz; tranquila y pausada, cálida y suave–. Lo bueno es que, en realidad… No estamos solos. Eren, lo que dijiste antes… También tienes tú razón, no toda la Humanidad está dispuesta a luchar para recuperar lo que le pertenece por derecho… Pero no merece la pena centrarse en esa gente, no merece la pena dedicarles ni un solo pensamiento. En cambio, los de la Legión… Ellos sí están dispuestos a luchar. He ido conociendo un poco mejor al Comandante Erwin Smith, y creo que es el tipo de persona que no dudará en hacer lo que sea necesario para alcanzar sus objetivos. Para él, yo soy el "arma secreta" que podría darles la victoria, son más las ventajas que los inconvenientes, así que en cierto modo estoy bajo su protección… Estoy a salvo, Eren, en serio, no debes preocuparte tanto por mí. Además, yo también sé cuidar de mí misma. Y en cuanto al Capitán Levi…
Eren no se molestó en contener un gruñido de irritación, que volvió a reverberar en Mikasa como un potente eco; curiosamente, la sensación seguía resultándole más reconfortante que otra cosa, pero no se dejó llevar por ensoñaciones.
–Eren, en serio, necesito que me entiendas –Mikasa habló con una cuidadosa firmeza; él la sostenía a ella de la misma forma–. Lo de hoy ha sido algo excepcional, ¿de acuerdo? No te creas ahora, sólo por eso, que cada vez que surja un desacuerdo vas a poder liarte a golpes con Levi… Y si lo que querías era hacerle pagar por lo del juicio, bueno, creo que con lo de hoy ya basta, ¿no? Debe de haber captado la idea, incluso diría que te has ganado su respeto…
–Como si me importase una mierda el respeto del enano de mierda ése.
Eren volvió a susurrar en aquel tono bajo que, siendo tan próximo, tenía algo de poderoso eco; aunque en lugar de la furia o la ira que le había desbordado antes, ahora a Mikasa le recordaba el ronroneo de alguna bestia formidable, capaz de todo con tal de protegerla. Ella sonrió contra su bufanda, todavía con los ojos cerrados, sin poder evitarlo… pero sin olvidar tampoco lo que aún tenía que hacer.
–Me da a mí que eso no lo dices del todo en serio –Mikasa oyó refunfuñar de nuevo a Eren, aunque no le interrumpió; su sonrisa se hizo más amplia–. En el fondo, los dos siempre hemos admirado al Capitán, ¿verdad? Y creo que seguiremos haciéndolo, a pesar de todo… Ya te he dicho que nos hemos ido conociendo mejor, los del Escuadrón y yo. Me han ayudado, me han apoyado, me han aceptado… Ya nos tenemos cierta confianza, entre nosotros. No es que esté como en casa, pero ya me siento mucho más cómoda con ellos, sobre todo con Petra. Créeme, algo así se nota, y se agradece, más aún dadas las circunstancias. Así que, por favor… Incluso si una parte de ti nunca podrá perdonar a Levi por lo que me hizo, que tampoco es lo que te pido, al menos no te indispongas con los demás, que nunca me han hecho nada por el estilo y también son buenos compañeros. Creo que al final te llevarás bien con ellos, porque son el tipo de personas que saben que para ganar hay que luchar.
Se hizo un instante de silencio, mientras los dos recordaban en qué circunstancias tan distintas habían pronunciado ya esas mismas palabras; pero Mikasa no tardó en volver al presente.
–Y quizás… Quizás deberías pensarte un poco las cosas antes de actuar, porque muchas veces tus decisiones van a terminar afectando a más personas de las que te imaginas. Por ejemplo, los del Escuadrón son un equipo, casi como una familia, y bueno… Si te empeñas en antagonizar al Capitán, ¿qué crees que harán los otros? ¿Te paraste a pensar en lo que nos habría pasados a todos, si tu pelea con Levi hubiese ido a más?
Mikasa se lo reprochó con suavidad, aunque Eren ni siquiera refunfuñó esta vez; y a pesar de la tranquilidad que impregnaba a ambos, ella notó que le estaba prestando atención, así que decidió aprovechar esas circunstancias tan favorables. Debía seguir insistiendo hasta que él comprendiese…
–El Escuadrón de Operaciones Especiales tiene asignada mi custodia. ¿Qué crees que habría pasado si hubieras machacado a Levi? Incluso si yo luego te hubiera ayudado a enfrentarte a los demás… –Mikasa sintió que el cuerpo de Eren se tensaba levemente; algo apenas perceptible, pero seguramente revelador de una reacción mucho más intensa en su interior. "No debería abusar de mi suerte," pensó la muchacha, buscando también aplacarle–. Eres una de las personas más fuertes que conozco, casi tanto como el Capitán. Creo que podrías derrotar a varios miembros del Escuadrón… –y ahora ella sintió la satisfacción de él, casi como un aura cálida que envolvía a ambos–. Pero incluso si todo hubiera salido como tú esperabas, ¿después qué? Si le hubieras dado una paliza a todos los encargados de mi custodia, ¿no has pensado en qué posición me habría dejado eso a mí? Quienes en el juicio me habrían condenado a algo peor, ahora dirían que si no pueden controlarte a ti tampoco pueden controlarme a mí. Dirían que somos una amenaza y un peligro…
–Me da igual lo que digan de nosotros –Eren volvió a hablar en aquel tono bajo y apacible, que para ella seguía siendo reconfortante ronroneo; nada que ver con la furia que normalmente habría acompañado esas palabras–. Me enfrentaré a todos los que haga falta.
"Por ti, por mí, por nosotros." Él no lo dijo en voz alta, pero estaba implícito; y Mikasa se sintió un poquito exasperada, al ver que Eren seguía sin entender… aunque parte de ella también se sentía extrañamente halagada, ante la idea de que alguien tan fuerte estaría dispuesto a luchar por ella de manera tan incondicional.
–Eren, es lo mismo que te dije antes, no puedes enfrentarte todo el tiempo a todo el mundo… –Mikasa dejó escapar un pequeño suspiro de satisfacción entre sus labios, mientras seguía recostada contra él; las palabras eran las mismas de antes, pero por suerte las circunstancias habían cambiado mucho–. Además, se supone que estamos todos juntos en esto, ¿no? De parte del bando de la Humanidad, y también de nuestros compañeros. La 104, Armin…
Ella sintió de nuevo cierta tensión en el cuerpo de él. "¿Es por lo que le dijo antes Levi, de abandonar a los demás en Trost cuando creyó que…?" Mikasa no se aferró a aquellos recuerdos tan amargos y continuó hablando en un suave susurro, ahora también para animar a Eren.
–No estamos solos en esto, y eso es bueno. Nos queda mucho por hacer, mucho por luchar. Batallas por librar, victorias por obtener… Pero no tenemos que hacerlo nosotros dos solos, por nuestra cuenta. También está Armin, ¿eh? Y él siempre ha conseguido sacarnos de cualquier apuro, incluso cuando parecíamos tenerlo todo en contra. Se supone que los tres estamos juntos en esto, en cumplir nuestros sueños, en acabar con los titanes y ver el mundo que hay más allá de los Muros… Pero si sigues tomando decisiones tan precipitadas, tan imprudentes, al final las consecuencias las pagaremos todos.
Mikasa dejó escapar con delicadeza una risita, un poco nerviosa; apenas un suspiro, al pensar en lo que venía ahora.
–Incluso si luchamos tú y yo solos contra el mundo, con nuestras habilidades, y nos vamos a hacer la guerra por nuestra cuenta, en nuestro propio bando, para cumplir nuestros sueños… No vamos a dejar atrás a Armin, ¿verdad? Y de todas formas, creo que sin él tampoco avanzaríamos tanto. E incluso si lo ignorásemos todo, y consiguiéramos derrotar a todos los que se interpongan en nuestro camino, para escapar los tres… ¿Qué hay de los demás? Nuestros compañeros de Promoción, ¿acaso vamos a olvidarlos? Los que todavía siguen luchando, y los que… Los que ya no pueden hacerlo.
Se hizo el silencio. Un breve instante, lleno de significado, sin necesidad de palabras. En memoria de los camaradas que ya no podrían levantarse para luchar otro día. El recuerdo, por extensión, de todos los que habían caído desde el ataque a Shiganshina.
No hizo falta decir sus nombres; jamás los olvidarían.
Al final fue Mikasa, respetuosamente, quien puso fin a aquella pausa, con su voz suave aún cargada de emoción.
–Si nos fuésemos por nuestra cuenta, ¿qué pasaría con los demás? Su sacrificio habría sido en vano… Tú y yo somos fuertes, muy fuertes, pero todo esto nos supera a ti y a mí. Para ganar hay que luchar y debemos hacerlo juntos, con nuestros viejos compañeros y también los nuevos, por mucho que a veces hagan cosas con las que no estamos de acuerdo. Tenemos que seguir contando con ellos y recordar que nuestras acciones también les afectan. Eren… ¿Lo harás? ¿Podrías hacer eso por mí, por favor? ¿Simplemente pensar un poco más, antes de actuar?
Mikasa terminó con la misma suavidad con que había empezado; todavía con los ojos cerrados, la cara apoyada en su bufanda, respirándole a él, sintiendo los latidos de aquel corazón inusualmente tranquilo y sosegado. Eren dejó escapar otro de aquellos gruñidos, que a ella la hacían vibrar, pero supo que no estaba enfadado; y le conocía lo bastante bien, como para poder afirmar que ahora no rechazaría por completo lo que acababa de decirle.
Mikasa no necesitó palabras para intuir la promesa que le hacía Eren: aunque no estuviese de acuerdo con todo lo que ella le había dicho, al menos lo consideraría con calma, sin desecharlo automáticamente como algún consejo bienintencionado pero poco útil. Quizás al fin se había dado cuenta él de la importancia de todo aquello: el riesgo que entrañaba su conducta, el peligro para los demás, la preocupación de quienes le eran más cercanos…
La muchacha, de nuevo con una leve sonrisa oculta entre la familiar y suave bufanda, se alegró sobremanera de que al menos él hubiese empezado a entender… además del hecho de que aquella promesa, aunque silenciosa, seguía siendo una promesa; y Eren siempre cumplía sus promesas, más aún cuando se las hacía a ella.
Mikasa sentía que necesitaba decirle algo más, aprovechando aquel momento de intimidad compartida; algo que él también debería entender… y a lo que ella normalmente no se habría atrevido, por distintas razones, si hubiesen sido otras las circunstancias.
Sin embargo, también sentía la necesidad de decirle ese algo de una manera más… directa; cara a cara, para poder transmitírselo con certeza.
Así que, por mucho que a una parte de ella, más perezosa, le costaba hacerlo… Mikasa dio un último suspiro y se fue apartando lentamente de Eren, irguiéndose de nuevo, aunque sin perder aquel plácido contacto: la mano derecha de él, entrelazada con la izquierda de ella; y la izquierda del joven, todavía sobre la espalda de la muchacha, que seguía apoyando la suya derecha en el hombro de él.
Mikasa fue estirándose con la gracilidad de una gata, cómoda en sus movimientos pausados y tranquilos: liberó la mano que sostenía la de él (a esa parte de ella le dolió un poquito hacerlo) y deslizó delicadamente las suyas sobre aquellos fuertes brazos; casi bailaron las puntas de sus dedos, hasta terminar enredándose en el pecho de Eren, dentro de aquella bufanda que era de él y de ella.
Estrujó el suave tejido entre sus dedos, deleitándose en el familiar tacto, tan cálido como él, sin sentir obstáculo alguno entre ambos.
Y cuando ella al fin abrió sus ojos oscuros, de nuevo le salieron al encuentro aquellos orbes claros y ardientes que parecían cielo y fuego y bosque y todo al mismo tiempo, en un gozoso remolino de perfecto caos que quizás era la medida de todas las cosas.
Las manos de Eren tampoco se estuvieron quietas: su derecha quedó abandonada un instante en el aire, pero no tardó en posarse delicadamente sobre el hombro de ella; después siguió deslizándose por la espalda, bajando hasta unirse a la mano con la que ya sostenía cuidadosamente a Mikasa.
Aquellos dedos se clavaron con suavidad en torno a su cintura, acercándola a él; una postura extrañamente cómoda, relajada y tensa a la vez… íntima.
Ella pudo leer claramente en su mirada, limpia y honesta; auténtico espejo de su alma, ese fuego vivo que rugía con alborozo en su interior… y que ahora reconfortaba sin llegar a quemar, como acercarse a una hoguera en mitad de una fría noche de invierno.
Mikasa se sentía especial, por poder verle así; por tenerle así sólo para ella, deleitándose en aquel estado de serenidad y calma tan alejado del habitual ceño fruncido. La sonrisa de Eren, tranquila y apacible, curvaba sus labios sin la agresiva tensión nerviosa de antes; su expresión brillaba expectante, como intuyendo…
Intuyendo las palabras que, al fin, salieron de los labios de Mikasa, curvados en esa misma sonrisa plácida que él parecía haberle contagiado.
–Eren, en serio, yo… Siempre te agradeceré todo lo que haces por mí… –Sus dedos, finos y sin embargo tan fuertes, se enroscaron un poco más en la bufanda–. Lo que ya has hecho por mí. Nunca pasa demasiado tiempo sin que yo lo recuerde. Sé que tu intención siempre ha sido buena… –Mikasa titubeó un instante, pero se decidió enseguida–. Sin ti, yo no habría llegado tan lejos. Saber que siempre estás a mí lado, es lo que me anima a seguir adelante, a pesar de todas las dudas y todos los obstáculos… Eren, tú eres mis alas, tú me das fuerzas. Y por eso, por favor, por eso te pido que tengas un poco más de cuidado al tomar decisiones, que te pienses un poco más las cosas antes de actuar. –Mikasa inspiró hondo, tratando de deshacerse de una sombra de inquietud que cruzaba su alma; centró toda la intensidad de su mirada en los ojos de él–. En situaciones como las de hoy, por favor, ten más cuidado. No sólo por lo que dije antes, sobre las consecuencias que terminan afectándonos a todos. Es que si a ti alguna vez te pasara algo, yo… No sabría cómo continuar.
Fue entonces cuando Mikasa empezó a notar ciertos cambios sutiles, señales apenas perceptibles, en la actitud de Eren: sus manos, apretando con un poco más de fuerza en torno a la cintura de ella; su mirada clara, avivada momentáneamente por el sempiterno fuego de su ira oscura; su leve sonrisa, aún presente en los labios, al mismo tiempo que el ceño ligeramente fruncido. Todo ello, en conjunto, provocaba una sensación un tanto siniestra.
Sin embargo, ella no perdió la esperanza: la presencia de él seguía siendo cálida, reconfortante; y desde luego no se lo había tomado tan a mal, como seguramente habría ocurrido en otras circunstancias. Decidió no decir nada más, por ahora; sería mejor que él se desahogara antes, sin interrupciones, expresándose con plena libertad. "La gente no puede cambiar tanto, en tan poco tiempo."
–Así que tú sí puedes defenderme a mí, pero yo no puedo hacer lo mismo contigo –refunfuñó Eren, con ese susurro ronco que tan agradablemente retumbaba dentro de ella; y él, dándose cuenta, enarcó levemente una ceja, liberando con ese gesto tan sencillo gran parte de la tensión acumulada–. ¿Es eso lo que dices? No, debe ser que yo he entendido mal. Porque si de verdad has creído, aunque sólo sea por un instante, que voy a dejar de protegerte… de hacer por ti todo lo que sea necesario, tantas veces como haga falta… entonces eres tú la que no ha entendido absolutamente nada.
Mikasa no contestó a eso; se limitó a mover su mano derecha y, llevada por un impulso, deslizó suavemente la punta de su dedo índice sobre los labios de él, silenciándole por sorpresa. Eren la observó con sus ojos claros, del mismo color que la venda que ella llevaba en esa mano… y por un momento, él dejó de respirar, aunque ella sí pudo sentir su corazón latiendo con más fuerza todavía.
–No he dicho que no me defiendas –habló Mikasa, intentando no pensar en la calidez de su dedo en contacto con los labios de él; aun así, se le escapó una sonrisa–. Sólo digo que uses un poco más la cabeza, ¿de acuerdo?
Eren pareció animarse de inmediato; recuperó el brillo en la mirada, sus manos dejaron de estar tan tensas… y de hecho su izquierda se deslizó desde la cintura, rozando apenas con los dedos la espalda y luego el hombro de ella, aunque sólo eso ya bastó para estremecerla.
Mikasa no tardó en sentir entre sus negros cabellos los dedos de él, entrelazándose suavemente, en íntima cercanía; como los de ella, sumergidos en su bufanda, salvo el índice que aún reposaba en la sonrisa de Eren.
Un leve contacto, como si el viento acariciase aquellos labios; como si una mariposa revoloteara entre esos cabellos.
Mikasa sintió que su corazón lo sostenía ahora Eren, con sorprendente delicadeza, entre las puntas de sus poderosos dedos; y luego él, cuidadosamente, volvía a colocarlo dentro del pecho de ella, provocándole una sensación para nada desagradable… aunque todo fuera imaginado, y también hubiese allí una extraña culpa.
Aquella sensación fue en aumento cuando él siguió desplazando sus fuertes dedos (tanto como los de ella), posándolos al fin sobre la muñeca de ella.
Mikasa sentía que los latidos de su corazón eran más fuertes todavía, bombeando toda su sangre hasta hacerla llegar a la vez a todos los puntos de su cuerpo… especialmente su muñeca; como si toda su vida, toda la intensidad de su alma, se concentrara por un instante en esos centímetros de su piel, donde él la rozaba con dedos capaces de provocar placer y dolor al mismo tiempo.
Fuerza delicada, que ella sentía a través de la fina tela gris; como un fuego abrasador, que también era el que ardía en los ojos de él, claros y brillantes como la luz de la mañana.
Una fuerza que volvía a Mikasa aún más fuerte; como agua que saciaba una sed que hasta entonces ella no sabía que tenía… despertando a la vez en su interior un anhelo todavía mayor, ansia y deseo.
Ella podía leer en sus ojos que él también sentía lo mismo: una reconfortante calidez que emanaba de sus cuerpos y los recorría como si ya no hubiera distinción entre uno y otro; como si el pulso de él se hubiera convertido en el de ella; como si sus latidos se hubiesen fundido en uno solo.
Dos fuegos ardientes, cada vez con más intensidad; creciendo sin extinguirse el uno al otro, dándose fuerzas mutuamente, hasta hacerse tan grandes que por fin se convertían en una sola tormenta ígnea, capaz de consumir entre sus llamas el mundo entero.
Y sin embargo, llegó un punto en que aquel silencio se hizo tan intenso, aun siendo también cómodo y placentero… que ya ninguno de los dos pudo aguantar más; tan intenso, tan sólido, que incluso les costaba respirar, y sencillamente volvían a necesitar aire.
Todavía estaban en el mundo real, tan hermoso como cruel; y aunque ellos se hubiesen olvidado del mundo, el mundo no se había olvidado de ellos.
No podían permanecer eternamente sumergidos en aquel océano de gozosa dicha, propiciada por la cercana compañía de almas gemelas que también eran mitad de la otra; en el mundo real, llegaba un momento en el que había que regresar a la superficie.
Pero si él estaba a su lado… entonces ella se sentía capaz de hacer cualquier cosa.
Aun así, se mantuvo el silencio, porque en ese instante de luminosa claridad… prácticamente podían comunicarse entre ellos sin necesidad de palabras. Bastaba un mudo intercambio de miradas, una sonrisa cómplice que enseguida encontraba respuesta, un leve y sutil asentimiento con la cabeza.
De mutuo acuerdo, entendiendo que algunas cosas no podían lograrse en un solo día… Mikasa y Eren se fueron apartando, lenta y perezosamente.
Sin embargo, no llegaron a perder el contacto entre ellos; porque cuando volvieron a andar, con paso tranquilo pero decidido, uno al lado del otro, bañándose en los cálidos rayos del sol que atravesaban el cielo azul y verde del bosque… seguía uniéndoles el invisible lazo del destino, armonizando aquellos pasos distintos y tan parecidos, en una misma dirección, con un propósito compartido.
Y en ese momento, los dos sintieron que en aquel mundo ya no habría nada imposible para ellos.
No mientras permanecieran juntos.
