Mil perdones por el retraso, puedo poner 20 mil excusas, pero bueno aquí esta un nuevo capi.

Esta es un adaptación con personajes de SM

Capítulo 10

Edward se levantó de la mesa donde había desayunado al ver que Bella salía a la terraza. Llevaba una camiseta roja y una vaporosa falda de lino blanco. Tenía una expresión fría.

Ella vio que iba vestido con un traje y supuso que se disponía a ir a la ciudad. Como si no hubiera ocurrido nada entre ellos la noche anterior. Por lo menos, como si no hubieran hecho el amor, porque el enfado seguía allí, entre ellos.

Edward se acercó en silencio y apartó una silla para que ella se sentara. Después volvió a ocupar su propio asiento. No era un silencio cómodo pero, con Wallace presente, Bella Sabía que no podía retomar la conversación de la noche anterior. Y quería hacerlo. No había podido dormir después de que Edward se marchara, reviviendo una y otra vez la conversación que habían tenido. ¡Estaba tan decidido a casarse con ella como ella de no casarse!

—¿Café, señorita Swan?

Se volvió para sonreír a Wallace, que estaba junto a la mesa con una cafetera en la mano.

—Preferiría té, si no es mucha molestia.

—Por supuesto que no —le aseguró el mayordomo con voz cálida—.¿Le traigo algo de comer? ¿Huevos? ¿Beicon? ¿Salmón ahumado? —intentó tentarla.

Pero ella no se sentía tentada en absoluto. La sola mención del pescado hacía que se le revolviera el estómago.

—Olvida el salmón, Wallace —intervino Edward al darse cuenta de la palidez de Bella y recordar lo que le había ocurrido la última vez que le habían puesto delante un plato de pescado—. Trae de momento el té y unas tostadas, por favor.

—Gracias —murmuró Bella cuando se quedaron solos. No lo miró.

—De nada —respondió secamente—. Bella, no voy a desaparecer sólo porque no me mires.

—Es una pena —dijo, y se volvió hacia él.

—Te alegrará saber que tengo que ir hoy a la oficina.

Ella asintió.

—Creo que será lo mejor.

Edward se obligó a no responder, consciente de que la tensión constante no sería buena para Bella ni para el bebé.

En vez de ello, la observó con detenimiento. Estaba muy hermosa esa mañana, casi etérea, pero muy pálida y con ojeras. También parecía muy delgada. Tenía que comer más. Se había saltado la cena por culpa de su discusión de la noche anterior.

—Tal vez si me voy seas capaz de comer algo.

—Tal vez.

Edward suspiró.

—Bella, ¿es esto lo que va a pasar cuando nos casemos?

—No es muy agradable, ¿verdad?

¡Él más bien lo describiría como infernal! Pero estaba intentando no discutir con ella esa mañana. Bella tenía aspecto de no haber dormido mucho, pero el tampoco lo había hecho. Al llegar a su dormitorio, los recuerdos de la amarga discusión lo habían bombardeado. Había decidido que no discutiría con ella por la mañana. Pero no parecía que lo estuviera haciendo muy bien.

—Entonces, me voy —dijo, y se levantó bruscamente.

Ella miró hacia otro lado.

—Adiós.

—Bella…

—Edward —ella se giró y le mantuvo la mirada, desafiante.

Edward luchó contra el enfado que sentía en su interior.

—Esto no esta ayudando nada, ya lo sabes —dijo con tirantez.

—Creo que, después de anoche, cualquier amistad entre nosotros, aunque sea superficial, esta descartada, ¿no te parece?

—¿Quieres saber lo que me parece?

—Creo que puedo adivinarlo.

Una parte de el quería estrangularla, pero otra parte deseaba tomarla en brazos y llevarla a la cama. Por lo menos, cuando hacían el amor no discutían… hasta el final.

—Dudo que…

—Oh, muchas gracias, Wallace —le dijo Bella al mayordomo, que le llevaba el té y una tostada, interrumpiendo a Edward—. Mmm, está buenísimo—añadió al probar el primer sorbo, y apareció un poco de color en sus mejillas.

Wallace parecía complacido.

—Será mejor que me vaya —dijo Edward secamente.

—Antes de que se vaya, señor Cullen… —empezó a decir Wallace—. He tardado tanto trayendo el té porque la señora Esme ha telefoneado.

La conversación atrajo la atención de Bella, que sintió inmediatamente que un silencio extraño se instalaba entre los dos hombres. ¿Quién sería Esme? ¿Una novia de Edward, tal vez?¿Y por qué no? Después de todo, Edward era un soltero muy codiciado. Sería ridículo imaginar que no había habido ninguna mujer en su vida en los últimos dos meses. Aunque el simple hecho de pensar en Edward relacionado íntimamente con otra mujer le revolvía el estómago…

—Creo que será mejor que me vaya a dar un paseo por el jardín para que habléis a solas…

—No es necesario, Bella —replicó Edward, que parecía irritado—. De hecho, es mejor que te quedes —se volvió hacia el mayordomo y le preguntó—: ¿Que quería, Wallace?

—Edward, de verdad creo que…

—No —insistió—. Esme es mi madre —añadió, y Bella frunció el ceño.

¿Su madre? ¡De todas las explicaciones posibles, ésa era la última que había esperado!

—¿Wallace? —dijo él.

El anciano asintió.

—Bueno, como ya sabe, este fin de semana es su cumpleaños…

—Cumpliré treinta y seis años —le dijo Edward a Bella secamente al ver que ella lo miraba de forma interrogante—. ¿No intentará mi madre sorprenderme con una visita, verdad, Wallace?

Eso era lo último que necesitaba, dadas las circunstancias.

—No que yo sepa —respondió Wallace con cautela.

Con demasiada cautela, según le pareció a Edward.

—Entonces, ¿qué quería?

—Preguntó dónde iba a estar usted el sábado, si aquí o en la ciudad, para enviar la tarjeta y el regalo a la dirección adecuada.

—¿Y? —había más, Edward estaba seguro.

—Y yo le he dicho que, como en este momento tiene aquí una invitada, pensé que…

—¡Wallace! —exclamó Edward, y se dejó caer en la silla que había ocupado antes.

—¿Qué ocurre? —preguntó Bella, mirándolos—. ¿No es normal que tu madre quiera enviarte una tarjeta y un regalo de cumpleaños?

—Por supuesto que sí —respondió Edward—. Lo que no es normal es que yo tenga invitados aquí. Si necesito reunirme con alguien, siempre lo hago en la ciudad —le explicó.

—Entiendo —respondió ella lentamente.

El día anterior Edward le había dicho que el nunca llevaba mujeres a su casa y, a juzgar por su enfado y por la mirada de disculpa de Wallace, le había dicho la verdad.

—Lo siento mucho, señor Cullen —se disculpó el mayordomo—. No pensé que…

—No, pero puedes apostar a que mi madre sí —Edward hizo una mueca al saber lo que su madre estaría pensando.

Había estado hablando de nietos desde que su padre había muerto, hacía ya diez años, y parecía pensar que serían su única razón de ser, puesto que se había quedado viuda. Edward había ignorado sus comentarios, para disgusto de ella. Le dirigió una mirada reprobadora a Wallace.

—¿Eres consciente de que seguramente ahora estará hablando por teléfono con el piloto para pedirle que vaya a recogerla en el jet?

—¿Qué? —Bella sintió pánico al pensar que tal vez aparecía por allí la madre de Edward ese mismo día.

—No te preocupes —le dijo Edward—. Ahora mismo llamaré al piloto para que cancele esa orden.

—En ese caso, la señora Esme tomará el primer vuelo que haya a Nueva York —señaló Wallace.

— ¡Tal vez deberías haber pensado en eso antes de decirle que Bella estaba aquí!

—Ya me he disculpado, señor Edward…

—Olvídalo, Wallace —dijo agitando una mano—. Tarde o temprano se iba a enterar… pero yo habría preferido que fuera un poco más tarde.

—¿Quiere que le traiga café recién hecho? —sugirió el mayordomo.

—Buena idea. Bella y yo tenemos que elaborar un plan de acción antes de que llegue mi madre.

En lo que a Bella concernía, elaborar un plan de acción significaba tomar el primer vuelo a Inglaterra.

—Edward…

—Deberías comerte la tostada, Bella. Vas a necesitar todas tus fuerzas cuando llegue mi madre.

Ella sacudió la cabeza.

—No estaré aquí.

—Claro que sí —la contradijo con firmeza.

—No.

—Bella, te guste o no, el niño será su primer nieto. ¿No habías pensado en eso?

No, definitivamente, no lo había pensado. Pero ahora que Edward se lo había dicho, estaba más decidida que nunca a marcharse antes de que llegara Esme Cullen. Edward la estaba amenazando para que se casara con él, y no necesitaba más presión por parte de su madre.

—No es necesario que ella se entere de…

—¡Y un cuerno! —la interrumpió con ira.

—Eso confundirá aún más la situación.

—No hay ninguna confusión, Bella —le aseguró fríamente—. O te casas conmigo o conseguiré la custodia del bebé cuando nazca. Ésas son las únicas opciones.

—¿Me harías eso?

—Yo no te estoy haciendo nada —se levantó con impaciencia—. ¿Qué te pasa? La mayoría de las mujeres estarían felices de casarse con el heredero de todos los millones de los Cullen.

—¿Y tú estarías feliz sabiendo que una mujer se casaría contigo sólo por eso?

—No tengo otra opción, ya que ésa es exactamente la razón por la que te vas a casar conmigo, ¿verdad?

Bella se estremeció al escuchar su tono vehemente.

—¡Yo no quiero casarme contigo!

—O todo o nada, Bella.

Ella tragó saliva y sintió náuseas. Edward lo decía de verdad…

—Será mejor que cancele mis citas de hoy y que haga algunas llamadas desde aquí —le dijo Edward—. Estaré en el estudio si me necesitas.

—No te necesitaré.

Él se paró junto a su silla y entornó los ojos cuando le dijo:

—Ni se te ocurra irte.

Los ojos de Bella brillaron al mirarlo.

—Soy una prisionera en esta casa, ¿no es así?

—Hasta que te ponga un anillo en el dedo, sí —le confirmó sin ningún remordimiento.

Bella sintió que palidecía.

—¿Se me permite hacer algunas llamadas de teléfono? Mi familia y mis amigos estarán preocupados al ver que no he vuelto según lo planeado.

—Haz todas las llamadas que quieras. Yo usaré la línea de los negocios. Pero no esperes irte de aquí pronto.

¿Por qué todas las conversaciones que tenía con Bella terminaban en una batalla?, se preguntó mientras se encaminaba hacia la casa. Incluso las que empezaban de forma amable e inocente acababan en una discusión. ¿Por qué era así, si él no lo quería de esa manera?


Gracias por leerme y una disculpa otra vez por la demora!

Feliz año 2012, les deseo que tengan la fuerza de voluntad, el empeño y las ganas para que todos sus viejos y nuevos deseos se cumplan!