X –

Umm… ¿Ryoga?

Dime.

¿Cómo es que murió la madre de Akane?


Y era ahí cuándo las palabras demostraban su monstruoso poder.

¿Cómo es que un extraño como él podía tener conocimiento de algo como eso? Ese tema no se podía tratar estando ella cerca. Akane siempre se mostraba renuente a hablar sobre eso.

¿De dónde venía semejante interés? ¿Qué derecho sentía que tenía sobre ella cuando ni él mismo tenía el atrevimiento de preguntar eso?

—No sé de qué me hablas. –desvió la mirada como si con eso su mentira se mantuviera en eso.

—No me engañas. –respondió Ranma, sentándose en el sillón más cercano, repentinamente falto de fuerzas para sostenerse.

—Ya es hora de que te marches. Ya no eres necesario.

—Me temo que eso es algo que no puedes decidir por tu propia cuenta. Yo estoy aquí independientemente del resfriado, mi propósito es simplemente ayudarla. ¿Acaso no quieres que ella vuelva a ser la misma?

Fueron largos los momentos en que ambos permanecieron en silencio.

Las miradas que no se apartaban estaban midiendo el terreno en el que se encontraban. Ambos guardaban una distancia prudencial. Uno sopesando las probabilidades de una posible mentira, el otro siendo comido por las ansias de saber qué es lo que en verdad había pasado.

—¿Qué es lo que sabes? –preguntó por fin Ryoga después de una breve meditación.

Moría de ganas por saber cómo es que podría llegar a ayudarle, si Akane nada le había dicho era porque no quería que supiera. En unas cosas era bastante reservada, así que esperaría a que de su propia boca le dijera el secreto, o hasta que él lo descubriera. Lo que sucediera primero.

—No mucho. –admitió Ranma. —Lo único que le he podido sacar es que es su culpa. Estaba hablando entre sueños, así que ya sabrás… –mintió.

—Eso es verdad. –interrumpió Ryoga. —O por lo menos eso es lo que ella cree. Su padre le dijo que no era verdad pero Akane se empecinaba en culparse.

—Tonta. –murmuró Ranma, tragándose las amargas ganas de zarandearla para que le entrara la razón en el ceso.

—¿Dijiste algo?

Ranma negó con la cabeza. Sus cabellos, siempre atados en una suelta trenza bambolearon de un lado al otro.

—¿Esto… esto es relevante para que la puedas ayudar?

¿Relevante y curioso no eran sinónimos, verdad? ¿Podía haber algún secreto escondido en su pasado que le estaba torciendo el presente?

—No lo sabré hasta escuchar la historia completa.

Tomó un largo suspiro, tratando de aclarar sus enmarañados recuerdos. Su mente tenía un compartimiento especial para Akane; sabía sus gustos, los disgustos, lo que le atemorizaba, lo que tocaba esa fibra sensible dentro.

¿Quién iba a pensar que hablar del pasado de alguien más costara tantísimo trabajo?


Un pañuelo.

Dos pañuelos.

Tres pañuelos.

Cuatro pañuelos.

Cinco, seis, siete, ocho.

Había tantos en la cesta de la basura que ahora ya hasta empezaban a invadir el suelo de su recámara.

El que acababa de usar era el quinceavo.

El suelo, la mesita de noche o la sobrepoblada cesta eran sus opciones de dónde dejarlo. La mesita tenía su libro favorito, la cesta estaba ya a punto de explotar, así que sus múltiples opciones se redujeron inmensamente.

Miró a ambos lados con la esperanza de que nadie la viera cometer ese delito. Sentía el corazón salírsele por la boca, las manitas las tenía húmedas de transpiración, echó un vistazo por detrás del hombro viendo solamente la pared. Se sentía como en una de esas películas de espías que su papá veía en las noches del viernes. Hacer una travesura en casa cuando sus padres estaban presentes era la cosa más excitante que hubiera experimentado hasta sus ya 6 años. Era toda una mujer hecha y derecha.

—Ni se le ocurra señorita. –dijeron desde la puerta que se había abierto sin hacer ruidos.

—Oka–san. –se quejó la pequeña máquina de mucosidades. El labio inferior le sobresalía para acentuar más su enfado.

—Nada de nada. Los pañuelos usados a la cesta.

—Ya son demasiados. –remoló, balanceaba los pies descalzo por fuera de la cama. La manga del pijama amarillo era una excelente segunda opción a falta de más pañuelos desechables. La idea de una higiene personal muy elevada no era de demasiada importancia para una niña de esa edad.

Tomó la susodicha canasta, vaciando su contenido en una bolsa de repuesto. Ahora no había ninguna excusa para usar el suelo como depósito. Saeko siempre procuraba tener todo lo que pudiera hacer falta, así que Akane no se sorprendió al verla sacar una caja de pañuelos nuevos.

Todo lo que su madre hacía, lo hacía con una sonrisa, por más pesada o tediosa que fuera la tarea. Mientras cocinaba, tarareaba una canción que hubiese escuchado en la estación de radio favorita. Los giros y giros que daba la lavadora eran seguidos por sus pies que golpeaban el suelo siguiendo el ritmo que sólo ella escuchaba.

Lo que Akane más disfrutaba era cuando tocaba la limpieza de dentro del hogar. Siempre desde un recoveco de las escaleras ella la observaba mientras recogía papeles, trastos usados dejados fuera de su lugar, quitaba las cenizas del altar y reemplazaba los inciensos diciendo una pequeña oración. Sufría ante la expectativa de que ese momento se tardara más en llegar. Cuando veía que cogía un trapito se le extendía la felicidad por todos los poros del cuerpo y se le pegaba una sonrisa de oreja a oreja. Era cuando había que quitarles las pelusas a los objetos cuando se le vía más feliz.

Extendidos los brazos, con el trapo aún en mano; tomando la posición de baile. Sonreía tímidamente, bajando los ojos encantadoramente, queriendo hipnotizar a su invisible compañero. Movió los labios, pronunciando palabras que no alcanzaba a escuchar desde su escondite detrás de los barandales de la escalera. No era un escondite de lo más apropiado, de eso no cabía duda, pero su madre parecía no prestar atención a nada que no fuera su pareja de baile.

Su acompañante, invisible para Akane, debía de ser un muy buen guía porque con pasitos seguros la llevaba por toda la estancia. Piruetas sencillas, sonrisas coquetas, murmullos y algo más, que en ese entonces Akane no comprendía, llenaban todo el ambiente seductoramente. Una música, que sólo su madre escuchaba, era la que la transportaba a ese lugar en donde bailaba con un encantador príncipe. O por lo menos eso Akane quería pensar; era mejor soñar con príncipes que vencen dragones sin despeinarse, que en tontos niños de primaria que sólo sabían combatir a la hora del receso.

Ella era la que siempre veía a su padre mucho antes que su madre se diera cuenta. Ésta se encontraba demasiado ocupada sonriéndole con secreta coquetería a su compañero que en ese momento la dejaba caer con delicadeza hacía atrás como tantas veces había visto que los hombres hacían en las películas de romance de blanco y negro. También las escenas donde con un beso podían lograr que la mujer alzara el pie casi instantáneamente. Eso es lo que Akane quería por sobre todas las cosas.

No era que no amara a su papá, pero siempre sentía un poquitín de celos cuando interrumpía el encuentro unilateral de su madre. Su padre era un buen bailarín, sin embargo, no se podría comparar nunca con su rival imaginario que parecía llevar a su madre de una manera delicada y ligera como pluma, dotada de una gracia intensa e inocente.

Con sus manos callosas, velludas y carentes de todas las cualidades que Akane le confería al compañero de su madre, la tomaba de la cintura atrayéndola hacia sí. La mirada profunda de esos pozos parecía tragarla por completo porque de repente toda la gracia y agilidad que le caracterizaba desaparecía en un instante dejando solamente a una mujer que sólo podía mirar y sonreír tontamente. El amor que sus padres sentían se podía ver a millas de distancia.

La forma en que la tomaba, las miraditas sostenidas desde el otro lado de la mesa, los besos secretos que se daban cuando creían no ser vistos. Se comportaban como un par de jóvenes enamorados que no querían ser descubiertos y que al mismo tiempo se encontraban en donde fácilmente podían ser atrapados.


—¿Qué sucede? –preguntó su madre cuando vio que su comunicativa hija caía en un profundo silencio, cosa que raramente sucedía. Al parecer a Akane le gustaba escuchar su propia voz más que nada.

—Tú quieres mucho a papá. –no era una pregunta, ni siquiera una insinuación, sino solamente vocalizaba lo que pensaba, como cada vez que se sentía contrariada por algo.

Los lánguidos ojos negros adquirieron más profundidad al escuchar lo que su hija acababa de decirle. Dejó la canasta de basura que había recogido con la intención de tirar junto a ella. Alisó su vestido y delantal meditando una respuesta prudente que satisficiera la inquieta mente de su hija y que además fuera lo suficientemente simple como para que la entendiera en un solo movimiento. La verdad es que la curiosidad de esa niña no era propia de una mente de 6 años.

—Tu padre es un hombre maravilloso. –le contestó, sus manos seguían trabajando en alizar la tela blanca y azul de su larga falda. La prenda no tenía ninguna arruga pero debía de mantener sus manos ocupadas. —Y sí, le quiero muchísimo porque él me ha regalado lo mejor de este mundo, que es una familia hermosa. –besándole la coronilla dio a conocer su punto de vista.

—Papá es perfecto y muy mono. –concluyó, esperando haber usado bien ese adjetivo que le había escuchado a su maestra después de una visita del repartidor.

El lunes que Akane fuera a la escuela, le preguntaría a sus maestras cómo es que una niña tan pequeña conocía esa palabreja. —Nadie es perfecto, queridita. –admitió, tirando afectuosamente de los cachetes sonrosados y redondos de su hija.

—Tú lo eres. –admitió como quien se sabe en lo correcto.

—No. –acompañó su negativa con un movimiento de la cabeza. Sus cabellos negros se bambolearon ligeramente de arriba hacia abajo. —No. –repitió. —Soy una persona muy egoísta.

—No es verdad. –dijo con renovada convicción.

—Yo quiero que tu padre se quede conmigo. –Akane era tan pequeña e inocente que no se daba cuenta que su madre decía "yo" y "conmigo" en vez de nosotras. Para ella, su madre era algo muy parecido a un ángel que siempre estaría cuidando de su familia, queriendo sólo lo mejor para ellos.

La mirada confusa con la que su hija le daba era prueba irrefutable de que aún era demasiado joven para comprender perfectamente. Meditó durante varios segundos, tratando de encontrar una manera más fácil de hacerla entender. Era verdad que Akane poseía la madurez para ciertas cosas, sin embargo, para los adultos resultaba confuso el tema del amor, no podía imaginar lo que le parecería a una niña que su mayor experiencia en ese tema era estar enamorada de un personaje de caricatura.

La respuesta a su cuestión estaba sentada en la cama. Un par gigante de orejas rosadas, un vestido floreado azul y verde, zapatillas de ballet, y unos ojos tristes y negros que combinaban perfectamente con la nariz de botón del mismo color. Ese había sido el regalo de su cumpleaños de parte de uno de los vecinos. Ese conejo y Akane habían sido inseparables desde entonces…

La mirada glaseada por la fiebre que su hija le daba seguían todos los movimientos de su madre cuando ésta cogía a su peluche favorito. Desde el día en que su padre había tirado accidentalmente su taza de té encima de Rin–chan, se había vuelto una madre sobreprotectora. Su madre no haría nada que pusiera en peligro la vida de Rin–chan, sin embargo los accidentes pasan sea quien sea.

—Rin–chan es tu juguete favorito, ¿no es así? –Akane asintió con la cabeza sin despegar la mirada de su preciada posesión. —¿Me lo prestas? –su hija volvió a asentir, ahora mucho más lento ante la perspectiva de separarse de su conejo, por muy poco tiempo que éste fuera. —¿Y qué me dirías si te pidiera que me lo regalaras? –los cabellos revolotearon violentamente cuando Akane se negó rotundamente.

—Yo quiero mucho a mi coneja. –admitió pensando que sólo con eso era suficiente para que supiera que no se iba a separar de ella.

—Lo mismo sucede con papá. Cuando papá se va a trabajar, yo siento lo mismo que tú. Me cuesta mucho trabajo alejarme de él. –las cosas eran un poco más complicadas, más no por eso habría de complicar a la pobre niña. Una explicación simple y que pudiera entender era mucho mejor que un rollo sobre la aprehensión que ella sentía para con su marido. —Hay veces en que el amor es así de egoísta. A uno le cuesta mucho alejarse y empieza a creer cosas que no son.

—¿Y por qué no le dices a papá que se quede? –la solución se le antojaba tan fácil de hacer que era una cosa incomprensible que la gente adulta se peleara por cosas de ese estilo.

—No es tan sencillo. –contestó su madre, arreglando la tela ya lisa de su falda —Uno quiere siempre estar con la personas que quieres, aunque eso también llega a convertirse en un problema.

—No entiendo. –comentó Akane, obviamente contrariada.

—No creo que haya alguien que entienda. Cuando te enamoras piensas diferente.

—Yo no voy a enamorarme nunca. –admitió. Sus puños cerrados parecían desafiar a cualquiera que se atreviera a contradecirla. —Me voy a casar con un príncipe. –se contradijo sin importarle.

—Cariño, para casarte, con un príncipe o un hombre cualquiera, tienes que primero estar enamorada, lo mismo sucede si quieres tener bebés. –era un completa mentira lo que le decía. La sociedad en la que vivían era tan cruel como para forzar una boda aunque no se amaran, Akane era aún demasiado joven y no tenía porqué enterarse de una realidad tan desalentadora. Ya era suficiente con que aprendiera que los príncipes sólo se casan con princesas, con la clara excepción de Diana, y que ser de la realeza no era un pase mágico para vivir un "felices para siempre".

El interrogatorio continuaría si es que se lo permitía, así que optó por una opción segura que distraería la curiosa mente de su hija lo suficiente como para hacerla olvidar un poco las maduras preguntas que le hacía con su voz de pajarito.

Podría esquivar unas cuantas cuestiones peliagudas en cuanto a la insana curiosidad de Akane, más no estaba muy segura de poder continuar con su suerte de seguir encontrándole respuestas inocentemente satisfactorias.

—Kin–chan vino hoy. –con alivio vio cómo la pregunta que pululaba ya dentro de la mente de su hija desaparecía junto con ese extraño brillo en la mirada.

—¿Por qué no ha subido a verme? –Kin–chan era su mejor amigo y su prometido, si es que ella no encontraba un príncipe que le gustase y él no se casaba con la heroína del ánime de la tarde, así que el hecho de que éste no hubiera subido a saludarla era una gran afrenta, o por lo menos eso pensaba.

—Parece que estaba acompañando a una amiguita a casa. –con el dedo índice se dio ligeros golpecitos como cuando intentaba recordar algo.

¿Acompañar a una amiguita? ¿Es que no habían prometido hacía dos días, justo antes de que ella se enfermara, que no iban a dejar sus sueños por nada del mundo? ¿Tan poco valía su promesa? Está bien, pensó Akane mientras rehacía su resolución sobre casarse con un príncipe de brillante armadura que matase un dragón sólo para defenderla.

¿Qué ya no habían dragones que matar? Pues él tendría que conseguir uno porque ella no pensaba aceptarlo si no le demostraba su valor. Bien podía darle una rosa o un rosal completo que ella no se casaría con él.

Aprovechó que su hija estaba perdida en sus pensamientos para poder terminar su cometido. Recogió hasta el último pañuelo del suelo y desapareció silenciosamente. Era bonito ser niño. No tenían las mismas presiones que un adulto.


Se sorbió ruidosamente los mocos por la quinta vez. Las lágrimas las dejó correr en su lugar, como medalla de honor, para que todos supieran lo verdaderamente dolida que se encontraba. Ella sólo había dicho lo que realmente sentía, no era su culpa que los adultos fueran unos tontos que se tomaban las cosas muy seriamente.

Dejó de empacar su maletita, mirándola desconcertada. Su tercer par de calcetas metidas. Se sorbió los mocos nuevamente, limpiándose ahora sí las lágrimas convencida de que no había nadie que las viera y la compadeciera.

Habiéndole dicho algo así de horrible a su madre tenía que disculparse, lo sabía, cosa que sólo hacía mucho más difícil la tarea. Si ella debía de disculparse, lo más normal era que ellos también debieran de hacerlo, era lo justo.


—No lo quiero. –exclamó con los puños crispados. —Regrésenlo.

—Me temo que no podemos hacer eso. –le respondió su madre acariciándose el vientre que apenas empezaba a abultarse. Después de todo, tres meses de embarazo era muy poco.

Era verdad que su madre había empezado a actuar diferente más o menos un mes y medio atrás. Ya no bailaba mientras quitaba el polvo y las pelusas. La canción que ahora tarareaba mientras lavaba la ropa era una canción de cuna y no una de las pegajosas canciones pop que tanto le gustaban. Sonreía más y se tocaba la barriga más seguido como si le doliera, cosa que Akane encontraba considerablemente extraño porque cuando le dolían las tripas se le torcía la boca y hasta ahora no conocía ningún dolor que pudiera hacer sonreir a alguien.

—No necesitamos otro nene. –aseguró.

—Esto no es algo que necesitemos, es algo que queremos.

—Pues yo no lo quiero. –con los brazos cruzados sobre el pecho se negó a ceder un paso.

—Claro que sí, nena. –intervino su padre, que mantenía su brazos sobre los hombros de Saeko de forma protectora y afectiva.

—Le odio. –gritó. —Los odio a todos. Ojalá y mueran. –era tanta su frustración y enojo que todo había explotado sin que ella pudiera controlar lo que decía.

Slap.

Irónicamente ese había sido el sonido cuando su madre le pegó. No había querido hacerlo pero parecía que algo dentro de ella había estallado cuando escuchó tan desagradables palabras de su hija.

Las lágrimas, una mezcla de dolor, coraje y frustración se le escaparon de los ojos. Su madre, su ángel, le había cacheteado y aún seguía viéndola con enojo.

Le dedicó una mirada desafiadora antes de salir corriendo hacia su alcoba. Azotó la puerta con fuerza y su enojo no disminuyó.

—Los odio, los odio, los odio. –repitió furiosa golpeando la puerta con puños y pies. El dolor no hizo más que aumentar, era su culpa que ahora estuviera lastimada de manos y pies. Todo era culpa de ellos, especialmente de ése bebé.

—Los odio. –sollozó con el rostro enterrado en la almohada que se mojaba con una mezcla de agua, lágrimas y mucosidades.

Estaba furiosa e indignada, y sólo un poco, solamente un poco, celosa. Estaba enfurecida con su madre por golpearla, con su padre por tomar una decisión de ése tipo sin su consentimiento, y con su hermana Nabiki por no defenderla como cuando los niños más grandes la tomaban contra ella. Pareciera que todos ya estaban del lado del bebé no nato en vez de pensar en ella, que actualmente era la más pequeña.

—Ese bebé no debería de existir. –chilló de pura rabia.

Cerró la maletita con fuerza, apretando dentro sus cambios de ropa y unos zapatos extras por si acaso. Se puso su sombrerito de paja para cubrirse del sol. No dejó nota o se despidió de nadie; probablemente estuvieran muy ocupados con el nuevo bicho que ni cuenta se darían de que ya no estaba.

Abrió la ventana de su habitación con cuidado de no hacer ruidos extendió las manitas y salió de ese opresor ambiente. Cuando con trabajo pudo cerrar la puerta le sacó la lengua. No extrañaría un lugar donde la dejaban sola en un rincón y que no la seguían para pedirle una disculpa.


—Estoy seguro de que se le va a pasar. –aseguró Soun Tendo cuando su esposa sacaba el tercer pañuelo para limpiarse las lágrimas.

—Pero nunca le había pegado un cachete. –sollozó.

—Se lo ha merecido. –aseguró Soun.

—Ella es sólo una niña, no sabe lo que dice.

—Y eso no le quita nada al hecho de que dijo una tontería y que ha de pedir disculpas.

—Ya bajará cuando tenga hambre. –trató de tranquilizarla cuando vio que ahora extendía la mano para sacar el cuarto pañuelo.

—Pero…

—Recuerda cómo se puso Nabiki cuando le dijimos lo de Akane, no nos habló hasta tres días después, y sólo para pedir una compensación por su sufrimiento.

Nabiki hizo oídos sordos ante ese comentario, negándose a aceptar algo tan infantil como algo que hubiera hecho.

—Akane no es como Nabiki. –contestó Saeko.

—Cuando se dio dé cuenta su error bajará.

Saeko asintió con la cabeza, no muy convencida con la lógica de su esposo.

Soun se encogió de hombros ante la consternación de su esposa, considerándola exagerada. Akane ya había tenido ataques de celos y enojo con anterioridad así que ya estaba curado de espantos con lo que a su hija se refería. Después de un tiempo, ella bajaría, cabizbaja y silenciosa, abrazándose a las piernas de su madre que sin decir exactamente las palabras necesarias sabía que su hija lamentaba comportarse así y que en verdad sentía haberle hablado así. La inocencia infantil podía irse con ese tipo de expresiones.

Saeko, por su parte, no podía evitar sentirse inquieta ante la perspectiva de que el enojo hiciera que su hija cometiera una tontería. La punzada en el pecho no era más que otra alarma interna que le indicaba que algo no andaba bien.

La calidez de una mano en su antebrazo la llamó hasta la realidad. Nabiki estaba ahí.

—Vas a enfriarte. –dijo con su voz de pajarito.

La tarde había empezado a enfriar por la amenaza de tormenta que había pronosticado el hombrecito semi calvo del canal 3.

—Gracias.

Mientras caminaba hacia la salita donde la esperaba una taza de té, creyó escuchar el sonido de un golpe. Seco, fuerte y cercano. Atribuyéndoselo a alguna rama seca que había dado de sí por fin del árbol de detrás de la casa, se dedicó a mirar el programa infantil que Nabiki había insistido en que viera con ella.

Se acarició el vientre con una sonrisa satisfactoria en el rostro ante la perspectiva de que tendría un niño. Su primer varón.


No era el dolor lo que la hacía poner esa mueca sino el ardor que era el causante de su infortunio.

En la puntita del dedo tenía dibujado un punto rojo. Lo saboreó con la lengua distinguiendo enseguida el amargo y metálico sabor de la sangre. Sonrió ante la imagen de su rodilla magullada y enrojecida. El caerse del árbol por el que había escapado no estaba en sus planes, era demasiado doloroso caer de esa distancia, pero vaya que parecía increíblemente conveniente.

Ahora que se había lastimado por culpa de su hermano verían que no era buena idea tenerle y entonces lo regresarían y volverían a ser una familia feliz. Una familia de cuatro como siempre debía de ser.

Se instaló cómodamente debajo de la estatua del oso del parque cercano, justo enfrente de los columpios y el pasamano.

Era una cosa extraña que para ser viernes por la tarde no hubiera multitudes de niños infestando el parque de juegos. Usualmente en ese día era cuando todos se reunían a jugar. Era bastante peculiar ver sólo un par de niños jugando a la pelota, dos madres que comadreaban a gusto mientras vigilaban a sus niñas y un perro solitario que buscaba algo que roer.

Abrió su lonchera donde había guardado un emparedado y una caja de jugo. Mientras comía su merienda, esperaba que de un momento a otro aparecieran sus padres preocupados pidiéndole perdón y rogándole que regresara. Los haría sufrir un rato negándose a ir, para después aceptar acompañarlos y entonces se darían cuenta de lo buena que era.


Ya habían pasado tres horas y Akane seguía sin aparecer. La tarde ya estaba dándole paso a la noche cuando el programa infantil de Nabiki terminó. Había estando mirando el reloj y la televisión sin dedicarle a ninguno su completa atención. El especial de un programa nocturno empezaba justo después. En un intermedio, en el que aprovechó para hacer el cambio de la lavadora, quiso ir a ver qué es lo que sucedía con su hija. Soun la tomó del brazo con delicadeza, y en silencio un Aún no se dibujó en sus labios cubiertos por el mostacho.

Desde que se habían tomado como marido y mujer, se había dedicado a complacer los deseos de su esposo, justo como le correspondía actuar a una mujer criada a la antigua usanza, más de vez en cuando le desobedecía en pequeñeces, y cómo ésta no era ninguna pequeñez, con más razón decidió ignorarlo.

Considerando también que el tiempo había sido ya demasiado, se encaminó junto a su esposa que lo esperaba en el descansito de las escaleras. La punzada de antes le regresaba con violencia. En cuanto supiera que Akane estaba bien, le llamaría al doctor Tofú Shinji, padre de Ono, para que la revisara.

El patito amarillo quieto y sonriente colgaba de la puerta desde el momento en que Akane había sido lo suficientemente grande como para tener su propia habitación.

El cuarto permanecía en silencio, cosa perturbadora e inusualmente peculiar, ya que Akane hablaba con lo que la quisiera escuchar, ya fueran seres vivientes, imaginarios o inanimados. Los insectos y las muñecas eran una excelente audiencia para sus imparables pláticas, aunque cabe mencionar que los insectos no eran de sus favoritos porque siempre se escurrían de sus asientos y la dejaban hablando sola como una desquiciada.

La habitación permanecía casi igual que como la habían dejado desde la mañana. Los zapatitos que usaba para la escuela estaban junto a su mochila de cuero. El impermeable y la gorrita para la lluvia estaban descuidadamente colgados de la percha. La almohada y la cama estaban un poco deshechos y arrugados. Los muñecos, las sillas, las tazas, los asientos y toda su parafernalia permanecía guardada justo como lo había dejado.

Saeko rebuscó por toda la habitación con la mirada esperando encontrar un pequeño bultito en la esquina del cuarto que trataba de no ser visto mientras que, irónicamente, esperaba ser reconocida.

No había nada en ninguna esquina un rastro de su hija. Revisó debajo del escritorio que había permanecido a su padre y que ella le había regalado a su hija por uno de sus cumpleaños. Cuando vio que no estaba debajo, su pánico rompió la represa que lo había estado conteniendo desde que la espinita de la duda se había enterrado en su corazón.

—No está. –le dijo a su esposo, llorando de completo miedo.

—Iré a ver en el Dojo. – desapareció corriendo con su cabello agitándose violentamente detrás de él, parecía una víbora amenazada. Su esposa le había pedido, implorado y hasta amenazado para que se cortara el cabello pero parecía que eso era lo único que no sacrificaría.

Hay ciertos momentos en la vida de toda persona cuando uno presiente cosas, tales como entrar a un cuarto sientes la mirada de alguien en la espalda, o el sentimiento que se tiene cuando se va a tener un buen o mal día.

Lo mismo le ocurrió a Saeko al correr hasta la cornisa de la ventana para encontrarla abierta de par en par. Una rama rota debajo fue suficiente pista para saber qué es lo que estaba pasando. Podría haberse considerado una tonta casualidad o un torpe accidente, sin embargo, al notar el par de zapatos que no estaban al igual que la maletita, las cosas se volvieron claras como el cristal.

El miedo le heló el cuerpo dejándola ligeramente entumecida, física y mentalmente.

No había tiempo de buscar a su marido y decirle qué es lo que había pasado. No sabía cuánto tiempo había sido desde que Akane había salido de casa, ó dónde es que se había ido. Las calles no eran seguras para una niña sola, vamos, que ni para los adultos. Los pervertidos y pedófilos estaba a la orden del día, o por lo menos eso pensaba la madre preocupada.


Ya empezaba a enfriar y aún no se daban cuenta de que no estaba en casa. Así era la falta de amor que le tenían. Ahora con un bebé en camino, podían darse el lujo de reemplazarla con facilidad. ¿Quién necesitaba a una niña grosera y fea que ya estaba grande cuando se puede tener un tierno bebé al cual amar incondicionalmente y no cometer los mismo errores que se hicieron en el pasado? Nadie. Y a pesar de querer aparentar se fuerte y enfrentar la tristeza sola, aún era una niña, una niña que aclamaba ser amada y reconocida.

Era verdad que Akane tenía un entendimiento de una persona de mayor edad, más su razonamiento seguía siendo el de una niña de seis años que creía ser un ser reemplazable en el esquema familiar.


Su reloj marcaba las 7:47 pm cuando la primera gota cayó sobre su brazo. Las demás le siguieron presurosas, una tras otra, cayendo sobre su piel dejando húmedas marcas sobre su ropa. La lluvia sólo la incitaba a continuar, le apresuraba a correr para que Akane no se empapara. Su hija siempre que se enfermaba le costaba muchísimo trabajo recuperarse. Ella podía aguantar, más su hija no.

Exhalaba con fuerza, e inhalaba con aún más, mientras corría gritando el nombre de Akane. Su mente sólo se concentraba en encontrarla e imploraba con toda la fuerza de su corazón que ella estuviera bien, que nada malo le hubiera pasado.

Imágenes demasiado horribles cruzaban su mente inundándola de pesimistas pensamientos que prefería desechar mucho antes de que su pánico estallase y la dejara en estado catatónico.

Si tan sólo su esposo estuviera ahí con ella para decirle que todo iba a estar bien, que nada le había pasado; aunque no supieran si era absolutamente verdad, sería un gran alivio escuchar esas palabras de una boca que no fuera la suya.

Cruzó calle tras calle, preguntando a persona que se le cruzara en el camino, y hasta las que no, si no habían visto pasar a una niña. Las respuestas negativas habían sido muchas y cada una pesaba en el alma de Saeko como una tonelada. El alivio que sintió cuando le dijeron que no hacía mucho habían visto a una niña con la misma descripción que les había hecho fue como una bocanada de aire puro.

—Nos contestó que estaba esperando a su madre para que se disculpara. –contestó la pareja de jóvenes que había interceptado. —Está debajo de la estatua de Kuma–chan, la que está enfrente de los columpios.

La reverencia que les hizo hubiera sido perfecta para saludar al mismísimo emperador, con lo que ambos jóvenes se sonrojaron antes de contestar con una igual de pronunciada reverencia.

En un principio habían respondido escuetamente, considerando el comportamiento de la madre como una verdadera irresponsabilidad, sin embargo al ver la consternación y las lágrimas, borraron esa primera mala impresión.

Con alas como pies, llegó hasta la estatua de Kuma–chan. El llanto, que por pena y para no flaquear, había aguantado valientemente, se desprendió de su alma con fuerza arrolladora. Todo el miedo, el enojo, la desesperación y las ansias salían en forma de tremendos lagrimones que le resbalaban por las mejillas ya humedecidas por la lluvia.

—Akane. –gritó, escuchándose muy por encima del ruido de los autos que pasaban.

Con sorpresa e incredulidad alzó el rostro. El nudo en la garganta no le permitió hablar, más no le impidió tirarse a los brazos extendidos de su madre.

La lluvia, las lágrimas, el sudor y los mocos se juntaron en el cálido pecho de su madre.

Con la mejilla pegada, podía sentir el acelerado latido de su corazón golpeándola. Las exhalaciones de su madre le daban justo en el oído, confundiéndose con palabras de amor y amenaza mezcladas.

—¿Por qué lo hiciste? ¿No sabes lo preocupados que estábamos? ¿Qué habría pasado si te sucedía algo? No lo vuelvas a hacer, ¿escuchaste? –sus fuertes palabras, cargadas de preocupación, eran acompañadas por caricias que le recorrían el rostro y hombros. —Por Dios, estás empapada. Vamos a casa a que tomes una ducha y te cambies de ropa antes de que te enfermes.

Su mano parecía perderse entre la de su madre que la sostenía firmemente; trataba de evitar que Akane, por alguna razón, intentara zafarse. Apretó un poquito más al acercarse a la acera.

—No debiste de hacerlo. –le reprimió su madre. —Todos estábamos preocupados por ti.

No es verdad. No les importo. –pensó, más no lo diría, no deseaba empeorar las cosas. Asintió solemnemente con la cabeza, a pesar de que su madre no podía verla.

—Tu nuevo hermanito también estaba preocupado.

—¿En verdad? –preguntó inocentemente ilusionada.

—Oh, sí. –le sonrió su madre. —Él te quiere muchísimo, y tú a él, ¿no es verdad?

—Sí. –respondió bajito. Ocultándose debajo de la chaqueta que su madre le había puesto para que no se mojara más.

Saeko le dio un pequeño apretoncito en la mano que aún sostenía, asegurándole que la había oído con claridad.

El rojo apareció en el semáforo donde habían estado esperando impacientemente debajo de la lluvia, que afortunadamente empezaba a menguar.

Ambas miraron hacia la derecha, que era por donde fluía el tráfico. No había coches.

Saeko le prometió una taza de chocolate caliente después del baño. Akane sonrió satisfecha.

En el mundo no existen las coincidencias, sólo lo inevitable. Hay cosas que pueden evitarse teniendo ciertas precauciones, pero cuando el destino ya está echado, no hay quién lo pare. Éste posee la misma fuerza que un tren a toda marcha.

Akane sintió un empujón, un golpe contra la acera, el sonido de unos frenos chirriar, un golpe contundente y el silencio absoluto.

Alguien gritó desesperado.

Fue ella.

Nadie vio al dueño del automóvil que creyó que aún podía pasar. A pesar de pisar a fondo los frenos, no pudo detenerse a tiempo para evitar una tragedia.

Las cosas habían pasado tan rápido que el cerebro de Akane no podía procesar las cosas.

Y fue así como en un viernes dos muertes sucedieron.

Una mujer había fallecido, y la otra víctima había sido la inocencia de una niña de 6 años que gritaba sin saber que era ella misma.


—¿Te ha ayudado? –preguntó exhausto Ryoga.

—No lo sé. –respondió enigmático Ranma. Desapareció de ese departamento con la historia aún rondándole la cabeza.


Hola y perdón por la tardanza pero tenía una prueba de Matemáticas [saqué 9, yay!] y tenía que estudiar...

Gracias por sus comentarios a... Akima-06; jAckesukA; Alvebia; Beld; Akaneiiro; Twinkle star-chan; Youko' Cullen Wolf; Klaudia-de-Malfoy; usagitendo-saotome [pásame tu correo para responder a tu review]; The darkness princess; AkaneKagome; Co-chan [igual, pásame tu correo para responder]; Orphee girl; y a todos los que leen y no dejan Review.

Recuerden que el mejor que le pueden dar a un escritor, son sus opiniones, porque sólo así podemos mejorar!

Pd. Éste 13 de Junio es mi cumpleaños ^^, espero regalos!