¡YAHOI! ¡Al fin, al fin, al fin! ¡El final, final! *baila de felicidad*.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

Epílogo

—Nos encontramos al pie de las escaleras del templo Higurashi, donde la modelo Kagome Higurashi está en estos instantes contrayendo matrimonio con el que ha sido su novio desde los quince años. Desgraciadamente no tenemos permiso para ofrecerles la boda en directo, pero la señorita Higurashi ha prometido dedicarnos unas palabras al finalizar la ceremonia. —Justo como la reportera estaba contándole a todo el país, en la cima del templo Higurashi, bajo el imponente árbol sagrado, dos personas que se amaban con locura estaban dando el paso definitivo que indicaba el inmenso amor que se tenían.

—Yo, InuYasha Taisho, te tomo a ti, Kagome Higurashi, como esposa, para amarte y respetarte, hasta el último segundo de mi existencia. Probablemente discutiremos, pasaremos por momentos buenos y malos, pero te prometo que siempre estaré ahí para sostenerte. Seré tu soporte hasta el día en que me muera. —La emoción acudió a los ojos de Kagome en forma de lágrimas, mientras su casi marido le deslizaba la fina alianza de oro en el dedo anular de la mano izquierda. Ahora era su turno.

—Yo, Kagome Higurashi, te tomo a ti, InuYasha Taisho, como esposo, para amarte y respetarte, hasta el último segundo de mi existencia. Eres un bruto y un idiota la mayoría de las veces, al igual que yo tiendo a tener mal genio y a enfurruñarme por tonterías. Pero te prometo solemnemente que siempre podrás contar con mi apoyo y comprensión, siempre estaré contigo, a pesar de lo que ocurra, nunca me separaré de ti. —Los ojos de InuYasha brillaron mientras su casi mujer le ponía la alianza en su dedo anular izquierdo.

Se miraron a los ojos y se sonrieron, con ese toque de timidez que siempre los había caracterizado. Muchos años habían pasado desde que se convirtieran en hermanos por obligación, y otros tantos desde que se volvieran pareja. Pero tan solo uno desde que InuYasha le pidiera que se casara con él.

Había sido en un día de lluvioso, de tormenta. Hacía tan solo unos días que Kagome se había graduado de la universidad, y para celebrarlo se habían encerrado en el piso que ambos compartían durante todo el fin de semana. Era sábado por la noche. Ambos se encontraban tumbados sobre la alfombra de la habitación que hacía de salón-comedor, tapados con mantas, tirados sobre los cojines. La ropa yacía desperdigada por el suelo sin ton ni son, y ellos se deleitaban con suaves y amorosas caricias con el cuerpo del otro.

Kagome soltó una risita al sentir la yema de los dedos de su novio hacerle cosquillas en la base de la columna vertebral. InuYasha sonrió y depositó un beso entre sus omóplatos, cerrando el otro brazo en torno a la estrecha cintura de avispa de la mujer—. Te amo—le dijo, haciendo que la emoción embargara a la azabache. No era muy común que InuYasha le hiciese saber tan abiertamente sus sentimientos.

—Yo también te amo. —Se giró para darle un pico. InuYasha curvó sus labios en una sonrisa arrogante y profundizó el beso, enredando una de sus piernas con las de Kagome.

—¿Qué se siente, señorita dibujante?—Kagome le dio un cariñoso puñetazo en el pecho.

—Tonto. Aún tengo que encontrar un trabajo ¿recuerdas? No me cogieron donde hice las prácticas. —InuYasha le acarició el pelo.

—No te agobies con eso. De momento, tienes lo otro.

—Pero tampoco voy a ser modelo el resto de mi vida. Tarde o temprano eso se acaba, y quiero poder valerme por mí misma cuando ese día llegue. No estoy dispuesta a ser la mantenida de nadie—dijo, ladeando la cabeza con una sonrisa divertida. InuYasha bufó.

—Sabes que a mí no me importaría. Así te tendría toda enterita para mí. —Rio en cuanto su chico le mordió el hombro.

—Hum, eso suena tentador—dijo ella, enredando los brazos tras su cuello, pegándose a ese cuerpo de infarto que le pertenecía con una sonrisa pícara en los labios—pero… ¿quién te ha dicho a ti que tú y yo vamos a pasar el resto de nuestra vida juntos? Igual conozco a un pedazo rubio de ojos verdes y te dejo. —El comentario que pretendía ser una broma no le hizo ni pizca de gracia a InuYasha, puesto que frunció el ceño y se apartó del cuerpo femenino, privándolo así de su calor—. ¿InuYasha?—Kagome parpadeó al verlo levantarse. Se sonrojó al tener una buena vista del bien formado trasero masculino, pero sentándose en el acto al observar como él desaparecía en el pasillo que iba hacia la habitación principal—. ¡InuYasha, espera!—No importándole su desnudez se puso en pie y corrió en la misma dirección. ¡Ella y su gran boca! ¡¿Por qué no se callaría?!—. ¡Cari, lo sien- —Chocó contra él en el momento en el que ella entraba en la habitación y él salía—-to…

—¡¿Pero qué haces, mujer?! ¡¿Estás loca?! ¡Te congelarás!—La tomó en brazos y fue corriendo de vuelta a la sala, acomodándola de nuevo sobre la alfombra y tapándola con varias mantas. Las lágrimas bullían en los orbes chocolates. Sollozó y se aferró a su cuello como si le fuera la vida en ello.

—¡Perdóname, por favor! ¡No quería… no pretendía… ¡No me dejes!

—¿De qué hablas?—musitó él, confuso. Kagome negó con la cabeza, acurrucándose contra él.

—Por favor… —susurró débilmente. InuYasha suspiró y besó su frente.

—No voy a dejarte ¿por qué leches siempre piensas lo peor?—Kagome lo miró con los ojos acuosos a causa de las lágrimas.

—¿De verdad?—InuYasha se sonrojó y desvió la vista, avergonzado. Se puso sobre ella y escondió el rostro en la curva de su cuello.

—Nunca podría. Eres toda mi vida, pequeña. —Kagome notó las mariposas montar una macro fiesta en su estómago. InuYasha miró para su sonrisa alegre, esa sonrisa que podría iluminar todo un estadio de fútbol si ella se lo propusiera, esa sonrisa que lo derretía totalmente.

Respiró hondo y se sentó en el suelo, obligándola a hacer lo mismo. La envolvió entre sus brazos atrayéndola a él para sentarla sobre sus piernas—. ¿Inu-

—Yo sí quiero que pasemos el resto de nuestra vida juntos. —Kagome pestañeó. Una sospecha le pasó por la mente y enseguida la descartó.

No pienses bobadas, Kagome. Aún sois demasiado jóvenes. —Sonrió de nuevo y besó su barbilla. InuYasha buscó sus labios para besarla como es debido. En cuanto se alejó, abrió su puño, que había mantenido firmemente cerrado hasta entonces, mostrándole un precioso anillo de oro con una esmeralda redonda, perfectamente pulida.

La garganta se le secó y fue incapaz de emitir sonido alguno. Miró para su novio con los ojos abiertos como platos, incrédula. InuYasha se aclaró la garganta y la miró directamente a los ojos. Necesitaba que ella supiera lo importante que era esto para él—. Kagome, yo… siempre te hago enfadar, no empezamos precisamente con buen pie y nos pasamos muchas veces de orgullosos… —Tragó saliva, haciendo acopio de valor para continuar—. Pero aun así yo… quiero que estemos juntos para siempre, hasta que exhalemos nuestro último aliento. Tú… ¿q-qué dices?—Kagome tomó su mano, la que tenía el anillo sobre la palma, y la apretó, con fuerza, mirándolo con ardorosa intensidad.

—No hay otra cosa que más desee en el mundo que casarme contigo. ¡Claro que sí, cari! ¡Quiero estar pegada a ti el resto de mi vida!—InuYasha sintió el alivio inundarlo. Se besaron, sedientos el uno del otro, al tiempo que él deslizaba torpemente la sortija en su mano.

Y ahora allí estaba, cumpliendo su más anhelante sueño: convertirse en la señora Taisho, mujer de InuYasha Taisho. El kimono de boda era el que su madre había llevado cuando se casó con su padre, lo había estado guardando todos estos años para ella. También tenía un vestido occidental que usaría luego durante el banquete, encargado especialmente por Jakotsu para ella. Su abuelo era el que oficiaba la boda como sacerdote del templo Higurashi.

Oyeron los numerosos vítores cuando el viejo les dio el permiso para besarse. Se miraron a los ojos durante unos segundos antes de que su madre se la llevaran hacia la casa para cambiarle el kimono, mientras Miroku y Kōga hacían lo mismo con InuYasha. El banquete sería en el restaurante de los padres de Rin.

Lo cierto es que se lo pasaron como nunca antes en su vida. Sentada en su mesa, Kagome observaba con expresión soñadora la alianza dorada que ahora adornaba su mano izquierda—. ¿Se arrepiente, señora Taisho?—Soltó una risita al sentir unos labios posarse en su oreja y un brazo rodearle la cintura.

—Señora Taisho… Me gusta como suena. —InuYasha sonrió, acariciándole el hombro con la nariz.

—Estoy deseando quitarte ese tentador vestido. —Kagome se ruborizó.

—Pervertido.

—No más que Miroku—dijo él, observando como su mejor amigo era abandonado en medio de la pista por una indignada y embarazada Sango. Kagome suspiró, abrazándose a sí misma—. ¿Qué ocurre, pequeña?

—Nada, es solo que… ¿y si yo me pongo igual de irritable que Sango estando embarazada?—InuYasha frunció el ceño ante la repentina pregunta.

—¿A qué viene eso?—Kagome enrojeció, desviando la vista a sus manos entrelazadas sobre su regazo.

—Es que… puede que ocurra… dentro de poco… —dijo, lentamente, mirando de reojo la reacción de su ahora marido. InuYasha parpadeó, dirigió su vista a su vientre plano y volvió a mirarla fijamente.

—Pequeña, tú… ¿estás… estamos… vamos a… —balbuceó. Kagome rio nerviosa y asintió, roja como un tomate—. Cómo… es decir… siempre usamos…

—¿Recuerdas que tuve que dejar la píldora por el desorden hormonal tan brutal que tuve?—InuYasha asintió—. Empezamos a usar preservativo y en la fiesta de compromiso de Kikyō… —No hizo falta que explicara nada más. Ambos iban un poco achispados ese día. Debieron hacerlo sin ser conscientes de nada. Desde luego, menuda puntería. La única vez que no se ponía el condón y ¡din-din! ¡Premio!

Esbozó una tonta sonrisa y la besó con ansias, estrechándola fuertemente de la cintura, levantándola unos cuantos centímetros del suelo. Rio encantado cuando la posó de nuevo en el suelo—. ¡Un niño! ¡Vamos a tener un niño!—La tomó de la mano y se dirigió a paso rápido hacia el escenario donde la banda de música de Sōta tocaba baladas románticas—. ¡Trae aquí, enano!—La arrebató el micrófono a un desconcertado Sōta—. ¡Atención todos, gentuza! ¡Tenemos una importante noticia que anunciar!—Todos callaron y se volvieron a mirar el escenario—. ¡Kagome y yo seremos padres! ¡Tendremos un precioso bebé!—Enseguida la sala se llenó de gritos de júbilo y felicitaciones.

Unos orgullosos y emocionados Tōga y Naomi subieron para abrazarlos, felices—. ¡Mi primer nieto! ¡A ver si aprendes, Sesshōmaru!—El aludido gruñó al tiempo que Rin enrojecía a su lado. Llevaban tiempo saliendo juntos, pero no habían dado el paso debido a que Rin aún no había finalizado sus estudios en la escuela de cocina.

Sango enseguida arrastró a Kagome a una esquina junto con Kikyō y Ayame, la novia de Kōga, para cuchichear sobre bebés, mientras Miroku codeaba a un rojo InuYasha.

La vida no podía sonreírles más de lo que ya lo hacía. InuYasha y Kagome eran plenamente felices, no necesitaban nada más.

Y pensar que todo había empezado siendo un desastre total… Nunca sabes lo que el destino tiene preparado para ti.

Fin epílogo

¡Yupiiiiiii! ¡Lo he terminado! ¡Yay! ¿Qué me decís? ¿Os ha gustado? ¡Dejadme un review acompañado de cupcakes de cheesecake! ¡Me encanta la tarta de queso! Oh, y muchísimas gracias por todos vuestros fantásticos reviews, a ver si puedo sacar tiempo para contestarlos, si no, que sepáis que os adoro, mis queridas lectoras.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.