El ansiado (sobre todo por Lovino) juicio finalmente llegó. Los dos gemelos y Antonio se sentaron en los bancos del público, mientras que Valentina permanecía hablando con el fiscal que contradeciría al abogado de su marido. Todos estaban nerviosos, pero esperaban que aquel hombre pagara tras todos los daños que causó a lo largo de su vida.

La sala comenzó a llenarse de gente tras unos minutos de espera y el fiscal y todos los demás tomaron su puesto. Poco después, entraron dos policías con un hombre esposado y vestido de preso; el padre de Feliciano y Lovino. Su rostro estaba molesto y enfadado mientras los dos agentes le llevaban a su sitio, pero por el camino no pudo evitar ver a sus dos hijos y viceversa. Feliciano le miraba sorprendido y nervioso, Lovino le echaba una mirada hostil y Antonio lo miró solo de refilón. Él los correspondió mirándolos con el mismo rostro con el que había entrado a la sala.

Finalmente, el juez apareció y tomó su asiento. Después cogió su martillo, unos papeles y, antes de hablar, se aclaró la garganta.

-Estamos reunidos para juzgar a Marco Vargas, presuntamente responsable de violencia doméstica, tráfico y posesión de drogas y violencia de género de la cual ha sufrido tanto su esposa como sus dos hijos, ¿no es así?-

-Así es.- respondió el abogado.

-Ya verificado el caso, demos paso al juicio.- dio un martillazo.

–Sin embargo, todo ello tiene una explicación: no lo hacía conscientemente. Acepto que su mujer e hijos sufrían, pero ése no era el hombre que realmente es.-

-¡Protesto!- exclamó el fiscal. –Aún así, su cliente estaba en su sano juicio al obtener todas las sustancias ilegales, un hombre no puede estar eternamente ebrio, lo que también implica que abusó e hirió a su familia estando sobrio. Además, la familia no sufrió física y psicológicamente, sino también económicamente. Era el único miembro de la misma que se dedicaba a ello.-

-¿Conoce usted el dicho "Pienso, luego existo"?- retomó el abogado su caso. –Cuando una persona hace algo, lo hace por una razón.-

-Sea cual sea la razón, la violencia no resuelve nada.-

-Mi cliente confesó que las estaba guardando a un amigo.- respondió el abogado.

-Y según su historial, las ingirió, fueran de quien fueran. Además, el simple hehco de poseerlas es un delito. En cuanto a los cargos de violencia, pido a la señorita Lombardo que suba al estrado.-

El abogado resopló y asintió.

Valentina respiró profundamente y se levantó. Se subió al estrado y tomó asiento intentando no mirar a toda la gente de la sala y menos a sus hijos.

-Señorita Lombardo, cuéntenos la relación entre su marido con usted, el resto de su familia y las drogas.- pidió el juez.

-Sí, su señoría.- tomó aire de nuevo y miró al frente, dejando la mirada fija en algún punto perdido en la pared de enfrente. –Mi esposo comenzó con su problema hará como nueve años. Honestamente, no sé cómo entró en ese mundo y por más que le preguntaba, él se negaba a responderme. Decía que no había problema, que eso le ayudaría a relajarse tras los días de estrés, pero no fue así… una vez insistí en que me dijera de dónde sacaba la droga y me soltó una bofetada. Desde ese día ya no fue el mismo conmigo y conforme pasó el tiempo, su adicción se volvió mucho más fuerte. Apenas asistía a su trabajo y siempre volvía muy tarde, incluso comenzó a pagar todo su enfado conmigo y con los niños…-

-¿Y lo hacía siempre ebrio?- preguntó el fiscal.

-No, señor. Nos agredía también sobrio.-

-¿Y tiene alguna prueba de esas agresiones?- preguntó el abogado.

-Sí.- se remangó las mangas de la blusa mostrando sus cardenales. –La última vez me hizo todo esto y un moratón en el ojo. También abusó sexualmente de mí… me dejó… destrozada…- confesó con rubor. –Puedo enseñarles los documentos médicos si así lo desean.-

El acusado miraba a su mujer callado y con el odio que no abandonó en ningún momento desde que entró en la sala. Lovino apretó los puños y los dientes entre ellos mirando al suelo. Antonio trataba de calmarlo, pero sabía que esto era difícil tanto para él como para Feliciano, que permanecía callado y con todos sus sentidos puestos en el juicio.

-No hay pruebas de que esas heridas sean de su esposo.- respondió el abogado.

-¿¡Qué cojones hay que hacer para que ese montón de mierda se vaya a la puta cárcel!?- gritó Lovino levantándose. -¿¡Quieren pruebas!? Está bien, la próxima vez que viole a mi madre les sacaré una foto. ¿O quizá prefieran una insultándonos a mí y a mi pareja? Oh, una donde pegue a mi hermano también estaría bien, ¿no? ¿Es necesario ver el coño masacrado de mi madre o qué?-

-Lovino, cálmate.- Antonio trató de sentarlo de nuevo.

-¡Marica de mierda, cállate! ¿¡Por qué tu novio no te mete la polla por la boca y te callas!? ¿¡Crees que no sabía nada de eso!?- gritó el padre levantándose, así que uno de los policías llevó hasta él las cadenas de las esposas para sentarlo de nuevo.

-¡Orden en la sala!- el juez comenzó a dar fuertes martillazos. -No toleraré faltas de respeto por parte del público, acusados o testigos. Si no quieren respetar las normas, salgan de la sala inmediatamente.-

Lovino resopló y se sentó aún con los nervios a flor de piel.

-Ya lo ha visto, su señoría.- dijo el fiscal. –El joven es uno de los hijos de la señora Lombardo y el señor Vargas. Su diálogo y su forma de expresarlo hablan por sí solos, además de la respuesta del señor Vargas.-

-Eso no significa que todo sea real.-

Lovino refunfuño lleno de ira y apretó los dientes al oír al abogado contradecir al fiscal, pero se mantuvo en calma para no impactar a toda la sala ni tener que salir de ella.

-¿Insinúa que es un teatro? ¿Por qué? ¿Acaso el señor Vargas tiene tierras o posesiones lujosas? Porque en ese caso esto sí tendría sentido, pero no es así. Además, para divorciarse no es necesario que uno de los dos miembros de la pareja presente heridas, o al menos en este caso. Hay cientos de razones para que un divorcio se lleve a cabo. De todos modos recordemos el caso de las drogas.-

-Aún necesitamos más testimonios…- dijo el juez con las manos entrelazadas entre sí sobre el atril. -¿Podrían testificar los hijos del acusado?-

-Eh… claro que sí, su señoría. Llamo al estrado a uno de los dos hijos de la señorita Lombardo y el señor Vargas.-

Antonio miró a Feliciano. –Feli, ve tú, no tengas miedo.- murmuró en voz baja.

-¿Eh? ¿Yo?-

-Sí, Lovino no está para testificar…-

-Feli, ve ahí y haz que nuestro padre se pudra en el trullo.- añadió Lovino. –Yo lo haría, pero no quiero que me echen… mierda.-

-B-Bueno…-

-Si no quieren sólo tienen que decirlo.- dijo el juez.

-¡No!- respondió Feliciano levantándose. –¡T-Testificaré!-

Se levantó del banco y se dirigió hacia el juez para tomar asiento en el estrado del cual Valentina se bajaba. Sus manos sudaban, su corazón iba muy deprisa y sus piernas flaqueaban de nervios. Al sentarse trató de relajarse y respirar profundo, pero fue en vano.

-Tranquilo, señorito Vargas.- comentó el juez. –No se ponga nervioso, no le haremos nada malo. Díganos su nombre antes de testificar.-

-Sí, su señoría. Mi… mi nombre es Feliciano Vargas.-

-¿Y su edad?-

-Diecisiete años.-

-¿Puede describirnos su relación con su padre?-

-S-sí… bueno, mi padre... por suerte… él no sabe mucho sobre mí actualmente. La mayor parte del tiempo nos ignora a mí y a mi hermano gemelo, pero cuando nos hace caso no nos muestra ninguna señal de afecto.-

-¿Le ha agredido?- preguntó el abogado.

-Sí. Sinceramente, pocas veces, pero lo hizo. La última vez fue hace como un mes. Llegó muy tarde por la noche y mi madre fue a recibirle. Seguramente ella le dijo que no debía venir tan tarde, así que comenzaron a discutir y siempre… siempre que pasa…- quedó callado tras soltarlo todo de golpe y rápidamente. El tener que transportarse de nuevo a esa angustiosa noche y revivir todo lo ya vivido le destrozaba de nuevo.

-¿Se encuentra bien?- preguntó el abogado.

-Sí, discúlpenme.- tomó aire de nuevo. –Como yo sabía lo que iba a ocurrir, bajé al pasillo, ya que estaba en mi cuarto. Vi a mi padre con mi madre… muy cerca de ella, pero ella no quería nada, trataba de apartarle. Yo le ayudé y traté de apartarle, así que en vez de pegarla… me pegó a mí….- su voz comenzó a quebrarse. –Pero luego mi madre… se puso delante de mí para que no me golpeara… y ella recibió todos los golpes por mí…- comenzó a sorber por la nariz mientras su labio comenzaba a temblar. –Por mi culpa, mi madre…- se frotó los ojos.

-Creo que es suficiente, señorito Vargas. Puede retirarse.- dijo el fiscal viendo el estado del muchacho.

Feliciano asintió y volvió a sentarse de nuevo en su sitio. Toda la sala permanecía en silencio salvo por los cuchicheos de algunos. Valentina lloraba en silencio desde su sitio al igual que Feliciano, que era abrazado por Antonio como consuelo. Incluso Lovino sollozaba disimuladamente.

-Lo has hecho muy bien, Feliciano. Estamos muy orgullosos de ti.- decía Antonio abrazándolo.

Feliciano se limitaba a llorar con su rostro ocultado por sus manos.

El juez dio de nuevo unos martillazos tras todo este silencio, esta vez más suaves y pausados. –Llegados a este punto, sólo queda recapitular y tener todos los detalles en cuenta para que el jurado reflexione sobre el caso y se tome una decisión.- dio otro martillazo. –Se levanta la sesión hasta las doce de esta misma tarde.-

Todos se levantaron y salieron. Valentina miró a su marido. Estaba aún sentado apoyado en la pared de su derecha, con la cabeza también apoyada. Tenía la mirada perdida y permanecía cabizbajo, sin decir nada o mirar a algún sitio. Ni si quiera uno podría imaginar lo que estaba pensando. Se veía cansado, sin ganas de seguir ahí, como un cadáver al que aún le late el corazón, irónicamente. La mujer se entristeció al ver a su esposo así y tanto le afecto que quería sentarse a su lado y abrazarle, pero ya era demasiado tarde. Además, no cambiaría nada así.

Por otra parte, los gemelos seguidos de Antonio salieron afuera. Hoy era un día duro para ellos y Antonio lo sabía, así que decidió salir con ellos para respirar el aire de la calle y despejarse. Los gemelos se sentaron y Antonio fue adentro de nuevo, para ir a la cafetería y comprar algo para comer. Mientras, los dos esperaban afuera en un banco.

-Lovi… ¿cómo lo he hecho?-

El mencionado se encontraba sentado con la espalda arqueada hacia adelante y sus manos cogidas entre sí sobre sus piernas. -Muy bien, Feliciano.- respondió. –Los hecho todo lo mejor que lo podías hacer.-

-¿De verdad?-

-De verdad.-

Feliciano sonrió. Después miró hacia la puerta, de la cual salía su madre para entrar a escena.

-¡Mamá!- exclamó el menor.

-¿Qué tal estáis?- sonrió y se sentó junto a ellos.

-No sé, esto está siendo muy...-

-Lo sé, cielo. No pasa nada, es lo normal.-

-Quiero irme ya de aquí, sinceramente.- respondió Lovino echándose el pelo hacia atrás.

-No pasa nada, ya queda poco…-

Antonio salió de nuevo con cuatro vasos de cartón y le dio uno a cada uno.

-¿Cómo estás, Valentina?- preguntó ahora él.

-Sinceramente… no sé qué responder…- dijo tras darle un sorbo a su bebida.

-¿Y eso?-

-Me siento… mal. Marco está… ¿destrozado? No parece estar vivo. Antes de salir lo he visto y no se movía, permanecía quieto y con la mirada perdida en algún punto del suelo…-

-La muerte es algo demasiado bueno para él, mejor que permanezca vivo para pudrirse en la cárcel.- dijo Lovino.

-Valentina, no puedo comprender tu dolor. Nunca he pasado por una situación como la tuya y espero no pasarla pero creo que te estás torturando y no conscientemente.-

-¿Qué quieres decir?-

-Quiero decir que sigues enamorada de él. Todos sabemos que abusó de ti y no una vez, pero es tu marido, el padre de tus hijos y la persona con la que pasaste los años más felices de tu vida. Es normal que lo estés pasando mal.-

-Lo sé, pero… no sé qué decirte, Antonio…-

-No, Valentina, no pasa nada. Lo mismo pasa con Lovino y Feliciano. Es su padre y es normal que sufran. Incluso Lovino, aunque no lo parezca.-

Lovino le miró de reojo con enfado, pero permaneció callado.

La familia volvió adentro y todos tomaron asiento en el mismo banco que la otra vez. Fue cuestión de minutos lo que el juez tardó en volver a sentarse con más papeleo entre las manos. Esta vez, hasta el abogado y el fiscal tomaron asiento en sus respectivos asientos, uno frente al otro y con rostros de seriedad, especialmente por parte del abogado.

-Siento la espera. Tras deliberarlo, el juzgado y yo hemos decidido que el acusado es culpable de todos los cargos. No solo lo demostrado en la sala ha sido de ayuda para llegar a esta decisión, sino su historial delictivo y demás pruebas que se recolectaron en el pasado. El caso se da por finalizado. Se levanta la sesión.-

Todo concluyó con el último martillazo de aquel hombre más el levantamiento de todos los presentes en la sala. Valentina permaneció sentada con la mirada algo perdida y cabizbaja. Después miró frente a ella, hacia la derecha, donde se encontraba al hombre que, por gran desgracia, aún amaba. Estaba de nuevo apoyado en la pared, con la mirada perdida y carente de brillo. Dos policías le ayudaron a levantarse y después salieron de la sala. Él no hacía nada, sólo se dejaba llevar. Ni si quiera ella podía imaginarse lo que estaría pensando; Odio, ira, resentimiento, tristeza, indiferencia… después de tanto tiempo, no conocía a ese hombre.

-Bueno, pues ya se acabó todo.- dijo Antonio estirando los brazos tras salir de nuevo afuera.

-Ve…-

Lovino y Valentina permanecieron en silencio.

-¿Vamos a casa?-

-Sí.- respondió Lovino. –Estoy cansado. Esos asientos eran muy incómodos.-

-Yo también me voy a casa a descansar.- añadió Valentina.

-Ve~, ¿puedo ir contigo?-

-Claro que sí.- sonrió.

-Qué bien, Lovi y yo solos en casa~- dijo Antonio acercándose al mencionado.

-Estoy cansado, no se te ocurra hacerme nada.-

Valentina sonrió. –Bueno, pues Feli y yo nos vamos.-

-Ve~, ¿puedo quedarme contigo esta noche? Mañana no tengo clases~-

-Claro que sí.- sonrió.

-¿Lo oyes, Lovi? Esta noche estaremos los dos solos~- Antonio sonrió y le abrazó.

-No soy sordo, ¿sabes?- respondió malhumorado y dejándose abrazar.

Antonio sonrió y le besó tiernamente en la sien.

Los cuatro se despidieron para ir a sus respectivos hogares y descansar. La mañana había sido muy larga y agotadora a pesar de que se la pasaron sentados, así que cuando llegaron a casa todos dieron ya el tema por zanjado: Lovino se sentía más liviano y Antonio se alegraba de ello, Feliciano se sentía un tanto indiferente. Al igual que Valentina, sentía cierta pena por su padre, pero sabía que era lo mejor. La pobre Valentina intentaba borrar la lamentable imagen de su ya ex-marido y con ella todos los buenos recuerdos que él le otorgó y compartieron juntos tanto ellos solos como con los niños.