Asombrosamente ayer me sentía con muchísimas ganas de escribir y empecé este cap., que acabo de terminar hace un rato. Aviso, contiene un leve lemmon. Este capítulo es muchísimo más largo que el anterior y, espero que os guste.
Para este capítulo, os recomiendo esta canción, que creo que le pega mucho: http : / / www . youtube . com / watch?v=Vo_0UXRY_rY quitad los espacios y listo.
Y ya no me enrollo más y os dejo leer.
9. Morsmordre
La Sala de los Menesteres era, en ese preciso instante, un lugar realmente acogedor. Era una estancia no muy grande, pero tampoco muy pequeña. La habitación estaba iluminada por una débil luz, dándole un efecto óptimo a la estancia. No estaba muy amueblada, tan sólo habían dos butacones y unas cuantas estanterías (muy ordenadas) con libros.
-Siéntate y escucha – pidió Malfoy.
-No pienso sentarme, ya te he dicho antes que me dijeras lo que me tenías que decir lo más rápido que puedas – sentenció Katty.
-Está bien – concedió él, sin sentarse, molesto por la situación -. Verás, he estado pensando mucho en aquellas cosas que te dije.
-¿Ah, sí? Pues me alegro mucho por ti – dijo ella sarcásticamente -. Ya está, ya te he escuchado, me voy de aquí – alegó dándose la vuelta dispuesta a marcharse.
-¡No! – gritó él cuando ella daba el primer paso hacia la salida – No he terminado – dijo, y ella se dio la vuelta -. Como te decía, lo he estado pensando mucho y… yo… yo… - nunca se había disculpado, por lo que no atinaba a decir las palabras correctas, y eso le hacía ponerse nervioso, aunque Katty no lo notara.
-¿Y tú, qué? ¿Que te sientes orgulloso por humillarme? ¿Te sientes más hombre por jugar conmigo? ¿Es eso, Malfoy?
-¡Lo siento! – chilló el chico, y ella se quedó de piedra – Lo siento mucho, siento haberte tratado como a una basura, pero es lo que estoy acostumbrado a hacer con todas. Además…
-No me hagas reír, Malfoy, seguramente será uno de tus trucos para engatusar a las chicas. Pero, ¿sabes una cosa? Conmigo no te va a funcionar nunca más, porque ya sé quién y cómo eres realmente, y me das pena.
-Cállate. No sabes de qué coño hablas – inquirió él tranquilamente, aunque no lo estaba en realidad.
-¿Ah, no? ¡Por favor, Malfoy, todo Hogwarts sabe como las tratas! Yo sólo he sido una gilipollas más del montón que pensó que tal vez tendrías sentimientos y llegarías a sentir algo, por más remoto que fuera, por mi. Y estaba muy, pero que muy equivocada – espetó ella furiosa, le temblaba todo el cuerpo, pero él, la miraba impasible, duro como una roca, en silencio – No sé ni para qué me molesto en decirte todo esto, porque nunca vas a cambiar y seguirás siendo la misma rata de siempre, ahora, si me disculpas, me marcho.
Y dicho esto, dio media vuelta y avanzó lentamente hacia la puerta, temblando como un flan. Estaba muy, muy enfadada. Enfadada y dolida, sus ojos estaban anegados en lágrimas y ella quería marcharse de allí rápido para que él no pudiera verla llorar. Sin embargo, cuando abrió la puerta, él la detuvo.
-Te quiero – dijo Malfoy, rápido, seco, cortante y decidido, pero alto y claro.
Katty se dio la vuelta lentamente mientras una lágrima traicionera le resbalaba por la cara. Lo miró a los ojos intentando averiguar si estaba siendo sincero. Pero una vez más, él no transmitía ningún tipo de emoción.
-¿Qué has dicho? – preguntó incrédula.
-Que te quiero – repitió él firmemente, mirándola fijamente a los ojos.
Se produjo el silencio. Un silencio que parecía eterno. Al fin, Katty entendió que el bloque de hielo se había derretido. Por su parte, él se sintió derrotado por completo; se había rendido ante ella y no se avergonzaba de haberlo hecho. Esperó pacientemente a que ella dijera algo, pero no lo hizo, porque al fin y al cabo no hacía falta. Ella simplemente avanzó hacia él, mientras le caían las lágrimas, lentamente. Cuando estuvo lo suficientemente cerca lo miró a los ojos y levantó débilmente una mano temblorosa para acariciarle la cara. Él le devolvió la mirada y acercó su cara a la de ella, sin prisa, disfrutando de cada milímetro que avanzaba. Tomó su nuca y su cintura y la estrechó entre sus brazos. Acto seguido la separó ligeramente de él y la besó.
Fue un beso totalmente diferente a cuantos le había dado. Este era tierno y dulce, tenía su propio sabor. Entonces él empezó a desabotonarle la camisa y ella respondió haciendo lo mismo. Al mismo tiempo, James se daba la vuelta indignado para no mirar la escena, y Sirius se acercó a él y le puso la mano cordialmente en el hombro.
-Vamos, Cornamenta, mi querido amigo, acepta que el chico por una vez en su vida está siendo sincero – intento animarlo.
-Pero es mi pequeña… - contestó mi marido apenado.
James sabía de sobra que su amigo tenía razón, y yo también lo sabía. Prosigo; Malfoy y Katty poco a poco se despojaron de sus camisas, despacio, muy despacio, pues consideraban que tenían todo el tiempo del mundo y que ese instante debían exhalarlo todo lo posible.
Él la cogió en volandas y la sentó sobre uno de los butacones, que casualmente (más bien la Sala lo hizo) eran reclinables. La observó detenidamente y la admiró en todo su esplendor. La encontró más bella que de costumbre. Tras contemplarla unos instantes, se acercó a ella y besó suavemente su cuello, bajando poco a poco, deteniéndose concienzudamente en sus pechos acomodados en un sujetador negro. Siguió bajando hasta sus muslos y poco a poco bajó hasta encontrarse con sus zapatos y calcetines, los cuales le quitó ligeramente mientras besaba sus piernas. A continuación procedió a quitarle la falda. Estaba ansioso por hacerlo, pero no quiso darse prisa.
Ella lo miraba suplicante, deseaba abrazarlo y besarlo, quería que el tiempo se parara sólo para ellos dos. Una vez se encontró sin falda, se incorporó ligeramente para tomar con sus manos la cara de él.
-Yo también te quiero – dijo mirándole firmemente a los ojos.
Y se fundieron en un cálido y dulce beso. Ella aprovechó a que él estaba recostado encima de ella para desabrocharle el pantalón. Se quitaron el resto de las prendas despacio, como todo lo que habían hecho en aquella habitación. Entonces Katty abrió las piernas dándole paso a Malfoy, que lentamente se introdujo en ella dejando escapar ambos un ligero gemido.
Se fundieron en un solo ser, por primera vez se amaron como era debido, se entregaron el uno al otro sin dejar de besarse ni un solo segundo. Entró y salió de ella con facilidad, cada vez más rápido, ambos sumidos en un mar de caricias, besos y abrazos, subidos en el éxtasis del amor, la felicidad y el placer juntos a la vez. Y al rato, alcanzaron un deseado clímax que fue el más intenso que ninguno de los dos había experimentado jamás, quedando exhaustos sobre el butacón.
Permanecieron unos minutos abrazados, tal y como habían estado durante la representación de su amor. Él la besó tiernamente y, pasados unos cuantos minutos, se vistieron y marcharon a sus respectivas salas comunes, no sin antes darse un beso de los que en mi época se consideraban prohibidos.
Pero la felicidad les duró poco tiempo. Menos de lo que ninguno de los dos hubiera podido imaginar. Desde aquella demostración de amor, apenas se dirigieron unas miradas cómplices por los pasillos. El fin estaba cerca… y él sí que lo sabía.
Faltaban apenas unas semanas para que las clases acabaran, cuando Dumbledore convocó a Harry porque debían ir a por un horrocrux que había conseguido localizar, o, que al menos, tenía más que una ligera idea acerca de su ubicación. El director le pidió amablemente que fuera a recoger su capa invisible y a reunir lo que considerara necesario para el "viaje". Harry corrió hacia la torre de Gryffindor, cogió su capa, polvos de oscuridad (por si acaso) y la botellita de Felix Felicis. Cuando bajó al vestíbulo encontró a Hermione haciendo los deberes con Katty y Ginny.
-Chicas, ¿dónde está Ron? – preguntó.
-¿No está arriba? – preguntó Ginny extrañada.
-No, vengo de nuestro cuarto y allí no había nadie – contestó Harry.
Pero Ron apareció por el hueco del retrato antes de que ninguno de los cuatro dijera nada más. Harry lo invitó a acercarse y, cuando se hubo sentado y estuvo seguro de que le prestaban toda la atención necesaria, sacó lo que quedaba de Felix Felicis y se la mostró a los presentes.
-Chicos, quiero que os la quedéis – explicó antes de que pudieran formular alguna pregunta -, tengo que ir fuera del colegio con Dumbledore, por unos asuntos que sólo nos conciernen a él y a mí – dijo mirando con complicidad a Hermione, Katty y Ron, de forma que sólo ellos entendieran lo que tenía que hacer -. Tengo el terrible presentimiento de que los mortífagos podrían aprovechar que Hogwarts estará sin la protección de Dumbledore y por eso quiero que os la toméis – hizo una pausa y siguió -, por favor, estad muy atentos esta noche y no os preocupéis por mí, yo estaré bien protegido con él y si algo pasara, necesitaréis toda la suerte del mundo para aguantar hasta que Dumbledore y yo volvamos, ¿queda claro?
Los cuatro asintieron con la cabeza y mi hijo le entregó a Hermione la botellita, eligiéndola a ella por ser la más responsable del grupo y a la que consideraba mejor bruja (no es que pensara que los demás no eran buenos, simplemente la chica era la que mejor actuaba bajo presión y utilizaba mejor su don independientemente de la situación).
-Bien – dijo Harry – ahora tengo que marcharme, Dumbledore me espera.
Todos se abalanzaron sobre él para abrazarlo. Todos menos Ginny, que se quedó observándolo fijamente y meditando en silencio.
-Buena suerte, Harry – le deseó Katty -, por favor, ten mucho cuidado – añadió dándole un abrazo tan fuerte que casi lo ahoga.
-Harry, haz todo lo que el profesor te diga – dijo Hermione -, y no te preocupes, nos cuidaremos bien.
-Buena suerte, tío – animó Ron con una sonrisa, intentando aparentar tranquilidad, aunque realmente estaba igual de preocupado que los demás.
-Gracias, chicos, tened muchísimo cuidado vosotros también – contestó Harry -, quiero veros de una pieza cuando vuelva – añadió sonriente.
Pero la persona que más le importaba no dijo ni una palabra. Ginny seguía ahí, mirándolo, como si no supiera cómo debía comportarse en ese momento. Harry la miró, pero tampoco supo qué era lo que tenía que hacer. Entonces la chica se acercó a él y le plantó tal beso en los labios que poco les faltó a los demás para quedarse boquiabiertos.
-Buena suerte – dijo Ginny sonriendo.
Él no dijo nada, simplemente le dedicó una sonrisa y otro abrazo y avanzó hacia el hueco del retrato.
-Harry – llamó Ginny, y él se dio la vuelta y la miró -. Te quiero.
-Yo también.
Y emprendió su camino hacia el despacho del director. Los tres se quedaron mirando a Ginny, que seguía de pie, mirando fijamente el sitio por el que Harry se había ido. No dijo nada, ni sintió nada. En su corazón no había rastro ni de tristeza, ni de dolor. Sabía que tenía que marchar y estaba totalmente convencida de que volvería sano y salvo.
-Ginny, ¿estás bien? – le preguntó Hermione, que se había acercado a ella.
-Sí, claro – contestó la aludida dándose la vuelta -. Dumbledore no dejará que le pase nada allá adonde tengan que ir.
-Entonces será mejor que vayamos a preparar lo que podamos necesitar en caso de ataque antes de bajar a cenar, por si acaso – dijo Hermione.
Sus amigos asintieron y fueron todos a sus respectivos cuartos a sacar de sus baúles todo lo necesario. Cogieron sus varitas en primer lugar, y el resto de cosas las pusieron sobre la cama, dejándolas allí para tenerlas a mano cuando volvieran. Entre esas cosas había varios artículos de Sortilegios Weasley, tales como los polvos de oscuridad y gorros protectores. Quedaron en la Sala Común y bajaron los cuatro juntos al Gran Comedor a cenar. Comieron lo justo y lo necesario para tener las pilas bien cargadas por si se producía una batalla. En ausencia de Harry, Hermione tomó las riendas de la situación y decidió lo que iban a hacer en caso de que, tal y como había dicho mi hijo, los mortífagos atacaran el colegio, una vez volvieron a la torre de Gryffindor. Se sentaron en las butacas y escucharon lo que la chica les decía.
-Bien, esto es lo que vamos a hacer – comenzó -: subiremos a por las cosas que hemos preparado y nos reuniremos aquí. Si no hay signos de batalla por ningún lado, esperaremos a estar solos en la sala; entonces saldremos Ron y yo al pasillo a vigilar – miró a Ginny y Katty -, vosotras esperareis aquí.
-¿Pero por qué? – protestaron a la vez.
-Porque Ron y yo somos prefectos y podemos inventar cualquier excusa si pasa algún profesor como, por ejemplo, que nos estamos asegurando de que nadie merodea por los pasillos – explicó, y sus amigos la miraron con extrañeza -. Sé que suena poco creíble, pero al ser prefectos, una de nuestras funciones es asegurarnos de que todos los alumnos de nuestra casa están en sus camas, o al menos en la Sala Común, a partir de ciertas horas – sus amigos asintieron en gesto de aprobación y ella prosiguió -. Si notamos algo extraño, entraremos lo más rápido posible, le daremos un sorbo a la poción y nos pondremos manos a la obra.
Sus amigos escuchaban atentamente todo lo que decía, como si trataran de memorizarlo.
-Después de tomar la poción, iré a buscar a la profesora McGonagall y la avisaré del ataque, entonces ella se encargará de avisar al resto del profesorado; mientras tanto tú – dijo dirigiéndose a Ron – te encargarás de despertar a los chicos y vosotras – se dirigió a Ginny y Katty – os encargaréis de despertar a las chicas. Bajo ningún concepto les dejéis salir de la Sala Común a no ser que sea necesario. Como refuerzo, podrán luchar los alumnos que consideréis más preparados para la lucha, ¿queda claro?
-¿Y qué haremos después de todo ese rollo que has soltado? – preguntó Ron con su habitual desparpajo, a lo que Hermione lo miró mal.
-Venid al Gran Comedor, estaré allí o, al menos, merodeando por ahí – contestó la chica con decisión.
Todos estuvieron de acuerdo con el plan que Hermione había trazado y se sentaron en las butacas a esperar pacientemente. Pasaron largas horas y nada ocurría. Al final, sólo quedaron ellos cuatro en la Sala Común, por lo que Hermione y Ron salieron al pasillo tal y como habían acordado.
-Tened cuidado – dijo Ginny – no vaya a ser que os pillen por sorpresa – advirtió.
-No te preocupes, lo tendremos – dijo Ron despreocupado, a lo que su hermana lo miró escéptica.
Él y Hermione echaron un último vistazo a la sala y salieron por el hueco del retrato… a esperar junto a él.
-Hermione, tengo sueño, ¿cuándo diablos van a venir? – preguntó Ron molesto.
-Si lo supiéramos no estaríamos aquí vigilando – inquirió ella.
-Podrían habernos avisado… - dijo él, y Hermione no puedo evitar esbozar una leve sonrisa.
-Oh, sí, y de paso que nos digan cuáles son los malignos planes de quién-tú-sabes – bromeó ella, y él le rió la gracia.
-¿Sabes una cosa, Hermione? He estado pensando mucho en que tú y yo…
¡BUM! Una violenta explosión hizo temblar todo el pasillo. Los chicos entraron rápidamente en la sala y Hermione sacó la botellita de su bolsillo.
-¡Chicas, están aquí! ¡Tomad! – gritó ofreciéndole la botellita de poción a sus amigas – Con un trago para cada uno debería ser suficiente para unas dos horas, así que será mejor que las aprovechemos.
Ginny bebió primero, le siguió Katty, después Hermione y por último Ron.
-Me voy a avisar a McGonagall, vosotros despertad a los alumnos. ¡Hasta ahora! – dijo Hermione mientras corría hacia fuera de la sala.
-¡Espera, voy contigo! – se ofreció Ron.
-No, tu despierta a los chicos – contestó Hermione, y ante la mueca de preocupación de su amigo añadió: - estaré bien, llevaré cuidado – y se marchó dejando a Ron con la palabra en la boca.
Todo lo rápido que pudieron, despertaron a los alumnos tal y como habían acordado, y en un abrir y cerrar de ojos estaban todos abajo, varita en mano.
-¡No es justo! ¡Nosotros también queremos luchar! – inquirió un alumno de primero.
-Y lo haréis, pero no todos – dijo Katty tranquilamente -, por favor, los alumnos de sexto y séptimo curso, poneros en pie y venid con nosotros.
Se levantaron más de una docena de alumnos, incluido el chico de primer curso que antes había protestado y siguieron a mi hija y sus amigos. Ron reparó en que el pequeño también los seguía y lo detuvo.
-Ey, ¿se puede saber a dónde vas, enano? – preguntó.
-¡Yo quiero ir!
-¡Ni hablar! ¡Te chamuscarían en menos que canta un fénix! – exclamó Ron.
-Vendrá – dijo Ginny muy segura.
-¿Ah, sí? – preguntaron perplejos Ron y el chico.
-Sí, pero no ahora, te quedarás aquí y si necesitamos refuerzos, serás el primero en salir – mintió Ginny guiñándole un ojo al pequeño.
-De acuerdo, me iré preparando – contestó contento, y fue a sentarse con el resto de sus compañeros.
Ron, Katty y Ginny salieron por el hueco del retrato seguidos de un montón de gryffindors, todos empuñando sus varitas.
-¿Por qué le has dicho eso? – le preguntó Ron a su hermana mientras avanzaban por los pasillos en busca de mortífagos.
-Para que se callara, no tenemos tiempo para interrupciones de ese tipo – contestó Ginny firmemente.
Sin embargo, no había ni rastro de enemigos… ni siquiera se oía más ruido que el de los jóvenes alborotados. Avanzaron hacia el Gran Comedor y, a mitad de camino, se encontraron con Hermione, seguida de Minerva McGonagall en pijama.
-¿Se puede saber que hacéis? – preguntó la profesora – Aquí no ha podido entrar nadie, si esto es una broma, no tiene gracia – inquirió severa.
-Pero profesora – dijo Hermione -, Ron y yo lo oímos, era una explosión, se lo aseguro – explicó desesperada -, ¡hay mortífagos en el castillo!
-Señorita Granger, no estoy dispuesta a discutir con usted – sentenció Minerva -, ahora mismo todos ustedes regresaran a sus respectivas cas…
-¡BOMBARDA!
Una armadura de metal voló por los aires y todos se pusieron a cubierto. Bellatrix Lestrange reía efusivamente a unos cuantos metros de ellos.
-¡Chicos, a cubierto! – ordenó la profesora y los alumnos obedecieron - ¡Desmaius! – bramó.
-¿Ve que teníamos razón, profesora? – dijo Ron con recochineo.
Pero Bellatrix esquivó el ataque y rió con más fuerza. Saltó por la ventana y cayó elegantemente al jardín. Entonces apuntó con su varita al cielo y…
-¡Morsmordre!
…invocó la Marca Tenebrosa. Se alejó corriendo por el jardín mientras reía frenéticamente.
-Jodida chiflada de mierda… - murmuró Sirius.
Ante tal inesperada aparición de la mortífaga, la profesora McGonagall puso orden y permitió que los alumnos que estaban fuera de sus casas lucharan si querían, siempre y cuando cumplieran sus órdenes y advertencias. Se dividieron en grupos de tres personas y cada grupo fue por un lado, buscando la acción; tenían que defender el castillo. Ron, Ginny y Hermione se dirigieron hacia el Gran Comedor, ya que supusieron que irían primero allí. Y Katty…
-¿Dónde está Katty? – preguntó Hermione.
-¿No estaba contigo? – le preguntó Ron.
-No, yo no la he visto desde que me he ido a buscar a McGonagall – respondió ella – Ginny, ¿la has visto?
-Hace rato que no.
Ante tal respuesta, los tres se pusieron nerviosos. Habían decidido no separarse por nada del mundo si pasaba algo en el castillo, y no lo habían logrado cumplir. Sin embargo, Katty estaba bien… y buscaba a sus amigos desesperadamente, vagaba sola por los amplios pasillos de Hogwarts.
-¿Ron? ¿Hermione? ¿Ginny? – llamaba desesperada - ¿Estáis ahí?
Inesperadamente, alguien la agarró por la espalda y la escondió detrás de una armadura.
-¡Socorro! ¡Socorr…
Pero la persona que la había atrapado le tapó la boca. Intentó soltarse pataleando, pero el desconocido era más fuerte que ella y lograba sujetarla.
-Tranquila, soy Draco – susurró; y al ver que mi hija dejó de patalear la soltó.
-¡Draco! – exclamó ella lanzándose al cuello de él y dándole besos por toda la cara, tal y como hacía mi abuela cuando yo era niña.
-Para – ordenó él sujetándola por los hombros -, Katty, esto es peligroso, así que no me andaré con rodeos: esto es para ti – dijo tendiéndole una carta -. Si lo he hecho bien, se abrirá mañana, y solamente tú podrás abrirla – explicó, y Katty lo miró sin comprender.
-Pero… ¿para qué quiero una carta si ya te tengo a ti? – preguntó tímidamente temiendo la respuesta.
Pero no contestó. Agachó la cabeza y miró fijamente al suelo, como si hubiera encontrado algo más interesante que aquella conversación en los cordones de sus zapatos.
-Draco, contesta – exigió levantando con sus manos la cara del chico, obligándolo a mirarla a sus ojos llorosos -, ¿qué significa todo esto?
-¿Es que no te has dado cuenta? – preguntó él escéptico… y ella lo comprendió.
-Draco, por favor… - suplicó.
-Lo siento, tengo que irme – murmuró con aires de tristeza, pero seguro de lo que decía.
-Draco, no te vayas…
-Lo siento… - murmuró mientras se alejaba.
Ella fue corriendo hacia él, llorando, pero él sacó polvos de oscuridad de Sortilegios Weasley y escapó, con un nudo en el pecho. Pero sabía que tenía que hacerlo, tenía que dejarla allí y cumplir su misión costara lo que costara… las vidas de él y sus padres dependían de ello y marchó corriendo a encontrarse con Severus Snape. Dejó atrás a mi hija apoyada en la pared, llorando desconsoladamente porque sabía que aquello era, de momento, el fin. Intentó desesperadamente abrir la carta, pero era totalmente imposible. El encantamiento, o lo que fuera que había hecho Malfoy con la carta, estaba muy bien hecho. Se resignó, limpió sus lágrimas y corrió por el pasillo buscando a sus amigos. Por más dolor que sintiera en aquel momento, la batalla aún no había terminado.
Al cabo de un rato, en la torre de Astronomía, Harry, bajo la capa invisible e inmovilizado por Dumbledore, tuvo la horrible desgracia de presenciar el momento en que Severus le lanzaba un Avada Kedavra al director del colegio, cumpliendo la misión que se le había encomendado a Malfoy y que éste no fue capaz de llevar a cabo. Contempló horrorizado, segundos más tarde, cómo Albus Dumbledore caía al vacío desde lo alto de la torre. Se habría echado a llorar en ese mismo instante de no ser porque su cerebro le impedía asimilar la realidad. Corrió tras su antiguo profesor de pociones en busca de venganza. Le lanzó varios ataques que su oponente esquivó con facilidad. Fue cuando le llegó el turno al Levicorpus… fue cuando Severus se dio cuenta de por qué Harry era tan bueno en pociones ese año. ¡Y por eso me resultaba familiar la letra del libro! Severus le confesó que él era el Príncipe Mestizo. Ante la perplejidad de mi hijo, Snape y lo demás mortífagos (entre ellos, Draco) escaparon.
Harry corrió hacia una gran multitud que estaba agolpada justo donde el director había caído. Lo contempló unos instantes y se arrodilló junto a él. Le colocó bien las gafas y poco a poco fue asimilando la sumamente dolorosa realidad. Albus Dumbledore estaba muerto… y no iba a volver nunca.
¡Y eso es todo por hoy! Espero que os haya gustado. Hasta el próximo capítulo =)
Si os gusta, dadle al Go!
