Mucho tiempo desde el último capítulo, pero aquí está, ¡listo para ustedes! Fav, follow o review, además sigo pensando en hacer un capítulo con ambos POV'S, como lo he hecho en casi todas mis historias, así que si alguien lo quiere díganlo en un review. Sin más que decir, disfrútenlo :)
Sólo importo yo ya no es lo mío
Aunque Mal lo niega siempre que se lo pregunto sé que ella posteó mi perfil de Facebook en los comentarios del vídeo que tomaron de mí en el centro comercial, sin que lo supiera, por eso he recibido muchas solicitudes de amistad y mensajes tras mensajes sobre lo bueno que estuve, preguntando hipócritamente cómo me ha ido, si podemos conocernos, cosas por el estilo.
Los que más abundan han sido aquellos donde preguntan sobre si es cierto cuando me refería a Carlos como mi chico, algunas personas invitándome a salir, e incluso no faltan las personas osadas que me envían fotos desnudos, las cuales han ocasionado que la memoria de mi teléfono esté saturada.
No voy a negar que hay personas que saben lo que tienen, incluso acepto que me lo presuman, pero hay otros tantos que ni siquiera deberían tener una cámara a su disposición para no quedar evidenciados como ridículos.
Es obvio que no reciben respuestas del mismo tipo de mi parte, lo que sí han recibido son muestras de que estoy con Carlos, la mayor ha sido una foto que tomé una mañana cuando papá se fue a trabajar muy temprano y Joel se fue a ser un útil calienta bancas en un partido de soccer de sus amigos, me escabullí a su cama para poder dormir al menos un par de minutos con él, y el resultado fue que tomara evidencia en blanco y negro de sus piernas cubiertas enredadas con las mías, un tanto más expuestas ya que sólo uso bóxer para dormir, con eso fue más que suficiente para que las especulaciones se dieran por sentadas y que las imágenes dejaran de llegar a mí, aunque no falta quien decide intentarlo de todos modos.
Esa foto ha sido la más popular que he posteado hasta ahora, no recuerdo la cantidad de personas que reaccionaron a ella pero sé que fueron bastantes, y en suma a eso está que me di cuenta sobre un par de cosas, entre ellas a valorar cada momento que pueda pasar a su lado cuando ni papá ni Joel están cerca, cuando lo único que importa es el tiempo en que está en mis brazos o yo estoy en los suyos.
Últimamente he llegado al punto de estar cansado de ocultarlo y tener que estar a la expectativa del más mínimo sonido que se escucha en el exterior del departamento, literalmente me siento fatigado ya que simplemente quiero llegar a casa y poder darle un beso en los labios o en la mejilla, presionar mi frente contra la suya para poder hablar de las aventuras y desventuras que nos pasan cuando no estamos cerca y así tener el mismo trato que le doy cuando estamos solos.
No obstante me vence el hecho de que mi modo catastrofista de pensar me dice que si papá se entera entonces también lo echará a la calle, no me dejará ayudarle de ninguna forma y eso lo obligará a volver con la jodida lunática que tiene como madre, y esa no es una opción que le beneficie a nadie.
Él dijo que se siente seguro estando conmigo, y si debo mantenerme callado para mantener su seguridad entonces tendré que aguantar más tiempo, el que sea necesario hasta saber que papá está lo suficientemente receptivo a esa noticia.
Me estiro en el sillón para luego girar sobre mí mismo, dejando mi rostro sobre el descansabrazos mientras pienso en una de las ventajas que tiene asistir a una escuela en la cual el sistema educativo es más o menos autónomo (por decisión, no porque haya un decreto o algo así) y le importa un bledo a todos los demás, que está en las ocasiones cuando el último viernes de cada mes es día de asueto, se supone es para valoración académica pero estoy bastante seguro que los profesores usan ese tiempo para lanzarle dardos en llamas a fotografías de sus estudiantes.
Seguramente Yen Sid tiene un mural con mi rostro junto con el de Mal e Evie repleto de dardos y cenizas sólo porque somos un dolor en su trasero o algo así, y me siento contento de serlo ya que de esa forma me recordará por siempre, eso si logro graduarme de su clase y no decide ser un cabrón como para reprobarme.
El viernes que Carlos llegó al departamento debimos asistir a la escuela ya que habría supervisión del papá de Ben en la escuela, es el superintendente o el rey o algo así de la zona donde está Dragon Hall y muchas otras escuelas, claramente la Preparatoria Auradon bajo su yugo.
Me cuesta trabajo creer que esto que he construido con Carlos sea el resultado de sólo un mes de convivencia, aún no me hago del todo a la idea de que estoy en una relación con él, grotescamente me atrevo a decir que es muy bonita con todo y el hecho de que amamos discutir por todo, en apariencia se ha vuelto una de nuestras actividades favoritas ya que ambos llegamos al punto de frustración extrema por defender nuestras opiniones, además los entrenamientos son otro momento en el que podemos hacer catarsis con violencia, y él me ha dado buenas palizas, como el ojo morado que tengo todavía encima, o la semana pasada que tenía el labio abierto por un puñetazo que no vi hasta que chocó contra mi rostro. Mi mayor daño hacia él han sido los moretones que tiene en los muslos, a causa de las patadas que le doy con apenas la mitad de mi fuerza, los cuales me permite ver y masajear para eliminar ya entrada la noche, cuando está por caer rendido por el ejercicio y por todas las tareas escolares que hace.
Ahora me atrevo a afirmar que somos esa relación pasiva agresiva con dejes que están encaminados hacia la destrucción de los dos, debido a eso una vez le pregunté si en verdad se sentía bien con el modo en que estábamos llevando las cosas, porque no recuerdo haber visto relaciones similares, y lo único que hizo fue besarme con fuerza, mordiendo mi labio inferior en varias ocasiones, para luego susurrar con una voz tan profunda que me hizo estremecer que no se imaginaba estar conmigo de un modo meloso, con cumplidos y cosas similares.
Sumado a eso está el hecho de que él congenia más con los chicos, en especial Mal e Evie que parecen haberle tomado un cierto aprecio muy rápido, cariño hasta cierto sentido, uno que me unió a ellas y que ahora nos une a los cuatro, como si hubiésemos estado planeados para estar juntos, como una familia.
En conmemoración a todo eso, y para ser de utilidad en mi día libre ya que hoy me levanté temprano, decidí prepararle algo sencillo que evitaría a toda costa que incendie todo el edificio, un pastel helado de limón, y aunque parezca sencillo puedo alardear de ser el mejor en prepararlos, por algo casi siempre estoy a cargo de su preparación en fiestas familiares importantes.
Me levanto otra vez del sillón, justo como lo he estado haciendo más o menos cada diez minutos en las últimas dos horas, para abrir el congelador y ver si ya está listo, sólo para ver que la parte superior todavía no alcanza su punto máximo de solidez, aunque el diseño que hice con un poco de chocolate del elefante de su libro favorito, El Principito, se quedó ahí todo el tiempo. He estado angustiado de que no esté completamente listo para cuando regrese, dijo que hoy llegará rápido por una película francesa que vio en la programación hace como una semana y que quería ver a como diera lugar.
Mi idea no era ser la clase de chico que hace celebraciones para conmemorar el tiempo que llevamos juntos, porque nunca había tenido algo serio con alguien, y parece que entre más luchaba por evitarlo más me hice a la idea de que debía ser algo perfecto, algo que no olvidara en mucho tiempo, o nunca.
Dejo que la puertecilla del congelador se cierre de mala manera y camino con sonoros pisotones hasta el sillón, me desplomo y me digo que debí empezarlo aún más temprano, tuve demasiado tiempo de anticipación ésta mañana pero mi tendencia a postergar las cosas se apoderó de mí.
—¡Jay! —escucho que grita cuando tomo mi teléfono, como si me hubiese leído el pensamiento. Quiero escuchar que grite mi nombre de nuevo, en otro contexto.
Corro como una exhalación hacia el balcón para verlo mientras se para frente a la puerta, levanta la cabeza, cubriéndose del sol con la mano, y al verme ensancha una sonrisa y me saluda con la mano, hago exactamente lo mismo antes de bajar las escaleras casi dando tumbos, saltando sobre las barandillas para apresurarme.
En el momento que abro la puerta se apresura para rodearme con sus delgados brazos, restriega su mejilla contra mi pecho antes de levantarse sobre las puntas de los pies y darme un simple beso en los labios, dejándome probar las mentas con chocolate que le di hace unos tres días.
—Volviste antes —susurro mientras hago que la puerta se cierre con mi pie, supuestamente su película iniciaba a las tres en punto; llegó media hora antes.
—Quería verte antes.
—Sé que lo hiciste por tu película —entrecierra los ojos y sonríe.
—En parte es cierto, pero en verdad quería verte antes… yo… —baja la mirada al suelo, la reoriento a mis ojos con mi mano—, te echaba de menos.
—También te echaba de menos —presiono su frente contra la mía y le acaricio el cabello de la nuca—. Subamos, tengo algo para ti.
Ensancha más su sonrisa y deja de levantarse sobre las puntas de sus pies, toma mi mano y sube a paso apresurado, tan veloz que me sorprende que no haya tropezado en ningún momento ya que es torpe en ocasiones.
Supongo que esperaba una sorpresa enorme cuando entrara, como una caja que fuera del tamaño del departamento o algo así, pero cuando no ve nada a simple vista lo veo que encoge los hombros, lo cual me hace reír por lo bajo ya que no parece estar tan habituado a las sorpresas pequeñas o simbólicas, o en general.
—Está ahí, sólo quiero que cierres los párpados —cierro la puerta detrás de mí, con las dos cerraduras, luego pongo las manos sobre sus hombros para quitarle su pesada mochila, dejándola lentamente en el suelo para no romper nada que pueda tener dentro, como esa vez que le quité la mochila a Joel por las malas y rompí una planta que estaba cultivando en un frasco, aunque fue estúpido de su parte ya que las plantas necesitan oxígeno y sol, no estar sombríamente ocultas.
Lo tomo de los hombros y lo hago caminar lentamente hasta el comedor, hago que se siente en la silla que ya tenía preparada para él y le ordeno que no espíe mientras me apresuro a sacar el pastel del congelador, que no quedó totalmente sólido, le quito la cubierta de plástico protector que evita la absorción de olores raros, lo coloco frente a él junto con un cuchillo de plástico, dos platos limpios y tenedores, entro a mi habitación por el libro que compré, su favorito porque dice que siempre debe pedirlo en la biblioteca para leerlo, además de una fotografía que tomé hace una semana, él está durmiendo con la cabeza mirando hacia la derecha, donde estoy yo sonriendo mientras también hago esa estúpida mueca mordiéndome la lengua, su brazo está sobre mi pecho descubierto, porque había sido una noche calurosa, y no recuerdo haberlo visto tan tranquilo antes de eso.
Regreso a donde está para deslizar el libro junto con la foto debajo de su mano que está sobre la mesa, le doy un beso en la mejilla y me acomodo en una silla, abstenido de grabar su reacción para simplemente tenerla en mi memoria.
—Ya puedes abrirlos.
Lo hace despacio, primero me mira a mí y luego a lo que está debajo de su mano para finalmente hacerlo sobre lo que tiene frente a él. Su expresión es una que no puedo describir del todo, lo que sí sé es que atraviesa una amplia gama de emociones hasta que lo único que puede hacer es levantarse, pararse frente a mí y rodear mi cabeza con sus manos, presionándola contra su cuerpo, y yo no hago más que rodear su cuerpo con mis brazos, entregándome a una de esas formas extrañas que tiene para demostrarme afecto, similar a esa vez cuando metió mi mano debajo de su camiseta porque tenía frío y quería que lo calentara.
—Si hiciste eso para que no te viera mientras te ríes entonces lo acepto —quita mi cabeza de su cuerpo y acuna mis mejillas, no sin apartar ese mechón de cabello que siempre se atraviesa en mi vista—, quería que fuera perfecto pero ya sabes que los planes no siempre resultan como estaban contemplados, así que…
—Es perfecto —silencia mi discurso, algo bueno porque ni siquiera yo sabía a dónde quería llegar con mi palabrería—, nadie me había regalado un pastel, ni siquiera mi madre en mis cumpleaños, tampoco había recibido una fotografía igual a esa, y mucho menos un libro.
—Escribí algo al principio, no quise profanarlo de esa forma.
—Veamos qué escribiste.
Se acomoda en mi regazo y me deja ver sobre su hombro mientras lo toma entre sus manos y trata de abrirlo, los temblores por euforia que tiene hacen que sea una tarea más complicada, quizá el hecho de que mis manos están entrelazadas sobre su estómago también lo hace, pero finalmente logra abrir la primera página, esa que siempre está en blanco, para que lea el simple mensaje que decidí ponerle.
Para Carlos, quien me hace feliz con simplemente mirarme. J.
¡¿En qué estaba pensando cuando escribí eso?! Ahora que lo veo nuevamente no puedo hacer más que sentir calor apoderándose de mis mejillas y de todo mi cuerpo, no el calor que se produce cuando lo tengo tan cerca, sino el que llega a mí cada vez que me doy cuenta de algo vergonzoso; la cuestión en todo esto es que no estaba pensando, simplemente me dejé guiar por lo que siento.
—Tú me haces muy feliz —se reclina sobre mí, dejando el libro a un lado y girando la cabeza en un ángulo extraño para restregar su mejilla contra la mía antes de darme un beso y levantarse, usando el cuchillo para cortar dos rebanadas terriblemente simétricas, las coloca en los platos y se mueve en dirección a la sala de estar, tomando asiento en el sillón que utiliza siempre—. Ven, está a punto de empezar y quiero probar esto contigo.
Resoplo con una sonrisa y me levanto, tomo el plato que tiene extendido justo cuando la televisión cambia automáticamente al canal donde transmitirán su película, me acomodo en mi sitio y espero hasta que él toma un poco de la crema de limón y la prueba, cierra los párpados lentamente y hace un sonido profundo con la garganta antes de sacar su dedo completamente limpio de su boca.
—Es jodidamente bueno —abre los párpados y me mira, arqueo las cejas ya que no es común que diga palabras de ese tipo—, lo siento, la situación ameritaba una palabra como esa.
—No te preocupes, suelo decirlas de un modo indiscriminado.
Su película empieza y desvía toda su atención a la pantalla, encontrando un sitio más cómodo antes de quitarse los zapatos y extender una manta que siempre está aquí para quienes se quedan dormidos, él se ha adueñado de ella porque es quien recurrentemente cae rendido en los sillones, e incluso la lleva a su cama antes de irse a dormir. Tal vez simplemente le gusta.
Hago lo mismo que él y doy una probada de la parte superior, haciendo un puño con mi mano izquierda en un signo de victoria ya que tiene razón, soy todo un as en la preparación de estas cosas. Me acomodo en el sillón y cruzo los pies, apenas empiezo a comer mi rebanada cuando él se levanta de nuevo, pero en lugar de servirse lo lleva todo al sillón, para ahorrarse el resto del camino.
En verdad trato de ver la película que estaba tan animado de ver, juro que lo intento, aunque es difícil concentrarme por el sonido que hace su tenedor contra el plato con cada bocado y por las ideas que viajan en mi cabeza mientras lo veo mover los pies al ritmo de una canción internalizada y murmura cosas para sí, sus opiniones de la película que ya no estoy viendo; el cine de arte nunca ha sido mi fuerte, deduzco que se debe tener un muy buen gusto para disfrutarlo.
Me rindo ante una lucha inútil contra mí mismo y giro para recostarme sobre mi costado derecho, viendo nuevamente sus grandes y brillantes ojos marrones, la forma contrastante de su nariz con todo su rostro, la perfección de esa sonrisa que tiene casi todo el tiempo en los labios, sus pecas, la línea de su mandíbula, la forma de su cuello, el modo acompasado en que respira, sus brazos delgados pero fuertes que extrañamente hoy están descubiertos, revelando las quemaduras que tiene en los antebrazos y muñecas, su cintura, sus piernas y sus pies con los calcetines.
Ciertamente soy un chico muy afortunado, Carlos es la clase de persona que puede aceptar o rechazar a quien se le ponga enfrente, es el tipo de chico por el cual yo entraría en una batalla campal a muerte, como esas que se realizaban en la Edad Media, para obtener su mano en matrimonio o para ser su guardia personal, todo lo que sea necesario para estar a su lado.
Él me deja escucharlo, verlo, tocarlo, besarlo, sentirlo, todo eso que también hace conmigo; no creí que caería por él tan fácil, y tan rápido.
—Vas a empezar a babear si sigues ahí quieto como un idiota —parpadeo una vez y veo su mano moviéndose frente a mi rostro.
—No soy un idiota —afirmo, tratando de disimular y haciendo un muy sutil movimiento de mi labio inferior para cerrar completamente la boca.
—Claro, y tampoco estabas mirándome desde que terminaron los créditos de la película, hace diez minutos, como un pervertido.
—Sólo me distraje, no es que estés en mis ensoñaciones eróticas diurnas o algo por el estilo —me rasco la nuca, ligeramente avergonzado por decir eso de un modo tan directo, pero extrañamente contento al ver el modo en que se estremece en su sitio—, en realidad no te veía a ti, miraba la suciedad del muro.
—¿Estás seguro? —deja el plato en el suelo junto a él, escucho el inconfundible sonido de los cojines de los sillones cuando se friccionan uno frente a otro y en el siguiente parpadeo lo tengo en frente, su rostro completamente cerca del mí, tanto que nuestras respiraciones se cruzan—. Ves, tus ojos están en dirección a mí.
—Tú te atravesaste en mi contemplación al muro —me paralizo ahí mismo, sin poder pensar de un modo correcto o funcional, porque tenerlo tan cerca es tan… tan… indescriptible.
Aunque trato de apartarme, muy despacio para que no lo note tan rápido, es hacer algo estúpido porque él se acerca, sonriendo cada vez más y jugando con sus cejas, sin romper nuestro contacto visual hasta que estoy sobre mi espalda y él se coloca a horcajadas sobre mí, su ligero peso encuentra ese sitio reservado para él sobre mi regazo antes de desplomarse hacia adelante, respirando en mi cuello y paseando sus manos por toda la extensión de mis brazos hasta que estira las manos y obliga a que mis dedos se aferren a su cintura.
—Y bien, ¿vas a seguir evadiendo el tema de que me estabas mirando como un acosador? —ronronea con un tono grave en la voz, totalmente incitador.
—No sé de qué estás hablando, estás pervirtiendo tanto a mi inocencia como a mi apreciación del muro —casi puedo sentir que está bufando contra mi cuello por la malicia en su sonrisa, algo que logra una poderosa excitación en mí y que él ha ido descubriendo en todo este tiempo, además de abusando de ello.
—Pues el muro no puede hacer lo mismo que yo puedo hacerte —veo lascivia escrito sobre todo su rostro, emana de los movimientos de sus labios con cada una de sus palabras, se percibe por los leves movimientos de sus caderas y de las puntas de sus dedos sobre mi estómago, y en sus ojos, todo lo está diciendo por medio de esos grandes ojos que tiene; me desea, aquí y ahora—. ¿Comenzamos?
—Hagámoslo —respondo, levantándome con los codos para poner la mano en su nuca y acercarlo a mí, deteniéndome cuando está a punto de besarme, algo que detesta de sobremanera y de lo que yo abuso para fastidiarlo.
Aún no hemos llegado al punto de tener sexo como debería ser, dicho de esa forma o en sus distintas formas de nombrarle, pero los dos estamos más que felices con un leve roce de sus manos o de las mías en esa zona, si podemos besarnos en ropa interior, o si de vez en cuando podemos liberar esa tensión estando juntos, yo de vez en cuando lo hago después de que el agua de la ducha se vuelve helada, para mitigar toda clase de pensamiento hormonal que pueda arrastrar conmigo.
Hay veces en que por las noches la luz del exterior me deja ver cuando él está boca abajo, su rostro hundido contra la almohada para mitigar sus gemidos y las veces en que musita mi nombre, levanta la cadera y veo los movimientos que hace hasta que se estremece para finalmente quedarse recostado, totalmente exhausto, antes de levantarse para limpiar las secuelas de su momento, luego vuelve a la habitación para volver a acostarse, como si nada hubiese pasado. Supongo que no sabe que lo observo, y si lo hace entonces es todo un perverso, en especial por las posiciones que toma, como si yo estuviera detrás de él o entre sus piernas.
Apenas logro levantar su camisa por encima de su pecho cuando el repiqueteo de las llaves contra las cerraduras de la puerta hace que nos pongamos rígidos, me apresuro a colocar la ropa como estaba y casi lo empujo para que baje de mi regazo y vuelva a su lugar en el otro sillón, casi con perfecta sincronía para el momento en que papá pone un pie en el departamento.
Si queríamos aparentar hemos fallado, miserablemente.
—H-hola, papá —digo mientras giro la cabeza para verlo, siendo el primero en meter la pata.
—Hola, señor Jafar —dice él con el mismo tono cordial con el que siempre lo saluda, siendo el mejor para fingir.
—Hola, muchachos —cierra la puerta con un azote, culparía al viento si es que hubiese la más mínima brisa en el departamento, pero tampoco tiene su expresión de furia, así que supongo que simplemente se le escapó.
Se limpia los pies y deja un maletín sobre el sillón individual, choca su puño contra el mío y le pasa una mano por el cabello a Carlos cuando pasa junto a él, algo que nunca antes había hecho, y parece más atraído por el hecho de lo que está comiendo ya que regresa para tratar de estirar la mano.
—¿Qué tienes ahí? —le pregunta, sabiendo que él no hará nada para detenerlo.
—Eso es suyo —se detiene cuando levanto la voz, los dos me miran con rostros sorprendidos hasta que me aclaro la garganta—, me refiero a que tiene una clase de dieta especial, por eso es suyo, ¿no es cierto? —levanto las cejas en su dirección, se ve tomado por sorpresa hasta que lo entiende.
—Oh, sí, es cierto.
—Nunca lo habías mencionado antes —afirma, con duda en la voz.
—Ahora lo sabes, por eso usé mi día libre para preparar pasteles, hay uno para ti y para Joel en el refrigerador —sí, ese lo dejé ahí porque no me importó tanto que fuera para ellos y por eso no le di una protección para evitar absorción de malos olores o un acabado como al que tiene Carlos en las manos, toda mi atención estaba en él.
—Genial, me vendría bien algo de eso.
Papá se aparta y entra en la cocina silbando, veo que Carlos deja salir el aliento que tenía retenido dentro de sus pulmones y todo su cuerpo se relaja, le guiño el ojo sólo para verlo sonrojarse y meterse un bocado a la boca, dejando salir otro gruñido igual al que dejó salir la primera vez.
—Jay, no calentaste lo que comeríamos como te lo pedí.
—Mierda —musito por lo bajo y me restriego una mano contra la cara, listo para la sarta de cosas que tiene que decirme al respecto por algo que me pidió hacer más de tres veces y que pasó a un segundo plano de importancia.
Cuando se aclara la garganta lo veo por el rabillo de mi ojo derecho, me dedica una amplia sonrisa condescendiente que no me hace sentir nada mejor, pero él sabe cómo puede reaccionar papá ante esas cosas, lo ha vivido. Le devuelvo lo que hace con una sonrisa ladeada, preparado para lo peor.
—Supongo que podré hacerlo yo, de todos modos ustedes ya deberían estar de salida, su entrenamiento empieza dentro de veinte minutos.
No necesito ver el reloj para levantarme y correr a mi habitación, sacando el uniforme usual de los cajones y cambiándome en el siguiente minuto y medio, una nueva marca de tiempo, salgo de ahí con nuestros pesados bolsos para darle la privacidad que siempre parece necesitar para vestirse (irónico si considero que soy yo quien se encarga de quitarle lo que lleva puesto), lleno nuestras botellas de agua y antes de que pueda salir sano y salvo de la cocina papá me toma del brazo, sin hacer la presión necesaria para hablarme de un regaño silencioso.
—Me gustaría hablar contigo más tarde sobre algunas cosas que he visto que pasan últimamente, en privado por supuesto.
Carlos tuvo que pagar el taxi para que llegáramos al entrenamiento a tiempo, porque en mi descuido olvidé tomar dinero de mis reservas, casi choco contra un poste de luz y estuve a punto de tropezar en los mismos escalones que he subido durante años porque simplemente esas palabras de papá fueron suficientes para que entrara en un modo de distracción total, como el que suelo tener en algunas clases durante las horas de escuela.
Papá lo sabe, claro que lo sabe, es un papá a fin de cuentas, toda clase de figura parental sabe cosas sobre sus hijos aunque ellos traten de ocultar algo cinco metros bajo tierra, de un modo u otro lo saben.
Claramente no le he dicho nada a Carlos sobre las sospechas de papá, no quiero que se convierta en un manojo de angustias, simplemente le digo que no estoy en mí mismo porque no almorcé como debería, a diferencia de él y el estricto plan alimenticio que tiene la Preparatoria Auradon, donde los obligan a comer de una forma u otra para evitar la baja en el rendimiento académico y deportivo.
No sé si lo ha notado pero ha ganado peso, algo que me hace feliz al ver que su cuerpo está tomando la forma que un chico de su edad y que practica deporte debería tener, además de que tengo más de él que sujetar cuando lo tengo cerca.
Cuando entramos al salón de entrenamiento me siento aliviado al ver que no han comenzado, porque el profesor Joseph tampoco ha llegado, así que simplemente dejo caer mis cosas junto con las de Ben, Mal, Evie y Doug, que están demasiado enfrascados en sus propias conversaciones para notar que llegamos, incluso cuando Mal quiere que le diga todo lo que ha pasado entre él y yo desde la última vez que le rendí un informe detallado, entiéndase hace dos días.
—Puedo conseguirte algo para que comas —afirma en tono preocupado, se sienta junto a mí y junta su rodilla contra la mía; todavía se siente un tanto tímido de ser tan abierto al ojo público, aquí teme por mi 'reputación' con las madres de los niños y por el profesor en sí, aunque está implícito que tema a una reacción que provenga de Chad—, no me gustaría que te desmayes.
—Estoy bien, no es la primera vez que entreno con el estómago vacío.
No es la primera vez pero es una sensación horrible, en especial si se trata de un día de alto rendimiento donde incluso una sencilla plancha puede significar que no tenga la energía necesaria para levantarme, que haya puntos negros bailando en mi campo visual y que mi estómago gruña por dos horas continuas para que lo alivie con un atracón al volver a casa, lamentándolo en la noche cuando no puedo dormir por el exceso de comida y energía.
—Estaré bien, lo prometo.
Golpea mi rodilla y me levanto, haciendo un par de estiramientos para que la somnolencia producida por mi baja de energía y lo aburrido de su película no me ataquen ahora que estoy reuniendo fuerzas para estar de pie.
Me distraigo por alguien llamando mi atención al jalar mi camiseta, bajo la mirada para encontrar a Dean, tiene los brazos detrás de la espalda y se mueve de un lado al otro, es lo que hace siempre que tiene una pregunta que hacer, y de esa simple pregunta siempre encuentra otro millón más que formular. Su curiosidad lo podría meter en problemas o quizá podría descubrir cosas que no quería saber en realidad, y yo debo tener cuidado con lo que información que poseo.
Estira los brazos para que lo levante, abre y cierra las manos para enfatizar, algo que un niño de su edad ya no debería hacer, pero como su madre todavía lo hace porque es un niño mimado, y porque no es la primera vez que lo hago con uno de los pequeños que entrenan conmigo, simplemente lo levanto y se acomoda en mi brazo, eso antes de decirle a su inseparable grupo de amigos que se acerque; una mala señal, y algo peor está por venir.
—¿Vas a casarte con él? —pregunta en su tono inquisitivo, señalándolo con las cejas mientras veo que un par de niñas se acercan a él para hablarle, algo extraño ya que nadie menor de edad se le acerca, y parece tan sorprendido como yo ya que lo veo tartamudear y sin saber qué hacer con sus manos además de usarlas para enfatizar lo que dice.
Me pregunto cómo hablará con un niño pequeño.
—¡Jay! ¡Hazme caso! —Dean toma el cuello de mi camiseta para zarandearme, simulo los movimientos para darle la satisfacción—. Te pregunté si vas a casarte con él —baja la voz, por suerte lo hace.
—¿Qué te hace pensar que lo haría? —le pregunto, con un tono de voz más alto para que el resto de niños lo escuche y participen, si tienen algo que decir.
—Lo ves de un modo especial, del mismo modo en que mi mamá ve a mi papá en las mañanas cuando estamos comiendo desayuno, antes de que se den un beso y se tomen de la mano, diciéndose cosas bonitas mientras los veo —responde Lizzy mientras sigue atándose su largo cabello, similar al mío en color y forma.
—¿En serio es algo tan obvio? —me rasco la nuca, avergonzado un poco.
—También le ayudas mucho con los ejercicios, siempre están juntos y hablan todo el tiempo, más que nosotros pero sin los regaños —dice Hannah mientras pongo a Dean en el suelo y me arrodillo para escucharlos.
—Desde el primer momento que vino lo mirabas mucho, yo también lo hacía porque su cabello era extraño, pero en tu era diferente.
—Una vez…
—Yo vi…
Se vuelve a un alboroto de múltiples participaciones, trato de escuchar lo que cada uno veía pero termino confundido por tantas cosas que ellos han observado, un grupo de pequeñas personas que siempre están observando; nadie debería subestimarlos de esa manera, son demasiado receptivos a todo lo que pasa en su entorno como para no escucharlos, como esponjas.
Una cosa es segura entonces: captó mi atención desde el primer momento, y nunca hice nada para ocultarlo.
—Entonces, ¿creen que deba pedírselo?
—¡Sí! ¡Hazlo ahora! —me pongo de pie y empiezo a caminar hacia él, ellos me siguen como los patitos a su madre, casi parecen ir en fila detrás de mí mientras me acerco más a él, y ellos parecen a punto de estallar en risas cuando estoy a menos de un metro de él, las niñas que lo rodean siendo una especie de escudo protector.
Está jugando pelea de pulgares con Bárbara, la hermana mayor de Barry y la otra prima de Ben, Kristen y Marisa juegan junto a él con esa cola de peluche que pende a un costado de su bolso, mientras veo que le ayuda a una niña que apenas inició los entrenamientos la semana pasada, Clara, con su tarea de matemáticas, le explica lentamente cómo es que se hacen las sumas y las restas, dándole palmadas en la cabeza cada vez que obtiene una respuesta correcta.
—Uh, ¿Carlos? —interrumpo su explicación así como su pelea de pulgares con Bárbara, se pone de pie sin que se lo haya pedido y me dedica una amplia sonrisa.
—¿Vas a aceptar que te compre algo de comer?
—La verdad es que no —Dean, Lizzy y Hannah se alían para empujarme más cerca de él—, sólo me preguntaba si, tú sabes, ¿te gustaría casarte conmigo?
Se me ocurre hacer esa inocente pregunta cuando todas las conversaciones se silencian, todas y cada una de ellas, incluso las que tenían tan concentrados a los chicos desaparecen de un momento al otro; él parece ser el más sorprendido de todos ya que lo veo boquear como un pez fuera del agua, hace expresiones raras con las cejas y no hago nada más que ponerle una mano en el hombro, logrando tranquilizarlo siendo que antes habría exasperado sus reacciones.
—¿J-justo a-ahora? —se sonroja, bajando la mirada.
—Bueno, no tengo tu anillo preparado ni nada, pero sería algo que me gustaría hacer en el futuro.
Lo curioso es que estoy jugando al mismo tiempo que hablo en serio, sí me gustaría llegar a una situación como esa con él, siendo algo presuroso o no es algo que me veo haciendo en el futuro, sólo que él tendría que llegar a mí en el altar, de ninguna forma seré yo quien tenga que dar esa caminata.
Sonríe como último acto y yo hago lo mismo, luego hago caso omiso del lugar en el que estamos para dejar la sombra de un beso sobre sus labios, ni siquiera es una presión, sólo un roce, suficiente para que nuestro séquito de observadores se vuelve locos y comiencen a gritar, bajo la mirada y me encuentro con que Dean, Lizzy y Hannah levantan los pulgares con completa aprobación mientras las niñas que estaban con él empiezan a planear sobre la boda que harán para nosotros.
Siento miradas penetrantes que se clavan en mi nuca, las de desaprobación que sólo una madre puede lanzar como dagas, no les doy importancia y sólo levanto los hombros, le acaricio la mejilla con el dorso de mis dedos y apenas termino de dar media vuelta cuando alguien salta a mi espalda, podría jurar que es él si no fuera por el mayor peso y el inconfundible perfume de rosas.
—¡Jaysee! —grita en mi oreja, casi dejándome sordo.
La reputación que tenía de un chico rudo aquí acaba de irse al demonio por su sobrenombre, la risa inconfundible de Mal llega desde el otro lado del salón hasta donde estoy, llegando hasta lo más profundo de mi ego. Sólo puedo imaginarme lo que sea que Carlos está pensando ahora, con todas esas teorías que su mente puede formular de un momento al otro y con pocos datos observables.
Le doy golpes ligeros en las manos que se entrelazan sobre mi cuello para que baje de mi espalda, lo hace para colocarse frente a mí, pellizcando mis mejillas y haciendo gestos ridículos que según ella yo también.
—¿Qué diantres estás haciendo aquí? —quito sus manos con manicura de mi rostro y la tomo de los hombros para retroceder movernos un poco.
—En caso de que no lo hayas notado pues hoy traigo ropa deportiva encima —le echo una mirada y es cierto, ropa rosa pálido pero deportiva a fin de cuentas—, decidí que sería un buen día para probar lo que has hecho por tantos años.
—¿Y decidiste que sería bueno que tampoco me lo dijeras antes?
—Sabes lo mucho que me encanta sorprenderte.
—Audrey, así no es como funcionan las cosas, en especial esto.
—Bien, quería pasar tiempo contigo, hace mucho tiempo que no salimos, pero si en verdad soy tanto una molestia puedo marcharme sin problemas.
Es una experta en armar escenas, la reina del dramatismo, por eso lo único que puedo hacer para evitarlo es tomar una profunda respiración, mirarla a los ojos y dedicarle una amplia sonrisa, porque es mi mejor amiga después de todo, irritante y mimada pero sigue siendo mi amiga.
—Está bien, pero si te desmayas no esperes que te ayude.
—Soy una chica ruda, puedo soportarlo.
Ella es la clase de chica ruda que incendiaría su casa con un lanzallamas hecho con laca para el cabello y un encendedor por una araña que encuentre en cualquier sitio, en los vídeo chats que teníamos antes solía gritar y esconderse debajo de todo lo que tuviera cerca cuando veía a algún pequeño insecto volando cerca de ella, lo cual ahora que lo pienso me hace reír por dentro, no lo externalizo porque antes de que pueda alegar contra ella llega el profesor Joseph entra corriendo, casi dando tumbos, le da un saludo a los padres antes de hacernos tomar nuestros lugares y comenzar con el entrenamiento ya que fueron veinte minutos perdidos.
Mientras corro en círculos, y cuando pasa a mi lado, me doy cuenta de que en el último par de minutos hice a Carlos completamente a un lado, me olvidé de lo que estábamos haciendo a causa de Audrey, y ahora debo solucionar eso también.
Era obvio que Audrey recibiría un trato especial por ser la chica nueva, eso y porque a los primeros diez minutos estaba muriendo de agotamiento, yo no hacía más que reírme medianamente alto mientras la veía hacer su mejor intento en una clase que está pensada primordialmente para los niños pequeños, precisamente por ellos no se plantea como algo tan exhaustivo, aunque también se debe a que no paraba de hablar conmigo cuando tenía el aliento necesario para conversar, y ya se puede sentir feliz porque le dije lo que pasaba conmigo y con Carlos, aunque se molestó porque no se lo había dicho antes, y tampoco hizo un intento por hablarle.
En el momento en que ella subió al autobús para ir a su casa comencé a darle un sinfín de explicaciones a él, que no se había despegado de mi lado aunque se mantenía en silencio, y cuando llegué al punto de decirle que ella es mi mejor amiga todo su semblante se tranquilizó, me dedicó una sonrisa y me dijo que sólo quería molestarme, además de hacerme sentir mal por el hecho de que lo ignoré por completo cuando ella apareció. No espero volver a verla entrenar, nunca.
Podría entrar a hurtadillas al departamento para evitar lo que papá tiene que decirme si no fuera porque él viene subiendo detrás de mí, todavía arrastra los pies por lo 'completamente exhausto' que está por un día de entrenamiento de alto rendimiento, de los cuales se había salvado por alguna u otra razón.
Joel está desparramado en el sillón, un tazón de palomitas está volcado en el suelo mientras él sigue roncando, gruñendo entre sueños antes de mover la cabeza para mayor comodidad. La chispa que surge para molestar a mi hermano menor se enciende dentro de mi pecho, dejo mi bolso junto a la puerta y me camino sobre las puntas de mis pies hacia él, y antes de que pueda gritarle en la cara la mano de Carlos me toma por el brazo, me da una mirada de desaprobación y espera hasta que me acerco a él, suprimiendo mi urgencia de atormentarlo.
—¿Jay? ¿Eres tú? —pregunta papá desde su habitación, sin haberse molestado de ver quién entraba al departamento.
—No, señor, vengo a robar su televisor y a cortarle la garganta a su hijo en la sala de estar mientras duerme.
—Por favor, trate de no manchar la alfombra, y cuando termine con todas sus estupideces me gustaría hablarle por un minuto.
Dejo salir el aire por la boca y camino hacia mi habitación con un pesado andar, Carlos va caminando detrás de mí como si hubiese sido a él a quien le dijeron eso último, al encender la luz lo primero que hace es recostarse sobre sus mantas y quedarse callado, como si la risa que teníamos mientras subíamos las escaleras no hubiese sido real.
Me quito la sudadera que uso siempre cuando terminamos de entrenar y hago mi rutina de todas las noches antes de quedarme viendo la televisión o empezar con mis tareas que siempre dejo a medias; me lavo las manos, saco mis guantes a una ventana para que el sudor se seque y evitar el mal olor, extiendo mi ropa sudada en el cuarto de lavado para hacerme cargo de ella mañana, eso si papá no la ataja primero y lo hace él, enciendo el calentador de agua para nuestras duchas, lavo mi botella de agua, tomo un par de galletas con mermelada de fresa de la cocina, para él y para mí, antes de regresar, encontrándolo en la misma posición.
Le doy un ligero puntapié y me mira por debajo del brazo que le cubre los ojos, le extiendo las galletas para que las coma como siempre lo hace, la coloca en su boca y la sujeta con los labios mientras le va dando pequeñas mordidas.
En realidad no quiero hablar con papá, si ya sabe lo que está pasando entre nosotros pues bien, que lo sepa, no es necesario que deba seguir esto como un secreto, o como si fuéramos esa clase de amigos que son demasiado físicos el uno con el otro, algo que debería saber porque solía ser igual con mi primer mejor amigo, Christopher, con quien tenía un saludo secreto de doce pasos, jugaba con él los fines de semana en su casa o él en la mía, pero pasábamos la mayor parte del tiempo en la escuela, teníamos juegos rudos y a veces caminábamos tomados de la mano, algo que una vez me trajo problemas con papá, para sus padres no fue un motivo para un caos, lo veían como algo común entre amigos pequeños.
Tal vez mis conclusiones sobre que además de ser mi mejor amigo también fue algo así como mi primer flechazo son ciertas hasta cierto punto, recuerdo que el día que dejó de ir a la escuela yo tampoco quería hacerlo, ya que eran algo así como inmigrantes, dejé de comer y había veces en las que lloraba por las noches, tenía pesadillas en las que decía su nombre y cosas similares, como me lo dijo papá, y ahora que lo recuerdo es como si sintiera una debilidad se apodera de mí, más mental que física, una que no había sentido desde que tenía siete años.
Termino con mi quinta galleta y me mantengo sentado en el borde del colchón, viendo los movimientos de masticación que hace mientras también veo que intenta mantenerse despierto, no sería la primera vez que cae por agotamiento.
Aunque lo involucra, no quiero que escuche la charla que tendré con papá, sea lo que sea que vaya a decirme, porque sé que si se habla de él y lo escucha estará sumido en angustia, preocupado por hacer todo de un modo perfecto y que papá no tenga razones para que deje de vivir aquí.
—Oye, uh, ¿qué te parece si te duchas primero? —gira la cabeza para mirarme y arquea una ceja, extrañado—. Ya sabes, eres quien siempre despierta primero incluso en fines de semana.
—Es viernes, Jay, no hay nada que hacer mañana.
—Sí, lo sé, sólo lo decía para que puedas dormir antes, eso es todo.
Relaja su ceja levantada pero eso no cambia su expresión seria, me mira con un firma contacto visual, casi como si quisiera que me doblegara, así que para luchar contra eso me cruzo de brazos y me recargo sobre mi cajonera, teniendo la misma postura que él está tomando.
Me encantaría decir que no está molesto, pero lo está, y diría que se trata por el entrenamiento, porque hay ocasiones en las que el cansancio lo vuelve un cretino, pero no se trata de eso, es seguro que escuchó que papá quería hablar conmigo.
Al final rueda los ojos y se pone de pie, toma la ropa necesaria para vestirse en el baño y cuando pasa a mi lado lo detengo al sujetar su brazo.
—No te molestes.
—Oh, está bien, es como dijiste, necesito descansar un poco, y ahora lo necesito porque en serio estuve a punto de desfallecer en el entrenamiento.
—Pero el agua no está totalmente caliente.
—No te preocupes, lo haré rápido.
—Pero…
Trata de sonreír pero no logra convencerme, simplemente lo suelto para que siga caminando, entra al baño y, si no fuera porque papá está aquí, estoy seguro de que habría cerrado la puerta con más fuerza de la necesaria, sólo para probar un punto, y que es capaz de guardar ciertos rencores.
Dejo salir un bufido para simplemente caminar a la otra habitación, entrecierro la puerta y dejo la mano sobre ella mientras lo primero que escucho es el pesado suspiro de papá además del sonido que hace su teléfono cuando lo bloquea.
—De acuerdo, Jay, no tengo otra forma de decirte esto, así que lo diré como se me viene a la cabeza: estás castigado, punto.
Hago que la puerta se cierre por la fuerza que impongo, giro sobre mis talones para verlo plácidamente en el viejo sofá reclinable, que ya debería tener su silueta ya que pasa todo el tiempo ahí, se rasca la barba y me mira con ojos firmes, justo el modo en que trato de reñir contra él porque no tiene ninguna razón como para darme un castigo, incluso he dejado de responderle de mala manera.
—¿De qué rayos…?
—Tú dijiste que Carlos estaba aquí porque su madre lo echó, lo dejé entrar a nuestro hogar y ha dado más participación que tú y Joel juntos, sean cuales sean sus motivos, pero en ningún momento aclaraste que hacías esto también porque ahora tienes algo con él, no sé qué clase de relación pero la tienes.
Me quedo sin palabras ya que decide arrojar todo eso junto, tengo la impresión de que algunas cosas que Joel me ha dicho también se mezclan con su discurso, pero el punto está en que es sincero con lo que quiere decir.
—Papá, yo…
—¿En verdad creías que demoraba en volver a casa sólo por gusto? —utiliza las manos para enfatizar sus palabras, algo que me demuestra su verdadero estado emocional; enojado—. No, Jay, no era por cuestiones del trabajo, quería darles un poco más de espacio para que pasaran tiempo juntos, Joel participó en ocasiones, pero no parece que vaya a llegar un momento en el que tú, mi hijo, vaya a decirme la verdad sobre lo que pasa con ustedes, y por eso, en vista de que los dos han abusado de esa clase de confianza, no tengo más remedio que pedirle a Carlos que se marche, porque no es algo justo…
—No.
Llevarle la contraria hace que el enojo arda en su rostro ya que se torna rojo de un momento a otro, no recuerdo bien las ocasiones en que yo lo había puesto así, sólo sé que después de eso había una paliza con ese bastón personalizado suyo, con el paso de los años fue disminuyendo su uso, pero las marcas se mantienen.
—No puedes pedirle que se vaya, simplemente no puedes.
—¿Por qué no?
—Porque no tiene otro sitio a dónde ir, no puede volver con su madre así como así ya que ella… bueno, ¡está desquiciada!
—¿Y cómo estás tan seguro de eso?
—Una vez nos escabullimos en su casa para buscar unas cosas que necesitaba, apenas logramos salir de ahí enteros cuando toda su furia se desató, lanzó cosas, le dijo cosas a él que no muchas madres le dirían a sus hijos estando en sus cinco sentidos, además habla con cosas inanimadas como si fueran personas reales.
—Bueno, yo también estaría furioso si alguien entrara a mi casa.
—Ese no es el punto, la cuestión es que no puedes pedirle que se vaya.
—No me has dado una buena razón para no decírselo.
Me siento en el borde de su cama pero no lo miro a los ojos, más bien parece que las pelusas que se juntan en la alfombra son más interesantes que cualquier otra cosa, incluso más que mantenerlo aquí, porque mi razón es tan sencilla que me siento apenado por decirlo, apenado en el sentido de que voy a sonrojarme por dar una razón tan banal pero que es fuerte en muchos sentidos, que para mí ha ido adquiriendo importancia con cada día que pasa.
—Dilo, Jay, dame una razón para no pedirle que se vaya.
—N-no es tan sencillo.
—Es sólo una simple razón.
—No puedo…
—¡Dilo! —grita, sacándome de mis estribos y seguramente despertando a Joel.
—¡Porque lo quiero! —le grito de vuelta, en esta ocasión lo miro a los ojos—. ¡¿De acuerdo?! ¡Lo quiero, por eso no puedes pedirle que se vaya!
Los dos nos quedamos en silencio, respirando como si hubiésemos corrido por todo el vecindario para demostrar quién tiene la razón, esa clase de competencias estúpidas que podríamos hacer sin ningún problema, y al mismo tiempo lo miro a los ojos a la par que el peso de haber mantenido eso en silencio se eleva de un modo magistral de mis hombros, me siento energizado, haber dicho eso en voz alta me hace sentir adrenalina corriendo por mis venas, el pecho descomprimido, como lo predije también me siento sonrojar, pero queda una simple palabra: libertad.
—¿L-lo… lo quieres? —pregunta, como si no me hubiese escuchado.
—Sólo importo yo ya no es lo mío, papá —resoplo y mantengo mi mirada en sus ojos, ladeando una sonrisa—, en especial cuando estoy con él.
Agacho la cabeza esperando algún insulto, que no diga nada, que finalmente reaccione porque alguien pasó a ser más importante que él y Joel, o a el hecho de que ahora tengo algo con un chico, incluso un golpe en la cabeza serían una señal de algo funcionando del modo en que debería. Sin embargo lo miro por el rabillo del ojo, sigue rascándose la barba mientras escucho el rechinido de los resortes de ese viejo sofá contra su peso cuando está por levantarse, y se sienta junto a mí.
Lo veo que levanta una mano y la mira como si no supiera que hacer con ella, por eso ruedo los ojos y lo ayudo para que la coloque sobre mi hombro, ahí da un ligero apretón que logra enviar calidez por mi piel.
—¿Cuándo te diste cuenta? —pregunta, sin quitar la mano de mi hombro.
—No podría decirte una fecha exacta porque ni siquiera yo lo sé, lo único de lo que estoy seguro es que no tiene a nadie, somos su único apoyo.
Coloca todo su brazo sobre mis hombros, me encojo ya que no es usual que haga esa clase de cosas, pero lo hago principalmente por una sensación que casi me parece nueva, la del amor paternal, esa que incluso cuando me insulta me dice que lo hace por mi bien, para que no siga cometiendo las mismas idioteces o me vuelva una persona diferente, mejor en distintos sentidos.
—Escucha, son muchas cosas juntas para digerir, hijo, no sé qué decir, en especial porque no creí que fuera a vivir para ver este momento en que dejas que alguien te conozca en ese sentido, pero lo importante es que me siento contento por ti y por él, aunque no debería ya que era un secreto a voces, esperaba que me lo dijeras como esa clase de comentarios sueltos con los que sueles hablar conmigo.
—No es algo que sea de tan poca importancia.
—Lo sé, tener sentimientos por alguien es raro, estoy contento por ti y eso es lo importante, me haré a la idea —giro la cabeza un poco para mirarlo a los ojos y ver una genuina sonrisa en su rostro—. Lo apruebo, es un chico que te hará bien.
—Gracias, papá, eres el mejor.
No recuerdo lo última vez que le di un abrazo completo a papá que no fuera por mi cumpleaños, por alguna festividad o por simple diversión, mucho menos cuando lo necesitaba porque esa clase de cosas no fueron las que nos enseño, todas mis necesidades emocionales se descargaban en forma de charla con mis amigos o en el entrenamiento, donde tenían una mayor utilidad y productividad. Pero ahora, descubriendo nuevas formas de interacción entre ambos, me doy cuenta de que, quizá, no siempre había aceptado del todo el mantra de la familia.
Se separa de mí y me da un amistoso golpe en la mejilla con el puño, luego se levanta para abrirme la puerta, revelando que Joel está al otro lado con una mirada de completo odio, quizá escuchó algo de la conversación, pero no es lo importante ya que las luces de todo el exterior están apagadas, por eso solamente paso a su lado para ver que la luz de mi habitación también está apagada y hay silencio, la señal de que ya decidió irse a dormir.
Tengo buenas noticias, él las tiene que saber, por eso simplemente sigo con mi rutina de todas las noches, tomando ropa limpia y entrando a la ducha, el agua está lo suficientemente caliente así que simplemente me quito la ropa y entro para que se haga cargo del cansancio del entrenamiento junto con el sudor excesivo, en síntesis todo lo ajetreado y estresante del día. Al salir voy a la cocina por un plato de cereal mientras sigo secándome el cabello, pensando en cómo voy a decirle lo que acaba de pasar, pero la mejor forma es decirle cómo pasaron las cosas, así que dejo mi toalla húmeda sobre una silla cuando termino de cepillarme los dientes.
Tomo una profunda respiración, como para armarme de valor, y entro a mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí sin usar el pestillo, para que podamos dormir en calma hasta que alguien decida entrar mañana por la mañana para despertarnos, aunque no es como si me fuera a escabullir detrás de él para dormir juntos, incluso si estoy contento con el resultado de la charla con papá.
Dejo la luz apagada aunque me doy una bofetada interna ya que de todos modos lo voy a despertar, espero a que mis ojos se habitúen a la oscuridad antes de dar los acostumbrados pasos hacia él, me arrodillo junto a su cabeza para jugar con su cabello mientras está recostado en dirección al muro, con una respiración que suena relajada, como si ya estuviera profundamente dormido, pero lo que hice es algo que no puedo dejar para mañana sin una buena explicación.
—Oye, ¿estás dormido? —susurro suavemente en su oreja, viendo que respira profundo antes de girar para verme, sus ojos brillando incluso en la oscuridad.
—No, aunque estuve a punto de hacerlo.
—Perdona si te desperté.
—No fuiste tú, es sólo que no tengo muchas ganas de dormir.
—Bueno, es como dijiste, mañana no hay nada que hacer.
—Eso es algo bueno.
Pongo mi cabeza todavía húmeda sobre su almohada, se mueve un poco hacia atrás para que tenga espacio, no obstante puedo sentir su aliento contra mi rostro mientras mi pulgar se mueve sobre sus cejas, mantengo nuestro contacto visual en la oscuridad hasta que decido que es suficiente de la tensión en nuestras voces.
—Muy bien, primero que nada lamento haberte enviado a la ducha, sé que no querías hacerlo pero en serio necesitaba hablar con papá.
—¿Sobre qué que no podía escuchar?
—Esa es la otra cuestión, el elefante en la habitación.
Se incorpora lentamente hasta quedarse sentado, abre las mantas para hacerme un espacio a su lado, me sorprende ya que no creí que fuera a hacerlo por el hecho de que hace no más de veinte minutos estaba molesto conmigo, y si no era eso entonces estaba teniendo una reacción adversa a mí, pero sea como sea me uno a él y a la calidez que su cuerpo generó, a la mirada que mantiene sobre mí.
—Iré al punto, papá sabía de nosotros desde hace millones de años, quiso hablarme sobre cosas que había notado entre nosotros y básicamente quería que le dijera la verdad de una vez por todas.
Respira más agitado con mis palabras, como si pensara que en algún momento él va a entrar para tomarlo del cuello y echarlo del departamento, como si ésta fuera alguna clase de despedida, para evitarlo deslizo mi mano debajo de las mantas para tocar su muslo, quizá no la más brillante idea porque de inmediato deja salir un gemido profundo, pero los círculos que hago cerca de su rodilla parecen enviarle el mensaje que quería darle con esa acción.
—Dijo que quería echarte ya que los dos estábamos abusando de su confianza y todo eso, por lo que le dije de que estabas aquí porque necesitabas ayuda en un momento difícil —su mano se desliza por mi brazo hasta entrelazarse con la mía, luego coloca su cabeza sobre mi hombro—. Le dije que no podía echarte porque te quiero, una afirmación sincera y real, y estaba sorprendido de escuchar algo así ya que nos ha dicho que no nos alleguemos a nadie, además de que no sabía qué decirme al respecto, sólo dijo que se hará a la idea y que estaba contento por mí, por los dos, y que piensa que me harás bien.
Los dos descendemos lentamente hasta quedar recostados, nos miramos en la oscuridad antes de que presione mi frente contra la suya y yo cierre los párpados.
—Me acabo de dar cuenta que eres parecido a tu papá.
Me río por lo bajo antes de simplemente moverme hacia adelante, dándole el beso que ansiaba tanto recibir después de un día llenos de subidas y bajadas, con situaciones que supe afrontar y que ahora nos benefician a ambos, aunque eso que dijo al final todavía resuena en mi cabeza, la incomodidad de que me compara con papá, algo que nunca me ha gustado del todo.
—No soy como papá, ¿o sí?
—Sólo en la terquedad, y que siempre quieren tener la última palabra.
Medito un poco lo que dice mientras abro los párpados y veo sombras formándose en el techo, algo que suele pasar cuando me quedo mucho tiempo contemplando la oscuridad, como si fuera el sueño que está por vencerme pero que de una forma u otra logro ahuyentar, quizá ahora porque él está conmigo.
—¿Y-yo…? —levanta la cabeza un poco, atravesándose con mi mirada—. Y-yo no soy como mi madre, ¿v-verdad?
Lo tomaría como una continuación del juego si no fuera porque en verdad suena a que está preocupado por la respuesta, como si el hecho de que le responda fuera a dar las cosas por sentado, lo que sea que eso signifique, por eso solamente me inclino hacia adelante para darle un beso en los labios, apenas una presión que lo sorprende lo suficiente como para distraerlo de su pregunta.
—Claro que no, no eres como ella. Ahora ven, duerme conmigo.
Coloca la cabeza de nuevo en la almohada y se acurruca a mi lado, deja salir una última larga respiración antes de quedarse quieto, sus manos apresadas contra mi cuerpo y sus piernas estiradas firmemente junto a las mías, su respiración roza en mi hombro descubierto mientras cierro los párpados lentamente.
Quizá estoy yendo sobre hielo delgado al ser la primera noche en que papá sabe de nosotros como pareja y que estoy durmiendo con él, pero ahora ya no tengo que levantarme temprano para regresar a mi cama. Tal vez las cosas cambien de ahora en adelante, un cambio para mejorar.
