Capítulo Décimo
Veridis Quo

1

El Gran Maestro Toffu, el icono imperial de lucha y artes marciales, se encontraba meditando en su gran salón de entrenamiento, cuando recibió la desagradable noticia de la muerte de Yalam, y el fracaso total en la incursión al bosque de bambú. Tuvo que armarse de todos sus recursos en meditación para no dejarse llevar por una furia delirante y hacer trizas todo lo que le rodeaba.
—¡Maldita sea! ¡MALDITOS! ¡HIJOS DE…!—entre palabrotas y gritos, golpeaba el suelo, abriendo cráteres en el lujoso piso de duela. Uno de sus mejores alumnos estaba muerto, y eso significaba una pérdida muy importante. En el ajedrez, se podía decir que le habían «comido» impunemente una pieza grande, sin nada a cambio. Y no había que olvidarse de los estúpidos mutantes, aunque cumplieron su misión de localizar la aldea, por el momento no servirían de mucho. Yakon y Yuri se encontraban muy separados en distintas regiones de China, asediando y recuperando territorios para el imperio, que el mismo emperador apoyaba. No podía concentrar de momento todas sus fuerzas en una estúpida aldea, como pensó en un principio. Y no deseaba ir él solo, no mientras Xian estuviera ahí.
No, no hay que precipitarse. Ellos vendrán a mí.
Reforzó el pensamiento, y después de dar cientos de vueltas en su mismo kwoon, se convenció de eso. Ellos buscaban venganza, él había matado a toda su aldea, a los Furiosos, a su Maestro, bueno, no, el estúpido de Shifu se había suicidado con su Megante, pero daba lo mismo. El panda, confiado, lo retaría, vendría al palacio…
¡Maldito panda!
Tenía que verlo. Tenía que conocerlo, hablar con él, y matarlo él mismo. Ya con esta, era la tercera vez que se le escapaba de las manos, de eso ahora estaba seguro. Tenía mucha suerte, y se había escapado por mero accidente, combinaciones de circunstancias, y la ayuda del que alguna vez fuera su maestro, el gran Xian.
Los accidentes no existen… eso lo dijo alguna vez Xian, eso lo decía Oogway…
—¡Mierda! ¡Sí, sí existen! ¡Y ése panda es el mayor de todos!
Con su propia energía, hizo polvo decenas de jarrones de porcelana, sin mover un solo dedo. Estaba como una olla que explotaría, no podía entender el porqué el panda seguía vivo, no…
Tú sabes porqué, Toffu. Sabes porqué se ha salvado. La Leyenda…
—¡Al diablo con la Leyenda! —al gritar, los muñecos de entrenamiento explotaron como globos. Tenía que tranquilizarse, poner en orden sus ideas…
Respiró profundamente, subiendo y bajando el pecho, hasta recuperar sus latidos normales del corazón. Se despojó de su kimono, y llegó desnudo a su santuario de meditación, la flor de loto dorada. En la misma pose de la flor, cerró su único ojo, y pensó. Una energía dorada subió por todo su cuerpo, y comenzó a flotar. Chispas de energía reventaban como luciérnagas ante el fuego, y su abundante cabellera también flotó, llegando arriba de su cabeza. Iba a ser parte del Universo, tenía que buscar la paz interior que tanto le había recalcado Xian en la época en que fuera su Maestro.
Meditación profunda.
Dentro de la bruma interior, muy parecida a la que había experimentado Maestra Tigresa mientras viajaba dentro de ella, apareció una imagen: era una panda roja muy hermosa, sosteniendo una sombrilla. Su atuendo y apariencia revelaban a una aprendiz de geisha, una maiko. Siempre que se hundía en su meditación profunda, y buscaba tranquilizarse, ella estaba ahí siempre, sonriendo discretamente. Pero en su sonrisa no podía dejarse de observar su triste belleza.
—Ya… Yaaki…
Ella se volvió, sonriéndole, pero su rostro aún mostraba una sonrisa extraña, como si un alfiler le pinchara en la mejilla.
—¿Por qué, por qué escondes tristeza, Yaaki?

2

Jamás olvidaría el día que Yaaki llegó a su vida. Era aún uno de los jóvenes discípulos de Xian, y entrenaba con su hermano Shifu en los inmensos patios del palacio imperial. Los cerezos aquella primavera florecían en estallidos de rosa y blanco que llenaban Ciudad Imperial de alfombras aromáticas. Toffu detestaba aquel olor y trataba de enfocarse en el entrenamiento básico. Ese día, templado, utilizaba todo su esfuerzo para conectar golpes, y no le importaba ser apabullado. Por una parte, la vida pudo cambiar para ellos al llegar a palacio, pero por otra, odiaba su vida actual. Pensaba que jamás podría tomar el control de su destino, siempre a la sombra del emperador, de Xian… odiaba su vida, y el único en quien podía apoyarse, era en su hermano y mejor amigo, Shifu San. Pero Shifu también comenzaba a despegar, a alejarse a ser un vil sirviente del emperador, eso no podía ser…

Esa tarde, cuando Toffu entrenaba, un murmullo de flauta traído por el viento, acompañado de flores de cerezo que flotaban por todo el palacio, llegaban hasta el patio de entrenamientos. Ese día, a diferencia de Shifu, Toffu se había quedado, golpeando hasta el cansancio el saco de piedras de río que Xian les ponía como castigo cuando no hacían sus tres mil abdominales y lagartijas requeridas durante la sesión del mediodía. Un asistente ganso, quien se encargaba de vigilar el patio, dormitaba aburrido.
—¿Quién hace ese sonido? —por estar distraído, Toffu pateó muy fuerte el saco de piedras, lastimándose la espinilla. Lanzó un juramento, frotándose la pata ensangrentada. La canción se interrumpió, y Toffu oyó claramente una risita burlona.
Maldita sea, quien tocara una estúpida flauta del otro lado de la valla interrumpiéndolo y además se riera de él, tendría que ser un imbécil o un valiente. Sonrió.
Usando las habilidades de un ninja, desapareció entre los pilares de uno de los templos, donde la oscuridad de la noche se hacía más presente, y subió al techo de una pagoda, justo encima de la valla que dividía los dos patios. Sorprendería a quien fuera, y tal vez lo haría sufrir un rato, sí. Nadie se burlaba de Toffu y salía ileso.
Pues sí, era verdad, del otro lado de la valla, un estúpido curioseaba su entrenamiento. Un cosquilleo subió por su pecho, cuando se dio cuenta de que aquel bulto lo buscaba a través de las rendijas de bambú.
Ahora verás, imbécil, por burlarte de mí…
Con la habilidad de un felino, saltó desde el techo de la pagoda, y descendió a unos centímetros a espaldas del curioso, sin hacer ningún ruido. Aún así, sintió su espinilla crujir por el último golpe. Una mano en el pecho y otra en la boca sorprendieron al curioso que gimió, y…
¡Esperen un momento, esto está, muy suave…! pensó Toffu, desconcertado. En un instante, vio estrellas, y sintió que su cabeza se partía en dos.
—¡AHHH! ¡Eres un… pervertido, maldito loco! —gritó una voz femenina, asustada y a la vez encolerizada. Toffu aún no podía enfocar su vista, pues ese golpe fue de los mejores que le habían asestado, todo a su alrededor lo veía desenfocado. Retrocedió por instinto, pero una patada formidable se hundió en su estómago, sacándole el aire por completo, y tirándolo de espaldas contra el suelo.
—¡Aughh! ¡E-espera, yo no, yo no…!
Dos manos, suaves pero firmes, atenazaban su cuello, y el cuerpo del extraño lo aplastaba, sin dar oportunidad a moverse. Sintió un aroma delicado, de los mismos cerezos, pero esta vez concentrado en aquella desconocida que lo ahorcaba. Tenía que ser un peleador muy bueno, tal vez de la guardia imperial. Lo asfixiaba y no podía moverse, tenía que aplicar todo su entrenamiento, ó moriría.
Con el último esfuerzo, pudo retirar las manos de su cuello. El aire le faltaba, pero recuperaba el enfoque de su visión…
¡Oh! ¿Qué… es esto?
Lo primero que vio Toffu, fue una panda roja, justo como él era… en la ciudad había visto pandas rojos, pero ninguno como… ella. Lo miraba con furia a través de esos ojos color del rubí, tan escarlatas que sentía que podía perderse en ellos. Era una chica de su misma edad, con el pelo anudado en una cola con unos palillos plateados, y vestía un kimono rosa con destellos también plateados que hacía juego con su mismo pelo.
—¡Déjame, maldito loco, suéltame, guardias, GUARDIAS!
—¡Shht, cállate, no te haré daño, yo entreno con Xian, espera…!
Toffu la soltó, y la chica panda retrocedió, con los puños en alto.
—¡Si me tocas otra vez, te mataré, no me importa que estudies con el Maestro Xian! —En los ojos de aquella chica brillaba el coraje que sentía por dentro.
—Pues síguete burlando. Estaba en pleno entrenamiento y tú me interrumpiste, niña. Además… ése sonido…
—Gracias a ti, rompí mi hsiao en tu cabezota, ¡eres un asno, me repugnas! —la chica gritó, y sin saber porqué, Toffu sintió su corazón latir dentro de su pecho, una emoción nueva al ver a esa panda con esos ojos… se tranquilizó al ver que no llegaría a nada discutiendo con esa aprendiz de geisha.
—Yo, lo siento… no era mi intención, no sabía que eras, bueno, una niña…
—¡Niñas, las que se chupan el dedo! Soy una maiko, y seré una gran geisha cuando me gradúe, panda tonto.
—No sabía que las maiko pegaran tan duro… ¿está eso en su formación? —Toffu esta vez sonrió al ver que la chica se ruborizaba, mirándose los pies, pero sólo fue un momento. Empezaba a encontrar el camino.
—No… yo sólo me defendí. Mis instructoras me enseñan las artes delicadas, pero yo tengo esto por parte de mi padre. Por cierto… ¿Qué rayos te importa?
Toffu sonrió, sobándose la cabeza donde el hsiao había impactado.
—No, por nada, sólo que me impresiona que una chica tan… linda, pudiera tener semejante fuer…
Uy, ¿lo pensó, o lo dijo? Toffu se quedó en suspenso, viendo a los ojos rojos de esa maiko. Ella también lo miraba desconcertada, con las piernas abiertas, en la misma postura. La chica lo miraba detenidamente.
A pesar de que las sombras de la noche eran más presentes, podía ver que aquel panda era atractivo, no lo había visto tan de cerca, sólo en los entrenamientos con su hermano y Xian detrás de la valla. Las geishas y maikos no podían pasar al lugar de entrenamiento de los varones, pero ella curioseaba, y en cierta forma, le atraía el joven panda de larga cabellera blanca y músculos desarrollados. Era…
—¿Qué dijiste? —a medida que la chica hablaba, el coraje disminuía, y Toffu lo sintió. Todo iba bien…
—¡No! ¡Nada! Dije que si quieres, puedo repararte tu hsiao, para que sigas tocando música, he he he. —sonrió, y su sonrisa debió de ser la más estúpida de su repertorio, porque la panda roja también sonrió discretamente, llena de vida, energía.
—¿Tú? ¿Un tosco hombre de batalla, pervertido además? Tendría que verlo para creerlo.
—Lo haré. Si me la dejas, la tendré lista mañana.
—De acuerdo. Si no, le diré a mi Maestra que me tocaste, y no será agradable. —dijo la panda en una pícara sonrisa. —Pero si la reparas… curaré tus heridas de entrenamiento durante una semana.
—Trato hecho, ¿Cómo te llamas? —Toffu ya no le importaba el entrenamiento, solo quería ver a los ojos a aquella hermosa panda maiko, el Kung Fu ya era cosa del pasado.
—No te lo diré, tonto. Te veo mañana, aquí mismo.
Diciendo eso, la panda se fue, corriendo. Su kimono ondeaba al ritmo de su trasero y cola anillada, y Toffu sintió una sacudida en el estómago.

3

DEL DIARIO DE YAAKI
Sábado 26 de marzo, año del Dragón

¿Qué es esto que me pasa?
¿Qué fue lo que pasó, por qué Toffu me hace sentir así? Es algo que no se compara con un entrenamiento, con una sesión de escritura, que es lo que más placer me da. Hoy nos vimos por tercera ocasión, y cada vez que lo veo me impresiona mucho más. Pudo reparar mi hsiao que rompí en su cabeza, y cada vez que platicamos, lo conozco más, y se me hace un chico muy interesante. Prometió que me enseñaría Kung Fu, dice que puedo llegar a ser una gran peleadora… aunque mi Maestra está en completo desacuerdo, cada vez que le insinúo si podría aprender un arte marcial, sólo me dice que las señoritas refinadas no pueden aprender eso… sería como un sacrilegio. A mí no me importa, mientras sea Toffu quien me enseñe… ¿qué cosas digo? Antes de conocer a ese chico, no me importaba más en a vida que llegar a convertirme en una geisha, pero… Dios, siento que mi corazón palpita, quiero ver a Toffu una vez más.

Domingo 27 de marzo, Año del Dragón

¡Qué padre es el Kung Fu! ¡Bárbaro! Toffu me enseñó las bases de la meditación, y los golpes básicos. A escondidas, sacó un muñeco de su kwoon y acondicionó una bodega que nadie usa para enseñarme. Golpeé y pateé, se sintió tan bien, me sentí yo misma… quiero aprender Kung Fu, y también ser una geisha, no creo que no se pueda. Puedo poner el mismo empeño en las dos cosas, lo sé. Toffu, a pesar que lo traté mal la primera vez que nos vimos, es muy bueno conmigo, y muy paciente. Sé que se esfuerza más que su hermano desde que me conoció, y eso me hace sentir… halagada. No había conocido un chico igual, me, me… me…

Martes 8 de abril, Año del Dragón

Hoy ya pude hacer un split perfecto, y Toffu está muy impresionado. Dice que jamás había conocido una chica que peleara tan bien. Aumentamos las sesiones muy de madrugada y ya entrada la noche, y es genial, siento mi cuerpo más fuerte, aunque me he llevado buenos golpes que trato de disimular cuando estoy en clases de maiko. Espero que la maestra no se dé cuenta de lo que planeo… por cierto, hoy en la noche no habrá entrenamiento, Toffu prometió llevarme a la ciudad a dar un paseo… estoy tan emocionada…

Miércoles 9 de abril, año del Dragón

Estoy en un limbo, flotando con mi cuerpo, siento que viajo, que me transporto a las estrellas y más allá. Anoche fue algo maravilloso, el paseo fue genial, participamos en un baile en la plaza de la ciudad, tomamos y comimos de lo mejor… y como él puede saltar muy alto, me llevó a la pagoda más alta de la ciudad, y ahí nos sentamos a admirar las estrellas y la ciudad iluminada abajo. Platicamos como no lo habíamos hecho, me contó de sus sueños, de ser un Gran Maestro, pero lejos del emperador, tener su propio templo y sus propios alumnos, proteger a los inocentes desamparados como él y su hermano alguna vez habían sido. Fue tan bonito… después de todo, Toffu era un chico peculiar, con sueños y metas. Se parece mucho a mí.
No recuerdo a qué hora fue, pero cuando me besó, sentí que algo revoloteaba dentro de mi pecho. Me dijo que me quería mucho, y que yo era la razón por la que él quisiera un futuro de luz. No le entendí mucho, pero creo que represento mucho en su vida. Bueno, el también es alguien muy importante para mí ahora, ji ji ji. Fue hermoso estar con él, ya no quiero separarme, le echaré más ganas que nunca a la escuela y a los entrenamientos…

Sábado 28 de abril, año del Dragón

No sé realmente que pasó, pero lo que sucedió hoy en la bodega de los entrenamientos, sólo puedo describirlo como magia. Fue algo tan… extraño al principio, pero después lo comprendí. Es el motivo por el cual yo estoy aquí, en esta vida. Toffu y yo nos besamos como nunca antes, nuestros cuerpos sudados por el entrenamiento, y jadeando. Sin decirnos nada, me quitó el kimono con delicadeza, yo lo desnudé, mis manos temblaban… sin embargo, nos contemplamos así como vinimos al mundo, con la mayor normalidad. Me abrazó, pude sentirlo, realmente lo que era Toffu. Acaricié su larga cabellera que me enloquecía, y el hizo lo propio, recorrió con su lengua mis pechos, mi intimidad… dioses, ahora que lo escribo siento algo parecido, fue una sensación intensa. Me dijo que me amaba, que lo que íbamos a hacer me iba a doler un poco… yo le respondí que mientras estuviera con él, no le temería a nada. Es verdad, al principio dolió, cuando introdujo su… en mi cuerpo, sin embargo, sabía, por alguna razón, que era lo más normal del mundo. Y entonces, todo lo demás fue delicioso, un placer más allá de todo lo pensado. Mis manos se crisparon en su pelo, blanco, hermoso, y él explotó dentro de mí, fue…

Domingo 30 de mayo, Año del Dragón

Estas últimas semanas he estado muy rara. Siento mareos repentinos, tiendo a comer de todo, y a veces me siento muy sensible, pero evito decirle algo a Toffu, llevamos tan buen ritmo de entrenamiento… y hemos disfrutado de nuestro amor, me he convencido que lo amo, y… ¡Ah! ¿Para qué me hago tonta? ¡Estoy esperando un hijo de él! Estoy muy segura de eso, siento que en mi cuerpo crece algo dentro de mí, algo hermoso que provoca todo lo extraño que me siento. No he sangrado desde que nos acostamos esa primera vez, y eso confirma mis sospechas. Conozco mi cuerpo, y sólo espero el momento para decírselo a Toffu… ¿se pondrá feliz? ¿Me abrazará y me apoyará? Siento mucho nervio, porque decidí que esta noche se lo diré. ¡Vamos a ser papás! Creo que no hay mejor dicha que esa… me siento tan emocionad

4

—¡AAAAHH! —Yaaki sintió un vacío de terror en el estómago, cuando la Maestra geisha, una loba que aún con el maquillaje puesto, a la luz de las velas parecía una careta monstruosa, la miraba acusadora, con el diario de ella entre las manos, leyendo con una velocidad tremenda, como era ella.
—¿Qué es esto, niña? ¿Sabes que lo que hiciste es el PECADO más grande de todos? No sólo por entrenar Kung Fu a escondidas, ¡ESTO! —le agitó su diario en las narices, montada en cólera. Yaaki aún estaba presa del buen momento que había pasado horas antes con Toffu, y tardaba en reaccionar…
—Pues así es… ¡Maestra, yo amo a Toffu, y nos vamos a ir de aq…!
Un bofetón acabó de tajo la frase de Yaaki, y el diario se estrelló en su nariz. La Maestra estaba furiosa, sus ojos lobunos chispeaban odio.
—Esto lo sabrá el emperador, y el maestro Xian —dijo, y cerró de un portazo su habitación. Por fuera, escuchó instrucciones a guardias imperiales que no la dejaran salir de sus habitaciones. No tenía miedo del emperador, porque era una gran persona, y tal vez comprendería, pero estaba decidida a irse con Toffu, lejos.
Acabó con los guardias, dejándolos fuera de combate. Ya dominaba muchos golpes y técnicas de lucha, y con una bolsa atada a manera de mochila cargando sus pocas pertenencias, abandonó las habitaciones de las maikos. Sólo quería estar a lado de su Toffu, y largarse de ahí con su hijo, era lo único…

5

—Hola, Toffu —la voz, susurrante, despertó al panda rojo y lo impulsó como un resorte, activando todos sus sistemas de defensa. Ojos azules lo miraban desde el marco de la ventana, y flotaban en la oscuridad como espectros de luz, eso era porque iba vestido totalmente de negro.
—¿Qué quieres? Estaba durmiendo…
—Esta noche. Ya todo está listo, llegó la hora.
—¿Qué? —Toffu no podía creer que ya fuera el día y la hora en que el plan Maestro se llevaría a cabo. El día D del imperio Chuan había llegado, y ni se había dado cuenta, menos ahora que había encontrado el amor de su vida y la razón para vivir un presente y futuro lejos de ahí. Había sellado el pacto del amor verdadero con Yaaki, y ahora…
—¡Levántate, Toffu! ¡Lo hemos planeado tanto, y los guerreros están listos para atacar! ¡Sun Yatsen aguarda nuestra señal!
—Yo… no lo haré, Shifu. Yo me iré de aquí, si quieres hazlo tú y quédate con el imperio, no me interesa ya.
Un golpe en la mejilla lo dejó aturdido momentáneamente, y esta vez pudo ver a su hermano mayor, mirándolo con esos ojos acusadores, justo como Po los vería la primera vez que entrara al salón de los Héroes.
—Si no vienes ahora, te mataré, Toffu. ¡Somos un dúo inseparable, no me salgas con que te echas atrás!
—Ya te dije que me haré a un lado. Quédate con la gloria, Shifu, yo me iré con…
—¿Eh?
—Yo me voy de aquí…
Shifu saltó al marco de la ventana, dio un vistazo abajo, y se volvió a Toffu, sonriéndole con una mueca insensible.
—Por cierto, el imperio ya sabe lo tuyo con tu noviecita Yaaki. Lo que hicieron en la bodega… he he he… lo vi todo, hermanito, todo.
Toffu sintió que un mazo se estrellaba en su cabeza.
—¿Qué? ¿Tú…?
—Nunca… me contaste de eso, Toffu. Creí que confiabas en tu hermano mayor, y lo mantuviste en secreto… pero estuvo bien, con eso entretuve a las geishas. Contribuirá al caos, he hehe…
—¿Qué, qué hiciste?
Un estruendo se escuchó allá abajo. Gritos y maldiciones por doquier. Las habitaciones de al lado se estremecieron en un mar de exclamaciones.
—Quieras ó no, estás en esto, hermanito. La vida de tu amada también depende de lo que hagas esta noche —sin más, Shifu saltó por la ventana, al encuentro con su destino, dejando a Toffu en ropa interior, con un torbellino de preguntas.

Yaaki corría lo más rápido que le daban sus piernas, intentando alcanzar las habitaciones de los discípulos de Xian, pero las explosiones y el caos ya reinaban en los aposentos del emperador. A la panda roja le asaltó un terrible presentimiento: estaban tomando el palacio, y la vida de Chuan corría peligro. ¿Qué debía hacer? ¿Ir con su amado y huir lejos, para siempre, a costa de las miles de vidas que eso podría representar? ¿O ayudar al emperador?

El emperador Chuan y su esposa aguardaban en sus habitaciones, a oscuras, con dos bebés en brazos. Les extrañaba que Xian o su guardia de honor no se presentara de inmediato al escuchar los estruendos en el ala este del palacio.
—Chuan… ¿Qué, qué es…? —la esposa del emperador, Li Ling, abrazaba a los dos pequeñitos, envueltos en unas mantas.
—¡Al rincón, mujer! No sé qué…
El enorme ventanal de la recamara se rompió en mil pedazos, Li Ling gritó, cubriendo con su cuerpo el de sus hijos, los herederos al trono. Una figura negra y encapuchada, como un ninja, entró de un salto a las habitaciones imperiales, con una espada curva en las manos. Los ojos azules, intensos bajo la máscara, le daban una total convicción… de matar.
—¿Cómo te atreves…? —fue lo único que pudo decir el emperador, cuando un lance rapidísimo del asesino incrustó la espada en su corazón. Li Ling gritó, y los bebés despertaron, comenzando a llorar. El enmascarado sacó la espada con un movimiento diestro, y se dirigió a completar su tarea.
—¡No! ¡A mis hijos no! —Gritó Li Ling, cubriendo con su cuerpo la cuna donde se encontraban los pequeños. El asesino, inmisericorde, empuñaba la espada, acercándose pronto acabaría todo, y tenía que hacerlo rápido…
El asesino enterró la espada en la garganta de Li Ling, quien sólo produjo un «¡Gug!» cuando la sangre chorreó como un torrente por la espada y la lujosa alfombra. Bien, estaba hecho, sólo faltaban los herederos…
El enmascarado sacudió la espada llena de sangre, y se dirigió a la cuna, donde los pequeños pandas lloraban a todo pulmón, como si supieran que habían quedado huérfanos. Sus ojos azules brillaron, empuñó la espada al primero… pareció dudar un segundo…
Un golpazo a la puerta de la habitación la abrió de par en par, y la luz del pasillo entró, iluminando la recámara imperial. El asesino, incrédulo, se volvió al umbral, donde una hermosa panda roja, con la mirada del mismo color, lo miraba en una posición de combate a muerte. Era Yaaki.
—¡Primero me matarás a mí, estúpido!
—Sí eso quieres… —susurró el asesino, sus ropas y la espada cortaron el aire, que se condensó durante unos segundos, mientras el enmascarado se lanzaba contra la panda maiko.
Yaaki le lanzó el bulto donde había empacado su ropa, y el asesino cortó la bolsa, desparramando todo su contenido, y desconcertándolo. Esto lo aprovechó Yaaki para meterle un rodillazo formidable en el estómago. Le arrancó la máscara, revelando al asesino del imperio Chuan.
—¡Tú! ¡No…!
Shifu, uno de los dos mejores discípulos de Xian, la miraba con esos ojos azules inyectados de sangre y odio. Se incorporó, manteniendo la postura defensiva.
—Nu… nunca me hiciste caso, Yaaki… ¿por qué a mi hermano sí?
—No… no puede ser… —Yaaki estaba pasmada, era imposible…
—¡Respóndeme, perra!
—¡Nunca me gustaste! ¡Siempre has sido un maldito egoísta! ¡No crees en nada, ni en tu futuro, Shifu! —le gritó al fin la panda roja, con las lágrimas en los ojos. No podía creerlo, el emperador, su esposa… iba a matar a los bebés…
—Con que eso era… —Shifu cerró los ojos, comprendiendo, y cuando los abrió, dio su sentencia de muerte— hubieras estado en mi futuro, al frente del imperio, pero eso ya no será posible, zorra. Morirás hoy, esta noche.
Otra explosión cimbró el palacio, y los rebeldes entraban en acción, en compañía de la Guardia Imperial. El Tigre que comandaba los ejércitos rebeldes, Sun Yatsen, debía estar ahora asediando el palacio. Lo único que interponía la victoria total de la insurrección se encontraba mirándolo con esos ojos rojos que tanto lo habían cautivado.
—Te perdonaré la vida, si te largas, y no miras atrás. Terminaré con la dinastía Chuan, y será mejor que te alejes de Ciudad Imperial para siempre. Sun Yatsen reinará y nos pondrá al frente con él. Respetaré tu decisión, si te haces a un lado. Y llévate a Toffu, no lo quiero volver a ver nunca más.
Por toda respuesta, Yaaki se puso en perfecta defensa flecha, y con la mano, lo invitó a atacar. Esto enardeció a Shifu, quien se preparó a embestir.
—De acuerdo. Te lo advertí, panda estúpida…
—¡Déjala, Shifu! —Toffu los miraba desde el marco roto del ventanal, y Yaaki se asustó al ver en su rostro una cólera que nunca había mostrado su amado, con su pelo largo que tanto amaba, ondeando al viento nocturno. No sabía si alegrase o asustarse…
—¡Hermano! ¡Llegaste a tiempo, liquida a los herederos, y terminamos!
—¡No lo haré!
El silencio que siguió sólo se cortaba por el incesante llanto de los bebés, cubiertos en la cuna. Toffu miró a Yaaki.
—¿Qué dijiste, Toffu? ¿Oí bien? —Shifu lo miró con una sonrisa, no podía ser que su hermano, inseparable, le contradijera así…
—Vete, Yaaki. Terminaremos esto ahora, Shifu.
—¿Me estás traicionando? —la cara de Shifu se volvió en incredulidad hacia su hermano menor. —¿Vas a dejar pasar la oportunidad de ser Alguien en esta vida?
Otro estruendo, más cercano, indicaba que el ejército rebelde aplastaba a los pocos fieles seguidores de Chuan. Gritos de guerra y otros ahogados en sangre provenían de los patios de abajo. Shifu aventó la espada a un rincón.
—¡YYYYIAAAAAA! —al mismo tiempo, los dos guerreros, sedientos de sangre, chocaron en golpes mortales y bloqueos de Kung Fu a una velocidad de torbellino. Yaaki no podía creer que dos hermanos buscaran el cuello de cada uno, era absurdo. Tenía que ayudar a Toffu, tenía que...
«ZUAK» «TAAAK»
Los golpes hacían eco a cada segundo, sin dar tregua y sin que se definiera una ventaja para alguno de los hermanos Rojo. Pero por fin, la suerte hizo que Toffu diera un golpe certero en el mentón de Shifu, arrojándolo a un costado de la cuna, donde estaban los cadáveres de la pareja imperial.
Yaaki vio lo que iba a ocurrir una fracción de segundo antes, porque Shifu agarró la espada que él mismo había arrojado y que le quedaba cerca, sin que Toffu se diera cuenta mientras se acercaba a él… iba a atacarlo por sorpresa...
—¡Cuidado! —sin pensarlo, la panda roja se arrojó a Shifu, interponiendo su cuerpo entre los dos…
—¡Nooooo! —el grito de Toffu quedó salpicado de sangre, suspendido en el aire, y grabado en su memoria seguramente por el resto de sus días. Shifu atravesó a Yaaki con la espada, y un borbotón de sangre tan roja como su pelaje surgió de su pecho. Shifu abrió los ojos, espantado… ¿Qué había hecho?
Yaaki cayó a un costado, temblando. Toffu no le importó que estuviera a la mitad del asedio de un imperio, que se jugara la vida en un combate con su hermano… Yaaki era lo único que importaba.
—¡No! ¡No, Yaaki! ¿Por qué lo hicisteeeee?
Yaaki lo miró, con los ojos rojos que tanto amaba, pero que poco a poco se iban apagando…
—Per… perdóname, Toffu. No debí… pero no me importó... te amo tanto… ¡cof, cof! — a cada palabra, la panda escupía sangre y vitalidad. Estaba herida de muerte.
—¡Estúpida! ¡No te mueras! ¡Si te mueres, te mato yo mismo! —la lógica de Toffu ya no cabía en sus pensamientos, estaba loco, y a pesar que aplicaba el Behoma a su amada, no funcionaba, eso quería decir que...
—A-Antes de que ocurra algo, quiero decirte… que… yo te lo iba a decir esta noche… pero… ¡cof! Creo que ya no… —las lágrimas brotaron como un grifo de agua y resbalaron abundantes por sus mejillas. Toffu tenía el alma y corazón partidos, no podía creer… y Shifu, Shifu miraba pasmado la escena, como si alguien muy alto lo hubiese despertado…
—¡No! ¡No hables, amor!
—Sólo quería decirte, que te amo más… que a mi vida… y que vas a ser… papá… vamos a ser…
Toffu sintió un bofetón que se extendió por todo su cuerpo, y el tiempo se detuvo, mientras el corazón de Yaaki dejaba de latir, pronunciando sus últimas palabras. La abrazó, intentando darle su vida para que regresara, pero era inútil, había muerto, y su hijo junto con ella.
—¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! —el grito, de dolor inmenso, surcó el palacio, y pareció oírse en toda Ciudad Imperial. Shifu temblaba, acababa de…
Acababa de matar a su hermano.
—¡No, no NO! ¡No me dejes, Yaaki, no! Íbamos a ser…
Esta vez, Toffu se volvió a Shifu, con los ojos azules chispeando una furia bárbara. Abrazó por última vez el cuerpo todavía cálido y con olor a cerezo de Yaaki, cogió el hsiao que había reparado y que se cayó en la bolsa que contenía sus ropas, y lo guardó en su pantalón. Se incorporó, enfrentándose a su hermano, con las lágrimas resbalando por su cara. Afuera, sonido de cascos, escudos y espadas atronaban por los patios y pasillos cercanos de palacio.
—Cometiste… una atrocidad… ¡maldito Shifu, malditos TODOS!
—Yo… yo no… —Shifu estaba impresionado de que Yaaki esperara un hijo de su hermano, no podía creerlo… en verdad, era imperdonable lo que había hecho. La conciencia cayó sobre él como un alud, enfriando sus deseos y ambiciones de controlar el imperio. Había matado el futuro de su hermano menor, y eso era lo peor de todo…
—¿No quieres matarme a mí? ¿Eso ibas a hacer? ¡Hazlo, hazlo ya! —le gritó, desabotonándose el traje de combate, y mostrándole su pecho. Mechones de pelo blanco le caían sobre su cara, dándole un aspecto lunático. —¡Si no me matas, entonces mataré a esos críos de panda, y seguirás tú! ¡Mataré a toda China, maldita sea!
—Yo no… no…
—¡Dejen de pelear! —el Maestro Xian llegaba, jadeando, con el pelo quemado y huellas de combate reciente por su cuerpo. Los miraba iracundo, comprendiendo al instante la escena. No podía creer lo que habían hecho sus discípulos con el Imperio. Como una chispa de esperanza, escuchó el llanto de los bebés que seguían pidiendo a su madre, cubiertos bajo el velo de la cuna. Ni Shifu ni Toffu parecieron oírle.
Xian se lanzó hacia ellos, pero cuando Toffu se volvió a él, y sus ojos azules se tornaron de un intenso violeta, sintió una fuerza impresionante golpear su conciencia. De una patada, Toffu lo mando a volar, estrellándolo en una de las paredes de la habitación. El sonido fue estremecedor. El maestro panda estaba aturdido y sorprendido de aquella fuerza bruta. Perdió el conocimiento.
—¡Vamos, mátame, Shifu, termina tu gran Obra! —lo retó Toffu.
Una explosión, la más grande que se había sentido, cimbró las habitaciones imperiales, y una luz cegadora cubrió la estancia. Toffu fue lanzado hacia delante por la onda expansiva de la explosión, y en un movimiento involuntario, la punta de la espada que Shifu sostenía cortó su ojo izquierdo, abriéndole un surco en el párpado. Toffu ya no pudo sentir el dolor del corte, porque se estrelló contra uno de los pilares de la habitación, y perdió el conocimiento como Xian.
Shifu salió ileso de la onda expansiva gracias a que el cuerpo de Toffu lo protegió involuntariamente del impacto, y aturdido, buscó a su hermano. Yacía inconsciente, y Xian también. Yaaki y la pareja imperial que él mismo había ultimado, descansaban para siempre a un costado de la cuna. Los bebés herederos seguían llorando, pidiendo comida, o el calor de una madre que ya no podrían tener…
—Soy… soy un… —buscó la espada asesina, tenía que terminar su trabajo…
Agarró la espada, y dirigió la punta de la misma a su corazón. No merecía vivir, era una tremenda escoria… a un instante de impulsar el filo dentro de su pecho, una mano, suave y firme a la vez, agarró su tobillo. Shifu se sobresaltó, al descubrir a Yaaki, con el último suspiro de vida, mirándolo suplicante.
—Shi…Shifu… cuida a mi Toffu, por, por favor… y a los herederos… no dejes que les pase nada, váyanse lejos, y cui…
Esta vez, Yaaki había terminado su agonía. Con la punta de la espada pegada al pecho tembloroso, consideró la opción que le daba la mujer que su hermano amó. Se acercó a la cuna de los bebés, y tomó uno de los dos herederos, que lo miraba con unos ojos verde esmeralda intensos. Seguro vio que no era su padre, y lloró con más fuerza.
—So-sólo podré llevarme a uno, y eso si puedo salir de aquí con vida. Ahora, sólo hay un lugar para mí en el mundo…
Dijo esto, cargó al pequeño panda, dedicó una última mirada a su hermano y a su maestro, musitando un «perdón» y saltó por la ventana que él mismo había roto.

6

—¡AAAAAAAARRRGGHHHH!
El grito de Toffu alertó a la guardia imperial. Había regresado de su meditación profunda reconectándose al presente, y cuando se dio cuenta, el torrente de lágrimas caía de su único ojo, recordando como si acabara de suceder lo de aquella noche. Los guardias entraron en tropel, preocupados por el Maestro.
—¡Lárguense, idiotas, estoy bien! —les gritó, y los soldados obedecieron al instante. Sabían muy bien de la furia del panda rojo, y se esfumaron prácticamente del salón principal de Toffu.
Tengo que matar a ese panda… ¡Los mataré a todos! A todo aquel que se atreva a ser feliz en mis narices… lo haré sufrir, y a esa Tigresa, le reservaré lo mejor. ¡Me dará un heredero, quiera o no!
Pero primero, estaba la cuestión de cuando le vería la cara a ese panda, el heredero al trono. Al fin lo había encontrado, después de mucho buscar y unir cabos, al fin reproducía en su mente aquella escena que no pudo ver, pero que imaginó sin duda. Pero lo que no entendía Toffu era la última petición de Yaaki. No podía ser. Cuando la dejó, ciertamente estaba… muerta. Tan muerta como ya lo estaba entonces sin ella y su hijo…
—¡GGGGGRRRRAAAAAAAAHH!
El salón de entrenamientos se cimbró, y el palacio pareció hacerlo también. El poder… por fin usaría todo el Poder para acabar con todos. Sólo quedaba el Guerrero Dragón entre él y su nuevo orden… de Caos.
Necesitaba comer. Sí, eso le caería de maravilla, ahora.
—¡Guardias!
Al instante, entraron los soldados que custodiaban su salón.
—Tráiganme uno… no, mejor dos niños, vivos.
Los guardias asintieron al instante. Cuando salieron, el panda rojo se relamió los dientes. Ahora el estómago crujía de hambre.
—Ya no estés triste, Yaaki, pronto acabaré con todo. Pronto, mi cielo.
La risa, lunática y patética, se elevó, y pareció congelar el palacio imperial.