Ni la historia ni los personajes me pertenecen


¿Te apetece un masaje?

A pesar de que sabía que el día sería difícil, a Bella le costaba creer que lo fuera tanto. La mochila que llevaba era tan pesada que cuando se detuvieron, al mediodía, pensó que no sería capaz de volver a levantar los pies. Las correas se le hundían en los hombros, y le dolían los muslos. Caminar a través de una jungla nunca era fácil, aun cuando no se llevara carga, pero cargada era una verdadera tortura. Hasta costaba inhalar el aire pesado y húmedo. Había que estar atenta para no tropezar con raíces, evitar el contacto con las malezas que causaban urticaria, y llevar un palo en la mano para ahuyentar cualquier clase de bichos que uno molestara al pasar.

Edward y los dos quileutes, Nathan y Laurent, parecían incansables, aunque Edward estaba empapado de sudor, mientras que los quileutes permanecían secos. Bella se sintió orgullosa de pensar que por lo menos tenía tanto aguante como los ayudantes, y más que Felix. Tal como sospechaba, los que peor lo pasaban eran James y Demetri, que no contaban con la preparación física necesaria para soportar el esfuerzo. Ese primer día Edward no les impuso un avance muy veloz, pero a pesar de todo ambos respiraban con ese jadeo profundo y ronco que indica una completa extenuación. Cuando Edward ordenó un descanso, se dejaron caer en el mismo lugar en que se encontraban, sin sacarse siquiera las mochilas.

Bella se sacó la suya y se sentó.

-Beban un poco de agua -aconsejó al notar la palidez de su hermano-. Y tomen una pastilla de sal. -Ninguno de los dos se movió. -Beban un poco de agua -insistió.

James abrió un ojo para mirarla con furia.

-¿Quién eres tú para darme órdenes? -preguntó-. ¡Mandona de mierda!

-Le conviene hacerle caso -intervino Edward con tono duro-. Ella sabe mucho más de esto que ustedes. Si quieren sentirse mejor hagan lo que ella les dice, porque si no están listos para continuar la marcha cuando lo estén los demás, los dejaré aquí.

Demetri no se metió en la discusión, y a los pocos minutos bebió de su cantimplora. Bella notó que también tomaba una tableta de sal. Pero la expresión con que miró a Edward no era agradable, y ella se dio cuenta de que, considerando que financiaba la expedición, no debía de hacerle mucha gracia la posibilidad de que lo de jaran atrás.

De mal humor, James siguió el ejemplo de Demetri y muy pronto empezó a sentirse mejor; por lo menos lo bastante como para comer una buena ración cuando Nathan sirvió la comida.

Cuando se preparaban para volver a iniciar la marcha, James se acercó a Bella.

-Creo que yo llevaré tu mochila, y tú llevarás la mía -dijo de malas maneras- Ya verás que entonces no estarás tan animada. Dudo que aguantes una hora. Si hubieras cargado el peso que te corresponde, no podrías haberte mantenido a nuestro ritmo.

A Bella no se le ocurrió nada que pudiera haber hecho para desencadenar tanto odio, y se giró para que su hermano no viera el dolor que se reflejaba en sus ojos. Era una tontería, conocía bien a Jaimes y sabía que no podía esperar ninguna clase de consideración de su parte, pero era su hermano y no lo podía borrar de su vida. Aun así le sorprendió comprobar lo vulnerable que se sentía ante sus ataques.

No le gustaba la idea de que James cargara con su mochila, ya que allí llevaba la pistola, pero no estaba dispuesta a discutir por ese motivo. No era tan importante.

-No toque la mochila de Bella -intervino nuevamente Edward. A él no le importaba lo que James Swan pudiera decir o pensar. -¡Pedazo de imbécil! Ella lleva tanto peso como usted, tal vez más. Pensándolo bien, ¿por qué no levanta las dos mochilas para comparar lo que pesan? Pero después deje la de ella con suavidad en el suelo y cierre la boca.

James permanecía de pie junto a la mochila de Bella y miraba a Edward echando chispas por los ojos.

-¡Levántela, le digo!

Con lentitud, Jaimes se inclinó y levantó la mochila de Bella. En su rostro se pintó el asombro y miró fugazmente a su hermana. Entonces volvió a adquirir una expresión burlona y se dispuso para tirar la mochila al suelo.

-¡Un momento! -advirtió Edward-. Dije que la bajara con suavidad.

Estaba plantado sobre sus pies, con la cabeza apenas agachada. Las manos colgando a los costados, pero era la imagen de un hombre listo para actuar. En sus ojos se pintaba la furia, pero James obedeció y bajó la mochila de Bella con suavidad. Sin pronunciar otra palabra se acercó a su propia carga.

-Estoy de acuerdo con Cullen -dijo Demetri en voz baja mientras alejaba a James para hablar a solas con él-. Cierra esa maldita boca. No me importa que odies a tu hermana. Si sigues con esa actitud, empezará a pensar que no tiene por qué aguantarnos, y no hay nada que impida que ella y Cullen sigan adelante solos. Haz lo que sea necesario para llevarte bien con ella. Y te advierto que es una orden.

James estaba de mal humor y furioso, pero cerró la boca. Bella levantó su mochila y se la aseguró. Edward se le acercó.

-¿Estás bien, preciosa? -preguntó.

Ella no entendió del todo el significado de la pregunta. ¿Edward querría saber si estaba dolida por la actitud de James, o si seguía demasiado cansada para continuar la marcha? Pero decidió que no tenía importancia, porque de todos modos la respuesta a ambas preguntas era la misma.

-Sí, estoy bien.

Edward les pasó revista uno por uno, asegurándose de que todos cargaran con lo que debían y que no dejaran nada atrás. Desde que desembarcaron se mostraba diferente; ahora se lo notaba cauteloso y alerta como un animal salvaje, y no perdía detalle. Hablaba con tono cortante y voz de mando, y a Bella ya no le costaba creer que fuera el mejor guía del Amazonas. Hasta su apariencia era distinta: tenía los pantalones metidos dentro de las botas y la camisa dentro del pantalón. Llevaba la pistola a la vista, en una pistolera sujeta a la altura de la cadera.

De su cinturón colgaba un gran machete y sobre el hombro una escopeta. Todo ese armamento podía guardar cierta relación con la actitud de acobardado respeto de James.

-¿Todo el mundo está listo? -preguntó Edward-. Bueno, ¡adelante!

Tomó la delantera, utilizando el machete para abrirse paso cuando era necesario. Lo seguían Nathan y Laurent con un remolque, y detrás de ellos iba Bella. Directamente detrás de ella iban Mike y Paul con otro remolque. Luego venían Quil, Emmett, Seth y Felix. James y Demetri cerraban la marcha, esforzándose para no quedarse atrás.

El descanso permitió que Bella recuperara sus fuerzas, pero después de dos horas de marcha empezó a costarle caminar. Las correas de la mochila se le clavaban en los músculos del hombro, y la incomodidad pronto se convirtió en verdadero dolor. Trató de cambiar las tiras de lugar, pero al hacerlo modificó el peso de la mochila y le resultó más difícil cargarla. Metió los pulgares debajo de las correas en los puntos de mayor presión, porque en caso contrario no sabía cómo lograría soportar varias horas más de marcha. Se prometió que para el día siguiente prepararía alguna almohadilla para protegerse los hombros.

Las piernas, aunque le dolían, aguantaban. Estaba acostumbrada a correr siete kilómetros al día y levantaba pesas con regularidad, pero nada la acostumbraba a llevar una mochila. No obstante, sabía que la situación sería más fácil al tercer día; sólo era cuestión de aguantar hasta entonces.

A sus espaldas, Mike le habló con suavidad. -¿Las correas le causan dolor, señora? Ella se volvió para mirarlo con una sonrisa.

-Sí, un poco. Mañana me prepararé unas almohadillas.

-¿No quiere poner su mochila en el remolque? Nosotros ni siquiera notaremos el aumento de peso.

-Gracias por el ofrecimiento -contestó Bella, emocionada por la actitud de Mike-. Pero si no soy capaz de llevar mi carga no merezco formar parte de la expedición.

-Pero usted es mujer, señora. No es lógico que lleve la misma carga que un hombre.

-En este caso sí lo es. Soy fuerte y muy pronto ya ni notaré el peso.

Al oírlos hablar, Edward los miró por sobre el hombro. Estudió a Bella, calculando su resistencia. Sin pronunciar palabra y evidentemente satisfecho, continuó la marcha.

Tal vez por consideración, o quizá por simple precaución, Edward ordenó que se detuvieran cuando todavía quedaban dos horas de luz. Bella se soltó las tiras de la mochila y se la sacó con cuidado. Le habría gustado dejarse caer al piso, pero todavía quedaba trabajo por hacer. Había que despejar una zona para armar las carpas, así que se puso un par de guantes antes de empuñar un machete para eliminar la vegetación.

-¡Cuidado con las víboras! -advirtió Edward.

-Gracias por la advertencia -contestó ella.

-Les gusta tenderse en el suelo entre las hojas caídas y esperar que su alimento se les acerque.

Bella se detuvo para revisar el suelo con cuidado, y después siguió trabajando con el machete. Sabía todo lo necesario acerca de las víboras y antes de empezar había revisado el terreno, pero la frase de Edward la inquietó y la obligó a volver a mirar. Aunque tuvo que admitir que eso no tenía nada malo.

Era mejor sufrir cierta inquietud que la mordedura de una víbora. A pesar de que llevaban el antídoto, los amenazaba la posibilidad de una muerte dolorosa.

Después de haber despejado un claro suficiente, armaron las carpas con rapidez formando un círculo alrededor de la fogata. James y Demetri armaron sus sillas plegables y se sentaron; sus rostros y posturas denunciaban una extenuación total. Edward no les ordenó que ayudaran, pues era evidente que no se hallaban en condiciones de hacerlo.

Nathan empezó a preparar la comida y todos se reunieron a su alrededor. Nadie hablaba mucho, porque todos estaban demasiado cansados por el esfuerzo del día. En cuanto terminaron de comer, Bella se retiró a su carpa. Le había indicado a Edward en el mapa la ubicación del siguiente mojón, y él le aseguró que por lo menos tardarían tres días en llegar. Hasta entonces no tendría que hacer más cálculos ni observaciones. Podría descansar, que era exactamente lo que pensaba hacer.

Después de asegurar el cierre con la cinta, se desvistió y utilizó toallas húmedas para limpiarse lo mejor posible, prestando especial atención a sus pies. Una ampolla o una infección causada por hongos le haría la vida imposible.

Todas las mañanas se ponía polvo fungicida en los pies y dentro de las botas, pero cada pequeña irritación debía ser tratada de inmediato, para evitar problemas mayores. Los calcetines limpios eran tan importantes como la comida y sus botas eran viejas y se adaptaban perfectamente a sus pies.

Cuando terminó se sentía mejor. Se puso ropa interior limpia, y, con un profundo suspiro, se tendió en la colchoneta.

-Bella

Era Edward. Ella volvió a suspirar, pero esa vez no de alivio.

-¿Qué?

-Te hace falta una friega. -Se dio cuenta de que luchaba por abrir el cierre relámpago. -¡Este maldito cierre se ha trabado?

-No, no está trabado. Lo aseguré por dentro.

-Entonces quítale el seguro.

-Estoy bien. No te preocupes por la friega.

-Abre el cierre. -Lo dijo en voz baja, pero con un claro tono de orden.

Bella frunció el entrecejo, enfadada.

-Prefiero sentirme mal mañana a tener que enfrentarme con esa friega -dijo directamente-. Sería una idiota si te dejara entrar.

Edward suspiró.

-Nada de trucos. Te lo prometo. Mantendré las manos quietas.

-¿Y por qué voy a creerte?

-Porque te doy mi palabra.

No era una razón de mucha fuerza, pero Bella vaciló. Una friega sería algo celestial; estaba tan dolorida que cada movimiento era una tortura. Y si no hacía algo con respecto a sus músculos cansados, al día siguiente estaría peor. ¿Qué sentido tenía sufrir sin necesidad? A veces el sentido común era algo incómodo.

Pero no sabía que era más peligroso; enfrentarse a una tortura al día siguiente o a esas manos, acariciando su piel…

-Bueno, está bien –murmuró no muy convencida-. Pero si haces un solo movimiento indebido, me vengaré de alguna manera. -Se sentó con una mueca de dolor, retiró la cinta aisladora y abrió el cierre.

-¿Quiere decir que has traído el bolso? -preguntó divertido Edward, mientras se arrastraba dentro de la carpa. Llevaba una lámpara y una botella de linimento. Con una ceja levantada estudió el trozo de cinta aisladora y sonrió.

-Da resultado -explicó ella.

-Ya lo creo. Bueno, tiéndete boca abajo. Bella obedeció, pero muy tensa.

-Te aseguro que estoy bien.

-No tiene sentido que sufras si puedo ayudarte a aliviar los dolores. A propósito, me gusta tu modelo. Hacía años que Bella no se ruborizaba, pero de repente sintió que se ponía colorada. Estaba más cubierta que si se hallara en traje de baño, pero el hecho de que fuese ropa interior confería a ese momento una especial intimidad. Y por supuesto, Edward tenía que mencionarlo. Era incapaz de contener un comentario sugestivo. Bella apretó la cara contra el colchón, mientras pensaba que, de haber podido moverse con rapidez, por principio habría tratado de pegarle.

Cuando él abrió la botella, el olor fuerte del linimento le hizo arder las fosas nasales. Edward vertió una cantidad abundante en la palma de la mano y comenzó a masajearle las piernas. Empezó por los tobillos y fue trabajando hacia arriba, masajeando los músculos agarrotados. Bella lanzó un murmullo de placer cuando acariciaba las pantorrillas, pero contuvo el aliento y lanzó una exclamación de dolor cuando Edward llegó a los muslos.

-Tranquila -murmuró él-. Trata de relajarte para que pueda quitarte el dolor. Dijo con una voz ronca.

La masajeaba con lentitud y suavidad. Pese a que ella desconfiara, esperando que esas manos se aventuraran a lugares indebidos, comprobó que no era así, y al rato el placer del masaje le resultó tan grande que dejó de resistirse. Poco a poco las manos de Edward fueron borrando toda su tensión. Se oyó lanzar pequeñas exclamaciones, aunque trataba de contener las porque sonaban lujuriosas.

-Ahora ponte de espaldas -ordenó Edward, y ella obedeció.

Le masajeó la parte delantera de los muslos, aliviando su dolor.

-Sabía que estarías en forma -comentó Edward-. Tienes buenas piernas, fuertes. Pero empezaba a creer que tu hermano y su amigo no lo lograrían. Se arrastraron a sus carpas en cuanto tú te fuiste. Ni siquiera se habrían sacado las botas si no los hubiera obligado.

-Es que no tienen ninguna experiencia en esto -comentó ella, adormilada.

-Eso es poco decir. Bueno, boca abajo de nuevo, para que pueda trabajarte la espalda. Sácate la camiseta.

Bella estaba adormilada, pero no tanto. Abrió los ojos y lo miró, furiosa.

-No te puedo masajear con el linimento si no te la sacas -señaló Edward-. Mira: esta noche no voy a hacer nada incorrecto. Me gusta que mis mujeres estén un poco más despiertas de lo que estás tú en este momento. Te duelen los hombros y la espalda y si no los masajeo esta noche, mañana estarán peor. Y lo sabes, así que no discutas.

Bella no confiaba en él, pero hasta el momento se había comportado bien y el masaje le resultaba celestial. Después de dirigirle una mirada de advertencia, volvió a acostarse boca abajo y luego se sacó la camiseta.

Lo oyó lanzar una risita, pero Edward se abstuvo de hacer comentarios. Vertió un poco de linimento sobre la espalda de Bella y luego se colocó a horcajadas sobre su trasero. Ella cerró los ojos, furiosa consigo misma. Debió haberlo sospechado.

Pero él no hizo más que inclinarse y masajearla con tanta fuerza que casi la sacó de la colchoneta, sobre todo cuando le clavó los dedos en los hombros doloridos. Bella lanzó un gemido ante ese dolor exquisito.

Edward le fue trabajando cada músculo, obligándola a relajarse. Ella se sintió incapaz de resistirse. Junto con el dolor, el masaje le quitaba las fuerzas.

Edward era un masajista excelente. No vacilaba en poner en juego la fuerza necesaria para hacer un trabajo a fondo. Y no hizo nada que ella pudiera objetar; la había relajado hasta tal punto que se sentía incapaz de ninguna reacción, ya fuese de aceptación o de rechazo. Lo único que podía hacer era permanecer allí tendida, adormilada y deseando que esas manos poderosas siguieran masajeándola una hora más. Era maravilloso, y finalmente se durmió.

En cambio él no creía poder pegar un ojo en toda la noche. Ella estaba tendida allí, profundamente dormida. Lo único que tenía que hacer era volverla y mirar a su antojo. Ni siquiera necesitaba tocarla.

Pero no, masajearla de esa forma le había puesto duro como una piedra. No entendía como se había podido contener y no la había tomado allí mismo, sin contemplaciones. El tacto de su piel era como la más pura seda, e incluso, cuando se dirigía a ella tenía que controlar su voz, para que esta sonara firme.

Se levantó maldiciendo en voz baja por entre los dientes cerrados y tapó la botella de linimento con violencia contenida. Le había dado su palabra. Debía estar fuera de su sano juicio. No podía creer que le hubiera prometido que no la tocaría; eso era una prueba de que estaba mal de la cabeza. Y aún más ridículo era que la tuviera a su merced y ni siquiera pensara darle vuelta para poder mirarla a sus anchas.

Contempló el pelo brillante de Bella que le caía sobre los hombros desnudos, las pestañas que sombreaban sus mejillas, la expresión relajada de su carnosa boca. Los sonidos que ella hacía mientras la masajeaba eran tan parecidos a los que podría haber lanzado mientras le hacía el amor...

Se estremeció e hizo un esfuerzo por sacarse las fantasías de la cabeza. No hacía más que torturarse y no sabía por qué. Jamás había estado tan obsesionado por una mujer. Obsesionado. No era una palabra que le gustara, y tampoco le gustaba su significado. Era una estupidez estar obsesionado por una sola mujer cuando había cientos de millones en el mundo, muchas de las cuales le encantaban. Estar obsesionado por una significaba que las demás habían perdido su encanto para él, y no se imaginaba que eso pudiera suceder jamás, Diablos, ¿qué hombre en su sano juicio podría querer que le sucediera eso?

Tal vez ése fuera el problema. No estaba en sus cabales. De lo contrario nunca habría hecho una promesa tan estúpida.

Pero experimentaba una extraña alegría con sólo estar sentado en ese pequeño espacio y contemplarla dormir y disfrutar de la cercanía de su cuerpo.

Lanzó un suspiro. Después apoyó una mano sobre el hombro de Bella, disfrutó un instante de la piel suave y sedosa y la sacudió con suavidad.

-Despierta, preciosa. -Su voz le pareció extraña, ronca. Se aclaró la garganta.

-¿Hummm? -murmuró ella.

-Ya me voy. Debes despertar para volver a poner la cinta aisladora en el cierre de la carpa.

Los pesados párpados se levantaron y la mirada de un par de ojos chocolate y adormilados se clavó en él. Durante un instante su expresión fue suave, pero enseguida cambió y se convirtió en desconfianza pura.

-No te preocupes -dijo él, arrastrando las palabras con su suave acento sureño-. No sucedió nada.- "y no poque no quisiera, preciosa" Añadió él para si mismo.

Bella se sentó. Se puso colorada ante el comentario de Edward, pero se contentó con mirarlo echando chispas por los ojos.

-Gracias por el masaje -dijo, tensa-. Me siento mucho mejor.

Edward levantó las cejas.

-Fue un placer.

-Es probable, pero gracias de todos modos.

-Te ofrezco mis servicios para mañana por la noche, por si quieres pedir turno con anticipación.

Estaba por contestarle que no se molestara, que estaría bien, cuando se contuvo por prudencia. Esperaba que para entonces habría desaparecido la mayoría de sus dolores, pero de no ser así, una friega sería más que bienvenida.

-Esperaré hasta mañana para ver qué pasa -dijo con naturalidad-. Si ya estás comprometido, no tendré más remedio que esperar.

Edward le guiñó un ojo.

-No olvides que mis servicios son muy buscados.

-No lo dudo.

Él se inclinó y la besó.

-Mira, nada de manos -murmuró con los labios contra los de ella. Bella no pudo menos que reír, de forma nerviosa.

¡Maldición! Fue tan maravilloso como antes. Bella se estremeció y no pudo menos que devolver el beso, disfrutando del gusto y el contacto de Edward.

Nunca debió haber permitido que la besara, porque su peor enemigo era la tentación... ¡y vaya si se sentía tentada! No era una estatua sino una mujer, y Edward Cullen era un puro hombre. Lo deseaba.

Así que lo besó. Su boca dulce y cálida. Edward se estremeció y ella experimentó una intensa satisfacción al comprobar que podía hacerlo retorcerse presa del mismo deseo que la acosaba.

Entonces él se alejó, con los ojos brillantes y la expresión dura.

-¡Maldición! -exclamó con violencia, mientras tomaba la lámpara y la botella de linimento. Bajó el cierre de la carpa y comenzó a deslizarse hacia a fuera, pero de repente se detuvo y se volvió a mirarla. -¡Jamás volveré a hacer una promesa tan imbécil! -ladró-. ¡Y coloca la cinta aisladora sobre este maldito cierre!

-Lo haré -contestó ella en un hilo de voz, mientras él salía de la carpa. Tanteó en la oscuridad en busca de la cinta, que seguía pegada a un costado del cierre, y la colocó en su lugar. Después se recostó y trató de dormir, pero el corazón le latía con fuerza.

Por dolorida que estuviera, no podía permitir que Edward le diera otro masaje. Sabía muy bien lo que sucedería. Ella no podría seguir resistiéndose a su cercanía, y él utilizaría toda oportunidad que se le presentara para minar sus defensas... que ya no eran demasiadas. Y en ese momento estaban decididamente tambaleantes.


A alguna le apetce un masajito?¿ , seguro que si. Ok, a ver cuanto duran estos dos, o más bien ella. Edward parece bastante dispuesto... jejjejeje. Nos leemos guapas. Bsotes.