10. Tensión sexual
Levantó la cabeza de la almohada y se aseguró de que los cortinajes de su cama estuviesen totalmente cerrados. Lo hizo a hurtadillas, aunque sabía que sus compañeras llevaban durmiendo más de dos horas. Suspiró, y se recostó totalmente, hundiéndose en las almohadas y deslizando con ansiedad la mano por debajo del pantalón corto del pijama. Se mordió el labio en cuanto la yema de su dedo corazón rozó su intimidad. Curvó la espalda cuando comenzó a notar la placentera sensación que le recorría la entrepierna.
No era algo que hiciese muy a menudo. Es más, le daba bastante vergüenza hacerlo y más allí, con sus compañeras durmiendo al lado. Pero de vez en cuando, como a rachas, había algo en su interior que le pedía un poco de relajación, un poco de sensualidad, y su mente echaba a volar sin ningún límite. Había veces que el hecho de estar rodeada de sus amigas era un incentivo para llegar a la cima más pronto.
Suspiró cuando el cosquilleo se intensificó, llevándose una mano al pecho y comenzando a juguetear con uno de sus pezones. Hacía bastante desde la última vez que se calmaba a sí misma. Desde que pasó todo aquello con Stefan no podía dejar de pensar en él cuando lo hacía. Pero aquella vez era diferente. Quizá se debía a las continuas escenas subidas de tono que había interrumpido, o a la necesidad de estimulación sexual que existía en su vida. Anne no estaba segura de qué era lo que había despertado aquel calor incontenible en su interior, ni de por qué no podía apartar de su mente el tacto de las manos fuertes de Sirius tirando de ella para besarla, de sus labios jugando con su boca o de su pelo revuelto después del beso. No sabía por qué no era capaz de apartar de su memoria la manera en la que agarraba el trasero de aquella chica, o la forma en la que su nuez se movía arriba y abajo cuando se reía. Un gemido quedo escapó de su boca, cerrándola al instante y echando la cabeza hacia atrás. Empezaba a notar cómo las sábanas se pegaban a su piel y cómo las piernas se tensaban sobre el colchón. Y entonces dejó volar su imaginación, sin ponerse ninguna censura, y se dejó llevar, volviendo a aquella primera noche que había dormido esposada a Sirius.
El moreno estaba a su lado, dormido, con el pecho desnudo pegado a su espalda y la mano esposada rodeando su cintura. Podía sentir a la perfección el suave bello de su pecho rozándole y la pesadez de su brazo caer descuidado sobre ella. Se giró con cuidado, quedando boca arriba y sorprendiéndose de lo cerca que estaba la boca del chico. Respiraba profundamente. Un mechón de pelo caía sobre sus ojos cerrados y la boca, jugosa, estaba entreabierta con suavidad. Sintió un nerviosismo excitante en su estómago, que bajó hasta instalarse en su bajo vientre. Los pezones se erizaron contra la camiseta que él le había prestado. Dobló un poco la pierna, presionando el colchón, intentando acallar su excitación.
Descuidadamente, y engañándose a sí misma al decirse que había sido sin querer, dejó caer la mano desde su cadera hasta la entrepierna del chico. Quería llamar su atención, despertarle y ver qué sucedía. Porque si algo sabía era que, si Sirius la veía en aquel momento, se daría cuenta de la gran necesidad que sentía. Se removió un poco, pegándose a él, y se sorprendió cuando el brazo del chico respondió apresándola mientras gruñía suavemente. Su piel, increíblemente sensible, alzó banderas y su pecho comenzó a latir desenfrenadamente. Podía notar la humedad que empezaba a inundarla y cómo, si no le ponía remedio, iba a empezar a convertirse en frustración. Enfadada por lo que sentía giró de nuevo bajo su abrazo con dificultad, y volvió a darle la espalda. Pero entonces algo la hizo abrir los ojos sorprendida. Un gran bulto, a la altura de su trasero, apretaba sus glúteos con fuerza.
Anne notaba su brazo rodeándola y la fuerza de su excitación crecer tras de sí. Empezaba a preguntarse qué estaría soñando el chico para estar de esa forma cuando su brazo se movió casi imperceptiblemente, subiendo un poco hacia su pecho. La rubia tragó saliva y, para su sorpresa, se pegó aún más a él, como una señal a gritos para que no parase si es que estaba despierto y no había sido un reflejo del sueño. Entonces el brazo volvió a moverse y, colándose por debajo de la camiseta que tenía algo remangada y retorcida, con la palma completamente abierta, fue subiendo acariciándole el estómago. Anne sintió su respiración en el oído, que ya no era suave y acompasada, sino que era fuerte y entrecortada. La mano subía y la cadena de las esposas tiraba de ella, que no le frenó. Colocó su mano sobre la suya y lo acompañó en sus caricias. Sirius, animado por aquel gesto permisivo, acercó su cabeza a ella, logrando que su respiración cayese sobre su nuca. Se mordió el labio mientras suspiraba, moviendo mínimamente la cadera cuando su aliento rozó su cuello. Se sentía a punto de explotar. Quería darse la vuelta y besarle y morderle y arañarle pero la sensualidad del momento y el placer que aquel lento avance estaban provocándole le pedían que esperase, que disfrutase de cada caricia.
Sirius subió aún más su mano, haciendo presión con toda ella a causa de la excitación. Finalmente llegó a sus pechos. Remoloneó un poco en la línea inferior de estos, acariciando descuidadamente la curva rellena sobre la que caían, y tras unos segundos avanzó por el medio sin aflojar la fuerza de su caricia, logrando que Anne soltase el aire temblando y, echando la cabeza hacia atrás, hundiese la boca del moreno en su cuello. Se sentía totalmente a su merced, como si él fuese dueño de cada milímetro de su cuerpo. Sirius comenzó a besarle el cuello, jugueteando con la parte inferior de la oreja y mordisqueando la piel, lo que hizo que Anne se pegase más a él curvando la espalda, impulsada por un instinto absolutamente primario. El moreno aprovechó ese momento para, su mano cubierta por la de la rubia, que parecía querer seguir cada movimiento suyo al milímetro, rodear uno de sus pechos y apretarlo con lentitud pero firmeza. Estaba al borde del colapso.
Sirius, que no controlaba su respiración tan bien como parecía controlar la situación, se apoyó sobre el codo y se apresuró a llevar los labios a su garganta, permitiéndola que se girase para quedar boca arriba. Fue el principio del fin, porque hasta ese momento todo ocurría como si ninguno de los dos quisiese revelarse conscientemente partícipe de aquello. El moreno llevó la mano esposada a un lado, obligándola a hacer lo mismo con la suya, dejando su pecho al descubierto. La luz de la luna que entraba por la ventaba la iluminó y Anne se sintió una diosa del erotismo. Los ojos del chico, negros en la penumbra, la recorrieron con hambre y, finalmente, se abalanzó sobre su boca. Compartieron un beso salvaje mientras sus manos esposadas se entrelazaban a un lado. Sirius llevó la otra mano a su pelo rubio, hundiéndola en este y ella aprovechó para acariciar el contorno de los músculos de su espalda. Sus labios parecían encontrarse en una batalla y las respiraciones parecían querer destruir las barreras de ropa y sábanas que se interponían entre ambos. Anne gimió al sentir su lengua perfilar el contorno de sus dientes y se mordió el labio cuando Sirius se separó de ella y miró su pecho. La camiseta estaba enrollada sobre este a causa de su anterior incursión y el chico no dudó en bajar la cabeza y comenzar a besar su garganta, descendiendo hasta la mitad de sus pechos y pasando la lengua entre estos. Después comenzó a besarlos, a un lado y al otro sin llegar a dedicarse a ninguno plenamente, acercándose cada vez más a su cima. Sentía que se derretía bajo sus caricias, que enloquecería si no se hacía con sus pezones de una vez y se pegaba a ella cubriéndola por completo. Se fijó en la forma en que la sábana había dejado al descubierto una de sus piernas y cómo, si tiraba un poco, dejaría su trasero desnudo al aire. Porque no llevaba nada de ropa, cómo iba a hacerlo si esta le quemaba como las brasas. La rubia sonrió arqueando la espalda al sentir cómo finalmente su boca rodeaba uno de sus pezones mientras la otra mano agarraba el otro y empezaba a tironear de él con cuidado, jugueteando. Sentía escalofríos cada vez que su lengua pasaba sobre este y notaba como esas ráfagas de energía se concentraban cada vez más en su entre pierna. Llevó su mano libre a la espalda del moreno y, con todo el desparpajo y la poca vergüenza que le quedaban, tiró de la sábana hacia un lado.
Sirius levantó la cabeza y la miró sorprendido, sonriendo salvajemente. Pero Anne no le dejó resarcirse y bajó la mano hasta encontrarse con su dureza. La rodeó con cuidado, logrando que Sirius gruñese y cerrase los ojos, y llevó un dedo a la punta, humedeciéndola con la excitación que empezaba a emanar del chico. El moreno suspiró, subiendo para besarla de nuevo y apoyándose parcialmente sobre ella, obligándola a retirar la mano por la postura y a subir el brazo esposado sobre su cabeza. El beso esta vez fue más lento, pero mucho más profundo. Anne se sentía absorbida por él, totalmente rodeada por su enorme cuerpo. Sirius llevó la boca de nuevo a su cuello mientras con la mano acariciaba su cintura. Tiró de su propio pantalón, que vestía la rubia, y esta levantó la cadera ayudándole a bajarlo. Lo retiró mientras acariciaba con la mano sus nalgas y continuaba descendiendo por la parte inferior de la rodilla, dejando que la prenda se escurriese hasta sus tobillos. Rodeó la pierna, obligándola a abrirse para él, y subiendo con suavidad por sus muslos llegó hasta su entrepierna. Anne suspiró, enredando la mano en su pelo moreno y apretando la que permanecía esposada y entrelazada con sus dedos. Sentía cómo acariciaba lentamente la piel de su muslo, demasiado cerca de su excitación. Podía notar su dureza contra su cadera y el esfuerzo que estaba haciendo por contenerse, pero ella quería gritarle que no lo hiciese, que no hacía falta, que estaba lista para recibirlo, cuando finalmente separó los labios de su sexo y acarició con los dedos su clítoris hinchado. Anne gimió sin poder contenerse y Sirius se rio gravemente cuando sintió su humedad. La chica quiso mover la mano esposada, pero Sirius afianzó su brazo y la obligó a permanecer totalmente expuesta ante él. El moreno levantó la cabeza y la miró a los ojos mientras sus dedos comenzaban a juguetear con ella. Anne intentó cerrar las piernas a causa de la fuerza de las sensaciones que el chico le provocaba, pero Sirius se lo impidió colocando una de las suyas entre medias y ampliando aún más su sonrisa burlona que rebosaba deseo. La rubia volvió a gemir cuando notó como uno de sus dedos se colaba en su interior, inquisitivo y experto. La palma de su mano rozaba su clítoris y Anne se removía, inquieta e incapaz de soportar aquel placer insoportable que la recorría a oleadas. Arqueó la espalda y empezó a moverse contra su palma de forma rítmica, siguiendo sus movimientos, follándose su mano. Y no era capaz de controlarse. No era capaz de moverse combatiendo su fuerza ni de hacer otra cosa más que rendirse ante aquel placer y dejarse llevar. Pero justo cuando sentía que un cosquilleo empezaba a instalarse en la parte baja de su vientre, anunciándole la llegada del orgasmo, el moreno cogió aire y se movió con rapidez, colocándose entre sus piernas y, mirándola a los ojos, la penetró por fin.
Sirius se incorporó alarmado en su cama, logrando que los muelles de esta se quejasen con chirridos agudos. Tenía la camiseta pegada al pecho y su respiración entrecortada hacía que este subiese y bajase con fuerza. Tragó saliva y se llevó una mano al pelo, echándoselo hacia atrás. Había sido el sueño erótico más real de su vida, tanto que cuando miró su entrepierna y la descubrió totalmente alerta y dispuesta, bufó y se volvió a tumbar. Había sido ahí, en su cama. Aún podía ver los pechos llenos y pálidos de Anne frente a él y sentir su humedad en la mano. Podía oler su excitación en la cuenca de su clavícula y escuchar sus gemidos y suspirosjusto a su lado. Apretó los dientes, molesto por su dureza e incómodo con las imágenes que lo avasallaban. Narices, su mejor experiencia sexual había sido un sueño. Con Anne Baley.
Una Anne Baley que no era virgen.
Recordaba la alarma que había saltado en su cabeza cuando se dio cuenta e, inmediatamente, se despertó. ¿Por qué había sido tan importante como para no poder terminar de disfrutar aquella delicia de su subconsciente más pervertido? Vale, daba por hecho que la friki antimagia sería virgen. Nunca la había visto hablar con un chico más de dos palabras, pero tampoco es que lo hubiese pensado demasiado… Ni si quiera podía contar con la información del beso que se dieron, ya que la participación de la rubia fue mínima antes de que lo empujase.
¿Sería virgen?
Esa pregunta se repitió en su cabeza en una espiral durante toda la noche que pasó dando vueltas sobre la cama. Cada vez que recordaba la forma experta en la que su lengua se movía, se preguntaba si besaría con aquella maestría en la vida real y dónde habría aprendido si así fuese. Cuando pensaba en el sabor dulce de sus pezones endurecidos, se preguntaba si habría estado con otro chico que la hubiese probado antes. Cuando sentía su miembro hincharse de nuevo al recordar la forma en la que lo rodeó cuando finalmente la penetró, se preguntaba quién sería ese afortunado que le había quitado la virginidad.
Sirius terminó por levantarse, dos horas antes de su hora habitual, para huir de aquellos delirios y celos absurdos que su mente estaba ideando. Y de la imagen de Anne tumbada justo en su cama, retándole con aquellos endiablados ojos verdes.
-O-
- Me pilló de sorpresa, te lo juro.
Lily caminaba junto a Anne hacia el Gran Comedor, aunque ambas se habían asegurado de bajar tarde para no tener que encontrarse con ciertos morenos.
- Pero te gustó. – afirmó la rubia. – Sólo había que verte…
- ¿Y tú de donde venías con Black?
- Yo no venía de ningún lado con Black. Venía de la tutoría y me lo encontré con Miranda Collins dándose el lote.
- ¿Y dejó de hacerlo porque les pillaste?
Anne frunció el ceño, confundida porque no se le había ocurrido pensar por qué Sirius había venido tras ella, con lo entretenido que parecía con la morena. Inmediatamente una oleada de calor subió por su pecho hasta instalarse en sus mejillas, logrando que bajase la cabeza avergonzada. Aún no se perdonaba esa fantasía erótica de la noche anterior. En esas situaciones nunca negaba nada a su imaginación pero lo cierto era que fantasear de esa manera con Sirius era algo totalmente vergonzoso. Jamás podría aceptar que sus deseos más ocultos se hubiesen desbocado imaginando al moreno tocándola como lo hizo en su mente, ni si quiera podría aceptar esa falta de vergüenza por su parte. Menos mal que aquello quedaría para sí misma y su conciencia.
- Buenos días, chicas.
Remus se unió a ellas al salir del baño de los chicos de la planta baja, casi al lado del comedor. Con su sonrisa amable se situó al lado de Anne, mientras las chicas le saludaban y rezaban porque sus amigos no estuviesen por allí.
- Oye, Anne, ¿recibiste ayer malas noticias? Te noté un poco preocupada con la carta que te llegó.
La chica tragó saliva y se encogió de hombros.
- Nada en particular – contestó poco convencida – Ya sabes, mis tíos van a ir a cenar por navidad y no les aguanto.
El castaño entrecerró los ojos sonriendo. Lily y Anne apartaron la mirada, ambas incómodas por esa forma peculiar que tenía el chico de escrutarlas y que parecía ver más allá de lo que decían.
- Bueno, la familia es familia. No la elegimos así que habrá que aguantarse – comentó descuidadamente.
- ¿Desayunas hoy solo, Remus? – preguntó Lily, cambiando el tema de conversación con habilidad.
- Sí. Sirius se ha despertado inusualmente pronto y ha bajado a desayunar a primera hora y James… - Lily no pudo evitar mirarle directamente, ansiosa por saber cómo se comportaba el moreno después de su beso de la noche anterior – ha dicho que no tenía hambre. Peter estará allí ya, supongo. – Pero a las dos chicas les daba igual Peter, cada cual estaba perdida en sus propios pensamientos.
Lily no podía comprender qué era lo que le pasaba al moreno. Su comportamiento la confundía. Siempre había estado detrás de ella, aclamando su amor a los cuatro vientos, y de pronto la rehuía y sin embargo la besaba como si se le fuese la vida en ello. Eso sí que no lo había hecho nunca, aunque se lo había sugerido varias veces. Era como si no hubiese podido evitarlo. A la pelirroja le había costado dormirse recordando ese momento.
- No sé qué le pasa a James últimamente ¿tú has notado algo?
- ¿Eh? – Lily le miró asustada de que el castaño le hubiese leído la mente, pero el chico continuaba caminando con dejadez, con las manos en los bolsillos, sin ningún tipo de mirada incriminatoria en sus ojos color miel.
- He notado que ya no te molesta ¿ha pasado algo?
- Mmmm – Anne sonreía con ironía a su lado, pero permanecía callada – Después del jueguecito ese nada, que yo sepa.
Remus masculló pensativo y finalmente se encogió de hombros.
- Hombres, supongo – comentó con burla, logrando que Anne se riese por lo bajo. - ¿Vais a ir a Hogsmeade?
- Claro, es la salida antes de Navidad, es casi obligatoria – dijo Anne, alegre de dejar atrás los temas referentes a chicos.
La conversación continuó acerca de las vacaciones, los regalos y la familia a lo largo de todo el desayuno, logrando que las dos Gryffindor se distrajesen de todo lo que tenían en la cabeza. Pero cuando llegaron las clases y tuvieron que encontrarse finalmente con los chicos ambas volvieron a sentir que se hundían en sus pensamientos. Anne había sorprendido un par de veces a Sirius mirándola con un brillo extraño en los ojos grises y Lily, al contrario, había buscado la mirada de James durante todo el día. Cuando llegó pociones y tuvieron que sentarse juntos, porque Slughorn no había permitido que volviesen a sus sitios habituales, James se obligó a intercambiar un par de palabras con ella y la pelirroja se sorprendió al descubrir que una de las cosas que impedían al chico comportarse como era habitual en él era la vergüenza. Jamás pensó que sería él quien se sintiese así, mientras ella no podía parar de pensar en su beso y desear, secretamente, que volviese a repetirse.
Por su parte, James sentía que explotaría a causa de la tensión que estaba acumulando. Tenía que permanecer alejado de Lily o, de lo contrario, a saber cómo acabarían las cosas. Vale, sí, siempre se había sentido atraído por ella, pero el juego de perseguirla se debía más a una cuestión de costumbre que a otra cosa. O eso pensaba él. Por Merlín, se había equivocado tanto pidiendo a Remus que fabricase ese juego… Ahora no podía dejar de pensar en ella, y no en formas de molestarla, sino en formas de tenerla cerca. Y el beso de la noche anterior lo había empeorado todo aún más. Se había acostado con una tremenda culpabilidad pendiendo de sus hombros mientras, por otro lado, su estómago saltaba enloquecido por la alegría. No podía dejar de pensar en la suavidad de sus labios y en la delicadeza de su respuesta. Ni si quiera podía dejar de notar el tacto de su cintura en la mano o el olor de su pelo rodeándole. Le había costado un mundo hacer que su erección descendiese antes de dormirse.
Y ahora la tenía al lado, mirándole y buscando una respuesta por su parte. Jamás pensó que Lily pudiese responder así ante él. Vale, últimamente estaba empezando a tener pensamientos acerca de ella que iban más allá de la molestia y el juego, como cuando volaron juntos, pero aún en ese momento ella había guardado la distancia con sus comentarios silibinos y punzantes. ¿Por qué ahora se mostraba tan dispuesta? Se negó a algo así, lo más seguro es que quisiese hablarlo. Era una chica, todo lo hablaban. Pero él no iba a hablar nada, se negaba a ello, se apartaría de ella hasta las últimas consecuencias y pasase lo que pasase no volvería a mirarla nunca más.
- ¿Potter?
James se giró como un resorte y la miró a los ojos.
- ¿Has acabado de cortar la inviraíz?
El moreno se giró hacia la mesa de nuevo, maldiciéndose por haber vuelto a perderse en esos ojos verdes como estanques profundos, y formó una montaña con los trocitos que había estado cortando.
- Sí – gruñó, cogiendo el montón y echándolo en el caldero.
El silencio volvió a instalarse entre ellos. Era tan tenso e incómodo que James hubiese preferido correr en calzones por todo el colegio a continuar allí, a su lado, donde de vez en cuando el olor a lavanda de su pelo inundaba su alrededor.
- Oye, James – el moreno tragó saliva al escuchar por primera vez su nombre en boca de la pelirroja – Con respecto a lo de ayer…
- No te preocupes – la chica le miró con los ojos entrecerrados. – Para mí está olvidado.
Lily cogió aire sin dejar de mirarle y asintió con la cabeza.
- Claro, para mí también.
Ambos volvieron a sus tareas respectivas y ambos intentaron apaciguarse después de haber escuchado aquellas palabras en labios del otro. Lily se gritaba mentalmente por ser tan estúpida, ya que al fin y al cabo siempre había pensado que James era un maldito chulo arrogante, pero de pronto lo había olvidado y se había pensado que ¿qué? ¿Qué con ella sería distinto?
James apretaba la mandíbula. ¿Por qué había dicho que estaba olvidado? ¿Y por qué ella lo había olvidado? No podía haberlo olvidado, era una chica, las chicas nunca olvidan esas cosas, y además llevaba todo el día mirándole ¿qué narices les pasaba a las mujeres? ¿Por qué eran tan malditamente complicadas? No podía ser como las demás, que le perseguían durante días después de haber estado con él. Vale, él quería alejarse de ella pero a su ego no le vendría mal saber que se había rendido finalmente. Porque la noche anterior lo había hecho: se había pegado a su cuerpo como si fuese agua en medio de un desierto y le había devuelto el beso con verdadera devoción. ¿Por qué mentía? Él lo hacía porque se negaba a enamorarse de nadie y no quería que ninguna chica lo apresase tan pronto, pero ella era una chica, las chicas siempre querían estar con alguien.
Bufó y miró a Sirius, que al otro lado de la clase le sonreía burlón. Le hizo una mueca molesta y alargó la mano hacia el cuchillo para continuar con tu tarea, sin darse cuenta de que Lily tenía la misma intención y logrando que ambas manos chocasen. Los dos retiraron la suya alarmados.
-Disculpa…
- No, disculpa tú.
Una carcajada les hizo levantar la vista y mirar hacia el lugar en el que Sirius les miraba mientras se reía y Anne sonreía de medio lado, intentando no mirarles. James apretó aún más los dientes y Lily se mordió la lengua. Malditos eran sus amigos.
-O-
- Bueno, supongo que basta que los interrumpas en algún momento para que surja el amor ¿no? – preguntó Sirius con sorna, removiendo el caldero. Anne enarcó una ceja.
- Tú y yo no bromeamos, Black – respondió, acercándose a él para echar la inviraíz cortada en la poción. Sirius tragó saliva al tener su pelo corto tan cerca. Era tan pequeña que estaba seguro de que podría levantarla con un brazo. – Y tampoco hablamos.
- Oh, sí que hablamos, Baley – silabeó volviendo a su tarea – Sobre todo porque me gustaría saber cómo es eso de ir topándote con la gente en momentos íntimos mientras tú no te comes un colín.
Anne cogió aire, intentando apaciguarse y borrando con gran eficacia el remolino de sensaciones que había acumulado en el estómago al recordar lo acertada que había estado al imaginarlo en su fantasía sexual totalmente callado.
-¿Y tú qué sabes acerca de los colines que yo me como o me dejo de comer? – inquirió, molesta.
Sirius la miró sorprendido. Precisamente ese tema era el que le traía por el camino de la amargura desde la noche anterior, después de haber soñado que la toqueteaba, chupeteaba y besaba por todos lados. Se preguntaba si serían sus pechos tal y como los había imaginado, o si tendría su entrepierna tan bien depilada. Se mordió el interior del carrillo izquierdo, intentando alejar esos pensamientos, y se propuso aprovechar la situación para indagar en ese lado íntimo de la chica. "Simple curiosidad" intentó convencerse.
- ¿A quién intentas engañar, Baley? Por comer, tú no te comes ni las migas.
Anne se rio, pensando en cuán equivocado estaba el moreno y en cuanto le gustaría que, al menos en eso, tuviese razón. Así su vida sería mucho más sencilla y se quitaría aquel vacío constante que la perseguía desde que estuvo con Stefan. El moreno se puso serio al notar la sinceridad de su risa sarcástica y la observó limpiar la zona de su mesa para continuar con la siguiente tarea de la lista.
- Black, no sé adónde quieres ir a parar con esta conversación, pero te aseguro que yo no tengo el más mínimo interés en hablar contigo de nada. Ni si quiera del tiempo.
"Yo tampoco quiero hablar precisamente, maldita sea" Pensó el moreno, intentando hacer acopio de fuerzas para relajar su abdómen, tenso sólo de recordar el sueño de aquella noche.
- Así que la pequeña Baley tiene el corazón roto… - masculló, intentando parecer despreocupado pero sintiendo una pesadez helada en el estómago.
Anne cogió aire y le miró, con la molestia brillando en la humedad que esparció al pasar la lengua por sus labios.
- Dejemos algo claro, Black – comenzó, bajando la voz – Tú y yo no somos amigos. No lo somos ahora ni lo seremos nunca. El hecho de que hayamos dormido juntos... - Anne aguantó un momento la respiración y Sirius tragó saliva - no nos acerca en lo más mínimo y mucho menos como para andar haciendo confesiones íntimas. Así que te animo a que sigas restregándote con cada guarra dispuesta a esconderse detrás de alguna estatua horrorosa y me dejes en paz.
Sirius sonrió de medio lado, fingiendo que aquello le hacía gracia y que estaba por encima de cualquier cosa que ella pudiese decirle, aunque sentía la rabia bullir en su interior y la indignación subir por su garganta. De pronto ella, que siempre había sido el hazmerreír del castillo por sus extravagancias, se mostraba mucho más digna en un tema que él creía controlar de largo. Sirius Black era el más experimentado del castillo y todos lo sabían por lo evidente, es decir, porque no se escondía. Sin embargo ahí estaba ella, dejando entrever que no era una inexperta y que estaba muy por encima de él como para hablar de ello. Maldita sea, ahora la curiosidad martilleaba desde cada rincón de su cabeza, agregándose a la excitación continua a la que su mente calenturienta le tenía sometido. ¡Estaba volviéndole loco!
- Vamos, Baley, reconoce que ayer te hubiese gustado estar en el lugar de Miranda.
- Ah, ¿pero te sabes su nombre?
Sirius se carcajeó, logrando que Anne sonriese de medio lado.
- No conocía este lado tuyo tan peleón.
- No conoces ningún lado mío, Black.
Sirius quiso decirle que sí, que al menos en sus sueños la conocía entera.
- Estabas colorada hasta las cejas y totalmente avergonzada, pero no podías apartar la vista de mí – comentó el chico, recordando las palabras que Miranda le había dicho y que le habían dejado pensando hasta que fue incapaz de concentrarse – Se sincera al menos contigo misma.
Anne enarcó una ceja, intentando aparentar indiferencia, pero golpeándose mentalmente por ser tan evidente. A ese paso se daría cuenta de las fantasías con las que jugueteaba de noche y entonces ella tendría que fugarse para siempre.
- Claro, por eso interrumpiste tus artes amatorias y viniste detrás de mí – exclamó, como cayendo en algo que ahora entendía – Estabas tan seguro de ti mismo que pensaste que tendrías alguna oportunidad conmigo ¿eh? – jugueteó mirándole con una sonrisa divertida – Pobre Sirius – el moreno se estremeció al escuchar su nombre en su boca – despechado por primera vez.
Sirius la miró a los ojos, devolviéndole la sonrisa pero con un hambre voraz en el fondo de su pupila. Si ella supiese la razón que tenían sus palabras… Anne tragó saliva, incómoda bajo su escrutinio, recordando la mirada que había imaginado aquella noche, una mirada demasiado parecida a la que ahora le dirigía el moreno. Se giró hacia la mesa y empezó a exprimir las bayas de Spargaluff.
-Pero no te preocupes – masculló, bastante menos segura de lo que se había mostrado antes – Lo superarás.
- A lo mejor no hace falta que supere nada – susurró el moreno colocándose a su lado y removiendo el caldero – Ni una mosca ha escapado nunca de mis garras.
Anne cogió aire, notando un cosquilleo en su bajo vientre. Maldito era por conseguir afectarla de esa forma. Si él supiese hasta qué punto había caído en sus garras la noche anterior…
-O-
A la mañana siguiente el revuelo en las salas comunes animó a todo el castillo, a pesar de la nevada furiosa que caía en el exterior. Las salidas a Hogsmeade eran siempre un aliciente para los aburridos estudiantes, que se veían recluidos en el castillo los fines de semana a causa del mal tiempo. James y Sirius estaban echando una partida de ajedrez mágico mientras esperaban a Remus. Los dos levantaron la cabeza cuando escucharon a Lily y a Anne que bajaban junto a su compañera Mary por las escaleras. Se estaban riendo, compartiendo un chiste en voz baja y carcajeándose después de cada palabra susurrada entre ellas.
James observó el pelo rojo de Lily, que hacía un contraste increíble con el gorro de lana verde que llevaba y que resaltaba sus ojos. Sonreía de una forma que hacía que su pecho dejase de latir y cuando se carcajeó con esa risa floral y despreocupada, su pulso volvió a recobrarse aumentando su velocidad hasta casi conseguir que se marease. Chasqueó la lengua. Lo que estaba pensando se parecía bastante a lo que le explicó su padre acerca del amor.
Sirius seguía de reojo los movimientos de Anne, que se acercó a un chico de un curso inferior para darle un pergamino. Le sonreía abiertamente mientras él le decía algo también con una sonrisa. Gruñó por lo bajo. ¿Sería ese enano el que estaba con ella? Se gritó mentalmente que dejase de inventar ridiculeces y se concentrase en el juego. Además, ese chico era gay casi seguro: no la había mirado el culo ni una vez desde que se giró, y eso que estaba bastante apetecible apretado bajo los vaqueros...
- Potter, ¿dónde está Remus? – Sirius se obligó a no apartar la mirada del tablero, mientras James miraba a Anne, que se había acercado a ellos.
- Arriba, ¿por qué?
- Comentó que iba a acompañarnos a Lily y a mí a una tienda nueva de Hogsmeade para comprar regalos. – explicó la rubia mientras se ponía los guantes. Estaba intentando ignorar abiertamente a Sirius, pero no podía dejar de sentirse extrañamente fatigada y descompuesta después de haberle visto con las mangas del jersey remangadas, dejando a la vista las venas hinchadas de los antebrazos, apoyado sobre las piernas mirando el juego. No parecía tener ninguna intención en ello, pero era malditamente sexy y resueltamente sensual. Y lo que más le molestaba a la chica era que, tan sólo un par de semanas atrás, ella era inmune a ese encanto que traía de cabeza a cada fémina del colegio.
- Estaba ayudando a Peter a hacer una cosa, que hoy se queda castigado. Ahora bajará – explicó el chico, volviendo al juego.
- Dile que le esperamos en las Tres Escobas – pidió la chica, girándose y saliendo de la sala común junto a Lily y Mary.
James miró a su amigo, que le devolvió la mirada.
- ¿Qué te pasa con Baley?
Sirius bufó y se recostó contra el respaldo del sofá.
- ¿Qué me va a pasar? Lo de siempre, que no la aguanto.
- La has estado mirando desde que ha bajado y cuando se ha acercado ni si quiera has intentado molestarla.
- Anda, mira, como tú con Evans.
James bufó ante su comentario irónico y se recostó contra el respaldo de su propio sofá.
- Lily es otro asunto – gruñó. Sirius le miró enarcando una ceja.
Los dos eran más que amigos, como hermanos. Desde que el verano anterior Sirius fue a vivir a su casa no se habían ocultado nada. No tenían secretos entre ellos, aunque hablar de chicas tampoco era algo que les apasionase, ya que tampoco es que hubiese mucho que contar por norma general que no fuese evidente. Sin embargo en este caso los dos sabían que algo estaba pasándole al otro y había llegado el momento de sincerarse.
-Creo que estoy empezando a sentir algo por ella – reconoció bajando la voz – Tengo que mantenerme lo más lejos posible.
- Siempre has sentido algo por ella, eso no es nuevo.
- Ahora es diferente – explicó – no puedo dejar de pensar en ella.
Sirius se alarmó, entendiendo lo que su amigo decía y sintiéndose horriblemente identificado.
-Bueno, antes tampoco es que pensases en muchas otras cosas… - bromeó.
- En serio, Sirius – gimió negando con la cabeza apesadumbrado – Desde el beso del otro día algo raro está pasando. Y ella me dijo que ya lo había olvidado.
- ¡Ajá! – exclamó su amigo, contento de encontrar la solución, una solución mucho menos alarmista – Es el orgullo herido del macho.
James sonrió.
- No es eso… – intentó explicar.
- Mira, James – le interrumpió Sirius inclinándose sobre sus rodillas para acercarse a su amigo – A mí me pasa lo mismo con Baley. – James enarcó las cejas con incredulidad – Ya, ya, no me mires así, bastante me estoy flagelando yo mismo. Pero es sólo porque se resiste – explicó – En cuanto las tengamos rendidas a los pies, será tan fácil como pasar página y seguir como siempre – terminó, orgulloso de su conclusión.
James negó con la cabeza sonriendo. Sirius era imposible cuando a chicas se refería.
- No te preocupes, hermano – comentó el Black, más alegre al sentir que no estaba solo en esa aventura, que su amigo del alma lo acompañaría hasta el fin – Tarde o temprano caerán y entonces me darás la razón. Esto se ha convertido en un reto personal.
-O-
Anne bufó cuando la puerta se cerró a sus espaldas con el tintineo de la campana. Se restregó las manos y miró a su alrededor. Lily estaba delante de ella junto a Remus, paseando por una tienda nueva de artículos de broma llamada Zonko. Un multitud de alumnos correteaban profiriendo exclamaciones de sorpresa por cada nuevo chisme que descubrían. Anne sonrió apenada. Cualquiera de sus compañeros escogería de allí los regalos de Navidad, pero ella no podía. Sus padres rezongarían horrorizados si les llevaba algo que tuviese magia en su interior.
- ¡Madre mía! Mira esto, Annie – exclamó Lily cogiendo un gatito peludo y adorable que había en una jaula. A los pies de esta había una inscripción: "Caduca en dos semanas" - ¿Qué quiere decir que caduca en dos semanas?
- Que a las dos semanas desaparece – explicó un hombre jovial que apareció detrás de la jaula. – Es una ilusión física. En realidad no existe.
- ¿Quién querría comprar un gato que desaparece en dos semanas? – inquirió Anne, con la boca torcida por la incomprensión y lo horroroso que le resultaba aquello.
- Muchas personas se lo regalan a sus hijos pequeños o a sus sobrinos. – explicó el hombre encogiéndose de hombros sin abandonar la sonrisa – Así cuando se cansen de ellos, simplemente desaparecerá.
- Pero eso es horrible. – exclamó Lily, acariciando al gatito blanco que ronroneaba contra su mano. Sólo de pensar que en dos semanas desaparecería se le encogía el estómago.
- Es posible – reconoció el hombre. – Pero sería peor si fuese un gato de verdad y lo abandonasen a su suerte ¿no? Además, se venden muy bien.
Remus obligó a las chicas a que dejasen al gato en su sitio y las llevó al otro lado de la tienda mientras proferían su indignación por aquello. Por el rabillo del ojo vio como James y Sirius cruzaban la puerta y se quitaban los guantes en busca de algo que les distrajese en vacaciones.
- Seguro que existe alguna ley mágica para evitarlo. – decía Lily, toqueteando un par de granadas de azúcar que zumbaron a su tacto.
- Ni si quiera es un gato de verdad – comentó Remus con dejadez, observando desde su altura como Sirius y James se acercaban a ellos sin darse cuenta.
- Me da igual, me parece que no es forma de educar a los niños – respondió acaloradamente - ¿Qué va a pensar un niño si a las dos semanas su mascota desaparece?
- Como mínimo le crean un trauma – intervino Anne, que con el ceño fruncido examinaba una varita negra con la punta blanca.
- ¿Vais a comprar algo? – preguntó el chico, al atisbar la mirada de James hacia ellos y el codazo que le dio a Sirius. Los dos se situaron detrás de una pareja de chicas, intentando pasar desapercibidos.
- Yo creo que le compraré a mis padres uno de estos retratos para fotos – dijo Lily agarrando un portarretratos que hacía aparecer fotos diferentes a cada momento – Y a mi hermana le compraré una granada de azúcar, a ver si así se le quita ese carácter tan agrio.
- A tu hermana no le quitan ese gesto de estar chupando un limón ni aunque le inyecten azúcar en vena – se burló Anne.
- ¿Y tú? – le pregunto Remus.
Lily le miró negando con la cabeza con ojos de advertencia y Anne se encogió de hombros.
- Mis padres se suicidarían si viesen cualquiera de estas cosas – explicó. Lily la miró sorprendida. Anne nunca había reconocido de forma tan abierta que sus padres odiasen la magia. - ¿Qué? Ya es hora de que me dé por vencida. Parece que vivo en la zona más retrógrada de Londres. Ni si quiera mis amigos aceptan a una bruja a su lado.
- ¿Lo saben? – preguntó extrañado el castaño.
Anne miró a Lily.
- Sólo uno… - masculló. – Pero se portó como un autentico capullo conmigo cuando se enteró, así que prefiero no intentarlo de nuevo.
- ¿Era muy amigo tuyo? – insistió Remus, creyendo entender algo en todo aquello.
Anne guardó silencio, revisando la varita y dando con ella un golpecito sobre el mostrador a modo de prueba. De la punta salieron dos patitos que empezaron a caminar airadamente. Al instante llegó un vendedor y los hizo desaparecer. La chica hizo una mueca y dejó la varita falsa.
- Era mi novio – respondió finalmente. Lily terminó de abrir los ojos con sorpresa y Remus asintió con la cabeza, terminando de comprender.
- Bueno, no merece ni la pena hablar de esto…
- ¿Era suya la carta? – preguntó Remus, ganándose una mirada de reproche de la pelirroja y un instante de silencio por parte de la rubia, que levantó la vista y le miró.
- Sí – contestó entrecerrando los ojos y sonriendo, como queriendo reprenderle por su osadía. Remus amplió su sonrisa.
- Era imposible que unos tíos desagradables te hiciesen empalidecer así. Es mucho más probable que no tengas nada de ganas de volver a verle en Navidad.
La rubia se carcajeó.
- Supongo que tienes razón - contestó, girándose hacia la puerta – Volvamos a las Tres Escobas. Necesito una cerveza de mantequilla antes de volver a Hogwarts.
Sirius y James observaron cómo su amigo salía de la tienda con las dos chicas. James observó a su amigo divertido, que seguía mirando la puerta con los ojos entrecerrados.
-Bueno qué, ¿compramos algo?
- ¡Tenía novio!
James bufó y le dio un golpe en el hombro, girándose y comenzando a revisar las estanterías.
-¿Y qué más da? – preguntó.
- ¿Cómo que qué más da? – repitió consternado – ¡Baley es una mojigata!
- Pues parece que no. – comentó James divertido, ganándose una mirada asesina de su amigo.
- Y el estúpido va y la deja porque es bruja… - masculló en voz alta con incredulidad.
- Bueno, si yo fuese un muggle y me enterase de algo así, quizá también me asustaría. – dijo James mirándole. Entrecerró los ojos con malicia y comentó: - Supongo que habrá cambiado de idea y por eso le mandó una carta ¿no? A lo mejor le ha pedido que vuelva con él.
Sirius le miró con rabia, logrando que James se carcajease.
- Te diviertes ¿no? – James siguió riéndose, escapando de los manotazos que su amigo le lanzaba.
- "Es sólo porque se resiste, en realidad no me importa nada más" – se burló el moreno con voz excesivamente grave, consiguiendo que Sirius profiriese una maldición y le lanzase una granada de azúcar, que lanzó una lluvia de terrones morenos a su alrededor. El dueño empezó a gritarles y los dos salieron de la tienda entre risas de James y palabras malsonantes de Sirius.
- No te rías tanto, Cornamenta, que Evans está justo en el lugar al que Flarksson ha ido a buscarla. – se vengó, mirando endemoniadamente a su amigo. James abrió los ojos dejando de reírse y girándose hacia el final de la calle, donde estaba las Tres Escobas. – Pero bueno, supongo que como quieres mantener las distancias y… ¡Oye, Potter, ten un poco de orgullo y de dignidad! – gritó mientras veía como su amigo se alejaba hacia el bar a largas zancadas – Maldita sea, ¡al menos espérame!
-O-
James dejó que la nieve resbalase por su nariz y se convirtiese en una gota de agua al contacto con el calor de su piel y el ambiente caldeado de la taberna. Los cristales estaban limpios, pero no podían dejar de traslucir la luz con un brillo nacarado, logrando que todo pareciese más oscuro y antiguo. Se sacudió la capa y caminó hacia la barra, mirando alrededor hasta que encontró a Lily. Estaba en el extremo de la barra esperando a que la sirviesen. Anne y Remus debían estar en alguna mesa esperando. Frunció el ceño y miró el resto del local, hasta que localizó a un Bobby Flarkson embobado mirando a la pelirroja. Gruñó y fue al otro extremo de la barra, quedando justo en el lado contrario de Lily. Se sentó y esperó a que le atendiesen.
La rabia y los celos bullían en su pecho logrando que apretase los dientes con furia. Pero furia hacia él. Sentía que era lo más estúpido que había pisado la tierra.
Recordaba lo que su padre le decía acerca del amor. Él siempre había pensado que era algo realmente bonito cuando lo veía en sus padres, pero jamás había querido algo así para él. Tenía en mente otras empresas, algo mucho más atrevido, una vida de soltero junto a sus amigos en la que luchase contra las injusticias que iban poco a poco atenazándolos y en la que descubriese cada día cosas nuevas por explorar. Jamás cedería a una cursilería como una relación estable o una familia. Definitivamente no era para él, no concordaba con sus planes. Pero cuando veía a Lily una fuerza poderosa despertaba en su vientre. Un nerviosismo que recorría cada nervio de su cuerpo y lo hacía sentirse flojo e inútil, pero con todas las respuestas para su felicidad. No sabía desde cuándo había pasado aquello, pero desde que la vio en el baño y pensó que podía estar enamorado todo se había multiplicado por mil. No podía dejar de suspirar como un estúpido y de mirar ceñudo todo lo que no fuese ella, y cuando ella estaba a su lado, como algunas mañanas cuando se sentaban juntos para desayunar, o en pociones, perdía la noción de lo que era razonable y lo que era una locura. No pensaba antes de hablar, él que siempre lo había calculado todo a la perfección y que no cometía ningún error que no quisiese cometer, dejaba de ser James Potter para convertirse en un guiñapo sin cabeza que sólo respiraba por Lily Evans.
Pero tenía que hacer algo para evitarlo, y pensaba que lo estaba haciendo. Desde aquel beso en el que sus sentidos se pusieron de punta exigentes por más de aquella droga pelirroja, se había mantenido firmemente alejado de ella. De momento creía que estaba mejorando en esa enfermedad obsesiva que le reconcomía, lo pensaba porque había podido dormir esa noche más que dos horas, aunque había estado soñando todo el rato con besos, pecas y cabelleras rojas; y porque después de contárselo a Sirius se sentía más tranquilo. Pero en cuanto ese tal Bobby se acercó a él con una sonrisa condescendiente preguntándole por Lily, no pudo evitar mandarle en la dirección opuesta y desear machacarle la cabeza hasta que no tuviese boca para sonreír. Porque él sabía perfectamente dónde estaba Lily. Eso también era un síntoma preocupante de su nueva enfermedad. La controlaba tanto que podría decir a qué horas iba al baño y en qué momento se despertaba. Pasaba el día con el Mapa del Merodeador en la mano y, sino, preguntaba inocentemente a Remus y hallaba la respuesta. Y cuando se dio cuenta de que Lily volvía al sitio al que había mandado al tal Bobby después de haberla visto salir de allí hacía un rato, una ráfaga incontenible de angustia y un montón de ideas delirantes le obligaron a ir allí. Y ahora ahí estaba, mirando de frente a la pelirroja de la que deseaba huir, vigilándola para que, aunque no fuese suya, tampoco tuviese nada que ver con ese saco de huesos petulantes.
La puerta de la taberna volvió a abrirse y Sirius entró bufando y restregándose las manos. Vio a su amigo y se rio de él. Iba dispuesto a acercarse a su lado cuando la camarera, Rosmerta, le interceptó. James sonrió de medio lado. Su amigo tenía una relación bien extraña con aquella chica, unos años mayor que ellos.
-Buenas, James, ¿una cerveza de mantequilla con espuma picante?
El chico se giró hacia el padre de Rosmerta, un hombre entrado en carnes y con el pelo canoso detrás de las orejas.
-Sí. Gracias, Isaías.
Cuando volvió la vista hacia Lily un nudo demasiado grueso y demasiado nudo se instaló en su garganta. Bobby estaba apoyado en la barra, dándole la espalda, mientras hablaba con ella. No podía ver la cara de la chica por la postura del Hufflepuf, pero sólo imaginársela sonriendo como muchas veces le había visto hacer, como si fuese una tonta con algo metido en el ojo, hizo que una gran desilusión bajase por su espalda como una gota fría y que se pusiese de pie de un salto.
Caminó con paso firme y los puños apretados, obligándose a ir despacio y a aplicar una tenue sensualidad a su caminar. Cualquiera que le viese pensaría que en realidad le pasaba algo en la espalda, pero él sentía que así dominaba la situación. Finalmente se acercó a la pareja y se apoyó en la barra con los brazos cruzados justo detrás del chico.
-Vaya, Flarksson, parece que la has encontrado – comentó en voz alta, logrando que el muchacho se girase con la ceja enarcada y una sonrisa sorprendida.
- Sí, Potter, gracias a ti.
James bufó divertido y le miró, logrando que un mechón de pelo cayese sobre sus ojos. Lily estaba ahí, observándole con el ceño fruncido sobre esos ojos suyos color escarlata y una mueca de molestia en la nariz, que arrugaba con gracia. Seguramente estaba enfadada porque los había interrumpido.
-Oh, perdonad, no quería interrumpir nada. – se disculpó con sarcasmo, girándose y apoyando un codo en la barra.
- Pues sí, precisamen…
- Potter, ¿no estarás molesto? – inquirió Bobby interrumpiendo a la pelirroja mientras la señalaba con el dedo pulgar. La chica le miraba nerviosa, queriendo parar aquello cuanto antes. – Sé que la semana pasada estuvisteis juntos pero Lily me ha asegurado que no fue nada importante.
El moreno entrecerró los ojos, notando la furia rugir en su interior y mirando a Lily directamente a los ojos. Ella le devolvió la mirada, que bailaba bajo la luz que reflejaba la nieve sobre los alfeizares con un brillo que James no supo reconocer. ¿Así que no había sido importante, eh?
-Oh, no, tranquilo, toda tuya.
Lily bufó y agarró las tres jarras con cerveza de mantequilla de la barra. Un gesto iracundo encumbraba su cara, logrando que las mejillas enrojeciesen y las pecas desapareciesen bajo su furia.
-¿Ves, Bobby? – silabeó ella girándose hacia James y mirándole a los ojos – No fue más que un desliz sin importancia.
James sintió aquello como una declaración de principios. Sabía perfectamente que la chica estaba hablando del beso que habían compartido, y aquello le hizo desear quitarle las jarras de las manos y besarla de nuevo pero con más ímpetu. A ver si al quedar otra vez confundida como una liebre en la carretera y al gemir de nuevo entre sus brazos era capaz de volver a decir que era algo sin importancia.
-¡Pasadlo bien! – exclamó mientras los observaba alejarse y comprobaba furioso como la chica le invitaba a sentarse con ellos. Ni corto ni perezoso el muchacho se sentó y apartó un mechón de pelo de la pelirroja de su cara, colocándoselo tras la oreja.
Se giró y se encontró con la sonrisa perezosa del camarero, lo que hizo que la mueca de rabia e impotencia que tenía grabada en su cara se relajase de pronto.
-¿Problemas en el paraíso? – preguntó el hombre, conocedor de cada aventura amorosa de uno de sus mejores clientes. James sacaba a sus citas del castillo por los pasadizos secretos y las llevaba allí, e Isaías los atendía cuando casi no había clientes y guardaba sus secretos. Alguna que otra vez le había vendido mercancía para meter al castillo. Incluso había presenciado alguna de sus triquiñuelas hacia Lily y cómo esta le respondía vociferando como una verdadera leona.
James bufó y se bebió su cerveza de un trago.
-O-
Sirius se sentó en la mesa que quedaba bajo la escalera, donde escuchaba a la perfección a Remus y Anne. Había sentarse en el lugar que Rosmerta le había ofrecido cuando vio dónde estaba la rubia sentada y cuando comprobó que el humor de su amigo, apoyado en la barra y mirando con odio hacia Lily, no había mejorado.
Fue sencillo coger el hilo de la conversación. Parecía que la chica, una vez roto el hielo, no tenía ningún problema en responder a Remus lo que preguntase.
-¿Y no lo volviste a ver?
-No – escuchó que respondía la chica escuetamente. – Tampoco quería hacerlo.
- Pero era tu mejor amigo además de tu novio…
- Se acostó conmigo y luego me mandó a la mierda, Remus – especificó la chica, resumiendo y dejando todo bastante claro.
Sirius enarcó una ceja con sorpresa. Una ráfaga helada le trajo a la memoria la piel de la chica bajo la luz de la luna, con sus pechos descubiertos ante él y mirándole con aquellos ojos oscuros como un pozo, suplicando que la besase. Había sido un sueño realmente detallado y eso sólo le ayudaba a imaginarse la misma escena pero con otro chico en su lugar.
- Bueno, no tiene por qué estar relacionado…
"Sí lo está" pensó el moreno negando con la cabeza por el pobre consuelo de su amigo, rubicundo sólo de pensar que otro pudiese haber tenido lo que él había soñado.
-Sí lo está, no soy estúpida.
- ¿Pero por qué iba a haberse esforzado tanto en tener algo contigo si eso era lo único que buscaba? – Sirius chasqueó con la lengua, preguntándose de qué lado estaba el licántropo. Frunció el ceño "¿Lado? No hay ningún lado, tú no tienes que ver nada en esta historia"
- No lo sé. – contestó la chica con sencillez. – Quizá es cierto que sólo se asustó cuando supo que era una bruja, pero me parece que unido lo uno y lo otro tiene más sentido. – Sirius volvió a negar con la cabeza, sabiendo que Anne tenía razón y extrañamente ofendido e indignado por aquello. – Además, pronto me lo aclarará él mismo. – El moreno se puso alerta al otro lado de la escalera, aceptando con una sonrisa la jarra que Rosmerta le acababa de llevar, y respondiendo con un guiño de ojo a su mirada coqueta.
- ¿Vas a verle? – preguntó Remus con incredulidad.
- En la carta me decía que estaría en la fiesta que mis padres dan todas las Navidades. – explicó. – Así que supongo que nos veremos allí.
- ¿Pero tú quieres verle?
Anne suspiró, y Sirius se descubrió conteniendo la respiración.
- No. Sí… bueno, no lo sé – confesó la chica son una sonrisa – Era una de las personas más importantes de mi vida. Si él se acerca a mí, no creo que pueda negarme a hablar con él.
- Entiendo…
"¿Entiendo?" repitió Sirius en su cabeza con indignación. No había nada que entender. Ese tío era un maldito capullo que había dejado a Anne después de acostarse con ella y de enterarse que era una bruja. Y encima se supone que habían sido amigos. Un amigo no hace eso, jamás.
- Bueno, siempre puedes descargar tu furia con Sirius – se burló Remus, intentando animarla. El chico entrecerró los ojos, interesado en aquello. Anne bufó con sarcasmo.
- Con tu amigo no descargaría nada a no ser que fuese un cargador de escopeta – respondió riéndose – Es insoportable.
- Sí, bueno, es parte de su encanto – Sirius abrió la boca, sintiéndose graciosamente traicionado – Pero tú le gustas. – Tuvo que hacer un esfuerzo por no empezar a toser como un loco.
- ¿Qué yo qué? – inquirió la chica sorprendida.
- Siempre se ríe cuando discute contigo y, después de muchos meses de insomnio, dormía como un bebé cuando estabais esposados – Anne se carcajeó de forma nerviosa.
- Eso es porque acabábamos reventados de pelear – intentó excusarse la chica.
- O porque estaba a gusto.
Sirius empezaba a sentir unas ganas tremendas de levantarse y agarrar a su amigo de la pechera, pero hizo el esfuerzo de mantenerse sentado. No tenía la más remota idea de lo que se proponía Remus pero después intercambiaría unas cuantas palabras con él.
-Remus, Black y yo nos odiamos – dijo la chica intentando ponerse seria – A lo mejor es cierto que nos descargamos el uno con el otro con discusiones absurdas, pero nada más.
- Yo no he dicho que hubiese nada más… - comentó con sarcasmo – Pero creo que podríais sorprenderos si dejaseis el orgullo de lado. Incluso podríais caeros bien.
"Lo dudo".
- Lo dudo.
Sirius escuchó cómo unos pasos se acercaban a la mesa y unas jarras se posaban en ella.
- Chicos, le he dicho a Bobby que se siente con nosotros – escuchó a la voz de Lily, con un matiz de molestia, comunicarle su arreglo a los dos chicos.
Y Sirius dejó de escuchar. Estaba enfadado. Enfadado consigo mismo por aquellos celos absurdos que habían nacido al pensar que Anne pudiese haber estado con un chico, para más inri, en el pasado. Era tan hilarante teniendo en cuenta que ni ellos tenían nada ni, supuestamente, lo querían tener, que se sentía como un estúpido.
"Todo por un maldito sueño" se dijo. "Aunque un sueño muy real…".
Y también estaba enfadado con Remus. Le molestaba sobre manera que su amigo se hubiese dado cuenta de que con Anne había podido dormir sin pesadillas, y aún mucho más que se lo hubiese dicho a la chica. Pero lo que más le molestaba era que fuese diciendo por ahí que a él le gustaba la rubia. Aunque fuese verdad, que no lo era, ya que él sólo sentía atracción por ella - a causa de lo que su mente había empezado a imaginar basándose en ese sueño - y por el hecho de que se resistiese, ¿qué clase de amigo iba esparciendo esos comentarios por ahí?
- Hocicos – levantó la vista hacia James, que con los ojos marrones oscurecidos por la rabia le miraba frente a la mesa – Vámonos.
Y Sirius se levantó, logrando sumar junto a su amigo una gran cantidad de resentimiento y enfado, y salieron de las Tres Escobas.
-O-
James comía sin apenas masticar, ansioso al recordar a Lily junto a Bobby y furioso por las palabras de la pelirroja acerca del beso. Todo era tan sencillo cuando se limitaba a perseguirla dando gritos por los pasillos, logrando que se sonrojase por la vergüenza, o cuando lograba que le chillase y dijese su apellido de esa forma tan Evans al tirarle un beso desde la mesa o al cambiar intencionadamente sus palabras de rechazo por otras en las que le juraba amor eterno, que empezaba a preguntarse en qué momento todo aquello derivó en aquel desastre. Los alumnos habían empezado a mirarle de reojo, esperando que soltase cualquier frase sardónica hacia ella como era costumbre, y empezaban a levantar el mentón cuando se daban cuenta de que, desde "que salieron juntos" aquello no iba a repetirse. Se había convertido casi en un cliché de Griffyndor que, al menos una vez a la semana, Lily se levantase gritando y saliese del gran comedor sin terminar su comida. Hasta Mary MacDonald le había dicho riéndose que había perdido parte de su atractivo desde que no declaraba su amor por la pelirroja en cada esquina.
Y sin embargo nunca hasta ese momento se había sentido tan cercano a ese maldito sentimiento sonrosado, ese empalagoso murmullar palabras tontas y mirar pestañeando llamado amor. Ya no se atrevía a seguir con sus juegos como si nada porque temía que esta vez se notase que iba en serio. Pero al no hacerlo estaba logrando que todos lo mirasen extrañados, y no sabía qué era mejor. Por Merlín, no tenía la más remota idea de lo que hacer. Su cuerpo le pedía que subiese al baño de los prefectos y esperase allí a la sensual pelirroja aunque eso significase esperarla durante todo el curso; pero su cabeza le gritaba que huyese, que cogiese la escoba y volase lo más alto posible, hasta la Luna si era necesario.
- Lily ha invitado a Flarksson a su casa en Navidad.
James levantó la cara con los ojos abiertos por el pánico para encontrarse con Remus, que se sentaba con tranquilidad frente a él.
- ¿Cómo ha pasado eso? – preguntó Sirius, saliendo a la ayuda de su amigo.
- Flarksson le ha dicho que su abuela vivía a un par de manzanas de ella y ella le ha sugerido que podrían verse.
- ¿Cómo se lo ha dicho? – Remus observó divertido el gesto ansioso de James y se entretuvo sirviéndose zumo. James chascó la lengua, impaciente.
- Creo que no pensaba que el chico fuese a aceptar, pero se mostró definitivamente ilusionado.
- Maldito estúpido…
James apretaba los puños mirando su plato mientras Remus aguantaba la risa. Era realmente divertido ver cómo los sentimientos de James habían ido desarrollándose de una forma exagerada en los últimos dos días.
-Tengo una idea. - James miró a Sirius, que con inusitada elegancia se limpiaba la boca con una servilleta. – Cuando vayan mañana hacia el tren… raptamos el carruaje.
El moreno hizo una mueca exagerada de incomprensión y negó con la cabeza.
-¿De qué demonios hablas?
- De Evans y Baley. – explicó levantando las manos como si fuese evidente. – Las raptamos y así no se van por Navidad.
Remus se carcajeó, pensando que sus amigos habían caído en su trampa de cuerpo entero. Sin embargo en ningún momento pensó que hablasen en serio.
-¿Para qué? – preguntó James, mirándole aún sin comprender.
- Pues para que Baley no vea a ese novio suyo y para que Evans no vea a Flarksson.
- Se suponía que Baley no te interesaba. ¿Y cómo sabes lo de su novio? – intercedió Remus, sorprendido.
- Eso no es lo importante ahora…
- Estás enfermo – afirmó James mientras negaba con la cabeza.
- Eso decía mi madre – comentó el moreno sonriente – Pero reconoce que es un buen plan. Además, las vacaciones serían muy aburridas sin Baley para picarla. Y tú no podrías pegar ojo pensando en Evans con Flarkson.
James frunció aún más el ceño.
-¿Y qué haríamos con ellas?
- ¿Estáis hablando en serio? - preguntó Remus subiendo la voz e intentando aparentar seriedad. Sirius le miró con incomprensión, como si su pregunta estuviese fuera de lugar – No podéis raptarlas.
- ¿Por qué no?
- En primer lugar, porque es ilegal – dijo de forma rotunda, pronunciando la palabra lenta y detalladamente – Y en segundo, porque es ilegal. – repitió. Sirius bufó, dejando la servilleta en la mesa con un gesto aburrido.
- ¿Desde cuándo nos ha importado eso?
- ¡Nunca hemos raptado a nadie!
- No íbamos a hacerles nada… - intervino James, intentando restarle hierro al asunto.
- ¿Y qué se supone que haríais cuando ellas se lo contasen todo a McGonagall de vuelta al castillo?
Sirius miró a James y sonrió.
- No íbamos a traerlas al castillo.
- Algún día volverían ¿no? – preguntó, cada vez más asustado por los pensamientos de sus amigos.
- Supongo que sí.
- James, di algo – gimió el castaño, sintiéndose cada vez más culpable. Sus amigos habían perdido la razón y todo por su empeño de alcahueta.
Sirius y Remus observaron al moreno, que revolvía el plato.
- No sé… - masculló – yo lo que quería era estar alejado de ella.
El prefecto dio una palmada, sonriente y orgulloso. Sirius se acercó a su amigo.
- Estamos hablando de Evans – dijo con insistencia – Llevas dos años detrás de ella, persiguiéndola por los pasillos.
- Solo lo hacía para molestarla – se defendió. Sirius se acercó aún más a él.
- Con Flarksson, Cornamenta – susurró – En su casa.
James se imaginó a Bobby pasando la mano por el pelo de Lily, como había hecho aquella tarde en las Tres Escobas. Le imaginó agarrándola de la mano, o de la cintura. Aún peor. Le imaginó tocando esas piernas lechosas y suaves y presionando sus pechos contra él mientras la besaba. Notó de nuevo esa furia que tanto le acompañaba últimamente y dio un golpe en la mesa.
- Narices, ni en sus mejores sueños. – exclamó con ímpetu.
Sirius se carcajeó, e incorporándose, se hizo sobre la mesa para besar a su amigo en la cabeza con brutalidad. James lo empujó con una sonrisa avergonzaba mientras le insultaba por lo bajo y Remus observó cómo ambos abandonaban el salón sin decirle nada.
Miró hacia su plato, quedando colgado de los brillos dorados de este. Sus amigos se comportaban como si todo fuese un juego, como si no fuese a haber consecuencias. Pero las habría: podían expulsarles y, lo que era peor, ganarse el odio de las dos chicas para siempre. Sirius y James no eran conscientes de hasta qué punto podrían herirse con aquello, ¡además de que era una completa locura! Ya no eran simplemente unos adolescentes jugando a un juego en una alcoba enmohecida, ahora había un hechizo de lazo compartitivo entre medias y la posibilidad de que los expulsasen por raptar a sus compañeras. Definitivamente nada estaba saliendo como él lo planeó.
Tragó saliva y se llevó la mano a la sien: ¿Qué demonios había hecho?
Bueno, James luchando contra sus sentimientos, Sirius engañandose a sí mismo... mala combinación ¿no? Veremos en el siguiente capítulo lo que piensan las chicas de todo esto, pero nos daremos cuenta de que, aunque nosotras seamos más retorcidas por norma general, estos dos nos superan a todo el género femenino con creces.
Siento si no ha sido gusto de alguien la primera escena, pero me parecía divertido meter ahí algo sexual para despertar aún más el hechizo del lazo compartitivo. ¿Cuándo se darán cuenta de sus efectos?
Muchas gracias por los reviews y espero los de este capítulo!
Saludos enormes,
Ilisia Brongar.
