Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza aunque a ustedes no les parezca.

Advertencias: Este fanfic contiene lemon y temática incesto. Kikyō aparece y no es la hermana de InuYasha. Si esto afecta su integridad ¡por favor! No lea y evite postear comentarios ofensivos hacia los personajes que utilizo y cómo lo hago. Recuerde que esto es parte del IC.


[FCC]

[Capítulo 10]


Con todo el alboroto de la separación de InuYasha y Kikyō, no estaba segura de que pudiera mantenerse demasiado concentrada en su propia vida. Tenía a Kikyō martillándola a veces, con extrañezas acerca de que vigilara a su hermano. Pero con un demonio, ¿acaso no estaba enterada de que de hecho, la culpa era de ella, su propia hermana? Bueno, en realidad, no muchas personas lo sabían.

—Y eso que ella cree que las pastillas anticonceptivas son mías —soltó Sango, riendo relajadamente en el sofá.

—No sabes la carcajada que soltó InuYasha cuando se enteró —Miroku pasó un brazo por los hombros de su ya oficial novia y la apretó hacia sí.

Kagome se mordió el labio, apenada por no acostumbrarse a que sus amigos hablasen con tanta naturalidad de su vida. No es que fuera del todo lindo que tus mejores amigos supieran y hablaran así de frescos, de un tema de incesto y… ¡Oh, por Dios! Ella debería estar en el infierno desde hace mucho. Pero la mera culpa había sido suya; si ella nunca hubiese sucumbido antes las caricias de su pervertido hermano desde la infancia. Ellos nunca se habían visto como lo que eran: hermanos.

¡Y carajo, que los hermanos no follaban!

—Cállate, Miroku —murmuró, roja hasta la médula. Se llevó una galleta a la boca y la mordió con nerviosismo, tratando de calmar sus ánimos.

—Kagome, Kikyō pensó que yo era una no sé qué estaba pensando, en realidad —se defendió Sango, con una sonrisa—. Eso es lo que uno saca cuando miente, mujer —le regañó, con toda la verdad en la boca.

Miroku apoyó la moción, asintiendo.

Kagome los ignoró. InuYasha y Kikyō habían terminado de la manera más civilizada del universo, según lo que Hishā les había contado. La conversación de ellos había sido de lo más… extraña. ¡Por Dios! ¿A quién se le ocurre terminar con alguien luego de tener sexo? Pues solo a Kikyō, quien esperó disfrutar de la anatomía de su novio por una vez más antes de cortarle. O antes de que el cínico dejase que eso pasara.

«—¿Por qué demonios dejaste que Kikyō te terminara? —gritó por el auricular, dejando muchas ideas en el aire.

—Primero, no te interesa mi vida, Kagome —respondió seco, helándola en el acto con esas palabras.

Dejó que la tristeza la llenara de súbito, sin darse opción a reaccionar, ¿por qué le había contestado así? ¿Se estaba acaso vengando de ella? Trató de arreglar la voz, para que no transmitiera ninguna clase de sentimientos deprimentes.

Por su parte, InuYasha esperó que Kagome reaccionase de una maldita vez, ¿cuándo aprendería que él era dueño de ella y de las acciones que hacía para mantenerla a su lado? Y estaba sabiendo que sacrificaba el cariño de Kikyō, una mujer que lo estaba amando incondicionalmente solo por ella. Aun así, con esa mentalidad, esperó que ella no se hiriera más de lo que había planeado con su tono distante, frío.

—De acuerdo, entonces olvídate de que existo. —Sentenció y cortó la llamada.»

Pero, a pesar de que no hablaba con InuYasha desde el sábado por la noche (exactamente tenía un día sin responderle una sola llamada. Y si mantenía su celular prendido era por recibir cualquier llamada de Kōga o el staff de la empresa), Kikyō le había contado en la noche del viernes, cuando terminaron, todo lo que había sucedido. Llamó a ella y a Sango para su ex departamento de soltera que había alquilado con anterioridad y allí les contó.

Por supuesto, no le había interesado de que InuYasha haya intentado decirle que él era el que se iría del departamento (siempre podía quedarse en el templo, con sus padres), pero Kikyō era demasiado orgullosa y decidida como para darle opción si quiera a que él reaccionara.

«—Sí tiene a otra —fue lo primero que había soltado, cuando tuvo a sus amigas sentadas en su cama, dispuestas a escucharla—. Se los dije: él me estaba engañando.

—¡¿Le has terminado?! —soltaron unísonas, Sango y Kagome, dando un respingo.

—No puedo seguir con él hasta que la deje —suspiró Kikyō, irritada. Kagome sintió una punzada de dolor y culpabilidad ¿y cuándo sería que InuYasha la soltaría? ¿Y cuándo es que ella iba a desear que eso pasara? Sango suspiró, entendiendo a Kagome.

—¿Qué le dijiste? ¿Qué te dijo? —Sango fue quien se encargó de llevar el hilo de la conversación, porque Kagome no estaba demasiado concentrada.

Kikyō sonrió, irónica.

—Fue fácil: Él no mintió —aseguró, con un brillo de inseguridad en los ojos—. Le pregunté si tenía a otra y se quedó callado, sin embargo, no pasó demasiado tiempo para que me lo afirmara.

—¿Te dijo quién era? —los ojos de Kagome brillaron ¿será que tenía a otra? Eso minoraría su culpabilidad, de hecho.

Ella negó—. Dijo que no me lo diría —Kikyō miró hacia la ventana de su habitación, que daba una excelente vista a Tokyo—. Le propuse que termináramos y aceptó. —Ellas se quedaron estáticas, ¿qué pasaba con el mundo?—. Sin embargo, me besó de una manera tan profunda —se llevó los dedos a los labios, recordando lo demandante que había sido—, que aún siento sus labios sobre los míos —susurró más para sí que para sus amigas.

—¿No pelearon? —sostuvo Sango, demasiado interesada en esa peculiar relación.

—Al contrario, Sango —ella sonrió, con eso mismo, sin entenderse—. Antes de que termináramos, hicimos el amor.»

No estaba segura de lo que eso podía causar, porque InuYasha era tan complicado.

—Por cierto, Kagome, ¿por qué peleaste con InuYasha? —inquirió Miroku, bastante confundido.


—Porque no quiso seguir con ella —defendió Midoriko, siendo la única que entendía a la perfección los errores de sus hijos y sus desiciones.

—Pero tú sabes que fue lo que dije sobre eso —Tōga llevó la mirada dura hasta su esposa, fijándola con fuego—. InuYasha debe casarse con Kikyō. No me interesa si la quiere o no —estaba siendo irracional, lo sabía.

—¿Estás queriendo que siga tu camino? ¿Casarse con una mujer que no ama? —Desde el sofá, Midoriko observó con gusto como su marido pensaba mucho antes de lanzarle una respuesta—. ¿Eso es lo que quieres?

Por un largo rato, el semblante de Tōga se mantuvo estoico, maquinando qué decirle acerca de eso. Midoriko le escondía algo, de eso estaba más que seguro, pero sabía que su mujer no se lo diría hasta que algo muy malo pasase. Algo muy malo.

—Y tú, Midoriko Higurashi, —le apodó por su apellido de viuda, ofendiéndola en lo más hondo—. ¿Deseas que tu hijo siga enamorado de su propia hermana?

Ella calló, frustrada por su errores, ¿en qué momento podría dejar de cometerlos?

—El que hagas que Kikyō se convierta en nuestra nuera, no hará que el corazón de InuYasha cambie sus sentimientos —refutó, sin alterar la voz.

—Por lo menos, hará que respete que está casado y comience a mantenerse a raya con Kagome —sorbió Martini, con la cólera inundándolo de a poco.

—Querido, si así fuera, InuYasha no hubiese tocado a su media hermana desde que llegó de Inglaterra.

Y con esa afirmación, ambos estuvieron seguros de que no tenían nada más qué decir.


En la hora del almuerzo, al que no deseó participar, corrió al baño, a darse un retoque. Y como todos están esperando saber, sí, se encontró con InuYasha en el pasillo (para nada predecible, claro).

—Salúdame—ella soltó una risilla irónica, cuando estuvo presa de la mano fuerte de InuYasha—. ¿De qué te ríes? —demandó colérico, esperando una respuesta más saludable del estado de su hermana.

—Hace un día y medio que dijiste algo así como que tu vida no era de mi incumbencia, InuYasha —parafraseó sarcástica, enredando entre los ojos de su hermano, la mirada tierna más falsa que pudo haber montado en toda su vida.

InuYasha la soltó, frunciendo el ceño por la actitud tan molesta de su hermana. Se enfureció: entonces en verdad no la había entendido. Miró como su hermana lo observaba de pronto, demasiado concentrada, con la boca semiabierta ¿por qué respiraba con tanta dificultad, de pronto? La escudriñó indeciso, dándose cuenta como flaqueaba la mirada y movía hacia atrás la cabeza, con un brillo lleno de algo que pudo distinguir en el aire: deseo. Y se mordió el labio.

Oh, joder.

¡Se estaba mordiendo el jodido labio!

Mordiendo el labio.

…labio-mordiendo…

Oh, Kagome.

Sintió claramente el tirón indeseado que dio su miembro en ese preciso instante en el que no soportó más y tomó de la nuca, atrayéndola de manera demandante, recorriendo sus curvas con brío, sintiendo el triunfo de sentirla amoldarse a su propia anatomía con desesperación, ansiando que la arrumase contra la pared e hiciera de ella lo que quisiera. Deseando exactamente lo mismo que él. Sexo. Pasión. Gozo. Éxtasis. Sensaciones. Sentimientos…

La besó con locura, saboreando su boca, quitándose el aliento. Frotó contra la intimidad de su hermana, la caliente protuberancia del que era portador. Escuchó el gemido extasiado de Kagome, llenándole los sentidos. La chica se aferró a él por el cuello, enloqueciendo con cada embestida sobre la ropa que comenzaba a desquiciarla. Movió la cabeza de manera circular, con la pared fría como única moderadora para que su propio cuerpo no ardiera en llamas. Las sensaciones que se había negado a transmitir, habían resultado en serio lo que ella repugnaba y su cuerpo deseaba con vitalidad. Por su parte, InuYasha estaba en el límite, a punto de perder la cordura y desgarrarle la ropa en ese mismo lugar. A punto de volverse loco.

Pero él no dejó que eso pasara.

La soltó de pronto, dejándola en shock, frustrada y con el placer en los labios. Magullada, despeinada, con la ropa arrugada, descolocada, la parte inferior íntima caliente, mojada, dilatada y con los labios hinchados y rojos observó casi con odio cómo InuYasha la dejaba, para sonreír de manera arrogante.

—¿Qué tanto crees que me interesa que sepas de mi vida, Kagome? —supo que la pregunta fue más una respuesta a la ironía anterior, así que sólo atinó a desear ahorcarlo en ese momento.

—Imbécil —insultó, con el cuerpo temblando, helando las sensaciones a una velocidad impresionante.

—Cuida tus palabras, Kagome: soy tu hermano —la miró decidido, frenando a raya las ganas de tomarla en ese mismo. La anhelaba, anhelaba tenerla una noche entera si era posible, observarla, amarla e idolatrarla todo lo que más pudiera.

—Por favor —rio ella, aguantando las ganas de llorar—. ¿Desde cuándo los hermanos follan?

—Desde que me vuelve loco tu maldito aroma y desde que tu cuerpo me pertenece —puntualizó, mirándola con esos ojos dorados que la quemaban. Y de hecho, lograban que en su cuerpo se encendiera la llama de pasión viva cuando un huracán ya había pasado sobre ella. ¿Quién eres InuYasha?

—Te odio —pronunció con la voz quebrada, pasando por delante de su hermano y dejándolo con un cúmulo de pensamientos encima.

—Yo no, Kagome, créeme —susurró al aire, herido por la afirmación.


Masculló por lo bajo un montón de tonterías que daban en todo el orgullo de macho de su hermano. Tecleó en su computadora la información perteneciente al artículo de ese día y suspiró. De acuerdo, estaba completamente desconcertada.

—Kagome, el señor Kōga desea que vayas a su oficina —se asomó Shiori, por una esquina, dándole el recado y partiendo en seguida.

Kagome encaró una ceja, ¿ahora qué? Kōga se había alejado de ella en esos últimos días desde que InuYasha trabajaba allí. No sabía si es que su hermano lo había espantado o por fin se había dado cuenta de que no le gustaba nada que intentara ser su pareja. Se levantó de su lugar, bloqueando la sesión del computador por una extraña razón de darse un recreo mental.

Llegó hasta la oficina de su jefe, tocando la puerta y entreabriéndola para poder verlo. Sintió la pesadez del lugar, cada matiz de algo que no podía describir más que extraño y frunció el ceño, ¿por qué Kōga estaba dándole la espalda desde su silla?

—Siéntate, Taishō —y lo peor fue haberlo escuchado llamarla Taishō cuando siempre le llamaba por su nombre de pila. A medida que ella iba acercándose él iba girándose.

—Dígame, señor Ikeda —también se portó diplomática y no sonrió, ni siquiera porque él lo hizo, de manera casi diabólica.

—Te quiero dilatada y abierta de piernas esta misma noche, en mi cama, Taishō.

El comentario la heló. Abrió los ojos como platos, no creyéndose una sola palabra de aquella muy grosera frase que su jefe le había dicho. Estuvo segura de que si su hermano hubiese escuchado eso, la cara de Kōga ya estuviera ensangrentada.

—¿Perdón? —deseó partirle el rostro ella misma, con el odio emanando de sus poros.

—Eso mismo que escuchaste, Taishō —la miró a los ojos, casi riendo por la expresión perpleja de la chica.

—Maldito cerdo —murmuró asqueada, haciendo ademán de levantarse y abofetearlo.

—Y tú eres una puta que se hace la difícil cuando sé que realmente me deseas —parece que estaba decidido a insultarla. Kagome se levantó en ese instante y Kōga a la par, deteniéndole la mano que estaba por estampársele en la cara.

—¡¿Quién demonios crees que soy?! —lo miró con odio, escandalizándose.

—¡No te hagas la santa Taishō, que sé que follas con tu hermano!

Oh, por Dios.

Continuará…


—¿Ma… mamá? —murmuro asustada, mordiéndome las uñas—. ¡Ya voy!

Guest1.

Guest2.

Karitho.

HeySmile30.

Raquel Taisho.

Kris'

Aomecita.

Elvi.

Rosa-Kagome.

Lauren T.

Kagome Taisho Shiba.

Julky.

Belk.

Lovergreen.

Jazmin L.

—Adiosito —les lanzo un beso y salgo corriendo.