CAPITULO 10
Edward pagó el hotel e iba a marcharse al aeropuerto cuando Jake lo interceptó.
—¿Puedo hablar un momento contigo? Estoy preocupado por Bella. ¿Has roto con ella por el artículo?
—No, por supuesto que no.
—Entonces, ¿por qué no está contigo?
«Porque no me quiere», pensó él, recordando la conversación que había mantenido con Bella, era cierto que no recordaba que esta le hubiese dicho que lo quería.
—Tiene sus motivos.
Jake frunció el ceño.
—Pero si te quiere. Estoy seguro. Nunca la había visto así.
—No la puedo obligar a que esté conmigo —respondió Edward.
—Mira, Bella suele ocultar sus sentimientos, pero yo estoy seguro de que te quiere. Supongo que se ha marchado para intentar protegerte. Prefiere ser infeliz ella que pensar que puede hacer infeliz a otra persona. Y cuando se estresa se pone muy nerviosa, pero contigo ha estado mucho mejor.
Edward tragó saliva, arrepentido. Había dejado marchar a Bella sin darse cuenta de que se estaba sacrificando por él. Se preguntó si sería demasiado tarde para recuperarla.
Apoyó una mano en el hombro de Jake y se lo apretó.
—Cuida de Rosalie por mí.
—¿Significa eso que vamos a ser cuñados?
«Eso espero», pensó Edward.
—Si necesitáis algo, llamad. Yo os apoyaré, a Rosalie y a ti.
—¿Y a Bella?
—También.
«Ahora necesito recuperarla».
...
Bella había estado emocionalmente agotada la noche anterior y no había deshecho la maleta. Por la mañana, cuando fue a buscar su taza, se la encontró hecha añicos, lo mismo que su corazón, pero en vez de sentir pánico solo sintió tristeza. Le entristeció que Edward no estuviese allí para ayudarla. Estaba segura de que le habría arreglado la taza. De que le habría dado la seguridad que necesitaba.
Se dio cuenta de que había cometido el mayor error de su vida. Se levantó del suelo y se debatió entre llamarlo o no. Miró el teléfono. También podía enviarle un mensaje de texto. No. Eso no le parecía adecuado.
Oyó un coche en la calle, miró por la ventana y le dio un vuelco el corazón al ver a Edward saludando con la mano a Sue, que estaba asomada a la ventana.
Bella no esperó a que llamase a la puerta.
—Lo siento, pero...
Él cerró la puerta y la abrazó.
—No quiero oírte negarlo más. Me quieres. Lo siento cada vez que me miras —le dijo antes de besarla apasionadamente—. Ahora, dime que no me quieres.
Bella lo miró a los ojos y se preguntó cómo era posible que alguien como él la quisiera, pero era cierto.
—No es posible que me quieras tanto como yo a ti.
Él sonrió.
—Dame los próximos cincuenta años de tu vida y te lo demostraré. Cásate conmigo. Seamos una familia para Jake y Rosalie. Seamos la familia que tú echaste de menos, la que yo desearía seguir teniendo.
Bella parpadeó para que no se le cayesen las lágrimas.
—Deseo casarme contigo más que nada en este mundo, pero no puedo dejar de pensar que no va a ser justo para ti, mi madre...
Él apoyó un dedo en sus labios.
—Es alguien con quien tendré que lidiar, lo mismo que con mi padre. No permitiré que nadie te haga daño. Confía en mí.
Aliviada, Bella se dio cuenta de que confiaba en él. De hecho, era la única persona en la que podía confiar.
Con la que podía ser ella misma.
Lo miró a través de las gafas empañadas, medio caídas. Él se las subió con un dedo y sonrió con ternura.
—¿Estamos bien?
—Estamos bien —contestó Bella.
Él le apartó un mechón de pelo del rostro y la miró con tanto amor que Bella sintió ganas de llorar de nuevo.
—Sé que no te gustan las sorpresas, pero voy a darte una — anunció.
—Dime —le pidió ella.
—He comprado la casa.
—¿Qué casa?
—Tu casa. La que te encantó desde niña. Puede ser nuestra casa de vacaciones, un lugar al que llevar a los niños para que tengan la niñez que no pudiste tener tú.
—¿La has comprado? ¿Para mí?
—Pensé que nos vendría bien tener un lugar al que escapar de nuestros padres. No les diremos dónde está. Será nuestro escondite secreto.
Bella pensó que no era posible querer a alguien más de lo que quería a Edward. Y lo más increíble era que él sentía lo mismo por ella.
—Eres maravilloso. Soy la chica más afortunada del mundo.
—Hay algo más —continuó él—. Me gusta Jake. Es un buen chico y está empezando a madurar. Me parece que, cuando nuestros hijos sean adolescentes, será tan buena influencia para ellos como lo has sido tú con él.
Bella le acarició la barbilla.
—¿Tienes idea de cuánto te quiero?
Él acercó los labios a los suyos.
—¿Por qué no me lo demuestras?
—¿Cuánto tiempo tienes?
Edward sonrió.
—Toda una vida, a partir de ya.
FIN
