Una superficie dura y lisa bajo su cuerpo. El sonido de un goteo constante. Y frío, mucho frío. Annie se acurrucó más contra la pared con la vista clavada en el suelo, tratando de bloquear todos los sonidos que había a su alrededor. Estaba tumbada de costado en el suelo en una de las numerosas celdas del Capitolio, donde había permanecido encerrada tanto tiempo que ni siquiera era capaz de diferenciar el día de la noche. Nadie había ido a visitarla desde que estaba allí, exceptuando a la persona que dejaba su comida dos veces al día. Ni siquiera le habían dicho cuánto tiempo iba a permanecer prisionera o qué había hecho para acabar allí. No, todo lo que había sabido desde el día en que recobró la consciencia era que estaba lejos de casa y de Finnick, sin otra compañía que la de sus pensamientos. Bueno, sus pensamientos y el televisor.
¡Annie! ¡Annie!
Es sólo una grabación, pensó dirigiéndole una mirada llena de rencor a la televisión, no está pasando realmente. En la pantalla, Finnick estaba encogido en el suelo, en una postura similar a la suya, pero tapándose los oídos con ambas manos. No dejaba de gritar su nombre una y otra vez, mientras cientos de charlajos emitían los gritos de terror de Annie. Gritos que ella nunca llegó a proferir. No es real, se repitió volviendo la vista al suelo, Esto lo vi en casa. No está pasando ahora. Y aún así allí seguía él; atormentado, encogido en el suelo y sin dejar de gritar su nombre. Una y otra vez, todos los días, a todas horas. Annie había intentado apagar el televisor para terminar con el sufrimiento de Finnick pero una firme cadena de plata la mantenía atada a una de las patas de su cama, con la longitud justa para permitirla levantarse pero no para llegar a tocar la pantalla. La cadena surgía de una de las patas del camastro hasta acabar en un aro metálico que la envolvía el tobillo, de manera que no había forma de romperla ni de alargarla de ninguna manera. Aún así, Annie tardó siete días en darse por vencida en su intento de escapar. No fue hasta que se encontró a sí misma tendida en el suelo, con el tobillo y las manos sangrando y totalmente afónica de tanto gritar, que no se dio cuenta de que no había forma de salir de allí. Fue entonces cuando empezó a llorar. Lloró por sus heridas, por el aro del tobillo que parecía estrecharse cada día más, por sus dedos doloridos y temblorosos de tanto dar tirones a la cadena y por su garganta, que parecía estar en carne viva. Lloró por su situación, por el desconcierto de no saber dónde estaba, por el miedo de encontrarse sola en un sitio desconocido y por la impotencia de no saber qué hacía allí . Y lloró por Finnick. Por el sufrimiento que había tenido que pasar por su culpa, por tener que revivirlo una y otra vez cada día y por la posibilidad de que él estuviera en un calabozo como el suyo en aquellos momentos. Lloró por no saber dónde estaba él realmente, porque echaba de menos su calor, su sonrisa y sus ojos y porque una parte de ella le decía que no le volvería a ver con vida nunca. Lloró hasta quedarse sin lágrimas, temblando como una hoja, con las manos tapando sus oídos, intentando escapar del mundo que la rodeaba. Lloró hasta que no pudo más. Y entonces se dio cuenta de que lo que veía en la pantalla del televisor era una simple grabación de las imágenes de Finnick en los Juegos, puesta en bucle pero una grabación a fin de cuentas. Aquello no estaba pasando realmente. No merece la pena llorar por algo que no es real. A partir de ese día fue adoptando de un modo casi sumiso la rutina del calabozo. Se levantaba, comía, se perdía entre sus pensamientos, jugueteaba con la cadena enredándola entre sus dedos, cenaba y se acostaba; todo ello sin dirigir una sola mirada al televisor, fingiendo no estar escuchando los gritos de Finnick. Al poco tiempo quien quiera que la mantuviera presa tomó medidas, no sólo acortando la longitud de la cadena sino repitiendo las imágenes de Finnick por la noche también; de manera que las pocas veces que Annie conseguía dormir, despertaba de golpe por los chillidos de los charlajos. De vez en cuando le daban una especie de descanso y quitaban el volumen de la televisión, sólo para permitirla escuchar las voces que llegaban desde una celda proxima a la suya. Era la voz de una mujer pero Annie no podía identificarla pues la mayor parte del tiempo aullaba de dolor acompañada de un zumbido, como una vibración eléctrica, o hablaba en un tono bajo y desafiante. Se sentía mal al pensarlo pero tenía que admitir que agradecía poder oír los gritos de aquella mujer porque eso le daba tiempo para descansar y recuperar fuerzas para afrontar de nuevo a Finnick sufriendo en su televisor. Cuánto durará esto..., pensó Annie jugueteando con la cadena. Quizás estaba condenada a pasar el resto de sus días allí. Quizás estaban esperando a que se muriera de pena y por eso no la dejaban salir. O quizás...
- ... Si un vencedor es considerado deseable, el presidente lo ofrece como una recompensa o permite que puedan comprarlo por una cantidad exorbitante de dinero...- Annie se quedó petrificada con la cadena todavía entre los dedos. ¿Había sido su imaginación? ¿O verdaderamente había oído la voz de Finnick alta y clara? Miró con cautela a la pantalla esperando verle destrozado por sus gritos y efectivamente allí estaba, sólo que no era la imagen que había estado viendo todo aquel tiempo. Finnick estaba sentado en una especie de columna caída, con aspecto cansado pero aparentemente ileso. Finnick. Annie se incorporó y se acercó todo lo que pudo a la pantalla hasta acabar de rodillas frente a ella. Finnick. De modo que estaba vivo... ¿O era otra grabación para hacerla sufrir? No, algo le decía que no querían que viera lo que estaba viendo, lo que la hizo dar tirones a la cadena tratando de acercarse más- Si te niegas, mata a alguien a quien amas. Entonces lo haces...- la señal se cortó volviendo a las imágenes de los juegos y Annie parpadeó confusa. ¿Qué acababa de ver? ¿Qué significaba todo aquello? Reflexionó sobre las palabras que había oído tratando de buscarles un sentido pero lo único que pudo sacar en claro era que Finnick estaba a salvo y vivo. Finnick. Annie miró ansiosamente la pantalla esperando verle hablar una vez más hasta que la imagen cambió de nuevo- Llegué a acostarme con casi seis mujeres diferentes cada mes y a tener citas con una veintena de ellas...- ¿qué? ¿Citas? ¿Acostarse con mujeres? ¿Qué mujeres? ¿De qué demonios estaba hablando? Por primera vez en años Annie notó una puñalada de celos en el pecho. Ella era a quien Finnick quería, ella y sólo ella... ¿no? Al menos eso le había dicho, que la quería. ¿Y entonces? ¿Mentía en la retransmisión? ¿Le había mentido a ella? ¡¿Qué estaba pasando?! Annie sintió un enorme deseo de golpear la pantalla con algo hasta romperla pero lo único que consiguió fue hacerse daño en el tobillo intentando llegar hasta ella- Pero yo no quería a ninguna de ellas- Finnick bajó la vista un segundo sonriendo antes de seguir- La mujer de mi vida se llama Annie Cresta y nunca he llegado a querer a otra- Annie notó cómo su cuerpo se relajaba a medida que sus celos se desvanecían. Finnick... La quería, lo había dicho. La quería sólo a ella. Acarició con las yemas de los dedos la pantalla, donde Finnick seguía hablando, sintiéndose como una estúpida. ¿Cómo había podido llegar a dudar de él? ¿Cómo se le había pasado siquiera por la cabeza? Él, que siempre había permanecido a su lado en los buenos y malos momentos. Él, que la confortaba entre sus brazos cada vez que una pesadilla le robaba la calma. Él, a quien quería más que a nada en el mundo.
- Te echo de menos...- susurró notando cómo los ojos se le llenaban de lágrimas- Te echo mucho de menos...- quería salir de allí. Quería despertar de aquella pesadilla, que Finnick la estrechara entre sus brazos y que los dos fueran a dar largos paseos por la playa como solían hacer por las tardes. Quería tenerle de vuelta. En su lugar, recibió una explosión. A lo lejos se escuchó un ruido, como de algo estallando por lo aires, que la hizo apartarse del televisor y escuchar atentamente. Había estado tan sumida en la voz de Finnick que no se había dado cuenta del ruido que se había formado en el exterior. Pasos, cristales rompiéndose, hombres llamándose a gritos. Y tiros. La señal de la televisión tembló y se apagó y toda la habitación vibró como consecuencia de una explosión producida en la celda contigua. Annie subió con rapidez a su cama y se apretó contra la pared con las piernas abrazadas. No sabía lo que estaba pasando ahí fuera pero fuera lo que fuera ella era la siguiente. Los pasos y los gritos se movieron hasta su puerta y alguien comenzó a golpearla violentamente. Annie apoyó la barbilla sobre sus rodillas y se tapó los oídos esperando lo peor. Una fuerte explosión hizo volar la puerta al interior de la habitación, haciendo caer la televisión y rompiéndola en mil pedazos pero Annie estaba demasiado asustada para alegrarse. En el umbral, una decena de hombres uniformados apuntaban al interior de la habitación con linternas y pistolas a partes iguales.
- ¿Annie?
- ¡Annie!
- ¿Annie, estás ahí?
- ¡Annie!- Annie parpadeó intentando acostumbrarse a la luz e instintivamente se apretó aún más contra la pared.
- ¡Parad ya, vais a asustarla!- los hombres bajaron las luces y uno de ellos se acercó hacia la cama hablando con amabilidad- Tranquila, Annie, no vamos a hacerte daño- el hombre, un chico joven en realidad, se agachó frente a ella y extendió una mano mirándola a los ojos- Me llamo Gale. Gale Hawthrone.
- Annie Cresta- susurró estrechándole débilmente la mano.
- Bien, Annie. Estamos aquí para salvarte- Annie se mordió el labio y dirigió una mirada llena de inseguridad a los hombres del umbral- Todos nosotros. Te sacaremos de aquí y te llevaremos con Finnick...
- ¿Finnick?
- Sí, Finnick- Gale sonrió con calidez- Está bien. Ahora mismo está en el distrito trece y vamos a llevarte con él.
- No puedo...- sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez pero se obligó a sí misma a no llorar- La cadena...- Gale frunció el ceño y bajó la vista reparando en la cadena de plata que se enroscaba por el suelo. Sacó de su bolsillo un trozo de alambre y estuvo largo rato hurgando con él en la minúscula cerradura hasta que consiguió abrir el aro que atrapaba el tobillo de Annie. La joven hizo una mueca de dolor al verlo. La piel alrededor del tobillo estaba en carne viva allí donde antes había tenido la esposa. Había rastros de sangre seca y costra allí donde la herida había cicatrizado pero también sangre fresca, probablemente producida por su anterior forcejeo. Al verlo a la luz de las linternas, Annie tuvo que morderse el interior del labio para no empezar a gritar.
- ¿Puedes andar?- con cuidado, Gale la ayudó a ponerse en pie y dar un par de pasos pero las piernas de Annie temblaban tanto que se cayó en cuanto empezó a caminar- No pasa nada- con un movimiento rápido, Gale la cogió en brazos y la acunó contra su pecho como si fuese una muñeca de trapo. Les hizo una seña con la cabeza al resto de hombres y juntos salieron corriendo de la celda hasta llegar a un largo pasillo. Allí cientos de personas, tanto Agentes de la Paz como hombres con el mismo uniforme que Gale, libraban una batalla a tiros los unos contra los otros. En medio del caos Annie distinguió al resto de lo que parecía ser el "escuadrón de rescate" unos metros más adelante. Uno de ellos portaba una mujer inconsciente en brazos, probablemente la misma que había oído gritar en la celda de al lado. Algo en ella le resultaba extrañamente familiar. Espera...
- ¿Esa es...?
- Johanna Mason- dijo Gale sin dejar de correr- Está inconsciente pero viva. Y más adelante está Peeta- Johanna y Peeta. Habían estado compartiendo la misma prisión todo aquel tiempo y ni siquiera había sabido... Un momento...
- ¿Qué día es?- preguntó alarmada.
- Principios de septiembre- septiembre... Annie intentó llevar la cuenta de los días que llevaba allí pero no podía concentrarse con todos aquellos tiros a su alrededor. De repente, Gale hizo una mueca de dolor y se tambaleó, a punto de tirarla al suelo.
- ¿Estás bien?
- Sí...- por el tono de su voz, Gale parecía estar muy lejos de estar bien pero aún así resopló y acomodó a Annie de nuevo en sus brazos- Sí, estoy bien... Ya queda poco- eso era cierto. Un giro a la derecha, dos a la izquierda, un salto para bajar unos escalones y Annie se encontró respirando aire puro bajo un cielo estrellado. Por fin. Annie contuvo el aliento notando cómo su pulso se aceleraba por la emoción. Había estado tanto tiempo encerrada que había olvidado lo bonito que era el cielo nocturno. Caminando a duras penas, Gale la llevó al interior de un aerodeslizador y la tumbó en una camilla, donde un par de médicos examinaron con rapidez su tobillo.
- Esto aguantará hasta el distrito trece- dijo uno de ellos envolviéndolo con una venda- ¿Duele?- Annie asintió con lágrimas en los ojos y el médico le inyectó algo en el brazo que hizo que todo su mundo se volviera borroso- Va a ser un viaje corto- dijo con una voz cada vez más distante- pero será mejor que descanses un rato.
