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Los profanadores del destino

Capítulo 10

Harry hubiese dado parte de su cámara de Gringotts para que la mañana siguiente fuese tranquila, pero no tuvo suerte. El primer memorándum llegó mientras dejaba su abrigo en el perchero y se enfundaba la túnica de auror. Procedía del Departamento de Misterios y era una denuncia de robo firmada por los Inefables, en la que se le solicitaba la pronta devolución del objeto sustraído y se le informaba de que todo había sido puesto en conocimiento del Ministro. Fue el propio Shacklebolt quien envió el segundo memorándum, citándole a mediodía para hablar sobre el tema. El tercero vino de parte de Hermione; Ron y ella no podían esperar más para verle y le esperarían en su casa a la hora del almuerzo. Harry desapareció los tres mensajes e intentó distraerse con el papeleo pendiente, a la espera de una misión que le alejase de la mesa. No hubo misión, pero sí un cuarto memorándum. Al parecer, McGonagall había presentado una queja ante Kingsley por su forma de irrumpir en el colegio. A las diez de la mañana, el ánimo de Harry caía cinco pisos por debajo del subsuelo.

Por fortuna, a las diez y media llegó Draco.

Era la primera vez que se presentaba en la Oficina de Aurores. Sus respectivos cargos no exigían una relación directa y nadie en el Ministerio a excepción de Hermione sabía que estaban juntos. Pero nada de eso le había detenido. Draco entró en su despacho, cerró la puerta y fue hacia él para darle un abrazo. Después vino el beso. Y Harry, que había estado necesitándolo toda la mañana, se sintió afortunado de tenerlo.

- ¿Cómo estás?

- Ahora mejor.

Draco le acarició el pelo y se aclaró la garganta.

- Sé que no es el mejor momento, pero mi padre ha tenido una recaída.

Harry le miró sin saber muy bien qué decir. Le constaba que muchos de los condenados a Azkabán arrastraban secuelas físicas de su período en la cárcel, pero todavía no estaba preparado para preocuparse por la salud de Lucius Malfoy. Aún sí, se obligó a recordarse que era el padre de Draco.

- ¿Es muy grave?

- Espero que no, pero quiero asegurarme.

- ¿Te vas ya?

- Sí. Puede que esté de vuelta mañana, pero no quería irme sin saber que estás bien.

- Estaré bien, Draco. Ha dolido, pero no se puede hacer nada. No es la primera vez que me manipulan. Y ya me conoces, acabaré asumiéndolo.

Le conocía. Había perdonado cosas que él jamás habría dejado ir sin venganza. Hablaba con el impresentable de su primo y le había puesto el nombre de Albus Severus a su hijo pequeño. Si había alguien que podía superar la intervención de un Profanador, ése era Harry. Sin embargo, por mucho que sus palabras sonasen convincentes, el dolor de la noche pasada seguía en sus ojos. No había que ser muy sagaz para verlo y para Draco, que le había visto romperse, era más que evidente. Aunque tenía que ignorarlo si quería seguir adelante con sus planes; o mejor aún, alimentarse de ese dolor como un hambriento.

- Volveré pronto.

- Anda, ve con tu padre. Y no le hables de nosotros o lo que sea que tenga, empeorará.

Draco esbozó una sonrisa y volvió a besarle. Otra vez sentía que sólo lo físico podía remediar todas las mentiras que estaba acumulando. Mientras éstas le alejaban de Harry, él recuperaba el terreno perdido a golpe de contacto.

- Te echaré de menos.

- Más te vale.

En cuanto Draco salió del despacho, Harry se dejó caer en la silla pensando que él sí iba a extrañarle. Las imágenes del recuerdo que habían invadido su único e incómodo momento de sueño de la noche volvían ya a su mente cuando uno de sus hombres llamó a la puerta y, tras recibir permiso, entró con una carta en la mano.

- Jefe, ha llegado esto para usted.

- Gracias, Williamson.

Harry tomó la carta y esperó a que el auror saliese para abrirla. Era del exterior, o de otro modo habría llegado directamente a su despacho. El Ministerio estaba en su mayor parte bajo el nivel de la calle y las lechuzas sólo podían acceder a determinadas plantas en la superficie. La letra no se le hacía conocida, así que rasgó el sobre y leyó el escueto mensaje.

Hola, Harry.

Necesito hablar contigo. ¿Podríamos vernos en el Caldero a última hora de la tarde? No te preocupes por tus hijos, no tiene que ver con ellos. Pero es importante.

Neville Longbottom

El remitente era toda una sorpresa. Hacia meses que Harry no veía a Neville y su relación se había ido enfriando en los últimos años sin que hiciesen nada por evitarlo. No tenia ni idea de qué podía querer de él pero, por el momento, había puesto todos sus sentidos alerta. Harry tomó pergamino, propuso una hora y aceptó la invitación. Por lo visto, aquel día no pensaba darle un respiro.


La reunión con el Ministro fue larga, tensa e inoportuna. Harry salió de su despacho prometiendo disculparse con McGonagall y con un plazo de diez días para devolver el recuerdo si no quería verse delante del Wizengamot. Kingsley se había mostrado comprensivo y conciliador, y ni siquiera se había planteado sancionarle. Harry estaba seguro de que aún le habría ayudado más si le hubiese contado las cosas en vez de permanecer en un obstinado silencio, pero no tenía intención alguna de hacer al mundo mágico partícipe de su historia de falso Gyffindor. O de que su héroe de barba blanca y mirada sabia era en realidad un manipulador rayano en lo perverso.

Cada vez que pensaba en ello se le revolvía el estómago. No sabía cómo iba a hacer para lograr comer algo en casa de Ron y Hermione. Aunque en cuanto cruzó la chimenea, se dio cuenta de que el apetito no sería un problema. Había un par de bandejas con emparedados y bebidas, pero la mesa del salón seguía ocupada por el pensadero y un montón de libros y papeles. Hermione leía página tras página y Ron parecía ayudarla, aunque dejó de hacerlo en cuanto le vio aparecer. Estaba a su lado antes de que acabase de limpiar el polvo que se había adherido a su ropa, sus manos fuertes agarrando sus hombros.

- Me importa una mierda lo que haya hecho el viejo, Harry. Siempre serás uno de nosotros.

- Gracias, Ron.

Harry no podría haber dicho mucho más porque la voz le abandonó. Sintió que justo ahí podría romperse de nuevo. Por suerte, Ron le dio un abrazo tan consistente que le devolvió las fuerzas y cuando llegó el de Hermione ya volvía a sentirse entero. Incluso un poco después pudo empezar a mordisquear un emparedado de bacon.

- ¿Qué estábais haciendo?

- Pues hemos visto el recuerdo un par de veces, centrándonos en la parte del hechizo. Estoy segura de que Dumbledore adulteró la imagen para que no se entendieran sus palabras. Estaba buscando información sobre cómo revertirlo y así conocer con exactitud el conjuro que utilizó para…

- Herm…

- … así poder encontrar un contrahechizo que…

- Herm, escúchame.

- ¿Qué, Harry?

- ¿Para qué se supone que vamos a revertirlo? ¿De qué sirve ahora?

- No lo sé, ¡pero tendremos que hacer algo!

Harry no pudo evitar suspirar. Hacer algo. Claro que quería hacer algo, pero no había nada a su alcance. Y si lo hubiera, sería un riesgo innecesario. Él mismo se había planteado las alternativas hasta el cansancio. Dejó el emparedado y cogió la mano de su amiga, intentando herir lo menos posible su generosa voluntad de ayudarle.

- Fue hace mucho tiempo, Herm. Y las cosas nos salieron bien en el pasado. Ganamos la guerra. ¿Qué crees que pasaría si modificamos cualquier cosa? Sé que queréis ayudarme y os lo agradezco, pero cuanto antes nos olvidemos de esto, mejor.

Hermione se mordió el labio. Parecía evaluar por primera vez todas las consecuencias de intervenir en el pasado tal y como lo conocían. Ron ya estaba convencido, había asentido varias veces mientras Harry hablaba. Además, ya lo había dicho todo. Para él, su mejor amigo siempre sería un Gryffindor.

- ¿Estás seguro?

- Sí. No voy a arriesgar a todo el mundo mágico por saber a qué casa de Hogwarts tendría que haber ido.

Era mucho más que eso. Era su destino, sus amigos, su vida. ¿Pero qué era una vida frente a miles? Nadie tenía que enterarse de lo mucho que le dolía. Hermione cerró el enorme libro que estaba leyendo y devolvió el recuerdo al vial custodio.

- De acuerdo. Entonces lo olvidaremos.

Harry le sonrió, agradecido, mientras se preguntaba a sí mismo si alguna vez conseguiría no recordarlo.


Los pavos adultos acababan de tener crías. Eran aún una especie de cosa sin plumas, fea e indefensa, pero Draco sabía que en unos meses serían todo lo contrario y le darían a la mansión el toque de distinción que Lucius siempre buscaba allá donde vivía. Un elfo doméstico se encargaba de mantenerlos en calor y alimentarlos, pero su padre supervisaba su evolución paso a paso. Allí le encontró Draco, azuzando con el bastón al elfo para que tuviese más cuidado. Y, como suponía, perfectamente sano.

- Vaya, al final lo has conseguido.

- Por supuesto. ¿Qué tal tu viaje?

- Sin problemas.

- Dos visitas en menos de un mes suenan a problemas, Draco. A no ser que te haya invadido una súbita nostalgia paternal.

- ¿Le has encontrado nuevos usos al bastón familiar?

- Quizá son los que le quedan.

- ¿Tan poco confías en tu hijo?

Lucius le miró interesado y esbozó una sonrisa que podía significar muchas cosas.

- Vamos a mi despacho.

Una vez allí, Draco aceptó todas las formalidades de su padre. Tomó asiento, esperó a que otro elfo les sirviese un té, lo único que aconsejaba la etiqueta a esas horas, y observó cada una de sus reacciones. En definitiva, se comportó exactamente igual que lo haría con cualquiera de sus socios o clientes. Sabía muy bien que no podía llegar con un simple cambio de opinión por haber pensado mejor las cosas. Lucius le conocía a la perfección, como hijo y como negociador. Él también era uno y ambos sabían que había un largo camino de motivos e intereses para pasar al sí desde un no.

- Dime por qué.

- Alguien que conozco tiene esa cicatriz. Es un buen mago y debería haber ido a Slytherin, pero no lo hizo. Si ellos tienen derecho a robar potencial a mi Casa, yo también lo tengo a robárselo a las suyas.

Lucius asintió en claro acuerdo con él y Draco se permitió una sonrisa. Había ensayado cien veces la respuesta a esa pregunta. La venganza nunca era una excusa para un Slytherin sino una razón poderosa. Seguramente su padre iba a preguntarle por ese mago, pero también había pensado en eso. Tenía el candidato perfecto; un Ravenclaw que había hecho estudios de mercado para sus empresas y con el que había tenido un idilio breve pero intenso hacía un par de años. Le conocía lo suficiente para no tener que mentir y poseer un amplio abanico de detalles.

- Y ese mago es Harry Potter, ¿no es así?

Por mucho que Draco lo intentó, parte del sorbo de té que apuraba se le fue por la nariz. Toser no fue ni la mitad de vergonzoso que las palmaditas que Lucius le dio en la espalda mientras le hablaba como a un niño de dos años.

- Vamos, hijo, respira.

Draco tomó aire y enfrentó su mirada, tratando de parecer ofendido por encima de congestionado.

- ¿Desde cuándo me espías?

- Desde que tenías un año, Draco. No sé de qué te sorprendes.

- Ya no soy un niño.

- Si pensabas que podías ocultarme una relación con Potter, yo creo que sí lo eres. Lo supe desde que pisó Malfoy Manor por primera vez. Fue una visita breve, pero suficiente.

- ¿Y por qué no has dicho nada?

- Tienes un heredero, es todo lo que te pedí. Ahora tú eliges tus compañías, y un Jefe de Aurores no es de las malas. ¿Por qué iba a interferir?

Draco apretó los dientes y miró hacia la ventana. No importaba lo que se esforzase, jamás podía enfrentarse de igual a igual con su padre. Sólo le quedaba la verdad para tratar de sorprenderle, aunque, por su bien, pensaba guardarse algunas partes.

- Está bien, se trata de Harry. Fue marcado por el Profanador de Gryffindor cuando era un bebé. Harry Potter era Slytherin, ¿puedes imaginarlo? Debiste adelantarte.

Miró a su padre esperando una grieta en su seguridad aplastante, pero Lucius estaba tan lejos del nerviosismo en aquella conversación como Draco de poder manejarla.

- Dumbledore tenía mayor acceso que yo al crío, Draco. Y si te soy sincero, estoy seguro de que Quien-Tú-Sabes lo quería precisamente allí.

- ¿En Gryffindor? ¿Y cómo sabes lo de Dumbledore?

- Supongo que si un profanador tiene a otro delante, le reconoce. Siempre sospeché de la espada de Gryffindor como arma de destino, ¿me equivoco?

- No te equivocas.

- Eso me temía. Por eso intenté quitarlo del colegio desde el Consejo. Por eso empujé al Ministerio contra Hogwarts.

- ¿Por eso tenía que matarlo yo en sexto?

- Entre otras muchas cosas.

- ¿Por qué Vol… - Ante la mano levantada de Lucius, evitó decir el nombre. Él se había acostumbrado a pronunciarlo sin temblar, pero su padre no lo hacía nunca. Draco prefería no averiguar sus razones - …Quien-Tú-Sabes querría a Harry en Gryffindor?

- ¿Un mago así de famoso en Slytherin? ¿Qué crees que hubiese hecho? Yo te lo diré: morir o volverse como su enemigo.

- ¿Estás insinuando que acabaríamos teniendo dos Señores Oscuros?

- No. Estoy insinuando que acabaríamos teniendo uno, pero no sé muy bien quién sería.

- Harry no es así. Por Merlín, padre, yo no soy así. Estás haciendo lo mismo que hacen todos con Slytherin, usando sus mismos prejuicios.

- Tal vez. ¿Pero qué hubiera hecho Potter si Quien-Tú-Sabes no quisiera matarlo sino aliarse con él? Si se hubiese criado en su Casa, bajo sus normas, haciendo amigos entre los que luego iban a servirle. ¿No crees que si hubiese sido tu amigo habría tomado la Marca contigo?

Draco se había preguntado esas cosas una y otra vez. Dolía imaginarse un universo donde Harry y él hubiesen sido amigos en el colegio, no por desagradable sino por tentador e imposible. Podrían haber pasado tantas cosas… Pero en todas sus alternativas Harry seguía siendo el mismo, quien derrotaba a Voldemort, quien nunca habría tenido la Marca; y ya de paso, en sus fantasías, Draco solía también borrarla de sí mismo.

- Blaise era mi mejor amigo, aún lo es. Y no tomó la Marca.

- ¿Crees que el Señor Oscuro se interesó realmente en él? Sin embargo, había tenido sus ojos sobre Potter desde que llevaba pañales.

- ¡No! Harry no es así.

- Como quieras, Draco. Supongo que tú ahora le conoces mejor que yo.

Saltándose todo tipo de etiqueta, Lucius fue hacia las bebidas y se sirvió un coñac. Draco rechazó el suyo. Estaba enfadado y no sabía muy bien por qué. Lo que decía su padre tenía sentido, él mismo habría pensado así no hace mucho tiempo. Sin embargo, había ido a Bretaña justo para poder defender lo contrario. De momento sólo tenía confianza en la persona de la que se había enamorado, pero quizá siendo Profanador podría demostrarlo. Demostrarlo con hechos. Eso, si su padre se dignaba en transmitirle todo lo que sabía sobre aquel bastón que descansaba sobre sus piernas. Estaba mirándolo con tanta atención que le sorprendió escuchar su voz de nuevo.

- La cuestión importante, Draco, es cómo has sabido tú lo de Dumbledore.

- Me prohibiste hablar de los Profanadores, me hechizaste para que no se me fuera la lengua. Así que no veo por qué tendría que hablarte yo de esto.

- Me parece justo. Y ahora quieres el bastón, por lo que veo…

- Tú no vas a usarlo, ¿cierto? No voy a permitir que Slytherin se convierta en el nuevo Hufflepuff.

- Así que, de repente, has perdido tu preciosa moral.

- Han tocado a uno de los míos. Se acabó la moral.

Los ojos de Lucius brillaron con orgullo y ahogó su sonrisa en un nuevo trago de coñac.

- Creo que ya estás listo.


Por sorprendente que resultase, en la bucólica mansión de Bretaña también había mazmorras. Draco se preguntó si todas las propiedades de su padre las tenían y recordando la antigüedad de la mayoría imaginó que así era. Tan sólo eran un par de corredores, mucho más pequeños que los de Malfoy Manor, que desembocaban en una habitación redonda, cuyas paredes de piedra habían sido invadidas por el moho y la hierba. En el centro había una mesa de madera donde se apoyaba un atril, y sobre éste un libro de páginas amarillentas y lomo gastado. Lucius lo tomó entre sus manos con suma reverencia.

- Este libro pasó de manos de Brutus Malfoy a su heredero, y así sucesivamente hasta que tu abuelo me lo legó a mí. Contiene todo lo que necesitas saber y deberás protegerlo con tu vida. Al igual que tu secreto.

Eso era justo lo que estaba buscando. Draco estiró las manos para cogerlo, pero Lucius volvió a dejarlo en su lugar.

- Todavía no eres un Profanador, Draco. Debes jurar primero.

El recuerdo que había descubierto en las mazmorras de Malfoy Manor acudió a la mente de Draco como un fogonazo. Allí había empezado todo, en su preocupación por aquella cicatriz, en su visita al Callejón Knocturn, en el descubrimiento del pensadero, en su antepasado arrodillándose ante un hombre encapuchado, jurando por su vida que cambiaría las de otros magos y brujas en su beneficio. Porque, ¿desde cuándo un Malfoy rechazaría tener un poder así? Draco hincó una rodilla en el suelo y miró a su padre. Para él ya era tarde, sólo esperaba que algún día no lo fuese para Scorpius.

Lucius sacó su varita y la sostuvo frente a sus ojos. Una onda de magia rodeó su rostro y giró alrededor de sus manos.

- ¿Eres un Slytherin legítimo?

- Lo soy.

- ¿Fiel a Salazar?

- Fiel.

- ¿Aceptas ser su Profanador?

- Lo acepto.

- ¿Juras servir a tu misión con la vida?

- Lo juro.

- Así sea entonces. Aquí te encomiendo, Profanador, tu arma de destino.

Draco extendió sus manos y agarró el que ya era su bastón. Los ojos de la serpiente centellearon bajo el último chasquido de magia y el juramento quedó sellado ante la memoria del Fundador.


Harry llegó al Caldero Chorreante cinco minutos antes de las siete. Hannah le recibió con su habitual sonrisa y, antes de que se sentase en una de las mesas, le pidió que le acompañara al piso de arriba, hasta uno de los pequeños salones que los comerciantes solicitaban para negociar y cerrar tratos en privado. Harry estaba cada vez más desconcertado. Neville quería verle, decía que era importante y prefería mantener esa conversación oculta. Quizá los que afirmaron que se había vuelto loco al liderar la casa de Hufflepuff no se habían equivocado.

Había ocurrido seis años atrás. Pomona Sprout, envejecida y con secuelas físicas de la guerra, sufrió una enfermedad que le llevó a la muerte. Entre sus últimas voluntades figuraba la de que Neville Longbottom le sucediese en su puesto. Era la primera vez que se planteaba algo así. Los Jefes de Casa siempre habían sido con anterioridad alumnos de la misma; no era una ley escrita, pero en Hogwarts la tradición tenía muchas veces el mismo peso que una. Todos reconocían la destreza y la preparación de Neville en Herbología, lo bien que siempre había congeniado con la Jefa de Hufflepuff y su heroica intervención en la guerra, pero la tradición era la tradición y nadie acogió de buen agrado la voluntad de Sprout. Los Slytherin hacían bromas ácidas sobre ello, los Gryffindor se sentían ofendidos, los Hufflepuff ninguneados y los Ravenclaw afirmaban que era la cosa más ilógica que habían visto desde Voldemort siendo un mestizo. Cuando el mundo mágico desechaba ya la idea, Neville cerró la boca de todos aceptando; o más bien, les dejó boquiabiertos.

Más allá de la opinión general, Harry sabía que, al menos, sus compañeros de habitación en Hogwarts se lo habían tomado fatal. Ginny y Hermione tampoco estaban de acuerdo. Los alumnos de Hufflepuff tampoco reaccionaron muy bien. Teddy aún estaba en Hogwarts por aquel entonces y, por lo que le había contado, le hicieron la vida imposible a Neville durante meses. Sin embargo, él había aguantado cada ataque con una sonrisa amable, se había ido a vivir a los invernaderos y disfrutaba tanto dando clase que resultó casi imposible no contagiarse de su entusiasmo. Un año después, muy pocos hablaban ya del tema. Cinco años más tarde, era como un dolor sordo, siempre presente pero al que uno se acaba acostumbrando.

A las siete en punto, Neville entró en el salón con la bufanda de Hufflepuff destacando sobre su abrigo negro. Era por cosas como ésa por la que sus amigos Gryffindor ya no lo eran tanto. Más allá de eso, seguía siendo el chico sonriente y bonachón de siempre. Aún así, mientras estrechaba su mano, Harry intentó no olvidar que también era quien había liderado la rebelión de Hogwarts y acabado con la temida Nagini.

- Hola, Harry. Gracias por venir.

- Hola, Neville.

- Siento haber quedado tan tarde. Hoy tenía clases hasta la hora de la cena.

- No hay problema, aunque reconozco que me ha sorprendido tu carta.

- Lo suponía. Voy a dejarme de misterios, Harry. Te vi ayer en Hogwarts, saliendo del despacho de McGonagall.

Claro y directo. Y hablando de lo último que Harry hubiese podido imaginar. De repente, la silla era incómoda y él era incapaz de mantener los pies quietos.

- No quiero hablar de eso.

- Sé cómo te sientes.

- No, Neville. Estoy seguro de que no lo sabes.

- Lo sé perfectamente.

Neville extendió su brazo derecho sobre la mesa y puso la palma de su mano hacia arriba, bajo la luz del farol que pendía sobre sus cabezas.

- Está aquí, como la tuya.

La piel no tenía más marcas que las líneas habituales, pero si Harry miraba su propia mano sabía que vería lo mismo. De todas formas, no quería creérselo.

- No sé de qué me hablas.

- De la cicatriz que nos hizo Dumbledore. La mía la descubrió Sprout. Supongo que ya sabes lo que significa.

Sí, se dijo Harry mientras miraba el tejón bordado en la bufanda amarilla.

Lo sabía.

Continuará…


Notas finales:

"Cuando Neville Longbottom se puso el Sombrero Seleccionador, estuvo muy cerca de ser un Hufflepuff. De hecho, esa fue la primera opción hasta que fue destinado a Gryffindor" J.K. Rowling