Mientras preparaba mi montura, sentía como mis sienes empezaban a latir nuevamente y el odio crecía con fuerza en mi pecho. El recuerdo del rostro de Rosalie, la desesperación en la voz de Bella; el vientre redondeado de Felicita, anunciando la llegada de una nueva vida. Dos mujeres destrozadas y un niño que crecería sin padre, con derecho a todo y sin derecho a nada por la ilegitimidad.

Apreté con fuerza las correas de la silla de montar, bajo el vientre de mi caballo, intentando apaciguar mi furia, necesitaba pensar con cordura en aquellos momentos. Sin duda Royce, ya habría tenido tiempo suficiente de evaluar la situación y estaría esperando alguna reacción por parte de nuestra familia.

—Iré con usted patrón.

Giré un tanto sorprendido, al escuchar el tono decidido de Emmet.

—No creo que será necesario, pero agradezco tu ofrecimiento —respondí subiendo a mi caballo y tomando con fuerza las riendas. Sin embargo conocía la mirada resuelta de aquel muchacho.

—No quiero contrariarlo patrón, pero usted vengará la afrenta a la señorita Rosalie — me dijo imperturbable, antes de preguntar —. ¿Quién verá por lo que le hicieron a "la Feli"?

—Emmet, ese no es tu derecho y menos tu deber —le expliqué lo más calmadamente que pude, antes de que la rabia volviera con fuerza, al recordar el vientre de la joven.

—El Hipólito fue un cobarde y don Alejo ya no tiene fuerzas —insistió —, ¿Y si hubiera sido otra y no la Feli? ¿Si hubiera sido Bella, si Charlie o Jacob no pudieran pagar el caudal? —indagó sin timidez.

Sentí el sabor amargo de la bilis quemando mi garganta. Imaginar el rostro de Bella surcado de moretones; sus ojos vivaces sin brillo, a causa de un sufrimiento irreparable; su vientre lleno con un hijo que nadie reconocería como suyo; hicieron que el desprecio que me despertaba Royce King se acrecentara con fuerza.

—Toma uno de los caballos, te daré un arma —le indiqué sin ocultar el enfado en mi voz, el cual esperé que interpretara como la consecuencia de su terquedad.

—No necesito un arma patrón, el señorito Royce ya me regaló una muy buena — me confesó en tono divertido, sacando un revolver de su descolorida alforja, antes de tomar uno de los caballos que ya estaban preparados para los capataces.

El camino rumbo a la hacienda de los King era fácil de seguir. Años de tratos comerciales y de amistad, habían hecho que las sendas se muestren como amarillentas serpientes en medio del verde de los parajes.

Ninguno de los dos habló mucho en las horas que tomaba el trayecto al fundo de los King. Seis horas, era lo mínimo que se necesitaba para cruzar aquellos caminos; flanqueados por bosques de cipreses y eucaliptos, por chacras multicolores y recuerdos lejanos junto a una joven con los ojos del color del chocolate.

Recuerdos que parecían unas veces tan lejanos, que casi pensaba haberlos olvidado, recuerdos que a veces se tornaban tan recientes que dolían con fuerza todavía, en mi alma.

Aún podía escuchar la suavidad de su voz suplicándome que no intentara lo que estaba haciendo, el temor de sus ojos al verme partir, la sinceridad de su alma intentando poner en palabras una confesión que era mejor para todos no ser oída.

Sabia cual serian las palabras que escaparían de sus labios. Conocía cuáles eran los sentimientos que escondía su corazón, porque eran los mismos que yo guardaba en el mío.

Amaba a Bella. A aquella niña que había curado las heridas de mis rodillas, a aquella joven que me brindo la dulzura y la inocencia de sus labios; a aquella mujer que se presentaba en mis sueños con su sencillez y humildad, dándolo todo.

La valla de madera, que marcaba el inicio de las propiedades de los King se mostró delante de nosotros. Emmet fue el primero en frenar a su montura, no sabía que esperar de aquella visita, sin embargo todo parecía señalar que no esperaban nuestra presencia.

El patio delantero de la casa principal se hallaba vacio y silencioso, salvo por los rosales cuidados con esmero, cualquiera podría pensar que aquel jardín estaba abandonado.

Descabalgamos con rapidez, mirando con cautela a ambos lados del enorme patio, sin embargo las únicas señales de vida, eran los gorjeos de algunos gorriones que se ocultaban entre las ramas de los sauces. Me pregunté si la petulancia de Royce seria tanta, que no esperaba alguna represalia por sus acciones.

La vieja aldaba de bronce, ubicada en el centro del oscuro portón de madera resonó con fuerza, al anunciar nuestra visita. Una joven de aspecto cansado y andrajoso, salió a nuestro encuentro; procedente de la parte trasera de la casa.

—María, ¿podrías decirle a Royce King que el patrón Edward lo busca?— preguntó Emmet a la joven, con la confianza que le daba conocerla.

—El patrón no está —respondió, bajando la cabeza al dirigirse a mí—, se fue temprano en la mañana rumbo al monte de la banda, no creo que regrese hasta la noche— explicó cohibida.

—Gracias.

Fue lo único que atiné a decir mientras caminaba rumbo a los caballos, conocía aquel monte como la palma de mi mano. Eran los límites que dividían ambas haciendas por el lado opuesto al rio, un terreno accidentado y cubierto de malezas, a causa de la falta de sembríos; guardado especialmente para los días de cacería.

—Iremos por el camino principal —le indiqué a Emmet que empezaba a cabalgar con furia, rumbo al camino escondido que solíamos usar cuando escapábamos de jóvenes con la mente puesta en alguna pieza.

—Patrón, si vamos por el camino principal alertaremos nuestra presencia —interrumpió Emmet, frenando a su montura.

—Si no lo hiciéramos seria una emboscada, seriamos tan cobardes como él —le expliqué.

Mi razonamiento pareció contener sus bríos, frenó su montura y cabalgó con gesto resignado a mi costado, guardando silencio por algunos minutos.

—No se merece consideración alguna —escupió con furia, mirando hacia adelante, como si hablara consigo mismo—. Cuando un hombre ama a una mujer, la respeta… no deja que sus impulsos lo dominen. Un verdadero hombre mira a la mujer que ama como algo sagrado, como algo que no se puede corromper…

— ¿Amas a alguien? —lo interrumpí entre curioso y divertido, por la vehemencia de su declaración. Sin embargo había algo en su mirada que me indicaba que esa pregunta tenía una sola respuesta.

—Nunca habrá una mujer en mi vida, patrón —me respondió, dejando entrever cierta nostalgia en su mirada —. La que amo no será nunca para mí —sentenció, dando por zanjado el asunto.

Mi sentido común batallaba contra mi curiosidad, pero al ver la mirada de mi compañero decidí dejarlo estar. De alguna forma, podía entender el dolor que se reflejó por unos instantes en sus facciones.

—Allí están —dijo, rompiendo el silencio que de nuevo se había asentado entre nosotros.

Observé al paisaje a mí alrededor, enfocando la mirada en el lugar donde Emmet señalaba. Era cierto por fin tenia a Royce King de espaldas a pocos metros de mí, sólo un hombre se hallaba junto a él y ninguno de los dos había percibido nuestra presencia.

Por unos segundos pensé en sacar mi arma y disparar… sería tan fácil, tan satisfactorio. Sin embargo algo detuvo mi impulso, una voz suave y unas trenzas oscuras, unos ojos marrones observándome con reproche, por ser un asesino.

— ¡Royce! —llamé con fuerza, esperando que se girara, bajando del caballo, mientras seguía aproximándome a él.

No respondió. Se limitó a observarme mientras me acercaba, con la misma sonrisa de siempre en sus labios.

—Edward —me saludó tranquilamente, extendiendo su mano—, ¿también de cacería? —preguntó en el mismo tono solemne que siempre usaba, sin saber qué hacer con la mano que me negué a estrechar.

—Vine a hablarte de mi prima —respondí, sin ocultar la violencia que me inspiraba su presencia.

— ¿Como está Rose? —inquirió con un dejo de fingida preocupación—, escuché que había sufrido un accidente… algo con un caballo, si no me equivoco—continuó, negando con la cabeza—, cuando nos casemos, deberá dominar ese carácter tan volátil, no es correcto en una dama.

—Usted es un vil cobarde — le reprochó furioso Emmet—, usted mejor que nadie sabe que no fue ningún accidente —culminó, callándose de pronto.

—No sabía que tenías que traer perritos falderos para hablar de los lazos parentales que nos unirán, querido amigo —respondió con voz burlona, mirando con desprecio a Emmet.

—Emmet no es ningún perrito faldero, es un buen hombre, un trabajador que merece respeto… el mismo respeto que se merecía Felicita —increpé con asco.

Escuché el eco de la risa de Royce rebotar en medio de los árboles, el hombre junto a él, observaba con cautela nuestros movimientos, sin decidir qué hacer.

—Ahora te dedicas a defender a mugrientas campesinas. Lo que hice era mi derecho, podía hacer con ella lo que quisiera y te aseguro que disfrutó cada segundo de mi compañía —espetó, con un tono cargado de suficiencia que me llenó de asco.

— ¿Y supongo que tu hijo también gozará de los derechos que le corresponden?

Vi palidecer el rostro del que se había convertido en mi enemigo y eso me llenó de satisfacción, sin embargo se recompuso inmediatamente.

—Los únicos hijos que tendré, serán los que me dé la que será mi esposa —dijo alzando los hombros, como si aquel asunto careciera de importancia—, serán tus sobrinos y el matrimonio servirá para calmar el fuego que tiene tu prima.

— ¡No habrá ninguna boda! —intervino Emmet, lanzándose con furia al pecho de Royce. —la señorita nunca se casara con un canalla como usted.

— ¡Emmet! —grité intentando detenerlo, pero era demasiado tarde.

Las fuertes manos se habían cerrado con fuerza convirtiéndose en puños, que golpeaban una y otra vez, el rostro del que alguna vez había considerando un hombre decente, el peón que lo acompañaba intentaba sin éxito alejarlo del cuerpo de su patrón, cogiéndolo con fuerza del poncho.

—¡Emmet, detente! —volví a gritar, sin embargo él seguía cegado por una furia incontenible.

El chasquido de metal chocando contra metal, resonó de pronto, en medio del seco sonido de los golpes.

—Dígale que se detenga —murmuró la voz del peón de los King—, no quiero tener que dispararle —dijo, apuntando a la cabeza de Emmet.

Tomé aire con fuerza, pensado rápidamente en mis opciones. Mi revolver descansaba en el cinto que llevaba en la cintura, el arma de Emmet yacía en su alforja; ningún movimiento seria lo bastante rápido para evitar que una bala se incrustase en la cabeza de mi acompañante. Maldije en silencio, la sensación de que aquello terminaría irremediablemente mal me azotó con fuerza.

— ¡Emmet! —Volví a gritarle, mientras mis manos se aferraban con fuerza a su poncho y tiraba de él, de pronto un fragmento de la conversación que habíamos sostenido en el camino, hizo eco en mi memoria —quieres que Rosalie te recuerde así, quieres ser alguien que asesinó a un hombre a golpes.

El nombre de mi prima bastó para calmar su furia, poco a poco se incorporó sobando con violencia sus nudillos magullados, escupió con rabia justo a los pies de Royce.

—Tiene razón patrón, ni siquiera merece que me ensucie las manos en él.

—Te esperaré mañana, al amanecer, en los linderos del rio —dije por fin, cuando vi a Royce ponerse de pie y escupir la sangre que se agolpaba en el interior de su boca, girándome para volver hacia donde esperaban los caballos.

Sin embargo el sonido del disparo y el grito que escuché a continuación me helaron la sangre y lo que vi me impidió seguir caminando.

Su cuerpo descansaba en una postura antinatural y la sangre brotaba a borbotones de su costado.