X. Doku. (毒)

Abigail Hobbs no asimilaba todo el desprecio que emanaba los ojos de Hannibal Lecter. La joven le miraba, a través de los paramédicos que le atendían, y este se encontraba al lado de un preocupado Jack Crawford; parecían discutir la situación. Ella retomó la vista al frente y contempló como asistían el pecho de Will, quien lucía abatido por lo ocurrido.

—Lo siento —susurró, en cuanto el paramédico terminó de cubrir su herida.

Will le miró.

—La defendiste —dijo mientras se acomodaba—, he hiciste lo mejor que pudiste.

—Debí gritar antes.

—No te culpes —en ello tomó su camisa y se la puso.

—Sé que debí hacerlo.

—Eh —llamó, y con algo de nervio tomó una de sus manos—. La vamos a encontrar, todo saldrá bien. No quiero que te presiones. Tu situación, y ahora esta, empeora tu salud.

Abigail miró aquellas manos y en ese momento pudo percibir cierta seguridad. Alzó su mirada y sus ojos se cruzaron con los de Will.

—¿Puedo confiar en ti? —inquirió, con un nudo en su garganta.

—Siempre —respondió, con una honesta sonrisa.

Abigail sonrió con nervios y, a través del rabillo de sus ojos, distinguió como Hannibal y Crawford se acercaban a ellos. Soltó la mano de Will y colocó la suya sobre su rostro; le dolía el golpe que ese tipo le dio.

—¿Cómo están? —interrogó Jack.

—Bien —respondió agotado Will. Abigail ladeó su cabeza lentamente.

—Will, necesito cinco minutos con la señorita Hobbs.

—Claro —soltó, sin ni siquiera moverse de su lugar. Jack arqueó una de sus cejas.

—A solas —aclaró.

El joven observó a los dos preocupado y alterado, no quería dejar a Abigail sola. No ahora. Hannibal movió su cabeza, indicándole que obedeciera, y a mala gana aceptó. Se alzó de la camilla, le dio una mirada rápida a la muchacha y le sonrió. Todo estaría bien. Will bajó de la ambulancia y caminó hasta alejarse lo suficiente de la ambulancia. Jack tomó asiento frente Abigail, esta no dejó de verle en ningún momento; preferiría mantener sus ojos en el agente que en Lecter, quien lucía el más preocupado de los tres.

—Señorita Hobbs —empezó Jack. Ella apretó sus labios—. Necesito interrogarla —y movió su cabeza, de arriba abajo, rápidamente—. Bien, lo primero, necesito saber su versión.

—Estábamos en el jardín —soltó veloz—, salimos porque tuve una discusión con Will.

—¿Qué discusión? —interrogó.

—Abigail quiere escribir sus memorias, bajo la pluma de Freddie Lounds —se interpuso Hannibal. La chica no tuvo el valor de verle.

—Interesante... ¿Por qué señorita Hobbs?

—Quiero dinero —reveló con honestidad. Jack alzó ambas cejas, sin ningún tipo de emoción sobre él.

—Retomemos —continuó—. Discutiste con Will, saliste al jardín, ¿por qué te llevaste a Elisa contigo?

—Y-yo... la verdad no lo sé —angustiosa confesó—. Solo la tomé de su mano y la arrastré conmigo. Solo quería alguien con quien desahogarme...

—Tiene siete años.

—Lo sé.

Jack suspiró.

—¿Conocías a Alan Gardner?

—No. No sabía quién era, hasta ahora.

—¿Cómo te diste cuenta que era él?

—Elisa se escondió detrás de mí, estaba aterrada. Ahí lo deduje —y humedeció sus labios.

—¿Qué te dijo Alan?

—Me pidió que le entregara a la niña. Me negué.

—¿Te negaste? —cuestionó. Hannibal no dejo de mirarla.

—Si —afirmó con un nudo en su garganta—. Me dijo que se la diera, que yo no tenía que soportar a una niña sorda —mencionó con cierta vehemencia. Las alarmas dentro de Hannibal se encendieron.

—¿Lo pensaste? —inquirió extrañado Jack.

—¡No! —Respondió veloz, con una sonrisa alterada—. ¡No, para nada!

—¿Entonces?

—Siguió insistiendo. Le dije que se fuera, que gritaría si se acercaba. No me creyó. Entonces grité al Doctor Lecter y Will, llegaron rápido, pero en eso, el me golpeó en cabeza y tomó a la niña.

Jack recargó una mano en su pierna y analizó a Abigail. La joven seguía pálida y un ligero temblor abundaba en su cuerpo. Ahora Crawford colocó la vista en Hannibal.

—Y ahí entran usted y Will.

—Correcto. Ya le di mi versión, Jack.

—Si —dijo con un tremendo suspiró—. Gracias por contestar las preguntas, señorita Hobbs.

Y ella cabeceó veloz.

Jack se alzó del lugar y bajó de la ambulancia dejando a Abigail y Hannibal solos. La joven no había parado de temblar; sabía que él estaba furioso, a pesar que le miraba con una leve preocupación. No toleró su mirada y Abigail agachó su rostro y suplicó.

—Lo siento. Todo lo que dije fue verdad. Perdóneme.

—Lo sé —fue su única y severa respuesta. Se alzó y salió del lugar.

Abigail movió la mirada y le siguió hasta que este desapareció de su percepción.

Will sentía que su pecho le ardía, respiraba pausado, buscando que ese ardor se controlara. A su mente llegó Marlène junto a la inquietud por decirle lo sucedido. Pensó la manera menos doliente de revelarle su fallida petición; le prometió a Marlène cuidar y proteger de Elisa y había fallado. Cerró sus ojos y expulsó un aire doloroso. Cercas de donde se encontraba percibió el sonido de unos tacones, giró cabeza y cuerpo y miró como Beverly Katz venía acompañada de una herida Freddie Lounds.

—Creo que he encontrado el premio mayor —bromeó la joven agente.

—¿Qué hace aquí? —demandó Will mientras se acercaba a ella.

—Estoy herida —respondió la audaz pelirroja, con una sarcástica sonrisa.

—No creerás lo que me dijo —continuó Beverly—. Alan Gardner la atacó.

Sin creer las palabras de su compañera, Will la hizo a un lado y quedó frente a frente con Freddie Lounds.

—¿Cómo que Gardner te atacó?

—Lo escuchaste bien, Will —dijo en tono sardónico—. Le dio un golpe a mi cara.

—Ese infeliz me robo la oportunidad.

Lounds bajó el pañuelo que cubría su nariz y una sonrisa irónica se hizo presente.

—Tu buen sentido del humor, jamás falla.

—¿Por qué te atacó?

—Quería saber qué hacía Abigail Hobbs con su hija.

—Y tú le dijiste —soltó furioso.

—Para nada. Solo le dije que se encontraba aquí, que el resto te lo preguntara a ti o al Doctor Lecter. Pero veo que no le gustan las formalidades —y retomó su pañuelo a su nariz.

Will tomó su muñeca, evitando que la reportera se limpiara, y Freddie se mostró confusa ante ello.

—Mandaste a Alan Gardner, un maldito abusador y violador, directo a su mayor víctima.

—No pensé que fuera a raptarla.

—Pues me extraña que sus cálculos fallaran, señorita Lounds —dijo irascible.

Beverly no se molestó en parpadear y actuar al ver esa escena. Freddie Lounds no se dejó intimidar por alguien como Will Graham; a pesar que este comenzaba a figurar en su columna amarillista. A la lejanía Jack y Hannibal notaron el suceso y veloces se dirigieron hacia ellos.

—¡Will! —llamó Crawford. Este ni se inmutó—. ¿Qué sucede? —preguntó a Katz.

—La encontré cercas del lugar. Me dijo que Alan Gardner le atacó.

Y los dos miraron atónitos. Freddie ladeó un poco su cabeza y observó a los dos hombres.

—¿Me lo pueden quitar? —cuestionó sin ningún gramo de vergüenza.

—¡Will! —clamó Jack.

A mala gana este obedeció. Soltó la delicada muñeca de la reportera, la cual quedo marcada en un intenso rosado, y ella masajeó aquella zona.

—Esta... —pausó y tragó difícilmente— Esta señorita, mandó a Alan Gardner directo a Elisa.

—Ya te dije que no —reafirmó—. Solo me preguntó que hacía su hija con Abigail y le dije que les preguntara a ustedes.

—¡Lo mandaste hacía la niña! —gritó Will.

Freddie alzó una de sus cejas, Jack se acercó a él y lo tomó de sus hombros.

—Por favor Will —rogó, y lo alejó de la reportera.

Jack le pidió a Beverly que se llevara a Will y obedeció. Una vez retirado Will, Jack se acercó a la joven y la miró despectivamente.

—Señorita Lounds, sea lo que haya pasado le pido, de la manera más cordial que pueda hacer, que no publique nada en su tablón.

—No puede censurarme, agente Crawford.

—Lo sé, pero puedo hacer que retrase sus publicaciones. No haga ningún tipo de publicación que pueda alertar a Alan Gardner, y si lo llega a realizar, me veré en la pena de arrestarle.

Freddie Lounds chasqueó su lengua, dándole entender a Crawford que aceptaba su amenaza. El agente se dio la media vuelta y se alejó de aquella mujer que tanto aborrecía. Hannibal y la pelirroja quedaron solos; el Doctor dio una rápida mirada a sus espaldas, asegurándose que nadie le mirara, y regresó con la reportera.

—Señorita Lounds —habló. Ella alzó la vista y se extrañó—. ¿Alan Gardner le mencionó sus razones para secuestrar a su hija?

—No.

Y limpió su nariz.

—¿Algún lugar que le mencionara? —preguntó ansioso.

—No. Solo quería a su hija.

Hannibal ladeó su cabeza a modo de agradecimiento y se retiró. Freddie Lounds le miró hasta que se reunió con el círculo de personas que convivían con Will Graham; limpió por última vez el rastro de sangre que cubría sus labios y fosa nasal y sin mirar atrás se retiró de ese lugar.


Alan Gardner llevaba en su brazo libre a su pequeña hija. Elisa no paró de llorar, sus ojos eran dos cuencas rojas de tantas lágrimas derramadas. La gente miraba confundida aquel hombre fornido y de mala cara en como trataba a la pequeña que en ocasiones clamaba alterada: "Papá."

Desesperado porque la niña no guardaba silencio, Alan se condujo a un cercano y pequeño parque, llegó a una banca y sentó a Elisa.

—¡Ya cállate! —exclamó hastiado.

Elisa posó sus manos sobre sus mejillas y limpió las gotas que leve se deslizaban sobre ellas. Su llanto no era fácil de controlar, su pecho se alzaba y se hundía bruscamente; su nariz dejó notar una mucosidad cristalina y como en ocasiones sorbía para hacerla desaparecer. Alan buscó un trapo en los bolsillos de su pantalón y talló dolorosamente las mejillas de la niña, quien se quejó de lo duro que fue aquella labor. Alan colocó el trapo en su nariz y le pidió que se sonara. Ella obedeció. Tiró el trapo al suelo y alzó su mano sana frente a su rostro.

—¡Deja ya de llorar o algodón se irá al cielo! —vociferó, moviendo lentamente sus dedos y palma. A Elisa no le quedo más que obedecer.

Los lamentos que la pequeña había provocado cesaron ante pero las lágrimas no podía dejar de fluir. Alan le importó poco que llorara, mientras ningún sonido proviniera de ella todo era perfecto. Volvió a cargar a la exasperada niña y Alan retomó la caminata. Elisa recargó la barbilla sobre el hombro de su padre y miró a la lejanía, esperanzada de que Hannibal y Will aparecieran; qué los dos llegaran corriendo como los había visto hacía un par de horas, pero nadie se veía. Las esperanzas se fueron esfumando poco a poco.


Residencia de Hannibal Lecter – Baltimore, Maryland.

La noche había caído, el cielo no tenía estrellas y la luna se convertía en una delgada curva menguante. Fiel a su cocina, Hannibal troceaba duramente aquel riñón que había conseguido varias noches atrás. Sostenía firme el mango de su cuchillo cocinero; las venas del torso de su mano y del brazo se marcaban exageradamente. La ira lo había abrigado. Al estar en el psiquiátrico, se admiró de controlar aquellas caóticas emociones, era verdad que estaba preocupado, no se podía negar, pero demostrar su verdadero sentir le era imposible. Cortó el riñón en cuadros, recordando cómo había salvado Abigail ante Crawford.

« Elisa es mi responsabilidad, Jack. » mencionó, mientras agachaba su rostro detonando una terrible vergüenza.

« Le dije, no, le pedí Doctor Lecter que no dejara a la niña con Abigail Hobbs. »

« Abigail no tiene la culpa de lo que paso. » recalcó.

« No, pero dejamos que Alan Gardner la cazara. »

« Nadie sabíamos el plan de ese hombre. » dijo, haciendo rechinar sus dientes.

Jack apretó sus labios y alzó la mirada hacía el anaranjado cielo.

« Nadie. » respondió, decepcionado. Y comenzó su caminar hacia la ambulancia.

Bañó los cubos en aceite de oliva y los introdujo al sartén donde el aceite burbujeó por la temperatura emergida. Jugueteó con la carne y, poco a poco, esta comenzó a coger una textura oscura y carnosa. Añadió pimientos y alcachofas a la sartén y el sonido del aceite hirviendo fungió como una relajación para Lecter.

En ocho minutos su platillo estuvo listo. Sirvió con delicadeza en el plato y lo llevó a su comedor listo para cenar. Tomó su tenedor y probó un poco de su comida. Al degustarla no era el sabor que había imaginado. No era porque la carne estuviese fuera de tiempo, para nada, él sabía cuidar bien de la carne; las verduras eran frescas y el aceite de oliva era su marca favorita. Sus papilas fallaron por su tensión, por su rabia acumulada y los recuerdos que habían surgido al ver como ese vil e infeliz hombre se llevaba a su pequeña.

Aquel plato que se había servido debía desempeñar como el platillo principal de esa cena que no se había logrado manar. Había diseñado todo para salir a la perfección; sería la cena en la que la niña degustaría su mejora en la cocina. Después de tantos años, de aquella última vez que Hannibal cocinó para Mischa, el plato Coratella Con Carciofi.

Hannibal recordó, con una amarga sonrisa, la primera y última vez que preparó el platillo de alcurnia para su hermanita. Mischa estaba fascinada, era lo mejor que su pequeño paladar había probado en aquellos años de la "guerra y austeridad." Hannibal no estaba feliz con su creación, para nada se parecía a la verdadera Coratella, pero Mischa estaba encantada, gustosa en cada bocado. Y eso la hacía feliz.

Al dejar de lado sus recuerdos dio otro bocado a la carne, seguía insípida, y su fino paladar no podía continuar comiendo. No había pasión en su elaboración, no como el que había deseado días atrás. Bajó el tenedor, movió el plato y no dejo de mirarlo. La imagen de Alan, con una desesperada Elisa en brazos, fue clara en su mente. Se repetía, tal disco rayado, y sus memorias de la niñez también hicieron más la ralladura del recuerdo. Hannibal se alzó de la silla y recogió el plato para lavarle. No desperdició la comida pero sabía que desperdiciaba tiempo. Tenía que actuar, tenía que llegar a Gardner de algún modo u otro, y alejar a todos lo que se interpusieran en su camino para recuperar a Mischa.


Hospital John Hopkins – Baltimore, Maryland.

Will Graham no tenía el valor para acercarse a la habitación 304. Rascaba su nuca con desesperación, sintió las palmas de sus manos sudar frío y un temor abrazó su cuerpo. No podía, no había fuerza alguna para llegar y confesarle a Marlène lo sucedido. ¿Qué le diría la pobre mujer? Will se respondió con ver las lágrimas y la desesperación de saber su promesa rota. No había coraje para hacerlo pero tenía que. Respiró profundo y a pasos agigantados se acercó a la puerta para luego verse vencido por el pánico y dar la media vuelta y huir de la cruel realidad que se revelaría al abrir esa puerta. Dispuesto a irse, para ya no volver, miró impactado a Hannibal caminando tranquilo hacía donde él se encontraba. Parecía no haber notado su presencia, y sentía que el destino se ponía de su lado, pero Lecter alzó la vista y miró al temeroso Will.

—Buenas tardes —saludó, cansado.

—Buenas tardes Doctor.

—Supongo que vienes a dar la noticia.

—Supone bien —dijo con una inquieta sonrisa.

—No puedes hacerlo —afirmó.

Will quedó sorprendido.

—¿Tanto se me nota?

—Demasiado —el joven Graham agachó su rostro y volvió a rascar su nuca, ya le dolía media cabeza—. Si te sirve como consuelo, te entiendo Will. Yo tampoco tengo valor para darle la noticia a Marlène.

—¿Usted? —preguntó incrédulo. Hannibal afirmó con su cabeza—. Me sorprende.

—Yo tengo la tutoría de Elisa. ¿Cómo crees que me siento? Igual o peor que tú.

Ahora Will ladeó su cabeza.

—¿Cree que sea buena idea que los dos le demos la noticia?

—Será fatal. Pero no tenemos opción.

Hannibal extendió su brazo e invitó a Will a que le siguiera. Ya no había más opción. Ambos se dirigieron a la puerta, tocaron la puerta y la abrieron. Marlène, que tenía consigo algunos papeles en mano, volteó y vio a los dos hombres. Hannibal y Will saludaron cortés y nerviosamente; ella tuvo un mal presentimiento.

—¿Cómo estás? —preguntó Will.

—Mucho mejor —respondió, sintiendo la mala vibra.

Hannibal no evitó mirar aquellos papeles, algunos tenían el logo de Florida otros eran imágenes de apartamentos cercanos a la playa. Dedujo los hechos y sus intranquilidades crecieron.

—¿Cómo está Elisa? —preguntó, mirando directo a Hannibal.

Él reaccionó y observó severo a la joven mujer.

—Marlène, Will y yo tenemos algo que decirle —aludió angustioso.

La joven mujer se mostró alterada.

—¿Q-qué pa-pasa?

—Antes de decirte —continuó Will—, no queremos que te alteres, esto puede afectar a tu salud y...

—¿Qué carajos pasa? —demandó frenética.

Los nervioso de Will volvieron a florecer pero Hannibal no se dejó intimidar ante esa actitud. Se colocó un paso frente a Will y miró fijamente a Marlène.

—Señora Gardner, me apena decirle que su esposo secuestro a Elisa.

La piel de Marlène palideció de golpe; sintió como la sangre había dejado de drenar por sus venas y su corazón palpitó colérico. Alejó su vista de ellos dos y situó el torso de su mano sobre sus labios; apretó con dureza los papeles que tenía sobre la cama y las lágrimas fluyeron de sus ojos. Will no toleró verla así, se acercó a ella y cogió la mano donde apretaba los papeles.

—Marlène —llamó, pero ella no se movió para verle—. Marlène, por favor, tranquilízate.

—¡Por una mierda, ¿cómo me pides que me calme?! —gritó—. ¡Will, Alan la tiene! ¡Y ese bastardo ya le hizo algo!

—La estamos buscando —menciono, sin dejar de apretar su mano—. Ya está la alerta Amber activada y...

—¡¿Y qué logran con eso?! —Dijo mirando a ambos—. ¡¿Qué no me escuchaste?! ¡Te rogué que la cuidaras! —agachó su rostro y las lágrimas cayeron sobre las arrugadas hojas.

— Lo sé Marlène... lo sé y perdóname...

—Will —habló un tranquilo Hannibal, mientras posaba su mano sobre su hombro—. Ve por una enfermera, Marlène está entrando en una crisis. Puede ser dañino.

El joven Graham le miró, para nada seguro de la petición; no quería soltar esa delicada y pálida mano, quería permanecer a su lado, aceptando sus insultos, era lo más justo para esta situación. Hannibal insistió una vez más, si Marlène seguía así, el estrés se elevaría y sería peor para su condición. Will soltó su mano con sufrimiento y salió de la habitación. Marlène colocó ambas manos sobre su rostro, su lamento era tormentoso pero a Hannibal le importaba poco. Este tomó uno de esos papeles y lo miró con prejuicio.

—¿Florida? —cuestionó.

Marlène alzó leve su mirada.

—Pensé que ya lo había matado.

—¿Qué hay en Florida, Marlène? Usted no tiene familiares.

La mujer miró desconcertada a Hannibal.

—¿Por qué no lo ha matado?

Hannibal le ignoró, le mostró de nuevo el papel y lo agitó delicadamente.

—¿Piensa marcharse a Florida?

—Si —reveló, ante el rechazo de sus preguntas—. Pienso irme con mi hija de esta maldita ciudad.

—Entiendo —respondió tranquilo, dejando el papel junto a ella—. Mataré a Alan —continuó—, pero necesito que me de algún indicio de dónde puedo localizarlo. En Wolf Trap no se encuentra; ya investigaron, en su antiguo trabajo no ha aparecido y en el Heaven's Night tampoco.

—No lo sé —dijo, mientras buscaba un pañuelo—. Esos son los lugares que más frecuentaba, al menos son lo que yo conocía.

Hannibal suspiró desesperadamente y en ese momento llegó Will con la enfermera y atendieron a la mujer. Hannibal dejó la habitación, sin que los presentes lo notaran, caminó por el pasillo y se dispuso a contemplar el paisaje asfáltico. Su búsqueda sobre Alan se habían complicado, Hannibal tenía algo de fe en que Marlène le diera información pero todo fue inútil. Lo único que obtuvo fue la temible confirmación la futura partida de Marlène con la niña. Hannibal no pudo dejar de sentir un terror dentro de él, la pequeña estaba en garras de ese bastardo; sufriendo de inenarrables actos y no podía defenderla. Se sentía tan impotente. Acomodó su corbata y dio una última mirada al paisaje, seguiría buscando a Alan, no sin antes, empezar aniquilar aquellos que se interponían en su camino, y la primera en su lista era Marlène.


Marlène no había podido contemplar el sueño pensando en cómo se encontraría su pequeña Elisa. Cada minuto le rezaba a Dios porque ella estuviera bien, que no hubiera sufrido ningún tipo de daño, pero dentro de su ser se negaba a que Elisa se encontrara en una perfecta condición. Miró a los papeles sobre Florida y tomó uno de ellos, por breves momento llegó Will a su mente. Cuando la enfermera la había controlado, este se quedó más tiempo con ella, había puesto atención a las hojas y ella le contó que se mudaría a Florida; quería empezar de cero y vivir junto a la playa le parecía hermoso. Will se vio un tanto sorprendido como triste por la decisión, pero la entendía, él también buscaba empezar de cero aunque en muchas ocasiones había fallado, pero era bueno para un alma corrompida forjarse desde sus cenizas.

« Me iré contigo. » confesó, Marlène le miró extrañada. « Empezaremos juntos desde cero. »

« Will... »

« Escúchame » interrumpió. « En este tiempo, he pensado muchas cosas, demasiadas. En ellas estas tú, Elisa y una joven a la cual cuido; su nombre es Abigail. Quiero que seamos una familia, Marlène. Pero, no sé qué opines tú. »

Las lágrimas seguía recorriendo las mejillas de la joven y el color rosado se forjaba lentamente en su palidecida piel. Will comenzó a sentirse alterado ante lo que había revelado; sus intenciones no eran decirlo así y pensó que había asustado a Marlène pero, para su sorpresa, la joven mujer posó sus manos sobre su mandíbula y, tan delicada como mostraba ser, le entregó un puro y honesto beso. Will quedó en shock por unos momentos. Al recuperar la conciencia Will supo que los labios de Marlène eran suaves y deliciosos; colocó sus manos sobre la nuca de ella y se dejó cautivar por el deseo. El beso culminó unos minutos después, Marlène bajó sus manos en el pecho de Will y pudo sentir un vendaje; no quiso preguntar, pero se imaginaba el porqué de ello.

« Si quiero » habló, ante el silencio creado, « si quiero formar una familia contigo. »

El joven Graham sonrió, colocó sus manos sobre las de Marlène y le miró a los ojos.

« Te prometo que encontré a Elisa, sana y salva; y una vez la tengas en brazos, nos iremos de aquí. » Ella no controló sus lágrimas y una nerviosa sonrisa se dibujó en su rostro. « No llores. Todo se solucionara, te lo prometo. »

« Gracias Will, gracias. Eres un ángel. »

« No. » Respondió, mientras limpiaba sus lágrimas. « Ustedes son los ángeles en mi vida. »

Y Marlène volvió a besarlo, emanando un inmenso y profundo amor.

Ella salió de su recuerdo y suspiró con amargura y felicidad. Deseaba que ese Doctor cumpliera su palabra de matar al infeliz de Alan, y así irse con Will. Pero mientras divagaba Marlène sintió una presencia en su habitación, volteó y bajó el dintel se encontraba un médico. Este vestía un traje de quirófano; llevaba un protector para el cabello, guantes y el cubre bocas. La luz que emanaba la habitación era muy tenue y no pudo distinguir si era su médico de cabecera.

—¿Doctor? —preguntó nerviosa.

Él entró a la habitación y a paso tranquilo se acercaba a ella. Marlène comenzó a sentir terror.

—Buenas noches, señora Gardner —saludó, reconociendo ese timbre de voz.

—¡¿Doctor Lecter?!

Una vez junto a ella, bajó su cubre bocas y una sonrisa mordaz adornaba su rostro. Marlène se mostró confusa.

—Me desconcierta verle aun despierta.

—¿Qué hace aquí? —inquirió, mientras se alejaba un poco de la orilla.

—Es una breve visita nocturna, no tiene por qué incomodarse.

—¿Qué quiere?

—Me gustaría platicar un poco con usted, con respecto a su repentina decisión de irse a Florida.

—¿P-por qué?

—Debo ser honesto con usted, Marlène —dijo, mientras se acercaba a la camilla para alejar el botón que llamaba a las enfermeras—. Su idea me parece algo apresurada. Casi de mal gusto.

—¿A-a que se r-refiere? —cuestionó, sin dejar de temblar.

Hannibal metió su mano en el bolsillo del traje y sacó una jeringa que dentro de ella iba un líquido espeso.

—Todo el día, estuve pensando con respecto a ello, siento que la promesa que le he cumplido sobre paso nuestra confianza.

—Yo no se lo pedí... pero usted me prometió matar a Alan.

—Cierto. Pero por supuesto esperaba algo a cambio; quid pro quo, Marlène.

—¿Y qué es lo que esperaba?

—Qué dejara a Elisa cerca de mí.

Marlène se vio impactada ante esa respuesta.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que no debía confiar en usted, lo presentía!

—No me juzgue de mala manera, Marlène. Su instinto maternal está demasiado desenfocado, yo no soy como su esposo, en mi vida seré un ser tan repúgnate como él —y sacó el tapón de la jeringa.

—¡¿Ah no?! —exclamó sarcástica—. ¡¿Entonces qué clase de ser repugnante es usted?!

—Le confesaré mi secreto, Marlène. He matado a mucha gente; todas y cada una de esas personas fueron seres tan asquerosos y mal educados que recibieron su castigo. Me comí sus órganos; riñones; pulmones; hígados... —Marlène quedó petrificada—. Y su esposo será el próximo, que eso no le quede ninguna duda.

—¡Por Dios...! Usted es un monstruo.

—Por desgracia, los tablones amarillistas me han apodado "El Destripador Chesapeake."

—¿Q-qué quiere de mi hija? —preguntó horrorizada. Hannibal no respondió—. ¡Ella no le ha hecho nada a usted y a nadie! Es solo una niña...

—Lo sé.

—¡Aléjese de ella! ¡Hágame lo que quiera pero no la toque; suficiente ha sufrido mi pequeña para que ahora este con alguien tan enfermo como usted!

Ante esas palabras Hannibal alzó veloz su mano derecha y, ágil, golpeó la garganta de Marlène, quien se mostró asombrada ante lo ocurrido; no tuvo tiempo de ver el golpe. Ella sintió como el aire le faltaba, no pudo pronunciar palabras; colocó ambas manos sobre su garganta y sintió como la saliva salió de su boca. Hannibal no espero más, tomó el brazo derecho de Marlène e insertó la aguja en su antebrazo y emanó todo el contenido de la jeringa. Marlène sintió como ese líquido ardía en su vena, y ese dolor se fue expandiendo por todo su brazo.

—Ricina —mencionó Hannibal mientras soltaba su brazo—. En una sola dosis es letal. Me temo que sufrirá alguna hemorragia interna, pero el dolor no será demasiado —Marlène no dejo de mirar con horror a Hannibal. El líquido le quemaba y la agonía comenzaba a emerger—. Recuerde Marlène, fue una mala madre, no pudo cuidar de su hija; yo me encargare de que ella sea feliz, como siempre debió serlo.

Hannibal dejó la jeringa en la cama, se dio la media vuelta y salió de la habitación. Al tener un pie fuera de lugar, Hannibal miró hacia su lado izquierdo y sorprendido distinguió a Alan Gardner. Ambos se miraron a los ojos por unos instantes, pero Hannibal sabía que no podía quedarse; si le veían todo de acabaría. Se dio la media vuelta y comenzó alejarse. Extrañado Alan caminó a la habitación, entró y miró a su esposa agonizando.

—¡Marlène! —gritó. Se acercó a ella y le tomó de su cabeza, descubriendo un hilo de sangre escurriendo por su nariz y la saliva cayendo en la bata—. ¡Por Dios, Marlène! —Alan observó la jeringa, la tomó y olió la punta descubriendo que la habían envenenado—. ¡Resiste! —clamó.

Soltó la jeringa y salió corriendo de la habitación, miró hacia su derecha, por donde ese doctor había huido y dispuesto a seguirle se sorprendió al escuchar que pronunciaban su nombre.

—¡Alan Gardner!

Este volteó y miró a Will Graham, quien llevaba un ramo de crisantemos y lilas en una mano y con la otra le apuntaba con un arma. Alan se dio la media vuelta y se echó a correr. Will bajó el brazo y empezó su carrera pero se detuvo en la puerta del 304 para descubrir la agonía que sufría Marlène.

—¡No! —gritó—. ¡Enfermera! —desesperado clamó.

Will entró a la habitación, tiró el ramo de flores y guardó el arma en su funda, llegó a ella y tomó sus manos. Al ver el rostro de su amada comenzó a llorar y a suplicar que resistiera que recordará a Elisa y su futura vida en Florida. El adolorido rostro de Marlène se despedía de Will Graham; sabía que no sobreviviría. Sus esperanzas e ilusiones desaparecerían así como el hecho de quien le había envenenado.


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