Capítulo 10: Te encontré

Los árboles saludables, el verde y tierno pasto, húmedos por la llovizna, tenían otro significado ahora. El verde ya no le despertaba emociones contradictorias como lo había hecho por tanto tiempo, tantos años. Ahora tenía otro significado. El aire era limpio ahora, limpio y liviano.

Las cosas habían cambiado mucho. Había pasado tanto tiempo que no se podía creer haber sobrevivido. Tantos años lejos de todo… de todos… Vaya que dolía. Le dolía todo, todo le hacía daño, lo hacía vulnerable. Ya no era como antes. Siempre había sido fuerte, duro, resistente y alegre, pero ya no. Su corazón se había endurecido, su alma estaba ensombrecida, su mente funcionaba ahora de una forma diferente. Sentía que se había vuelto en una criatura gris que no le encontraba sentido a su existencia… porque era eso. Ya no sentía que tenía vida, sentía que sólo existía. Mucho habían cambiado las cosas.

Ya no sabía cuánto tiempo había pasado, sólo creía que eran años. Sabía que eran años porque las personas cambiaban y la realidad también. Había visto cosas que no deberían existir, pero que lo hacían.

Había tenido que cambiar para mantenerse vivo. Había hecho cosas que nunca se creyó capaz de hacer… Pero sabía que no había tenido mucha opción.

Las cosas se habían decantado a favor del mal, del dolor. Ese, irónicamente, había sido su salvavidas. Lo malo. Él también había dañado a su alma, aunque no tanto como aquel malnacido (porque estaba seguro de que lo había hecho). Él también había dividido su alma, pero no de esa forma ruin y maldita… No, él había encontrado una alternativa para mantenerse vivo y no era esa. No había tenido necesidad de matar a nadie, no había necesidad de hacerle ningún daño a nadie. Si lo que quería era permanecer intacto, entonces debía compartir su alma.

Esa era la otra opción.

Por supuesto, lo que había hecho conllevaba una maldición… pero no una maldición como las demás. La maldición que había aceptado en su ser se podía romper si el otro lo redimía. En su caso, sabía que no habría problemas, sabía que él sí tendría la suerte de volver a ser el mismo. También corría el peligro de morir si ese otro moría. Estaban unidos en la vida y en la muerte. Siempre estarían juntos, y aunque parezca incómodo y peligroso, le gustaba la idea. Le aliviaba que así fuera.

Él sentía que "su otro" seguía con vida y presentía que su redención no era remota ni tampoco imposible. Llevaba un mes sintiéndose mejor. No se sentía tan débil y triste como llevaba sintiéndose desde hacía años.

Su vida había cambiado mucho y de forma muy necesaria.

No podía olvidar el por qué de su decisión, de su cambio.

Él no había querido ser como aquél que intentó matarlo, pero tampoco había querido dejarlo todo atrás. Siendo un adolescente había encontrado las respuestas que necesitaría siendo adulto. No había más que resultado de curiosidad combinada con deseos de aventura. Sólo tenía catorce años cuando tropezó con ciertos libros en la biblioteca de sus padres, ciertos libros que no pudo evitar leer de cabo a rabo las noches en las que se iba a dormir…A espalda de todos, tampoco le había contado nada a nadie. Había querido que sea SU secreto.

Ahora ya no lo sería… ya no podría serlo por mucho más tiempo.

Tenía que buscar a la persona que contenía un pedazo de su alma, contarle su verdad y deshacer lo que había hecho tiempo atrás.

Él sabía que estaba vivo. Había sentido un tirón dentro suyo, tanto en su corazón como en su mente, hacía lo que creía que serían varios días. Había sido el tirón más fuerte de todos los que había sentido por lo que creía años. Era como si la otra parte de su alma se hubiese manifestado de alguna forma y por algún motivo, pero él no se podía armar una respuesta porque, simplemente, no entendía.

Salió de la cueva rocosa y decidió que mojarse no lo mataría. Llovía y medio que se había levantado algo de viento, pero nada que fuera mucho. Se alimentó como pudo y echó a andar por el bosque.

No tenía miedo ni mucho menos estaba preocupado de que lo descubrieran. Sabía que nadie lo haría. Vivía en un pueblo muggle cuyos habitantes eran muggles aburridos, con rutinas, gente sin magia común y corriente. Incautos pueblerinos que no sabían nada de otros mundos que pudiesen existir que no fuera el suyo.

Él sabía más que cualquiera de ellos.

Él sí sabía que existían otros mundos. Lo había visto con sus propios ojos. Sabía que existía una especie de licántropos diferente a la de uno de sus viejos amigos, pero también sabía que existía otra especie de vampiros distinta a la que el mundo mágico se sabía. No, esas dos especies (licántropos y vampiros de ese pueblo muggle) eran muy diferentes y, a diferencia de las que eran sabidas por el mundo mágico, sí estaban relacionadas. Los licántropos y los vampiros, de ese lugar, eran enemigos naturales. Se suponía que debían matarse entre ellos, como también entre vampiros. Los primeros porque los licántropos eran algo así como justicieros cuya razón de existencia era matar vampiros, los segundos era por cuestiones territoriales y egoístas.

Se las había tenido que arreglar como había podido para recolectar información y mantenerse vivo, sano y salvo. No había sido fácil. Habían intentado cazarlo, tanto muggles como vampiros. Los primeros por razones obvias y los segundos para chuparle la sangre. Eso último lo sabía porque había visto cómo un vampiro rubio que parecía ser un hombre de treinta años le chupaba el cuello a un ciervo rudo y corpulento que andaba trotando por ahí. Él había sido más rápido. Había corrido muy rápido y aprovechando que el vampiro estaba concentrado en el otro ciervo. Se había escondido en una cueva lejos del bosque y sólo había regresado una vez que intuyó que no iba a correr peligro, así había sido. Había seguido el rastro del vampiro hasta descubrir una mansión en medio del bosque. El vampiro entró y salió conduciendo un auto lujoso y veloz minutos después. Él se había mantenido vigilando hasta ver a más de dos vampiros más, luego decidió irse porque fue suficiente para él, se dio cuenta de que era un grupo numeroso de vampiros civilizados (o eso creía que eran)… Pero no se conformó con eso.

Los estudió por días. Supo que el vampiro rubio era el doctor Cullen, que tenía cinco vampiros de aspecto juvenil (parecían jóvenes de secundaria y en etapa de estudios más avanzados, quizá hasta profesionales) de iban a estudiar al instituto del pueblo y que tenía una pareja que parecía de su edad. Todos eran muy bellos, dueños todos de una belleza llamativa. Los jóvenes no socializaban, sólo eran ellos, su grupo y no dejaban entrar en él a nadie más.

Bueno, eso había sido por un tiempo.

La hija del jefe de policía de allí, Charlie Swan, llegó al pueblo. Su llegaba fue medio anunciada con bombos y platillos. Su padre esperaba su llegaba con ilusión y mucho entusiasmo. Se llamaba Isabella Swan y tenía diecisiete años. Era realmente hermosa, sencilla, tranquila y podría ser responsable. Había tenido éxito con los chicos del instituto aunque él se había dado cuenta de que no le gustaba, la incomodaba el que la mayoría de los muchachos estuvieran detrás de ella.

Estuvo atento a ella la mayoría del tiempo. Tan atento a ella como ella a lo que ocurría a su alrededor. Veía que ella se daba cuenta de que había algo en los Cullen que no encajaba, algo extraño. A él no le habría importado descubrirse ante la chica para contarle lo que sabía de los Cullen, pero no lo hizo porque no fue necesario. Ella lo descubrió todo sola.

No obstante, le conmocionó el que ella entrara en el grupo de los Cullen… Y no sólo eso. La aceptaron casi todos, excepto la vampireza rubia antipática, la más hermosa de todo el grupo. Le preocupó mucho el que la chica que parecía responder al nombre de Rosalie fuese hostil con Isabella. ¿Y si le hacía algo malo? Él no podría protegerla. No le quedó otra que resignarse a que "Edward" y "Alice" la protegieran de esa rubia.

Pasó menos de medio año antes de que se arrepintiera.

Fue testigo del abandono de los Cullen hacia Bella, de cómo ese Edward le desgarraba el alma. Lloró cuando vio a Isabella muerta en vida, sin verdaderas ganas de vivir. Todo por culpa de ese individuo que le dijo esas cosas horribles. ¿Es que no se había dado cuenta de que ella lo necesitaba como el aire para respirar? Por lo visto, no, no lo sabía.

Intentó acercarse a ella, ayudarla, ser el bastón que usaría para ayudarse a levantarse y volver a caminar. No le importaba ser desechado después si así ella se recuperaba y volvía a ser la de antes. Por supuesto que no.

Vio todo lo que pasaba durante aquellos meses anteriores antes de la repentina aparición de Alice y el viaje tan repentino de Isabella con Alice. Veía cómo el chico Jacob Black intentaba que Bella se enamorara de él y lo eligiera. A diferencia de todos (hasta de la misma Bella), él sabía que Bella nunca lo elegiría. Su amor por Edward era demasiado fuerte como para elegir al chico licántropo, su dolor también. Bella aun seguía "de luto" y tanto su mente como su corazón le pertenecían al joven vampiro. Jacob le hacía daño a Bella en su egoísmo por ganársela. ¿Cómo es que no se daba cuenta? Prácticamente la estaba forzando a elegirlo, ella no estaba para nada lista y él ya la trataba de manipular.

Eso lo enfureció y hasta lo odió. Fue entonces en donde supo que apoyaba a Edward, a pesar del daño que éste le hizo a Bella.

El destino le dio la razón cuando Bella y Edward volvieron. Con una sonrisa en los ojos vio que él la apoyaba contra su cuerpo amorosa y protectoramente, mientras que Bella parecía contenta y en paz apoyada contra su Edward.

Después pasaron otras cosas menos importantes, así que no prestó tanta atención como lo hizo con todo aquello.

A los poquitos meses de eso, pasó algo que sí era digno de mención.

Un tirón en su alma, otro más de algunos.

Dos días después, apareció un nuevo habitante en Forks. Al parecer, un muchacho del extranjero que buscaba establecerse en Forks. Un joven muy apuesto, educado y agradable. Algunos decían que podría ser familia de los Cullen, por su atractivo, poca voluntad para socializar y apariencia de ser alguien de dinero. ¿Un primo o sobrino lejano tal vez? Él sólo podía suponer que era un joven de dinero, educado y amable que no tenía que ver con los Cullen porque ellos nunca se vieron. Él no había podido ver nada de su apariencia porque estaba tapado. Bella lo ayudó a encontrar casa. Además, el chico parecía no haber buscado ayuda de nadie para poner en condiciones su costosa y bonita casa. No hablaba con nadie y huía de los intentos de las chicas por llamar su atención.

Todo eso la había escuchado.

Los Cullen tenían mucha curiosidad, pero de la buena. ¿Quién podría ser ese joven que había tratado tan amablemente a su Bella? ¿Quién sería ese muchacho tan caballeroso cuya especie parecía escasear?

Semanas después oyó que había empezado a trabajar como enfermero de vampiro doctor y parecía muy buen enfermero, aunque antisociable.

Un día decidió estudiarlo a él también, como lo había hecho con los Cullen.

Fue ese día en el que descubrió que el joven en cuestión era un mago.

Y lo cierto era que no necesitaba nada de ningún otro pueblerino que no fuese él. Prácticamente todo lo conseguí con magia y sus amigos estaban en otro continente.

Venía de Londres y había sido criado por muggles, bien podría ser un hijo de muggles, ¿no? Los hijos de muggles no llamaban mucho la atención porque sabían mezclarse entre muggles y no ser detectados como magos si eran bien cuidadosos.

El joven tenía teléfono. Lo había escuchado hablar por teléfono con quien parecía ser su primo, un muggle.

No nada malo en él. No había de qué temer. Él no le haría daño, bien podría ser también vegetariano y muy aficionado a las frutas a juzgar por las plantas que tenía en lo que sería un parque no demasiado grande.

Estaba por irse cuando captó cosas con sus oídos, voces y frases provenientes de dentro de la casa.

El corazón se le paró para volver a latir, frenéticamente. Sentía que se iba a desvanecer con las cosas que escuchaba.

¡Amo, Harry! –gritaba una voz masculina y ronca desde alguna parte de la casa. Se oyó el correteo y el sonido de lo que sería el teléfono.

¡Aquí en la sala! –decía una voz muy parecida a la que fue su voz en su juventud. Cuando tenía algo menos de veinte años, dieciocho o diecinueve.

Teléfono para usted. Es su primo Dudley, el joven Dursley –le decía la primera voz a la otra voz. Parecía que se pasaban el teléfono.

¿Primo? –preguntaba la segunda voz tranquilamente.

¡Harry! –exclamaba una voz en el teléfono.

Hola… ¿Cómo está mi tía Petunia?

Eso fue suficiente para él. Se sentía medio morir. No podía ser otro que su hijo.

El sobrino de Petunia y primo de un bebé sólo un mes mayor que él llamado Dudley.

Su hijo era el joven.

Harry, su hijo, estaba en Forks. A unos metros de él. A sólo un pasillo marcado por una pared de ladrillos y otra de árboles.

Su hijo, que parecía haber sobrevivido al ataque… diecisiete años atrás.

Su bebé estaba ahí.