Ya estoy aquí!

Gracias por leer, gracias por vuestros comentarios y por el apoyo que me brindan.

Son las mejores!

Besos a todas. Espero disfruten el capítulo!


Capítulo 10

La habitación de Rosalie Hale se había llenado de actividad luego que Antonieta diera aviso a las enfermeras quienes llegaron raudas y en compañía del doctor Patrick Gerardy, que les pidió abandonar la sala mientras preparaban a Rose para una serie de exámenes evaluativos.

Antonieta, totalmente exaltada y emocionada, envió mensajes a todo el resto de su familia mientras que Esme avisó a su esposo, quienes no demoraron en llegar. Al cabo de diez minutos, la sala de espera se encontraba llena de los familiares que aguardaban la salida del médico, mientras pedían que Antonieta contara con lujo de detalles cómo sucedió el milagro, entre ellos Emmett que siempre fiel a su estilo, hizo repetir a su madre la historia para él, sulfurándose de no haber sido él quien estuviera junto a Rose cuando ella abrió sus ojos.

La pequeña Jane, que había llegado con Carlisle, su padre, se alejó de grupo de adultos que hablaban algo que ella no entendía bien y se acercó discretamente a su hermano Edward, que se encontraba apartado del bullicio, sentado en una esquina con sus brazos afirmados a sus piernas, mirando fijo al suelo.

A él como al resto, la noticia lo había sobresaltado y sin duda sorprendido, y no porque no lo deseara, muy por el contrario, sino también porque sabía a todo lo que debía enfrentarse. Esperaba el momento del "regreso" de su esposa, deseaba su recuperación pese a todo, pero le dolía en el alma haberla engañado y seguir haciéndolo con sus sentimientos, sobre todo sabiendo que a futuro la dejaría para estar con Isabella, porque eso es lo que haría, aunque el mundo se le viniera encima. Pero no era el momento de pensar en eso. Ese era el momento de concentrarse en la recuperación de su esposa y ya vería cómo enfrentaría el futuro.

Sacudió su cabeza cuando sintió la manito pequeña jalarle la manga de su chaqueta, inspirando y soltando el aire de sus pulmones. Sonrió con ternura al ver a su pequeña hermana balancearse sobre sus pies mientras se mordisqueaba el labio.

― ¿Despertó Rose? ―preguntó la niña, torciendo su cabeza.

―Sí pequeña ―respondió Edward, acariciándole sus luminosos mechones de cabello rubio. Jane asintió una vez y se pellizcó la nariz mientras procesaba la información.

―Uhm… ¿y te dijo lo que soñó?

―No todavía. Apenas abrió los ojos, los doctores y las enfermeras entraron a revisarla…

― ¿Entró Isabella también? Mi amiga enfermera… ―preguntó de pronto y muy entusiasmada, deseando ver a su nueva amiga. Edward suspiró y negó con la cabeza.

―No… ella… ―carraspeó para deshacer el nudo de su garganta —ella creo que no está.

―Oh. Uhm… ―se rascó el cabello mientras seguía pensando ― ¿Le estarán poniendo inyecciones? Esas cosas duelen…

―Duelen, pero Rose es muy valiente, ¿no lo crees?

―Sip ―concordó con su hermano entusiastamente, haciéndolo sonreír ― ¿Y la besaste para que abriera los ojos, como en las películas?

―Entre otras cosas, le di mucho cariño, ¿crees que eso ayudó?

―Seguro. La Bella Durmiente despertó cuando su amado la besó. ―Comentó a ciencia cierta, porque si había alguien que sabía de historias y cuentos, esa era Jane, lo que otra vez hizo reír a Edward, agradeciendo la presencia de la pequeña niña allí. ―Ah, tengo una pregunta para ti.

La rapidez con que Jane cambiaba de un tema a otro sorprendía a Edward, quien aparentó seriedad ante la duda de su pequeña hermana.

―Tú dirás.

― ¿Por qué si eres mi hermano, no tienes el mismo apellido que yo?

―Oh, bueno… ―Honestamente, pensó Edward, el tema aquel podría haberlo respondido con naturalidad, pero ¿cómo abordarlo en ese momento? ―Ahora mismo es difícil de explicar, pero debes de saber que el apellido poco importa cuando dos personas se quieren tanto, como tú y yo lo hacemos.

No era hijo biológico de Carlisle Cullen, pero el abogado se había encariñado con él cuando Esme se lo presentó como su "hijo", contándole la "linda historia" desde la amistad que la unió a Elizabeth, madre biológica de Edward. Al músico no le costó sentir un profundo afecto por Carlisle, por eso no le molestaba que lo tratara como hijo, muy por el contrario. Además, quería ser su apoyo en caso de que… el pasado de Esme saliera a la luz, pasado del que Carlisle era ajeno.

―Entonces, ¿somos hermanos de todas formas?

―Claro que sí, Jane ―respondió y la atrajo hasta él envolviéndola en sus brazos. ―Por cierto, ¿por qué lo preguntas?

―Un trabajo en la escuela, me pidieron hacer una composición de mi familia y ahí me di cuenta que tu apellido es diferente al de papi y al mío.

―Ah, bueno…

―Jane, no molestes a Edward ―intervino una voz de mujer. El músico inspiró hondo y levantó la vista hacia Esme, que se había acercado a ellos cuando vio a la niña hacerle preguntas a Edward.

―No me molesta ―respondió tajante, poniéndose de pie con la niña en sus brazos, que rodeaba el cuello de su hermano con sus pequeños bracitos. ―Me distrae de todo lo que está pasando, cuestión que agradezco.

―Pero Rose ya despertó, no debes preocuparte ―dijo la niña a su hermano en recordatorio. Él la miró y le guiñó un ojo, justo cuando apareció por el pasillo el doctor Patrick, llamando la atención de todos. El primero en abordarlo fue Emmett, por supuesto:

― ¿Cómo está ella? ¿Ya puedo entrar a verla?

―Vamos a hablar antes ―respondió el doctor con tono calmado, dirigiéndose a todos en general ―Ella seguirá en estado de reposo durante un tiempo y…

― ¿Qué significa eso? ―volvió a interrumpir Emmett ― ¿No se despertó del todo? ¿No podrá hacer su vida normal otra vez?

Edward gruñó, dejando a su hermana en el suelo la que se agarró de la mano de su padre, al momento que su hermano se dirigía hacia su cuñado con tono mordaz:

― ¿Puedes por favor dejar hablar al doctor, Emmett?

Emmett miró a Edward con la animadversión de siempre y con la intención de responderle, pero antes que sucediera, Antonieta puso la mano sobre el fuerte brazo de su hijo y con ese gesto le pidió que se calmara. Fue entonces que el médico continuó con la explicación:

―El despertar de un paciente que ha estado bajo el coma no es como se da en las películas. No ocurre de golpe, sino de forma gradual. Se mantendrá en un estado de mínima conciencia en el que puede abrir los ojos, hacer seguimiento visual y de sonidos, será capaz de comprender el lenguaje y quizás de reír.

Puede incurrir en episodios de amnesia post traumática, lo que significa que habrá cosas, episodios de su vida que no recordará en primer momento, pero es algo que irá recuperando de forma gradual, si es el caso de Rose.

―¿Habrá algún tipo de secuelas físicas, o algo por el estilo? ―preguntó Germán, padre de Rose.

―Podrían haber secuelas físicas y cognitivas, pero sobre todo se verá una alteración en su conducta: estará irritable y frustrada, pero como digo, es algo que debemos seguir vigilando. Además, ella experimentará una especie de dependencia alta hacia las personas más cercanas a ellas, en este caso de su marido y de su madre quizás, así que habrá que tener mucha paciencia. Pero sus signos son estables y auguro una rápida recuperación para ella.

― ¿Está despierta? Ahora mismo me refiero ―quiso saber Alec, hermano menor de Rose. El doctor le respondió afirmativamente.

―Sí, pero desde ahora el ingreso de visitas será controlado, sobre todo en los primeros días que ella se adapta a su entorno.

― ¿Puedo entrar a verla? ―preguntó Edward finalmente, ansioso por verla. Emmett claro, no le pareció nada bien que se le adelantara su cuñado, poniendo cara de pocos amigos cuando el doctor se lo permitió.

Se alejó de la familia, caminando por los pasillos con paso lento pero decidido, inspirando profundo antes de agarrar el pomo de la puerta y hacerlo girar para ingresar finalmente.

Cuando la vio, ella seguía con sus ojos claros muy abiertos y fijos en el techo, mientras su pecho subía y baja de forma acompasada. Al acercarse Edward, lo primero que hizo, y con mucha delicadeza, fue tomar una de las manos delgadas y blancas de su esposa para llevársela a los labios, antes de inclinarse sobre ella y sonreírle a la vez que sus ojos se desbordan de lágrimas de la emoción de verla finalmente consciente, además de otros sentimientos como la culpa, que se arremolinan dentro de su pecho.

Entonces ella hizo contacto visual con la mirada tierna y emocionada de su marido y apretó levemente los dedos de la mano que Edward aún tenía sujeta, como saludándolo con ese pequeño pero significativo gesto.

―Hola… ―susurra Edward, con su garganta contraída. Se inclinó hacia ella y besó su frente, oyendo un leve suspiro salir de los labios de su esposa, que al parecer disfrutaba de ese contacto. Se apartó y los ojos de Rose se movieron escaneando el rostro de Edward, deseando poder decirle muchas cosas, preguntarle sobre lo que había pasado. Él volvió a sonreírle mientras peina su cabello con movimientos ligeros. ―Toda la familia está afuera, feliz de que hayas despertado finalmente. Ya verás que dentro de poco podrás sentarte a comer pollo asado con la mano… ¿recuerdas cómo disfrutabas comiendo de esa manera?

Edward percibió con satisfacción una pequeña sonrisa que se dibujó en los labios de Rose, por lo que siguió hablándole de cosas que podían hacerla sentir bien. Le habló de cada uno de los integrantes de su familia, incluso de Jane, contándole que ella proponía siempre que él la besara para que despertara como La Bella Durmiente lo hizo en su cuento.

Después de un rato, la puerta volvió a abrirse y por esta aparecieron Antonieta y Germán, ambos padres visiblemente emocionados, quienes se precipitaron hacia la cama de su hija y se inclinaron sobre ella, demostrándoles lo feliz que estaban de verla de regreso. También ellos, como Edward, le hablaron de toda la algarabía que había afuera y de lo mucho que las personas que la seguían como escritora, rezaban y esperaban su recuperación.

― ¡Tienes que ponerte bien para terminar tu historia, mi niña! ¡Tus lectores están esperándote! ―exclamó Antonieta, limpiándose por enésima vez las lágrimas que bañaban su cara.

―Ay, Antonieta, la niña recién despierta y tú ya le hablas de trabajo… ¡Déjala que descanse, por vida de Dios!

―Creo que ahora mismo es lo que debemos hacer ―intervino Edward, mirando a sus suegros y luego a su esposa, que cerró los parpados por unos momentos antes de volver a abrirlos. Parecía que Edward le estuviera leyendo la mente.

― ¿Estás cansada, mi niña? ―preguntó Antonieta con ese tono maternal, acariciándole su rubio y ya largo cabello ―Puedes descansar si quieres… pero no vuelvas a dormirte por tanto tiempo… no lo soportaría de nuevo…

La voz de Antonieta se quebró, provocando que su marido rodara los ojos pues su mujer parecía una magdalena de tanto llorar, aunque no era para menos.

―Anda mujer, dejemos descansar a Rose… ―insistió Germán, esta vez con ternura en su voz, pasándole la mano por la espalda a su esposa a modo de confortarla. Él entendía la emoción de su mujer

―Voy a quedarme con ella ―miró a Edward frente a él, al otro lado de la cama ― ¿Te molesta si me quedo?

Edward la miró, torciendo su boca en una sonrisa complaciente. Tomó la mano de Rose y volvió a apretarla ligeramente, mirando a ella y enseguida a su suegra.

―Por supuesto que no. Yo estaré entrando y saliendo de cualquier modo.

―Gracias Edward.

El músico se inclinó sobre Rose y volvió a besarle la frente antes de repetirle lo que acababa de decirle a su suegra:

―Germán y yo saldremos para que descanses, ¿sí? Pero estaré aquí cuando vuelvas a despertar, no te preocupes por nada, ¿está bien?

Rose volvió a cerrar sus párpados y lentamente volvió a abrirlos, seguro agradecida que a su alrededor el parloteo de su madre cesara.

Al salir los varones del cuarto, Emmett se precipita hacia ellos, preguntando por su hermana, qué hizo, si se quejó, si habló algo… Edward no estaba con ganas de oír las exigencias de su cuñado, por lo que caminó hacia un rincón y sacó su teléfono buscando a Jasper entre sus contactos.

¡Vaya maestro! ―exclamó el dibujante, divertido cuando contestó la llamada de su amigo ―Dos veces el mismo día, debes estarte muriendo de la nostalgia…

―Rose despertó…

Hubo un silencio en la línea y enseguida se oyó a Jasper soltar una exclamación. Edward suspiró y se sentó en una silla de plástico azul al otro lado del pasillo, casi frente a los elevadores. Se restregó los ojos mientras oyó las preguntas de Jasper que salían una tras otra.

― ¿Te habló? ¿Te dijo algo? ¿Qué recuerda? ¿O no recuerda nada?

―El doctor advirtió que la recuperación sería lenta y gradual, nada como lo muestras las películas. Apenas abrió los ojos llamamos al médico que la sometió a varios exámenes. No ha hablado, mueve los ojos y apretó mi mano en un momento. Entiende lo que hablan a su alrededor, pero no logra comunicarse verbalmente aún.

Bueno pues, me alegro Edward. ―Jasper carraspeó y Edward extendió sus piernas, cruzándolas a la altura de los tobillos, acomodando su espalda en el incómodo respaldo ― ¿Y cuáles son los planes desde ahora?

Edward sabía a qué se refería la pregunta de su amigo, pero debía ser sensato, aunque eso fuera diametralmente en contra de lo que desearía hacer.

―Estar al pendiente de la evolución de Rose. Deberá quedarse hospitalizada, al menos dos semanas más. Según y cómo marche su recuperación, podrá seguir con el reposo en casa ―cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, atravesándosele la imagen de una mujer de ojos verdes y labios delgados a quien extrañaba. ―Debo ocuparme de ella antes de… antes de seguir adelante con lo demás.

―Pues paciencia, mi amigo. Yo tomaré el primer vuelo de esta noche después de una conferencia. Mañana a primera hora de la mañana me tendrá ahí, mi amigo.

―Gracias, gracias Jasper.

Cortó la llamada y metió el móvil en el bolsillo de su chaqueta, quedándose en silencio por un momento, inspirando aire y fuerzas que necesitaba para seguir con su tarea de cuidar a su mujer, y hacer a un lado cualquier otro pensamiento, aunque le costara de sobremanera cumplirlo, pues el rostro de Isabella no hacía más que aparecer en cualquier momento, estando despierto o dormido.

Inspiró tranquilo cuando recordó el mensaje que ella le había enviado con la fotografía adjunta, el que había atesorado como la prueba de su esperanza:

"No sé ni cómo, ni cuándo, ni dónde, pero si va a ser será en su momento… y será hermoso"

Con ese pensamiento se puso de pie y caminó hasta la sala de espera donde se reunió con el resto de su familia, quienes oían atentos lo que German estaba contándoles respecto al despertar su hija Rose.

Cuando ya fue de noche y la familia se había retirado con la promesa de regresar al día siguiente con la intención de entrar y ver a Rose con sus propios ojos, Edward entró de regreso en el cuarto de su esposa que dormía en ese momento. Antonieta había estado con ella y se había negado a apartarse de su lado hasta que el doctor advirtió que solo una persona podía quedarse, ofreciéndose Edward y dejando que su suegra fuera a casa a descansar.

Se dejó caer en el sillón de siempre, el que ya se le había hecho familiar, pensando en una y otra cosa lo que lo tuvo en silencio durante un buen rato, sacando su teléfono del bolsillo, desbloqueándolo y recorriendo sus contactos, deteniéndose en el nombre de Isabella, pensando en lo bueno que sería para su ansia oía la voz suave de la mujer que amaba, pero no podía. Volvió a bloquear el móvil y lo guardó en el bolsillo de regreso. Se reacomodó en el sofá con la intención de dormir aunque fuese un rato, cuando la voz ronca y apenas audible de su mujer lo puso alerta.

¿Hace cuánto no oía la voz de su esposa? ¿Un mes, quizás más? había perdido la cuenta, por eso es que llamó tanto su atención oírla hablar. Se levantó rápido y se ganó junto a ella, tomando su mano, bajo la luz blanca de la lámpara empotrada en la muralla, a la cabeza de la cama.

―¿Necesitas algo, te sientes bien?

―Uhm… ―se removió, acomodándose en la cama ―Dios…

―¿Estás incómoda? ―preguntó preocupado, pero ella movió la cabeza en negativo cuando finalmente encontró una posición que no cansara su espalda.

―¿Cuánto… cuánto ha pasado? El doctor me… ―carraspeaba como si le costara hablar ―me dijo que cinco semanas. ¿De verdad?

―Algo así ―respondió, pasando la mano por su cabello rubio. Ella cerró los ojos y suspiró, volviendo a abrirlos para mirar a su marido. Torció la boca y contempló su rostro cansado, con la barba más larga de lo habitual, igual que su cabello oscuro. Como siempre, los ojos del músico causaron en ella la fascinación que surtió desde el primer momento. No se acordaba de lo que había soñado durante su largo tiempo de inconciencia, pero seguro que de hacerlo, lo hizo con él. Con todo lo que había vivido a su lado y con todo lo que viviría junto a él.

― ¿Y cuándo nos podemos ir a casa? ―tragó grueso, mojándose los labios y alivio para su garganta. Edward sonrió son ternura y besó el dorso de su mano.

―Me temo que nos tendrán por aquí un par de semanas, hasta que se aseguren que no hay problema de que culmines tu convalecencia en casa.

―Espero que sea pronto. Siento que… me he perdido de tanto. Además, no recuerdo… ―cerró los ojos intentando con frustración traer a su memoria los recuerdos de la que la hizo caer en ese estado ―No sé qué me pasó. No lo recuerdo.

―Ey, cálmate. Algunas cosas serán difíciles de recordar, tendrás que asimilar otra, hacer terapias, pero con el paso del tiempo volverás a tu vida normal, te lo aseguro.

Tras soltar el aire lento, asintió descansando su cabeza sobre la almohada, mientras llevaba a su pecho la mano que Edward mantenía unida a la suya.

― ¿Me puedes contar de qué me he perdido en este tiempo?

―Ya no estás en el top ten de los best sellers. ―Rose abrió los ojos con preocupación y vio la sonrisa pícara de Edward, que parecía estarle diciendo aquello para provocarla. Entonces volvió a cerrar los ojos, relajándose.

―Espera que vuelva a la pista.

Edward le habló hasta que Rose cerró los ojos, respirando pausada y rítmicamente. Fue sorprendente para él haber mantenido un diálogo ligero con su esposa, sobre todo después de lo que el doctor había dicho. Pero probablemente, con el tesón que caracterizaba a Rose, seguro se lograría reponer en corto tiempo. Se sentía orgulloso de ella, de su tesón tan intrínseco que era quizás lo que la había hecho dejar su estado de inconciencia.

Después de aquella noche los días que prosiguieron corrieron con rapidez. Rose cada día iba mostrando un asombroso avance, incluso hasta el punto de haber pedido que la ayudasen a levantarse para dar pasos alrededor del dormitorio, siempre con la ayuda de las enfermeras que estaban al pendiente. Allí tuvo la suerte de conocer a Alice, a quien Jasper le presentó como su "novia" impresionándose Rose pues el amigo de su marido no era un tipo de compromisos serios, por lo que si presentaba a la chica como su novia, era porque ella era la definitiva.

―Digamos que te lo debo a ti haberla conocido. Uno de los tantos días que vine a hacerle compañía a este muchacho, la conocí ―había dicho Jasper, palmeando el pecho del músico. Rose se alegró sinceramente y pidió que se le concediera ser la madrina, o que como mínimo le pusieran a su primera hija como ella.

En un momento cuando ya habían pasado cinco días desde el despertar de Rose, las enfermeras pidieron a los acompañantes de Rose abandonar la sala para ayudarla a asearse, aprovechando Edward de retirarse con Jasper hasta la cafetería.

―Es sorprendente como ha avanzado ―comentó Jasper, dejando su bufanda gris de cachemira sobre la mesa de la cafetería. Edward sonrió y asintió, bajándose la cremallera de su chaqueta de lana negra.

―Siento que en cualquier momento la voy a ver sobre su bicicleta, como solía hacerlo. Aunque hay veces que se enoja porque no puede hacer cosas por ella misma, cosas pequeñas, pero el doctor dijo que su temperamento se vería afectado, que se frustraría con facilidad.

―Pero ella seguro se ha dado cuenta que sus avances no han sido pocos.

―Lo sabe, pero quiere más. Quiere retomar su vida normal y no la culpo…

―Ejem… ―Jasper se rascó el cuero cabelludo ―lo que te pone en una disyuntiva, ¿verdad?

Edward miró a su amigo y volvió a bajar su vista a la mesa de linóleo. Jasper lo conocía bien y nada tenía que esconder ante él, pero decir que estaba en una disyuntiva era algo incorrecto, porque como fuera, él iba a cumplir con lo que se propuso, costara lo que costara… aunque Rosalie acabara odiándolo.

― ¿No has hablado con ella? ―preguntó Jasper en voz baja, haciéndose hacia adelante, con sus brazos afirmados sobre la mesa.

― ¿Con Isabella? No, apenas el mensaje del que te comenté… y no quise enviarle una respuesta… ―se alzó de hombros y Jasper torció su boca porque intuía que en medio de toda la alegría que significaba para Edward ver recuperada a Rose, sabía lo que se le venía encima y además notaba la tristeza que el músico sabia disimular bien, tristeza que le provocaba no poder estar al lado de la mujer que amaba.

―Lo está haciendo por tu bien, ¿sabes?

Edward asintió en silencio, pensando en lo irónico de la vida: ¿cómo la lejanía de la mujer a la que desde hace poco amaba, le podía causar bien?

― ¿Y tú has sabido algo? ―preguntó el músico en susurro, como si tuviera miedo de formular preguntas que lo llevaran a querer dejarlo todo e ir tras ella ― ¿Alice te ha dicho algo?

―Uf… amigo, claro que lo ha hecho. Cada día Alice habla con Isabella, es más, le contó que Rosalie había despertado y la chica se alegró.

― ¡Dios! ― exclamó Edward, pasándose las manos una y otra vez por su espesa cabellera. Enseguida afirmó los codos sobre la mesa y vagó la punta de los dedos por su barba. ¿Sería que con la noticia de Rose, la idea de Isabella de dejarlo del todo, sin siquiera una esperanza, se asentaría más en ella? Mientras se torturaba pensándolo, Jasper agregó:

―Regresó esta mañana a la ciudad…

― ¿Hoy? ―preguntó con sorpresa el músico mirando a su amigo en busca de más respuestas ― ¿Crees que venga hoy? Quizás…

―Lo dudo. Por lo que Alice me dijo, el hospital le dio a ella y al resto de quienes llegaron de la misión, el fin de semana libre. Así que retomará sus labores a partir del lunes… ―Explicó Jasper, antes de agregar con tono serio y con voz algo más baja ―¿Sabes que ella puede ser una de las enfermeras que atienda a Rose, verdad?

―Lo sé, lo sé… y porque estoy concentrándome en la recuperación de Rose es que me he aguantado las ganas de llamarla. Me bastaría con escucharla hablar para… calmar mi ansiedad.

―Uhm… ―Jasper con gesto pensativo se pasó el dedo por la barbilla.

No iba a alentarlo a que fuera a verla, se mantendría al margen mientras pudiera y lo ayudaría a seguir adelante con la iniciativa de concentrarse en la recuperación de Rosalie… ¿pero y cuando su amigo viera a Isabella? Porque incluso sin ellos planearlo y con Rose aun hospitalizada, era cuestión de tiempo que volvieran a toparse, incluso como comentó, era plausible que ella tuviera que asistir a Rose, como Alice lo había hecho.

― ¿Estás preocupado por mí, verdad? ―le preguntó Edward a su amigo, cuando lo vio con el entrecejo arrugado y perdido en sus pensamientos.

Jasper lo miró y fue su turno de alzarse de hombres, mientras desviaba su vista hacia un grupo de enfermeras que acababa de entrar por la puerta del lugar, esperando ver a su Alice, sin llegar a tener suerte.

―Eres un hombre fuerte… o eso es lo que creo, pero nunca antes estuviste frente a una situación como esta, y me pregunto cuánto va a durar tu determinación por no acercarte a Isabella ―jugueteó despreocupadamente con el porta servilletas rectangular que había sobre la mesa. ―Siento que si la vuelves a ver, caerás sobre ella como ave de rapiña, no podrás controlarte.

Edward soltó aire de sus pulmones y se hizo hacia atrás en su silla y pensó en los dichos de su amigo que hablaba con propiedad pues lo conocía… y acertaba en sus dichos. Si después de saber que Isabella había regresado, que estaba cerca suyo, le costaba contenerse de salir de ese hospital e ir en su búsqueda sin otra excusa que verla… y besarla, porque si había algo que extrañaba era la delicadeza de los labios de esa mujer que se había calado hondo dentro de su corazón, de su alma y de su mente.

¿Hasta cuándo soportaría esa distancia autoimpuesta por un bien mayor?

**oo**

Con un albornoz blanco de estampados en dibujos animados de vívidos colores de un material grueso y suave, como si la estuviera envolviendo un oso de peluche, Isabella se instaló en la pequeña mesita de la cocina a degustar un delicioso café con leche que su madre había hecho para ella, mientras le contaba sobre su caótica estadía en Galvarino.

―Ahora está bajo control, pero siguen en estado de alerta. Hoy llegaba al pueblo la segunda comitiva que nos relevaría. ―Dijo Isabella, dejando el tazón sobre la mesa y levantando sus piernas sosteniendo sus pies en la silla hasta abrazar sus rodillas, donde afirmó su mentón.

―Me imagino que no descansaste como corresponde durante tu viaje ―comentó Renée con preocupación sentándose junto a su hija a la mesa, con un mantel entre las manos ―Prométeme que este fin de semana no harás otra cosa que dormir y descansar, de lo contrario vas a enfermarte…

―Es lo que haré… ―se soltó las piernas y extendió sus manos sobre su cabeza, estirándose mientras ahogaba un bostezo. Movió su cuello para relajarlo y enseguida afirmó sus antebrazos, observando a su madre, que metía frasquitos de plástico respectivamente rotulados en un bolsito térmico. Entonces Isabella suspiró y afirmó el mentón sobre las manos. ― ¿Así que te vas, eh?

―Ahora me toca a mí ―comentó divertida sin dejar de hacer su tarea con la facilidad que a Isabella no dejaba de sorprenderle. A cualquiera que conocía a Renée le costaba convencerse de que la mujer era ciega, pues hacía sus quehaceres con la naturalidad propia de una persona vidente.

― ¿Salida con las chicas?

―Con las chicas al lugar de esparcimiento de la iglesia. Irá tu tío Marcus a "cuidarnos".

― ¿Lo harán cocinar? ―preguntó Isabella con diversión, a lo que su madre se rió mientras meneaba la cabeza. ― ¿Este es el viajecito que postergaron, el de hace dos semanas?

―El mismo. La lluvia inclemente nos aguó los planes, lo bueno es que nos aseguramos que este fin de semana podremos gozar de un poquito de sol.

―Me alegro ―se levantó, tomando su tazón vacío y besando el tope de la cabeza de su madre con entusiasmo ―Mientras tú disfrutas de días de sol, yo disfrutaré de muchas horas de sueño.

―Eso espero… ―dijo Renée antes que Isabella saliera de la cocina rumbo al baño. Suspiró aliviada de sentir a su hija de tan buen ánimo, después que la sintiera irse de la ciudad tan acongojada como lo hizo. Quizás esos días alejada habían servido para que ella meditara las cosas y tomara buenas decisiones.

Como toda madre, Renée deseaba que su hija no sufriera. Se preocupaba que el corazón en su arrebato la llevara a tomar malas decisiones que después la harían arrepentirse. Esperaba que ese no fuera el caso de su niña.

Renée y el padre Marcus, junto a un buen número de mujeres y niños de la parroquia, emprendieron viaje a las montañas después de la hora de almuerzo. El cura fue en busca de su hermana y aprovechó de saludar a su sobrina, a quien abrazó con fuerza y se contentó al verla tan bien de ánimo, pensando él que su tranquilidad se debía a que estaba conforme con la decisión que había tomado de dar un paso al costado. Por supuesto, el cura guardó silencio sobre la visita que el músico le hizo hace días atrás, pues comentarlo sería avivar la llama en Isabella, pensaba él… pero muy por el contrario a lo que Renée y su hermano Marcus creían, Isabella estaba guardando para ella la pena y el dolor que significaba alejarse del hombre que había robado su corazón en tan corto tiempo.

Se había asustado cuando su tío la pilló infraganti aquella noche antes que ella cortara del todo con Edward. Su dolor había sido tal que ni siquiera había podido esconderlo ante su madre, a la que entre llantos le dijo la verdad. Ella, en su infinita paciencia y amor no la juzgó, sino que la consoló y la aconsejó, amando aún más Isabella a su madre, si es que eso era posible.

Mientras viajaba de ida rumbo a Galvarino, Isabella pensaba en el músico y repasaba cada uno de los momentos íntimos que compartieron, negándose a creer que no había futuro posible para ellos. ¿Cómo iba a ser posible que un amor tan drástico como el suyo no tuviera esperanza? Entonces fue cuando el autobús hizo una parada en un lugar en la carretera, y al mirar por la ventanilla se encontró con ese mural que entregó a Isabella la respuesta que ella buscaba:

"No sé ni cómo, ni cuándo, ni dónde, pero si va a ser será en su momento… y será hermoso"

Su corazón palpitó en respuesta y enseguida sin pensarlo, le hizo llegar un texto a Edward con la fotografía de ese mural de fondo blanco y grandes letras negras, sencillo, sin más pretensiones que el potente mensaje que ella atesoró para sí.

Por eso estaba tranquila, aunque le quemaba el pecho no poder tener a su amor junto a ella, pero debía soportarlo.

Despertó de su siesta cuando ya era de noche. Soltó un bostezo extendiendo sus manos y miró hacia un costado para ver a su compañero Kal-El quien al parecer también disfrutaba de un buen sueño. Se levantó, abrigándose con su albornoz y se puso sus pantuflas de oso, caminando hacia la cocina donde puso el hervidor de agua para tomar un buen té de naranjas, pensando en que quizás vería una buena película en la televisión. Alice había enviado un mensaje para ella diciéndole que quizás, y como hubiera estado el movimiento en el trabajo y si este no lograba dejarla agitada, se pasaría a saludarla para charlar un poco.

Sonrió Isabella pensando en que Alice reproduciría una vez más para ella su periplo con Jasper cuando fue a conocer a sus suegros. Ya lo había hecho por teléfono, pero obviamente no era suficiente para ella, tenía un montón de detalles que seguro se había perdido de contarle.

Cuando el hervidor anunció que estaba lista el agua, la puerta de la entrada sonó una vez con su timbre de campanas característico. Isabella miró el reloj que colgaba en la cocina, sonriendo pues era la hora en que su amiga llegaría después del trabajo, por eso y muy entusiasmada, sin preocuparse de su aspecto de recién levantada, fue hasta la puerta dejando la luz del pasillo encendida, alcanzando a iluminar en parte la sala. La abrió de un tirón esperándose encontrar allí a Alice, pero su sonrisa quedó suspendida en sus labios cuando vio que no era ella.

El corazón se le aceleró cuando vio a aquel ángel vestido completamente de negro, con su abrigo de lana que llegaba hasta su rodilla, además de una bufanda que le rodeaba el cuello y contrastaba con la pálida piel de su rostro, con su cabello despeinado y su barba espesa que había crecido desde la última vez que lo vio. Ese hombre no podía ser más atractivo ni aunque se lo propusiera. Para ella, era perfecto.

Edward respiraba pesado y sus manos se mantenían colgados a los costados de su cuerpo, abriendo y cerrándolas como si a través de ese movimiento pudiera relajarse. Y sus ojos… sus ojos verde pardo estaban muy abiertos, expectantes, mirándola fijamente. Abrió la boca y sacó su lengua para mojar sus labios secos, mientras Isabella ya estaba perdida en la presencia del músico a quien no había dejado de extrañar y soñar, mucho menos de amar.

―Hola… ―susurró Edward con voz rasposa. Ella tuvo que tragar grueso y abrazarse a sí misma para ocultar los temblores que esa voz provocaba en su cuerpo. Pestañeó rápido y carraspeó para ver si así le salía la voz.

―Cómo… ¿qué haces aquí?

―Yo… ―Edward se rascó el cabello y relajó su postura, mostrándose arrepentido, como si lo hubieran sorprendido en una travesura ―Jasper me dijo que… habías llegado esta mañana y a hurtadillas oí una charla entre Alice y él. Ella comentaba de una visita que no te haría porque estaba rendida. También dijo que estabas sola porque tu madre había salido de viaje… ¿te molesta que esté aquí?

―No… no… ―pestañeó y sacudió su cabeza. Se hizo a un lado abriendo un poco más la puerta ―Puedes pasar.

Él asintió y entró despacio. Isabella, igual de despacio ocupó el tiempo que demoró en cerrar la puerta para tranquilizarse y tranquilizar a su corazón que parecía cabalgar a toda velocidad. Cuando se giró para enfrentarse a su invitado, un movimiento que no vio venir la sorprendió, soltando un gritito cuando se encontró rodeada de los brazos de Edward sujetándole la cintura y su boca acoplándose a la de ella como si fuera lo más natural… y es que lo era cuando dos personas se amaban como ellos lo hacían, y sufrían cuando por razones ajenas a sus deseos debían estar separados.

Isabella no pudo contenerse y se vio rodeándole los hombros, entregándose a ese beso por completo. Suspiró cuando sintió una mano de Edward rodearle la nuca para apretarla más a ella, como si aquella cercanía no fuera suficiente, y es que no lo era.

Todo se olvidaba, todo estaba bien cuando ella estaba en los brazos de él. No había remordimientos ni cargos de conciencia cuando Edward besaba a Isabella.

―Edward… ―susurró ella, poniendo sus manos sobre el pecho agitado del músico después que se apartara porque sus pulmones rogaban por aire. Él, que negó apartarse del todo, dejó su frente sobre la de Isabella con sus ojos puestos sobre los de ella, los que veía brillar en medio de la penumbra de la sala.

―No te apartes de mí… ―juntó sus labios por un segundo antes de seguir ―no puedo…

―Te dije que te esperaría ―susurró a modo de tranquilizarlo, pero él negó con la cabeza.

― ¡No es suficiente! No cuando puede pasar cualquier cosa ―y la besó una vez más. Mientras hablaba, sujetaba con un brazo la cintura de Isabella y con los dedos de la otra mano, recorrían con adoración cada curva de su rostro, como si con el tacto quisiera memorizar la suavidad de su piel. ―Lo intenté, intenté no pensar en ti, calmarme con la esperanza que me diste, pero no puedo. Ya te encontré, por fin, ahora quiero tenerte conmigo todo el tiempo. No puedo dejarte, no cuando puede llegar alguien más a arrebatarte…

―Eso no pasará ―lo tranquilizó ella, levantando sus manos y pasándole los dedos por su barba con tal de tranquilizarlo. Pero los ojos del músico mostraban ansiedad y miedo, probablemente el mismo miedo que ella sentía.

Esta vez fue ella quien tomó la iniciativa irguiéndose sobre la punta de sus pies y volviendo a rodearlo por el cuello, lo besó con toda la ternura con que fue capaz, aquella que salía por cada poro de su piel, aquella acumulada durante los días que estuvo lejos. Edward suspiró y respondió a aquel beso, que con el paso de escasos minutos fue ganando intensidad.

Estaban solos, en la penumbra, lejos del peligro que cualquier persona pudiera aparecer para estropear el momento. Eso probablemente fue relajando el cuerpo de los amantes ante las caricias de las manos del otro.

Edward acarició lenta y sinuosamente la piel del cuello liso de Isabella por detrás mientras el beso fluía y aumentaba en intensidad, lamiendo despacio con su lengua, succionando los labios delgados de la chica que suspiraba y aceptaba encantada, jalando el cabello del músico, apretándose a él tanto como le era posible. Se sintió hipnotizada cuando él apartó los labios de los suyos para bajar y concentrarse en su cuello, inhalando Isabella el aroma a madera de su perfume, perdiéndose completamente en el deseo ardiente que comenzaba a sentir bajo el estómago.

Isabella sintió las escurridizas manos de Edward colarse hasta desatar el nudo del cinturón de su albornoz sin dejar la labor de su boca sobre su cuello ardiente. Inspiró fuerte cuando la piel de su espalda bajo la ropa de dormir hizo contacto con las manos frías de Edward, arrimándose aún más a él cuando volvió a atacar su boca, esta vez con más hambre y desenfreno, tanto así que gimieron al unísono en la boca del otro… tanto así que Isabella, tomando la iniciativa y movida por el amor que crepitaba desde sus entrañas, se apartó jadeante y tomándole una mano, en silencio lo guio pasillo adentro hasta atravesar la puerta de su dormitorio, su santuario, donde Edward otra vez volvió a arremeter, acorralándola contra la muralla junto a la puerta, alzándole una pierna desde el muslo para que lo rodeara con esta. Las manos de Edward volvieron a meterse bajo la ropa de Isabella, acariciándole la espala, por los costados, apretando sus senos, volviendo a bajar esta vez bajo el pantalón de franela donde abarcó con sus manos sus nalgas, apretándolas cuando instintivamente ella comenzó a menearse a medida que el calor iba haciéndose insoportable.

―Edward… ―gimió ella cuando este liberó su boca, abriendo sus ojos para ver el rostro excitado de la enfermera, como si estuviera a punto de desfallecer.

―Dime por qué me trajiste hasta aquí. Qué es lo que quieres, qué significa ―susurró, a la vez que sus manos seguían masajeándole ―porque yo sé lo que quiero…

―Qué es lo que quieres ―quiso saber ella con voz apenas audible. Edward se mordió el labio antes de contestar con voz seductora, sin proponérselo.

―Necesito esto, marcarte tanto como pueda para que nadie se te acerque mientras llega nuestro momento. Necesito arruinarte para cualquier otro, necesito saber que me perteneces por completo.

Sin más, Isabella hizo desaparecer el pequeño espacio que hubo entre ambos cuerpos, agarrando a Edward por la solapa del abrigo que aun llevaba puesto, chocando sus labios con los del músico en respuesta a lo que él necesitaba. Ese beso abrazador era el sí que Edward estaba esperando.

Se apartó una vez más, esta vez quitando sus manos de la piel escondida de Isabella, dando un paso atrás mientras con movimientos lentos quitaba su bufanda y la dejaba sobre una silla de madera blanca. Hizo lo mismo con su abrigo y mientras se daba el lujo de hacerla esperar, contempló el entorno privado de la enfermera, iluminado por la lámpara sobre el velador, causándole curiosidad el adminiculo de plumas que colgaba del techo. Siguió mirando girándose un poco hasta que dio con el discreto terrario de vidrio, donde vio a un durmiente reptil que no reparó en la presencia del invitado.

―Y ahí tenemos al Kal-El ―dijo con tono divertido. Isabella tuvo que hacer un gran esfuerzo para tragar grueso y responder con un "Sí".

El músico reparó en la cama doble y deshecha antes de volver a girarse y encontrarse con una alterada Isabella, quien había dejado caer su albornoz y se aferraba a la pared como si esta fuera su único sustento para no desfallecer.

Se olvidó de la decoración del dormitorio y caminó otra vez hacia ella, tomándola por la cintura. Dejó un beso largo y tierno sobre su frente, y con la punta de su nariz acaricio la de Isabella.

―Dime qué es lo que quieres en este momento, y te lo daré. Lo que sea ―calló cuando dejó un beso sobre los labios de Isabella, que no dejaba de mirarlo como si lo adorara ― ¿Quieres que te bese y te abrace hasta que te duermas? ¿Quieres hablar, o ver una película mientras sigo abrazándote? Dímelo…

―Quiero que me hagas el amor ―susurró, temblando, con la voz quebrada y los ojos anegados de lágrimas por la intensidad de sus sentimientos ―. No quiero que tengas dudas de lo que siento, de que en verdad quiero ser tuya. Y no me importa estar pasando a llevar normas de moral, no me importa ya. No vas a tener dudas de que te pertenezco y esta será nuestra certeza para el futuro.

―Isabella… ―gimió Edward al abrazarla.

La decisión de Isabella de dar un paso al costado y esperar su momento, se volvió nada cuando Edward apareció frente a su puerta. La lejanía de cinco días no había sido suficiente para convencerse de mantenerse apartada de él, apenas había soportado en silencio la añoranza de aunque sea verlo de lejos.

―Estaré a tu lado como sea que me quieras. Nos esconderemos del resto hasta que llegue nuestro momento y mientras tanto me tendrás recordándote cuánto te amo, que soy tuya y que después de ti no habrá nadie para mí ―expresó mientras su rostro escondido en el cuello de Edward, quien con los ojos cerrados y el corazón latiéndole a toda velocidad inhalaba el aroma a lavanda de la mujer a la que abrazaba. La emoción era tal, que ni siquiera encontraba las palabras precisas para expresarla.

Lo que vino a continuación sucedió en un abrir y cerrar de ojos: Isabella sobre su cama, respirando fuertemente mientras Edward con destreza se ocupaba de quitarle la ropa. Tuvo mover la cara sonrojada cuando el músico arrancó de sus pies las divertidas pantuflas de oso, levantándolas y sonriendo con diversión. El atuendo de la enfermera no podía ser menos apropiado para la seducción. Después de las zapatillas le siguieron la camiseta, dejando su torso desnudo y expuesto ante él, que ahogo un gemido cuando sus manos ansiosas lo recorrieron suavemente, mientras ella se contorneaba sobre las sabanas, con los ojos cerrados.

Gritó cuando sintió los dientes del músico jalarle un pezón y otro, mientras que su mano ahora viajaba al sur de su cuerpo bajo sus pantalones, hasta su entrepierna donde hundió sus dedos sin miramientos.

―Oh Edward…

La ropa oscura que llevaba el músico desapareció en un santiamén después que se ocupara de darle placer con sus intrusas manos. Esta vez ella no pudo apartar sus ojos del cuerpo desnudo de Edward: hombros anchos, brazos fuertes, torso delgado pero bien trabajado por algunas horas de gimnasio. Piernas largas y torneadas… y su presuntuosa masculinidad frente a la que ella tuvo que tragar grueso.

―Eres una descarada… ―bromeó Edward cuando se acercó a ella y cubrió con su cuerpo fuerte el menudo e impaciente cuerpo de Isabella. Ella parpadeó, y contempló el rostro de Edward y se rindió cuando ambos cuerpos desnudos se tocaron.

Ella le rodeó por el cuello por los brazos y abrió sus piernas para que él se acomodara entre ellas. Estaba ansiosa por sentirlo dentro suyo.

―Las frivolidades tendríamos que haberlas visto antes, pero… ―susurró Edward sujetando el peso de su cuerpo con sus antebrazos sobre el colchón ―no vengo preparado y un embarazo ahora sería…

Isabella lo interrumpió, poniendo sus dedos sobre los labios de Edward. Habló rápidamente:

―Me hago exámenes de tanto en tanto por políticas del hospital y estoy completamente limpia. Además, el asunto de la natalidad lo tengo bajo control.

― ¿Entonces… no hay impedimentos?

―Justo ahora no existe nada que pueda impedirme entregarme a ti.

Jadearon a la vez cuando Edward contemplando fijamente los ojos de su amada se hundió en ella. Las manos de Isabella se aferraron a sus hombros y no pudo evitar gemir cuando él con mucho control se movía, provocando dentro de ella una exquisita fricción.

La sensación del placer conjugada con el amor era algo nuevo para ambos. La pasión que iba creciendo y se extendía como fuego dentro de ellos iba en aumento en tanto sus cuerpos acoplados en lo más íntimo se movían al compás de los jadeos y de los gemidos que ahogaban sus sonidos en la boca del otro, besándose.

― ¿Lo sientes? ―preguntó Edward cuando fue capaz de hablar y apartar sus labios de los de ella ― ¿Sientes la conexión que va más allá de lo carnal, como lo siento yo? ¿Lo sientes, Isabella?

―Sí que lo siento… ―murmuró, echando su cabeza hacia atrás, deleitándose con el placer de las sensaciones a las que Edward se refería.

Isabella ya hacía un buen tiempo que no tenía relaciones sexuales. La última vez había sido un una especie de novio en el año que iba egresando de la universidad, con quien estuvo dos meses. Nada serio. Antes de él, todas las experiencias había querido olvidarlas. Por eso para ella este encuentro era toda una novedad. Se sentía virgen en algún sentido, pese a que sexualmente no lo era. Tenía más experiencia de que ella misma deseaba.

Edward habitualmente tenía relaciones con su esposa antes de que cayera en coma, y el noventa por ciento de las veces era porque Rose lo provocaba o porque llegaban ambos a ese momento sin planearlo. Aun así, el músico acababa de darse cuenta de que en todas las veces que hizo el amor –o lo que fuera- con su esposa, nunca había sentido semejante unión con ella como con Isabella. Era como si el corazón de ambos latiera al unísono mientras sus cuerpos se fundían desde lo más íntimo.

El grito que acompañó a la liberación de Isabella probablemente haya despertado al pobre Kal- El, único testigo de ese encuentro amoroso y clandestino. Gritó aferrada a la nuca de Edward mientras este encontraba su propia liberación segundos después, ahogando el grito ronco contra la almohada que Isabella tenía bajo su cabeza.

―Odio saber que tendré que mantener esto a escondidas del resto, cuando no quisiera hacer otra cosa que gritar que eres a quien amo ―murmuró él, mirando hacia el techo, acariciando la espalda desnuda de Isabella, quien recostada contra su costado acariciaba el pecho desnudo de Edward.

―He aceptado que debe ser así de momento ―se movió para incorporarse y poder mirarlo a los ojos. ―Pero si las cosas se ponen difíciles o… llegas a cambiar de opinión, tú debes…

―No voy a cambiar de opinión ―declaró firmemente, incluso con un dejo de irritación en su voz. Se movió, recostándose de lado para quedar frente a ella ―Yo te amo, ¿lo sabes, verdad?

―Lo sé ―susurró ella, levantando su mano para pasarla por la barba que Edward se había dejado crecer. Sonrió cuando él cerró los ojos y se inclinó hacia su caricia. Adoraba que hiciera eso. ―Pero debemos ser realistas. Las cosas en adelante serán difíciles y sé que muchas veces habrá momentos en que mi razón me recuerde que esto no está bien…

―Está bien, porque nos amamos. No te estoy engañando, no te estoy usando. Yo te amo. Debes recordar eso cuando la razón se interponga y trate de hacerte cambiar de opinión.

―Lo recordaré y lo gritaré a los cuatro vientos cuando llegue el momento. Mientras tanto, será nuestro secreto.

―Será nuestro secreto ―asintió él, volviendo a besar a Isabella al momento que volvía a cubrir su cuerpo con el suyo, porque hacer una vez el amor con ella no fue suficiente.

**oo**

El lunes llegó e Isabella tuvo que retomar sus labores normales en el hospital. Desde que llegó a cubrir su turno aquella mañana, había tenido que correr de un lado a otro, debiendo atender a un paciente que había llegado grave después de un accidente directo a la sala de operaciones. Tuvo que encaramarse sobre él para darle masaje cardiaco mientras los camilleros lo subían al piso correspondiente. Así la vieron pasar Alice, Jasper y Edward, quien tuvo que tragarse sus deseos de correr hasta ella para besarla como lo hizo el día anterior cuando se despidió de ella después de mucho esfuerzo.

―Vaya… ―comentó Jasper, mirando hacia donde se había desaparecido el enfermo con Isabella sobre él ― ¿Las enfermeras siempre hacen eso? Porque se vio… muy sexi…

― ¡Ey! ―protestó Alice, dándole un codazo a su novio. Edward carraspeó y miró el suelo de la sala de espera donde estaban. ―Esto… Edward, tu esposa ha avanzado bastante y muy rápido, ¿no crees?

―Sí, el doctor ha dicho que es sorprendente su recuperación ―respondió Edward, con apenas una sonrisa en sus labios. El tema le incomodaba sobre todo después de lo que había pasado la noche anterior con su Isabella.

―Seguro que pronto volverá a casa ―comentó con entusiasmo Alice. Edward asintió, jugueteando distraídamente con el anillo de matrimonio que había olvidado que llevaba.

―Ella está ansiosa por regresar de una vez. Nunca le han gustado los hospitales…

― ¿Y a quién sí? ―dijo Jasper.

Alice comenzó a explicarle a Edward algunos ejercicios prácticos que debían realizarle para que siguiera recobrando la motricidad después de tanto tiempo sin acción. Le explicaba que probablemente iban a necesitar una enfermera o algún otro profesional que la ayudara con eso, además de un psicólogo que la ayudara cuando fuera necesario. Jasper comentó que incluso ella podría estar a cargo de los cuidados de Rose cuando su tiempo se lo permitiera, anunciando ella que no habría ningún problema. Con tono divertido, explicó ella los costosos honorarios que tenía fuera del recinto, cuando de pronto se quedó estática.

―Oye nena, qué tienes ―quiso saber Jasper cuando la vio en ese estado poco habitual. Pero ella no respondía. Sus ojos estaban abiertos de par en par mientras contemplaba al sub director del recinto aparecer por el sector de los ascensores en compañía de dos jóvenes profesionales que sonreían mientras el hombre alto y rubio les hablaba.

―Oh, por Dios ―murmuró mientras veía a una de las chicas ya conocida por ella, de cabello negro y lacio que sujetaba con una coleta baja. Aun usaba unos anteojos de marco grueso de color rojo. Seguía sonriendo con la misma naturalidad de la última vez que la vio, cuando ella y su padre migraron a otro país.

"Oh Dios, cuando Isabella la vea…" pensó con pánico, sin prestarle atención a la preocupación de su novio, que la sacudía ligero por el hombro.

― ¿Qué pasa nena?

―Debo… debo… ir adentro y…. buscar a Isa… ―respondió con nerviosismo.

― ¿Alice?

Pero Alice ya había desaparecido por el pasillo detrás de Isabella. Debía ponerla al tanto de lo que había visto, no quería que la aparición aquella la pillara desprevenida.

La buscó dentro de una y otra habitación hasta que finalmente dio con ella. La agarró del brazo y la sacó de la sala donde el paciente estaba siendo revisado por dos doctores.

― ¡Oye, qué te pasa, por qué me sacas así! ―protestó Isabella cuando su amiga la sacó a toda velocidad sin decirle nada. La llevó hasta la zona de los casilleros, donde se encerró con ella. Respiró hondo y tomó por los hombros a su amiga para soltarle la noticia.

―Isabella…

―Me estás asustando Alice.

―Acabo de ver… al subdirector en el piso…

―Y si no nos encuentra en otro lugar que no sea nuestro puesto de trabajo, nos amonestarán y… ―interrumpió Isabella, con la intención de seguir con su trabajo, pero Alice la detuvo y se lo dijo de una vez.

―Ángela venía con él.

El rostro normalmente pálido de Isabella palideció aún más. Incluso la fuerza de sus piernas la abandonó, doblándosele las rodillas y debiendo buscar el banco más cercano para dejarse caer. El suelo bajo sus pies se movía, o al menos eso fue lo que le pareció, y su estómago era ahora un gran nudo. Pero lo peor no era eso, lo peor era que su cabeza se inundó de los recuerdos que hasta ese momento había logrado meter en un baúl que ahora había sido abierto.

―Isa, amiga, tienes que controlarte. Averiguaré si vino solo de paso… o si vino sola.

― ¡Dios mío! ―exclamó cubriéndose las manos, con ganas de llorar.

Y ahí estaba el pasado de Isabella, pegándole en la cara. Su pasado que tanta repulsión le causaba. Su pasado que no quería que regresara y arruinara su presente.

―Amiga, escúchame ―se acuclilló Alice frente a Isabella y la obligó a quitarse las manos del rostro. Cuando Alice lo consiguió, vio en los ojos de su amiga el miedo que pensó había desaparecido. ―Isa, ha pasado tiempo, tú eres una mujer fuerte, madura, no tienes por qué tener miedo.

―Una vez dijo que las mascotas que adoptaba, eran para siempre… ―dijo Isabella como en estado de trance, mirando sin pestañear a algún punto fijo sobre la cabeza de su amiga.

―Quizás… quizás y Ángela viene sola ―sonrió con tirantez tratando de sonar convincente, sujetando las rodillas de su amiga ―estás preocupándote por adelantado…

―Ni siquiera a ella quiero verla. ¿Qué le voy a decir cuando lo haga? ¿Cuándo me pregunte por qué de la noche a la mañana dejé de ser su mejor amiga?

―Dile la verdad ―susurró Alice. Isabella miró a su amiga con el ceño fruncido.

―"Ángela, perdona por haberme alejado de ti así, pero no podía seguir en contacto contigo después que tu padre y yo fuimos amantes" ―dijo con Isabella con ironía. Siquiera decirlo en voz alta le había revuelto el estómago, no quería imaginarse si tenía que volver a verlo, incluso ni se imaginaba qué le diría a su vieja amiga Ángela cuando le reclamara su lejanía y desaparición.

―No fueron amantes… ―fue lo único que Alice apunto, haciendo una mueca de disgusto.

―Yo acepté… ―terció Isabella, pero Alice no cedió.

―Al final te obligaba…

― ¡Basta, Alice! ―protestó Isabella con tono desesperado. Justo en ese momento aparecía un resquicio del pasado que ella quería olvidar…. ¿Y si Edward se enteraba?

― ¿Sabes qué? ―protestó Alice, poniéndose de pie y caminando por la salita de descanso de un lado a otro ― ¡Deberías decirle la verdad, para desenmascarar a ese viejo asqueroso que se las daba de Conde o no sé qué cosa!

― ¡Alice! ¡Alice! ―gritó una voz desde afuera, asomando Leah segundos después su cabeza por la puerta, interrumpiendo el explosivo diálogo de las amigas. Leah parpadeó y miró primero a Isabella y luego a Alice. ―Alice, rápido, el post operatorio del 512 se agravó y el doctor te busca para que lo asistas.

―Diablos, allá voy ―caminó hasta la puerta y antes de salir se giró hacia Isabella ―Quédate aquí hasta que estés más tranquila, ¿de acuerdo? Ya pensaremos qué hacer con esto.

Y salió corriendo preocupada dejando a Isabella con la cabeza entre sus manos, pasándose imagen que la torturaban y que ella pensó había olvidado.

Después de unos minutos, la puerta batiente de la sala de descanso sobresaltó a Isabella con su movimiento, alzando ella la cabeza y encontrándose a Edward que la miraba preocupado. Gimió y volvió a esconder su rostro entre sus manos. Ni siquiera le preocupaba que alguien pudiera entrar y ver a Edward en ese lugar que estaba prohibido para gente que no fuera parte del personal.

Luchó cuando sintió las manos de Edward sujetarla por la muñecas para liberar su rostro, dejando que Edward la arropara entre sus brazos cuando se sentó junto a ella sobre el banquillo de madera.

―Alice estaba muy nerviosa cuando vino a buscarte y me asusté ―susurró, con sus labios sobre la frente de Isabella ―por eso vine a buscarte… y mira cómo te encuentro. Dime qué pasa, qué sucedió con Alice que la dejó tan nerviosa y contigo en este estado.

―Ay Edward… ―lloriqueó ella, aferrándose al hombre que amaba como si la vida se le fuera en eso. ―Una fea parte de mi pasado…

―Cuéntamelo.

―Lo haré… y cuando eso pase estarás en plena libertar de elegir si seguir adelante conmigo.

―Siempre he estado la plena libertad de elegir. ―besó el tope de su cabeza y acarició su espalda ― Y desde ya te digo que lo que sea que me cuentes, no hará cambiar mis sentimientos por ti.

Isabella levantó su rostro y vio el amor incondicional brillar en el rostro de Edward. Esperaba que ese brillo no se perdiera cuando ella le contara la parte fea de su pasado, que hasta ese momento, con tanto ahínco había escondido.